En lo que va desde fines del siglo XX al día de hoy Europa, entendida como la porción del viejo continente euroasiático situada al Oeste de los montes Urales, ha visto crecer el número de sus Estados con Eslovenia, Croacia, Servia y Montenegro, Macedonia y el Kosovo, resultado de la desmembración de la antigua Yugoeslavia; con Chequia y Eslovaquia, producto de la partición de Checoeslovaquia; con Lituania, Estonia y Letonia, Ucrania, Moldavia y Georgia, desgajadas de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, lo mismo que Armenia, país de los Urales meridionales ya a caballo entre Europa y Asia
La parcelación ha dado papel decisivo y central a Alemania, ha acentuado el carácter conflictivo de la zona balcánica y ha creado nuevas zonas de tensión continua en los Urales y el Mar Negro, de modo que tampoco se puede descartar del todo la próxima independencia de la Osetia del Sur y de la Abjacia en la actual República de Georgia, ni la del Transniester o Transnistria en la nueva república de Moldavia.Se podría decir que a Europa le crecen los enanos, pues todos estos países lo son de una forma u otra.
Aunque la novedad de la situación y la opacidad informativa hacen que el fenómeno político de la parcelación territorial parezca como extraño y ajeno, una rápida mirada al mapa y el propio desarrollo de los acontecimientos invita, por lo menos, a pensar un poco acerca de los elementos que presiden la constitución de nuevos Estados. En un mundo en que todo se cuestiona y confunde, y en el cual ha surgido la necesidad de un nuevo y malsonante verbo –desambiguar- y de un nuevo y malsonante sustantivo –desambiguamiento- nuestro Reino de las Diecisiete Repúblicas es un ejemplo paladino de ambigüedad, comenzando por la misma Constitución de 1978, en la que caben todos los sentidos. Es hora, pues, de recordar esos elementos que, dejando aparte la población y el territorio que se han de tomar como ya conocidos, quedan reducidos a factores más sutiles de discernir y precisar como son el Poder, la Política y el Derecho.
Poder, Política y Derecho en el sentido coordinado que aquí queremos destacar como conducentes a la estructuración del Estado – de cualquier Estado- son términos convergentes.
Poder es sencillamente la capacidad de modificar la realidad colectiva o de mantenerla en su forma actual mediante la posibilidad siempre presente de hacer uso de la fuerza como ultima ratio. En este su papel de abrazadera el Poder no es –en contra de lo que sostienen las ideologías libertarias- un mal que el Estado extiende sobre la sociedad sino un elemento constitutivo de ésta. En las sociedades organizadas desempeña el Poder el doble papel de conservador de lo establecido cuando hay estabilidad, y de continuador a través de nuevas andaduras cuando sobrevienen tiempos de cambios y mudanzas.
Derecho es el conjunto de normas jurídicas mediante las cuales rigen su vida en común las agrupaciones humanas. Consiste básicamente en la regulación coercitiva de los aspectos sociales más relevantes para la convivencia. El Derecho está intrínsecamente vinculado con la moral. Del respeto que esta vinculación ha suscitado a través de los siglos, se nutre el halo venerable que rodea todavía a la expresión Estado de Derecho. Pero desde el momento en que la normatividad jurídica se ha desvinculado de todo principio moral, dicha expresión ha perdido su sentido específico. Sucede que al generar cada Estado su propio Derecho de acuerdo a la ideología de la que se sustenta, el contenido moral de la norma jurídica pierde importancia ante la pura eficacia.
Política es el conjunto de principios y de prácticas encaminadas a conseguir la cooperación de los individuos y de los diferentes grupos sociales para conseguir –seguir conjuntamente- y lograr en lo posible objetivos comunes evitando que el dinamismo intrínseco a la vida de relación se disperse en empeños estériles o se quede atascado en conflictos de mera contraposición.
Poder, Política y Derecho fueron concebidos para ejercitar la funcionalidad continua y perdurable que a las instituciones se atribuye; pero, de los tres, tan sólo el Poder es válido para subsistir en condiciones de excepción. Entendemos por condiciones de excepción aquellas que se imponen cuando las circunstancias dificultan o imposibilitan que el Derecho y la Política puedan ejercer su papel coordinado.
Esa posibilidad de actuar que tiene el Poder –es guardián de las armas- aun en los momentos y circunstancias en que han fracasado el Derecho y la Política, constituye el núcleo inicial de la soberanía como fenómeno comunal, la cual es perfectamente discernible de la soberanía individual que corresponde a cada ser humano y que todavía aflora de forma raquítica en el derecho a la defensa propia; y de la soberanía de atribución personal, que era la que un día ostentaron los antiguos reyes absolutos y los modernos autócratas ideológicos del siglo XX .
La fuerza es la expresión más visible del Poder cuando este actúa en condiciones de excepción, por eso es fácil confundir la una con el otro. No obstante, el Poder que ahora nos ocupa, al estar orientado hacia fines institucionales no puede en realidad ser identificado con la desnuda fuerza, aunque ésta pueda en un momento dado, convertirse de hecho en su instrumento.
El Poder, en su elemental y básico desempeño de abrazadera social, precede al Derecho y a la Política. Es, además, condición permanente para la existencia de ambos y garantía para la reciprocidad de sus respectivos juegos, como sistema normativo el uno y como praxis de convivencia la otra.
El Derecho, como conjunto de normas que persiguen el arraigo y el crecimiento de un orden justo, es superior a la Política, que cae bajo la regulación jurídica, y al Poder, en cuanto que éste se debe someter en su ejercicio ordinario a las limitaciones que el Derecho le marca. En las situaciones extraordinarias el Poder crea al Derecho, aunque muchas veces no se trate propiamente de una creación, sino de una reanimación.
Todo lo que hasta aquí se ha dicho es la expresión esquemática de una realidad que ostenta toda la complejidad de lo humano. Por eso, este esquema tiene que ser completado con la consideración de otras tres facetas. Una de ellas, es la que corresponde a la tensión del ánimo colectivo. La otra, la que se origina en la calidad del liderazgo. La tercera, muy propia de nuestra época, es la que se deriva de la ideología directora.
Con todos estos elementos el lector puede sentirse animado a ir componiendo su propio análisis con las teselas de la información fragmentaria que llega a sus manos, hasta convertir el montón informe de piezas informativas, en un rompecabezas digno de ser descifrado por cívicos entendimientos. A hacer este esfuerzo nos empuja la situación de hoy, con Europa convertida en factoría improvisadora de nuevos Estados y en recalificadora ¿a favor de quién? de la gravilla de pueblos que habitan en sus confines y en sus puntos de mayor fricción.
No faltan tampoco sirenas de alerta. Unas suenan desde el Este, como los actuales conflictos de Rusia con Georgia y Ucrania, otras ululan cercanas como la radicalización de los nacionalismos hispanos, la satisfecha errabundia del Estado de las Autonomías y los propósitos de tensar el arco o cargar la escopeta que parecen animar a los políticos del momento. Aspiramos a que, por lo menos, cada uno pueda calcular lo que arriesga en el embite. No vaya a ser.