Tendida de espaldas contra el suelo de un pajar, entre ensoñada y oferente, con el varón casi encima, la chica fotografiada en el publicitario de Berschka parece ignorar que las caídas de espaldas son las más peligrosas para las damas.
El peligro de estas caídas lo avisan en distintos lugares y como si se hubiesen puesto de acuerdo el maestro Shakespeare, el inspirado Lope y el singular Cervantes.
Pero la chica en posición supina seguro que no ha alcanzado a leer a ninguno de ellos. O no le importa lo que escribieran. Y acaso la palabra damas sólo le sugiera el tablero de un juego de mesa o, por rebote, le traiga a la memoria el rótulo “Señoras” de un urinario público.
La escena se exhibe sobre el panel externo de unos grandes –todo es relativo- almacenes en el pasaje de un centro comercial, y se inspira en el problema que el decir popular dictamina que no tiene enmienda. Está en la argucia del promotor que el mirón se imagine a los amantes cabalgándose e incluso se pueda preguntar si comerán perdices.
El mismo hecho, en el siglo XVI, hubiera dado pié, con intervención de personajes mitológicos, a pintar una batalla de amor en campos de pluma.
En el XVII a la representación de un duelo entre rivales, supongamos que un poeta espadachín y un vizconde insolente y presumido.
Y en el XVIII ¡Ay, fingidos amores pastoriles! – las perlas ruedan por redondas y al despojarse de seda y raso, desnudo en la campiña todo cuerpo bucólico deviene- acaso sirviera de inspiración para tejer un gobelino censurable.
Pero en el canon de hoy, no hay nada que dé ocasión a la censura; ni hay dama, damita o damo que tema a las caídas por muy de espaldas que sean. Tampoco hay varones dispuestos a disputar entre sí lo que dan por deseado, provocado y ofrecido gratis por la hembra.
Así que la joven mujer y el joven varón colgados del panel podrán holgar, singar, retozar, mover el fuelle hasta llegar a sustentar la ilusión de que han alcanzado la inocencia de las bestias.
La nueva senda de retorno al Paraíso tan solo es recorrible a cuatro patas.
El peligro de estas caídas lo avisan en distintos lugares y como si se hubiesen puesto de acuerdo el maestro Shakespeare, el inspirado Lope y el singular Cervantes.
Pero la chica en posición supina seguro que no ha alcanzado a leer a ninguno de ellos. O no le importa lo que escribieran. Y acaso la palabra damas sólo le sugiera el tablero de un juego de mesa o, por rebote, le traiga a la memoria el rótulo “Señoras” de un urinario público.
La escena se exhibe sobre el panel externo de unos grandes –todo es relativo- almacenes en el pasaje de un centro comercial, y se inspira en el problema que el decir popular dictamina que no tiene enmienda. Está en la argucia del promotor que el mirón se imagine a los amantes cabalgándose e incluso se pueda preguntar si comerán perdices.
El mismo hecho, en el siglo XVI, hubiera dado pié, con intervención de personajes mitológicos, a pintar una batalla de amor en campos de pluma.
En el XVII a la representación de un duelo entre rivales, supongamos que un poeta espadachín y un vizconde insolente y presumido.
Y en el XVIII ¡Ay, fingidos amores pastoriles! – las perlas ruedan por redondas y al despojarse de seda y raso, desnudo en la campiña todo cuerpo bucólico deviene- acaso sirviera de inspiración para tejer un gobelino censurable.
Pero en el canon de hoy, no hay nada que dé ocasión a la censura; ni hay dama, damita o damo que tema a las caídas por muy de espaldas que sean. Tampoco hay varones dispuestos a disputar entre sí lo que dan por deseado, provocado y ofrecido gratis por la hembra.
Así que la joven mujer y el joven varón colgados del panel podrán holgar, singar, retozar, mover el fuelle hasta llegar a sustentar la ilusión de que han alcanzado la inocencia de las bestias.
La nueva senda de retorno al Paraíso tan solo es recorrible a cuatro patas.
(Homenaje y guiño a Luis Felipe Fabre)