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jueves, 14 de abril de 2011

Supuesto y Acción

Los sucesos aún en curso en el norte de África dan pie para reflexionar acerca del papel de los servicios de inteligencia en el fraguado de ciertos acontecimientos internacionales aparentemente espontáneos. El hecho ya fue puesto de relieve en esta misma sección, adelantándonos así a otros medios que se reducen a corroborar las simplezas interesadas de las grandes agencias. Toca ahora poner la vista en una cuestión que nos toca más de cerca: la colaboración entre las policías francesa y española. Para empezar, recordemos que en las labores de inteligencia está incluída la tarea de prevenir, evaluar y comprobar las sinergias o las convergencias que puedan llegar a producirse cuando varios movimientos terroristas coexisten en un mismo territorio, y las posibles acciones de las naciones vecinas.

La República Francesa que, sin dar tres cuartos al pregonero, supo reducir a la impotencia los movimientos separatistas de Bretaña y de Córcega, vive ahora bajo la amenaza del complejo y ubicuo terrorismo islamista. Tiene, además, cuentas pendientes con el plexo organizativo vasco, que ha ido avanzando poco a poco en el país vecino no sin dar lugar a intervenciones terroristas y de penetración en el territorio que rompen el equilibrio tolerado de hecho por los franceses. Un equilibrio que permitió, mientras así convino, que aquél mantuviera pisos francos, arsenales, armerías y lugares de entrenamiento en territorio galo obedeciendo al sobrentendido de que estaban destinados para actuar exclusivamente en España.

Esa tolerancia es imposible hoy. Contribuyen a esto la tajante posición de USA y el redoblado temor a un sabotaje atómico. Yo quisiera agregar una consideración de matiz en lo referente al movimiento de liberación vasco: La aparente paradoja de que una entidad político-administrativa de la España autonómica, apoye una serie de reivindicaciones sobre territorio galo y presiona sobre instituciones francesas, enarbolando una bandera, la de Euskadi que, pese a todas las habladas, es una de las enseñas representativas, y no la menos destacada, de este Reino de las Diecisiete Repúblicas.

Cabe, pues, que los servicios franceses de inteligencia, mitrando al futuro en esta hora incierta, hayan sido activados para actuar sobre el supuesto de que esas reivindicaciones son las mismas que España podría asumir frente a Francia si a los tornadizos gobernantes de la piel de toro les diera por ahí. Puede ser y es, según se mire.

martes, 12 de abril de 2011

Crimen y Orden

Todo aquél que no sea un orate o un botarate querría que el orden reinase en el mundo. Pasa, sin embargo, que hoy en día no parece claro cuál sea el sentido de ésta palabra. No soy yo quien se atreva a diagnosticar cómo se ha llegado a esta situación de niebla epistemológica; pero cabe aventurar que haya sido por el camino de internarse en ese otro campo de confusiones en que está sumido el poder tanto en su significado conceptual como en su ejercicio material.

En contraposición a la niebla conceptual en que yace el binomio orden-poder, y siempre en el plano de las apariencias, la relación entre el orden y la justicia es reconocida universalmente. Pero, dado el quebranto que sufren las nociones de bien y de mal, ni siquiera la justicia ofrece ya un brazo seguro en el cual pueda apoyarse el orden.

Menos mal que aún conservamos cierto remanente de percepción intuitiva que viene en apoyo de nuestra orfandad acerca de estas nociones básicas. Analicemos, a éste efecto, por qué resulta conmovedor un suceso sangriento como el recientemente acaecido en algún lugar entre Zarauz y el embalse de Ibai-Eder. La razón no parece estribar simple y llanamente en que se trata de una vida humana. De sobra sabemos que la medida y el aprecio de ésta se ve sometida al rasero del relativismo. Así lo ponen de manifiesto la enorme facilidad para abortar, la práctica apenas encubierta de la eutanasia, la relativa indiferencia que hay respecto a los accidentes de tráfico y de trabajo y el clima de sospecha y desprecio con que unos y otros, a su turno, han sabido rodear a las víctimas del terrorismo. No, si algo nos conmueve del suceso antedicho, es porque alcanzamos a percibir a la víctima como una persona integrada en su sociedad, dedicada a su familia, satisfecha con su entorno y congruente con su identidad; dotada, además, de medios suficientes, todo lo cual pone de manifiesto un existir sin estridencias. En suma, estamos columbrando, aunque sea a través de la tiniebla de un suceso terrible, la vida cotidiana de una persona de orden. Y nos damos, por fin, cuenta de que el orden existe, y que no nace de reglamentaciones ni de decretos; ni está relacionado con la proporción de policías con uniforme o sin él. Que nace a nivel de las personas o no nace en ninguna parte; que surge de lo particular y se ensancha en ondas hasta lo general. Y nos damos cuenta que ese orden es frágil si la justicia y el poder no saben distinguir el bien del mal y las garantías judiciales y policiales, reducidas a ideología garantista, andan por ahí queriendo ignorar a dónde van a parar sus cacareados beneficios. Parece cosa de orates o de botarates. ¿O no?

Palabros

Nuestra época es rica en creaciones léxico culturales. A continuación expongo algunas. Papago: pago hecho con cargo a la cuenta de papá, especialmente si se trata de hipoteca o derecho real que grava un bien inmueble o una embarcación sujetándola al cumplimiento de una obligación o al pago de una deuda.// Hipotecaca, desde el punto de vista del sujeto sobre el cual recae la obligación, dícese despectivamente de la hipoteca urdida de acuerdo a las técnicas de la ingeniería financiera. Antiguamente este tipo de hipoteca hubiera sido incluído entre los contratos leoninos.

Contrato leonino: decíase del que favorece tan solo a una de las partes, que pase lo que pase, se lleva lo que proverbialmente se denomina “la parte del león.” Entre los ultralaicistas y transculturalistas de las Expañas se atribuye su creación al Papa León XIII a quien acusan de proceder por consejo del generalísimo Franco, a instigación de Benito Mussolini y los reyes católicos con el eficaz asesoramiento de Sor Intrépida, que fue ministro de la dictadura. Los historiadores del derecho opinan que el nombre se debe a la costumbre del macho de la especie “Panthera leo” que siempre se lleva la mejor parte de la presa, que son los jarretes, razón por la cual los británicos instauraron la Orden de la Jarretera.

Hipotenusa: lado opuesto al ángulo recto en un triángulo rectángulo// según la última sentencia del Tribunal Constitucional y de acuerdo a los penúltimos planes de estudio que son referente cultural para la Europa de los 27, la palabra hipotenusa puede en examen de lenguas extranjera traducirse legítimamente por la frase: “tengo un caballo en USA”. Da lo mismo que el caballo se transforme en camello.

Marasmo suspensión, paralización, inmovilidad tanto en lo moral como en lo físico// Mamarasmo: suspensión, pasmo o entontecimiento propio de las madres respecto a las gracias, gracietas y gracejadas de sus hijos.// Estado casi comatoso en que caen los lactantes después de mamar de pechos maternos envenenados.//Mamarracho: indica la situación en que queda el lactante que bebe del pecho de madre alcoholizada.

Paparrucha: noticia falsa y desatinada esparcida como verdad entre el vulgo, tal cuando se divulga que los libios luchan por implantar la democracia. Es palabra que carece del correspondiente femenino que sería el neologismo mamarrucha.

Pepena: pena que aqueja a los barones del PP por no pintar nada en la crisis actual. Es voz construida por repetición, como cuando el cantador flamenco dice “ay pepena, penita, pena, pepena , pena de mi corazóon.”

Y hago constar que quedan muchos más palabros como éstos en el cartucho..

viernes, 1 de abril de 2011

Nucleares

En agosto de 1945, la arcaica hazaña de reducir a polvo y cenizas las tolderías, las filas, las mujeres y las crías de los guerreros enemigos, brilló con resplandor de mil soles en el firmamento de las islas japonesas de Honshu y Kyushu. Desde aquel momento, la energía nuclear aparece en la imaginación de las masas como un monstruo de dos cabezas que responde a los nombres de Hiroshima y Nagasaki.

Bien es verdad que el horror pudo adoptar el nombre en español de Álamo Gordo, lugar del desierto de Nuevo México donde se hicieron explosionar las primeras bombas. O quedar identificado como Eniwetok y Bikini, atolones del Pacífico donde se realizaron pruebas que han pasado a la historia prolongada de Caín.

De cierta forma ninguna porción del planeta se ha escapado de la chamusquina atómica experimental. Terminada la Segunda Guerra Mundial, los EE.UU., la Rusia Soviética, el Reino Unido, la República Francesa y la China Comunista se entregaron como potros sin freno a una carrera por experimentar y almacenar bombas nucleares. Las cifras que circulan son dudosas; pero, así y todo, resultan más que suficientes para emponzoñar al mundo. Al club de las potencias atómicas se han unido tardíamente la India, con una única prueba; e Israel, que al menos ha tenido la gentileza de comenzar a apilar sus bombas sin sentirse en la obligación de hacer pruebas de ninguna clase.

Por lo que se suele decir, parece que los miembros del club atómico han procurado por todos los medios impedir la entrada de nuevos miembros; actitud que el buenismo al uso traduce por atajar la proliferación nuclear. No obstante, por todo lo que se cuece en el perol, se deduce que han conseguido hacer perfectamente compatible ese deseo con la propia exigencia de mantener y de mejorar el puesto que cada uno ostenta en el corro de los dominadores interesados en perpetuar sobre la tierra el equilibrio del miedo.

Lo curioso del caso es, para mí, que en el ámbito popular, no son las bombas atómicas y otras lindezas semejantes las que causan mayor alarma, sino las centrales nucleares dedicadas a la explotación industrial de la energía, asunto temporalmente necesario y que en la práctica es bastante más controlable que las bombas. Es en los arsenales atómicos donde se está incubando el huevo maligno de un Apocaplisis creado por los hombres, muy diferente de los Apocalipsis salvíficos de San Juan y de los profetas judíos. ¿Qué en qué arsenales digo? Pues en los oficiales y en los clandestinos, que de haberlos haylos. O puede haberlos.

Trabajo-servicio

En nuestro aporreado romance, llamamos trabajo a la actividad que exige esfuerzo corporal y es objeto de una contraprestación económica denominada salario o sueldo. Se considera, pues, trabajo, sólo el esfuerzo productivo que se ejerce por cuenta ajena. El concepto queda así tan recortado y birrioso, que viene muy a cuento observar, con Alvaro D´Ors: que bajo el nombre de trabajo ya no cabe la tarea del poeta o la del carmelita; la de la madre que acuna a su hijo recién nacido, ni la de la muchacha que cuida las vacas de su padre haciendo calceta porque le da la gana. Y, puestos a aventurar opiniones, tampoco caben en ese menguado concepto de trabajo, digo yo, la mujer que enseña a su amiga a resolver el sodoku, ni el abuelo que adiestra a su nieto en el manejo de la caña de pescar.

Pero el trabajo, cualesquiera que sea su objeto y contenido, guarda en la médula una almendra de oro: su condición de servicio, que es precisamente lo que tenemos olvidado y lo que brinda al currante la posibilidad de vivir su actividad como un empeño a favor del prójimo y en provecho de la sociedad en que se inserta. Y esto sitúa al individuo, moralmente en un plano muy superior a toda remuneración y lo hace acreedor al respeto más profundo y veraz. .

En esa condición de servicio se enraíza el carácter creador de la actividad humana. Allí se fundamenta el pundonor profesional. Allí nace el espíritu de sacrificio y de entrega en el desempeño de oficios que así lo piden, como son las profesiones de enfermera, de bombero, de soldado, de maestro y tantas otras. Allí reside la fuerza unitiva y cohesionadora que tiene el trabajo que, de otra forma, sólo da lugar a la explotación del débil y a la lucha de clases.

La postmodernidad ha heredado de la sociedad burguesa la incomprensión y el desprecio hacia la mera idea de servicio. Aquí está una de las grandes carencias de nuestra sociedad. Hoy, nadie quiere servir a otro. Cada cual busca su interés. Ni siquiera los políticos, tan bien remunerados ellos, quieren servir al bien común. Estamos hablando de cosas que marcan la diferencia entre la sociedad de los hombres y la comunidad animal que forman la empeñosa abeja o la incansable hormiga. El trabajo-servicio merece ser más respetado por los poderosos de éste mundo, entre los que incluyo a los líderes sindicales. Si en punto al trabajo falla la justicia, o ésta es sustituida por el cálculo, no tardará en lamentarlo la sociedad entera.