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jueves, 27 de diciembre de 2007

Reflexiones de Urgencia sobre el Poder

El poder es algo muy sencillo de definir: la capacidad o habilidad para hacer o actuar en este o en aquél terreno. En otras palabras, el poder es primordialmente actuación sobre el medio adecuado en procura de fines estudiados o, al menos, previsibles.

Si se trata del poder político, esa capacidad de actuar se extiende sobre el conjunto de la sociedad comprendida en esa institución de carácter territorial que desde Maquiavelo solemos llamar Estado, aunque no está demás recordar que “lo Stato” pudiera muy bien ser traducido por “lo establecido.”

El poder político se explaya sobre la sociedad y las instituciones, pero no lo hace directamente, sino en condición de marco general. Para dirigir al Estado en una dirección nueva o para mantenerlo forzosamente en un rumbo dado, este marco precisa estabilidad y ésta no es posible sin la permisión de los medios financieros, económicos, técnicos, propagandísticos y psicológicos que hacen posible manejar ese mismo conjunto humano. Si en lugar del auxilio o la permisión de esos medios, se produce su sujeción al poder político, estamos en presencia del estado totalitario. El arma nada secreta y un tanto ingenua de la democracia para impedir esta sujeción es dividir en períodos cortos la vigencia del poder político.

Con todo, por muy pesado que resulte el yugo del poder político, no se puede considerar como algo sobrevenido, impuesto o ajeno a la colectividad ni a los individuos que la componen. El poder – desde el más despótico al más participativo, cuenta ante todo, con un primer aliado en cada ser humano: la tendencia innata a la adhesión, que actúa como uno de los resortes invariantes de la psique, bien que modulada por el grado y el tipo de educación e influida por los clichés mentales, los hábitos sociales y me atrevería a decir que de cierta forma por los atavismos étnicos –tan difíciles de reconocer como diferentes de las acuñaciones culturales- que dan ocasión a la pervivencia de posiciones que pueden con toda justeza ser llamadas terquedades.

El hecho de que esta tendencia de adhesión irrumpe con fuerza demandante sólo en momentos de desconcierto colectivo no debe hacernos olvidar que la adhesión no es un fenómeno excepcional, sino que constituye un elemento sin el cual el poder sería una palabra vana aún en las circunstancias más corrientes. Como Jano, el dios de la doble faz entre los romanos, o la simbólica hacha de doble filo de los francos, el poder tiene dos caras, la una corresponde al poder en tanto que ejercicio activo y principal, la otra el sentido colectivo de adhesión que ese poder suscita aglutinando las adhesiones individuales.

Si os sentís extraños a todo esto, e incluso incómodos por pensar quizá que lo que aquí se expone no se aviene con el grado de desarrollo humano del ambiente sobrevalorado y ufano en que vivimos, las interrogaciones que van a continuación os ayudarán a encontrar un camino que en el fondo se conoce bien, puesto que llevamos su dibujo dentro de las proformas mentales más corrientes. ¿No habéis estado -como viajeros aventurados en país hostil, como montañeros de atrevida cordada, como víctimas de una catástrofe colectiva, como combatientes quizá- en un momento crucial en el que el grupo entero se siente gravemente amenazado? ¿No habéis percibido cómo precisamente aquél que toma la iniciativa sin vacilaciones es el que en definitiva atrae al grupo en peligro, lo aglutina tras de sí, y consigue dar sentido a la acción conjunta? En ese caso de poco valen los organigramas formales. Bajo la presión del momento, se produce como una jerarquización funcional que termina pareciendo connatural al grupo, quiero decir que comunica la sensación de que siempre hubiera estado presente allí, aunque en realidad sólo se haya manifestado justo en el momento propicio.

La Historia, la pequeña y la grande, está llena de ejemplos de esta guisa. Y me complazco en traer algunos de éstos, casi ignorados, con preferencia a otros más conocidos. Una joven de quince años, Rafaela Herrera, única mujer entre rudos varones de todas las razas que componían la soldadesca, y con el Alcaide recién muerto, se opone con éxito a que la desconcertada guarnición del aislado castillo de San Carlos, sobre el río San Juan o Desaguadero, en la colonial provincia de Nicaragua, se rinda a un Nelson todavía joven que capitanea la flota del asedio; y la resistencia continúa hasta conseguir la retirada del enemigo. Santiago Liniers, un alférez de fragata destinado en el apostadero Naval de Río de la Plata, toma las decisiones que el Virrey Sobremonte no acierta a tomar, y consigue organizar en condiciones muy difíciles, la resistencia de la ciudad de Buenos Aires y la recuperción de Montevideo, resultando victorioso frente a las tropas de Beresford.

A veces esta jerarquización funcional se presenta fragmentada en numerosos actos de decisión tomados por individuos que actúan de forma no coordinada o apenas coordinada, esto sucede en el Dos de Mayo, en jornada reproducida en un libro reciente de Pérez Reverte; como sucede también en la impensable reacción de auxilio, solidaridad y eficacia que se produjo el 11-M en el anchuroso, masivo e individualista Madrid, tal como se alude, en magnífica, sencilla y breve pasada, en las páginas de “En tiempos de prodigios”, de la joven autora Marta Rivera de la Cruz.

En ocasiones, cuando hay liderazgo de fuste, quien toma la actitud que salva el momento es el mismo jefe que aparece en el organigrama. La célebre frase “¿Quid times? Caesarem vehis”, ¿De qué temeis si Cesar está a bordo? Aunque formulada como interrogación, era más bien el apunte de una respuesta positiva ante una situación proclive a suscitar actitudes pesimistas. Cesar, cabeza de Roma, pero en aquél momento simple miembro del pequeño grupo de navegantes en peligro ante la tempestad, no quería con su pregunta solicitar la opinión consabida, subordinada y temerosa de los tripulantes del barco, sino instarles a una actitud valiente y positiva mediante una cortante aunque encubierta arenga que les invitara a superarse.

Estas manifestaciones primigenias de poder en estado puro casi nunca faltan en las situaciones apuradas de colectivos grandes o pequeños. Lo que falla, con harta frecuencia son las apoyaturas sociales que harían que un brote de poder prístino llegue a tomar forma de poder estable, de lo establecido, en definitiva, del Estado. Las instituciones de éste tienen siempre un sentido conservador. Por eso las revoluciones, los revoltosos y los alborotadores lo tienen siempre difícil si no cuentan, por lo menos, con la tolerancia, con la confusión o con el miedo de quienes hacen cabeza en las instituciones.

En los medios sociales deficitariamente estructurados, estas manifestaciones de poder primigenio se pierden en acciones fractales, dispersas, desmigajadas, incapaces tanto de impulsar a las instituciones a su punto de ignición motora como de provocar la elevación de su temperatura a un grado de destrucción incendiaria. Esto se produce unas veces porque ni sistema ni instituciones existen más allá de las apariencias, y otras porque, aún existiendo, sólo funcionan de una manera parcial o en una situación precaria. En uno y otro caso, ni su destrucción por incendio, ni la ignición motora de las instituciones significarían nada importante para la vida y el desarrollo del conjunto social

jueves, 20 de diciembre de 2007

Diálogos en el Bordillo

Preguntón.- Herencia o elección ¿Cuál de las dos formas de llegar al poder es la mejor?

Respondón.- Me permito interpretar que, lo que de veras quiere preguntar el Señor Preguntón es: ¿Dónde hay más posibilidades de que salga un tonto? ¿Al subir al trono un rey o al ser elegido un Presidente? Y lo que le voy a contestar es que ese planteamiento parte del supuesto erróneo de que las dos formas de subir al poder -por elección o por herencia dinástica- separan radicalmente el sistema republicano respecto del sistema monárquico. Esto no es, en absoluto, verdad. Ha habido monarquías electivas como hay repúblicas que obedecen al principio monárquico.

Preguntón.- Pero ¿No se conocía ya en la antigüedad, una forma de acceso al poder denominada “Per Membrum Virile” que se puede identificar con la forma monárquica? ¿No basta este dato para poner de manifiesto lo arcaico, lo obsoleto, lo casposo y anticuado del sistema monárquico?

Respondón.- Lo cierto es que la monarquía es una forma antigua y aceptada de solucionar el problema de quién debe gobernar. Pero la forma denominada “Per Membrum Virile” comprende variedades que van más mucho más allá de las aplicaciones interesadas y capciosas que hacen de ella los que han montado en cólera contra la monarquía.

Preguntón.- ¿De qué aplicaciones habla Vuestra Merced? ¿Es posible que haya tantas diferencias en cuestiones relacionadas con el miembro viril?

Respondón.- Sí. Tantas, por lo menos, como las hay entre decir Penélope Cruz, y la afirmación de la experta sexóloga que se permite comentar que “el pene es una cruz para Lope”. Hay que comenzar por distinguir las variedades que ofrece el sistema genéricamente llamado “Per Membrum Virile”, abreviadamente PMV.

La variedad denominada PMV “sui”, por ejemplo, otorga al interesado la posibilidad de asumir el poder por matrimonio rato y consumado con la hija del jefe. Es una modalidad que hoy no tiene ninguna repercusión en la vida política, pero que conserva toda su importancia en el mundo de la grande, la mediana y la pequeña empresa y sigue siendo, en pleno siglo XXI, una importante vía de promoción masculina dentro del sistema capitalista. Esta modalidad de acceso al poder se conoce vulgarmente con el nombre de “braguetazo”.

Aparte del PMV “sui” existe otra variedad denominada PMV “alius” que consta, a su vez, de dos subtipos al cual más interesante: el PMV “paternus” y el PMV “maritalis”

La modalidad “PMV “maritalis” es de empleo exclusivamente femenino y, pese a su venerable y patriarcal antigüedad, ha venido a experimentar un inesperado auge en la América de habla española. Así la República Argentina presenció en su momento el fulgurante ascenso a la Presidencia de la República de Doña Isabelita vda. de Perón. En la República de Nicaragua, el de la Presidenta Doña Violeta de Chamorro, viuda del prócer Pedro Joaquín Chamorro, a quien se debe el revolucionario y originalísimo grito “después de Somoza, cualquier cosa” que tan decisivo ha sido para la creación de la “demokrasia Kualkierkosa” que ahora tiende a asimilarse a la bolivariana. El más reciente caso de ascenso al poder por vía PMV “maritalis” es el de Dña. Cristina Fernández, que el día 10 de diciembre pasado tomó posesión de la Presidencia de la República Argentina sucediendo a su esposo Don Néstor Kitchner

Preguntón.- ¿Y la otra modalidad?

Respondón.- La variedad “PMV “paternus”, posibilita llegar al poder amparándose en el prestigio del propio padre. El caso más conocido es el de Indira Ghandi en la India, que aunque adoptó ese apellido, era hija del Pandit Nehru. En el Pakistan ha ocurrido otro tanto con Benazir Bhutto, hija de Zulfikar´Ali Bhutto. También es el caso, en el siglo XIX, de los Solano López, padre e hijo, en el Paraguay; y, en el siglo XX de los tres Somozas, Anastasio el Viejo y sus hijos Anastasio y Luis, presidentes de Nicaragua. Y paro de contar para no aburrir.

Preguntón.- No se pierda Vuestra Merced en los escaques y conteste de una vez. ¿De dónde salen más tontos, de la herencia dinástica o de las elecciones libres?

Respondón.- Con esto de los gobernantes tontos o listos según sean hereditarios o electivos, sucede como con el cambio climático: la cuestión es muy seria y las consecuencias que se derivarían de aplicar soluciones basadas en un análisis negligente han de suponerse cuantiosas y puede, incluso, que irreparables; pero va y resulta que se carece de estadísticas suficientes y fiables para llegar a conclusiones válidas.

Así que, deberíamos atenernos estrictamente a los datos de la época histórica, evitando internarnos en los resbaladizos terrenos de la paleoantropología, como cuando se sugiere sibilinamente que los “ciudadanos” de Atapuerca optaban ya por la República y la autodeterminación de los pueblos, o cuando, hablando de monarquías y de monarcas se mide a un Carlos V, a un Luis XV, a un Felipe II o a una Isabel I de Inglaterra, con el mismo rasero que a un Bulubú rey de los bosquimanos, a un Makongo de las tribus kongas o al rey Gudú que todos sabemos es de Matute, doña Ana María.

Ateniéndonos a lo datos a los que nos debemos atener, aciertos y desaciertos se le pueden suponer tanto a la herencia dinástica como a las elecciones. Con una plusmarca de tontos, se lo aseguro, muy grande para los Presidentes, lo cual ocurre algunas veces por deterioro del género presidenciable, y otras porque se titulan Presidentes muchos que lo son de Estados meramente aparenciales, reductibles, casi, a proyectos cartográficos que, en el enorme escenario de la globalización, están de antemano destinados a la trituradora o al compostaje.

La respuesta adecuada, pues, más ha de parecerse a un ¡allí se andarán! que a una afirmación tajante acerca de la absoluta bondad o la absoluta maldad de la herencia o de las elecciones. Pero en todo caso, el Rey quiere representar al conjunto de los pueblos que viven en el territorio del Estado; mientras que el Presidente, aunque dice tener las mismas pretensiones, como está obligado a tomar decisiones concretas en las que inevitablemente se manifiestan los intereses de partido –partido es lo que no es entero-, no tiene otra opción que guardar las apariencias lo mejor que pueda y hablar de su parcela como si se estuviese refiriendo al todo, o aparentar que detrás de su persona ruge en su apoyo el pueblo entero. Porque un Presidente representa tan sólo a su partido, en algún caso a un frente de partidos o coalición de los mismos, y, más frecuentemente, incluso, su representación es el resultado de componendas postelectorales donde los participantes se han puesto de acuerdo para aplicar la aritmética que les conviene.

Preguntón.- Pero que el rey represente al conjunto del pueblo ¿no es acaso una pura convención, en definitiva una filfa?

Respondón.- Pero buen hombre, de convenciones está plagada la política y la vida social. También es “puritita convención” -como decía Pancho Villa- “el que la mitad + x valga para que cualquier pendejo pueda llegar a Presidente.” Si se prescindiera de las convenciones, sería la fuerza la que vendría a dominar en la sociedad. Y no la fuerza reglada, sino la fuerza bruta que no admite reglas ni arreglos. Con las convenciones, acordadas o impuestas -que en esto tampoco hay que ser muy exigente-, lo que se quiere conseguir es que la sociedad no se vea constreñida a recurrir continuamente a la fuerza o tenga que entregarse a la improvisación en los momentos más comprometidos o, incluso, se sienta obligada a aceptar los períodos constituyentes con la fatalidad de hembra resignada a sus períodos catameniales. Tomen nota Vuestras Mercedes.

martes, 18 de diciembre de 2007

Comunicación y Nuevas Redes Sociales

La comunicación entre los seres humanos es función, requisito y manifestación de la existencia social. Y como ésta es imposible si se prescinde del fenómeno que llamamos poder, viene a resultar que la comunicación interhumana es también requisito y manifestación de la diversidad de poderes que se manifiestan en la sociedad.

El poder, por antonomasia es el poder político. Pero ¿acaso no existen otros poderes?

Deseche, amigo lector, la versión dieciochesca que limita los poderes al Ejecutivo, al Legislativo y al Judicial. Deseche también la versión simplificadora que habla rutinariamente de la Banca y de la Iglesia clasificándolas como poderes “fácticos”, como si su actuación fuera una pura cuestión de hecho o maniobrasen en el vacío legal.

No admita estas simplezas y tome nota de la nueva lista puesta al día que le ayudará a entender lo que acontece y le animará a encararse al futuro con algo más que simples presagios, corazonadas y temores.

En la nueva lista de poderes figuran en primer lugar esas concreciones de ideología y organización que son los Partidos Políticos. Detrás de estos, deben situarse las grandes concentraciones de medios materiales constitutivos del Poder Económico- financiero e Industrial. Después habría que colocar a las poderosas maquinarias de publicidad comercial, de propaganda ideológica, de información y pseudo información que se concentra en manos de las grandes empresas de comunicación de masas.

En un plano mucho más discreto pero no menos efectivo, deben estar los instrumentos de control social, vigilancia y pesquisa propios de la Policía y de los servicios de Inteligencia.

En último término, pero no en el más prescindible –contradigo así a los pacifistas- hay que mencionar el acúmulo de conocimientos, de medios tácticos y estratégicos, de recursos humanos -tropa, clases y mandos- que corresponde a las Fuerzas Armadas, configuradas legalmente como defensoras frente a las amenazas bélicas externas e internas. A las fuerzas armadas cabe considerarlas soberanas “in fieri” en cuanto que están capacitadas, en principio, para decidir acerca de la suerte que pueden correr las demás instancias en situaciones de excepción.

Los tres últimos decenios han sido testigos de una extensión de las posibilidades de comunicación sin precedentes en la Historia. Esa extensión redunda de inmediato en un aumento exponencial de las posibilidades que el hombre de la calle tiene de adquirir conocimientos prácticos y teóricos, de familiarizarse con las vigencias sociales y con los esquemas de explicación de la realidad, así como de intensificar el intercambio de opiniones de toda clase y sobre cualquier materia.

Ante este hecho resaltan a simple vista dos cosas. La primera es que con la popularización de la telefonía móvil, la generalización del empleo de Internet y, la difusión de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, surgen de forma espontánea nuevas redes y circuitos sociales informales cuyos componentes individuales están unidos sólo por las afinidades electivas y por el uso común de las nuevas tecnologías. La segunda consiste en la comprobación de que estas nuevas redes o circuitos son diferentes de los vínculos comunicativos establecidos tradicionalmente por los partidos políticos, por los cabildos de intereses y por los grandes grupos de comunicación masiva. ¿De qué manera influirá este hecho en el futuro? ¿Qué pasará a la larga con las posibilidades de que hablábamos antes?

Algunos ven en este fenómeno el inicio de un momento estelar en el cual las instancias propiamente sociales y ciudadanas –grupos informales, asociaciones no subvencionadas, plataformas de cualquier tipo- podrían ganar espacios públicos e influencia de que hasta ahora han carecido. Un vasto y profundo cambio autogestionario se presiente en las relaciones humanas y en la dinámica del sistema democrático. Este cambio podrá acabar con el oligopolio de intermediación que hoy ostentan los Partidos Políticos y las grandes empresas privadas y públicas del Poder Mediático o comunicador. ¿Sucederá esto sin trastornos sociales?

Hoy por hoy, el efecto más inmediato de la difusión generalizada de los medios de comunicación tecnológica, es, a mi juicio, meramente dispersivo, en cuanto que la variedad de intereses particulares, y su enfoque preferente hacia lo lúdico, tiende eficazmente a apartar la atención colectiva no solo de los grandes problemas sociales y políticos de fondo -esos que sólo conocen y solucionan los expertos- sino incluso de las cuestiones más ocasionales u oportunistas que constituyen el núcleo del llamado “gran debate político”, en realidad mero montaje de la escenografía que hoy parece inseparable de la acción política.

Y quiero recalcar que, en la medida en que es dispersivo, ese efecto tiende a facilitar la tarea de manipulación de la sociedad y de la opinión a que hoy parece destinarse una parte importante de las energías y de los recursos de la actividad que se desarrolla en torno a la cosa pública. Pero, si entrar en el fondo de la cuestión que ya está convertida en leyenda urbana, la reacción concentrada de las masas posterior a los atentados del 11M ¿ no nos habla por sí misma de la importancia de las nuevas redes sociales alejándonos al mismo tiempo de la tesis dispersiva que he expuesto líneas atrás?

Solo el transcurso del tiempo dirá si esta marcación de nuevos terrenos de intervención individual, roturados por medio de las nuevas tecnologías de la comunicación, redundará en nuevos espacios de intervención ciudadana y de libertad sociales, o terminará por ser metabolizado por los poderes establecidos.

De momento, el efecto futuro de la presente expansión de las posibilidades tecnológicas de la comunicación se dibuja como una incógnita en la cual cabe, incluso, la esperanza más difícil de todas: que el hombre corriente, el ciudadano cualquiera, participe libre y conscientemente en los asuntos públicos, actuando al margen de la intermediación de los partidos, y de las presiones configuradoras provenientes del Estado, de sus sucedáneos autonómicos, y de los grandes y poderosos grupos mediáticos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

La Democracia y sus Variantes


Con el guirigay de la política, el término democracia anda como diría Quevedo si pudiera, como puta por rastrojo. Así que, si no se quiere ser víctima de la confusión y terminar como un pendejo cualquiera opinando que da lo mismo guau que miau, se debe comenzar por distinguir las diversas maneras en que se emplea esa palabra en las empanadas léxicas y en los numerosos pasteles expresivos que salen a diario de los marmitones de la información.

Así, pues, hay que inquirir, ya de entrada, si quien nos habla de democracia lo hace considerándola régimen estable y digno de conservarse, o se refiere a ella como simple estación de paso de la cual hay que salir para poder desembocar cuanto antes en otra cosa. Y luego, por supuesto, invitarlo a que nos aclare cuál es esa cosa a la que hay que llegar.

A la democracia le han surgido a lo largo de la historia apellidos que son legítimos y otros que son meros motes de disimulo.

Los apellidos legítimos sirven para distinguir los diversos matices que se pueden presentar en un régimen democrático: se habla así de democracia liberal, de democracia parlamentaria, de democracia directa o de democracia representativa sin dejar de referirse a una y la misma cosa. En la democracia así entendida, se aprecian matices diferenciales, pero no desigualdades de naturaleza.

En contraste con los apellidos, los motes de disimulo son denominaciones capciosas que sirven para enmascarar otras realidades muy distintas de la democracia liberal. Tal sucede con la expresión “democracia popular”, que fue el rótulo propagandístico de las dictaduras de partido comunista en los tiempos del “socialismo real”. O con la de “democracia orgánica”, término y concepto que fue durante algún tiempo instrumentalizado para servir de cobertura al régimen autoritario del Caudillo Francisco Franco, pero que fue ideado por Salvador de Madariaga, oiga. O la “democracia vigilada” o “democracia de la Panchasila” (voz sánscrita) propia del régimen de Ameh Sukarno y sus imitadores de los países no alineados en la conferencia de Bandung.

En la democracia entendida como régimen estable se supone que la fuente del poder político es el “pueblo”. No se trata del pueblo en sentido étnico, sino de pueblo en sentido estrictamente jurídico. Es decir, de pueblo entendido como el conjunto de los llamados a ejercer el derecho a voto y que en las sociedades de ahora coincide con la totalidad de la población adulta. Y hay que subrayar, aunque parezca tontería, que tal derecho viene determinado por el Ordenamiento Jurídico con independencia de cuál sea la situación de la persona respecto a otras condiciones que normalmente recaen sobre ella, tales como consumidor, contribuyente, trabajador en activo o en paro, mujer o varón, individuo plenamente capacitado o disminuído físico, adherente a esta ideología o a la otra, poseedor de un determinado grado de estudios o carente de él. En las democracias de hoy no existe el voto cualitativo o diferencial ni el censitario. En otras palabras, no se reconoce la capacidad recibida de natura o adquirida por estudios de discernir lo mejor, ni se favorece al que paga más impuestos. En este último aspecto, como diría el poeta castellano, allegados son iguales los que viven de sus manos y los ricos.

En materia de voto sólo desempeñan un papel restrictivo: primero, los años cumplidos, pues sólo votan los que han alcanzado la mayoría de edad; segundo, la situación llamada de “especial sujeción”, que actúa restringiendo en cierta medida y según qué delitos, el derecho al voto de la población penal y, según circunstancias y países, a los militares en activo que, como servidores del Estado, lo llegan a ser a estos extremos sacrificiales.

La democracia como régimen estable es llamada también democracia estadística o inorgánica queriendo destacar que está basada únicamente en la aritmética y en el vínculo jurídico de la ciudadanía, evitando el apoyarse en lazos que son tenidos por más cordiales, más “cálidos”, en definitiva más “orgánicos” como los que nacen de la etnia, de la casta, de las relaciones de vecindad, de la dependencia laboral o de los afectos familiares, todos ellos alveolos en que normalmente se acoge el hombre de modo más directo y que han demostrado a lo largo de los siglos su capacidad hipervinculante.

La denominación de democracia inorgánica es útil para destacar que la democracia liberal está basada en definiciones jurídicas funcionales, en contraste con las realidades entrañables y cálidas que anteriormente hemos calificado de orgánicas. Un reflejo de esta distinción se capta en aquella afirmación del Sr. Arzallus: ellos –los otros partidos- tienen oficinas, nosotros –los nacionalistas- tenemos batzokis.

Desde la fundación de la Organización de las Naciones Unidas, que consagró en el mundo el orden nacido de la victoria aliada en la II Guerra Mundial, la democracia liberal tiene carácter obligatorio y benéfico para todos los países del universo mundo. Ha adquirido, pues, el status de sistema fundamental. De allí que todo esfuerzo de las potencias occidentales por ejercer sus deberes organizando el mundo, o devolviéndole el orden perdido o restituyéndole la justicia extraviada, se tenga que revestir del ropaje de misión democratizadora, cualesquiera que sean las condiciones sociales, económicas y culturales del país objeto de la misión. El nipoamericano Fukuyama, que considera que la democracia liberal representa el fin de la Historia, es decir, un punto de llegada insuperable ya dentro de los sistemas políticos, marca, a su manera, el punto de inflexión de un nuevo y sorprendente fundamentalismo.

Pero ¿Qué pasa entonces con la democracia considerada como realidad política transitoria, esa que hay que superar para conseguir otra cosa? Para responder tenemos que seguir muy de cerca el planteamiento marxista. Para éste, la democracia es solo una estación de paso que hay que dejar atrás lo antes posible siguiendo un itinerario ajustado a la dialéctica del materialismo histórico; es decir, aprovechándose de las debilidades y contradicciones internas de la democracia liberal para avanzar hacia el primer estadío de la Revolución que es la dictadura del proletariado, antesala del socialismo verdadero, donde el hombre adquirirá ¡al fin! una condición fraternal y solidaria. Es aquí donde se puede apreciar el carácter soteriológico o de redentor de la humanidad de que se quiere revestir el marxismo y que tanto seduce a ciertas mentalidades teologales que reclaman para sí el hábito dorado del nuevo profetismo.

Es también en este sentido que se ha de entender el juego cuando los partidarios de un sistema totalitario como es el comunismo en sus diversos vestiditos de temporada se declaran con toda la jeta defensores de la democracia actual o de las democracias pasadas. Esto explica, por ejemplo, que las Brigadas Internacionales, armadas y organizadas por Stalin y el Comunismo mundial, hayan sido considerados defensores de la democracia, como lo han reconocido incluso los conservadores españoles contribuyendo así con su granito de arena a que el término “democracia” vaya adquiriendo méritos para ser incluído en el “Diccionario de uso del lenguaje Oscuranto”, instrumento de grandísima utilidad para mantener al público en la inopia.

Hasta pronto.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Las Hilachas de la Cumbre

Para comenzar a entender lo acontecido en la cumbre de Santiago de Chile, hay que partir de un hecho sencillo, casi pedestre: el carácter campechano, y jatorra que, a falta de objetivos de mayor calado han tomado estas reuniones que se desenvuelven con un protocolo reducido al mínimo y dónde se congregan caras y calcetines de todos los colores para brindar, comer, discursear y murmurar unos de otros en plan de parientes poco importa si bien o mal avenidos. Ambientes de esta clase son los que favorecen la producción de incidentes como los que se han visto en la cumbre de Santiago de Chile. ¿No se dice en castellano que donde hay confianza da asco?

Y aquí comienza a doler el calzar zapatos tan cómodos, porque las palabras que aludiendo a aquél incidente ha soltado días después el presidente Cháves en la rueda de prensa convocada en los salones del hotel donde se hospedaba en París, se refirieron, en plan despectivo -como es usual en él respecto a personas que no le cuadran- a un rey de España que, según el presidente de Venezuela, había reaccionado mal sólo por estar hastiado de oír al indio Morales, al indio Ortega y al indio Cháves. La reticencia chaviana delata, a mi modesto entender, la existencia de un formateo mental digno de ser señalado: la falsa conciencia racial del mestizo que evita por todos los medios la palabra mestizo.

Porque, de todos los que han sido calificados como indios por el presidente de Venezuela, sólo Evo Morales, presidente de Bolivia, es indio propiamente dicho. Daniel Ortega es ladino, es decir mezcla antigua de español y de indio como lo es la enorme mayoría de los pobladores de Nicaragua y otros países de América central donde el mestizaje es casi completo y donde no ha habido flujos de inmigración europea en los siglos XIX y XX. El propio Cháves está muy lejos de ser un indio porque, a juzgar por el tipo antropológico que representa, se trata del producto de la mezcla de blanco, de negro y de indio, triplete nada raro en su país como en otros de la ribera caribeña y que en todo caso le daría la opción a ser llamado “pardo”.

¿Qué se esconde tras esta cortina de humo verbal en la que personajes tan dispares aunque unidos por su condición mestiza, son presentados como “indios”? Pues que un representante conspicuo de la América que habla en español como es Cháves, acusa, al igual que una parte grande de la población de aquél continente, una falsa conciencia racial. “Antes indio que mestizo”, parece ser la consigna que, por otra parte, se corresponde con la vigencia reduccionista que predomina en la pseudo cultura de nuestra época.

En esta panorámica es fácil entender la macedonia onomástica en que se mueve el conjunto de países que en días más favorables Rubén Darío llamara “los cachorros sueltos del león español” y en la que sin duda debería incluirse por muchas razones el felino padre: ¿Iberoamérica, término amplio y cómodo que permite incluir al Brasil? ¿Hispanoamérica, como sería lo normal si no se hubiera proscrito el término hispano en el propio país que Darío, Chocano o Palma –ladinos de pro- no dudaban de llamar la Madre Patria? ¿Latinoamérica, como los bautizó el Abate Lammenais en beneficio de Francia y en connivencia con los chilenos hermanos Echeverría, que querían borrar del nuevo continente el nombre de España por considerarlo oprobioso? ¿Indoamérica, como quiso Victor Raúl Haya de la torre y los del peruano partido APRA, y como quiso tambien Sandino? ¿Ladinoamérica, como tantas veces repite el que esto escribe? ¿O nos quedaremos con la alusión pseudogeográfica y oficinesca y la llamamos el Subcontinente, como suele hacer la Agencia Efe?

Es una realidad palpable que nuestra comunidad de naciones carece incluso de nombre que sea comúnmente aceptado; pero, mal que nos pese, sigue siendo nuestra comunidad y ese nuestra no denota apetencias de dominación de tal o cual país sobre los demás sino expresión de afecto que si lo hay debiera ser recíproco. Con todo ¿no es legítimo discernir detrás de esa macedonia nominal un verdadero caos epistemológico acerca del propio ser? ¿No es dable ver en todo ello un indicio de la razón por la cual la América de habla española es incapaz de discernir su puesto en el mundo?

Es casi inevitable que tal conglomerado sólo en casos contados sea capaz de mostrar verdadera solidaridad o verdadera solidez. Igual que la canción mexicana nos recuerda que de los huachinangos grandes salen los huachinanguitos, la milonga de la cumbre de Santiago nos ha venido a recordar que de la España invertebrada surgen los invertebraditos. A falta de verdadera hermandad entre los países, hay una convicción que todos sustentan en común: la de ser países parejos -que están a la par- lo cual no debe tomarse como sentimiento de igualdad, sino como referencia a una idiosincrasia común que, por otra parte, nadie se siente precisado a definir.

La posición respecto a España, es ambivalente. Las clases altas e ilustradas, de ideología libero-conservadora, caducada como ideal la esparcida savia francesa, admiran a la España histórica pero miran sobre todo a Estados Unidos. Lo que hace cincuenta años era excepcional -comprarse una casa, invertir en fondos americanos o buscarse una plaza de “lecturer” en alguna universidad, es lo primero que hacen hoy los jóvenes pudientes o sapientes por si acaso tienen que poner los pies en polvorosa de sus países de origen. A don Gonzalo Sánchez de Losada, nombre que sonaba como un doblón de oro, anterior presidente de Bolivia, le apodaban “el gringo” por su inocultable acento cuando hablaba en español. Las clases semiletradas, desaparecida la URSS que les regalaba los Kalachnikoffs, y distraída la China Roja en sus propias negocios, miran al anciano Fidel como espejo de un futuro pluscuamperfecto. Que Dios y el otorrino les conserve el oído, ya que de vista carecen.

Con estas y otras muchas cosas ¿nos hemos de extrañar que estas reuniones en la cumbre sean apenas un poco más que el cumplimiento de un ritual de coincidencias mínimas? Las conferencias son un intento de unión y convergencias dentro de lo poco que es posible hacer mancomunadamente y en este sentido son dignas de mayor encomio.

martes, 20 de noviembre de 2007

Al Gore y las Preguntas del Preguntón


Este procer norteamericano llamado Albert Arnold Gore, por abreviación, Al Gore, graduado en Administración Pública por la Universidad de Harvard, y en Derecho por la Universidad de Vanderbilt, en Tennessee; este orador que predica una revolución de las conciencias para que el género humano se enfrente al cambio climático en el plazo perentorio de diez años ¿es el mismo Al Gore que en 1998 y 1999 amenazó al vicepresidente sudafricano, más tarde Presidente, Dhabi Mbeki con retirarle toda ayuda a la República Sudafricana si no desistía de sus planes de fabricar o importar fármacos genéricos –que son mucho más baratos que los específicos- para combatir el azote del Virus de la Inmunodeficiencia Humana Adquirida, más conocido cono virus del SIDA? Ante esta negación del valor de la vida humana cuando viene al mundo en oscuro envoltorio y se infecta del retrovirus ¿es válida la excusa de la defensa los derechos de patente tras de la cual se parapetó Al Gore? Hay que tomar en cuenta que el empleo de genéricos cortaba la usura, pero aseguraba a los laboratorios unos beneficios razonables.

Este Al Gore, gran inversionista, directivo de Apple y asesor de Google, alabado por sus campañas de recogida de fondos y por la exitosa organización de macroconciertos sin ánimo de lucro en Londres, Nueva York, Johannesburgo, Río de Janeiro, Shangai, Sydney y Tokio ¿es el mismo Al Gore que en su campaña presidencial del año 2000 recibió cuantiosas aportaciones precisamente de los grandes consorcios farmacéuticos que se sentían perjudicadas por la venta y producción de fármacos genéricos?

Este Al Gore, millonario, dueño de Generation Investment Management, con sede en Londres, y asesor del gobierno británico en materia de medioambiente ¿es el mismo Al Gore que dió su apoyo al bombardeo de la fábrica sudanesa de El-Shifa – 20 de agosto de 1998- donde se fabricaba el 90 % de los medicamentos que se utilizaban en aquél país, que desde entonces depende de las multinacionales de la industria farmacéutica? Excusa: terminar con las posibilidades de guerra química. ¿Le habrán dado por eso el premio Nobel de la Paz?

Este Al Gore, ferviente devoto del máximo respeto a la Naturaleza, propagandista de la urgencia planetaria, galardonado con el Premio Príncipe de Asturias y con el Premio Nobel de la Paz ¿es el mismo Al Gore que en 1999 apoyó el llamado “Plan Colombia”, para el empleo sistemático de un producto químico herbicida, llamado glifosato que fumigado desde el aire sobre las zonas de cultivo del arbusto de la coca iba a terminar con el narcotráfico? El glifosato, que produce un nocivo impacto ambiental sobre la vegetación en general, también provoca el aborto en animales y en seres humanos.

Este Al Gore, experto en comunicación que recomienda a los norteaméricanos un consumo más austero haciendo indicaciones tan prolijas como “use menos agua caliente, infle adecuadamente sus neumáticos, emplee menos el automóvil, desenchufe sus aparatos electrodomésticos cuando no los esté usando, evite comprar productos con envoltorios muy elaborados, cambie las bombillas corrientes por otras económicas” ¿es el mismo Al Gore que en su gran mansión de Nashville, en Tenneese, gasta 300 veces más energía al año, piscina climatizada incluída, que la que se consume en un hogar medio de los Estados Unidos?

Este Al Gore, presidente de Current TV cuyas filmaciones ha prometido el Presidente Rodríguez Zapatero que van a ser adquiridas para su divulgación en las escuelas de España ¿es el mismo Al Gore que afirma que los osos polares tienen que nadar hasta 60 millas de distancia para encontrar el hielo? Las increíbles simplezas y exageraciones que contienen sus obras han sido develadas por un tribunal británico y reconocidas como tales, entre otros expertos, por Manuel Toharia, que así lo ha expresado con la discreción y la sinceridad que le caracterizan.

Este Al Gore, al cual la revista Scientific American nombró Político del Año 2006 ¿es el mismo Al Gore que desde fecha tan temprana como es la de 1990 preconiza y apoya que se tomen medidas drásticas para reducir la población en los países pobres del mundo? ¿El exterminio de los desvalidos debe entrar en los usos de la política? ¿Y si la enemistad de Gore contra la fabricación de fármacos genéricos va por esa línea política exterminadora? No hay nadie que a estas alturas ponga en duda que el exterminio, o al menos un eficaz descaste o diezmado de la población de los países más pobres y atrasados tendría como efecto un ascenso de la renta media mundial, pero ¿no es eso un genocidio? ¿O es preciso ser alemán, rubio, dolicocéfalo y nacional-socialista, haber vivido entre 1939 y 1945 y desfilar al paso de la oca para poder ser acusado de cometer esas barbaridades? Aviados estaríamos si así fuera.

Y puestos a hablar del efecto invernadero que alterará la vida del planeta Tierra, ¿Por qué Al Gore deja de lado el metano, el óxido nitroso, el hidrofluorocarbono, el perfluorocarbono, o el hexafluoruro de azufre? ¿O no tienen nada que ver estos productos con el cambio climático?

sábado, 10 de noviembre de 2007

El Ayer de Dos Problemas Hoy

El fanatismo islamista. La prostitución y la degradación de la familia. Son problemas de hoy y de ahora que se manifiestan de una manera consecuente al tiempo y a la época que son los suyos; pero cuyo origen se remonta tiempo atrás.

Por supuesto ese remontarse en la corriente de los años no lleva a los siete mil que, referidos a otro tema, el entusiasmo y la ufanía de lo propio ha puesto en la boca de alguno de nuestros políticos que tiende a liarse en materias de Paleoantropología. En cambio, nos retrotraen al siglo pasado, lapso modesto ciertamente, pero, también ciertamente, mucho más realista que los siete mil años de la política-paleoantropológica o que aquello de la prostitución como la profesión más antigua del mundo que se inventó el humorista Pitigrilli y que muchos toman ahora como un hecho comprobado. Yo prefiero el realismo, esa condición ventajosa que corresponde a las magnitudes modestas.

Pero vayamos al grano. En una obra escrita en alemán y, hasta donde he podido comprobar no traducido todavía al castellano, encuentro algunas observaciones acerca de cómo se manifestaba ayer un problema de hoy. Me refiero a la penetración del Islam en el África Negra.

El texto que voy a citar fue escrito en 1913, apenas un año antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. Salvo el reino de Etiopía y la República de Liberia fundada por abolicionistas americanos con libertos negros de aquél país, toda el Africa Negra era entonces territorio colonial en manos de diversas potencias europeas. Comprobará el lector que el texto al que se alude no está redactado con la pudibundez e hipocresía que hoy día es reglamentaria al tratar cuestiones semejantes.

“Los negros mahometanos […]no son útiles para nada. Se le pueden construir ferrocarriles, canales… invertir cientos de millares de francos en el riego de las fincas que cultivan: nada llega a causarles impresión porque en principio son indiferentes a todo lo europeo por muy provechoso y benéfico que les resulte. Pero aguarden uds. a que entre en el pueblo un morabito -o predicador musulmán ambulante- haciendo caracolear su caballo y adornado con una capa deslumbrante. Entonces la gente parece revivir. Todo el mundo se apelotona en torno al recién llegado para comprar, con ahorros penosamente reunidos, caros amuletos que sirven para sanar de las enfermedades, para curar las heridas que reciben en los enfrentamientos que tienen entre sí, para prevenir las mordeduras de serpientes, para alejar a los malos espíritus y para tener a raya a los vecinos molestos a los que se juzga mas peligrosos aún que a los espíritus malvados.”

“Allí donde la población se ha vuelto islamita deja de ser apreciado cualquier progreso en el aspecto cultural o en el económico Cuando construimos en Madagascar el primer ferrocarril, los aborígenes se apiñaban alrededor de la locomotora, expresaban su admiración, manifestaban su alegría cuando la máquina expulsaba vapor, y trataban de explicarse unos a otros cómo aquél artefacto podía adquirir velocidad. En contraste con esto, en un pueblo de negros musulmanes se había utilizado la energía hidráulica para disponer de corriente eléctrica. Se esperaba que los habitantes mostrasen su admiración por la iluminación que se produciría en la noche. Pero la primera vez que las lámparas fueron encendidas, todos, de mutuo acuerdo, se quedaron en sus casas para mostrar su indiferencia ante la novedad”

El libro en que se recoje esta observación se titula “Zwischen Wasser und Urwal”, que en español dice tanto como “Entre el agua y el bosque” aludiendo a la situación del Hospital de Lamberene, situado entre el río y la tupida selva tropical. Su autor: Albert Schweitzer, médico, músico, teólogo protestante y hombre de bien que enterró su vida en África trabajando a favor de los más desposeídos entre negros. En 1952 recibió el premio Nobel de la Paz. Con la libertad de que se presume hoy, no le hubiera sido posible a Schweitzer expresar opinión semejante. Lo hubieran perseguido y calumniado, llamándole racista, eurocentrista y vendido al imperialismo norteamericano

Vayamos ahora con el ayer de otros asuntos tan actuales como el anterior y más tristemente humano: la prostitución y la explotación del pobre. La cita que va a continuación procede de la pluma de una revolucionaria. En su tiempo se la conoció como “la Koillontái”, por el apellido de su marido.

“El instinto biológico de la reproducción, que en los primeros tiempos de la humanidad determinó las relaciones entre los sexos, tomó, bajo la presión brutal de las fuerzas económicas y sociales dos sentidos diametralmente opuestos: de un lado, el sano instinto sexual -la atracción de dos seres de distinto sexo- basado el instinto de reproducción- degeneró y se convirtió en malsana lujuria. El acto sexual se transformó en un fin en sí mismo, en un medio para lograr “mayor voluptuosidad”, en una depravación exacerbada por los excesos, las perversiones, y los malsanos aguijonazos de la carne.”

De este modo[…] los hombres, estragados por los excesos sexuales, recurren a toda clase de aberraciones.”

“La atracción física entre los sexos se complica, por otro lado, en el transcurso de los siglos de vida social de la humanidad y de las diversas civilizaciones y adquiere toda una gama de de matices y sentimientos. […]es difícil, pues, ante tan gran complejidad, establecer un lazo de unión directa entre el Eros Sin Alas, simple atracción física entre los sexos, y el Eros con las Alas Desplegadas”

Eros sin Alas y Eros con las Alas Desplegadas. Atracción entre hombre y mujer. Esas locuciones y las cursivas de la expresión malsana lujuria, son de la propia autora, que es y escribe en su condición de revolucionaria y marxista. Le preocupa la prostitución de la mujer y la carga triple que las trabajadoras tienen que llevar bajo el capitalismo que utiliza la insuficiencia de los sueldos y la pobreza de las familias para implementar la dominación sobre los trabajadores. Confía en que el Comunismo solucionará todos esos problemas. ¡La pobre! Desempeñó el Cargo de Comisario de Seguridad Social en el primer gobierno soviético pero renunció por estar en desacuerdo con la paz de Brest-Litovs. Alexandra Mijailova Kollontái encabezó las filas de la Oposición Obrera, contraria a la militarización del trabajo, y al control del Partido y de los organismos del Estado Soviético sobre los sindicatos. Entonces la redujeron a silencio. Un silencio relativamente cortés, pero silencio. Seguro que hoy tampoco se la habrían disputado los partidos, digo ninguno de ellos, ni los de la diestra ni los de la siniestra.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Un Nuevo Golem

Es paradójico, verdaderamente paradójico. El mundo desacralizado de hoy está, sin embargo, transido de problemas que sólo se explican y tienen sentido si se acude a las raíces religiosas de los mismos.

El primero de esos problemas es el terrorismo islamista, cuya relación con lo religioso no requiere especial aclaración, tal es su terrible y confesada realidad.

El segundo es la vida y supervivencia del Estado de Israel, cuya última justificación está precisamente en la promesa de Yahvé de entregar la tierra prometida a los descendientes de Abraham, de Isaac y de Jacob, tal como se puede leer en el Deuteronomio.

El tercero, es el ingreso de Turquía en la Unión Europea que, si bien anda disimulado en las exigencias puramente políticas de ajustarse al recetario de la democracia formal, está enrocado en la idiosincrasia cultural de ese país, que es netamente musulmana pese a las drásticas medidas de occidentalización decretadas por Kemal Attatürk.

Ninguno de estos problemas capitales puede ser considerado como simple barredura de un antiguo estiércol metafísico cuyo grueso se encontrara ya confinado en el cubo de la basura, ni como ahechaduras de quirófano destinadas a consumirse en el horno crematorio, cómo quiere dar a entender una cierta prensa despreciadora de todo lo religioso y proclive a engreírse con las simplificaciones que ella misma se inventa.

Encima de ser actuales, estos problemas tienen ya asegurada su presencia en el futuro. En efecto, yendo al primero de ellos, se puede comprobar que los islamistas ejercitan un terrorismo proyectivo que aspira a configurar el futuro del mundo estableciendo un califato universal. La naturaleza religiosa del problema viene subrayada por el hecho de que el califato será la confirmación y la garantía de que el mundo esté sometido al Islam tanto en lo temporal como en lo espiritual.

Siguiendo en la misma línea de examen, podemos comprobar que desde su fundación el 14 de mayo de 1948, el Estado de Israel lleva exactamente 59 años y cinco meses, es decir, la totalidad de su existencia, en estado de guerra con todos o con algunos de sus vecinos árabes, y en continuo conflicto con una parte de los pobladores árabes de Palestina. A pesar de las dificultades y las amenazas siempre presentes, es Israel uno de los países más dinámicos del mundo tanto en lo político y militar como en lo económico, lo industrial y lo tecnológico. Pero ninguna de estas notas despoja al problema israelí de su origen Veterotestamentario. La Biblia (Génesis, 16) plantea la rivalidad entre los descendientes de Sara, la esposa de Abraham, y los descendientes de Agar, la esclava. De éstos dice el libro del Génesis que habitarán los desiertos como onagros humanos, plantarán su tienda frente a sus hermanos y alzarán “la mano contra todos y las manos de todos estarán contra éllos”.

Los tres problemas comentados, se imbrican unos con otros de forma que constituyen todos juntos una madeja que se enreda a sí misma como el nudo de víboras de la cabellera de la Gorgona en la antigua mitología pagana. Esto asegura para el futuro, la existencia de una sucesión ininterrumpida de sub-conflictos que se retroalimentan unos a otros.

Hoy mismo, sin meter la husma muy profundamente en el asunto, al problema de carácter crónico que es la ocupación de Chipre por las tropas turcas, se añade la intervención armada de éstas en acciones de represalia contra los kurdos iraquíes.

A su vez, la pervivencia del Estado de Israel, aunque considerada como un asunto típico del Oriente Próximo, es en realidad un problema mundial. Hay un Israel acosado, sí, pero que avanza lenta pero a mi juicio inexorablemente hacia su victoria definitiva. Un hipotético cambio desfavorable a Israel no solo perjudicaría a éste país, sino que afectaría a los Estados Unidos y, sobre todo, a la Unión Europea, desencadenando movimientos de acomodación de poderes a lo largo de la inestable zona que va desde el Creciente Fértil hasta Pakistán y la India, comprometiendo a su vez a Rusia y a la China. Todos los países mencionados, contando a Israel, son potencias nucleares. Estos subproblemas, que ahora nos contentamos con mencionar, se conectan con los tres problemas de raíz religiosa que han sido traídos a colación al comienzo de este artículo.

Y no termina allí todo, porque se está implementando en la Unión Europea un gran proyecto que reúne en sí las condiciones para constituirse en fuente de nuevos y graves conflictos. Me refiero al interés de la nomenclatura laicista de oficializar una fórmula nutriente de la cultura europea en la cual quede ausente la aportación cristiana. Se trata de un planteamiento que, por disimular sus signos identitarios en una supuesta neutralidad de pensamiento, no es reconocido como religioso aunque en el fondo lo sea por vía de antítesis.

De esa forma, la pretendida y ambiciosa Unión, puede quedar reducida a la actividad de mercado ejercida sobre un territorio de problemática delimitación política y de discutible determinación geográfica. ¿No significa esto que Europa quedará privada de la oportunidad de ser “la casa común”, el ámbito espiritual y cultural propicio a la acogida universal a la que está abocada por su propia historia?

La intrínseca mezquindad del proyecto laicista queda demostrada por el hecho de que se confíe la asimilación de la población musulmana a una medida restrictiva como la prohibición del velo a las escolares de ese credo, o a las decisiones acerca de los dineros públicos que afectan a la construcción de unos cuantos polideportivos más en los barrios marginales. No hay un proyecto común que convenza al espíritu y atraiga los ánimos de todos.

Pero examinemos finalmente el estado de la cuestión sin entretenernos mirando las cintas de colores que distraen de lo principal. Nos encontramos que, en resumidas cuentas, se quiere que haya dos instancias que, se supone, actúan sobre un vacío de aspiraciones espirituales.

Por un lado está el laicismo radical, convertido por la legislación en ideología de sentido. Una ideología de sentido es un sistema de ideas simples que quiere imprimir, desde el poder, una única configuración mental y moral a la sociedad entera.

Frente a esta ideología está el yihadismo islamista que pretende la sumisión de la humanidad a un Dios totalizante que no admite diferenciaciones entre el orden civil y el orden religioso.

De ambas instancias, que aspiran a ser conformadoras, la primera, es decir el laicismo radical, está en la plenitud de euforia que precede a las crisis ruinosas. La segunda, el Islam, que no ha alcanzado todavía la cota suficiente para marcar su impronta decisiva en el conjunto de la sociedad europea, parece inclinarse –no como unanimidad de individuos, pero sí como generalidad de tendencia- a actitudes propias de una marginalidad voluntaria, violenta y destructora. A partir de todas estas consideraciones, parece obligado concluir que los conductores actuales de la Europa Unida acumulan en sus manos los elementos para que, de aquél fino laboratorio político establecido por el Plan Marshall, y por los De Gasperi, los Einaudi, los Spaak, los Adenauer y los Brandt solo pueda salir un nuevo Golem, es decir, un cuerpo político sin alma. Un Golem al cual mi entrañable amigo Assad Baruch, judío al fin, se complace en comparar el gigante de la visión de Daniel, que se viene abajo por ser incapaz de sostenerse sobre sus propios pies.

miércoles, 17 de octubre de 2007

En Torno a las Manifestaciones

Hace algún tiempo recordaba en esta misma página que las vías de hecho –que pueden producirse como reacción espontánea o anónima o ser el resultado de la acción de grupos organizados- son actuaciones colectivas que, a su manera, demuestran o manifiestan la existencia de poderes sociales subyacentes a los poderes establecidos.

Decía en aquella ocasión que los tumultos de toda clase, los motines, las sentadas, las ocupaciones de locales, los encierros en un determinado lugar, las concentraciones callejeras tanto las estáticas como las que conllevan desplazamiento de masas o de grupos más o menos nutridos, las intervenciones destructivas contra la propiedad privada o pública, las retenciones temporales de personas significativas en su despachos, son otros tantos ejemplo de lo que son vías de hecho.

Las vías de hecho más conocidas son las concentraciones callejeras que reciben el nombre de manifestaciones, que son, precisamente –siempre que se cumpla el requisito de la autorización- la única excepción a la regla general de no permisión que recae sobre las vías de hecho.

Esa autorización se presenta bajo una forma eufémica: los convocantes deben poner previamente en conocimiento de las autoridades la celebración de la manifestación, el lugar en que se ha de llevar a cabo, las causas que la motivan y, si hace al caso, su recorrido. Pero esta respetuosa corrección no quita a este requisito su contenido intrínseco de constituir un placet, un nihil obstat o un “Visto Bueno” a través del cual se busca anular el factor imprevisibilidad que hace de toda manifestación, por benigno que sea el motivo de convocatoria, un acontecimiento potencialmente peligroso para el orden establecido.

Con esto quedan en claro dos cosas. Primera, que el objetivo factual buscado con ese “poner previamente en conocimiento” es el dar, sin perder los papeles, una salida a tensiones opositoras que, se supone, pudieran llegar a ser insostenibles si se reprimiera a priori su expresión. Segunda, que al incluir dentro del derecho de reunión -que corresponde al ciudadano concreto- la posibilidad de convocar manifestaciones que en realidad solo está al alcance de los partidos políticos y de otros colectivos similares, se está disimulando el hecho de que son éstas organizaciones y no los ciudadanos en particular, quienes de ordinario están en condiciones de ejercer ese derecho. Se otorga así a las organizaciones que convocan y organizan las manifestaciones un poder adicional que llamaremos de representación encubierta que justifica a su manera la pretensión de las organizaciones convocantes de que tras ellas ruge unánime y amenazador el pueblo enfurecido. Esto ¿no contribuye acaso a minorizar aún más al ciudadano ante la partitocracia?

Pero hecha esta digresión, volvamos a lo que nos ocupaba líneas atrás. El hecho de que exista ese deber de poner en conocimiento previo de la administración la celebración de una manifestación, está proclamando que es precisamente la administración la que está legalmente llamada, y obligada en su caso, a disolver o reprimir aquellas manifestaciones que, aún habiendo recibida la autorización debida, venga a derivar en alteración del orden público.

Y aquí están pidiendo a gritos, cómo no, su entrada el tema de las llamadas contramanifestaciones. Son estas, como el descriptivo nombre indica a las claras, manifestaciones que se organizan para impedir el desarrollo de otra manifestación, usurpando, pues, el papel que sólo a la administración corresponde cuando haya motivos jurídicos para hacerlo.

Por supuesto, para las contramanifestaciones no se pide autorización, sino que se deben presentar como estallidos populares espontáneos. Por otra parte, desde el punto de vista de la administración, autorizar las contramanifestaciones sería tirar piedras contra su propio tejado, pues equivaldría a favorecer las condiciones para que el orden público sufriera potencialmente graves alteraciones. En las contramanifestaciones, recobran las concentraciones callejeras su plenitud de vías de hecho. Y no solamente porque de ordinario se producen sin mediar la formalidad de la autorización legal, sino porque están abocadas directamente al propósito de agredir y al riesgo de ser agredidas por sus contrarios.

Las contramanifestaciones no deben ser confundidas con las manifestaciones de compensación, que se realizan para dar respuesta a alguna manifestación anterior. Estas manifestaciones pueden ser simultáneas a las convocadas por sus contrarios, pero en este caso se cuida que no se celebren en la misma ciudad. Este cuidado se rompe cuando tratándose de grandes urbes, se pueden señalar para las convocatorias puntos distantes y que no compartan las mismas vías de acceso y evacuación.

No deben ser confundidas con manifestaciones las llamadas intervenciones obstructivas, que suelen ser una combinación de diversas vías de hecho. Tienen la ventaja, para los organizadores, de que sólo precisan la movilización de un corto número de personas, y la desventaja de que los participantes deben estar habituados a la disciplina y poseer el suficiente entrenamiento para que la violencia no llegue a traspasar los límites que los organizadores hayan previsto y calculado.

Las intervenciones obstructivas, además del propósito primario de impedir que otros se manifiesten, están encaminadas a dar aliento a los simpatizantes, amedrentar a los contrarios y mantener a los indiferentes en una actitud sumisa y silente, como sucedió en San Sebastián el día doce de Octubre recién pasado. Desde el punto de vista de que afectan a la población general, las intervenciones obstructivas constituyen verdaderas operaciones de atrición.

Para asegurar el éxito de una intervención obstructiva es indispensable evaluar correctamente la capacidad de reacción de los organismos policiales, tanto en lo meramente material: efectivos, equipo de que disponen y entrenamiento recibido; como en el moral, es decir, en lo atinente a disciplina, espíritu de tarea y capacidad real de concentración, repliegue y acometida en el cumplimiento de la misma. En suma, para tomar el pulso a todo aquello que constituye la capacidad de respuesta de quienes por principio están llamados a cohibir la violencia no autorizada.

Pero la más importante de las intervenciones obstructivas, hablando ahora desde el punto de vista de la responsabilidad de su organización, es algo que, por lo regular es olvidado en la apreciación de los expertos o de los que pasan por tales: su condición objetiva de maniobras generales del arte de adueñarse de la calles y, por éstas, en desarrollo lógico, de apoderarse de una localidad o ciudad determinada. Arte aparentemente simple pero que es indispensable para provocar las crisis de orden público en la oportunidad debida, gestionar su desarrollo en caliente o en frío, según convenga y, en definitiva, para encaminarlas en un momento dado a la consecución de los fines previstos en relación a facilitar una vía no controlable de acceso al poder.

jueves, 4 de octubre de 2007

Civilización de la Muerte

Gran parte de la actualidad informativa y de la realidad pública o publicitada de hoy se nutre de la violencia más desaforada. Y esto es solo el reflejo de la violencia real, de la que a diario acontece a nuestra vera y en el mundo.

En contradicción con este fenómeno tan fácil de comprobar, prospera en los niveles individuales una tendencia que con justa razón cabría llamar buenismo. Es éste un jarabe de fórmula compleja y descompensada en la que el voluntarismo ético hace el papel de excipiente. En su composición entran ingredientes dispares como son la piedad desarraigada de su origen religioso, el optimismo evolucionista que carece del carácter probatorio del cual presume, y se mueve en cifras inconmensurables de tiempo, y la fe omnímoda en las ciencias y la tecnología a las que se supone capaces de superarlo todo y a las que se atribuye, de hecho, la propiedad de acertar siempre.

Si nos atenemos a nuestro entorno inmediato, que nos permite estudiar el fenómeno sin tener que forzar la vista para nada, podemos comprobar que esta sociedad, que a todas luces conserva la ufanía de una sedicente superioridad moral a la cual no exigen nunca comprobaciones, recita constantemente y en todas los tonos el discurso de rechazo a la violencia aunque es evidente que no atina a vivir sin ella.

Por esto, creo yo, se hace necesario entrar de vez en cuando en lo que parece obvio a fin de que no nos lleguemos a creer, al menos del todo, la versión para menores mentales que afirma que la violencia es, en el ámbito individual, el producto reactivo de alguna represión anterior y, en el ámbito mundial, el resultado de la acción perversa de los militaristas y de los comerciantes de armas. No amigo lector, en la violencia estamos todos incluidos.

Son muchos los indicios que confirman este sentido. Comenzando por lo que parece más externo a nosotros, como sería eso que llamamos diversión, esparcimiento u ocio -y a veces, con un préstamo innecesario del inglés, relax- nos encontramos con que gran parte de él se emplea en presenciar espectáculos de violencia y crueldad, o series en las cuales el así mentado héroe hace gala de despego y desprecio a sus semejantes, como si la sociedad entera cediese a una oscura necesidad de mantener satisfechas visualmente las inclinaciones antisociales y destructivas de la psique.

La misma libertad omnímoda en materia de excitación y distensión del reflejo sexo-genital, libertad en la que en los del 68 confiaban para llegar a una más armoniosa relación entre los sexos, no ha contribuido precisamente a depurar de la enorme carga de violencia que lleva implícita el acto de la copulación que en el ser humano es acompañado, precedido y seguido de un cortejo de emotividad que complica aún más las cosas. Antes bien, esa libertad ha contribuido a que las expresiones de ferocidad macho-hembra y viceversa, se hagan más explícitas y desafiantes como se puede comprobar lastimosamente casi a diario en la crónica de sucesos.

En el terreno de lo que de otra forma sería fácil llamar buena convivencia, es preciso señalar la existencia en plena actividad de un grupo terrorista que tiene en realidad funciones de sociedad de protección coercitiva. Este grupo no opera sólo con la violencia ejercida sino también con la simpatía recibida y con la contribución cobrada. Y al lado de esta simpatía que según el medio social en que se mueva el simpatizante, se disimula o no, está el apoyo material que recibe de los elementos más ricos de una población políticamente congruente que en los sectores más humildes no duda incluso de entregarle a sus hijos, como se puede apreciar por la lista de comprometidos que manejan los jueces, por las listas de sospechosos que se ocultan entre si las diversas policias y por la lista de presos que son aireadas con motivo de alguna excarcelación o en ocasión de las periódicas campañas propagandísticas a favor del acercamiento de los reos a sus hogares y, de paso al de algunas de sus numerosas víctimas.

Tampoco cabría olvidarse, al hablar de la violencia, de la altísima cota que alcanza esa rúbrica destructora que son los accidentes. En primer lugar los de tráfico, que se resisten a todas las sanciones, a todas las vigilancias electrónicas o no, y, va de suyo, a las campañas llamativas, amenazantes o persuasivas de las autoridades de tránsito.

En segundo lugar, pero en punto más doloroso y lamentable si cabe, están los accidentes laborales. Y digo más dolorosos en cuanto que afectan a una actividad que es absolutamente necesaria para la vida de la enorme mayoría de los seres humanos e imprescindible siempre para mantenerse cada uno a la altura que exige la propia dignidad.

La relativa pasividad con que la sociedad, los políticos y los medios de comunicación destapan esta fosa cuando no tienen más remedio que acercarse a ella, no debe ocultarnos lo que los accidentes significan en cuanto lenta labor de diezmar la población joven y de esparcir el sufrimiento en el ambiente social obrero.

Como terrorismo que aspira a configura la sociedad a su gusto, como espectáculo y diversión de nuestros ocios, como accidentes en las carreteras, en los andamios, en las fábricas y talleres, la violencia de una u otra forma acompañada de su cortejo de muerte, sufrimiento y disensión, están continuamente presentes en nuestro entorno. ¿No es esta, pese a todos los oropeles, la civilización de la muerte? Y eso que no hablo del aborto organizado tal como se practica, pues con el se podría plantear una modificación jurídicamente jugosa del delito de genocidio. Hacemos lo mismo que Hitler, solo que, ahora nadie se preocupa siquiera de los fetos eutróficos de la raza blanca. No hay lugar para el buenismo ni mucho menos para sentirse buenos.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Glosa Maleva de las Botas

¿Bota o botas? ¡Esa es la cuestión! Hay que entender la palabra según el objeto que designa. Bota, en singular, para beber el vino. Botas, en plural, en materia de calzadura. Porque, salvo los mancados por designio de la Naturaleza o los mutilados por efecto de algún percance, todos los demás andamos, como corresponde a seres bípedos más o menos implumes, sosteniéndonos sobre dos piernas y sobre dos pies. Y con una sola bota las cuentas no salen.

Esta doble valencia semántica de la palabra permite decir sin faltar a la verdad que “la bota lo mismo sirve para llevarla a la boca que para proteger los pies.” Y aún se queda corto el dicharacho porque la bota que se calza, además de proteger el pie, como cualquier zapato, cubre también la pantorrilla y aún la pierna entera. La bota, en este particular sentido, es la prenda que mejor protege las extremidades inferiores frente a las inclemencias del invierno y la rudeza de las marchas a pié. Pero, además, las botas protegen también de la agresión de los matorrales, de los espinos y, en suma de ese conjunto de matas y matojos que se conoce con el nombre de maleza.

Y que nadie tome a guasa esto de la agresión de los yerbajos porque, si es verdad que es menos artera que la agresión de los animales, y mucho menos letal de lo que suele ser la agresión de los humanos es, con todo, más insidiosa y persistente que ambas. Se puede poner en fuga a los bandidos, ahuyentar a los bichos y alejar a las alimañas; pero a la vegetación no hay quien la mueva o la obligue a desplazarse. Por eso, los defensores del piñón fijo suelen hablan persistentemente de sus raíces.

Donde de veras se mide la importancia de las botas es en condiciones extremas como las que se producen en el combate, donde lo normal es luchar y, si toca, morir con las botas puestas. Son también ocasiones probatorias las grandes marchas de los activistas políticos, de los agitadores lingüístico-culturales, o de los devotos con tendencias itinerantes como ocurre en la javierada y no digamos en las jornadas rocieras. Con marchas cortas bastaría si se hiciesen en las nieves del crudo invierno, en la arena quemante del desierto, o sobre las coladas volcánicas que forman el suelo de “malpais” capaz de romper las suelas más resistentes.

Para encarar bien el frío, las botas tienen que ser más holgadas de lo que corresponde a la talla de quien las calza. Así puede el usuario rellenarlas con materiales al alcance de la mano como el papel o la paja cuando se le rompan los calcetines. El camarada General Yukov, que aún siendo comunista pensaba por su cuenta, perdió el respeto a la Wehrmacht cuando comprobó que cada soldado alemán llevaba, en pleno invierno ruso, botas de su propia talla.

Pese a su reconocida capacidad de proteger los pies, la fama de las botas no es precisamente peatonal, sino que está asociada al elegante y caballeresco arte de la equitación. Y como es leyenda popular que las nalgas sufren mucho al montar a caballo, este es el momento de recordar que las botas y las posaderas solo coinciden en caso de puntapié en el trasero. Más que las nalgas sufre la horcajadura que, cómo bien se sabe, es el hueco entre las dos piernas donde el cuerpo se bifurca como en dos gajos, y que también recibe los nombres de entrepierna y gancho. Para proteger la horcajadura están los zahones, aunque en general basta el refuerzo de tela que en los fondillos suelen llevar los pantalones de montar.

Como a veces con ese refuerzo no basta, los jinetes de antaño empleaban sebo animal para aliviar las escoceduras, mientras que las chicas –siempre las ha habido diestras en montar a horcajadas- usaban la manteca de cacao. Y es curioso que ellas, en caso de haber recibido daño por el roce, decían que estaban “sofornadas,” palabra hoy casi en desuso y que está construida con la partícula “so”, que significa debajo, y con el arcaísmo “fornada” por horneada; mientras que de los varones se decía que estaban escocidos. No sé con certeza la razón de esta distinción que parecía meter a la mujer en el horno y a los hombres en la olla. ¿Será que el horno se consideraba más fino que la olla? ¿O era quizás que en aquél entonces, todavía sin decretos de igualdad, el roce violento de la albarda o de la silla en la sufrida horcajadura hacía efecto de distinta manera según se fuese mujer o varón?

Las botas, sobre todo las militares, han tenido desde antiguo valor simbólico. El simpático apodo de Calígula, que en español dice tanto como “el Botitas”, le viene a dicho emperador de las pequeñas “Caligas” o botas de cintas de cuero que usaban los soldados romanos, y que de niño portaba cuando acompañaba a su padre en la campaña contra los germanos.

Con el desarrollo de la cinematografía, el valor simbólico de las botas tomó un rumbo propagandístico que persiste todavía. Los causantes de esa transformación fueron la alemana Leni Riefenstahl y el americano John Ford.

En las películas de la Riefenstahl, las botas de los soldados alemanes y de los obreros del Frente del Trabajo, que también las llevaban, adquirieron el carácter de elementos representativos del esfuerzo conjunto de la colectividad nacional-socialista y de la raza aria que avanzaban con empuje arrollador. John Ford, teniendo que vérselas con tropas americanas que no calzaban botas largas, sino recios borceguíes de cuero a media caña cubiertos con polainas de lona, empleó un encuadre mas alejado para destacar la armonía de los movimientos simétricos que, en ordenada cadencia de imágenes, sugerían la acción de voluntades unánimes en la defensa de la libertad y la democracia del sistema americano.¡Oh captain, my captain!

Los operadores de las cadenas de televisión española, ya sea por ideología nihilista, porque no tienen ninguna o porque prefieren otras militancias activas más pintureras, encuadran las botas de los soldados de forma que sugiere que, quienes las llevan puestas, tienen fatalmente el carácter amenazante, aplastante y espeluznante que se atribuye a los opresores de las masas populares. Es seguro que alguien les dice aquello de “muy güeno lo suyo”.

Las botas son prendas elegantes que dan prestancia a la silueta, salvo que el sujeto o la sujeta que las lleva sean marcadamente patizambos, excesivamente paticortos o dé la casualidad que se trate de verdaderos macacos o chimpancés excarcelados de su jaula del zoo y que andan por allí en ejercicio de sus derechos de primate.

Los modistos, a veces sensibles al llamado de la belleza, se han dado prisa esta temporada a poner de moda las botas entre las féminas y, como los asesinatos de mujeres no llevan traza de disminuir pese a las ilusionadas campañas de recogida de firmas, se puede dar por seguro que este año, en contraste con los inmediatamente anteriores, un cierto porcentaje de las mujeres que mueran lo harán con las botas puestas.

Entre los hombres, es el andante gremio de los moteros y el recio estamento armado de los cazadores los que han reivindicado el uso más gallardo de las botas. Me consta que las prefieren confeccionadas en piel, en nobuk o en napa hidrofugada, con forro de gore-tex, con tratamiento anti-bacteriano y anti-oloroso, suela de goma o de poliuretano, contorno reforzado, palmilla de poliamida y ganchos, si los tienen, antioxidantes. En cuanto al estilo, parece necesario que sea deportivo y militar, por supuesto. En materia de botas no hay que andarse con chiquitas.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Un Poder Teocrático

El décimo aniversario del fallecimiento de Diana de Gales y las incidencias a que han dado lugar las ceremonias fúnebres de las cuales, por prudente y propia voluntad, ha estado ausente Camilla, su rival en amores, nos dan ocasión de especular libremente acerca de las diferencias que admite la -al parecer enteriza- noción de Estado laico dentro de las sociedades secularizadas. Para esta labor nos vamos a fijar en el Reino Unido porque, en esta primera década del siglo XXI, la vida inglesa sigue siendo comparable a una antigua galeaza movida por tres bancadas de remos: la Corona, la Iglesia Nacional y el Parlamento.

Las disposiciones jurídicas que permiten que en materia religiosa y moral o amoral el barco de Britannia se mueva hacia donde apunta la Corona, son las cuatro que seguidamente se enumeran, y perdone el lector la prolijidad que ahora juzgo necesaria: The Statute in Restrain of Appels, que impide a la Iglesia de Inglaterra tomar disposiciones que no hayan sido previamente aprobadas por la Corona y le prohibe cualquier apelación a la Iglesia Romana; The Ecclesiastic Appoinment Act, que impone a los anglicanos el nombramiento de Obispos propuestos por el Rey; The Act of Supremacy, que declara que el Monarca es la única y suprema cabeza de la Iglesia de Inglaterra por encima de cualquier otro poder. Por fin, The Treason Act, que define como alta traición –castigable con la pena de muerte- el no reconocer al Monarca inglés como la única y suprema cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Todas estas disposiciones provienen de tiempos de Harry The Eight.

Si este conjunto de leyes no conforma a su manera una Teocracia no me quedará otra salida que entonar, por vía de excusa, aquella coplita amoladora que dice así: “Mujer que andando culea/y hablando los pechos mece/yo no digo que lo sea/pero sí que lo parece.”

Pero volvamos al tema que nos ocupaba al principio y que consistía en averiguar si la Teocracia a la inglesa funciona o no funciona ahora y, si en consecuencia, la noción de Estado laico dentro de una sociedad secularizada es un dato enterizo que hay que tomar en serio o, por el contrario, si en él todo va en depende y la cosa funciona según convenga al poder establecido. Para este fin, lo mejor es que hagamos un breve repaso de lo sucedido en torno a Lady Diana Spencer, hija menor del octavo conde de Althorp y esposa que fue de Carlos, heredero del trono y de muchas cosas más.

Lo primero que el público percibió de las tormentosas relaciones conyugales de la principesca pareja, fue el flagrante adulterio de Carlos con la aristocrática y ajada Camilla Parker-Bowles que convirtió a la joven y bella Diana en una víctima humillada y, en consecuencia, objeto de la compasiva simpatía de las masas.

La situación se acentuó tras la publicación del libro “Diana. Her True History” y la divulgación de una conversación telefónica entre el principe Carlos y Camilla, a las que se sumó la campaña de desprestigio de la Corona que, con singular astucia, encabezó la vengativa y bella Diana. Para que no quedara ninguna duda ante la situación, el año de 1995, en una entrevista con Jonathan Dimbleby ante la televisión británica, Carlos de Inglaterra, tomando como quien dice, el propio toro por los cuernos, que eran lo más visible en todo aquél enredo, reconoció públicamente su adulterio.

Encendida la hoguera, se encargaron de alimentarla ciertos sectores de la aristocracia británica, gobiernos extranjeros a los cuales la confusión suponía ventaja, y la prensa amarillista que ahora pretendía esgrimir la lupa de Sherlock Holmes, el investigador. Se divulgó así, interesadamente, que Alice Keppel bisabuela de Camilla había sido amante de Eduardo VII, tatarabuelo de Carlos y que, además, Camilla era sobrina nieta de Violet Trefusis una aristócrata que, en la década de los años veinte, presa de un loco amor lésbico se había fugado con la escritora Vita Sakville-West, siendo ambas casadas; y que otra antepasada, Louise Renée de Penancoet de Kerouaille, duquesa de Porsthmouth, había sido amante de Carlos II de Inglaterra. La divulgación masiva de estos datos estaba encaminada a impedir un nuevo matrimonio del divorciado Carlos. La tesis era: Camilla no debe pasar de ser la amante del principe Carlos.

Para colmo de males, el asedio de los “paparazzi” -su sed de noticias había sido alimentada para afinar la venganza contra Carlos y la familia real- provocó, junto a la embriaguez del conductor y el ansia de diversión nocturna de la pareja de amantes, el accidente que en Paris costaría la vida a Diana de Gales. El suceso serviría de pretexto para crear la sospecha de un asesinato detrás del cual estuviese la corona británica. Tal sombra fue reforzada con el bulo intencionado de que Diana esperaba un hijo del magnate egipcio Al Fayed. Quedaba así unido, al morbo propio del asunto, un posible conflicto interracial e interreligioso. Porque, amigo lector, aunque en ellas se digan muchas banalidades, los chismes en las revistas “del corazón” y similares no son tan casuales como se da a entender y mucho menos resultan tan gratuitos como parece. En sus páginas chismosas o chistosas circulan siempre, y digo siempre, grandes corrientes de intereses y de intenciones. Y, por supuesto, de dinero, que es el que marca las intenciones. En el mundo de la información como falso valor, no hay nada gratuito ni nada fortuito. Ni todo lo que aparece publicado lo elaboran los periodistas.

¿Podría alguien imaginar más obstáculos para una posible boda de Carlos y de Camilla?

Con proceder imparable, la Corona fue avanzando como una apisonadora hasta imponer el nuevo matrimonio del príncipe Carlos. El propósito se hizo realidad el día 9 de abril de 2005. Al acto civil, celebrado en el Guidhall de Windsor, no asistieron la Reina ni el Príncipe Felipe de Edimburgo, que sí estuvieron presentes, como no podía ser menos, en el acto religioso oficiado por el Arzobispo anglicano, de Canterbury, el Dr. Roman Williams. Quedó así claro ante todo el mundo que la unión contaba con la sanción de la Iglesia de Inglaterra, representada no solo por el Arzobispo Williams, al fin y al cabo un mero subordinado, sino por The Supreme Gobernor of the Church of England, o sea, la propia reina Isabel II. El principio de la Supremacía de la Corona había salido victorioso frente a quienes intentaban tomarle el pulso a la institución.

The Act of Supremacy y su cortejo de textos legales había funcionado de nuevo. En tiempos de Enrique VIII el poder espiritual ante el cual la Corona inglesa quería establecer su Supremacía era el Romano Pontífice. En el siglo XX, el poder aplastado, esta vez factual, fue la simpatía del público por Lady Diana, clamoreada por los medios y sectores que querían que la Corona ajustara sus decisiones a los dictados de la opinión publicada. La posibilidad de crear una nueva situación dialéctica en la política interior del Reino Unido tendría que aguardar alguna oportunidad más propicia.

En conjunto, lo de Lady Diana fue un drama de celos, despecho, venganza y poder digno de inspirar a un nuevo Shakespeare. Todo se ha reducido, a la manera de hoy, a la divulgación de unas grabaciones telefónicas obscenas que divirtieron al público, un espectacular accidente de tráfico, las habladurías bien pagadas de empleados infidentes y un bello perfil de mujer que se añade, paradójicamente como icono favorable, al imaginario de la casa de Windsor a la cual combatió con todas las armas que tuvo a su alcance. Queda, sin embargo, un resquicio que quiero hacer valer para considerarlo como un episodio triunfal de un poder teocrático serenamente arbitrario y que se sostiene con la máscara laicista de la Europa de hoy. Todo comenzó con Harry The Eight, cuyos matrimonios, hasta seis, hubo que justificar y de los cuales, dos terminaron en divorcio y otros dos en decapitaciones.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

En la Calle

Por allá, donde la estrecha calzada sin aceras casi va a topar con la basílica de Santa María, un moro quiere evadirse de algo. Supongamos que de su desgracia de su soledad, de su miseria. Lo hace a lomos de la cerveza que si se sube a la cabeza puede dar en tierra con el más pintado. ¿Quién lo diría? ¡Un moro borracho! Jamás había visto algo semejante.

Sabía, desde los tiempos de “nuestro protectorado”, que “moro fino bebe vino y come cochino”, pero éste moro de aquí no es fino ni come cochino, ni bebe vino. Solo bebe cerveza y tampoco lo hace en el bar de ningún hotel de lujo de Tánger, de Casablanca o de Nador, donde los camareros servían bebidas espirituosas en teteras de plata con sus tacitas alrededor para que los jeques pudieran disimular el bebercio ante el pueblo.

Este moro de aquí chupa la cerveza directamente del bote y en la puta calle, como dicen los castizos, que en este caso es la Calle Mayor.

La borrachera del moro, muy ostensible, me da toda la impresión de ser la borrachera del novato, del que no está acostumbrado, del que coge la borrachera con poca cosa. De antiguo se llama “turca”, e incluso “curda”, a un tipo de borrachera que surge antes de tiempo como desagradable y exagerada reacción del cuerpo.

El moro y yo vamos en dirección contraria. En realidad, él no parece llevar en este momento ninguna dirección. Deambula en zig-zag a lo ancho de la calle bisbiseando en su lengua frases que se me hacen ininteligibles. Nos encontramos de frente. Me da la impresión de que va a pedirme algo. No me adelanto a darle ninguna moneda para no humillarlo sin yo querer. Pero él, el moro de las barbas, el moro de la curda, el moro del bote de cerveza en la mano, no me pide nada. No quiere dar la lata. Me mira con expresión que yo adivino de respeto. Le miro también, a los ojos y le saludo con voz de quien está en el secreto de la cosa: “Salam aleikun”.

“Aleikun Salam”, me contesta el moro, casi reverente.Y a continuación suelta, como hablando consigo mismo, extrañado y en español. “M…cagüen”…y no completa la blasfemia aprendida de los “cristianos”.

Poco después, ya de vuelta, en la esquina, un vehículo todo terreno se ha detenido. ¿Qué hace un cuatro x cuatro en la calle peatonal? Desde dentro alguien mira, socarrón ¡Pero si es el jocundo, facundo, verecundo, rotundo Victor, hombre mucho más joven que yo al que no obstante tengo por viejo amigo y al que suelo dar el tratamiento de “Señor de Vizcaya”! Me espeta, bromeando: “¿ Con que paseando por aquí? ¡Haces que la calle parezca lo que no es!”

Yo le contesto la verdad humilde: vengo de dar a remendar unas zapatillas.

-¡Adios, buen amigo! ¡Agur¡!Agur¡

El sol luce sobre pintadas que hablan, en una sola lengua y en una sola ira, de independencia y de presos que deben regresar a casa. Hay un festival en el Peine de los Vientos. Y en un teatro de por aquí presentan “Desnudeces.”

Un rincón de comida rápida: Sorprendo conversaciones. En la playa …eramos siete…solo las tres chicas nos despelotamos. Los chicos no se atrevieron y se quedaron en pantalón de baño.¡Ji¡ji¡ ¡ja¡ja¡ ¡jeje¡je¡ ríen las divinas eulalias.

No alcanzo a imaginar a las tres modernas gracias despelotadas, que en rigor literal querría decir castradas, despojadas de las pelotas que no tienen ni se les supone. El absurdo.

Pero, igual que descamisado no es aquél que carece de camisa, sino precisamente el que la lleva puesta sin chaqueta encima, el “despelote” de las chicas no alude ni a las pelotas de la anatomía ni a las del juego. Alude a la “pellota”, es decir a la piel, a la pelleja. Las chicas se quedaron en cueros.¡Vaya deducción rigurosa! Y ahora se ríen porque los chicos no se hayan bajado los pantalones. Tendrán, seguro, sobrada instrucción sexual, pero se ve que a estas ninfas les falta, si no rodaje, su punto de mundología. Dejados a sus inclinaciones, los varones prefieren ver; las mujeres, dejarse ver. Aún en los campos nudistas se permite a los principiantes varones, conservar el pantalón de baño, por aquello que en tiempos más recios se decía “ponerse templado”, cuya traducción al castellano bozal es obvia. Una vez habituados al espectáculo del mujerío en pelota, en pellota, podrán prescindir del pantalón sin temor a reacciones psicofisiológicas. Es asunto de acostumbramiento.

Al morito de calle arriba tampoco le pasará nada una vez que se haya habituado a la cerveza. Cuestión de acostumbramiento o, según se mire, de saturación.

A mi lado, oleadas de gente que pasa. Gente y más gente. Semejantes a nosotros ¿quién lo duda? pero, al mismo tiempo ¡qué diferentes todos! Y, acaso ¡que distantes los unos de los otros, pese a las proximidades callejeras! Procuro distinguir. Pasan guiris de allende los mares y guiris de allende el Neckar. Y bomberos de Belfast en vacaciones de bomba, que sí, hombre, que no importa; francesitas como racimos de uvas tiernas; excursionistas del INSERSO sumando años y quizás siglos como las pirámides ante los soldados de Napoleón. Al borde de la calle, indias de Otavalo, república de El Ecuador, venden sus tiliches. Por sentencia judicial, la trashumancia es arraigo.

Como nos descuidemos en el aprecio, esos que pasan a nuestro lado y que solemos llamar “gente” terminan pareciéndonos un monstruo de mil patas, de mil artejos y de ninguna cara. Un monstruo así termina por repugnar a cualquiera. “!La gente abusa!” “¡Qué estupideces hace la gente!” “¡Lo que molesta la gente!”¿Quién no ha oído decir, o ha dicho, estas cosas y otras semejantes?

Pero “la gente”, ese monstruo en apariencia tan consistente, es sólo una quimera que cada uno fabrica en su retortero de clonador mediante generalizaciones hechas sin piedad y a toda prisa. De esa forma, las personas concretas que son los demás, despojadas de su perfil propio pasan a confundirse en una masa indiferenciada que precisamente por eso resulta siempre culpable y amenazadora.

Más que temer a la gente había que temer a los vacíos. Porque en los vacíos, donde no caben el conocimiento y el aprecio, anidan el recelo y la desconfianza, la aversión y el odio. Y el odio -aquí esas cosas se saben aunque no se suelen decir- siempre exige víctimas.

Callejeando, ya lejos de la Calle Mayor, veo en el escaparate de una tienda de bisutería yjoyas jóvenes estas frases puestas en dos cartelillos: están en francés. Una dice así, y es de Henry Matisse:”Il faut regarder toute la vie avec des yeux d´enfant”. La otra dice: “Ton devoir réel est de sauver ton rêve”, y es de Amadeo Modigliani. ¡Que mal se traduce al español la palabra “rêve”!