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jueves, 20 de diciembre de 2007

Diálogos en el Bordillo

Preguntón.- Herencia o elección ¿Cuál de las dos formas de llegar al poder es la mejor?

Respondón.- Me permito interpretar que, lo que de veras quiere preguntar el Señor Preguntón es: ¿Dónde hay más posibilidades de que salga un tonto? ¿Al subir al trono un rey o al ser elegido un Presidente? Y lo que le voy a contestar es que ese planteamiento parte del supuesto erróneo de que las dos formas de subir al poder -por elección o por herencia dinástica- separan radicalmente el sistema republicano respecto del sistema monárquico. Esto no es, en absoluto, verdad. Ha habido monarquías electivas como hay repúblicas que obedecen al principio monárquico.

Preguntón.- Pero ¿No se conocía ya en la antigüedad, una forma de acceso al poder denominada “Per Membrum Virile” que se puede identificar con la forma monárquica? ¿No basta este dato para poner de manifiesto lo arcaico, lo obsoleto, lo casposo y anticuado del sistema monárquico?

Respondón.- Lo cierto es que la monarquía es una forma antigua y aceptada de solucionar el problema de quién debe gobernar. Pero la forma denominada “Per Membrum Virile” comprende variedades que van más mucho más allá de las aplicaciones interesadas y capciosas que hacen de ella los que han montado en cólera contra la monarquía.

Preguntón.- ¿De qué aplicaciones habla Vuestra Merced? ¿Es posible que haya tantas diferencias en cuestiones relacionadas con el miembro viril?

Respondón.- Sí. Tantas, por lo menos, como las hay entre decir Penélope Cruz, y la afirmación de la experta sexóloga que se permite comentar que “el pene es una cruz para Lope”. Hay que comenzar por distinguir las variedades que ofrece el sistema genéricamente llamado “Per Membrum Virile”, abreviadamente PMV.

La variedad denominada PMV “sui”, por ejemplo, otorga al interesado la posibilidad de asumir el poder por matrimonio rato y consumado con la hija del jefe. Es una modalidad que hoy no tiene ninguna repercusión en la vida política, pero que conserva toda su importancia en el mundo de la grande, la mediana y la pequeña empresa y sigue siendo, en pleno siglo XXI, una importante vía de promoción masculina dentro del sistema capitalista. Esta modalidad de acceso al poder se conoce vulgarmente con el nombre de “braguetazo”.

Aparte del PMV “sui” existe otra variedad denominada PMV “alius” que consta, a su vez, de dos subtipos al cual más interesante: el PMV “paternus” y el PMV “maritalis”

La modalidad “PMV “maritalis” es de empleo exclusivamente femenino y, pese a su venerable y patriarcal antigüedad, ha venido a experimentar un inesperado auge en la América de habla española. Así la República Argentina presenció en su momento el fulgurante ascenso a la Presidencia de la República de Doña Isabelita vda. de Perón. En la República de Nicaragua, el de la Presidenta Doña Violeta de Chamorro, viuda del prócer Pedro Joaquín Chamorro, a quien se debe el revolucionario y originalísimo grito “después de Somoza, cualquier cosa” que tan decisivo ha sido para la creación de la “demokrasia Kualkierkosa” que ahora tiende a asimilarse a la bolivariana. El más reciente caso de ascenso al poder por vía PMV “maritalis” es el de Dña. Cristina Fernández, que el día 10 de diciembre pasado tomó posesión de la Presidencia de la República Argentina sucediendo a su esposo Don Néstor Kitchner

Preguntón.- ¿Y la otra modalidad?

Respondón.- La variedad “PMV “paternus”, posibilita llegar al poder amparándose en el prestigio del propio padre. El caso más conocido es el de Indira Ghandi en la India, que aunque adoptó ese apellido, era hija del Pandit Nehru. En el Pakistan ha ocurrido otro tanto con Benazir Bhutto, hija de Zulfikar´Ali Bhutto. También es el caso, en el siglo XIX, de los Solano López, padre e hijo, en el Paraguay; y, en el siglo XX de los tres Somozas, Anastasio el Viejo y sus hijos Anastasio y Luis, presidentes de Nicaragua. Y paro de contar para no aburrir.

Preguntón.- No se pierda Vuestra Merced en los escaques y conteste de una vez. ¿De dónde salen más tontos, de la herencia dinástica o de las elecciones libres?

Respondón.- Con esto de los gobernantes tontos o listos según sean hereditarios o electivos, sucede como con el cambio climático: la cuestión es muy seria y las consecuencias que se derivarían de aplicar soluciones basadas en un análisis negligente han de suponerse cuantiosas y puede, incluso, que irreparables; pero va y resulta que se carece de estadísticas suficientes y fiables para llegar a conclusiones válidas.

Así que, deberíamos atenernos estrictamente a los datos de la época histórica, evitando internarnos en los resbaladizos terrenos de la paleoantropología, como cuando se sugiere sibilinamente que los “ciudadanos” de Atapuerca optaban ya por la República y la autodeterminación de los pueblos, o cuando, hablando de monarquías y de monarcas se mide a un Carlos V, a un Luis XV, a un Felipe II o a una Isabel I de Inglaterra, con el mismo rasero que a un Bulubú rey de los bosquimanos, a un Makongo de las tribus kongas o al rey Gudú que todos sabemos es de Matute, doña Ana María.

Ateniéndonos a lo datos a los que nos debemos atener, aciertos y desaciertos se le pueden suponer tanto a la herencia dinástica como a las elecciones. Con una plusmarca de tontos, se lo aseguro, muy grande para los Presidentes, lo cual ocurre algunas veces por deterioro del género presidenciable, y otras porque se titulan Presidentes muchos que lo son de Estados meramente aparenciales, reductibles, casi, a proyectos cartográficos que, en el enorme escenario de la globalización, están de antemano destinados a la trituradora o al compostaje.

La respuesta adecuada, pues, más ha de parecerse a un ¡allí se andarán! que a una afirmación tajante acerca de la absoluta bondad o la absoluta maldad de la herencia o de las elecciones. Pero en todo caso, el Rey quiere representar al conjunto de los pueblos que viven en el territorio del Estado; mientras que el Presidente, aunque dice tener las mismas pretensiones, como está obligado a tomar decisiones concretas en las que inevitablemente se manifiestan los intereses de partido –partido es lo que no es entero-, no tiene otra opción que guardar las apariencias lo mejor que pueda y hablar de su parcela como si se estuviese refiriendo al todo, o aparentar que detrás de su persona ruge en su apoyo el pueblo entero. Porque un Presidente representa tan sólo a su partido, en algún caso a un frente de partidos o coalición de los mismos, y, más frecuentemente, incluso, su representación es el resultado de componendas postelectorales donde los participantes se han puesto de acuerdo para aplicar la aritmética que les conviene.

Preguntón.- Pero que el rey represente al conjunto del pueblo ¿no es acaso una pura convención, en definitiva una filfa?

Respondón.- Pero buen hombre, de convenciones está plagada la política y la vida social. También es “puritita convención” -como decía Pancho Villa- “el que la mitad + x valga para que cualquier pendejo pueda llegar a Presidente.” Si se prescindiera de las convenciones, sería la fuerza la que vendría a dominar en la sociedad. Y no la fuerza reglada, sino la fuerza bruta que no admite reglas ni arreglos. Con las convenciones, acordadas o impuestas -que en esto tampoco hay que ser muy exigente-, lo que se quiere conseguir es que la sociedad no se vea constreñida a recurrir continuamente a la fuerza o tenga que entregarse a la improvisación en los momentos más comprometidos o, incluso, se sienta obligada a aceptar los períodos constituyentes con la fatalidad de hembra resignada a sus períodos catameniales. Tomen nota Vuestras Mercedes.

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