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lunes, 11 de enero de 2010

Sacamantecas

Reinos, repúblicas, provincias, taifas  o monipodios. Iglesias jerárquicas, o jerigóncicas, autocéfalas, acéfalas o microcéfalas. Ejércitos, mesnadas, comandos. Partidos, plexos, frentes o plataformas. Comparsas, peñas, taldes o sociedades. Con ser todos tan diferentes resultan igualados  por una exigencia que no pueden soslayar; nivelados por una necesidad que no están en condiciones de esquivar, sometidas a un tributo que tienen que pagar. Necesitan hombres. En  ajustarse o no a esta necesidad les va la diferencias entre poder figurar, actuar y contar en el gran teatro del mundo o quedarse en entelequia, humo, quimera o fantasmada.

Y como todo ser humano recibe acogida en un vientre de mujer, aunque sea de alquiler, tiene que ingresar al mundo externo –en tanto que la Ciencia no invente el parto por el sobaco-  por ese arco de la vida que son las piernas abiertas de una mujer parida y dispuesta a dar a su hijo el beso de recepción al exterior con los escondidos labios de la sonrisa vertical. Y es necesario que esos seres humanos pequeñitos lleguen a término en vida y en movimiento y no obligados a la inercia y la sumisión de los cadáveres. Comprenderá el lector que me estoy refiriendo precisamente al aborto provocado. A la muerte procurada arteramente –con el arte de la Medicina-  en el orto de la vida.

Y no voy a entrar en este espinoso asunto para echar culpas a un partido, porque en la tarea de exterminar a los propios, todos navegan escorados de la misma amura. Ni a los medios de comunicación, que lo hacen a la bolina. Ni mucho menos porque piense que es un acto que la mujer, así dicho en general, considere una vejación de su dignidad, porque los colectivos feministas  están reclamándolo como un derecho, oiga ud., y las estadísticas nos dicen que en esto de abortar hay repetidoras conscientes que no contentas con el primero vuelven a por otro y otro, como si le hubiesen encontrado gusto a la sacaliña. Y ya no digamos de los varones que andan contentísimos porque tampoco tienen que dar la jeta para eliminar el penalti cuando han jugado con la dama de corazones para colocar el as de bastos. .

Solo protesto por los afanes de amor desperdiciados, por las vidas desguazadas, por la hipocresía de los nombres –interrupción- por la consideración de la preñez como una enfermedad que hay que erradicar, por la desesperanza aterradora que la aceptación del aborto como algo normal implica, y por la pérdida de hombres y mujeres pequeñitos, que para mayor escarnio son de nuestras propias trazas y de nuestras propias razas,  que no merecen de la ley sepultura digna ni de las iglesias exequias adecuadas.


lunes, 4 de enero de 2010

Reflexiones no del Todo Marginales

En el tiro porque me toca de la política española es frecuente el empleo en tono despectivo e ingenuamente superior de la expresión “españolismo” en un contexto que parece confundir en una sola dos manifestaciones muy diferentes del nacionalismo español de integración, a saber: el nacionalismo español del siglo XIX, que es de base liberal y constituye uno de los ingredientes de la modernización de España frente a las corrientes absolutistas y frente a la utopía dinástico-cristiana-foralista  que representa el carlismo; y el  nacionalismo español de las décadas de los 20 y los 30 del s.XX,  que es anticapitalista y antiliberal. Es en este último  en el que vamos a centrar la atención.

Y lo primero que tenemos que observar al respecto es la orfandad que esta versión del nacionalismo español sufre respecto a  su objetivo principal que no es otro que “la unidad patria” que ya entonces se puede considerar lograda  pese a las dificultades concretas que el momento pudiera ofrecer por las corrientes separatistas y el internacionalismo marxista. Por otra parte, es un hecho significativo que el contenido anticapitalista y antiliberal del nacionalismo español de integración queda frustrado  porque sus formaciones no tuvieron otra salida que concurrir a la lucha en contra del agresivo bolchevismo internacionalista de entonces, alineándose junto a sectores genéricamente conservadores y mucho más poderosos que ellas a los que tuvo que subordinarse, como son los monárquicos liberales y la importante fracción militar que tomó el poder en España bajo el mando de Franco.  

Otro dato a tomar en cuenta es que el nacionalismo español de integración del sigo XX ve la luz en una España en la que no existe ninguna motivación verdadera para el expansionismo territorial que fue la última justificación del Nazismo alemán y del Fascismo italiano. Ciertamente existe la reivindicación sobre Gibraltar, periódica y cautelosamente reavivada; pero el hecho decisivo es que España carece de todo proyecto de expansión internacional que no sea el resquicio que las grandes potencias – conferencia de Algeciras-  le han dejado en calidad de sobras en el Norte de Africa. Esta carencia real de ambiciones territoriales convierte el tan cacareado “imperio hacia Dios”, en ese “flatus vocis”  pseudo espiritual que tanto agradó al señor Ruiz Jiménez en su etapa apostólicamente pesudototalitaria. Esta es una de las razones por la cual el nacionalismo español de integración del siglo XX no es homologable con ninguno de sus contemporáneos europeos.

En cuanto a la sucesión de frustraciones aludidas en los párrafos anteriores, son suficientes para explicar también por qué el azucarillo del nacionalismo español de integración no haya conseguido, ni entonces ni ahora,  diluirse en su medio como sí lo han conseguido hasta ahora los nacionalismos periféricos  vasco y catalán, que en el fondo han seguido explotando en buena parte un filón  doctrinario que puede considerarse “surplus” de guerra.