Una correcta visión de la economía global debía de buscar remedio a esta situación. Cada uno de los seres humanos que pueblan nuestro planeta tiene su propio esqueleto -y esto hace que el cálculo de lo que pudiera ser un negocio bien montado sea relativamente fácil de hacer. Pero si en este Reino de las Diecisiete Repúblicas el envejecimiento depaupera los huesos de los ancianos; y los accidentes de tráfico, de trabajo y deportivos quebrantan y muelen los huesos de los jóvenes, en los países y regiones que llaman el Tercer Mundo, la desnutrición, el sida y la heredo-sífilis son causas que concurren a que no haya en el mercado el número de esqueletos en buen estado que la demanda exige.
Contribuye también a la escasez el carácter cada vez más destrozón del armamento bélico, que anula las esperanzas puestas en los centenares de esqueletos masculinos jóvenes, sanos y bien formados que cabría esperar de las operaciones bélicas.
A esto hay que sumar la costumbre social de la cremación de cadáveres, que reduce a cenizas la arquitectura ósea y los malos modales de los terroristas de toda laya que encima de asustar a los desprevenidos con explosiones horrísonas, parecen empeñados en ocasionar destrozos físicos que casi anulan las posibilidades de encontrar un esqueleto en buenas condiciones.
Por eso, se da la curiosa paradoja de que, aunque el mundo está lleno de osamentas, y abundan hombres y organizaciones dispuestas a convertir el mundo en un osario, y a sus pobladores en buscadores de huesos, de hecho no parece haber bajo tierra ni en la superficie de ella sino contados esqueletos sanos.
Con el propósito de facilitar el aprovechamiento de la materia ósea humana, en un ámbito de comercio justo y de artesanías locales, he ido recogiendo aquí y allá las sencillas recetas que van a continuación. Tienen éstas la ventaja de ser baratas, de ser fáciles de aplicar, de no estar sometidas a servidumbres tecnológicas, de ser de origen multicultural y de poder compatibilizarse con un progreso sostenible que respeta el Medio Ambiente e incluso el Ambiente Entero.
Hablando de esqueletos, lo primero que hay que hacer es pensar en los colores que se desean. Para desengrasar y blanquear los huesos, se les debe quitar con un cuchillo todas las partes blandas que puedan estar adheridas. Después se sumergen los huesos en lejía –ésta puede hacerse con cenizas y cal- a la que se añade alumbre en cantidad discreta, y se pone la mezcla a hervir con los huesos a fuego lento, como para una sopa, durante una hora. Después se aparta la caldera del fuego y se deja enfriar. Una vez enfriada, se sacan los huesos y se dejan secar sobre un paño limpio. Los mirones quedarán asombrados por la blancura que ostentan los huesos así tratados.
Para teñir los huesos de verde, se han de sumergir durante quince días en una mezcla de cardenillo –carbonato básico de cobre- y de vinagre del país que se ha preparado de antemano en una vasija herméticamente cerrada. Si no se tiene a mano un recipiente hermético, se consigue la estanqueidad suficiente enterrando la vasija en tierra blanda mezclada con cagajón de caballo que, estando en San Sebastián se puede conseguir en
Si se quiere teñir los huesos de rojo, es preciso meterlos en vinagre y mantenerlos así durante 24 horas. A continuación se añade al vinagre alumbre y madera de palo del Brasil en polvo, en cantidad que vaya en proporción con los huesos que se quieran someter a este tratamiento; y se pone todo a hervir hasta que los huesos vayan tomando el color rojo en la intensidad que se desee. En vez de palo del Brasil se puede emplear el palo de Campeche, pero en este caso no se debe añadir alumbre a la mezcla.
Para completar la lista, ofrezco una receta que proviene de los indios timbucos, del alto Paraná, que me fue ofrecida por el Mariscal Cándido da Silva Rondón, q.e.p.d., y que sirve para teñir los huesos de cualquier color, en lo cual esos indios eran grandes expertos.
Primero se limpian los huesos de la manera que se ha descrito al principio.Después se ponen en agua de cal mezclada con orines, durante 48 horas si éstos son amarillos y de 72 si son como aguas. A continuación, se añade la sustancia con la cual se quiere tintarlos: cochinilla, cardenillo, palo de Campeche, negro de humo de aceite de linaza, polvo de violetas etc. Valen incluso las anilinas, según me ha comunicado gentilmente mi amigo el germano-argentino Emil von Xylander, que sabe de Química un montón y es amigo de abreviar estos procesos.
Sean estas líneas mi esperanzada contribución a un mejor y más racional empleo de los restos óseos de la anatomía humana, tan infravalorados hoy en día, fenómeno tanto más inexplicable cuanto que los atentados – fuente normal de producción de esqueletos- han terminado por convertirse en los testigos de cargo más temibles en lo referente a la candidez de la democracia. Y no digo más.