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lunes, 25 de junio de 2007

La Raspa

Aunque en algunos países como la India hay empresas especializadas en dejar mondos y lirondos los esqueletos humanos para exportarlos a facultades de medicina, gabinetes de de anatomía y entidades científicas de todo el mundo, en general se puede asegurar que los huesos son la parte del cuerpo de la que menos provecho se saca.

Una correcta visión de la economía global debía de buscar remedio a esta situación. Cada uno de los seres humanos que pueblan nuestro planeta tiene su propio esqueleto -y esto hace que el cálculo de lo que pudiera ser un negocio bien montado sea relativamente fácil de hacer. Pero si en este Reino de las Diecisiete Repúblicas el envejecimiento depaupera los huesos de los ancianos; y los accidentes de tráfico, de trabajo y deportivos quebrantan y muelen los huesos de los jóvenes, en los países y regiones que llaman el Tercer Mundo, la desnutrición, el sida y la heredo-sífilis son causas que concurren a que no haya en el mercado el número de esqueletos en buen estado que la demanda exige.

Contribuye también a la escasez el carácter cada vez más destrozón del armamento bélico, que anula las esperanzas puestas en los centenares de esqueletos masculinos jóvenes, sanos y bien formados que cabría esperar de las operaciones bélicas.

A esto hay que sumar la costumbre social de la cremación de cadáveres, que reduce a cenizas la arquitectura ósea y los malos modales de los terroristas de toda laya que encima de asustar a los desprevenidos con explosiones horrísonas, parecen empeñados en ocasionar destrozos físicos que casi anulan las posibilidades de encontrar un esqueleto en buenas condiciones.

Por eso, se da la curiosa paradoja de que, aunque el mundo está lleno de osamentas, y abundan hombres y organizaciones dispuestas a convertir el mundo en un osario, y a sus pobladores en buscadores de huesos, de hecho no parece haber bajo tierra ni en la superficie de ella sino contados esqueletos sanos.

Con el propósito de facilitar el aprovechamiento de la materia ósea humana, en un ámbito de comercio justo y de artesanías locales, he ido recogiendo aquí y allá las sencillas recetas que van a continuación. Tienen éstas la ventaja de ser baratas, de ser fáciles de aplicar, de no estar sometidas a servidumbres tecnológicas, de ser de origen multicultural y de poder compatibilizarse con un progreso sostenible que respeta el Medio Ambiente e incluso el Ambiente Entero.

Hablando de esqueletos, lo primero que hay que hacer es pensar en los colores que se desean. Para desengrasar y blanquear los huesos, se les debe quitar con un cuchillo todas las partes blandas que puedan estar adheridas. Después se sumergen los huesos en lejía –ésta puede hacerse con cenizas y cal- a la que se añade alumbre en cantidad discreta, y se pone la mezcla a hervir con los huesos a fuego lento, como para una sopa, durante una hora. Después se aparta la caldera del fuego y se deja enfriar. Una vez enfriada, se sacan los huesos y se dejan secar sobre un paño limpio. Los mirones quedarán asombrados por la blancura que ostentan los huesos así tratados.

Para teñir los huesos de verde, se han de sumergir durante quince días en una mezcla de cardenillo –carbonato básico de cobre- y de vinagre del país que se ha preparado de antemano en una vasija herméticamente cerrada. Si no se tiene a mano un recipiente hermético, se consigue la estanqueidad suficiente enterrando la vasija en tierra blanda mezclada con cagajón de caballo que, estando en San Sebastián se puede conseguir en La Hípica o en el Hipódromo. Los huesos adquieren así un verde permanente y muy hermoso. Una vez teñidos deben mantenerse fuera del alcance de perros y de niños.

Si se quiere teñir los huesos de rojo, es preciso meterlos en vinagre y mantenerlos así durante 24 horas. A continuación se añade al vinagre alumbre y madera de palo del Brasil en polvo, en cantidad que vaya en proporción con los huesos que se quieran someter a este tratamiento; y se pone todo a hervir hasta que los huesos vayan tomando el color rojo en la intensidad que se desee. En vez de palo del Brasil se puede emplear el palo de Campeche, pero en este caso no se debe añadir alumbre a la mezcla.

Para completar la lista, ofrezco una receta que proviene de los indios timbucos, del alto Paraná, que me fue ofrecida por el Mariscal Cándido da Silva Rondón, q.e.p.d., y que sirve para teñir los huesos de cualquier color, en lo cual esos indios eran grandes expertos.

Primero se limpian los huesos de la manera que se ha descrito al principio.Después se ponen en agua de cal mezclada con orines, durante 48 horas si éstos son amarillos y de 72 si son como aguas. A continuación, se añade la sustancia con la cual se quiere tintarlos: cochinilla, cardenillo, palo de Campeche, negro de humo de aceite de linaza, polvo de violetas etc. Valen incluso las anilinas, según me ha comunicado gentilmente mi amigo el germano-argentino Emil von Xylander, que sabe de Química un montón y es amigo de abreviar estos procesos.

Sean estas líneas mi esperanzada contribución a un mejor y más racional empleo de los restos óseos de la anatomía humana, tan infravalorados hoy en día, fenómeno tanto más inexplicable cuanto que los atentados – fuente normal de producción de esqueletos- han terminado por convertirse en los testigos de cargo más temibles en lo referente a la candidez de la democracia. Y no digo más.

jueves, 14 de junio de 2007

En la Calle

Sol resplandeciente. De momento. Es como si la ciudad tuviera pupilas nuevas. Se ve todo y se ve de todo esta mañana. Las muchachas en flor lucen sus ombligos. Lo mismo hacen las del pétalo caído. Las chicas, las grandes, las gordas, las flacas, las hueras y las morenitas. Al mujerío no le caben ya los lardos ni los magros debajo de sus trapos

Esta forma de vestir da facilidades al antropólogo. Por ejemplo y que no cunda, permite medir a ojo de buen cubero el diámetro antero-posterior de la pelvis que va desde el borde superior del pubis hasta la entalladura de la 5ª vértebra lumbar. Este diámetro es lo que antes se llamaba “la conjugada de las comadronas” y puede variar según la raza. La diferencia de alturas entre la vértebra antedicha y el borde superior del pubis nos da el cateto vertical de un triángulo rectángulo cuya hipotenusa es la conjugada. La relación del cateto a la hipotenusa será, pues, el seno del ángulo de la inclinación de ésta. Hago notar que uso el termino cateto por motivos de exactitud matemática y geométrica, desechando por inexactos los de de borono o jebo, que son de aquí, y el de paleto, que es de las dos Castillas.

Si además se pusiese de moda llevar las mujeres descubierta la región del esternón, se podría determinar con probabilidad estadística el sexo de la examinada. En los varones es mayor que en las mujeres la distancia que media entre aquél hueso y el agujero umbilical. O sea que las mujeres tienen el ombligo más lejos del empeine y más cerca del esternón

La calle está llena de forasteros. Y de vecinos a los que la antropología callejera les importa menos que llegar a la playa a tiempo para extender su toalla y abrir su sombrilla sobre la arena. Bien hecho. Van y vienen vehículos y viandantes. ¿Por qué no se llama a los coches via-rodantes?

Pasa un coche de gama baja dejando oír ruidos de percusión a todo volumen: “¡Fijaos, aquí voy yo!” -parece decir su joven conductor con orejas y labios perforados de “piercings”- “Mía es la calle. Mío el mundo. Mío el sol. Mía la luz. ¡Venga el bongó, venga el timbal, venga el tambor, venga el gongo y el atabal¡ ¡Disfrutad, conmigo de estas vibraciones que os estoy enviando!” Lo suyo parece un reto innecesario, o un gesto inmaduro, o una señal inesperada de la pluvioselva tropical. Pero quizás lo que quiera el chico es regalarnos a todos un abrazo en este día claro, o darnos un claro abrazo en este día que es un regalo para todos. Hay que buscar entender las cosas.

Calle arriba llegan autobuses. Autobuses urbanos, interurbanos y de los otros. A mi me gustan los que llevan pintado el renacuajo verde. El renacuajo de la larga cola que abarca el vehículo entero. ¿Será o no el renacuajo una futura rana de los Pirineos, de esas que pertenecen a una especie protegida?

Sin ningún cuidado los ciclistas circulan entre los peatones. ¿Vendrán a la caza de los viejos? Los chicos de las dos ruedas son conscientes de los privilegios que les otorgan sus vehículos, tan ecológicos.

Pero, aunque haya muchas bicicletas, esto no es Escandinavia; todo lo denuncia, amigos: desde el color de los cabellos y de los ojos de oscura túnica hasta la educación que falta; pero eso no quita que los ciclistas dominen el arte de hacerse los suecos. ¿Qué decisión municipal, foral, constitucional, gubernamental, policial, electoral, judicial, internacional, humanitaria, igualitaria, testamentaria, les otorga el derecho de pedalear por las aceras como les viene en gana? Y aquellas calles de allí ¿no se llaman, por algo, peatonales? Mientras no hagan sonar el xtirrín, los ciclistas no merecerán el nombre de txirrindularis. Sin txirrin y sin disciplina los ciclistas son tan solo urbanitas cimarrones, rústicos a medio redimir de la gleba que montan vaquillas mecánicas incapaces de dar siquiera un mugido de aviso ¡muu¡¿Acaso no tienen para desplazarse sus específicas “cañadas de la mesta”? Bien señaladas están con el rojo, que te quiero rojo, de los “bidegorris”. ¿O llegará el momento en que los peatones, desalojados de las aceras, apoyándose en sus bastones ocuparán los espacios libres al grito exigente de ¡¡Amnistia osoa!! o a la súplica resignada de ¡¡perdón para el peatón!!

Frente a un establecimiento bancario, un hombre todavía joven, protesta. Viste de americana y corbata. Quiere que se le haga justicia y lo pide en nombre de sus dos hijas pequeñas. Ha colocado en la acera cartones que exponen su reclamación, en español. ¿Pero no es el euskera la lengua apta para reclamaciones y protestas? Presumo que el fondo del asunto sea laboral, todo laboral y nada más que laboral. Se habrá quedado sin trabajo. Pero ¡qué importan dos niñas, como si fueran cuatro o cinco! Las desgracias y las injusticias aisladas se diluyen, de ordinario, en la microfelicidad de los demás o en la macroprosperidad de las grandes entidades financieras. ¿Alguien captará las razones de solidaridad con ese padre angustiado? Es la canción triste de la mañana alegre.

Por la calle, frecuentada de reclamos, poblada de rótulos, concurrida de máquinas y de hombres, pasa la ciudad, pasa la provincia, pasan los vecinos próximos y los vecinos lontanos, los de aquende y los de allende. Y ahora pasa también el Ande, y el Africa, y la Europa del Este, y la morería tan próxima y tan alejada; y la Europa musicante y mendiga en su nomadeo interminable y atávico.

Cambia el mundo. Cambian los grupos. Cambia la ciudad son sus habitantes y sus piedras. Unos y otras se renuevan. Calles limpias. Y calles sucias por los trabajos de renovación urbana, en esta ciudad cuidada. En el equilibrio entre cambio y conservación está la armonía. Si Roma hubiera derribado todas sus piedras antiguas y borrado todas las inscripciones que las generaciones dejaron, seguro que no habría pasado de ser un poblanchón itálico podrido en las aguas cenagosas de las lagunas pontinas. Pero Roma, supo y sabe, que no hubo pretéritos –tampoco habrá futuros- unidireccionales.

Al cabo de cien recados y mil vueltas paso por el puente del Kursaal ¡Mira por donde! Roma de nuevo: hay cuatro “fasces”, haces, “fascios”, en la base de cada columna luminar. Encuentre el lector curioso el número total de fascios que la ciudad conserva. Es la ciudad con más fascios de este Reino de las Diecisiete Repúblicas. Cada “fascio” es un haz apretado de varas de acebuche, ceñidas de cíngulos que las unen en torno a un hacha. Instrumentos, las varas y el hacha, de los castigos que a los justiciables podían propinar los lictores romanos. Símbolos. Símbolos. Símbolos. Al fondo, como cabeza de puente, los cubos. Lo nuevo, lo viejo. Y la ciudad, contenta bajo el resplandor del día en un mes de junio tacaño de sol.

lunes, 11 de junio de 2007

Los Indultados de las Gavetas

Nadie está enteramente a salvo de topar con sorpresas dentro de su propia casa. Así, al ir a hacer una revisión de gavetas, armarios, escondrijos y cajones, he encontrado con que obran en mi poder una serie de cosas inútiles, bizarras o curiosas que sin la menor vacilación se pueden catalogar bajo la rúbrica de los caprichos tontos. ¿Y esto me pasa a mí, que me tengo por austero! Ha habido, pues, que decidir cuáles de ellas habían de desecharse y a cuáles, y por qué motivos, se les debía conceder el indulto.

Antes de entrar en materia, quiero dejar constancia que en su momento no me ha inducido a comprar dichos objetos ninguna publicidad envolvente o engañosa urdida por genios que se devanan los sesos buscando el modo de hacernos aumentar el gasto. No he caído en la trampa del envoltorio bonito, ni he sido seducido por la ilusión de unos puntos que haya que juntar para obtener de premio alguna baratija. Declaro, en consecuencia , que si esos objetos han llegado a mi poder ha sido por decisión de mi propia y libre voluntad. ¡No puedo echar la culpa a nadie! Y, en mi calidad de adulto, soy, por consiguiente, un millón de veces más responsable de mis propias tonterías que la niña de las setenta barbies y el chaval de los cuarenta play stations a los que sus padres han atontado con regalos.

Voy a enumerar esos objetos, curiosos o inútiles que aún obran en mi poder tras haber obtenido el indulto en la revisión de las gavetas.

El primero es una vieja linterna eléctrica que se alimenta de la corriente producida por una dínamo. Hay que pulsar continuamente una palanquita para mantenerla encendida. No recuerdo con qué motivo me hice con ella. Seguramente me parecía muy ecológica, ya que no necesita pilas. Y, como no he tenido nunca que reponerle la bombilla con filamento de plata considero que es de lo más “sostenible” que se pueda uno encontrar. Con todo, tiene un inconveniente: la palanquita hace un ruido que suena con insistencia ¡ñeque, ñeque, ñeque¡

Estaba pensando que este defecto bastaba para desechar la linterna, cuando me acordé de aquella bienaventuranza que no está en la lista y que invita a despertar al dormido. La linterna ruidosa tiene la virtud aleccionadora de recordar que la Verdad, como la luz, no consigue despertar a nadie si no hay alguien que sepa expresarla en Palabras que que se oigan o se lean y, por lo tanto, sean aptas para transmitir una advertencia o un consejo. Sólo por esto me valió la pena decretar su indulto.

El segundo objeto que mereció tal gracia es un aparatito de mesa que sirve para afilar cuchillas de afeitar. Está compuesto por un sistema de palanquitas y pequeñas correas de transmisión que se accionan con una manivela. Recuerdo que daba muy buen resultado con las hojas “Palmera”, que eran más recias que las fabricadas por otras marcas.

Supongo que me compré la maquinita con la intención de ahorrarme dinero. Aunque teniendo yo una de esas barbas ralas, de las que en mi Castilla del Oro llaman “de Moctezuma”, de poco podría valerme la afiladora para propósito tan tacaño. Me disponía a desecharla cuando me acordé que siempre he recomendado austeridad a los míos y a cuantos me han hecho la merced de prestarme atención, y además, he procurado practicar personalmente el uso moderado, crítico y vigilante de los medios materiales. ¿Acaso este ingenioso artilugio de afilar cuchillas de afeitar usadas no es un recordatorio de ese propósito tantas veces fallido? Decidí, pues, que merecía el indulto.

El tercer objeto es un pequeño pistolete de salvas de esos que inventaron en París, a finales del siglo XIX, para que los peatones pudieran defenderse de los ciclistas que comenzaban a invadir las aceras. Al percutirlo, el pistolete producía un ruido desmesurado que resultaba al parecer muy útil para sobresaltar a los abusones que por aquél entonces ya habían descubierto el placer de circular en bicicleta haciendo eses y zig-zags entre los peatones con la morbosa expectativa de atropellar a los que no se apartaran a tiempo. Igual que en la Donosti de mis tormentos, solo que en París no tenían “bidegorris” y aquí si los tienen pero al parecer no les basta.

Aparte de su primer objetivo anticiclista, el pistolete tenía también un uso patriótico: lanzar le 14 de juillet pequeñas bengalas con los colores rojo, blanco y azul de la bandera de Francia. Yo he usado el pistolete para lanzar bengalas con ocasión de las fiestas de Navidad obteniendo gran éxito entre la chiquillería. Los niños son pirómanos redomados a los que sólo les falta adquirir experiencia. Vale la pena encauzar hacia lo lúdico estas inclinaciones antes de que los pequeños descubran el ardiente placer de los incendios provocados aunque sea en el mobiliario urbano. Decidí, pues, en buena hora, la concesión del indulto al ruidoso pistolete.

El cuarto objeto es una estrella solitaria de las que se ponen en la pechera los Sheriffs en el Estado y República de Texas. El portador legítimo de esa estrella ostenta la potestad de notificar mandamientos judiciales y de ponerlos en ejecución, de resguardar la paz si es preciso a tiros –por algo les llaman “law enforcing agents”-, de custodiar a los presos y de convocar a la población civil para formar un pelotón de voluntarios dispuestos a jugarse el cuero en la persecución de malhechores, pícaros, bergantes, malevos, malandrines, rebeldes y demás ralea. “¡Those are men!”, que diría Sam Houston. ¡La estrella fue indultada sin más consideraciones!

¿Y la momia de gato que tiene Vuestra Merced sobre una silla de su despacho? ¿acaso no la considera también un objeto caprichoso?

No es momia de gato, sino gato de peluche. Representa a “Mrs. Chippy”, un gato atigrado que formaba parte de la tripulación de la nave Indurance en la fracasada expedición de Sir Ernest Shackleton a la Antártida, de 1914-1916. Pertenecía el gato a Henry McNeish, carpintero de la expedición, nada ducho en sexuar felinos, que lo confundió con una hembra. De allí el nombre de “Mrs. Chippy”, que en español es lo mismo que “Doña Fulana”, lo cual no deja de ser contradictorio tratándose de un gato muy macho. Pero el micifuz, llevando al extremo su dignidad, no protestó nunca por semejante nombre. Como no protestó cuando tuvieron que deshacerse de él al ordenar Shackleton que los tripulantes prescindieran de todo lo superfluo para poder salvarse andando a pie por los mares de hielo donde había quedado aprisionado el “Indurance”. Se dice que se oyó al gato maullar ¡Farewell! al ver partir a sus compañeros y que a continuación entonó con voz melancólica, varonil y bien impostada: “When you go to Lambeth Walk” haciendo derramar lágrimas a los recios varones de la tripulación.

Era un gato de cuerpo entero. En este tiempo de cobardías y perneras mojadas, preciso es concederle el indulto a su efigie de peluche. Por cierto, gran tipo este Shackleton, que en su aventurado viaje sólo perdió una vida, la del gato, y eso para que se convirtiese en héroe. De este capitán debían tomar ejemplo los gobiernos y ministerios de defensa que diezman a sus propias tropas por la vía de los accidentes y del descuido.

Y no digo más sobre los indultados de las gavetas.