Pierde el hombre así, fácilmente, la percepción de la propia libertad. Y al perder esta terminará perdiendo también el sentido de la propia responsabilidad. Parece lógico que así sea, porque si alguien considera que no es libre de actuar de una manera o de otra, tampoco se sentirá responsable del rumbo que toma con sus decisiones. Es un hecho que la libertad negada o desconocida desemboca en la negación y el desconocimiento de la propia responsabilidad y forma en torno al individuo un curioso campo de ausencias donde tampoco es posible determinar con claridad la relación que existe entre el hombre como agente y sus propias actuaciones.
En otras palabras, la negación fáctica de la libertad y de la responsabilidad lleva al sujeto a considerase ajeno a lo que hace, alejándolo de las circunstancias a las cuales más estrechamente está ligado. Esto, desde luego, tiene sus consecuencias; y graves, porque la persona que se ha vuelto insensible a sus atributos de libertad y responsabilidad, ya no está tampoco en condiciones de poder reconocer plenamente, ni siquiera en sí mismo, su condición de persona ni a valorar su dignidad de tal.
También se ve modificada su capacidad de actuar porque, al divorciarse de su entorno más propio que es precisamente el que está configurado por las consecuencias de sus propias acciones, no le queda otro camino que amoldar su existencia a un mundo que se le ha hecho ajeno y donde el único papel que puede desempeñar es el de paciente. No entendiendo ya esta palabra en sentido ascético, como atinente a alguien que ha logrado conquistar para sí el buen hábito de la paciencia; ni en sentido asistencial, como referida a quien recibe, ha recibido o está en lista de espera para un tratamiento médico; sino comprendiéndola en su tercera acepción que alude a quien tiene que someterse forzosamente a algo que no quería. Así que nuestro paciente ya no tiene que ver, pues, nada con la paciencia, sino con el padecimiento, en cuanto tiene que padecer o sufrir, como si fueran impuestos desde el exterior, los resultados de las acciones propias que ha comenzado por percibir falsamente como ajenas a su voluntad y extrañas a su actuación.
Claro que la situación de ser mero aguantador pasivo le está vedado al hombre, que por su propia naturaleza está abocado a decidir, a actuar, a constituirse en agente de su propia vida, no de una manera absoluta, pero sí relativa, claro está.
Por consiguiente, la conciencia de ser padeciente en el sentido que aquí venimos diciendo es radicalmente falsa, aunque no por eso deja de conducir a resultados importantes. Porque una vez que se ha asumido esa posición, -por muy falsas que sean sus bases, como hemos visto-, la forma de actuar más congruente que respecto a ella puede tomar el individuo no es la resignación ante algo que fuera realmente inevitable, sino el victimismo gratuito que, si se mira con la profundidad debida, no es solamente una renuncia al ejercicio de la condición humana libre, inteligente y hacedora, sino al mismo tiempo una forma disimulada de autodestrucción que tiene, cuando se generaliza, repercusiones antisociales.
¿Acaso no lo es el considerar la vida como una emboscada en la que se ha tenido la mala suerte de caer? ¿Acaso no lo es también el juzgar el rosario de acontecimientos vitales que jalonan toda existencia humana como una fatalidad de carácter impositivo? ¿Acaso no lo es el pesimismo difuso y la desconfianza que esta situación termina por engendrar?
Todo esto suele culminar en la formación de un fantasma: el de la culpabilidad genérica pues, al no reconocer el sujeto la responsabilidad que le corresponde en la construcción de su acontecer vital, termina su frustración por ser proyectada ya sobre personas singulares que hacen de cabeza de turco, ya sobre grupos y clases sociales enteras que se convierten en inculpados, ya sobre regiones geográficas a las que corresponde la calificación predeterminada de despreciables, y muy frecuentemente sobre las instituciones públicas a las cuales ridículamente se les “exige” solución para los más dispares y peregrinos problemas como si fueran deidades omnipotentes de un olimpo administrativo. La situación se exacerba en sociedades como la nuestra presididas por una inflación de los derechos subjetivos en detrimento de los deberes.
El ir por la vida de víctimas ofrece un grave inconveniente: el auxilio para remediar esa situación, se supone que ha de venir siempre desde fuera de uno mismo. Pero esto ¿No es acaso la base del sometimiento más completo?