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sábado, 7 de febrero de 2009

Libertad Negada

La existencia humana a nivel personal aparece tan condicionada por factores antecedentes, tan encajonado su desarrollo por elementos que el individuo se encuentra ya hechos de antemano, que puede llegar a parecer también que todo en ella es producto de un mecanismo ciego que funciona sin que se pueda hacer nada para regular su marcha. La existencia individual aparece entonces como prefijada  en sus trazos por un destino inexorable, o como el resultado de factores tan diversos e intrincados que se antojan indescifrables Así que cualquier parada, salto, frenazo o acelerón que en ella se opere parecen también ajenos a la voluntad de quien tenga que sufrirlos o experimentarlos.

Pierde el hombre así, fácilmente, la percepción de la propia libertad. Y al perder esta terminará perdiendo también  el sentido de la propia responsabilidad. Parece lógico que así sea, porque si alguien considera que no es libre de actuar de una manera o de otra, tampoco se sentirá  responsable del rumbo que toma con sus decisiones. Es un hecho que la libertad negada o desconocida desemboca en la negación y el desconocimiento de la propia responsabilidad y forma en torno al individuo un curioso campo de ausencias donde tampoco es posible determinar con claridad la relación  que existe entre el hombre como agente y sus propias actuaciones.

En otras palabras, la negación fáctica de la libertad y de la responsabilidad lleva al sujeto a considerase ajeno a lo que hace, alejándolo de las circunstancias a las cuales más estrechamente está ligado. Esto, desde luego, tiene sus consecuencias; y graves, porque la persona que se ha vuelto insensible a sus atributos de libertad y responsabilidad, ya no está tampoco en condiciones de poder reconocer plenamente, ni siquiera en sí mismo, su condición de persona ni a valorar su dignidad de tal.

También se ve modificada su capacidad de actuar porque, al divorciarse de su entorno más propio que es precisamente el que está configurado por las consecuencias de sus propias acciones, no le queda otro camino que amoldar su existencia a un mundo que se le ha hecho ajeno y donde el único papel que puede desempeñar es el de paciente. No entendiendo ya esta palabra en sentido ascético, como atinente a alguien que ha logrado conquistar para sí el buen hábito de la paciencia; ni en sentido asistencial, como referida a quien recibe, ha recibido o está en lista de espera para un tratamiento médico; sino comprendiéndola en su tercera acepción que alude a quien tiene que someterse forzosamente a algo que no quería. Así que nuestro paciente ya no tiene que ver, pues, nada con la paciencia, sino con el padecimiento, en cuanto tiene que padecer o sufrir, como si fueran impuestos desde el exterior, los resultados de las acciones propias que ha comenzado por percibir falsamente como ajenas a su voluntad y extrañas a su actuación.

Claro que la situación de ser mero aguantador pasivo le está vedado al hombre, que por su propia naturaleza está abocado a decidir, a actuar, a constituirse en agente de su propia vida, no de una manera absoluta, pero sí relativa, claro está.

Por consiguiente, la conciencia de ser padeciente en el sentido que aquí venimos diciendo es radicalmente falsa, aunque no por eso deja de conducir a resultados importantes. Porque una vez que se ha asumido esa posición, -por muy falsas que sean sus bases, como hemos visto-, la forma de actuar más congruente que respecto a ella puede tomar el individuo no es la resignación ante algo que fuera realmente inevitable, sino el victimismo  gratuito que, si se mira con la profundidad debida, no es solamente una renuncia al ejercicio de la  condición humana libre, inteligente y hacedora, sino al mismo tiempo una forma disimulada de autodestrucción que tiene, cuando se generaliza, repercusiones antisociales.

¿Acaso no lo es el considerar la vida como una emboscada en la que se ha tenido la mala suerte de caer? ¿Acaso no lo es también el juzgar el rosario de acontecimientos vitales que jalonan toda existencia humana como una fatalidad de carácter impositivo? ¿Acaso no lo es el pesimismo difuso y la desconfianza que esta situación termina por engendrar?

Todo esto suele culminar en la formación de un fantasma: el de la culpabilidad genérica pues,  al no reconocer el sujeto la responsabilidad que le corresponde en la construcción de su acontecer vital, termina su frustración por ser proyectada ya sobre personas singulares que hacen de cabeza de turco, ya sobre grupos y clases sociales enteras que se convierten en inculpados, ya sobre regiones geográficas a las que corresponde la calificación predeterminada de despreciables, y muy frecuentemente sobre las instituciones públicas a las cuales ridículamente se les “exige” solución para los más dispares y peregrinos problemas como si fueran deidades omnipotentes de un olimpo administrativo. La situación se exacerba en sociedades como la nuestra presididas por una inflación de los derechos subjetivos en detrimento de los deberes.

El ir por la vida de víctimas  ofrece un grave inconveniente: el auxilio para remediar esa situación, se supone que ha de venir siempre desde fuera de uno mismo. Pero esto ¿No es acaso la base del sometimiento más completo?


lunes, 2 de febrero de 2009

Europa: Sirenas de Alerta


En lo que va desde fines del siglo XX al día de hoy Europa, entendida como la porción del viejo continente euroasiático situada al Oeste de los montes Urales, ha visto crecer el número de sus Estados con Eslovenia, Croacia, Servia y Montenegro, Macedonia y el Kosovo, resultado de la desmembración de la antigua Yugoeslavia; con Chequia y Eslovaquia, producto de la partición de Checoeslovaquia; con Lituania, Estonia y Letonia, Ucrania, Moldavia y Georgia, desgajadas de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, lo mismo que Armenia, país de los Urales meridionales ya a caballo entre Europa y Asia

La parcelación ha dado papel decisivo y central a Alemania, ha acentuado el carácter conflictivo de la zona balcánica y ha creado nuevas zonas de tensión continua en los Urales y el Mar Negro, de modo que tampoco se puede descartar del todo la próxima independencia de la Osetia del Sur y de la Abjacia en la actual República de Georgia, ni la del Transniester o Transnistria en la nueva república de Moldavia.Se podría decir que a Europa le crecen los enanos, pues todos estos países lo son de una forma u otra.

Aunque la novedad de la situación y la opacidad informativa hacen que el fenómeno político de la parcelación territorial parezca como extraño y ajeno, una rápida mirada al mapa y el propio desarrollo de los acontecimientos invita, por lo menos, a pensar un poco acerca de los elementos que presiden la constitución de nuevos Estados. En un mundo en que todo se cuestiona y confunde, y en el cual ha surgido la necesidad de un nuevo y malsonante verbo –desambiguar- y de un nuevo y malsonante sustantivo –desambiguamiento- nuestro Reino de las Diecisiete Repúblicas es un ejemplo paladino de ambigüedad, comenzando por la misma Constitución de 1978, en la que caben todos los sentidos. Es hora, pues, de recordar esos elementos que, dejando aparte la población y el territorio que se han de tomar como ya conocidos, quedan reducidos a factores más sutiles de discernir y precisar como son el Poder, la Política y el Derecho.

Poder, Política y Derecho en el sentido coordinado que aquí queremos destacar como conducentes a la estructuración del Estado – de cualquier Estado- son términos convergentes.

Poder es sencillamente la capacidad de modificar la realidad colectiva o de mantenerla en su forma actual mediante la posibilidad siempre presente de hacer uso de la fuerza como ultima ratio. En este su papel de abrazadera el Poder no es –en contra de lo que sostienen las ideologías libertarias- un mal que el Estado extiende sobre la sociedad sino un elemento constitutivo de ésta. En las sociedades organizadas desempeña el Poder el doble papel de conservador de lo establecido cuando hay estabilidad, y de continuador a través de nuevas andaduras cuando sobrevienen tiempos de cambios y mudanzas.

Derecho es el conjunto de normas jurídicas mediante las cuales rigen su vida en común las agrupaciones humanas. Consiste básicamente en la regulación coercitiva de los aspectos sociales más relevantes para la convivencia. El Derecho está intrínsecamente vinculado con la moral. Del respeto que esta vinculación ha suscitado a través de los siglos, se nutre el halo venerable que rodea todavía a la expresión Estado de Derecho. Pero desde el momento en que la normatividad jurídica se ha desvinculado de todo principio moral, dicha expresión ha perdido su sentido específico. Sucede que al generar cada Estado su propio Derecho de acuerdo a la ideología de la que se sustenta, el contenido moral de la norma jurídica pierde importancia ante la pura eficacia.

Política es el conjunto de principios y de prácticas encaminadas a conseguir la cooperación de los individuos y de los diferentes grupos sociales para conseguir –seguir conjuntamente- y lograr en lo posible objetivos comunes evitando que el dinamismo intrínseco a la vida de relación se disperse en empeños estériles o se quede atascado en conflictos de mera contraposición.

Poder, Política y Derecho fueron concebidos para ejercitar la funcionalidad continua y perdurable que a las instituciones se atribuye; pero, de los tres, tan sólo el Poder es válido para subsistir en condiciones de excepción. Entendemos por condiciones de excepción aquellas que se imponen cuando las circunstancias dificultan o imposibilitan que el Derecho y la Política puedan ejercer su papel coordinado.

Esa posibilidad de actuar que tiene el Poder –es guardián de las armas- aun en los momentos y circunstancias en que han fracasado el Derecho y la Política, constituye el núcleo inicial de la soberanía como fenómeno comunal, la cual es perfectamente discernible de la soberanía individual que corresponde a cada ser humano y que todavía aflora de forma raquítica en el derecho a la defensa propia; y de la soberanía de atribución personal, que era la que un día ostentaron los antiguos reyes absolutos y los modernos autócratas ideológicos del siglo XX .

La fuerza es la expresión más visible del Poder cuando este actúa en condiciones de excepción, por eso es fácil confundir la una con el otro. No obstante, el Poder que ahora nos ocupa, al estar orientado hacia fines institucionales no puede en realidad ser identificado con la desnuda fuerza, aunque ésta pueda en un momento dado, convertirse de hecho en su instrumento.

El Poder, en su elemental y básico desempeño de abrazadera social, precede al Derecho y a la Política. Es, además, condición permanente para la existencia de ambos y garantía para la reciprocidad de sus respectivos juegos, como sistema normativo el uno y como praxis de convivencia la otra.

El Derecho, como conjunto de normas que persiguen el arraigo y el crecimiento de un orden justo, es superior a la Política, que cae bajo la regulación jurídica, y al Poder, en cuanto que éste se debe someter en su ejercicio ordinario a las limitaciones que el Derecho le marca. En las situaciones extraordinarias el Poder crea al Derecho, aunque muchas veces no se trate propiamente de una creación, sino de una reanimación.

Todo lo que hasta aquí se ha dicho es la expresión esquemática de una realidad que ostenta toda la complejidad de lo humano. Por eso, este esquema tiene que ser completado con la consideración de otras tres facetas. Una de ellas, es la que corresponde a la tensión del ánimo colectivo. La otra, la que se origina en la calidad del liderazgo. La tercera, muy propia de nuestra época, es la que se deriva de la ideología directora.

Con todos estos elementos el lector puede sentirse animado a ir componiendo su propio análisis con las teselas de la información fragmentaria que llega a sus manos, hasta convertir el montón informe de piezas informativas, en un rompecabezas digno de ser descifrado por cívicos entendimientos. A hacer este esfuerzo nos empuja la situación de hoy, con Europa convertida en factoría improvisadora de nuevos Estados y en recalificadora ¿a favor de quién? de la gravilla de pueblos que habitan en sus confines y en sus puntos de mayor fricción.

No faltan tampoco sirenas de alerta. Unas suenan desde el Este, como los actuales conflictos de Rusia con Georgia y Ucrania, otras ululan cercanas como la radicalización de los nacionalismos hispanos, la satisfecha errabundia del Estado de las Autonomías y los propósitos de tensar el arco o cargar la escopeta que parecen animar a los políticos del momento. Aspiramos a que, por lo menos, cada uno pueda calcular lo que arriesga en el embite. No vaya a ser.