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miércoles, 30 de mayo de 2007

La Bonita Disputa de la Espada del Cid

Según se mire la cosa de arriba a bajo o de adelante hacia atrás, se trata de un asunto politico-cultural, lúdico-festivo o vernáculo-partidista con el cual más tiene que ver el atolondramiento que la mala idea.

Porque resulta ahora que las autoridades del Ministerio de Cultura y las de Castilla y León, deseosas de hacerse pasar por tontas las unas a las otras -como si no fuesen pelos del mismo rabo de toro bravo- andan a la gresca por si esta o la otra Tizona son o no son la espada del Cid. Todo pasa como si ignorasen que Ruy Díaz, “el que en buena hora nació”, como caballero que cumplía con su nombre y condición, jamás se hubiese resignado a blandir única espada. Así que antiguas espadas de Mio Cid puede haber muchas y su número no debía ser motivo de discordia. Al menos de dos de esas espadas se conocen los nombres: la una es la renombrada Tizona, casi “atizona”, por los muchos golpes que con ella atizó Mio Cid. La otra es la Colada, por el fino acero colado con que la forjaron sus artífices.

En aquellos recios tiempos, los caballeros -que lo eran también por ese “algo” que siempre se llamó dinero, pues tenían que costearse su propio equipo- cambiaban de caballos y de armas cuantas veces fuera menester, igual que los rejoneadores de hoy cambian de caballos cuando es necesario y de rejones en cada suerte. Hay que comprender que los caballos se cansan y las espadas, como los rejones, se mellan, se rompen o quedan, con el uso sangriento, tintos en rojo.

Además, si los combates culminaban, como era frecuente, en esa confusión de hombres, y caballos, espadas y lanzas revueltos en el torbellino de la furia – confusión que en español se conoce con el nombre de “entrevero”- había ocasiones sobradas para dejarse la espada envainada en las carnes del otro o trabada entre las piezas de su armadura.

Esto equivalía, como si dijéramos, a dejarse el cucharón de servir en el plato de la sopa. Quiero decir que no era una suerte elegante; pero, con que el otro restase mal herido o dando la boqueada en el suelo, era suficiente para que quedase a salvo el honor del que había perdido de ese modo la espada.

Para estos casos y otros semejantes, había que tener presto el recambio. Los caballeros llevaban en el equipo, que ellos mismos se costeaban, espadas “de respeto”, lo que hoy diríamos de repuesto y los llamados escuderos hacían también de mozos de espada.

Recuerdo que siendo yo mocete, durante la clase de Alocución y Vocabulario de los miércoles, nos tocó declamar un romance que comenzaba con la estrofa “por la Val de las Estacas el buen Cid Pasado había”…En el romance, Mio Cid,”el que en buena hora nació”, se enfrentaba con el moro Abdallah al cual terminaría cortándole la cabeza “sin hacerle cortesía.” Yo había leído ya la novelita, más bien estúpida, titulada “Los robinsones suizos” que presentaba una niñez angelical y helvética; pero, como lector empedernido de hazañas de guerra de todos los tiempos e interesado interlocutor de mi abuelo don Ramón Chavarría, que de esto sabía mucho, también tenía recién aprendido el significado de “toque de degüello” que era el muy sencillo y práctico de no hacer prisioneros, así que la hazaña de un caballero que, luchando en buena lid, le cercenara la testa a otro no me cogía de sorpresa.

Pero, recuerdos infantiles aparte, las espadas, además de cortar cabezas y supongo que también otros miembros muchos más usados que ellas, servían para propinar con el plano “a medio bies” terribles golpes que levantaban “tolondrones”. Los eruditos saben que los tolondrones eran, según el injustamente olvidado doctor Artziparraguirreberrigurea, físico -o sea médico-, navarro que acompañó a los cristianos en la batalla de las Navas de Tolosa, los “bultos qu´en la cabeça se lebantan quando se reciue un golpe de spata sine que exidere la sangue que allí ai convocada” Es lo que ahora cualquier MIR en huelga llamaría hematoma interno con o sin fractura de cráneo.

Un tolondrón muy enconado podía matar a un caballero en pocas horas; pero si el cuitado resistía era frecuente que sufriera secuelas para toda la vida. Los síntomas eran muy variados: ojos “idos”, “parálisis de la faz”, mengua “del gentil arte de la fabla”, vista doble, vahídos, “impedimento de regir spata e de andar”, sordera o ruidos en el oído e “defecultades para auer fembra” extraño alifafe que los canonistas llamaron impotentia coeundi etc. El conjunto de estos síntomas recibía el nombre de atolondramiento, situación que en nuestro tiempo es conocida en español como Síndrome del Atolondramiento Adquirido, SAA, calco del inglés Acquired Bewilderment Syndrome, resumido de ordinario en las siglas ABS, que no debe confundirse de ninguna manera con el ABS de los automóviles que según el diccionario de la RAE, confirmado por mi mecánico, son cosas muy diferentes.

Como en este pícaro mundo las cosas andan repartidas como las capas de un hojaldre, tras de la disputa de las espadas, me reconforta el rumor de que los diecisiete laboratorios de alta investigación de las diferentes repúblicas de éste Reino se han puesto a trabajar para encontrar un VECRA (Vial Económico de Contagio Rápido). Esta ha sido la reacción positiva y optimista del mundo científico ante la noticia de que, visto el éxito de la atolondrada discusión en torno a la Tizona del Cid, el Síndrome del Atolondramiento Adquirido va a ser declarado “derecho humano inalienable” con propagación obligatoria y gratuita a cargo de los fondos de la Seguridad Social sin discriminación de género, nacionalidad, raza, grupo sanguíneo, hábitos sexuales o evacuatorios, edad, estado civil u opinión política.

Esta generosa decisión, muy en la línea del diálogo de civilizaciones ha recibido ya el refrendo del juez Garzón, de Rigoberto Menchú, del obispo anglicano Desmond Tutú, del premio Nobel argentino Pérez Esquivel, del Incombustible Señor don Federico Mayor Zaragoza y del destacado teólogo muslim Tarik Ramadán. En contraste con estos representantes del sector progresistas, el conservador señor Rajoy ha protestado augurando un recrecimiento del “efecto llamada” entre millones de ciudadanos del Tercer Mundo y de la Europa Barata interesados en el atolondramiento propio.

jueves, 24 de mayo de 2007

Sobre la Cutrez

Es una comprobación que cualquiera de nosotros puede hacer: nuestra sociedad tiende a ser cutre.

Y que conste que no tendría ningún reparo en aceptar la posibilidad de considerar con toda seriedad que un cierto grado de cutrez en planteamientos, desarrollos y resultados sea poco menos que inseparable de una sociedad de masas.

En el fondo, resultaría casi lógico que así fuera, puesto que partimos de las engañosas premisas de que todos deben tener acceso a todo y de que nada debe costar un gran esfuerzo a nadie.

Montones de comodidades, conveniencias y hasta lujos que antaño estaban sólo al alcance de unos pocos que por eso los consideraban como un premio a sus esfuerzos o un galardón inseparable de su posición de miembros destacados de la sociedad, son ahora meros artilugios o ·gadgets· a disposición de la generalidad de los individuos que se ven compelidos a su consumo por una propaganda cotidiana y envolvente que, encima de todo, resulta injusta por ser embustera.

Así, ha venido a resultar, incluso, que el punto de referencia para definir la identidad grupal ya no es la pertenencia a la “ciudad”, eso que antes se llamaba ciudadanía y que permitía hablar de conciudadanos. Ni la veneración a la tierra de los padres, que imponía al menos ciertas obligaciones con el corro que compartía tal condición, lo que se llamaba patriotismo y permitía hablar de compatriotas. Ni tan siquiera una cierta selección de gustos y de preferencias, eso que en algún momento de la Historia se llamó estilo. No. Lo que define la identidad grupal tiende a ser, cada vez más radicalmente la posición que cada uno ocupa respecto a las posibilidades de consumo ávido y desagradecido.

Pero no se trata de llorar sobre configuraciones sociales perdidas o desdibujadas, sino de recalcar cómo las amplísimas mayorías afectadas por este fenómeno, incapaces de percibir su efecto aplastante y achatador al que confunden con la deseable y continuamente escamoteada igualdad de oportunidades, se sienten y actúan, protestan y aplauden de acuerdo a su condición de consumidores que llega a parecerles inevitable y necesaria, sin que esa necesidad se refleje para nada en exigencia de calidad. Y esto abarca todo, desde el atuendo hasta el pensamiento, marcados por una moda que todo lo nivela, hasta los programas de radio y de televisión más la publicidad, obedientes a clichés que se inclinan a conformar actitudes y a modelar expresiones.

Este fenómeno, ¿es inevitable en la sociedad de masas o corresponde tan solo a un momento concreto del desarrollo de la misma?

O, cantado de otra forma, pero con la misma solfa ¿es imposible evitar que la generalización de un determinado factor material lleve consigo su encanallamiento? O, incluso, cabría formular esa pregunta de una forma que sugiera ya la posibilidad de acción correctora: ¿cómo evitar que esto se produzca?

Para mí lo más esperanzador sería que se tratase de un fenómeno transitorio, de un sarpullido enojoso pero pasajero. Tres datos hay que señalar. Primero: Es imposible que todos los individuos alcancen el nivel más alto. Segundo: Siempre es posible evitar, y es justo y conveniente hacerlo, que la igualación tenga como punto de mira el detenerse al nivel más bajo en lugar de ambicionar el más alto. Tercero: dado que ninguna sociedad nace próspera, ordenada y justa, todos los individuos que la forman tienen el deber de contribuir a esa prosperidad, a ese orden y a esa justicia, y en consecuencia no debe considerarse ni buena política ni buena conducta particular, el ofrecerlo o presentarlo todo, como un regalo y encima exigible por el favorecido.

Dentro de la frontera marcada por esos tres principios, se mueve toda mejora encaminada a distinguir el consumo del consumismo, o si se quiere expresarlo de otra manera, discernir lo que es el consumo ávido, compulsivo y destalentado de ahora, con respecto al consumo que estimula rectamente la producción, es compatible con la reposición de las materias renovables y da un empleo provechoso y lúcido a las materias no renovables.

De momento, sin embargo, lo único que se puede señalar es que urge el ser conscientes de la necesidad de rectificar la arrolladora tendencia hacia un consumismo desbocado que se adivina, entre otras muchas manifestaciones externas, en la cutrez generalizada.

Varios indicios permiten una visión esperanzada del futuro a este respecto. Gran parte de esa cutrez está íntimamente vinculada al abuso que la tecnología ejerce sobre la naturaleza y sobre la sociedad a la que dice favorecer. La rectificación de estos abusos llevaría en buena parte al renacimiento de un cierto sentido de la frugalidad, de la austeridad, de la contención, sin el cual es imposible el consumo recto. Por muy rico que seas, dijo Henry Ford a su hijo mayor, no podrás comerte dos pollos al mismo tiempo. Lo decía cuando los pollos eran todavía comida de los domingos o de los grandes días.

Por otra parte, aunque el hedonismo y la tendencia al placer fácil e inmediato sigue siendo el recurso dominante de la publicidad, como medio para condicionar las conductas hacia el consumo, el sentido del esfuerzo y la tendencia empeñosa a conseguir las cosas aún a costa del dolor -que es la base puramente humana del sentido del sacrificio- se manifiesta en nuestra sociedad de una forma inesperada. ¿Qué son, si no, esos ejercicios colectivos doblegantes a que se someten las masas que participan en carreras de Maratón que no anuncian otra victoria que el vencimiento de sí mismo? ¿Qué significan, si no, las palestras de los gimnasios llenas de ejercitantes que sudan la gota gorda? ¿Qué sugieren esos quirófanos dedicados a la cirugía estética que son a manera de altares en los cuales multitud de mujeres sacrifican a la diosa belleza lo más pingüe de su grasa corporal en la búsqueda quirúrgica de una hermosura que ya no aciertan a encontrar en la naturalidad de sí mismas porque ya no se quieren y acaso sospechan que nadie las querrá o nadie las ha querido nunca como son?

Me parece que fué Josep Pla quien dijo que era más difícil describir que opinar. Hasta aquí he tratado de describir y de sugerir. Ahora le llega el momento a la opinión. Opino que lo importante como individuos carentes de otro poder que aquél que nos otorga la aceptación y el cariño de los nuestros, sería dedicarnos a la parcelita de humanidad a la que nos ha tocado ayudar mientras dure nuestra presencia en el mundo. Fundamentalmente, y si el Ministerio y las Consejería de Educación lo permiten, nos deberíamos dedicar con alma vida y corazón, a educar a nuestros hijos y nietos en el cultivo de la belleza, de la verdad y del bien, que las escuelas niegan, pero, con todo, son los puntos de referencia de la calidad humana. No hay otros. Y si alguien sabe de otros, que lo diga.

viernes, 18 de mayo de 2007

Glosa Maleva del Machete

Machete es el macho pequeño, casi el machito. Como los diminutivos en castellano tienen una vertiente que da al cariño y otra que da al desprecio, sentimientos que parecen impropios para ser dedicados a un objeto, la palabra ha quedado fijada en “machete”, que es como si se dijera, un macho mocete, un macho adolescente, un macho barbián con el cual se puede golpear por el plano con la pesadez de un mazo, y herir por su único filo con la eficacia del sable, pero sin la necesidad de exhibir refinadas esgrimas.

El machete es herramienta ruda y pluri-valente que encima es reversible en arma. Eso aclara el por qué, para herir o golpear con él -y es lección que se debe dar por sabida- no se requieren más pericias ni convienen otras mañas que las muchas que se aprenden en el desempeño de los trabajos agrícolas de poda, corte y roza y los forestales y viarios de abrir camino en la espesura luchando a brazo partido contra los bejucos y los matorrales que cierran el paso.

Para cortar la caña, para podar un árbol o para abrir una trocha en la floresta, la fuerza requerida en las manos es tal, que un experto machetero se puede considerar, sin más averiguaciones, y sin que sepa siquiera dibujar la O con un canuto, graduado “cum laude” en el arte de cortar cabezas, partir en dos un torso o cercenar de golpe un brazo, tareas en las cuales la alta tecnología ha revelado tener mayor eficacia destrozona, pero sin la precisión artesana de aquella arma blanca cuando es empleada por un verdadero experto. Un machetazo bien asestado produce una herida muy limpia, siempre grave y de difícil remiendo. Y todos esos estragos se consiguen a lo barato.

-Lo maté con el machete de paseo- oí decir a un acusado de asesinato, queriendo él demostrar que si de verdad hubiera pretendido asegurar la muerte de su enemigo lo hubiera atacado con el machete de fajina que es mucho más largo y pesado que el de paseo.

El machete, herramienta de peones, es arma popular y tosca, no reglamentaria, que se puede manejar con las manos sucias, el cerco de las uñas negro y el corazón sin amago de caballerosidad.

El pequeño ejército loco que fue el de Sandino, caudillo popular al que un entusiasta periodista llamó el Quijote montado en burro, hizo amplio uso del machete e incluso ideó nuevas y creativas labores, aunque a la postre sus invenciones resultaron demasiado parecidas a las que corresponden a un taller de sastrería y confección de ropa, con la sola reserva de que el género empleado eran cuerpos vivientes. Inventaron así el “corte de chaleco” que era corte multimodal con dos heridas a cada lado del vientre convergentes en el ombligo, más sendos cortes cercenadores de los dos brazos. A semejanza de un chaleco, prenda, que, como se sabe, carece de mangas.

También pusieron de moda el “corte de corbata” que aplicaron a los campesinos que a su juicio se iban de la lengua: fino corte en el gañote, como para una traqueotomía, por el que se extraía la lengua que quedaba colgada adornando el pecho al estilo de la prenda que da nombre a ese golpe de machete tan ingenioso. Así, hasta que el encorbatado expiraba.

Y paro de contar barbaridades, no vaya a ser que se me eche en cara que no me importa herir sensibilidades, o que no estoy a la altura de la reconocida delicadeza de los tiempos actuales, o que estoy posicionándome contra las insurrecciones populares a las cuales hay que presumir siempre justas igual que los pequeños burgueses consideran merecidas todas las vacaciones que se toman o les dan. Pero quiero dejar constancia expresa de que no me faltan en el repertorio numeritos al estilo de los anteriores.

El machete de que estoy hablando no debe ser confundido con el machete reglamentario. Este es un arma blanca militar con filo a un solo lado, dotado de ranura para sangrar y que, igual que la bayoneta, se puede acoplar al fusil. Y que conste que esto del acoplamiento tiene su importancia para el origen del nombre del machete, pues en antiguos tiempos, quiero decir cuando aún no había estallado la revolución de géneros, y la gente pensaba tontamente que un “miau” era distinto de un “guau”, y un bombardino de un bombardón, había la costumbre de llamar macho –en este caso, machete- a toda pieza que se encajaba, se acoplaba, se ensamblaba, se empalmaba o se metía en otra que era, sólo por ese pequeño detalle, llamada hembra. El lenguaje corriente está lleno de machos, macho la parte del corchete que se introduce en la hembra, macho, el obturador cónico de los grifos, machos los de los enchufes eléctricos… Pero el valor simbólico se acumula exclusivamente en el machete, herramienta pluri-valente de la que hemos hablado primero. Se dice en efecto, de ciertas repúblicas que son “países de la hamaca, la mecedora y el machete”: la hamaca que adormece responsabilidades y fomenta la pereza, la mecedora que crea la sensación de movimiento sin cambiar de sitio y el machete representante del “todo vale” y del “vale para todo” convertida, en ocasiones, en pauta de las actuaciones del gobierno o de los ciudadanos. Y esto viene de que el machete, que sirve para una gran variedad de tareas, es eficaz si las exigencias del usuario se satisfacen con cierta tosquedad en la ejecución, o, más frecuentemente, si sus ambiciones no traspasan los límites de los pequeños intereses individualistas.

jueves, 10 de mayo de 2007

Glosa Maleva de la Mecedora

La mecedora es un mueble hogareño originario del sur de los Estados Unidos. Pero de un Sur que no era sólo geográfico, sino también político: el delimitado por el “acuerdo de Missouri” que prorrateaba el territorio en doce estados sin esclavitud y doce estados esclavistas.

Por aquél entonces la Unión Americana tenía solo 24 Estados. El prorrateo garantizaba la misma representación en el Senado a los partidarios de la explotación del hombre por el hombre y a los amigos de todo lo contrario: dos senadores por cada uno de los Estados; aunque en la Cámara de Representantes -que son las Cortes de aquél país- donde el número de habitantes era la base de la representación, los antiesclavistas dominaban.

Se creaba así un equilibrio mecanicista, que reducía un difícil asunto de justicia y de humanidad a un acuerdo numérico y transaccional relativamente fácil. Con ingenuidad pragmática se confiaba en que esto bastaría para conservar la paz dentro de la Unión Americana. Y los políticos se desentendieron de un problema que creían resuelto. Hasta que sobrevino la guerra. En este ambiente surgió al mundo la mecedora, silla en la cual se conjuntan las posibilidades de permanecer sentado en el mismo sitio y de estar a la vez en continuo movimiento.

El secreto de este logro tan paradójico no es otro que la estudiada inestabilidad que supieron dar a este mueble sus diseñadores.

En efecto, las cuatro patas de esta silla tan especial no se apoyan sobre el suelo, lugar donde toda solidez tiene su base, sino que descansan sobre sendas piezas curvas de madera que reciben el nombre de cerchas. El uso de las cerchas para otras tareas era bien conocido desde la Edad Media por los carpinteros de ribera, por los oficiales de las atarazanas y por los fabricantes de toneles; pero hubo que esperar al siglo XIX para dar con esa nueva aplicación que consiste en servir de soporte a las patas de la mecedora a la cual dotan de su especial movilidad.

En contraste con las tierras americanas de habla española, en el Reino de las Diecisiete Repúblicas a la cercha la llaman balancín. Hay que decir que resulta un nombre mal empleado. Porque balancín sugiere falsamente que el movimiento de la mecedora es de balanceo.

Pero balancearse es, como se sabe, moverse de un lado a otro, como los brazos que sostienen los platillos de una balanza, y, por extensión y como bien saben los hombres de mar, moverse la nave de una banda a otra.

Sin embargo, es obvio que las mecedoras no se balancean, sino que se mueven de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante, en un movimiento de vaivén que en un barco llamarían propiamente cabeceo.

El movimiento de la mecedora se reduce, pues, a un obstinado cabeceo que nada tiene que ver con el movimiento lateral en que consiste el balancearse.

Sea como fuere, la verdad es que la mecedora cumple, a su manera, un viejo sueño de la humanidad: el viajero desearía ser nómada y sedentario al mismo tiempo, el ama de casa o el oficinista, querrían estar en continuo movimiento sin necesidad de abandonar el sitio conocido y habitual que les protege y hastía; al escolar, le encantaría poder correr por todo el patio de recreo sin perder por eso la posibilidad de tener el “marro” y el “safo” al alcance de la mano. Y, hablando de políticos y de otros magos, es patente su aspiración a hacer una cosa mientras simulan estar empeñados en otra diferente, pues así es posible recibir, si la apariencia cuela, aplausos de ambas bandas, o sea, tanto de la de babor como de la estribor. En definitiva, se me hace que el atractivo y encanto de la mecedora es la resultante de la tensión que se produce entre nuestras ansias de permanencia en lo bueno y lo provechoso por un lado, y de nuestra constante comprobación de que todo está sujeto a cambios no siempre favorables.

Que el dichoso mueble de que estamos hablando haya sido inventado en el Sur de los Estados Unidos y en el siglo XIX, es un dato que corrobora lo dicho. Porque por esas fechas, las habitantes de Dixie Land, que no dejaban de presumir de país moderno, se empeñaban en seguir enriqueciéndose con las exportaciones del algodón cultivado con mano de obra esclava.

Confiaban así en mantener los costes a la baja y seguir saturando con el producto de sus campos los mercados del mundo, cuando ya los ingleses disponían en la India de enturbantados trabajadores de la casta de los parias que, contratados y despedidos libremente, como prescribe la corrección capitalista, resultaban mucho más baratos que si hubieran sido esclavos a los cuales el amo tuviera que mantener.

Los finqueros del Sur de los Estados Unidos creían marchar en la vanguardia cuando en realidad la deriva de los acontecimientos los ponía en situación de forzosa reculada. Estaban muy satisfechos de la consideración que se otorgaban a sí mismos y eran incapaces de adoptar una posición mental que restase vuelos a su encendida ufanía. Aquí es donde la mecedora muestra su poder metafórico: quien se acostumbra a descansar en ella puede llegar a creer que su continuo movimiento le lleva a alguna parte cuando en realidad lo fuerza a permanece fijo y como anclado sobre sus propias posaderas.

Desde el Sur de los Estados Unidos, el reino de la mecedora se extendió de porche en porche, de veranda en veranda y de corredor en corredor por todo el continente Las generosas dimensiones de su espaldar han hecho de la mecedora mueble muy solicitado por quienes padecen de lesiones en los hombros y en las vértebras lumbares. Satisfechos propietarios de mecedoras fueron los presidentes Franklin Delano Roosevelt, víctima de la parálisis infantil, y John Fitgerald Kennedy, que sufrió una lesión de guerra que le afectaba la columna.

Devotos de la mecedora los ha habido y los hay para todos los gustos o todos los disgustos. Somoza Debayle, en su casa de Montelimar trasegaba al gaznate sus güisquis “en la roca” siguiendo el compás del ir y el venir de su mecedora. Mientras tanto la revolución que no lo fue, avanzaba de costadillo. Amigos de la mecedora fueron tanto doña Violeta, como Tomás Borge.

Las mecedoras más comunes en España son las de rejilla, según observa Alvaro Pombo autor al que le dan la impresión de moverse por sí mismas. En todo caso, la política que se lleva produce la sensación de vaivén, como de una mecedora.

Aún contando con pocas cabezas en la primera línea, el país entero está entregado a un cabeceo que, según se mire, causa pavor o produce hilaridad.

La mecedora, no como mueble sino como metáfora, es el segundo término de referencia cuando se habla de ciertos países que sestean en la Historia, mas se ven agitados por movimientos aparentes que prometen cambios fáciles y espectaculares. El primer término es la hamaca. Y el tercero el machete. Ambos, también, como metáfora.

lunes, 7 de mayo de 2007

Relecturas

El tiempo pasa y las palabras escritas quedan para ser resucitadas con la relectura. Por eso no son tan inocentes las colecciones de libros, revistas o publicaciones que, con propósito aparentemente ocioso, hicieran nuestros abuelos o nuestros padres, caso de que tuviéramos la suerte de que fuesen coleccionistas de estos géneros. A veces las circunstancias han variado tanto entre la primera fecha de edición y la fecha de la última lectura, que el contenido parece haberse alejado definitivamente de la realidad y al lector le puede, incluso, entrar la sospecha de que acaso se refiera a cosas distintas.

Tomo en mis manos un libro editado a comienzos de 1942. Ha llegado incólume hasta este año del Señor de 2007, tras nada menos que sesenta y cinco años de hospedaje, no siempre tranquilo, en las estanterías. No es legalmente una antigüedad, pero ha cumplido toda una hazaña de supervivencia. Se trata de un ejemplar del “Rand McNally World Atlas”, impreso en los Estados Unidos. En aquella fecha ese país ya había entrado en la II Guerra Mundial. Mas las páginas de esta obra reflejan todavía el reparto territorial establecido por los vencedores tras la Guerra de 1914-1918. ¿Quién es el ingenuo que dice que las guerras no sirven para nada? Lo primero de todo, las guerras fijan nuevas fronteras sobre el terreno Lo segundo, hacen ondear banderas distintas sobre territorios distintos. Lo tercero, otorgan pasaportes nuevos a las poblaciones conquistadas. Lo quinto, expulsan a los leales y románticos que se empeñan en seguir siendo lo que hasta entonces habían sido y facilitan la requisa de sus bienes en beneficio de vencedores. Por último, las nuevas realidades políticas se reflejan en la cartografía, para que la aprendan los escolares

¿Deberíamos emplear la palabra conquista? Positivo ¡Hemos dado en el clavo! Los Atlas terminan dando fe gráfica de las conquistas realizadas. Esas mismas conquistas que los tratados internacionales convierten en leyes con pretensiones de derecho y cuyos términos el pacifismo contribuirá a hacer inamovibles condenando incluso las guerras restitutorias.

Los viejos Atlas contienen valiosa y a veces extraña y olvidada información. En el Mac.Nally de marras hay –pág.213- una descripción de España que resulta reveladora en muchos puntos. Por ejemplo: explica que las islas Baleares y las Canarias “son consideradas partes integrantes del país”. Es una observación que nos puede resultar extravagante, pero no si se piensa que en aquél momento no había nada decidido sobre los puntos de invasión de Europa y, en consecuencia, el hecho de que se ilustrase al lector acerca de la condición de dichos archipiélagos bastaba para poder evaluar las dificultades que se derivarían de una posible ocupación aliada de los mismos. Respecto a España está, incluso, más justificada esa aclaración, porque en su territorio continental existía –como existe-, la colonia inglesa de Gibraltar que no podía ser considerado parte integrante del territorio español. La situación era muy fluida en el Estrecho y en el Mediterráneo entero. Recuérdese el bombardeo inglés que arrasó la base de Bizerta y destruyó la flota francesa en previsión de que pudiese unirse al bando alemán, pues la Francia de Vichy, aliada de los Nazis, no era todavía simplemente agua con burbujas. Mientras, en el horizonte se dibujaba la ocupación de la ciudad internacional de Tánger por las tropas españolas, y las acciones que los buzos de combate italianos harían contra Gibraltar desde un pecio situado en la bahía de Algeciras y sobre las cuales las autoridades españolas hacían la vista gorda.

Pero es la descripción de los moradores de España la que no tiene desperdicio. Mezclando los criterios corográficos con los meramente culturales, el “Rand McNally World Atlas” nos hace saber que la población española “comprende tres grupos principales: los castellanos, los catalanes y los gallegos” añadiendo que, además de aquellos “hay 400.000 vascos en la costa norte, 60.000 moriscos en el sur, 50.000 gitanos y 7.000 judíos.”

Para mí, la cosa tiene su gracia. Repare el lector, si quiere acompañarme en esta apreciación, cómo este enfoque completamente etnicista es precisamente el que se empleaba en los Atlas de entonces para referirse a los países que destacaban por el pintoresquismos o la variedad de sus razas, por sus trajes abigarrados o por sus desnudeces primitivas, así como por la habilidad de hacer bonitos cestos de rafia con las técnicas que marcaron la salida de la era de la piedra pulimentada. Ese tono no se empleaba, por supuesto, al hablar de la geografía humana de países como Inglaterra, Francia, Italia y Portugal aunque hubiera en sus respectivos territorios manifiestas diferencias regionales e históricas. Tampoco se empleaba la descripción etnicista para el entonces Dominio del Canadá, ni para Nueva Zelanda o Australia, y mucho menos para los Estados Unidos, donde la condición jurídica de “american citizent” se considera más que suficiente para borrar las fuertes diferencias raciales y regionales en un país donde todavía se practicaba el linchamiento.

Pero cambiemos el Atlas por un texto de Friedrich Engels publicado a mediados del siglo XIX en una publicación periódica como la Neue Gazzette. Recordemos que Friedrich Engels fue el compañero de Karl Marx en la construcción ideológica del comunismo o Socialismo Real.

El texto aludido, que vincula los factores étnicos con el materialismo histórico, dice así: “No hay país de Europa que no conserve en algún rincón de su territorio uno o varios fragmentos ruinosos, residuos de una población anterior […] Estos restos, implacablemente pisoteados por la marcha de la Historia […] se convierten siempre en portaestandartes fanáticos de la contrarrevolución, al tiempo que su existencia es de por sí una protesta contra la gran revolución histórica (que llevará al triunfo del proletariado).”“Así sucede con Escocia –prosigue Engels-, que se convierte en soporte de los Estuardos desde 1640 hasta 1745. Así acontece en Francia con los bretones, soporte de los Borbones desde 1792 a 1800. Así pasa en España con los vascos, soporte de don Carlos.”

Veamos, respecto a éste artículo, la diferencia de lo viejo a lo nuevo. Para la izquierda radical de la época de las revoluciones, segura de sí misma a pesar de la represión sufrida, la mera existencia de los pueblos menores era un contrasentido frente a la marcha de la revolución universal basada en el materialismo histórico. No obstante, para la izquierda revolucionaria de hoy en día, esos mismos pueblos, especialmente el vasco, se han transformado en los heraldos armados de la revolución, en habitantes de la trinchera a partir de la cual se extenderá el cambio cualitativo que pondrá patas arriba al mundo entero.El citado texto de Engels nos puede servir también para poner de manifiesto que los conceptos de derecha e izquierda ya han sido sobrepasados y su praxis se reduce a una mera farsa. Una nueva composición de fuerzas sociales tiene lugar sin que para la mayoría sea posible discernir su trazo. La democracia experimenta cambios destructores; las lesiones más graves se las produce lo que podríamos llamar fuego amigo: el de los partidos políticos. La fiesta sigue. Se aceptan apuestas aunque no se sabe quien se beneficiará de ellas.

Publicado con el título Der Magyarische Kampf en la Nueva Gaceta Renana, el 13 de enero de 1849, el artículo que comentamos glosaba la lucha de los húngaros por su independencia concomitante con la insurrecciones austríaca, renana y francesa que configuraron, junto a otros disturbios sociales, la revolución de 1848.

Para finalizar con una anécdota solo cabe añadir que inexplicable y falsamente atribuído al propio Kart Marx, el artículo mencionado sirvió, ya en pleno siglo XX, al cómico viraje carlista hacia el marxismo protagonizado por don Hugo Carlos de Borbón. Una muestra menor, anticipada y lejana, pero muestra al fin, del limbo político en el cual con tanta soltura se mueven muchos políticos españoles y expañoles.