Según se mire la cosa de arriba a bajo o de adelante hacia atrás, se trata de un asunto politico-cultural, lúdico-festivo o vernáculo-partidista con el cual más tiene que ver el atolondramiento que la mala idea.
Porque resulta ahora que las autoridades del Ministerio de Cultura y las de Castilla y León, deseosas de hacerse pasar por tontas las unas a las otras -como si no fuesen pelos del mismo rabo de toro bravo- andan a la gresca por si esta o la otra Tizona son o no son la espada del Cid. Todo pasa como si ignorasen que Ruy Díaz, “el que en buena hora nació”, como caballero que cumplía con su nombre y condición, jamás se hubiese resignado a blandir única espada. Así que antiguas espadas de Mio Cid puede haber muchas y su número no debía ser motivo de discordia. Al menos de dos de esas espadas se conocen los nombres: la una es la renombrada Tizona, casi “atizona”, por los muchos golpes que con ella atizó Mio Cid. La otra es la Colada, por el fino acero colado con que la forjaron sus artífices.
En aquellos recios tiempos, los caballeros -que lo eran también por ese “algo” que siempre se llamó dinero, pues tenían que costearse su propio equipo- cambiaban de caballos y de armas cuantas veces fuera menester, igual que los rejoneadores de hoy cambian de caballos cuando es necesario y de rejones en cada suerte. Hay que comprender que los caballos se cansan y las espadas, como los rejones, se mellan, se rompen o quedan, con el uso sangriento, tintos en rojo.
Además, si los combates culminaban, como era frecuente, en esa confusión de hombres, y caballos, espadas y lanzas revueltos en el torbellino de la furia – confusión que en español se conoce con el nombre de “entrevero”- había ocasiones sobradas para dejarse la espada envainada en las carnes del otro o trabada entre las piezas de su armadura.
Esto equivalía, como si dijéramos, a dejarse el cucharón de servir en el plato de la sopa. Quiero decir que no era una suerte elegante; pero, con que el otro restase mal herido o dando la boqueada en el suelo, era suficiente para que quedase a salvo el honor del que había perdido de ese modo la espada.
Para estos casos y otros semejantes, había que tener presto el recambio. Los caballeros llevaban en el equipo, que ellos mismos se costeaban, espadas “de respeto”, lo que hoy diríamos de repuesto y los llamados escuderos hacían también de mozos de espada.
Recuerdo que siendo yo mocete, durante la clase de Alocución y Vocabulario de los miércoles, nos tocó declamar un romance que comenzaba con la estrofa “por la Val de las Estacas el buen Cid Pasado había”…En el romance, Mio Cid,”el que en buena hora nació”, se enfrentaba con el moro Abdallah al cual terminaría cortándole la cabeza “sin hacerle cortesía.” Yo había leído ya la novelita, más bien estúpida, titulada “Los robinsones suizos” que presentaba una niñez angelical y helvética; pero, como lector empedernido de hazañas de guerra de todos los tiempos e interesado interlocutor de mi abuelo don Ramón Chavarría, que de esto sabía mucho, también tenía recién aprendido el significado de “toque de degüello” que era el muy sencillo y práctico de no hacer prisioneros, así que la hazaña de un caballero que, luchando en buena lid, le cercenara la testa a otro no me cogía de sorpresa.
Pero, recuerdos infantiles aparte, las espadas, además de cortar cabezas y supongo que también otros miembros muchos más usados que ellas, servían para propinar con el plano “a medio bies” terribles golpes que levantaban “tolondrones”. Los eruditos saben que los tolondrones eran, según el injustamente olvidado doctor Artziparraguirreberrigurea, físico -o sea médico-, navarro que acompañó a los cristianos en la batalla de las Navas de Tolosa, los “bultos qu´en la cabeça se lebantan quando se reciue un golpe de spata sine que exidere la sangue que allí ai convocada” Es lo que ahora cualquier MIR en huelga llamaría hematoma interno con o sin fractura de cráneo.
Un tolondrón muy enconado podía matar a un caballero en pocas horas; pero si el cuitado resistía era frecuente que sufriera secuelas para toda la vida. Los síntomas eran muy variados: ojos “idos”, “parálisis de la faz”, mengua “del gentil arte de la fabla”, vista doble, vahídos, “impedimento de regir spata e de andar”, sordera o ruidos en el oído e “defecultades para auer fembra” extraño alifafe que los canonistas llamaron impotentia coeundi etc. El conjunto de estos síntomas recibía el nombre de atolondramiento, situación que en nuestro tiempo es conocida en español como Síndrome del Atolondramiento Adquirido, SAA, calco del inglés Acquired Bewilderment Syndrome, resumido de ordinario en las siglas ABS, que no debe confundirse de ninguna manera con el ABS de los automóviles que según el diccionario de la RAE, confirmado por mi mecánico, son cosas muy diferentes.
Como en este pícaro mundo las cosas andan repartidas como las capas de un hojaldre, tras de la disputa de las espadas, me reconforta el rumor de que los diecisiete laboratorios de alta investigación de las diferentes repúblicas de éste Reino se han puesto a trabajar para encontrar un VECRA (Vial Económico de Contagio Rápido). Esta ha sido la reacción positiva y optimista del mundo científico ante la noticia de que, visto el éxito de la atolondrada discusión en torno a la Tizona del Cid, el Síndrome del Atolondramiento Adquirido va a ser declarado “derecho humano inalienable” con propagación obligatoria y gratuita a cargo de los fondos de la Seguridad Social sin discriminación de género, nacionalidad, raza, grupo sanguíneo, hábitos sexuales o evacuatorios, edad, estado civil u opinión política.
Esta generosa decisión, muy en la línea del diálogo de civilizaciones ha recibido ya el refrendo del juez Garzón, de Rigoberto Menchú, del obispo anglicano Desmond Tutú, del premio Nobel argentino Pérez Esquivel, del Incombustible Señor don Federico Mayor Zaragoza y del destacado teólogo muslim Tarik Ramadán. En contraste con estos representantes del sector progresistas, el conservador señor Rajoy ha protestado augurando un recrecimiento del “efecto llamada” entre millones de ciudadanos del Tercer Mundo y de la Europa Barata interesados en el atolondramiento propio.
Porque resulta ahora que las autoridades del Ministerio de Cultura y las de Castilla y León, deseosas de hacerse pasar por tontas las unas a las otras -como si no fuesen pelos del mismo rabo de toro bravo- andan a la gresca por si esta o la otra Tizona son o no son la espada del Cid. Todo pasa como si ignorasen que Ruy Díaz, “el que en buena hora nació”, como caballero que cumplía con su nombre y condición, jamás se hubiese resignado a blandir única espada. Así que antiguas espadas de Mio Cid puede haber muchas y su número no debía ser motivo de discordia. Al menos de dos de esas espadas se conocen los nombres: la una es la renombrada Tizona, casi “atizona”, por los muchos golpes que con ella atizó Mio Cid. La otra es la Colada, por el fino acero colado con que la forjaron sus artífices.
En aquellos recios tiempos, los caballeros -que lo eran también por ese “algo” que siempre se llamó dinero, pues tenían que costearse su propio equipo- cambiaban de caballos y de armas cuantas veces fuera menester, igual que los rejoneadores de hoy cambian de caballos cuando es necesario y de rejones en cada suerte. Hay que comprender que los caballos se cansan y las espadas, como los rejones, se mellan, se rompen o quedan, con el uso sangriento, tintos en rojo.
Además, si los combates culminaban, como era frecuente, en esa confusión de hombres, y caballos, espadas y lanzas revueltos en el torbellino de la furia – confusión que en español se conoce con el nombre de “entrevero”- había ocasiones sobradas para dejarse la espada envainada en las carnes del otro o trabada entre las piezas de su armadura.
Esto equivalía, como si dijéramos, a dejarse el cucharón de servir en el plato de la sopa. Quiero decir que no era una suerte elegante; pero, con que el otro restase mal herido o dando la boqueada en el suelo, era suficiente para que quedase a salvo el honor del que había perdido de ese modo la espada.
Para estos casos y otros semejantes, había que tener presto el recambio. Los caballeros llevaban en el equipo, que ellos mismos se costeaban, espadas “de respeto”, lo que hoy diríamos de repuesto y los llamados escuderos hacían también de mozos de espada.
Recuerdo que siendo yo mocete, durante la clase de Alocución y Vocabulario de los miércoles, nos tocó declamar un romance que comenzaba con la estrofa “por la Val de las Estacas el buen Cid Pasado había”…En el romance, Mio Cid,”el que en buena hora nació”, se enfrentaba con el moro Abdallah al cual terminaría cortándole la cabeza “sin hacerle cortesía.” Yo había leído ya la novelita, más bien estúpida, titulada “Los robinsones suizos” que presentaba una niñez angelical y helvética; pero, como lector empedernido de hazañas de guerra de todos los tiempos e interesado interlocutor de mi abuelo don Ramón Chavarría, que de esto sabía mucho, también tenía recién aprendido el significado de “toque de degüello” que era el muy sencillo y práctico de no hacer prisioneros, así que la hazaña de un caballero que, luchando en buena lid, le cercenara la testa a otro no me cogía de sorpresa.
Pero, recuerdos infantiles aparte, las espadas, además de cortar cabezas y supongo que también otros miembros muchos más usados que ellas, servían para propinar con el plano “a medio bies” terribles golpes que levantaban “tolondrones”. Los eruditos saben que los tolondrones eran, según el injustamente olvidado doctor Artziparraguirreberrigurea, físico -o sea médico-, navarro que acompañó a los cristianos en la batalla de las Navas de Tolosa, los “bultos qu´en la cabeça se lebantan quando se reciue un golpe de spata sine que exidere la sangue que allí ai convocada” Es lo que ahora cualquier MIR en huelga llamaría hematoma interno con o sin fractura de cráneo.
Un tolondrón muy enconado podía matar a un caballero en pocas horas; pero si el cuitado resistía era frecuente que sufriera secuelas para toda la vida. Los síntomas eran muy variados: ojos “idos”, “parálisis de la faz”, mengua “del gentil arte de la fabla”, vista doble, vahídos, “impedimento de regir spata e de andar”, sordera o ruidos en el oído e “defecultades para auer fembra” extraño alifafe que los canonistas llamaron impotentia coeundi etc. El conjunto de estos síntomas recibía el nombre de atolondramiento, situación que en nuestro tiempo es conocida en español como Síndrome del Atolondramiento Adquirido, SAA, calco del inglés Acquired Bewilderment Syndrome, resumido de ordinario en las siglas ABS, que no debe confundirse de ninguna manera con el ABS de los automóviles que según el diccionario de la RAE, confirmado por mi mecánico, son cosas muy diferentes.
Como en este pícaro mundo las cosas andan repartidas como las capas de un hojaldre, tras de la disputa de las espadas, me reconforta el rumor de que los diecisiete laboratorios de alta investigación de las diferentes repúblicas de éste Reino se han puesto a trabajar para encontrar un VECRA (Vial Económico de Contagio Rápido). Esta ha sido la reacción positiva y optimista del mundo científico ante la noticia de que, visto el éxito de la atolondrada discusión en torno a la Tizona del Cid, el Síndrome del Atolondramiento Adquirido va a ser declarado “derecho humano inalienable” con propagación obligatoria y gratuita a cargo de los fondos de la Seguridad Social sin discriminación de género, nacionalidad, raza, grupo sanguíneo, hábitos sexuales o evacuatorios, edad, estado civil u opinión política.
Esta generosa decisión, muy en la línea del diálogo de civilizaciones ha recibido ya el refrendo del juez Garzón, de Rigoberto Menchú, del obispo anglicano Desmond Tutú, del premio Nobel argentino Pérez Esquivel, del Incombustible Señor don Federico Mayor Zaragoza y del destacado teólogo muslim Tarik Ramadán. En contraste con estos representantes del sector progresistas, el conservador señor Rajoy ha protestado augurando un recrecimiento del “efecto llamada” entre millones de ciudadanos del Tercer Mundo y de la Europa Barata interesados en el atolondramiento propio.