El tiempo pasa y las palabras escritas quedan para ser resucitadas con la relectura. Por eso no son tan inocentes las colecciones de libros, revistas o publicaciones que, con propósito aparentemente ocioso, hicieran nuestros abuelos o nuestros padres, caso de que tuviéramos la suerte de que fuesen coleccionistas de estos géneros. A veces las circunstancias han variado tanto entre la primera fecha de edición y la fecha de la última lectura, que el contenido parece haberse alejado definitivamente de la realidad y al lector le puede, incluso, entrar la sospecha de que acaso se refiera a cosas distintas.
Tomo en mis manos un libro editado a comienzos de 1942. Ha llegado incólume hasta este año del Señor de 2007, tras nada menos que sesenta y cinco años de hospedaje, no siempre tranquilo, en las estanterías. No es legalmente una antigüedad, pero ha cumplido toda una hazaña de supervivencia. Se trata de un ejemplar del “Rand McNally World Atlas”, impreso en los Estados Unidos. En aquella fecha ese país ya había entrado en la II Guerra Mundial. Mas las páginas de esta obra reflejan todavía el reparto territorial establecido por los vencedores tras la Guerra de 1914-1918. ¿Quién es el ingenuo que dice que las guerras no sirven para nada? Lo primero de todo, las guerras fijan nuevas fronteras sobre el terreno Lo segundo, hacen ondear banderas distintas sobre territorios distintos. Lo tercero, otorgan pasaportes nuevos a las poblaciones conquistadas. Lo quinto, expulsan a los leales y románticos que se empeñan en seguir siendo lo que hasta entonces habían sido y facilitan la requisa de sus bienes en beneficio de vencedores. Por último, las nuevas realidades políticas se reflejan en la cartografía, para que la aprendan los escolares
¿Deberíamos emplear la palabra conquista? Positivo ¡Hemos dado en el clavo! Los Atlas terminan dando fe gráfica de las conquistas realizadas. Esas mismas conquistas que los tratados internacionales convierten en leyes con pretensiones de derecho y cuyos términos el pacifismo contribuirá a hacer inamovibles condenando incluso las guerras restitutorias.
Los viejos Atlas contienen valiosa y a veces extraña y olvidada información. En el Mac.Nally de marras hay –pág.213- una descripción de España que resulta reveladora en muchos puntos. Por ejemplo: explica que las islas Baleares y las Canarias “son consideradas partes integrantes del país”. Es una observación que nos puede resultar extravagante, pero no si se piensa que en aquél momento no había nada decidido sobre los puntos de invasión de Europa y, en consecuencia, el hecho de que se ilustrase al lector acerca de la condición de dichos archipiélagos bastaba para poder evaluar las dificultades que se derivarían de una posible ocupación aliada de los mismos. Respecto a España está, incluso, más justificada esa aclaración, porque en su territorio continental existía –como existe-, la colonia inglesa de Gibraltar que no podía ser considerado parte integrante del territorio español. La situación era muy fluida en el Estrecho y en el Mediterráneo entero. Recuérdese el bombardeo inglés que arrasó la base de Bizerta y destruyó la flota francesa en previsión de que pudiese unirse al bando alemán, pues la Francia de Vichy, aliada de los Nazis, no era todavía simplemente agua con burbujas. Mientras, en el horizonte se dibujaba la ocupación de la ciudad internacional de Tánger por las tropas españolas, y las acciones que los buzos de combate italianos harían contra Gibraltar desde un pecio situado en la bahía de Algeciras y sobre las cuales las autoridades españolas hacían la vista gorda.
Pero es la descripción de los moradores de España la que no tiene desperdicio. Mezclando los criterios corográficos con los meramente culturales, el “Rand McNally World Atlas” nos hace saber que la población española “comprende tres grupos principales: los castellanos, los catalanes y los gallegos” añadiendo que, además de aquellos “hay 400.000 vascos en la costa norte, 60.000 moriscos en el sur, 50.000 gitanos y 7.000 judíos.”
Para mí, la cosa tiene su gracia. Repare el lector, si quiere acompañarme en esta apreciación, cómo este enfoque completamente etnicista es precisamente el que se empleaba en los Atlas de entonces para referirse a los países que destacaban por el pintoresquismos o la variedad de sus razas, por sus trajes abigarrados o por sus desnudeces primitivas, así como por la habilidad de hacer bonitos cestos de rafia con las técnicas que marcaron la salida de la era de la piedra pulimentada. Ese tono no se empleaba, por supuesto, al hablar de la geografía humana de países como Inglaterra, Francia, Italia y Portugal aunque hubiera en sus respectivos territorios manifiestas diferencias regionales e históricas. Tampoco se empleaba la descripción etnicista para el entonces Dominio del Canadá, ni para Nueva Zelanda o Australia, y mucho menos para los Estados Unidos, donde la condición jurídica de “american citizent” se considera más que suficiente para borrar las fuertes diferencias raciales y regionales en un país donde todavía se practicaba el linchamiento.
Pero cambiemos el Atlas por un texto de Friedrich Engels publicado a mediados del siglo XIX en una publicación periódica como la Neue Gazzette. Recordemos que Friedrich Engels fue el compañero de Karl Marx en la construcción ideológica del comunismo o Socialismo Real.
El texto aludido, que vincula los factores étnicos con el materialismo histórico, dice así: “No hay país de Europa que no conserve en algún rincón de su territorio uno o varios fragmentos ruinosos, residuos de una población anterior […] Estos restos, implacablemente pisoteados por la marcha de la Historia […] se convierten siempre en portaestandartes fanáticos de la contrarrevolución, al tiempo que su existencia es de por sí una protesta contra la gran revolución histórica (que llevará al triunfo del proletariado).”“Así sucede con Escocia –prosigue Engels-, que se convierte en soporte de los Estuardos desde 1640 hasta 1745. Así acontece en Francia con los bretones, soporte de los Borbones desde 1792 a 1800. Así pasa en España con los vascos, soporte de don Carlos.”
Veamos, respecto a éste artículo, la diferencia de lo viejo a lo nuevo. Para la izquierda radical de la época de las revoluciones, segura de sí misma a pesar de la represión sufrida, la mera existencia de los pueblos menores era un contrasentido frente a la marcha de la revolución universal basada en el materialismo histórico. No obstante, para la izquierda revolucionaria de hoy en día, esos mismos pueblos, especialmente el vasco, se han transformado en los heraldos armados de la revolución, en habitantes de la trinchera a partir de la cual se extenderá el cambio cualitativo que pondrá patas arriba al mundo entero.El citado texto de Engels nos puede servir también para poner de manifiesto que los conceptos de derecha e izquierda ya han sido sobrepasados y su praxis se reduce a una mera farsa. Una nueva composición de fuerzas sociales tiene lugar sin que para la mayoría sea posible discernir su trazo. La democracia experimenta cambios destructores; las lesiones más graves se las produce lo que podríamos llamar fuego amigo: el de los partidos políticos. La fiesta sigue. Se aceptan apuestas aunque no se sabe quien se beneficiará de ellas.
Publicado con el título Der Magyarische Kampf en la Nueva Gaceta Renana, el 13 de enero de 1849, el artículo que comentamos glosaba la lucha de los húngaros por su independencia concomitante con la insurrecciones austríaca, renana y francesa que configuraron, junto a otros disturbios sociales, la revolución de 1848.
Para finalizar con una anécdota solo cabe añadir que inexplicable y falsamente atribuído al propio Kart Marx, el artículo mencionado sirvió, ya en pleno siglo XX, al cómico viraje carlista hacia el marxismo protagonizado por don Hugo Carlos de Borbón. Una muestra menor, anticipada y lejana, pero muestra al fin, del limbo político en el cual con tanta soltura se mueven muchos políticos españoles y expañoles.
Tomo en mis manos un libro editado a comienzos de 1942. Ha llegado incólume hasta este año del Señor de 2007, tras nada menos que sesenta y cinco años de hospedaje, no siempre tranquilo, en las estanterías. No es legalmente una antigüedad, pero ha cumplido toda una hazaña de supervivencia. Se trata de un ejemplar del “Rand McNally World Atlas”, impreso en los Estados Unidos. En aquella fecha ese país ya había entrado en la II Guerra Mundial. Mas las páginas de esta obra reflejan todavía el reparto territorial establecido por los vencedores tras la Guerra de 1914-1918. ¿Quién es el ingenuo que dice que las guerras no sirven para nada? Lo primero de todo, las guerras fijan nuevas fronteras sobre el terreno Lo segundo, hacen ondear banderas distintas sobre territorios distintos. Lo tercero, otorgan pasaportes nuevos a las poblaciones conquistadas. Lo quinto, expulsan a los leales y románticos que se empeñan en seguir siendo lo que hasta entonces habían sido y facilitan la requisa de sus bienes en beneficio de vencedores. Por último, las nuevas realidades políticas se reflejan en la cartografía, para que la aprendan los escolares
¿Deberíamos emplear la palabra conquista? Positivo ¡Hemos dado en el clavo! Los Atlas terminan dando fe gráfica de las conquistas realizadas. Esas mismas conquistas que los tratados internacionales convierten en leyes con pretensiones de derecho y cuyos términos el pacifismo contribuirá a hacer inamovibles condenando incluso las guerras restitutorias.
Los viejos Atlas contienen valiosa y a veces extraña y olvidada información. En el Mac.Nally de marras hay –pág.213- una descripción de España que resulta reveladora en muchos puntos. Por ejemplo: explica que las islas Baleares y las Canarias “son consideradas partes integrantes del país”. Es una observación que nos puede resultar extravagante, pero no si se piensa que en aquél momento no había nada decidido sobre los puntos de invasión de Europa y, en consecuencia, el hecho de que se ilustrase al lector acerca de la condición de dichos archipiélagos bastaba para poder evaluar las dificultades que se derivarían de una posible ocupación aliada de los mismos. Respecto a España está, incluso, más justificada esa aclaración, porque en su territorio continental existía –como existe-, la colonia inglesa de Gibraltar que no podía ser considerado parte integrante del territorio español. La situación era muy fluida en el Estrecho y en el Mediterráneo entero. Recuérdese el bombardeo inglés que arrasó la base de Bizerta y destruyó la flota francesa en previsión de que pudiese unirse al bando alemán, pues la Francia de Vichy, aliada de los Nazis, no era todavía simplemente agua con burbujas. Mientras, en el horizonte se dibujaba la ocupación de la ciudad internacional de Tánger por las tropas españolas, y las acciones que los buzos de combate italianos harían contra Gibraltar desde un pecio situado en la bahía de Algeciras y sobre las cuales las autoridades españolas hacían la vista gorda.
Pero es la descripción de los moradores de España la que no tiene desperdicio. Mezclando los criterios corográficos con los meramente culturales, el “Rand McNally World Atlas” nos hace saber que la población española “comprende tres grupos principales: los castellanos, los catalanes y los gallegos” añadiendo que, además de aquellos “hay 400.000 vascos en la costa norte, 60.000 moriscos en el sur, 50.000 gitanos y 7.000 judíos.”
Para mí, la cosa tiene su gracia. Repare el lector, si quiere acompañarme en esta apreciación, cómo este enfoque completamente etnicista es precisamente el que se empleaba en los Atlas de entonces para referirse a los países que destacaban por el pintoresquismos o la variedad de sus razas, por sus trajes abigarrados o por sus desnudeces primitivas, así como por la habilidad de hacer bonitos cestos de rafia con las técnicas que marcaron la salida de la era de la piedra pulimentada. Ese tono no se empleaba, por supuesto, al hablar de la geografía humana de países como Inglaterra, Francia, Italia y Portugal aunque hubiera en sus respectivos territorios manifiestas diferencias regionales e históricas. Tampoco se empleaba la descripción etnicista para el entonces Dominio del Canadá, ni para Nueva Zelanda o Australia, y mucho menos para los Estados Unidos, donde la condición jurídica de “american citizent” se considera más que suficiente para borrar las fuertes diferencias raciales y regionales en un país donde todavía se practicaba el linchamiento.
Pero cambiemos el Atlas por un texto de Friedrich Engels publicado a mediados del siglo XIX en una publicación periódica como la Neue Gazzette. Recordemos que Friedrich Engels fue el compañero de Karl Marx en la construcción ideológica del comunismo o Socialismo Real.
El texto aludido, que vincula los factores étnicos con el materialismo histórico, dice así: “No hay país de Europa que no conserve en algún rincón de su territorio uno o varios fragmentos ruinosos, residuos de una población anterior […] Estos restos, implacablemente pisoteados por la marcha de la Historia […] se convierten siempre en portaestandartes fanáticos de la contrarrevolución, al tiempo que su existencia es de por sí una protesta contra la gran revolución histórica (que llevará al triunfo del proletariado).”“Así sucede con Escocia –prosigue Engels-, que se convierte en soporte de los Estuardos desde 1640 hasta 1745. Así acontece en Francia con los bretones, soporte de los Borbones desde 1792 a 1800. Así pasa en España con los vascos, soporte de don Carlos.”
Veamos, respecto a éste artículo, la diferencia de lo viejo a lo nuevo. Para la izquierda radical de la época de las revoluciones, segura de sí misma a pesar de la represión sufrida, la mera existencia de los pueblos menores era un contrasentido frente a la marcha de la revolución universal basada en el materialismo histórico. No obstante, para la izquierda revolucionaria de hoy en día, esos mismos pueblos, especialmente el vasco, se han transformado en los heraldos armados de la revolución, en habitantes de la trinchera a partir de la cual se extenderá el cambio cualitativo que pondrá patas arriba al mundo entero.El citado texto de Engels nos puede servir también para poner de manifiesto que los conceptos de derecha e izquierda ya han sido sobrepasados y su praxis se reduce a una mera farsa. Una nueva composición de fuerzas sociales tiene lugar sin que para la mayoría sea posible discernir su trazo. La democracia experimenta cambios destructores; las lesiones más graves se las produce lo que podríamos llamar fuego amigo: el de los partidos políticos. La fiesta sigue. Se aceptan apuestas aunque no se sabe quien se beneficiará de ellas.
Publicado con el título Der Magyarische Kampf en la Nueva Gaceta Renana, el 13 de enero de 1849, el artículo que comentamos glosaba la lucha de los húngaros por su independencia concomitante con la insurrecciones austríaca, renana y francesa que configuraron, junto a otros disturbios sociales, la revolución de 1848.
Para finalizar con una anécdota solo cabe añadir que inexplicable y falsamente atribuído al propio Kart Marx, el artículo mencionado sirvió, ya en pleno siglo XX, al cómico viraje carlista hacia el marxismo protagonizado por don Hugo Carlos de Borbón. Una muestra menor, anticipada y lejana, pero muestra al fin, del limbo político en el cual con tanta soltura se mueven muchos políticos españoles y expañoles.
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