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miércoles, 28 de febrero de 2007

Diálogos en el Infierno

Diablo Menor (con atuendo y talante de reportero): ¿Cómo ve Vuestra Peoridad Diabólica el momento actual del mundo?

Diablo Mayor (con aire optimista, que no es poca cosa para un diablo de su categoría): Excelente. El mundo se encuentra ante un horizonte dominado por la perspectiva de una nueva y prometedora carrera armamentística.

Y lo mejor de todo es que esta vez no se parte del punto cero. Los Estados Unidos mantienen intacto su poder nuclear y Rusia, al protestar contra el establecimiento de la estación detectora de satélites en la Republica Checa y de la base de misiles en Polonia, ambas pertenecientes al “Escudo” ideado por Bush en defensa de los Estados Unidos y sus aliados, ha amenazado con ensamblar de nuevo las ojivas nucleares que habían sido separadas en sus elementos para cumplir con el acuerdo de control de armas estratégicas. Además, están la flamante Republica de Ucrania, que heredó parte del arsenal nuclear soviético; y la India y Pakistán, que lo han desarrollado por su propia cuenta. Estos tres últimos países gozan de una estabilidad política de la clase “tente mientras cobro”, lo cual de cierta forma nos garantiza un estupendo estallido sin necesidad de que se empeñen personalmente las grandes potestades infernales, pues bastará con el trabajo de un grupo de nuestros cagafuegos del montón. A todo esto hay que añadir el arsenal nuclear de Israel y el todavía en proyecto del Irán de los Ayatollahs

Diablo Menor: A la vista de todo esto, dígame Vuestra Peoridad Diabólica: ¿Con qué letrita cree que se librará la guerra que se nos tiene prometida en el Oriente Próximo?

Diablo Mayor (esbozando con mala uva una sonrisa de reprimenda): La respuesta es tan obvia que la pregunta no merecía siquiera ser formulada. Para mí no cabe duda, es la letra A. Será sin duda una guerra atómica. O será la letra N, si se prefiere el término nuclear.

Diablo Menor: ¿Y la M de mundial?

Diablo Mayor: La M no está de moda. Será, en todo caso, una guerra G, con G de global, de globo y de globalidad. También es posible que, si las potencias se animan a seguir nuestro desinteresado consejo, añadan al roción nuclear que todos esperan algún elemento de la guerra B, por lo de Biología, o de la guerra Q, por lo de Química

Diablo Menor: ¿Y después, qué?

Diablo Mayor: Lo más normal será que el globo pinche y no quede de él más que la gomita destrozada con gran cabreo del Innombrable.

Diablo Menor: Pero ¿qué pasará con los que van montaditos en el globo?

Diablo Mayor: Una buena parte de la humanidad, entrará a gozar de la paz de los sepulcros, situación que, por no tener vuelta de hoja, no precisa ninguna explicación. Espero que sea el Estado de Israel el primero en experimentar esta suerte tanto en su geografía como en su población. Se trata de quitarle el escenario al mentado Mesias esperado por ellos. O lo que es lo mismo, se trata evitar hasta la última sombra de posibilidad de la vuelta gloriosa del Galileo, deseoso de desquitarse de su sonado fracaso en lo alto del palo. No debe quedar ninguno de los que puedan entonar el Himno de Moisés o el Himno del Cordero.

Diablo Menor: ¿Y los supervivientes?

Diablo Mayor (con expresión amenazadora): No pronuncie ese palabro que alude a algo que nunca ha entrado en nuestros planes Los que queden serán mas bien supermorientes, aunque tal denominación no debía ser divulgada para que los sísifos puedan seguir considerándose dichosos y continúen con su engañoso empeño de subir la piedra a la cima de la montaña para presenciar desde allí cómo se derrumba de nuevo hasta el fondo del abismo..

Diablo Menor: ¿Qué pasará, pues, con los supermorientes?

Diablo Mayor (con expresión divertida): Los supermorientes, serán testigos de un delirio de niños mutantes dotados de cráneos dobles, culos cagatorios repartidos por todo el cuerpo, orejas telescópicas y falos de siete cabezas cada una con un ojo minúsculo en el agujero de la uretra. ¡Y el ojito se les mojará cada vez que orinen tan encantadores niños! ¡Ji!¡Ji! ¡Ji! Estas son solo algunas de las posibilidades de mutación que dejarán tamañito al museo que en el Vietnam han hecho con los monstruos humanos producidos por el “agente naranja”.

Diablo Menor: ¡Oh¡ ¿Y las niñas?

Diablo Mayor: ¡Todo un prodigio de la forzada y repentina mutación! Según nuestro proyecto, unas vendrán provistas en sus partes venéreas de un cierre de cremallera hecho de materia quitinosa como las uñas y, otras, ostentarán en sus vulvas unos dientecillos afilados en triple fila en un remedo de los tiburones. Como, además todas las hembras serán estériles, como las obreras de una colmena, se habrá logrado por fin lo que desde el Dr. Pinkus en adelante los investigadores buscaba con tanto ahinco: liberar a la mujer de su despreciable, repugnante, cataménica y absurda condición femenina de reproductora de hombres, al paso que se convertirá en banal la condición viril y en ridículo su machista y engreído instrumento anatómico que se empeña en levantarse ciegamente a lo alto, como si pudiera esperar que caiga algo de allí. ¡Los seres humanos no podrán reproducirse! Habremos conseguido talar el Segundo Árbol Prohibido del Paraíso. Entonces, se podrá al fin saludar con un gemido triunfal, profundo, de agonía sin término, el advenimiento de un magnífico reino de la muerte bajo las diabólicas potestades.

Diablo Menor (al parecer en un momento de descuido, pues los diablos también los tienen): Pero ¿Se puede llamar vida a eso?

Diablo Mayor (con acento indignado): No sea le ocurra la estupidez de pronunciar de nuevo ese repugnante palabro y mucho menos en un contexto favorable. La muerte es lo mío, y lo suyo también. Recuerde que mi otro nombre es el de “El Homicida”, y el suyo también. “Señor de las Moscas” es otro de mis apelativos, por las que rondan sobre los cadáveres corrompidos. Además, todo se hará en nombre de la Humanidad o por mediación de la Alta Tecnología y de la Ciencias, que son reconocidas ya como las únicas y amigables guías que tiene la Humanidad. Así que el hombre cuando caiga abatido, lo será por “fuego amigo” que es otra manera de llamar al tiro que sale por la culata, y no podrá tener tiempo de prevenirlo ni ocasión de concebir el propósito de hacerlo. Le tocará lo que le toque cuándo y dónde le tocare, y con eso basta.

Diablo Menor (con aire zalamero y obsecuente): Aunque bien sé que no es necesario que lo exprese exteriormente –tan profunda e incondicional es la adhesión de éste servidor a los propósitos del reino de los infiernos- quiero manifestar mi total acuerdo con esa sabia rectificación terminológica que Vuestra Peoridad Diabólica se ha dignado hacerme. Formulo de nuevo la pregunta. Los seguidores del infierno ¿serán contados entre los que gozarán de la paz de los sepulcros o entre los supermorientes?

Diablo Mayor: Yo no hago acepción de personas, ni de las divinas ni de las humanas. A cada uno le tocará lo que le toque. Creo en la perfecta igualdad del azar. Y en materias de palabros y otros antifaces, me da lo mismo arre que so, guau que miau. ¿Comprendé vu lo que parla mua?

Advertencia: Comprenda el lector que los Diablos dicen todas estas cosas sin reirse, de modo que puede colegirse que hablan en serio; y que son mendaces por naturaleza, lo cual hace sospechar que hablan siempre con propósito de engañar a los dormidos y confundir a los despiertos.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Manifestaciones o el Juego de Raspa y Gana

En dictadura o democracia, en monarquía o república – y no deja de ser paradoja- el actual Reino de las Diecisiete Repúblicas ha sido y es un país de manifestaciones.

Paradigmáticas son algunas de ellas, además de opuestas. Juzgue el lector comparando las que sin revolver mucho he encontrado en el cajón de los recortes. Allí está en primer lugar la manifestación que, frente al palacio de Oriente y al grito de “¡Se llevan al Infante¡” inició la sangrienta jornada del 2 de mayo en el Madrid ocupado por los ejércitos de Napoleón.

Allí también la que, anticipando júbilos que después no se cumplieron, recorrió Madrid el día del advenimiento de la II República. Allí la antonomásica manifestación de la Plaza de Oriente en tiempos de Franco, que congregó asombrosas multitudes, e inauguró el invento español de las manifestaciones convocadas desde el poder, moda que tiene brillantes y asiduos continuadores en la España autonómica.

Alli, la que en el Madrid de nuestros días atronó el ámbito con el grito de ¡Miguel Angel¡ ¡Miguel Angel ¡ como invocando al Arcángel, cuando el secuestro y atroz asesinato del joven Miguel Angel Blanco. Y, por fin, la que, gigantesca e inquietante, ratificó en las calles el talante mozárabe de la España de hoy y anunció la caída del PP tras el atentado del 11-M.

Pero, si se quiere matizar un poco más acerca de la eficacia de las manifestaciones en orden a inquietar, modificar o derrocar a los poderes establecidos, hay que abandonar las distancias cortas. Con ese propósito me propongo comenzar aludiendo a lo que aconteció en la primera revolución rusa, cuando la ocupación de la calle obligó al Zar a reconocer la Duma en 1905.

También se puede considerar lo sucedido en Francia durante la crisis de 1958, que llevó a De Gaulle al poder; y lo que ocurrió en las calles de Argel los días de la sublevación de los pieds noir en 1960 como protesta por el relevo del General Massou y, de nuevo, por la sublevación del Ejército en 1961 que desembocaría en la actividad terrorista de la O.A.S. y el contraterrorismo sanguinario de los servicios franceses de inteligencia.

Enfocando la mira a Suramérica, se puede evocar la noche aquella del 17 de octubre de 1945 cuando un gobierno militar argentino se vió literalmente encerrado en la Casa Rosada por una gigantesca manifestación –más de un millón de personas- que pedía la libertad del entonces Coronel Juan Domingo Perón que había sido preso y confinado en la isla de Martín García. La manifestación había sido convocada por una oscura locutora llamada Eva Duarte, y fue tan eficaz que el gobierno se vio obligado aquella noche a tomar decisiones que cambiarían la historia moderna de la República Argentina y abrirían a los justicialistas el camino directo al poder.

En los Estados Unidos, país donde la comercialización ha llegado también a la organización de “demonstrations” por agencias especiales, las manifestaciones de raigambre política han jugado no obstante un papel insustituible en la evolución del país. Citemos solamente las organizadas en torno al lider Martin Luther King en su campaña por la igualdad de los negroamericanos ante los Derechos civiles.

Recuerde también el lector que el ascenso de Jomeini fue allanado por continuas manifestaciones que terminaron produciendo el colapso del régimen del Sha.

En tiempos recientes, y refiriéndose a Bolivia, es preciso rememorar la continuada ocupación de la calle por las manifestaciones de sindicalistas y cocaleros que provocaron la renuncia del presidente Gonzalo Sánchez de Losada y abrieron paso al triunfo electoral de Evo Morales.

En todos los casos enumerados anteriormente, el ariete de las crisis lo han constituído las manifestaciones.

Pero ha habido manifestaciones que, aunque planeadas seriamente para tomar el poder, no consiguieron su objetivo. Entre éstas se puede citar en primer lugar el fallido Pustch de 1923 contra el gobierno bávaro, intentado por Hitler y Ludendorff por medio de una manifestación. Disuelta ésta por la fuerza, Adolf Hitler fue apresado, juzgado y condenado a cuatro años de prisión de los cuales, por cierto, como correspondía a una democracia permisiva, solo tuvo que cumplir uno, precisamente el que empleó en pergeñar su obra Mein Kampf, resumen propagandístico de su ideario político.

Otro ejemplo famoso de manifestación que no logró su propósito de derrocar al gobierno fue la organizada en la ciudad de México aprovechando la plataforma publicitaria que ofrecía la proximidad de los Juegos Olímpicos que habían de celebrarse en la capital azteca. Disuelta a tiros la manifestación por las fuerzas gubernamentales, se produjo la llamada “matanza de Tlatelolco”, con más de trescientos muertos en la calle, la mayoría estudiantes, sin que el gobierno tuviera que alterar su política.

Ejemplos más recientes, y seguro que más frescos en la memoria de muchos, son las manifestaciones de la plaza de Tiennanmen, en Pekín, que también terminaron en una carnicería sin que de la misma se derivaran efecto político digno de nota. Refiriéndose al número de víctimas, el lider comunista Teng Hsiao-Ping diría que si cada veinte años hubiera que matar mil estudiantes chinos para salvaguardar la paz de mil millones de chinos, había que hacerlo sin vacilación. Es la matemática simple del pragmatismo comunista y, no nos engañemos, de todos los pragmatismos.

El poderoso efecto político de las manifestaciones que lograron sus fines, y el elevado costo en vidas de aquella que fracasaron, solo pueden causar perplejidad a quienes olvidan que las manifestaciones son ante todo una muestra o un alarde de poder, y no la inocua expresión de un estado de opinión que el idealismo quiere que sean.

La distinción es importante y vale la pena insistir en ella. Ciertamente puede suponerse con todo fundamento que quienes nutren las filas de las manifestaciones estén de acuerdo sobre un determinado punto o coincidan respecto a un conjunto dado de intereses, pues la presencia activa de una opinión aglutinante es al fin y al cabo lo que distingue a las manifestaciones respecto a los simples motines. Cierto también que las manifestaciones autorizadas estén jurídicamente incluidas dentro del esquema del Derecho de Expresión. Pero ninguno de estos datos puede negar que, debajo de cualquier manifestación que se produzca en el mundo, subyace la desnuda capacidad de adueñarse de la calle –ya sea por el número de los asistentes, ya sea por la intensidad de su presencia callejera-. Y que esa capacidad fáctica actúa de aviso y señal acerca de la posibilidad de que quienes ocupan la calle sean también capaces de tomar el poder, de ponerlo en apuros o, en el caso más benigno, de influir sobre sus decisiones por vías que no son las ordinarias y previstas.

O sea, dicho de otra forma: toda manifestación es una muestra de la capacidad de alterar momentáneamente el orden establecido, entendiendo que esa alteración podría, llegado el caso, convertirse en algo más prolongado y profundo, muy por encima de los permisos y autorizaciones en caso de que estas hayan sido concedidas por la autoridad competente.

¿Qué significado tienen las manifestaciones dentro del horizonte del sufragio, que es el propio de un sistema democrático? Obviamente, en este caso hay un significado que destaca por encima de cualquiera otra interpretación: se trata de poner de manifiesto que la decisión que ha llevado a tanta gente a hacerse presente en la calle en un momento dado, continuará con idéntica intensidad hasta que llegue la ocasión de ejercer el sufragio, influyendo, por lo tanto, en el resultado de las votaciones.

El horizonte democrático es, pues, sin mayor dificultad, perfectamente compatible con las manifestaciones, pero no es algo que pueda considerarse inherente a ellas si se las considera en su condición de fenómeno de masas y de vías de hecho que el orden jurídico trata de domesticar a través de la autorizaciones o permisos otorgados bajo diversas apariencias. En este sentido, las manifestaciones en democracia son como el “juego de raspa y gana”, basta una pequeña escarificación en su revestimiento jurídico y su fondo de fuerza queda al descubierto. Con las manifestaciones no hay que jugar en vano.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Superman

Preguntón.- ¿Superman? ¿Superman ha dicho? ¿Y por qué dice vuestra Merced Superman, así, en inglés, y no en español.

Respondón. -Venga hombre, no sea estrecho en esta hora de globalización. Además, para mí la traducción exacta en castellano sería Superlópez y, a mí, qué quiere que le diga, decir Superlópez no me cuadra.

Preguntón.-Pero, al menos por pura cortesía ¿por qué no eligió una lengua peninsular?

Respodón.- Pues para mí el inglés es una lengua peninsular como cualquiera otra. ¡Remenber Gibraltar!

Preguntón.-Veo que Vuestra Merced parece irreductible, pero al menos reconozca que hubiera sido más apropiado decirlo en alemán, que es el idioma en que se hizo el invento.¿Por qué no dijo directamente Übermensch ?

Respondón.-Porque eso es netamente nietzscheano y yo no iba en esa dirección.

Preguntón.- ¿Dirección de qué? ¿De ir a ir a alguna parte o dirección de señas y código postal?

Respondón.-En este caso, dirección de ir a alguna parte. Y yo no voy en la dirección que apunta Nietzsche.

Preguntón.-Entonces, ¿en qué dirección iba?

Respondón.-En la de un Superman de todos los días, un Superman de los que hay millones en este Reino de las Diecisiete Repúblicas que va camino de dar el cambiazo y convertirse en la República de los Diecisiete Reinos. Quiero decir un Superman español o en su defecto expañol, que es dable encontrar a diario en todos los estamentos, en todas las situaciones, en todas las funciones y disfunciones, en todos los niveles y desniveles.

Preguntón.- ¿Me podría explicar en qué consiste ese Superman múltiple y contradictorio? Porque lo que soy yo, no llego.

Respondón.- Se lo explicaré. El Superman que yo digo es un hombre corriente, un tipo igual a los muchos que pasan a nuestro lado cuando se abre para los peatones la luz verde del semáforo. Ya le digo, los hay por millones, y a todos se le supone muy capacitados para hacer proezas supermánicas.

Preguntón.- ¿Me podría describir mejor a ese Superman tan original?

Respondón.-En lo físico y en su atuendo no se le distingue del montón.

Preguntón.- Entonces ¿cómo puede tal sujeto compararse a Superman que es guapo, machote, viste malla y vuela sin necesidad de alas.

Respondón.- El Superman que yo digo vuela por el aire, pero prescindiendo, incluso, de la capa.

Preguntón.- ¿La capa de ozono?

Respondón.- No hombre, la capa de Superman.

Preguntón.- Ah, la capa de Superman, lo comprendo. Pero ¿no íbamos en que volaba ?

Respondón.- Sí, Superman vuela por los aires, pero tan solo en las grandes ocasiones y contra su voluntad.

Preguntón.- ¿Qué grandes ocasiones son esas?

Respondón.- La ceremonia de clausura de un proceso de paz, la fiesta de inauguración de una nueva prometedora etapa de beligerancia o las celebraciones con las que se quiere confirmar que se sigue batiendo el cobre.

Preguntón.- ¿No querrá decir Vuestra Merced el plomo?

Respondón.-Si, el plomo. Pero esos vuelos, o más bien voladuras, no pasan de ser acciones accidentales, supongo que según el talante del hechor y la ocasión en que se hagan, según dio a entender el Señor Presidente Rodríguez Zapatero.

Preguntón.- Bien, bien, pero vayamos al grano. En lo intelectual ¿cómo es ese Superman?

Respondón.-Digamos que responde a los estándares europeos.

Preguntón.- ¿Antes o después de la ampliación que ha supuesto toda una rebaja ?

Respondón.- Después, hombre, después de la ampliación. Antes el listón estaba muy alto.

Preguntón.- ¿ En lo psíquico y lo moral, cómo anda Superman?

Respondón.- Tirando a flojo.

Preguntón.- ¿Y en lo de iniciativa, o sea espíritu de empresa, liderazgo y esas cosas que enseñan en las Escuelas de Negocios?

Respondón Lo justito para una pyme, a lo sumo.

Preguntón.-Pues me parece que es difícil con ese material imaginar un Superman por debilitado que supongamos al chico de la capa.

Respondón.-Pues con lo que tiene le basta y sobra, como verá, para que le llamen Superman y lo pinte cada uno del color de su paleta.

Preguntón.-Pero ¿no le convendría a Vuestra Merced poner algún ejemplo más para que empecemos a aclararnos?

Respondón.- Que por ejemplos no quede. Para empezar, todos los medios de opinión están de acuerdo que, en materia de elecciones, Superman tiene tal grado de sabiduría ciudadana que siempre acierta a elegir al mejor candidato entre los que se presentan. Hay consenso total acerca de esta hazaña de Superman que se repite periódicamente.

Preguntón.- Y si yo siguiera pidiendo ejemplos ¿le parecería una petición excesiva?

Respondón.-No me inquieta esa exigencia, hay ejemplos de sobra. Contemple al Superman comerciante que compite con su pequeño negocio frente a los bazares chinos de “todo a un euro”.

Admire al Superman trabajador que permanece indefinidamente en la trinchera del subsidio de desempleo mientras llueven sobre él los obuses antipersonal de los reajustes de plantilla y las bombas de racimo de la deslocalización de la industria.

Vuelva la cabeza para admirar otra vez a ese Superman trabajador que aguanta sin pestañear las elevadas cifras de las estadísticas de siniestralidad laboral.

Admire al Superman que sigue como fascinado a los constructores-de-nacionalidades, olvidando que sin nacimientos propios no hay nación que valga ni patria propia o ajena que pueda sostenerse en pie.

Alucine ante la alegría con que el Superman contrae responsabilidades crediticias ante la Banca que sube el precio de las hipotecas y que cada año obtiene beneficios mayores que en el ejercicio precedente.

Quédese embobado ante ese Superman joven que ha renunciado a formar una familia estable y a adquirir un techo propio, todo por amoldarse a las exigencias de un mercado imposible.

Aplauda al joven Superman que anda a la busca de su primer empleo y que opta por rechazar trabajos que le ofrecen fuera de su solar nativo, dando así generosa oportunidad a importaciones humanas más baratas procedentes de todos los rincones del globo.

Preguntón.-Pero ¿no era Vuestra Merced el que hablaba de no ser estrecho en esta hora de globalización?

Respondón.-Calle, calle, que no hay nada mal dicho si no ha sido mal tomado.


¡Responded ante los Botones!

Se dice que la curiosidad es la madre del conocimiento. Pero, a veces, por mucha curiosidad que se tenga, no se llega a los conocimientos útiles. Cuenta Charles Darwin en “Viaje de un naturalista alrededor del mundo”, un ejemplo que resulta clásico: los indios fueguinos mostraban harta curiosidad por las botonaduras doradas del uniforme de los tripulantes del Beagle y por la pipa del capitán, que no les valían para nada; pero, en cambio, les daba por un ardite las balleneras, los anzuelos o el sistema de propulsión del barco, objetos que les hubiera permitido sacar conclusiones capaces de mejorar algunos aspectos de su precaria y miserable vida de pescadores en las heladas aguas de los fiordos australes. Aquellos pobres hombres tenían curiosidad pero, en un medio extraño en el que había que indagar más profundamente que de ordinario, no sabían discernir los que mejor podían hacer con ella.

Puede ser también que se tengan claros los objetivos de la propia curiosidad pero, no obstante, se carezca del campo de observación apropiado para sacar conclusiones válidas. Así, Aristóteles, puesto a indagar sobre la zurdera, llegó a la conclusión de que las mujeres eran todas diestras, error al que seguramente fue inducido por defecto de la muestra que sometió a observación.

Pero dejemos al naturalista y al filósofo con sus preocupaciones y vayamos a la curiosidad de todos los días, a esa en la cual se esconden las raíces poderosas de las relaciones humanas y de la cohesión social.

Sobre esta curiosidad están montadas en buena parte las posibilidades de comunicación, base del conocimiento recíproco sobre el cual se afianza el atractivo o la repulsión entre las personas. En consecuencia, aunque nos cuesta identificar esta realidad, la curiosidad es la base de la emulación que empuja a superar los propios límites, y de la imitación que uniformiza hábitos costumbres y usos sociales; como es también el factor que anima las reuniones, impulsa las fiestas y los banquetes, estimula a quienes asisten a los desfiles, los bailes y las galas, y es el elemento que sostiene toda asamblea a la cual se concurre para ver y para dejarse ver. Resumiendo, es la curiosidad la que ayuda a entrar en esa cercanía que permite descubrir las afinidades y convergencias que nos acercan a los otros, lo mismo que las divergencias y contrariedades que nos alejan de ellos.

Ciertamente, en cualquier indagación sobre la naturaleza o sobre la sociedad hay que precisar los objetivos y demarcar el campo para que la curiosidad no quede atrapada en fruslerías como los fueguinos de Darwin, o elegir bien la muestra que se ha de examinar para no perderse en conclusiones erróneas como Aristóteles con las mujeres zurdas. Pero inquirir con curiosidad acerca de nuestros semejantes es una tarea que exige la más extremada delicadeza y la prudencia más aquilatada en cuanto que está en juego el factor humano, el más valioso de todos.

La indagación sobre los otros no debía traspasar nunca los límites del respeto a la intimidad ni vulnerar la dignidad del sujeto indagado. De no guardar este límite, la aproximación curiosa, connatural a nuestra condición de seres sociales, inteligentes y, por lo tanto, capacitados para conjeturar e inclinados a hacerlo, se convierte en un ejercicio contraproducente, o sin sentido en el mejor de los casos.

No hay ningún sector dentro de amplísimo campo de la realidad a nuestro alcance que tenga más atractivos, que presente más motivos de seducción, que más facilidades brinde a los avances de la aproximación curiosa, que la vida de nuestros semejantes, de aquellos que con nosotros comparten la condición y naturaleza de personas humanas. Precisamente por eso, cualquier pretexto –incluso algunos tan opuestos entre sí como son el deseo de reirse a costa de los demás y el propósito de hacer el bien- pueden llegar a parecer válidos para azuzar sobre los demás la propia curiosidad sin medida. Lo mismo acontece con nuestras propias vidas en relación a la curiosidad de los demás. Y curiosidad sin medida es, para empezar, aquella a la cual no se le han marcado objetivos previamente, ni se le ha acotado con nitidez un campo dado.

Esta curiosidad sin límites es en realidad una curiosidad incontinente, desorientada, diarreica. Una curiosidad potencialmente dañina, que con harta frecuencia es causa de conflictos, ocasión de soterrados resentimientos, y en todo caso, fuente segura de desconsideraciones y de abusos grandes y pequeños. Una curiosidad para la cual las dimensiones existenciales –y diferenciales- de la vida personal del próximo no parecen contar; una avidez malsana de saber más y más que proporciona al curioso una enorme cantidad de información inconexa y difícil de interpretar y que, precisamente por esto, incita al subrayado de lo novedoso, de lo bizarro, de lo chocante, de lo extraño, de lo perfectamente inútil o de lo perfectamente injusto, siempre en detrimento del próximo, por supuesto De este tipo de curiosidad surgen las murmuraciones que tiñen de mezquindad la vida familiar, y nace el chismorreo maligno que envenena la vida social y vecinal.

Para que la curiosidad cotidiana adquiera altura moral es preciso hacerla pasar a través del tamiz de la propia conciencia; sólo así será apta para propiciar la cordialidad y favorecer la sinceridad en las relaciones interpersonales.

La dificultad reside, ciertamente, en determinar cuáles son los objetivos que deben señalarse y el campo que deba acotarse a la curiosidad. Para superar esa dificultad, nada más importante que acostumbrarse a considerar al otro en la plenitud de su ser material y espiritual, en acentuar aquello que lo hace próximo a nosotros y dirigir una mirada preferente a aquello que lo hace a nuestros ojos digno de toda consideración. También es muy útil articular nuestros intereses con los ajenos y esforzarse por aparejar el respeto que para nosotros queremos con el respeto que el próximo –al que suponemos con conciencia recta e ilustrada- exigiría si tuviera la certeza de estar expuesto a una curiosidad abusiva y desconsiderada.

Erradicar de nuestras vidas esta curiosidad desbordada quizá no sea una labor imposible, pero de los enormes obstáculos que entraña nos habla el hecho de que sobre curiosidades de esta laya está montada la gran industria del chismorreo. Pantallas y publicaciones destapan, unas veces inventándosela, otras comprándola en exclusiva, otras sorprendiéndola, otras exhibiéndola sin respeto, la vida de los demás. Este hecho trivializa públicamente la intimidad, la convierte en mercancía, la asimila a un objeto de mostrador y convierte el mal gusto en hábito social que penetra en todos los ámbitos colectivos y personales. Pero nadie obliga a nadie; por lo cual habrá que ir pensando en asumir la responsabilidad que a cada uno le corresponde ante las teclas, los diales, los botones o los conmutadores. Esto, por supuesto, a falta de instancias de más enjundia que, hoy por hoy, han sido expulsadas a extramuros de las vigencias que acepta el “pensamiento correcto”. Os valga, pues, si con esto os basta, la consigna ¡responded ante los botones!

Pero el meollo del asunto no está en los medios. Se dijo hace siglos que “el vulgo es necio y, pues lo paga, es justo hablarle en necio para darle gusto”.Todos estamos hechos de la misma pasta. Siempre se corre el riesgo de estar con el vulgo, de ser vulgar, rematadamente vulgar, estúpidamente vulgar. Pero en materia de curiosidad desbocada hacia el próximo, ser vulgar es, además, una forma de ser injusto y esto, quizá, baste para que se activen en noble rebote los pensamientos altos y el sentir profundo.