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jueves, 23 de diciembre de 2010

La Guerra de los Inocentes

Poco caso se le ha hecho al muerto pese a las razones que había para lo contrario. Porque se trata del físico Samuel T. Cohen, inventor de la bomba de neutrones, o bomba N, fallecido en Los Ángeles el 28 de noviembre a los 89 años edad, dos semanas después de haber sido operado de un cáncer de estomago.

El ilustre científico estaba muy orgulloso de su invento, mas no tuvo la satisfacción personal de apreciar los efectos mortíferos de la bomba más allá del ensayo que de ella se hizo en el desierto de Nevada el año de 1963, en tiempos de John F. Kennedy. Y digo eso de la satisfacción sin ningún retintín, porque, empleando los tópicos del siglo XXI, dicha bomba merecería con toda justeza –ya que no con justicia- figurar en un parque temático de las ciencias bajo el rótulo de “el arma más ecológica y sostenible que ha ideado la razón en orden a encontrar aplicación humanístico a la ciencia nuclear”

En la alborada del malabarismo semántico de nuestra época, el propio Cohen entendía que su bomba era la más sana y ceñida a la moral de cuantas existían puesto que, una vez finalizada la guerra en que hubiera sido empleada, el mundo –aunque aliviado de millones de seres humanos- seguiría intacto como si no hubiera pasado nada. Y en una entrevista aparecida en The New York Times, en septiembre de dos mil nueve, calificó a la bomba N como arma inteligente, la única capaz de dar sentido a la guerra nuclear. En ambas ocasiones se refería a que la bomba N, por efecto de las fuertes radiaciones ionizantes que destruyen el sistema nervioso central, mata a todo bicho viviente; pero no incinera ni destroza los cuerpos, y deja poco menos que intactas las edificaciones y, por supuesto, también el mobiliario urbano, los monumentos, las bibliotecas,etc, lo cual, según se mire, es una gran ventaja desde el punto de vista multicultural y del diálogo entre civilizaciones.

Nikita Kruschev –otro que tal- que a raíz de retirar los misiles de Cuba tuvo que soportar la ingrata noticia de que la multitud fidelizada por Castro recorría las calles de La Habana gritando “Nikita mariquita, lo que se da no se quita”, calificó a la bomba de“perfecta arma capitalista” y comparó a los Estados Unidos con un malhechor que mata a un hombre poniendo cuidado de que el traje de la víctima no quede manchado de sangre para poder usarlo sin necesidad de llevarlo a la tintorería; con todo, el ruso ordenó también la fabricación de la bomba de neutrones. Lo dicho aquí parece una inocentada grotesca y “parajódica”; pero no es tal. Como hubieran dicho Cantinflas, Pancho Villa o el emperador Maximiliano I de México: es la puritita verdad.

Garantismo Ingenuo

Bien está el principio según el cual se deben otorgar derechos y garantías que defiendan al ciudadano de posibles arbitrariedades del poder público y de sus agentes. Pero ¿Cuál es el límite de las garantías jurídicas, especialmente las que se refieren al orden penal? ¿Cual es el punto a partir del cual las garantías dejan de ser lo que dicen ser para convertirse en garantismo ingenuo y hasta pernicioso?

Para que redunden en la efectiva tutela del bien común en medio de esta globalización que remueve los posos y bagazos de Europa y del mundo, las garantías jurídicas deben guardar un delicado equilibrio que resulta de la combinación de tres factores: los medios materiales y técnicos de que disponen quienes ejercen las funciones policíaca y judicial; la prudencia cívica, que modera todos los intentos de innovación legislativa de modo que no sea precisamente el ciudadano normal quien termine pagando los platos rotos producidos por el ansia de novedades de los partidos y por su típico mirar a corto plazo; la idea de bien común que conceptúe el castigo impuesto al culpable de un hecho delictivo como un deber de gobierno encaminado a la mejora del castigado y a la protección del orden social y no como una medida vergonzosa que tenga que ser aplicada con artería o, en caso de apuro, valiéndose de manos mercenarias o delincuenciales como en algún momento ha sucedido en esta España de las autonomías.

Si ese equilibrio no se logra, lo normal es que las medidas adoptadas para proteger al ciudadano redunden en un cúmulo de nuevas dificultades y contradicciones que se vienen a añadir a las ya numerosas que, ya de por sí y sin buscarle tres pies al gato, obstaculizan o impiden la aplicación efectiva del sistema jurídico.

Con el equilibrio se evitaría el recurso sistemático a un concepto tan nebuloso como es el de “alarma social” que es una puerta abierta a la arbitrariedad. Se evitaría que la acción popular fuera desvirtuada por el asiduo ejercicio que de ella hacen las instituciones públicas que suplantan así a la sociedad civil. Se evitaría el carácter errático de la tipificación del delito de terrorismo y del de tráfico de drogas en el caso reciente de los atletas sospechosos de dopaje. Se evitaría la reincidencia de malhechores de toda calaña y de toda procedencia en beneficio de cuyas conductas el garantismo ha conseguido cronicidad idéntica a la que los médicos han logrado para algunas graves enfermedades. Pero si hacer crónica una enfermedad mortal es un triunfo para la medicina, el convertir en crónicas las conductas delictivas, ya por impunidad del delito, ya por lenidad de la pena, es simple y llanamente, un fracaso del sistema judicial.


martes, 14 de diciembre de 2010

El Hierrro y la Piedra

No voy a romper una lanza en favor de Chillida-Leku. Y no porque lugar tan ameno y deleitoso no merezca envite semejante, sino porque valedores tiene que lo hagan con más razón que yo; sin contar que a las entidades y personas que llevan el asunto entre manos, se les ha de suponer dotadas de la sensatez y el conocimiento suficientes para evitar un cierre que sería como un poner puertas al campo. Pero tampoco quisiera dejar pasar la ocasión sin rememorar lo que para este viajero ha significado la contemplación de una realidad artística tan recia y tan veraz como es el mundo que en piedra, madera y hierro supo plasmar el escultor Chillida.

Desde el primer momento en que pude conocer su obra –ya que no su persona- he creído sorprender en ella como un arranque incontenible hacia horizontes nuevos que convivía, paradójicamente, con un descomunal tirón hacia el pasado. En la exposición individual (1956) de la Galerie Maeght de París – que, por cierto, depende de una entidad privada y familiar: la Fondation Marguerite et Aimé Maeght- o en la exposición de la Galería Clan, de Madrid (1954) ya se era testigo de una embestida bifronte que transportaba al espectador al umbral de trascendentales e innominadas mitologías. Y ese desatado dinamismo, lejos de denotar dispersión de esfuerzos o revelar la desorientación del timonel que en medio de la tormenta -que gira en el fondo de toda gran inspiración- no sabe adonde ir, se traducía en un decidido afirmar la perennidad de lo artístico y en una inconmovible confianza en la obra bien trabajada.

De las obras de Chillida me impresiona sobre todo su levitar en un presente conseguido con la gravidez ponderal y estante de la piedra y con la gravedad arcaica del mineral de hierro. De la piedra que sale de la tierra ya investida de su propio ser y parecer geológico que la hace apta para recibir el golpe creador; y del hierro que en la mena carece de cuerpo coherente y ha de ser depurado al fuego, surgía la escultura chillidiana en un faenar titánico que solo terminaba cuando la materia incandescente se doblegaba para recibir la forma y el volumen.

Chillida fue un artista fino y un artesano que resucitó y ennobleció las artes de los antiguos forjadores y de los maestros medioevales del cincel, el martillo y la gubia. En el hierro, la piedra o la madera, fue exigente consigo mismo, tenaz en sus propósitos, universal en sus planteamientos, inflexible y acertado en la puesta en sitial de sus impresionantes esculturas que en esta hora de crisis parecen decir: ¡dejadnos aquí, donde estamos! Y creo yo que es un buen consejo el suyo.

lunes, 6 de diciembre de 2010

El Gesto Enaltecido

Gesto es movimiento de las partes móviles del rostro, de la cabeza entera, de las manos o de los hombros y brazos, que expresa o recalca sentimientos o revela estados de ánimo o intenciones. Los gestos acompañan al habla y a veces la sustituyen. Y, aunque hay un repertorio básico de gestos espontáneos, como los que responden a la sorpresa, el susto, la agresividad incontenida, el agrado y el placer, la frecuencia y la fuerza de la expresión gestual difieren muchísimo de individuo a individuo, de grupo a grupo e incluso de raza a raza, ya que no todas éstas dotan a sus miembros de idéntico desarrollo de la musculatura facial. Por esta causa, los amarillos, por ejemplo, resultan inexpresivos en relación con los blancos.

En la frecuencia, énfasis, calidad y tipo del gesto empleado influye la educación, el temperamento y el sexo de cada individuo. Tampoco cabe olvidar el cuadro de hábitos gestuales que se originan en los grupos sociales y nacionales. Los franceses hacen gestos con la cara y los italianos con las manos; en tanto, españoles y expañoles gesticulan especialmente con los músculos de la frente y, -de una forma que los singulariza conjuntamente- con los hombros, los codos y los antebrazos.

También se llama gesto cualesquiera acción premeditada que permite a quien la ejercita recalcar un propósito o una intención que, por inusuales, requieren un refuerzo expresivo que vaya más allá de las palabras desgastadas por la usura, o degeneradas por la mentira y el disimulo. Esta clase de gestos voluntarios y enaltecidos por la sinceridad –gestos de corazón- son los que se precisan si se quiere lograr ese apaciguamiento que, por vía de explicable exageración, se califica anticipadamente de paz.

En una época de soberbia como es la que ahora cursa en el calendario, y en una tierra de desmesurada ufanía en la que tantos han sido muertos por manos y voluntad de sus semejantes, se necesitan más que nunca gestos que se eleven sobre sí mismos sosteniéndose en el espíritu y la verdad, únicos factores capaces de borrar del encerado histórico aquellos momentos en que la parroquia y los parroquianos, por miedo o connivencia, preferían mirar para otro lado. Sin esos gestos no habrá verdadera comunicación. Porque comunicar no es acción que surja en el vacío o que apunte a la nada, sino que se dirige a crear estados de ánimo presentando muestras fiables de buena voluntad. Esas muestras que harán que un mensaje portador de contenidos difíciles quede en disposición de dar su fruto.