Páginas

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Atrición


 La atrición como estado de ánimo inhibitorio que se refleja en la conducta de un grupo social o de un colectivo nacional es el efecto de una “operación de poder” que normalmente es llevada a cabo desde las propias instancias del poder. Del poder constituído si éste toma por diana a sus propios ciudadano. O del poder extranjero victorioso, cundo se ejerce sobre los habitantes de un territorio ocupado. Los miembros del grupo o colectivo afectado por la operación de atrición se ven inducido a adoptar esa conducta inhibitoria o resignadaa que puede llegar hasta el despreciarse a sí mismos, tras haber sido puestos en la tesitura de sopesar “velis nolis” las consecuencias desfavorables que les  acarrearía asumir la posición contraria.
Pero la atrición puede también ser ejercida desde las bases sociales. Y en este caso hay que subrayar su capacidad de penetración por ósmosis y su inmunidad ante los cambios sugeridos por el tiempo que pasa y las circunstancias que varían. Tal es el caso del País Vasco desde la  formación del poderoso plexo nacionalista hasta el crítico día de hoy.
La atrición social actúa preventivamente induciendo al silencio las opiniones contrarias, imposibilitando las acciones hostiles y propagando una visión odiosa y simplista que impide  mirar con benevolencia cualquiera de las facetas humanas del adversario. No debe extrañar, pues, que la victimación de individuos incursos en ese cliché socialmente troquelado, aunque haya adoptado claramente la forma de asesinato a mansalva, haya avivado aquí, entre las buenas gentes de la parroquia autóctona, la sospecha: de que “¡algo habrá hecho!”. ETA aparecía así como la justiciera insobornable.
Dado que la atrición de origen social actúa por acostumbramiento, presión, inmersión y roce, es muy difícil identificarla como operación de poder. Los cauces de su actuación aquí enumerados son fenómenos inseparables de la vida cotidiana que se sostiene sobre un entramado de relaciones esenciales, primigenias e ineludibles: la vecindad, el origen local o genealógico, el compañerismo, los intereses materiales… Es precisamente esta cotidianeidad la que permite calificarla de orgánica. No en balde el  País Vasco es el lugar de la ufanía colectiva, de las peñas, de las sociedades, de las cuadrillas que prolongan las amistades primeras y de una lengua singular susceptible de ser usada como escafandra social selectiva e identificatoria si la ocasión se tercia.
En ausencia de ideologías  de refuerzo o de profundo resentimiento, el ejercicio de la atrición social se diluye e incluso llega a desaparecer para ser sustituído por la conversación -ya serena, ya jatorra- a tenor de la  educación, del mundo vivido y del  roce social de  quienes, por derecho no declarado o inclinación, constituyen la parroquia autóctona.
El lado benigno de la atrición de origen social se percibe en la volatilización de los nombres de pila en castellano; y sobre todo, entre la gente sencilla, en la adaptación a la ortografía vascuence de apellidos ibéricos de raigambre no euskérica. Vale por hoy.

Megapoderes


El mundo de hoy funciona bajo el impulso de los megapoderes, entre los cuales la  Unión europea es solo un proyecto, Rusia un prudente veterano y Turquía un paciente meritorio que lucha por encontrar su lugar como tapón del Mediterraneo  Oriental.
Bajo el liderato informal pero efectivo de los Estados Unidos y del Reino Unido el Megapoder Anglo se extiende sobre las antiguas colonias blancas de Inglaterra: el Canadá, Australia, Nueva Zelanda que forman el núcleo de confianza. A su lado subsiste un  aliado por vía de los intereses en juego como es la República Surafricana..
En la rivera opuesta del Pacífico formando ahora el núcleo más cmpo activo de transformación de toda la zona, se sitúa el Megapoder Chino que, abandonado el campo de la subversión, concentra todo su esfuerzo en impulsar su  propia expansión comercial y demográfica, batel de doble bancada con le que se abre paso en las aguas que antaño fueron el límite de su secular aislamiento.
El Megapoder Islámico, en sus inicios un club de beduinos con soberanía –en realidad señores espirituales y temporales de sus respectivos pueblos-, es ahora un conjunto de plutócratas que sacan provecho lo mismo del precio de los hidrocarburos que de la banca, la emigración activa o los préstamos personales y confidenciales a los Jefes de Estado. Su dualidad religiosa y temporal le permite tener actuaciones contradictorias y plantear tanto de forma manifiesta como solapada exigencias para las que no ofrece contrapartida alguna. Al Megapoder Islámico le ha surgido un rival en Al Qaeda que con sus prácticas de terror en realidad solo ha servido para despertar en Occidente a los perros dormidos.
Con las megapotencias nada valen los sucedáneos. Reduciéndonos adrede a las dimensiones de la Piel de Toro, ni la conocida política de casas regionales subvencionadas en el extranjero, ni la ayuda solapada de los nuevos grupos antigringo de América del Sur pueden sustituir el apoyo de cualquiera o de varios de esos megapoderes, a la hora de emprender, por ejemplo, la tarea de partir a España por las líneas perforadas de las  autonomías. Me baso -esto es obvio-  en un planteamiento de escala según el cual ni España entera ni cada una de las Expañas por separado están en condiciones de constituirse en fuentes originarias de poder, cuanto más que la Península Ibérica ocupa desde el punto de vista geopolítico un puesto en sí mismo más comprometedor de lo que cabría imaginarse al observar la actitud desprevenida de sus habitantes y la incuria,  improvisación y parasitismo de una parte de la partitocracia gobernante.

Saturación


La saturación informativa es comprobable incluso en el patear la calle de todos los días. Por supuesto, la saturación de la que hablo no es la que padecen las agencias informativas obligadas a adelgazar el flujo noticioso que ofrecen al lector. No es tampoco el atasco que se produce en los servicios de inteligencia que confían a programas informáticos la labor de interpretar el cúmulo desordenado de datos recogidos y encima han de interrelacionarlos y tomar decisiones consecuentes mientras los expertos matan el tiempo contemplando pornografía o ligando por Internet. Estas distracciones y esos programas hacen muy difícil señalar culpables en el caso de que suene la alarma por alguna equivocación, que las ha habido sonadas Y no hay que insistir que equivocaciones las seguirá habiendo en el ámbito oficial mientras baste echarle la culpa al programa para salir airoso de cualquier atolladero. 

No; de la que yo hablo es de la saturación informativa que se produce en la rodadura cotidiana de la existencia particular, y cuyo agente causal –se dice- son las facilidades que dan los teléfonos móviles, también llamados teléfonos celulares o telefoninos.

Ciertamente, como me ha querido aclarar un amable lector, en el uso de estos medios técnicos hay que contar con la frontera de las edades y por lo tanto no se pueden hacer inferencias generales que abarquen a la población entera. Pero, con todo, la abundancia de información trivial que los telefoninos transmiten da ocasión a que se produzcan entre los usuarios de todas las edades y condiciones verdaderos atascos verbales que hay que suponer también mentales. No digo que el personal sea tonto, pero si que lo parece. Y entre los tontos me incluyo, pues antes de repicar he ido en la procesión.

¿No es  ahora casi normal sostener un diálogo de besugos como el siguiente? : “Estoy bajo los portales de la plaza”. “Yo también; pero no te veo.” “Es que me he retirado un poco para que me oigas porque donde estaba se iba la voz.” Y luego la revelación final:“Ah, ya te veo.” Y qué decir de este otro, quizá más propio de merluzos que se enfrentan a bacalaos: “¿donde estás?” “En el centro.” “¿Qué centro?” “¿Y qué centro iba a ser?” Esto, amigos, es trivialidad combinada con ganas de bronquear

Existe, al lado del gran fenómeno informativo, pseudoinformativo, desinformador y de sinformante, que afecta sobre todo a los medios oficiales, oficiosos y subvencionados, un parloteo vanal de la información que es a lo que me estoy refiriendo ahora. Pero no echemos toda la culpa a la telefonía, ella no es más que un instrumento. Los verdaderos agentes del atasco trivial somos los seres humanos. Cada uno a su manera.

La Historia como Empeño


Hay noticias que vale la pena comentar como quien come un plato frío y con los sabores ya sedimentados. Tal sucede con las pasadas visitas de Obama a Londres y de Isabel II a la República de Irlanda. El Presidente de los Estados Unidos ha sido claro: “Es un error pensar que otras naciones representan el futuro y que la hora de nuestro liderazgo ha pasado”…”La alianza de los Estados Unidos con el Reino Unido continúa siendo indispensable para conseguir un siglo más pacífico, más próspero y más justo”  Estas palabras no son un desahogo retórico ni una baladronada que se suelta para alentar a una parroquia amenazada por el desánimo. Tampoco se trata de un relleno para colmatar el hueco que queda entre parla y parla sobre Afganistán, el mundo árabe o el Oriente Medio. Ya Margaret Thatcher había adelantado hace años que Gran Bretaña y los Estados Unidos forman una misma nación. 

En el mundo de hoy los Estados Unidos no pueden atender al doble papel de rectorado y de gendarmería en el solitario y orgulloso aislamiento que imaginaron los próceres de la independencia,.siguiendo, por cierto, una tradición británica. Hoy, más que nunca, los Estados Unidos necesitan aliados. Y entre estos, los verdaderos colaboradores, los que desde las perspectivas recíprocas del Támesis y del Potomac son merecedores de toda confianza, son los del grupo de países tempranamente silueteado por autores como Alfred Thayer Mahan, Cecil Rhodes, Rudyard Kipling o Winston Churchill. Se trata del núcleo poderoso y estable de países de cultura “anglo”, hermanados no por el transcurso pasivo de la Historia en cuyo arrastre es dable encontrar de todo –tal como sucede con la invertebrada Comunidad  Hispánica- sino de la Historia como campo de atrevida previsión; la Historia como empeño intencional que hay que ir afinando de generación en generación. Estados Unidos y el Reino Unido, Cánada, Australia y Nueva Zelanda forman ese núcleo duro de la colaboración entre los países de crisol anglosajón. El hecho de acudir la reina de Inglaterra a Irlanda en un momento de apuro para el pequeño país es, por encima de las directrices del Banco Central Europeo y del Fondo Monetario, la señal de que cuando cada uno asume la Historia como propia, en lo que tiene de loable o de censurable, toma cuerpo real la posibilidad de que vayan juntos los fuertes y los débiles, sin detrimento de ninguno. Irlanda no está sola. Historia y propósitos la vinculan con los poderosos de su estirpe y cultura. Sólo los necios luchan solos o buscan el enfrentamiento con los afines.

Patrimonio Artístico


El patrimonio artístico tiene algo de sutil y evanescente para el público, que propende a clasificarlo entre las cosas admirables pero al mismo tiempo inútiles. Además, la  abundancia de vestigios histórico-artísticos -peor o mejor conservados- en los más apartados rincones de la península, favorece más el apego a lo local que el aprecio de lo general. Encorsetado en las apreturas de una exaltada ufanía lugareña, cada cual se siente vinculado a lo suyo y alejado, cuando no despreciador, de lo ajeno que, bien examinado, no lo sería tanto. Dentro de este panorama mediocre, solamente roto por los grandes museos, dos noticias destacan por su interés. Por una parte, la inauguración, tras seis años de trabajo, del edifico que en Irún servirá de depósito y de lugar de recuperación, restauración y difusión del patrimonio artístico, arqueológico y etnográfico de Guipúzcoa; y, por otra, la culminación de los estudios para la recuperación de esa maravilla del barroco civil que constituyen los monumentos dañados por el terremoto de la ciudad de Lorca.

Es admirable la prontitud y el orden con que fue socorrida la ciudad murciana pero tan importante como eso es que el estudio y evaluación de los daños sufridos permita hoy acometer las actuaciones encaminadas a la recuperación de su patrimonio artístico,  tarea que es responsabilidad conjunta de la Direccion General de Bienes Culturales del Ministerio de Cultura, de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia y del Ayuntamiento de Lorca.

La crisis económica actual tiende a destacar las necesidades materiales más perentorias en detrimento de otras más sutiles como son las relativas al patrimonio cultural e histórico. Así que el problema real será conseguir los recursos para ese Plan de Recuperación que deberá entrar en vigor el 1 de julio y durará cinco años; como lo será el mantener con dignidad el gran depósito de Irún Con los tiempos que corren estamos tentados de exclamar: “¡Largo me lo fiais !” Pero en todo caso habría que recordar que lo que se invierta en iniciativas como las aquí descritas, no será dinero perdido. Las funciones del patrimonio histórico y cultural no son únicamente identitarias como suelen creer los que se complacen en lamer la sopa de su propio bigote, sino que pueden ser materialmente productivas, generadoras de actividad y fuente de trabajo para nuestros desamparados licenciados. Ejemplos sobran en el mundo; y, en las distancias cortas tenemos a Cintra en Portugal, o Toledo y La Granja, dentro de la  Piel de Toro. 

Las "Manifas"


Pese a lo que su nombre sugiere en español, las manifestaciones no son tan sólo la  expresión de un estado de opinión extendido entre los manifestantes, sino una muestra o un alarde de poder. La distinción es importante y vale la pena insistir en ella

Ciertamente, los manifestantes tienen que estar de acuerdo acerca de determinado punto de opinión o de común interés. Es la presencia de aglutinantes de esa clase lo que distingue a las manifestaciones de los simples motines, y lo que las hace más inquietantes para el poder establecido o para el poder que trata de establecerse, que es el caso de España en estos momentos. Cierto también que se supone que las manifestaciones autorizadas están incluídas dentro del circulo de tiza del derecho de expresión.

Pero nada puede ocultar la realidad que subyace en cualquier manifestación: la desnuda capacidad de adueñarse  temporalmente de la calle rivalizando con el poder establecido o por establecer, ya por la magnitud de la movilización,  ya por la violencia o intensidad de la presencia callejera, ya por la gravedad de las reclamaciones o demandas en las que se apoya, e, incluso, por el eco que acierte a levantar entre los grandes vectores de la opinión publicada. En otras palabras, la manifestación, más allá de lo que dice su nombre castellano que permite describirla como una reunión callejera -acompañada o no de deambulación-  que se hace para declarar, exponer, manifestar o reclamar alguna cosa, es también un aviso con rango de demostración de que esa parcialidad que ocupa la calle en un momento dado y en condiciones señaladas, es también muy capaz, si la ocasión llegare, de desafiar al poder, de tomarlo y, en los casos más benignos, influir en las decisiones gubernativas por vías que no son las ordinarias ni  previstas. No en vano en inglés se llama demostrations a las manifestaciones y demostrators a los que a ellas concurren.

Lo que constituye la fuerza de una manifestación es la posibilidad de que la ocupación simbólica de la vía pública se convierta en algo más decisivo y profundo, muy por encima de lo que está previsto en los permisos y autorizaciones exigidas para su realización. De cierta forma, toda manifestación se puede convertir en una ordalía en que se pone en actividad la fuerza de quienes han sido capaces de movilizar al pópulo: ¡estos son mis poderes!

Todo lo dicho aquí nos plantea tres preguntas: ¿ En qué condiciones es realmente subversiva una manifestación? ¿ En qué momento se convierte en una monserga cívica? ¿ Qué partido se le puede sacar a monsergas de esta clase?

Trabajos Perdidos

El trabajo está vinculado a la persona entera, si bien el lazo que más resalta a primera vista es el que lo relaciona con el sustento. No es por pura casualidad que el habla común sustituya el verbo trabajar por expresiones como “ganarse la vida” o “traer el pan a casa”, trasunto del bíblico mandato “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. El que no trabaja que no coma dijo ese fariseo laborioso que fue San Pablo, alarmado ante la perspectiva de que los cristianos de Jerusalén, propensos a pensar en la caducidad escatológica de las cosas, abandonaran en otras manos el cuidado del mundo. Siglos después, con palabras muy parecidas a las de San Pablo, instaba Nelson Mandela a sus compatriotas negros a ser laboriosos y a superar con el trabajo la tentación de creer que para ser rico o acomodado basta con habitar un país abundante en recursos materiales. 
Recalcar la relación trabajo-sustento es describir a la perfección una parte de lo que acontece, aún a costa de conceptuar el trabajo a la par de esa inclinación poderosa y primaria que es la voracidad. La necesidad de comer es el pretexto universal para justificarlo todo, incluso la explotación y el engaño ¿no nos acordamos ya de aquello de “panem et circenses? La extendida práctica del come y diviértete y del come y calla, sirve hoy  para relegar al olvido aspectos más comprometidos y comprometedores del trabajo.
En la mentalidad al uso se ha perdido ya de vista el calado profundo y total de l trabajo como actividad y como lugar donde cuaja nada menos que la identidad de la persona  en su sentido relacional. Fijémonos, por ejemplo, en lo que cada uno dice de sí mismo para darse a conocer a otros: soy tornero, maestro, abogado o médico; soy pinchadiscos, modelo de alta costura, diseñador, ayudante de cocina, mecánico, soy peluquera, taxista o camionero.  Somos lo que hacemos y es el trabajo lo que nos define.
Fuente de recursos para comer, sí, que ya es mucho; pero también crisol de la propia identidad personal; vínculo con quienes ejercen actividades afines y articulación que nos une el resto de nuestros semejantes,  eso y mucho más es el trabajo. Todo esto se pierde cuando una fábrica, un taller o una tienda se cierran. Que no lo olviden los responsables. ¿Palabras inútiles? ¡Ojo! Las palabras suelen cobrar cara su inutilidad.