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jueves, 26 de abril de 2007

Glosa Maleva de la Hamaca

La hamaca fue en su inicio un lujo propio de los primeros pobladores de América. La palabra misma es voz taína, es decir, de los indios que un día poblaron la zona de las Antillas. Con el Descubrimiento, el uso del término y de la cosa terminó por extenderse a todo el mundo y con el tiempo ha llegado incluso a ser sinónimo de la vulgar tumbona o, peor, aún, de silla plegadiza hecha de lona. Yo siempre me he resistido a estas rebajas. Una cosa es la tumbona con sus similares y sucedáneos, y otra la hamaca, lecho aéreo que parece ideado para el reposo de hombres-pájaro todavía añorantes de su nido en la alta rama.

Se puede describir la hamaca como manta provista de cordeles en su cuatro extremos. Atados los cordeles de par en par a dos árboles o a dos argollas, queda la hamaca colgada y lista para holgar o dormir en ella lo mismo a la intemperie que bajo el más encumbrado techo. Por costumbre y convención fácilmente explicable, las hamacas hechas de dril, mezclilla de algodón u otra materia más ordinaria, van a parar al mercado de los pobres. Las de renda, macramé u otros tejidos laboriosos, todavía en mis tiempos de niño solían verse colgadas en los corredores de las casas pudientes. Quienes más gustaban de las hamacas eran las mocitas en flor, por pura coquetería, y los viejos de uno y otro sexo porque ya no podían con sus tabas.

Pero, fuese el usuario rico o pobre, joven o viejo, varón o hembra, la hamaca brindaba a todos las mejores posibilidades de holganza. Si el hamaquista –digo el varón- por puro abandono, por aquilatada boludez o por acendrada flojera; o la hamaquista –digo la mocita en flor- mayormente por lucir o sugerir lo que de ordinario ocultaba, dejaban una pierna colgando fuera, estaban en la posición óptima para imprimir a la hamaca un movimiento de balanceo semejante al de un columpio. Para lograrlo bastaba dar quedamente con la punta del pié en el suelo al final de cada mecida.

Por el contrario, si optaban por arrebujarse en los pliegues de la hamaca, quedaban envueltos en ella como crisálidas en su capullo y protegidos contra mosquitos piquetones y bichos saltarines que pudieran venir a perturbarles el sueño o el reposo.

En los tiempos en los cuales lo que importaba era el viaje y no las prisas, la hamaca se empleaba también como medio de transporte.

-¿Cual es la mejor dotación para llevar una hamaca con su carga humana?- Pregunté a un entendido en la materia antes de emprender un viaje que me llevaría en tan original vehículo desde el fundo de Puentealdía hasta Cinco Pinos pasando por los Jagüeyes, El Tempisque y Puerto Morazán.

-Eso va en depende- me contestó el experto. Los indios son los más profesionales. Para no interrumpir el viaje con paradas evacuatorias toman una hierba que les enlentece las funciones y, además, saben andar con un trotecito sostenido sólo comparable al de lo chinos llevando un palanquín. Eso me lo comentó el señor embajador de Kampuchea que ha probado el paso a los indios de aquí nomasito y a los chinos en el alto Tonkín. Se puede imaginar. Es comunista pero como jefe sabe disfrutar de lo bueno

- ¿Y los negros?

-Los negros resisten muy bien la fatiga, y se pueden organizar con ellos tropillas de cargadores menos numerosas que con los indios. Sudan mucho y por eso mismo mean poco; no necesitan tomar hierbas. Pero les cuesta un montón arreglarse al paso que deben, por lo cual, ya metidos en faena, es fácil que terminen bailando ellos y, como quien dice, haciendo bailar al santo. Lo cual puede tener gracia cuando el santo es de palo, como en las procesiones de Semana Santa, pero no cuando es de carne y hueso y encima se hace llamar Don Amo.

¿Y los ladinos, mulatos y zambos?

El entendido echó una mirada recelosa a los lados y tapándose la boca como temeroso de que al oírlo se encabronasen las mayorías, me dijo: “Son una calamidad. Casi todos están sindicados y son protestones y reivindicativos. Ni se le ocurra trabajar con ellos.”

-¿Y los blancos? –pregunté con ánimo de rematar la faena ganando fama de hombre parejo en materia de razas.

-Los blancos tienen muchos tiquis miquis. Pero, según de donde vengan, se les puede sacar algún partido. El general Somoza consiguió un día uncir a su hamaca a cuatro jóvenes norteamericanos del Cuerpo de Paz que por estar chutados ni se enteraron. Al terminar el viaje, Somoza les dijo en plan de guasa: “Buen trabajo, muchachos. Nos veremos en las Grandes Ligas” y dio por zanjado el experimento. Así era él. En contraste con la conducta del representante de la oligarquía liberal, el camarada Tomasito Borges, sin tener que forzar a nadie, se divertía de lo lindo con los cooperantes suecos y franceses que se disputaban el honor de llevar en hamaca al lider de la revolución sandinista. Todo esto en plan democrático, entiéndame. Después Borges invitaba a los chicos a un banquete con un primer plato de sopa de tortuga, que a los europeos les parecía la gloria. De esa sopa también probó Salman Rushdie según cuenta en “La sonrisa del jaguar”.

Fuera de chismes y politiqueo, la verdad, amigo lector, es que, con una dotación de buenos cargadores, sea cual fuere la raza, estirpe o condición de éstos, el viajero puede salvar legua tras legua cómodamente repanchingado en su hamaca y sin otra fatiga que dormitar si quiere, disfrutar del paisaje si le gusta, o, si lo prefiere, emplear su tiempo en la placentera tarea de reducir a humo un buen veguero de Vuelta Abajo, un “Señorita” de la Vega de Jalapa o un charuto de Curitiva áspero y machazo. Hay quien alterna los tabacos con el agua de coco animada con un chorrito de ron y servida en el propio casco de la fruta. Mejor si el casco va adornado con la roja flor del hibisco o con la crucificada flor de la pasión. Es delicia que no es para ser contada.

Como en este mundo traidor no hay dicha completa, se dice que las molicies de la hamaca conspiran contra todo esfuerzo. En esta opinión se apoyan algunos prudentes que hablan de “países de la hamaca, la mecedora y el machete”. Quieren decir que la hamaca ablanda y adormece la voluntad, la mecedora permite moverse mucho sin cambiar de sitio y el machete es un instrumento con el cual se puede cortar en mil pedazos la realidad si la muy tonta se resiste a plegarse a lo que a uno se le antoja. Todo un entramado de señales para indicar el camino del progreso-cero o sea, del atraso sostenible.

-¿Y hay algún ejemplo de ese programa?

Me da que sí. Acaso el presidente Cháves lo ha expresado en oratoria indignada, sintética, reivindicativa y, es de suponer, bolivariana y antiimperialista: “Qué pena me da el tomate/ verlo crecer en la mata/viene un gringo/ zás, lo corta/ y lo mete en una lata.”

Acaso esté a punto de proclamar la amnistía para los tomates.

Digo.

viernes, 20 de abril de 2007

Diálogo Chinfónico - Preocupaciones Inútiles

No hay felicidad sin renuncia, por pequeña que ésta sea. Lo primero a lo que hay que decir adiós es a las preocupaciones inútiles. Yo, por ejemplo, y sin que este quiera servir de molde para nadie, porque en esto de sacarle jugo a la vida cada uno ostenta el mismo título que Juan Palomo, he tenido que ir dejando atrás muchas preocupaciones que a lo largo de la vida se han ido revelando inútiles, perfectamente inútiles.

-Diga, pues, Vuestra Merced, porque lo que soy yo, y lo expreso así, como quien dice al bote pronto de la pelota, me juzgo incompetente para saber qué preocupaciones son inútiles y cuáles son legítimos, inevitables y leales reflejos de mi propio sentido de la responsabilidad.

-Pues digo. Lo primero de todo, ha sido dejar de preocuparme por el tiempo.

-Pero ¿Cómo puede un hombre, dotado como está de fecha de caducidad, despreocuparse del tiempo?

-Pues desprendiéndose de las preocupaciones que de él se derivan. Por supuesto, me estoy refiriendo al tiempo atmosférico, no al del reloj. En ese sentido mi desprendimiento ha sido total.

-¿Cómo lo ha conseguido?

-Tomando los pronósticos del tiempo como lo que son. Nada de atribuirles la firmeza de proposiciones dogmáticas; ni, por el contrario, dar luz verde al pensamiento de que son producto de la confabulación de las autoridades para amolar al ciudadano. Me atengo a considerar los partes metereológicos como lo que son: previsiones razonablemente fiables -yo me atengo a los usados en aviación- y procedo en consecuencia, ya suspendiendo mis viajes, ya acortando las estancias, ya adelantando la fecha de partida, ya posponiendo la de llegada, ya calándome la gorra, ya poniéndome la bufanda o quedándome en mangas de camisa para disgusto de mi mujer que siempre teme que pille un catarro pese a que no me vacuno de nada.

-¡Eso debe costarle grandes esfuerzos!

-No se crea. Lo hago como quien obedece un reglamento: para evitarse dificultades, por puro interés y como de oficio. Lo que se dice una rutina que resulta casi agradable por acostumbrada.

-¿Y si el pronóstico se equivoca y arrastra a Vuestra Merced en su error?

- Me permito recordarle lo que ya he dicho. Nunca he pensado que las previsiones vayan más allá de lo que son. Ya se sabe que al prever siempre subsiste alguna posibilidad de equivocarse. Yo asumo esa posibilidad sin echarle la culpa al consejero.

- ¿Y si graniza, truena o nieva contra todo pronóstico?

- No me quejo. Y me atengo a las consecuencias, sean las que fueren.

- ¿Y si hace una jornada de sol habiendo anunciado previamente frío?

- Tampoco me quejo.

- ¿Y si amenaza negra tempestad cuando los pronosticadores han dicho que vendría tiempo de bonanza?

-Me da lo mismo que la tempestad sea del color que sea. No me quejo.

-¿Y si es el sirimiri, orvallo o calabobos lo que se presenta sin haber sido anunciado?

-Me da igual que las nubes meen su sirimiri antiguo y costumbrista sobre las previsoras boinas o, al contrario, suelten toda el agua de un golpe como si se les hubiese administrado un enérgico diurético. Se que nunca llueve a satisfacción de todos, y que las nubes no se resignan a levar pañales.Yo doy gracias a Dios por el hecho de que fenómenos como los descritos no tengan que ser sometidos al ritual del sufragio universal, incluidos en los términos de una negociación, acuerdo o arbitraje; ni ser objeto de untadas, tangentes, coimas, sobornos, cohechos o fondo de reptiles. Sería horrible. Creo que para bien de todos es mucho mejor que nuestro únicos recursos en materia de previsión metereológica sigan siendo precisamente los pronósticos y estos estén todavía despolitizados, desjudicializados y desconstitucionalizados.

- ¿De qué otras preocupaciones ha tenido que prescindir Vuestra Merced para conseguir su admirable estado de sosiego yan parecido a la feicidad?

- También he prescindido de toda preocupación, pregunta o pesquisa acerca de la inutilidad de la calderilla.

-Ponga Vuestra Merced algún ejemplo, que no consigo enterarme.

-He renunciado desde hace mucho a plantearme, por ejemplo, preguntas como ¿para qué sirven los cobres de uno y de dos céntimos? ¿Por qué tengo que llevar ese peso en el bolsillo? ¿A quién se le habrá ocurrido hacer tan miserables acuñaciones? Son preguntas que no alcanzo a formularme; ni me ocupo de ellas ni me preocupan. Pienso sencillamente que de monedita en monedita, por muy ruines que sean éstas, también se puede llegar al millón de euros. Y en eso me quedo, que es muy consolador. Ya lo dice la conseja china importada a través del Afganistán que, que traducida del mandarín al pashtun o patán y de éste al castellano, es “pon y repón y aumenta el montón”. Así que guardo la calderilla hasta llenar un gran talego y después voy a cambiarla al banco o envío a un propio para que lo haga por mí. La calderilla, al cabo dinero es también, aunque menudo; y no pierdo mi tiempo en hacerme problemas con ella, aunque a veces llegue a pesar lo suyo en el bolsillo.

-¿Y ha prescindido Vuestra Merced de alguna otra preocupación que no sea de la jaez de las que me ha comentado?

-Por supuesto. He renunciado a preocuparme por la paz de los sepulcros que, entre todas las paces posibles, es hoy la única que tenemos asegurada.

-¿Lo dice vuestra merced por el “Requiescat in pace” y todo eso?

-No lo digo por el “Requiescat in pace”, sino por el simple hecho de que la superior tecnología de los hornos crematorios –iniciada por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial- terminará pronto por hacer caer en desuso tanto a los sepulcros individuales como a las fosas comunes. Y al faltar estos a nadie se le ocurrirá remover la tierra para contar cuantos muertos hay allí o para recoger muestras de ADN. Además, es evidente que reducir a cenizas un cadáver resulta más barato, más fachón e, incluso, un tantito más metafórico de las dos posibilidades maestras que ofrece la vida eterna que cubrirlo de tierra; aunque no más sea porque al entregarlo a las llamas, una parte del cuerpo sale por la chimenea del horno convertida en humo y asciende en el aire con pausado giro de volutas, como en el sacrificio de Abel o se precipita en tierra con la pesantez de un velo de tinieblas, como en el sacrificio de Caín, si la presión atmosférica no está para elevaciones. ¡Cosa bella¡ En mi testamento tengo estipulado que me inhumen, pero puede que algún día tenga que escribir el elogio del horno crematorio.

-Antes de despedirme, permítame Vuestra Merced la última pregunta: ¿Eso de fachón lo ha dicho por los fascistas.

- No. Lo digo por fashion.

-¡Qué cosas dice Vuestra Merced¡

domingo, 15 de abril de 2007

La Insurrección Solitaria

Desde el punto de vista del estudio de los fenómenos humanos, hay un substrato individual del cual emana todo poder sobre la tierra. Dicho substrato está compuesto por las decisiones que afectan a sectores primigenios de la actividad humana tales como la defensa propia y la propia conservación, y que, siendo inherentes al individuo, contienen en sí las potencialidades que han permitido construir y mantener todo tipo de sociedades ideológicas, desde la más grande a la más insignificante, desde la más despótica a la más libertaria, desde la más laxa a la más rígida, desde las basadas en la libre coordinación atemperada por controles legales –como en la mayoría de sociedades occidentales- hasta la que busca equilibrarse en la vertebración conflictiva de las desigualdades jurídicas, como es el caso de la España de las autonomías.

Esta panoplia de decisiones originarias constituye una verdadera soberanía individual que se manifiesta a través de decisiones de reducido radio de acción, porque su alcance solo afecta a conjuntos sociales limitados y específicamente a la familia; pero cuya trascendencia es básica y radical si nos atenemos a lo elemental de su contenido. ..

A semejanza de la macrosoberanía correspondiente a los Estados y a las constelaciones de Estados, esta verdadera microsoberanía a nivel del individuo, no reconoce otras limitaciones que las nacidas de su factibilidad o de la voluntad del sujeto agente al cual suponemos asistido también de moralidad. En su dibujo genérico esta microsoberanía se corresponde con la responsabilidad individual, o sea, con la capacidad del individuo de responder de sus propios actos y de sus propias decisiones, en este caso, las atinentes a la percepción y a la satisfacción de las necesidades relacionadas con su personal defensa y conservación. Por eso precisamente hemos hablado de elementalidad.

Pero como resulta que el género humano no se compone de especimenes sueltos sino de individuos que viven unos con otros. Y como quiera que este convivir no se resuelve de una manera simple como sería la aglomeración del rebaño o el gregarismo funcional propio del enjambre, sino en combinaciones vitales –su paradigma es la familia- y que implican la imbricación mutua de las existencias individuales, será necesario contemplar al sujeto humano no sólo bajo el prisma estricto del individuo aislado, sino dentro de un sistema que lo comprenda y entienda inserto en la sociedad a la que pertenece, tomada la palabra sociedad en el sentido de grupo al cual está vitalmente ligado, por pequeña que sea la dimensión de ese grupo.

Porque vivir en sociedad no es solo estar insertos en macrogrupos que forman una floresta inorgánica y convencional como son los partidos de masas o las juntas de accionistas de las grandes sociedades mercantiles; ni estar adheridos a entes sociales puramente operativos, como los sindicatos de hoy y las asociaciones patronales de siempre; ni mucho menos ser incluidos en pseudos grupos que son meros cómputos coyunturales a los que las estadísticas prestan máscara de unidad, como son las audiencias “millonarias” de algunos programas televisivos. Como tampoco lo es el sumarse a la grey convocada cada cuatro años a la ceremonia participativa del sufragio en listas cerradas en las cuales todo está atado y bien atado, y donde siempre se proclama que “todos hemos salido ganando” y encima sabiendo que un porcentaje importante de quienes concurren a las urnas conforma su voto al gusto o al disgusto que les provoca la sonrisa de conejo de aquel candidato, la expresión de Bambi del otro o la reluciente calva del de más acá; estas florestas, digo, ocultan la condición de fontana del poder que corresponde al individuo y caricaturizan el carácter social y soberano de muchas de sus decisiones.

Vivir en sociedad es, también y sobre todo, vivir conjuntados por un cierto grado eficaz de coordinación que rula sobre esos que pudiéramos llamar “rodamientos sociales orgánicos” como son los vínculos de la consanguinidad, la proximidad, la vecindad, la semejanza, la afectividad, la coincidencia de intereses y la búsqueda de objetivos no necesariamente comunes pero sí mancomunados; lo cual, de una manera u otra, implica la presencia de “escalones” de responsabilidad dentro del propio grupo por muy exiguo que éste sea. En definitiva y para resumir, nos estamos refiriendo como habrá sospechado el lector, a los elementos psicológicos, topológicos y volitivos que contribuyen a aminorar los efectos nocivos del factor Babel al que estamos, hoy más que nunca, expuestos por razón de la globalización. Sin que, por otra parte, quepa interpretar lo aquí expuesto como invitación a quedarse atrincherados en los particularismos.

Hasta aquí creo que muchos estarían de acuerdo con lo que se expone. Pero voy a entrar en materia considerada, entre nosotros, muy resbaladiza, no por los tropezones posibles sino por los caídos, las bajas o víctimas que ha ocasionado, que no son cuestión de guasa. Vamos al grano.

En el sentido en que venimos hablando, lo primero que resalta es que el hombre es primero y ante todo responsable de su propia vida, tanto en su mantenimiento o conservación mediante el alimento y el cuidado propios, como en materia de defensa frente a las agresiones. Y con esto estamos hablando resumidamente de la defensa propia que también comprende, respecto a cada sujeto, la defensa de los suyos.

Ninguna legislación positiva ha sido capaz de negar ese derecho primigenio que pertenece a la soberanía individual, por la sencilla razón de que ningún régimen ha conseguido anular las posibilidades reales de que se produzcan situaciones en que la defensa propia directa sea necesaria. No obstante, son multitud los Estados que lo han relegado a las galeras de lo imposible mediante la interposición de requisitos supuestamente garantistas con que han sabido rodear su ejercicio.¿O no?

Interprete el lector lo anterior como una conclusión que va más allá de mi intención primera. Lo que he querido es remover el tema para recalcar la importancia que el individuo tiene y, con él, las sociedades menores en dimensión pero más básicas en su elementalidad, como es la tan combatida familia natural.

Ciertamente no podemos, ni de lejos, imaginar a la sociedad como una muñeca hueca de esas llamadas “matriuskas” No se pretende que el individuo deba estar inmóvil dentro de la familia, la familia dentro del clan, el clan dentro de la tribu, la tribu dentro de la nación, la nación dentro del Estado y si se tratara de naciones, en plural, todas juntitas y apelmazadas dentro de un ente mayor, como “Patufet” dentro de la panza del “bou” del imaginario infantil de mis sobrinitos catalanes. Solo se trata de recordar que la soberanía primordial es la del individuo y en cuanto el individuo es social, esa soberanía primigenia es al mismo tiempo social y pro-política, es decir que termina o lleva necesariamente a la política, pero empujando desde abajo, no pescando en río revuelto desde arriba.

Ahora bien, en cuanto que la responsabilidad individual delimita un campo de acción propio, debería este campo estar a salvo de inmisiones externas, ya provengan del Estado y de sus organismos propios, como de formaciones de origen social, o de pretexto social, que también las hay. En otras palabras, el ámbito individual debía verse libre de amenazas oficiales, extraoficiales o simplemente toleradas por la vía de la vista gorda; de propagandas saturadotas llevadas a cabo por inmersión mediática o por martilleo repetitivo aunque sea en un solo medio, y éste oficial; como también debía estar a salvo de la seducción adormecedora de las estadísticas y de las encuestas inductivas. Sólo así conservará, el individuo que se yerga en insurrección solitaria; su condición de soberano, siquiera sea en el sentido primigenio al que hemos aquí aludido.

sábado, 7 de abril de 2007

La Tenaza Sobre Irán

En esto de la política mundial, que tiene sus tintes geoestratégicos, uno no sabe en ciertos casos a qué quedarse, de tal forma que expresiones aparentemente claras como “State of Denial” traducida al castellano por “negación de la evidencia”, puesta en circulación por Woodward -el periodista que rebeló el escándalo Watergate y que sigue viviendo de aquella revelación- resultan verdaderamente confusas. Sencillamente, se carece de elementos para saber si la evidencia negada se refiere a lo principal del asunto controvertido o se descuelga -como suele pasar más de una vez- por lo accesorio, en cuyo caso no hay por qué darle la importancia que se le atribuye. Pudiera ser, incluso, que, detrás de esa tan mentada “negación de la evidencia” que se echa en cara a Busch viniera a quedar oculta una afirmación de lo principal y un correcto entendimiento del meollo del asunto, lo cual querría decir que la denunciada negación no suponía en el fondo ni una pérdida ni ningún error. El asunto es, pues, ¿cuál es la evidencia que se niega? O, referido en otros términos ¿a qué se refiere lo que se llama evidencia en cada caso?

Me viene todo esto a las mientes con ocasión de los comentarios que a diario suscita en todo el mundo Occidental la presencia de tropas euroamericanas en esos dos territorios clave del Oriente Medio y del Asia Central que son respectivamente Irak y el Afganistán. Se repite que el presidente Busch –ese condenado Cowboy- habría cometido un error inexcusable al ordenar la intervención militar en Irak. Se suele alegar que esa decisión se basó en dos datos erróneos suministrados por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos: que el Gobierno de Sadan-Hussein poseía armas de destrucción masiva y que dicho déspota estaba también comprometido en la amenaza terrorista representada por la organización Al-Qaeda.

Pese a estas inculpaciones que son de origen previo al resultado de la acción interventora, y que parecen invocar motivos éticos, el dictamen inapelable contra Bush se hace en realidad a la vista de los efectos inmediatos, mas bien desastrosos, que se han derivado de aquella, lo cual arguye que lo que en el fondo importa son motivos puramente pragmáticos y, más concretamente, aquellos que más facilidades ofrecen para su difusión mediática. Allí están se dice, la eclosión de la beligerancia terrorista entre la comunidad chiíta y la comunidad sunnita, la inestabilidad del régimen digamos democrático que ha surgido de las elecciones, la insurgencia irregular e imprevisible que hace cada vez más difícil la tarea pacificadora y organizadora de las fuerzas de intervención. Y como oportunísimo colofón que nadie aplaude abiertamente porque eso todavía da un poco de vergüenza pero que, en el fondo, causa regocijo en los medios de la España mozárabe, el aumento de las bajas angloamericanas que vienen que ni pintadas para tildar a Busch de asesino, aunque poco importen aquí los rubios muchachos de Topeka o los jóvenes mulatos de Kalamazo que perecen en mucha menor proporción que los miembros de las tropas españolas, diezmadas por los accidentes. A todo esto yo añadiría algo más, aunque nadie lo lamente: el recrudecimiento de las afirmaciones de identidad islámica que dirigen su agresivo clamor, cada vez más enfurecido, contra las pequeñas comunidades cristianas que ya estaban allí cuando los discípulos de Mahoma se apoderaron del país. Y aún habría que contar con el aumento de la xenofobia que sitúa en la diana mortal a los cooperantes y a los técnicos occidentales por el mero hecho de serlo, sin que le importe a los perseguidores lo que las víctimas habían aportado a la reconstrucción del Irak.

Pero volvamos al inspirador principio que se cifraba en la proposición siguiente: la evidencia negada ¿se refiere al meollo del asunto? Y, en todo caso, cuál es el meollo del asunto en la intervención en Irak?

Es aquí donde adquiere su papel aclarador la geopolítica, elemento invariante de la acción internacional por encima de las urgencias de la difusión mediática, de las declaraciones electoralmente interesadas de la política partidista e, incluso, de los planteamientos financieros propios de la gran industria del armamento tecnotrónico por lo que se refiere a los Estados Unidos, Inglaterra, China y Rusia.

Tome un mapa el lector. Mírelo con detenimiento y podrá observar cómo el territorio irakí es imprescindible para el control del Golfo Pérsico, donde residen los cada vez más frágiles pseudos-monarquías arábigas, en realidad regímenes teocráticos, amigas nominalmente de Occidente en cuyos intereses económicos están involucrados los grandes jeques, pero cada vez más expuestas a los ataques del extremismo islamista y a la reacción que las reformas, todavía posibles, puedan provocar en sus países a la hora de que alguno de ellos se atreva a emprenderlas desde el trono. Pues bien, en gran medida Europa depende de los suministros petroleros de esa región. ¿Y qué es el mercado europeo si carece de suministros de energía? Por otra parte, es evidente que el territorio irakí, mientras esté ocupado por los euroamericanos, es una pica inserta en el costado Oeste del amenazante Irán

Si Irak amaga sobre el flanco Oeste, Afganistán es la pieza que amenaza el costado Este del país de los Ayatollahs, el cual queda así encerrado dentro de los brazos de una tenaza montada por los Estados Unidos y sus amigos de confianza que son los ingleses. Dichos alicates están destinados a demostrar toda su importancia en caso de un conflicto bélico con Irán o si se decide una intervención armada para derribar el régimen de los Ayatollahs que hasta el momento parece insensible a toda acción diplomática.

Particularizando ahora el papel del Afganistán, consulte el lector el mapa para comprobar el papel de contención que el territorio afgano puede desempeñar en el caso de un viraje islamista en el Pakistán, país nacido de la arbitraria división de la India y fuente de inestabilidad para la región entera. Idéntico papel de contención desempeñará el territorio afgano en el caso de una conflagración generalizada que, afectando a toda la zona hiciera posible el aniquilamiento del estado de Israel, “desideratum” genérico de la causa árabe que en esto coincide con el sector islamista más radical. Los norteamericanos y los europeos están obligados a prever esta situación si no quieren suscribir una política suicida que haga a los amos del petróleo dueños también de la vía de Suez y del Mediterráneo oriental amenazando a un miembro de la OTAN, Turquía, cuya mayoría musulmana la hace lábil ante una arremetida propagandística que venga avalada por algún triunfo con visos de decisivo.

Así que por múltiples razones, todas ellas de naturaleza geopolítica, puede resultar que la evidencia negada por la política de Bush y que supuestamente la descalifica, no es la principal, sino un menudillo de motivos de oportunidad ninguno de los cuales tiene carácter resolutorio. Aunque Sadan-Hussein no haya guardado en su arsenal armas de destrucción masiva, aunque no haya sido aliado del extremismo islamista, el verdadero problema subsiste en la región: la presencia de Al-Qaeda, la inestabilidad política de la zona, la amenaza proveniente de los planes de desarrollo del potencial atómico del Irán, heredado, por cierto, de los tiempos del Sha. Este es el meollo del asunto. Este es el que define los intereses de los Estados Unidos y de Europa. Este es el fondo del problema que invita a una expectativa estratégica invariante en cuanto a sus trazos generales. Estados Unidos tiene intereses no, estrictamente, amigos. Pero la tenaza es suya. ¿y Europa?