Se puede describir la hamaca como manta provista de cordeles en su cuatro extremos. Atados los cordeles de par en par a dos árboles o a dos argollas, queda la hamaca colgada y lista para holgar o dormir en ella lo mismo a la intemperie que bajo el más encumbrado techo. Por costumbre y convención fácilmente explicable, las hamacas hechas de dril, mezclilla de algodón u otra materia más ordinaria, van a parar al mercado de los pobres. Las de renda, macramé u otros tejidos laboriosos, todavía en mis tiempos de niño solían verse colgadas en los corredores de las casas pudientes. Quienes más gustaban de las hamacas eran las mocitas en flor, por pura coquetería, y los viejos de uno y otro sexo porque ya no podían con sus tabas.
Pero, fuese el usuario rico o pobre, joven o viejo, varón o hembra, la hamaca brindaba a todos las mejores posibilidades de holganza. Si el hamaquista –digo el varón- por puro abandono, por aquilatada boludez o por acendrada flojera; o la hamaquista –digo la mocita en flor- mayormente por lucir o sugerir lo que de ordinario ocultaba, dejaban una pierna colgando fuera, estaban en la posición óptima para imprimir a la hamaca un movimiento de balanceo semejante al de un columpio. Para lograrlo bastaba dar quedamente con la punta del pié en el suelo al final de cada mecida.
Por el contrario, si optaban por arrebujarse en los pliegues de la hamaca, quedaban envueltos en ella como crisálidas en su capullo y protegidos contra mosquitos piquetones y bichos saltarines que pudieran venir a perturbarles el sueño o el reposo.
En los tiempos en los cuales lo que importaba era el viaje y no las prisas, la hamaca se empleaba también como medio de transporte.
-¿Cual es la mejor dotación para llevar una hamaca con su carga humana?- Pregunté a un entendido en la materia antes de emprender un viaje que me llevaría en tan original vehículo desde el fundo de Puentealdía hasta Cinco Pinos pasando por los Jagüeyes, El Tempisque y Puerto Morazán.
-Eso va en depende- me contestó el experto. Los indios son los más profesionales. Para no interrumpir el viaje con paradas evacuatorias toman una hierba que les enlentece las funciones y, además, saben andar con un trotecito sostenido sólo comparable al de lo chinos llevando un palanquín. Eso me lo comentó el señor embajador de Kampuchea que ha probado el paso a los indios de aquí nomasito y a los chinos en el alto Tonkín. Se puede imaginar. Es comunista pero como jefe sabe disfrutar de lo bueno
- ¿Y los negros?
-Los negros resisten muy bien la fatiga, y se pueden organizar con ellos tropillas de cargadores menos numerosas que con los indios. Sudan mucho y por eso mismo mean poco; no necesitan tomar hierbas. Pero les cuesta un montón arreglarse al paso que deben, por lo cual, ya metidos en faena, es fácil que terminen bailando ellos y, como quien dice, haciendo bailar al santo. Lo cual puede tener gracia cuando el santo es de palo, como en las procesiones de Semana Santa, pero no cuando es de carne y hueso y encima se hace llamar Don Amo.
¿Y los ladinos, mulatos y zambos?
El entendido echó una mirada recelosa a los lados y tapándose la boca como temeroso de que al oírlo se encabronasen las mayorías, me dijo: “Son una calamidad. Casi todos están sindicados y son protestones y reivindicativos. Ni se le ocurra trabajar con ellos.”
-¿Y los blancos? –pregunté con ánimo de rematar la faena ganando fama de hombre parejo en materia de razas.
-Los blancos tienen muchos tiquis miquis. Pero, según de donde vengan, se les puede sacar algún partido. El general Somoza consiguió un día uncir a su hamaca a cuatro jóvenes norteamericanos del Cuerpo de Paz que por estar chutados ni se enteraron. Al terminar el viaje, Somoza les dijo en plan de guasa: “Buen trabajo, muchachos. Nos veremos en las Grandes Ligas” y dio por zanjado el experimento. Así era él. En contraste con la conducta del representante de la oligarquía liberal, el camarada Tomasito Borges, sin tener que forzar a nadie, se divertía de lo lindo con los cooperantes suecos y franceses que se disputaban el honor de llevar en hamaca al lider de la revolución sandinista. Todo esto en plan democrático, entiéndame. Después Borges invitaba a los chicos a un banquete con un primer plato de sopa de tortuga, que a los europeos les parecía la gloria. De esa sopa también probó Salman Rushdie según cuenta en “La sonrisa del jaguar”.
Fuera de chismes y politiqueo, la verdad, amigo lector, es que, con una dotación de buenos cargadores, sea cual fuere la raza, estirpe o condición de éstos, el viajero puede salvar legua tras legua cómodamente repanchingado en su hamaca y sin otra fatiga que dormitar si quiere, disfrutar del paisaje si le gusta, o, si lo prefiere, emplear su tiempo en la placentera tarea de reducir a humo un buen veguero de Vuelta Abajo, un “Señorita” de
Como en este mundo traidor no hay dicha completa, se dice que las molicies de la hamaca conspiran contra todo esfuerzo. En esta opinión se apoyan algunos prudentes que hablan de “países de la hamaca, la mecedora y el machete”. Quieren decir que la hamaca ablanda y adormece la voluntad, la mecedora permite moverse mucho sin cambiar de sitio y el machete es un instrumento con el cual se puede cortar en mil pedazos la realidad si la muy tonta se resiste a plegarse a lo que a uno se le antoja. Todo un entramado de señales para indicar el camino del progreso-cero o sea, del atraso sostenible.
-¿Y hay algún ejemplo de ese programa?
Me da que sí. Acaso el presidente Cháves lo ha expresado en oratoria indignada, sintética, reivindicativa y, es de suponer, bolivariana y antiimperialista: “Qué pena me da el tomate/ verlo crecer en la mata/viene un gringo/ zás, lo corta/ y lo mete en una lata.”
Acaso esté a punto de proclamar la amnistía para los tomates.
Digo.