Lo que pasa con los signos gráficos o plásticos, pasa también con los signos gestuales. Pensemos en la lluvia de arroz que recibe a los contrayentes a la salida del templo o del juzgado en muchas bodas de ahora. ¿Es que realmente se les desea a los contrayentes una fecundidad semejante a la que sugiere ese cereal que ha servido durante milenios para alimentar las poblaciones de los países del Asia? Claro que no. Tal planteamiento no tendría sentido en el contexto de repulsa a la reproducción que predomina hoy entre los pueblos de raza blanca. Tirar arroz a las parejas que se casan es un signo gestual que los occidentales han recibido de una antigua costumbre china. Costumbre, por otra parte, que ni siquiera es tan antigua y acaso ni siquiera propiamente china, pues surgió en el China Town, de San Francisco de California, y su origen no se remonta más allá de la primera década del siglo XX.
En resumen, que se tiran los puñados de arroz en las ceremonias de boda sin saber muy bien de que va la cosa; porque puede incluso que los contrayentes ni siquiera estén dispuestos a engendrar hijos de su propia sangre, o biológicos, como se dice hoy. El camino mental que por vía de analogía llevaba desde el arroz, cereal que se multiplica por mil, hasta la fecundidad humana, ha desaparecido bajo el torrencial aguacero de un contexto mediático y de un paisaje social y mental muy diferente de aquél en que se originó tal camino. El signo, valga la redundancia, ha perdido su significado.
Pero ¿ha desaparecido de la mente humana el ideal de fecundidad? Ni mucho menos. Mucho más que simples rescoldos parecen quedar de él, porque, miradas las cosas de cerca, una fecundidad vicaria o de sustitución es buscada por la vía de la adopción de un niño -puede que de una chinita precisamente-, e incluso, y merced a las extrañas paridades a que nos quiere acostumbrar la cultura apisonadora de hoy, acogiendo a un perrito u otra mascota abandonada como si de un hijo se tratara. O sea que el anhelo de fecundidad no está propiamente muerto, aunque ahora las cargas físicas y biológicas de la maternidad hayan sido transferidas a las exigencias legales y a las complicaciones burocráticas que toda adopción o todo acogimiento animal lleva consigo.
También las numerosas fiestas de este mes de diciembre guardan signos cuyos significados quedan a veces ocultos por nuevas vigencias. La Navidad se ha convertido para una parte de la menguante población nativa, en la fiesta de invierno, en la temporadilla del esquí y de la nieve. En muchos ambientes la Navidad ha perdido su condición de fiesta familiar. Además, muchas personas y empresas felicitan a su clientela con un ¡felices fiestas! mondo y lirondo, evitando de propósito los términos Navidad y Pascua.
Y tienen toda la razón si quieren ir de laicistas, porque el 25 de diciembre está lleno de connotaciones religiosas, si bien hoy en día sólo las conocen los entendidos o los curiosos que a veces pasan por sabios o al menos por sabihondos. Igual que los dados, que sea cual fuere la cara que muestran siempre dejan ver alguna cifra, la citada fecha de 25 de diciembre guarda un significado religioso sea cual fuere el flanco por donde se la mire.
En efecto, el 25 de diciembre, o lo que es lo mismo, el 25 del mes de Kisleu, es fiesta de la Natividad para los cristianos, y fiesta de la jannukkáh, o Dedicación del Templo, para los judíos. En esa fecha Judas Macabeo, el gran caudillo del culto a Yahvé y de la dignidad del pueblo de Dios, demolió la estatua del rey sirio Antíoco al cual se le había dedicado un altar en el templo de Jerusalén. Terminó así el Macabeo con “la abominación de la desolación establecida en el lugar santo” predicha por los profetas y vaticinada por Jesús para el futuro que él mismo inauguraba.
La acción rectificadora de Judas Macabeo en el templo, fue un recomenzar que prefiguraba la gran reforma que Cristo puso en marcha en cuanto que restauró en el hombre de carne y hueso la gloria de Dios. Presentándose en la persona de un niño indefenso que depende totalmente de lo que otros quieran hacer por él, el niño–mesías de los cristianos, que algún día lo será también Mesías en Gloria para los judíos, refuta la imagen del Dios despiadado, cruel y ajeno a la vida del hombre que en nuestra época, tan gratuitamente confiada a la supuesta inclinación a la bondad de las capacidades y realizaciones humanas, es la visión más generalizada que de Dios se tiene. Desde el nacimiento de Cristo, profanar al hombre es profanar a Dios; y profanar a Dios es abandonar al hombre a su propia deriva destructora. La Navidad es, pues, el signo de la restitución del hombre como templo vivo de ese Dios que ha dispuesto compartir su gloria con los que quieran adorarlo en espíritu y en verdad. La fecha 25 de diciembre es un signo cronológico que hoy está oscurecido por las idolatrías de lo material y de la pura fruición. Pero el ansia de infinito que el ser humano alimenta en su interior no puede, ni de lejos, darse por fenecida.
¿Qué decir de un signo natural, como es el abeto navideño? Como criatura vegetal el árbol carece de la voracidad y de la inquieta movilidad que hacen agresivo al animal. Arraigado en la tierra, elevando en el aire su majestuoso ramaje, alimentándose de las aguas a través de sus raíces propias, con sus maderas que pueden alimentar el fuego que da lumbre y calor, la contemplación del árbol sugiere la confluencia armoniosa y constructiva de los cuatro elementos visibles: tierra, agua, fuego y aire. Dotado de hojas perennes, el abeto es signo natural de la vida que perdura a través de las inclemencias del invierno y de los calores del rudo verano, y por ello, símbolo de la vida más allá de la muerte. De los signos de Navidad, es el más fácil de descifrar. Que los regalos se coloquen al pie del árbol, es una intuición que subraya que el espíritu de entrega, de donación, que es lo que define la Navidad, solo puede darse al amparo de la armonía. Como servidora del dios-mercado la sociedad de hoy, los poderes de hoy, solo entienden del “do ut des” del “doy para que des.” Pero no está muerto el espíritu de entrega, de donación gratuita que es uno de los significados de la Navidad, y uno de los pilares ocultos de la sociedad de los humanos.