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sábado, 25 de febrero de 2006

El Porvenir es Libre

Todo programa que viene a este mundo aspira a prefigurar el futuro. Así lo dice el mismo origen etimológico de la palabra. No hay programa para el ayer o para los cosas pasadas.

Pero ningún programa, por excelente que sea, puede confundirse con el porvenir. Al fin y al cabo, estamos refiriéndonos sólo a un pergeño teórico sobre un punto concreto y limitado que, ya veremos si se podrá desarrollar algún día.

Al contrario de los antibióticos. que pueden ser de amplio espectro para acabar con todas las infecciones aunque el paciente sólo padezca una; o como los sueños, que pueden abarcarlo todo, los programas tienen que ser limitados y concretos en sus planteamientos si quieren ser eficaces. Por olvidar esta concreción y esta limitación han fracasado muchos programadores que se las daban de inteligentes. Otros también han fracasado por olvidar un detalle que parece nimio, pero no lo es: que los programas, y los consiguientes proyectos, necesitan de muchas personas para ser llevados a la práctica.

Un programa cualquiera ha de se susceptible de convertirse en proyecto, que no es otra cosa que una sucesión de acciones precisas y concatenadas en el tiempo y en el espacio.

En la palabra proyecto va implícita la idea de proyección, que literalmente significa empujón hacia delante. Es evidente el parentesco semántico de esta palabra con “jet”, que es el chorro que empuja a la aeronave hacia adelante, si bien el castellano cambia a veces en sonido de J lo que debe pronunciarse como Y.

También está emparentada la palabra proyecto con “jaculatoria,” que es una clase de oración breve -invocación o piropo-, que se puede decir en un instante. La blasfemia, parte invariante en las costumbres vernáculas es, a su manera, una jaculatoria al revés: una ofensa ´”rápida” a la divinidad, un salivazo a los cielos

Proyecto es pariente también de eyaculación, que es la expulsión violenta del plasma germinal para comunicar la vida; y de jactancia, que es lanzar por delante de la propia imagen un halo exagerado de autosuficiencia.

Hablar, como se habla ahora ridículamente, de “proyectos de futuro”, como si pudiese haber proyectos de pasado, no es más que una muestra de ingenua confianza nominalista

Ni el futuro puede ser configurado tan fácilmente por un programa o por un proyecto, como se da a entender, ni parece que los pitones de la Historia, grande o pequeña, puedan ser afeitados tan adecuadamente que vengan a encajar al milímetro en las muescas practicadas ex profeso sobre el cuerpo de un futuro que precisamente por serlo no existe todavía..

Ni el mejor de los programas, ni el más adecuado proyecto, hacen a nadie amo y señor de los días no venidos. El futuro no es terreno de libre disponibilidad para nadie. Ni siquiera para los más previsores.

Y aquí es hora de aludir a otro factor que contribuye a dibujar un futuro libre, sin dueños absolutos. Tal factor está representado por una insoslayable necesidad: programas y proyectos precisan de la intervención de personas humanas. Para que nos entendamos: persona el jefe, persona el director, personas los mandos medios, personas los técnicos, personas los que laboran, personas los beneficiarios; y, personas, en fin, las víctimas, que, con frecuencia las hay con relación a programas y proyectos de cualquier tipo.

Ni programas ni proyectos pueden ser llevados a cabo por el jefe o por los directivos por sí solos, prescindiendo de la cooperación, la colaboración o el concurso de otras muchas personas.

Si hablamos, pues, de prefigurar o de planear el futuro, podemos referirnos como regla mnemotécnica “a las tres pes”: programa, proyecto y persona. De los miembros de esta tríada, la persona, es la que tiene más complicado avío.

Y la complicación comienza en la capacidad que ostentan las personas para cooperar, colaborar, en cualquier programa o en cualquier proyecto o para concurrir a la realización de los mismos.

Parecería que nos complacemos en una vana acumulación de sinónimos, mas ninguna de esas palabras quiere decir lo mismo. Cooperar es el actuar juntos desde el punto de vista de la complejidad de los procedimientos, colaborar es el actuar juntos desde el punto de vista de compartir tareas, concurrir es actuar juntos desde el punto de vista de ir en demanda de los mismos fines.

Pero, aparte de esto, la persona –toda persona-, es un centro de atribución de derechos y de obligaciones, es un núcleo de concentración de intereses y un punto de irradiación de ilusiones o de ideales. Eso somos todos, del más grande al más pequeño.¿Puede habar alguno que aún no se haya dado cuenta?

Así que, junto a los jefes y aunque sea en situación de dependencia despótica respecto a ellos, que es la situación más desventajosa que imaginarse pueda para un subordinado, hay siempre una cantidad más o menos amplia de personas que, siendo, como tales, esencialmente iguales a quienes las mandan, al trabajar a favor del proyecto y de acuerdo al programa, lo hacen también -con toda legitimidad-, en ejercicio de sus derechos, en cumplimiento de sus obligaciones, en satisfacción de sus propios intereses, en persecución de sus propios fines y al servicio de sus propios ideales.

La adhesión a los jefes, a los líderes o a los mandamases, nunca es absoluta. Con este dato tienen que contar los programadores y los que elaboran los proyectos a fin de lograr que la resultante del esfuerzo común lleve lo más fielmente posible hacia la dirección prevista en el programa y de acuerdo a los pasos pormenorizados en el proyecto.

Al lado de las realidades macrográficas desarrolladas en programas y proyectos, habrá siempre realidades micrográficas que alientan en las personas que laboran en esos programas y esos proyectos. Si se desconoce esta contraposición de realidades, no es posible llevar a cabo nada de importancia en la vida, por muy competente que sea quien ejerce la jefatura. Esto es verdad sobre todo en política y en materia de sociedad, pero también, mudando lo mudable, en la empresa y en la familia.

O quizá sea preferible decirlo de otro modo: para que un jefe sea considerado competente, habrá que tomarle la medida de acuerdo a la habilidad para conjugar esas realidades disímiles –lo macrográfico y lo micrográfico-, cuyo conocimiento es condición sine qua non para responsabilizarse de las tareas de dirección y mando.

¿Y por qué hablar de estas cosas ahora que parece que nadie manda en nada ni a nadie?

Pues por una razón muy sencilla: mando, de haberlo, haylo, aunque para la galería se aparente otra cosa.. Y porque con harta frecuencia se deja en el olvido la triple capacidad humana de cooperación, de colaboración y de prestar su concurso a una empresa común. Los olvidadizos son los que se han creído que tienen el futuro en la mano.

Repito que la adhesión de un persona, de cualquier persona, a los intereses del poderoso no es nunca absoluta, y si me apuran, ni siquiera completa. No puede serlo, pese a los controles modernos y a los adelantos en las ciencias del engaño y de la manipulación. Por lo tanto, nadie debe dar por conquistado el mundo de los días no venidos. El futuro siempre tiene medios para escaparse de la malla de programas y proyectos en que tratamos de capturarlo.

miércoles, 15 de febrero de 2006

La Ira que Amenaza

La ficción y el humor tienen sus propias reglas internas que se manifiestan al mismo tiempo como límites. Y éstos no han de verse como mutilaciones o recortes, sino más bien como marcaciones que delimitan un perímetro de libertad sin daño para terceros.

Para el humor, esas reglas y esos límites están representados desde antiguo en el animus ridendi, que excluye, por principio, la intención de zaherir. Para la ficción, las reglas vienen impuestas por su carácter de invención o fábula, indicador de la distancia que guarda respecto a la realidad.

Cierto es también que la misma existencia de estas reglas aconseja que, quienes en un momento dado son objeto de las puyas del humor o de los dardos de la ficción, no se tomen el humor en serio ni interpreten la ficción como ofensa o como calumnia.

Cuando se actúa en ámbitos sociales restringidos y entre personas que comparten principios básicos en lo social, en lo jurídico, en lo moral, la cuestión de las reglas y de los límites parece relativamente clara. Esto hace que la buena educación baste y sobre, por lo regular, para que no se rompa en mil pedazos la pacífica convivencia y pueda continuar manifestándose en el trato cotidiano la predisposición amistosa –o al menos no agresiva- que, se supone, cada uno tiene en relación a sus semejantes. Así considerados, el humor y la ficción constituyen una nota más de la vida en sociedad y los abusos no pasan de ser incidentes en su versión más benigna.

El problema surge cuando el humor y la ficción se difunden por medios extraordinarios y con tanto ahínco que hacen sospechar que se pretende modelar la opinión en contra de alguien o de algo.” Soy un fundamentalista del laicismo. Siento tolerancia cero hacia los creyentes” dijo hace poco Leo Bassi refiriéndose a los católicos. En estas circunstancias, se despoja de su máscara el humor para quedar desnudo el escarnio y se quita su pasamontañas la ficción para descubrir el libelo calumnioso o la mentira malintencionada. Este Bassi que no traga a los creyentes, ¿No es el mismo que comió excrementos animales en Crónicas marcianas?

Ocurre, además, que el humor y la ficción pueden difundirse hoy, sin limitación de zonas culturales y humanas, en un ámbito que merece con toda propiedad el calificativo de global.

Y que conste que llamo global a este ámbito, absteniéndome de decirle mundial o calificarlo de universal, porque lo universal implica siempre una cierta unidad y concordancia en la diversidad, mientras que lo global lleva consigo la idea de disparidad revuelta o si quereis, de totum revolutum en el cual no es posible discernir –aunque las haya-, afinidad alguna entre las partes. Y tampoco digo mundial, porque todo lo referente al mundo sugiere cierta noción de orden y concierto intrínseco que lo global no tiene. Por algo, y pese a los cambios en gustos y valores, se continúa llamando inmundicia al producto informe de la digestión intestinal donde es imposible discernir los componentes; igual que inmundo es lo que resulta maculado por esa inmundicia.

Sirva todo esto para destacar que el ámbito global es – hoy por hoy, aunque ojalá dejara de serlo en lo futuro-, terreno poco propicio para una visión unificadora o convergente de las personas, de los acontecimientos y de las cosas. Y en consecuencia, mal pueden el humor o la ficción ser recibidos de la misma manera en un ambiente que en otro.

Está claro que en Occidente los ataques al cristianismo obtienen por respuesta desmentidos o declaraciones de los cristianos. Pasó sí con la última performance del citado Bassi. Igualmente, la ficción contenida en la novela “El código da Vinci,” ofensiva para el cristianismo y calumniosa para el Opus Dei, ha provocado como respuesta unas declaraciones nada reactivas de Marc Carroggio, portavoz de la prelatura afectada, poniendo los puntos sobre las íes, destacando su propósito de convertir el limón en limonada –una forma de poner la otra mejilla -, y señalando, no sin humor, cómo la singular ofensiva publicitaria en torno a la mediocre novela y futura película, está produciendo, por efecto rebote, un creciente interés de la gente por consultar la página web de aquella organización y dando a sus miembros mayores oportunidades de hablar de Cristo.

En el ámbito global cabe de todo, efectivamente. Mas no en todos los casos se trata de actitudes imprevisibles. Refiriéndonos a España, donde habría que destacar la indiferencia general ante el trato irreverente o blasfemo de materias y símbolos cristianos, a mi juicio –que quiero exponer con toda modestia-, es fácil explicar el fenómeno actual, al tratarse de un país mayoritariamente increyente y donde hace casi 76 años se diera la persecución religiosa más sangrienta de la historia, salvo la desencadenada en Rusia bajo el dominio de los bolcheviques. Es también muy fácil de explicar la violenta reacción de los musulmanes de todo el mundo ante las caricaturas irreverentes –yo las he visto-, aparecidas en un país tan alejado del mundo árabe, tan inofensivo y, a decir verdad, tan anodino dentro del concierto europeo, como es el Reino de Dinamarca.

Con todo, y pese a la envalentonada marea laicista, sería un signo de sensatez que los publicistas y editores occidentales, henchidos ahora de suficiencia, tuviesen muy en cuenta que el derecho a la libertad de expresión de las ideas no implicaba, en su versión primera y humanística, allá por el siglo XVIII, -y una vez pasado, claro está, el período de la guillotina, esa máquina para cortar cabezas- el derecho de ofender la posición religiosa de nadie.

Lo anterior vale para cualquier religión. No obstante, hay que advertir que es muy posible que los abanderados de la burla y de la ofensa contra todo credo encontrarán cada vez más obstáculos en su tarea, tratándose de una Europa que, no solo se islamiza demográficamente a pasos acelerados, sino que asiste a la aparición de nuevas formas de religiosidad inclasificables y regresivas, frente a las cuales la vigencia del cristianismo suponía un muro de contención racional.

La convivencia exige que haya paz entre los hombres y las naciones. A su vez, para que la paz fluya límpida y sin resentimientos, es necesario un clima general de respeto. Según y cómo, las caricaturas, las ficciones y las chanzas públicas constituyen verdaderas provocaciones que, además de injustas puede que sean imprudentes si no se han calculado bien los componentes reales del paralelogramo de fuerzas.

Por otra parte, las ofensas efectuadas por una persona concreta, por un medio de comunicación o por una cadena de ellos, no pueden imputarse sin más a las instituciones públicas y mucho menos a colectividades caprichosamente delimitadas como los “blancos”, los “europeos”, los “cristianos” y hasta los “sionistas”, como se ha llegado a decir en esta ocasión.

No parece necesario aclarar que las ofensas, las calumnias, los insultos, pueden ser perseguidos de acuerdo a las leyes de los diversos países occidentales. Esta posibilidad legal desautoriza totalmente las reacciones callejeras violentas, destructoras y odiosas a que han sido azuzadas las multitudes que protestan contra la publicación de las caricaturas danesas.

Y no digo lo de azuzadas a humo de pajas, sino a humo de incendios de la demagogia que se ceba en multitudes ignorantes. Porque, dejando a un lado la defensa frente a lo que se ha interpretado como una burla, lo cierto es que no es verdad que la representación de Mahoma, de seres humanos o de animales esté prohibida en el Islam tan radicalmente como dicen pretendidos expertos. Los aficionados a los libros conocemos la belleza de las miniaturas persas y otomanas que abundan en esas representaciones. El Museo Británico custodia un manuscrito del Jamseh que representa a Mahoma montando su corcel Buraq mientras sobrevuela la Meca. Otras muestras importantísimas de la representación humana y sagrada en el mundo islámico están en la Arthur M. Shakler Galery, del Smithsonian Institute, en Washington. Un facsímil del Libro de la Felicidad, que el sultán Murat III obsequió a su hija Fátima, editado recientemente por Moleiro en España, exhibe exquisitas miniaturas humanas, animales y celestes.. Incluso en el Patio de los Leones de la Alhambra nazarí, se conserva, esculpida en piedra, una prueba palpable de que la mentada prohibición no es tan absoluta como dicen los fanáticos.

Los alardes de fuerza callejera suscitados por éstos hacen más visible, si cabe, el enorme descalco que existe, pese a todos los bemoles que se quieran encontrar, entre la libertad religiosa de la Unión Europea y la realidad cotidiana de los países árabes, con el cúmulo de restricciones y prohibiciones que sufren en éstos las religiones distintas del Islam, especialmente el judaísmo y el cristianismo. No ya sólo en los países regidos por el fundamentalismo islamista –en este momento solo el Irán está en esa situación-, sino en Arabia Saudita, Bahrein, Marruecos y demás, regidos por tradiciones islámicas de toda la vida.

Al condenar tan bárbaramente las caricaturas publicadas en el Jyllands Posten ¿no se aspira acaso que una pretendida norma de las fracciones más fanáticas del Islam sea obedecida incluso por los que no son musulmanes? ¡Pero si ni siquiera los ayatollahs de Irán han demolido los vestigios de las antiguas civilizaciones¡ Y tampoco lo ha hecho Egipto que prácticamente vive del legado de los faraones. ¡Sólo en el Afganistán de los Mujaidines logró imponerse la barbarie iconoclasta!

Ante un problema como este podremos decir frívolamente aquello, al parecer tan divertido de “menos lobos, caperucita” . Pero esto no quita que la realidad nos invite a hacer el balance de estos procesos sociales y culturales y reflexionar sobre ellos en la medida de lo posible, mientras nos quede tiempo ante la ira que amenaza.

viernes, 10 de febrero de 2006

Aclamación

En estas líneas que escribo hoy, las palabras y las frases debían salir unas tras otras como andanadas de salva en un alarde de corazones unánimes, marchando a paso de vencedores. O más propiamente dicho, a paso de vencedoras, puesto que de mujeres se trata. Y de mujeres encinta, que tanto escasean.

Y al referirme en esta ocasión únicamente a las mujeres dejando aparte a los hombres, es porque en esto de los retos, gozos y quebrantos de la maternidad, aún el mejor de los varones anda allí, rondando por los alrededores más como causante y protector que como protagonista. En la grandiosa tarea de concebir un hijo y de culminar la faena cumplidamente, la mujer es la que monta.

Y tanto monta, que viene a resultar que, encima de acoger una nueva vida que de momento –y son nueve meses-, va a gravitar únicamente sobre ella, es, además, la mujer misma quien sostiene esa vida con su propio pulso, quien la nutre con su sangre, quien la incorpora a su intimidad, quien lleva cuenta de sus días –casi siempre mal contados-, y al final, una vez llegado el parto, aún le quedarán arrestos para ofrecer al hijo desvalido, el primer acto de compasión y acaso el más sincero y hondo que pueda recibir en su vida:: alimentarlo a sus pechos.

Acaso la referencia al hijo desvalido esté necesitando una aclaración. O más bien un subrayado. Porque los hijos todos, sea cual fuere la fortuna de sus padres, vienen a este mundo en el desvalimiento más completo, incapaces de hacer nada por sí mismos, inermes en su completa indefensión, necesitados de lo que otros puedan y quieran hacer por ellos.

Y esos “otros” que están allí, no están destinados a quedarse, por supuesto, en un bonito decorado de fondo de pantalla; sino que son –salvo leyes jenízaras en contrario-, el padre y la madre, llamados a tomar partido a favor del niño.

Así que tenemos a la mujer, desde la concepción al parto, dando al nuevo ser la vida, ese magnífico regalo que incluye todo otro regalo posible.

Y después del parto, alimentando a sus pechos esa obra única que es un hijo que quedará, por así decirlo, imantado en el amor a partir de ese acto nutricio que, cuando se ejerce con todas sus consecuencias, ata a la mujer a su hijo por varios meses más.

No hay por qué disimular lo que de carga tiene para la mujer la gravidez o la lactancia, ni hay por qué ocultar lo que de atadura conlleva tener un hijo para quien lo recibe en su seno con intención de parirlo, no de abortarlo. Todas las actividades humanas, todos los desempeños de la vida, tienen su lado de carga y privaciones, de pesantez y de atadura. Y no va a ser la maternidad una excepción a la regla universal del esfuerzo y de la lucha. ¿Acaso alguien ha dicho que estamos en el Paraíso?

Por eso, aunque la creación de un nuevo ser humano induzca siempre a volver la vista a un tiempo germinal, cuando todo clamaba por llegar a ser conocido y todo exhalaba la fragancia de lo nuevo, tener un hijo es, en el fondo, una acción de combate, un salir con decisión de la trinchera del prejuicio antinatalista, un lanzarse a bayoneta calada en el entrevero de un encuentro que se llevará por delante muchos fantasmas pesimistas, que pasará por el hierro muchos falsos temores, muchas inhibiciones y espejismos, y deshará de un solo golpe muchos nudos paralizantes y opresivos que impedían dar curso a nueva sangre, a nuevos sueños y nuevas perspectivas.

Así pues, mujeres encinta que paseáis vuestra redonda plenitud por la calle en este día de otoño luminoso bajo este sol aprovechategui y despabilado que ha sabido hacerse a codazos un hueco entre los nubarrones, voy a lanzar un hurra multiplicado por vosotras y por los hijos que pueblan vuestros vientres.

¡Un ¡viva! un ¡bisca! un ¡gora! un ¡arriba! un ¡forza! por vosotras todas!

Os lo merecéis mucho más que los héroes mimados de los estadios. Más que las flacas y patizambas biutifuleses de las pasarelas de lujo. Mas que los políticos que negocian con vidas y naciones. Más que los banqueros que multiplican por millones las riquezas abstractas. Más que los pacificadores que viven a sueldo de los que fomentan la discordia. Mas que tanta ONG pensada para poner el cazo ante las dádivas gubernamentales.

¡Viva! porque sabéis proclamar con vuestros cuerpos que el amor es siempre un incremento.

¡Viva! porque habéis dado oídos a la voz de la propia estirpe y de la propia sangre. ¡Viva! Porque habéis cerrando filas en torno a la vida que avanza.

¡Viva! porque sois las verdaderas creadoras de naciones, que éstas nunca han podido conservarse sin nacimientos propios.

¡Hurra! por vuestros abultados vientres sin miedo. ¡Hurra! por vuestros pechos crecidos. ¡Hurra! porque estáis aquí, en la calle, impregnadas de vida, demostrando que por algo se dijo “hombre y mujer los hizo….”

Y también ¡Hurra! porque no os arredran las almorranas y las pérdidas. ¡Hurra! porque no os arrugais ante las cefaleas y molestias. ¡Hurra! porque no os detienen vuestros tobillos hinchados. ¡Hurra! porque no os acomplejan vuestros ombligos saltones, ni vuestras estrías y señales. ¡Hurra!¡Hurra! por vuestro combate incomprendido. ¡Hurra!

Dichosas sois por vuestra decisión, que es plenitud de vida

Dichosas sois pese a las nieblas del futuro, a las insidias y malicias del presente, a las burlas y risitas de los propagandistas de la esterilidad buscada y a las ironías de los que condenan a Eros al empleo de vasos extraviados.

Dichosas sois porque habéis despreciado los zodíacos funestos.

Dichosas, porque estáis en firme alianza con el futuro.

Dichosas, porque habéis hecho propiedad vuestra el hábito de vivir en la esperanza.

Dichosas, porque habéis pronunciado un fiat en vuestros corazones. Y, porque, acogiendo a ese niño, al vuestro, al que habéis llamado al mundo, acogéis también a Aquél de quien el mayor de los hombres nacido de mujer no se consideraba digno de atar la correa de las sandalias.

Un ¡hurra! un ¡viva! un ¡bisca! un ¡gora! un ¡arriba! un ¡forza! multiplicados por mil, por vosotras y por vuestro hijos.


Diálogo del Armario

En sentido propio, el armario fue, en sus inicios, un mueble vertical, dotado de puertas y de compartimentos adecuados, y cuyo destino consistía, como su propio nombre indica, en guardar las armas. Y no de cualquier forma, sino en orden y concierto, de modo que se pudiera echar mano de ellas sin esfuerzos extraordinarios ni búsquedas que embarazasen la posibilidad de acudir presto al combate. Se trataba de unas especie de situación ready combat sólo que antes de que existieran los americanos.

El armario fue mueble muy utilizado en territorios fronterizos o en comarcas expuestas a los ataques de bandidos, piratas o alzados, donde la custodia del armamento colectivo se encomendaba a particulares que lo hacían a su propia costa y sin otra contrapartida que la honorífica de ser nombrados Cabos de Armas. En esa época, como en los armarios solo se guardaban armas de fuego, a nadie se le ocurría que de ellos pudieran salir otra cosa que armas. Y eso si alguien las sacaba de allí..

-Pero, si los armarios estaban llenos de armas ¿donde guardaban la ropa esas buenas gentes?

La ropa la guardaban, bien extendida, en el fondo de arcones donde encerraban, para que exhalasen su discreto perfume, ramitos de romero, virutas de madera de cedro, bolsitas rellenas de flores secas de espliego o de benjuí o pastillas de alcanfor. Y, aún, tratándose de varones, había quienes preferían el aroma acre y evocador de las hojas de tabaco veguero, que sería considerado veneno “puro” – y no es un puro juego de palabras-, por la obesa pero menguada e inmunodeprimida raza de nuestros días.

-¡Pero ahora los armarios no sirven para guardar armas!

Efectivamente. Con el paso del tiempo y la virazón de las costumbres, llegó a haber armarios-ropero, armarios-alacena, y armarios-librería. Y pronto esos nombres duales se quedaron en la mitad de lo que fueron, de modo que se terminó llamando simplemente “ropero” al que servía para guardar la ropa, “alacena” al destinado a los víveres y “librería” al que acogía a los libros en las familias que habían adquirido la funesta costumbre de leer.

-¿Librería o biblioteca?

Librería. Las bibliotecas estaban en los conventos, en los palacios y en la sedes de las grandes instituciones sabias. El común de los mortales, si tenían libros, los guardaban en librerías.

-¿Y lo del muerto en el armario?

Eso tiene una larga explicación. Digo que dentro de estos armarios con nuevo uso, y reduciéndonos a los destinados al atuendo, la ropa ya no podía yacer extendida cuan larga era, sino que había que colgarla, posición que, caiga en cuenta, es la propia de los ajusticiados por ahorcadura. Hay mucho morbo en esto.

Pero ¿y los armarios empotrados?

Yo tenía la intención de ir poco a poco para no adelantar acontecimientos. Pero ya que los saca a colación, le aclaro que los armarios empotrados vinieron mucho después, cuando, aconsejados por la usura, los promotores de viviendas comenzaron a construirlas cada vez más pequeñas, pequeñitas, tan pequeñitas que llegaron a apretar en las axilas como pasa con las camisas de una talla menos y sobre todo, con las camisas de fuerza. En las nuevas casas hubo que robar volumen a las paredes para hacer lugar a los armarios-roperos que quedaron definitivamente empotrados. Así que, con el nuevo estilo, la ropa vino a ser tratada, no ya como los ajusticiados a los que entonces se colgaba por el cuello hasta que expirasen, sino como los cadáveres de los asesinaditos que, a la forma antigua, se hacía desaparecer por el sencillo y doméstico sistema de sepultarlos en lo grueso de la pared, si no se había otro lugar más apropiado.

El empotramiento de los armarios, digo, ocasionó la decadencia de la costumbre medieval de emparedar a los muertos, que tanto juego le dio a Ernesto Eco en su novela “El nombre de la rosa” En consecuencia, la expresión “el muerto en la pared” pronto fue sustituida por una nueva frase que aludía al “muerto en el armario.” Con el tiempo, incluso esta última expresión cayó en desuso, no porque hubiera menos asesinatos, sino porque se multiplicaron las posibilidades de ocultamiento. Hoy se puede optar por arrojar el cuerpo a un contenedor como hacen los amantes con sus amantas; descuartizarlo y meter los trozos en una maleta para dejarlo en consigna, al modo de los vengadores chinos e, incluso reivindicar la muerte con toda la jeta cuando se pueden alegar razones poderosas que el gran público está dispuesto a aceptar y hasta aplaudir si le dejan.

-¡Pero en Italia dicen todavía avere un escheletro néll armadio!

Efectivamente. Por cierto, la mención del esqueleto me intrigaba muchísimo hasta que alguien me informó que los italianos lo dicen en la inteligencia de que la policía prefiere a veces no entrar en demasiadas averiguaciones para no alborotar el cotarro, ni irritar a la cosa nostra, ni tocarle las narices a la camorra.

Estas sabias precauciones conducen a que el descubrimiento del crimen se produzca muchos años después de cometido y como por casualidad, ya cuando el finado está reducido al puro esqueleto o raspa y sólo tiene algún interés para los antropólogos.

-¿Y la frase aquella tan manida hoy, que habla de “salir del armario” con un significado muy específico?

Sólo sé decir que veteranos residentes en Sitjes y en Torremolinos, que tienen por qué saber de estas cosas, me han dicho que no consta en sus archivos ningún antecedente que permita siquiera sospechar que en los armarios se hayan ocultado nunca ni sodomitas ni gomorritas, como parece insinuar la citada y mal intencionada frase.

-¿Y ciudadanos de las demás ciudades pentapolitas?

Mis fuentes no dicen nada al respecto. En cambio, puedo afirmar de mi propio coleto, que en las comedias de vodevil era frecuente que el amante, a punto de ser sorprendido por el marido cuernicantano, se refugiase en el ropero, que en España, quizá por las inconfesadas pero probadas añoranzas belicosas de esta nación de naciones, continúan llamando armario. De esos episodios chuscos que quieren pasar por humorísticos, la frase pudo haber extendido su significado a otras situaciones que se quería mantener ocultas o se temía que fueran descubiertas.

-¿Y los arcones?

En contraste con la proliferación de armarios multipropósito que hay ahora, los arcones casi han desaparecido. De hecho son hoy piezas de museo o cachivaches que se arrinconan en el desván de los abuelos. Un ejemplo de este retroceso es el arcón-nevero que tuvo su momento de gloria con la producción industrial de hielo que luego se repartía en trozos o marquetas por los hogares. Pero el arcón-nevero fue prontamente reemplazado en los hogares por ese mueble llamado frigorífico que, traicionando sus orígenes de arcón, ha adoptado la postura vertical que es propia de los armarios.

-La posición vertical o erecta es, además, la propia de los seres humanos vengan de donde vinieren..

Sí, y de los pollos, de los osos bailadores, de los perritos de circo y demás bípedos estables o transitorios.

-¿Y del varón?

Y del varón también, donde los haya.

-¡Qué cosas dice vuestra merced!

Digo.

miércoles, 1 de febrero de 2006

Retablillo de Saberes Varios

Alianza de civilizaciones.- Sucedió hace algunos años en el Libano, y anda escrito en un libro con el título de “El partido de Dios”, de Javier Valenzuela.

Pero como el odio, la ignorancia y la lucha persisten en el Oriente Próximo, pudo haber pasado ayer mismo, y podrá pasar mañana, aunque no exactamente en el mismo punto.

Resulta que un periodista irlandés, enviado especial de un diario de su país, aterriza en el aeropuerto de Beirut. Al trasladarse a la ciudad, el taxi que lo lleva es detenido por una patrulla de Hezbolá.

A requerimiento de uno de los milicianos, el periodista muestra su pasaporte; pero el nombre de Republic of Ireland no dice nada a los guerrilleros, y menos en gaélico, así que optan por preguntarle al periodista, sin ningún tapujo, que cuál es su religión. Así de claro.

Sabe el irlandés que los de Hezbolá andan a la caza de judíos, de norteamericanos y cristianos de las odiadas milicias libanesas, y que lo hacen con la consideración de quien busca cucarachas que se esconden en los rincones. El irlandés, que no carece de recursos mentales y quiere conservar su dignidad, decide contestar de una forma clara pero que resultará ambigua: “católico, apostólico y romano.”

El miliciano parece sorprendido por una denominación tan larga y va a consultar con el responsable del control. Al regreso, una sonrisa ilumina su rostro mientras dice:”¡Bienvenido! ¡Romanos buenos! ¡Romanos, muy buenos! ¡Matan a los cristianos!”. Y deja al irlandés pasar el control sin ocurrírsele secuestrarlo para pedir rescate, o “pasarlo” por las armas, que era para lo que estaba allí aquél grupo de hombres armados.

Llegado a su hotel en Beirut, el periodista pudo comprobar que días antes la televisión libanesa había pasado la película “Quo vadis” con gran éxito de audiencia

A veces, como en este caso, un oportuno malentendido puede valer más que mil actos de comprensión intercultural ¡ Menos mal que los milicianos ignoraban la geografía de Europa, desconocían el inglés y el gaélico, andaban mal con la interpretación de los caracteres latinos, y de los cristianos y sus divisiones sólo conocían el nombre común que los abarca a todos¡ ¡Y menos mal también que uno de esos hombres había visto por televisión la película “Quo vadis”! De no concurrir tantas ignorancias, seguro que aquél día habría habido un irlandés menos.

¿Con estos mimbres, quién podrá tejer la hermosa cesta de la alianza de civilizaciones que dicen querer el señor Rodríguez Zapatero desde su aromatizado optimismo y Mayor Zaragoza desde la cátedra de su propia incombustibilidad transregimental? Y si se toman en serio sus palabras ¿por qué razón no hay un solo español en el Foro de Doha donde calladamente se labora en la tarea que ellos cacarean?

¿Mando a distancia, discriminación positiva o el poder de los sueños?.-En el siglo XVII, muchos soldados tenían que pasar media vida en destinos que los alejaban de sus casas por años enteros. Se conoce que no tenían ministro bueno que los defendiese de los horarios excesivos. Así que, con ausencias tan prolongadas, lo tenían crudo en materia de perpetuar su legítima estirpe.

En estas circunstancias, el coronel Don Pedro de la Puente, del ejército imperial, Gobernador de Orbitello y Castellano de Pavía, dio a la estampa en 1657 un delicioso libro titulado “El Soldado en la Guardia, reunido en cuatro discursos con sus apuntamientos políticos al último dellos”. El libro, esta vez comentado y anotado por Fernando Chavarría, investigador del Istituto Europeo, de Florencia, está próximo a salir en una nueva edición.

En dicha obra se recomendaba a los soldados casados y alejados durante años del hogar doméstico, que, si sus mujeres concebían pese a la ausencia de sus maridos, hicieran cuenta de que se trataba de un hijo propio y lo aceptaran sin más por heredero de sus bienes y de sus males.

Para animar a sus lectores a seguir este consejo, argüía el Coronel De la Puente que los tribunales harían justicia sumaria a favor de la mujer que había concebido en ausencia del marido. Y ponía un ejemplo de prestigio: el caso de “Madama Madalena de Auvermont,” (sic) a quien el Tribunal de Grenoble le dio por legítimo el hijo concebido después de cuatro años ausente su marido. El marido era el Señor de Aiguemere, que murió como Capitán de Caballos en las Guerras de Alemania.Y la mujer alegaba que su preñez se debía a haber yacido con su marido en sueños.

El coronel de la Puente invitaba a comprobar la veracidad del suceso consultando en el libro titulado Istravaganze novamente seguite del chistianessimo Reggno di Franza”

Al parecer, ante casos tan comprometidos como ese, en aquellos tiempos caballerosos los jueces, comprensivos con las debilidades humanas, podían tomar en serio el poder de los sueños sin caer en el ridículo ni levantar protestas.

Pero cuando lo de “caballeros” va mas bien para los rótulos que indican dónde está el retrete, no hay ninguna razón para estancarse en los remilgos de antaño Así que nos vamos a remitir a la posible opinión de hoy, que seguramente estaría muy dividida.

En efecto, si el acontecimiento hubiera sucedido hoy, ahora y aquí, y se interpretara con falsilla machista, habría que aplaudir la decisión del Tribunal que reconoce al varón un poder semejante a la de un mando-a-distancia, lo cual no deja de ser una admirable anticipación de los adelantos de la electrónica. Y eso en un país donde a alguien, cuyo nombre no voy a recordar para no dar pistas, se le ocurrió decir alguna vez aquella estupidez de “que inventen ellos”.

Si, al contrario, se mirara según los patrones feministas, habría lugar para dos opiniones contrapuestas: una radical y otra moderada..

La opinión radical llevaría a protestar ante el Tribunal y a “exigir” la inmediata destitución de los jueces por haber quitado de hecho a la mujer la posibilidad de practicarse un aborto, privándola así de todas las ventajas ciudadanas, sociales, libertarias y de salud mental que de tal acto médico se hubieran derivado tanto para ella como para la sociedad civil en general, según prolongada experiencia atesorada en esos centros de investigación científica que son las clínicas abortistas de este Reino de las Diecisiete Repúblicas.

La opinión moderada consideraría la decisión del Tribunal como un caso anticipado de discriminación positiva en favor de la mujer, con todo lo que esto puede significar como anuncio y prefigura de las políticas igualacionistas que hoy están en boga y en ciaboga.

Y el marido ¿qué pintaría en todo esto? Ya se dijo que, de cierta forma, se le había reconocido el mando-a-distancia a través de la línea sutil de los sueños, o sea, que no queda mal. Por otra parte, ya estaba muerto cuando se substanció la demanda declaratoria de paternidad, y a los muertos se les supone siempre buena voluntad. En consecuencia, cabe interpretar el silencio del muerto como una forma prudente de cooperar con los jueces.

Lo cual queda dicho.