Pero ningún programa, por excelente que sea, puede confundirse con el porvenir. Al fin y al cabo, estamos refiriéndonos sólo a un pergeño teórico sobre un punto concreto y limitado que, ya veremos si se podrá desarrollar algún día.
Al contrario de los antibióticos. que pueden ser de amplio espectro para acabar con todas las infecciones aunque el paciente sólo padezca una; o como los sueños, que pueden abarcarlo todo, los programas tienen que ser limitados y concretos en sus planteamientos si quieren ser eficaces. Por olvidar esta concreción y esta limitación han fracasado muchos programadores que se las daban de inteligentes. Otros también han fracasado por olvidar un detalle que parece nimio, pero no lo es: que los programas, y los consiguientes proyectos, necesitan de muchas personas para ser llevados a la práctica.
Un programa cualquiera ha de se susceptible de convertirse en proyecto, que no es otra cosa que una sucesión de acciones precisas y concatenadas en el tiempo y en el espacio.
En la palabra proyecto va implícita la idea de proyección, que literalmente significa empujón hacia delante. Es evidente el parentesco semántico de esta palabra con “jet”, que es el chorro que empuja a la aeronave hacia adelante, si bien el castellano cambia a veces en sonido de J lo que debe pronunciarse como Y.
También está emparentada la palabra proyecto con “jaculatoria,” que es una clase de oración breve -invocación o piropo-, que se puede decir en un instante. La blasfemia, parte invariante en las costumbres vernáculas es, a su manera, una jaculatoria al revés: una ofensa ´”rápida” a la divinidad, un salivazo a los cielos
Proyecto es pariente también de eyaculación, que es la expulsión violenta del plasma germinal para comunicar la vida; y de jactancia, que es lanzar por delante de la propia imagen un halo exagerado de autosuficiencia.
Hablar, como se habla ahora ridículamente, de “proyectos de futuro”, como si pudiese haber proyectos de pasado, no es más que una muestra de ingenua confianza nominalista
Ni el futuro puede ser configurado tan fácilmente por un programa o por un proyecto, como se da a entender, ni parece que los pitones de la Historia, grande o pequeña, puedan ser afeitados tan adecuadamente que vengan a encajar al milímetro en las muescas practicadas ex profeso sobre el cuerpo de un futuro que precisamente por serlo no existe todavía..
Ni el mejor de los programas, ni el más adecuado proyecto, hacen a nadie amo y señor de los días no venidos. El futuro no es terreno de libre disponibilidad para nadie. Ni siquiera para los más previsores.
Y aquí es hora de aludir a otro factor que contribuye a dibujar un futuro libre, sin dueños absolutos. Tal factor está representado por una insoslayable necesidad: programas y proyectos precisan de la intervención de personas humanas. Para que nos entendamos: persona el jefe, persona el director, personas los mandos medios, personas los técnicos, personas los que laboran, personas los beneficiarios; y, personas, en fin, las víctimas, que, con frecuencia las hay con relación a programas y proyectos de cualquier tipo.
Ni programas ni proyectos pueden ser llevados a cabo por el jefe o por los directivos por sí solos, prescindiendo de la cooperación, la colaboración o el concurso de otras muchas personas.
Si hablamos, pues, de prefigurar o de planear el futuro, podemos referirnos como regla mnemotécnica “a las tres pes”: programa, proyecto y persona. De los miembros de esta tríada, la persona, es la que tiene más complicado avío.
Y la complicación comienza en la capacidad que ostentan las personas para cooperar, colaborar, en cualquier programa o en cualquier proyecto o para concurrir a la realización de los mismos.
Parecería que nos complacemos en una vana acumulación de sinónimos, mas ninguna de esas palabras quiere decir lo mismo. Cooperar es el actuar juntos desde el punto de vista de la complejidad de los procedimientos, colaborar es el actuar juntos desde el punto de vista de compartir tareas, concurrir es actuar juntos desde el punto de vista de ir en demanda de los mismos fines.
Pero, aparte de esto, la persona –toda persona-, es un centro de atribución de derechos y de obligaciones, es un núcleo de concentración de intereses y un punto de irradiación de ilusiones o de ideales. Eso somos todos, del más grande al más pequeño.¿Puede habar alguno que aún no se haya dado cuenta?
Así que, junto a los jefes y aunque sea en situación de dependencia despótica respecto a ellos, que es la situación más desventajosa que imaginarse pueda para un subordinado, hay siempre una cantidad más o menos amplia de personas que, siendo, como tales, esencialmente iguales a quienes las mandan, al trabajar a favor del proyecto y de acuerdo al programa, lo hacen también -con toda legitimidad-, en ejercicio de sus derechos, en cumplimiento de sus obligaciones, en satisfacción de sus propios intereses, en persecución de sus propios fines y al servicio de sus propios ideales.
La adhesión a los jefes, a los líderes o a los mandamases, nunca es absoluta. Con este dato tienen que contar los programadores y los que elaboran los proyectos a fin de lograr que la resultante del esfuerzo común lleve lo más fielmente posible hacia la dirección prevista en el programa y de acuerdo a los pasos pormenorizados en el proyecto.
Al lado de las realidades macrográficas desarrolladas en programas y proyectos, habrá siempre realidades micrográficas que alientan en las personas que laboran en esos programas y esos proyectos. Si se desconoce esta contraposición de realidades, no es posible llevar a cabo nada de importancia en la vida, por muy competente que sea quien ejerce la jefatura. Esto es verdad sobre todo en política y en materia de sociedad, pero también, mudando lo mudable, en la empresa y en la familia.
O quizá sea preferible decirlo de otro modo: para que un jefe sea considerado competente, habrá que tomarle la medida de acuerdo a la habilidad para conjugar esas realidades disímiles –lo macrográfico y lo micrográfico-, cuyo conocimiento es condición sine qua non para responsabilizarse de las tareas de dirección y mando.
¿Y por qué hablar de estas cosas ahora que parece que nadie manda en nada ni a nadie?
Pues por una razón muy sencilla: mando, de haberlo, haylo, aunque para la galería se aparente otra cosa.. Y porque con harta frecuencia se deja en el olvido la triple capacidad humana de cooperación, de colaboración y de prestar su concurso a una empresa común. Los olvidadizos son los que se han creído que tienen el futuro en la mano.
Repito que la adhesión de un persona, de cualquier persona, a los intereses del poderoso no es nunca absoluta, y si me apuran, ni siquiera completa. No puede serlo, pese a los controles modernos y a los adelantos en las ciencias del engaño y de la manipulación. Por lo tanto, nadie debe dar por conquistado el mundo de los días no venidos. El futuro siempre tiene medios para escaparse de la malla de programas y proyectos en que tratamos de capturarlo.
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