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jueves, 17 de febrero de 2011

Despropósitos

Con esto de los eslóganes y aleluyas hay que andar con mucho cuidado no vaya a ser que se consiga el efecto contrario al que se buscaba y el propósito venga a convertirse en un despropósito. Propósito: objeto, mira o cosa que se pretende conseguir. Despropósito: dicho o hecho fuera de razón, de sentido o de conveniencia respecto a lo que se quiere conseguir.

Sucede que uno va y dice con toda su buena intención “Ven y cuéntalo..” y como es frase coja, de esas que parecen estar pidiendo a gritos que la completen, sobran malintencionados dispuestos a hacerla caer añadiéndole, a modo de muleta, y para mayor escarnio aquello de “si vives para contarlo.”

O puede pasar que aquél otro, después de exprimirse el magín buscando la manera de estimular la petición de créditos entre los sufridores de la pequeña o mediana empresa -que son los menos enterados de la ingeniería financiera, preocupados como están por la embestida de las grandes superficies por delante y la puya de los bazares chinos por detrás-, apenas ha comenzado a pensar que el remedio está en la frasecita esa que dice “Aprovecha tu banco”, cuando viene un resentido con ansias de desquite o lleno de escepticismo antisistema, y tiene la desfachatez de añadir la malévola coletilla de que te des prisa en hacerlo “antes que tu banco se aproveche de ti”.

Menos mal que nos queda el agudo pensa-miento de los políticos para sumergirnos, como en una piscina climatizada en medio de este crudo invierno mental que están padeciendo tanto españoles como expañoles. Al pensamiento político se deben hallazgos semánticos tan originales como “crecimiento negativo”, cuando hay ausencia de todo crecimiento, “triunfo de todos”, cuando ha triunfado cualquier partido; “expansión” de nuestra economía, cuando lo que hay es deslocalización según el síndrome de China.; o hablar de “refuerzo del Estado de bienestar”, cuando lo que se está haciendo es desfondar al propio Estado. Cierto que son parajodas y simplezas. Pero también en la llamada transición, tantas veces alabada por pacífica –pese a sus noventa muertos- hubo simplezas semejantes como aquellas de “Tarancón al paredón”, o “Felipe, capullo, yo quiero un hijo tuyo” que gritaba el mujerío enfervorizado ante el líder de lo labios mordelones. Capullo: botón de las flores, especialmente de la rosa Hoy el tono no es más discreto: “Que se quite el antifaz, el político mendaz”, o “Al martillo y a la hoz, se le ha pasado el arroz” . En fin.

viernes, 11 de febrero de 2011

Let it Burn

Dejadlo arder, let it burn. Es la frase que indica la decisión que hay que tomar ante un incendio que ha sobrepasado los límites de extensión y de temperatura a partir de los cuales es imposible extinguir el fuego. La expresión se originó en el gran incendio del parque de Yellowstone y ha sido empleada con ocasión de otros incendios gigantescos en Norteamérica y en Australia. Sencillamente se deja a la naturaleza seguir su curso.

Esta decisión, propia de bomberos en apuros, viene como anillo al dedo para describir la actitud que, al menos aparencialmente, toman las potencias ante los graves desórdenes que estallan precisamente en algunos países cuyas circunstancias políticas y sociales son inestables en sumo grado. Sucede que, una vez rota la leve membrana del orden público con la consiguiente interrupción de la rutina de acatamiento gregario que mantiene a todos en su puesto, la situación escapa a toda posibilidad de control por otros medios que no sean la fuerza organizada que representan la policía y el ejército.

Las grandes potencias suelen afrontar las situaciones internacionales difíciles recurriendo ya a la presión diplomática, cuya máxima expresión es el aislamiento como pasó con España en la retirada de embajadores impuesta por la ONU; ya al boycott comercial completo o incompleto y por último, a la intervención militar. Pero la primera medida solo es eficaz en tanto que el país en entredicho cuente con un gobierno responsable que se dé por enterado; la segunda, sólo es factible si la comunidad internacional llega a un acuerdo unánime acerca de los rubros comerciales que pueden ser afectados; en cuanto a la intervención militar, resulta ventajosa mientras la presencia armada no desemboque en la necesidad de ocupar totalmente el territorio. Por eso, lo normal es que se acuda a una presión multimodal o polinérgica en la que se ponen en juego la presión diplomática y la comercial, sustituyendo la presión militar por la acción de los servicios secretos que, a su labor de espionaje normal, deben sumar ahora las acciones de agitación.

El lector debe advertir que lo que ahora está sucediendo en Túnez, Egipto y el Yemen, le está siendo presentado como una exigencia popular a favor de la democracia. Mientras tanto, la consigna occidental paree reducirse al Let it burn, dejarlo arder. Falta que el incendio no se propague a Libia, proveedor de petroleo de Italia; ni a Argelia, que lo es de España y ojalá no llegue a afectar a Marruecos y ponga en un brete a estas Españas tan predispuesta a asumir tormentas ajenas sin tener resueltas las propias.

¡ WALONES FUERA !

En Bélgica es proverbial la dificultad de formar gobierno. Es una situación comprometida si se piensa que Bruselas es la capital de la Unión Europea. ¡Como para servir de ejemplo! Si estuviésemos en lo propio podríamos exclamar aquello de ¡qué país Miquelarena!

El problema se nutre de corrientes favorables a la secesión territorial que brotan de la compleja realidad étnico-lingüística de Bélgica. Posee el país tres idiomas oficiales: el holandés, hablado por el 60 por ciento de la población; el francés por el 40 por ciento; y el alemán, por una cifra que oscila entre el 1 y el 5, bailoteo que permite rebañar unos puntos a uno u otro de los grupos principales según convenga a quien presenta las estadísticas. Por lo demás, como existe el propósito de tintar los bolos de color local, se ha convenido en llamar flamenco al holandés y al francés, valón o walon. Al alemán se le sigue llamando por su nombre. Y ¡Valones fuera! parece ser la consigna de los flamencos.

No es europeamente correcto decirlo, pero los antecedentes identificables de este conflicto se remontan a la II Guerra Mundial, cuando los jóvenes flamencos y los de habla alemana, alentados por el líder filo nazi Jonis Van Severan, se alistaron a millares para luchar en el frente del Este. En correspondencia, los ocupantes favorecieron a las minorías flamencas y alemanas, al punto que el líder valón León Degrelle -antiguo periodista, fundador del partido rexista que se inspiraba inicialmente en la Action Francaise de Charles Maurras- quiso contrarrestar los efectos de aquel agravio comparativo optando por una colaboración cada vez más estrecha de los valones con los ocupantes germanos. Y se llevó la palma, el muy listo. Del fervor que puso hablan sus hazañas al frente de la “28 SS Freiwilingen Grenadier Divition Wallonnien”.

Sería fácil comparar la situación belga con la de España. Pero en Bélgica no se trata de lenguas vernáculas en busca de la hegemonía local, pues las lenguas en pugna corresponden a tres de los países fundadores de la UE. En cambio, tiene profundo interés advertir que, así como la independencia del Kosovo al legitimar la desmembración de Servia favoreció las aspiraciones de los soberanistas españoles más radicales, la propensión de Bélgica a partirse el cuesco alumbrando un Estado Valón y otro Flamenco-Alemán, alertando con ello a Francia (que ve peligrar a la Europa Unida) y a Alemania (que no precisa de artimañas para afirmar su dominio), supone un grave obstáculo para los soberanismos extremos de la vieja Piel de Toro. Aquí, parece haber sonado la hora de tirar balones fuera.