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miércoles, 17 de octubre de 2007

En Torno a las Manifestaciones

Hace algún tiempo recordaba en esta misma página que las vías de hecho –que pueden producirse como reacción espontánea o anónima o ser el resultado de la acción de grupos organizados- son actuaciones colectivas que, a su manera, demuestran o manifiestan la existencia de poderes sociales subyacentes a los poderes establecidos.

Decía en aquella ocasión que los tumultos de toda clase, los motines, las sentadas, las ocupaciones de locales, los encierros en un determinado lugar, las concentraciones callejeras tanto las estáticas como las que conllevan desplazamiento de masas o de grupos más o menos nutridos, las intervenciones destructivas contra la propiedad privada o pública, las retenciones temporales de personas significativas en su despachos, son otros tantos ejemplo de lo que son vías de hecho.

Las vías de hecho más conocidas son las concentraciones callejeras que reciben el nombre de manifestaciones, que son, precisamente –siempre que se cumpla el requisito de la autorización- la única excepción a la regla general de no permisión que recae sobre las vías de hecho.

Esa autorización se presenta bajo una forma eufémica: los convocantes deben poner previamente en conocimiento de las autoridades la celebración de la manifestación, el lugar en que se ha de llevar a cabo, las causas que la motivan y, si hace al caso, su recorrido. Pero esta respetuosa corrección no quita a este requisito su contenido intrínseco de constituir un placet, un nihil obstat o un “Visto Bueno” a través del cual se busca anular el factor imprevisibilidad que hace de toda manifestación, por benigno que sea el motivo de convocatoria, un acontecimiento potencialmente peligroso para el orden establecido.

Con esto quedan en claro dos cosas. Primera, que el objetivo factual buscado con ese “poner previamente en conocimiento” es el dar, sin perder los papeles, una salida a tensiones opositoras que, se supone, pudieran llegar a ser insostenibles si se reprimiera a priori su expresión. Segunda, que al incluir dentro del derecho de reunión -que corresponde al ciudadano concreto- la posibilidad de convocar manifestaciones que en realidad solo está al alcance de los partidos políticos y de otros colectivos similares, se está disimulando el hecho de que son éstas organizaciones y no los ciudadanos en particular, quienes de ordinario están en condiciones de ejercer ese derecho. Se otorga así a las organizaciones que convocan y organizan las manifestaciones un poder adicional que llamaremos de representación encubierta que justifica a su manera la pretensión de las organizaciones convocantes de que tras ellas ruge unánime y amenazador el pueblo enfurecido. Esto ¿no contribuye acaso a minorizar aún más al ciudadano ante la partitocracia?

Pero hecha esta digresión, volvamos a lo que nos ocupaba líneas atrás. El hecho de que exista ese deber de poner en conocimiento previo de la administración la celebración de una manifestación, está proclamando que es precisamente la administración la que está legalmente llamada, y obligada en su caso, a disolver o reprimir aquellas manifestaciones que, aún habiendo recibida la autorización debida, venga a derivar en alteración del orden público.

Y aquí están pidiendo a gritos, cómo no, su entrada el tema de las llamadas contramanifestaciones. Son estas, como el descriptivo nombre indica a las claras, manifestaciones que se organizan para impedir el desarrollo de otra manifestación, usurpando, pues, el papel que sólo a la administración corresponde cuando haya motivos jurídicos para hacerlo.

Por supuesto, para las contramanifestaciones no se pide autorización, sino que se deben presentar como estallidos populares espontáneos. Por otra parte, desde el punto de vista de la administración, autorizar las contramanifestaciones sería tirar piedras contra su propio tejado, pues equivaldría a favorecer las condiciones para que el orden público sufriera potencialmente graves alteraciones. En las contramanifestaciones, recobran las concentraciones callejeras su plenitud de vías de hecho. Y no solamente porque de ordinario se producen sin mediar la formalidad de la autorización legal, sino porque están abocadas directamente al propósito de agredir y al riesgo de ser agredidas por sus contrarios.

Las contramanifestaciones no deben ser confundidas con las manifestaciones de compensación, que se realizan para dar respuesta a alguna manifestación anterior. Estas manifestaciones pueden ser simultáneas a las convocadas por sus contrarios, pero en este caso se cuida que no se celebren en la misma ciudad. Este cuidado se rompe cuando tratándose de grandes urbes, se pueden señalar para las convocatorias puntos distantes y que no compartan las mismas vías de acceso y evacuación.

No deben ser confundidas con manifestaciones las llamadas intervenciones obstructivas, que suelen ser una combinación de diversas vías de hecho. Tienen la ventaja, para los organizadores, de que sólo precisan la movilización de un corto número de personas, y la desventaja de que los participantes deben estar habituados a la disciplina y poseer el suficiente entrenamiento para que la violencia no llegue a traspasar los límites que los organizadores hayan previsto y calculado.

Las intervenciones obstructivas, además del propósito primario de impedir que otros se manifiesten, están encaminadas a dar aliento a los simpatizantes, amedrentar a los contrarios y mantener a los indiferentes en una actitud sumisa y silente, como sucedió en San Sebastián el día doce de Octubre recién pasado. Desde el punto de vista de que afectan a la población general, las intervenciones obstructivas constituyen verdaderas operaciones de atrición.

Para asegurar el éxito de una intervención obstructiva es indispensable evaluar correctamente la capacidad de reacción de los organismos policiales, tanto en lo meramente material: efectivos, equipo de que disponen y entrenamiento recibido; como en el moral, es decir, en lo atinente a disciplina, espíritu de tarea y capacidad real de concentración, repliegue y acometida en el cumplimiento de la misma. En suma, para tomar el pulso a todo aquello que constituye la capacidad de respuesta de quienes por principio están llamados a cohibir la violencia no autorizada.

Pero la más importante de las intervenciones obstructivas, hablando ahora desde el punto de vista de la responsabilidad de su organización, es algo que, por lo regular es olvidado en la apreciación de los expertos o de los que pasan por tales: su condición objetiva de maniobras generales del arte de adueñarse de la calles y, por éstas, en desarrollo lógico, de apoderarse de una localidad o ciudad determinada. Arte aparentemente simple pero que es indispensable para provocar las crisis de orden público en la oportunidad debida, gestionar su desarrollo en caliente o en frío, según convenga y, en definitiva, para encaminarlas en un momento dado a la consecución de los fines previstos en relación a facilitar una vía no controlable de acceso al poder.

jueves, 4 de octubre de 2007

Civilización de la Muerte

Gran parte de la actualidad informativa y de la realidad pública o publicitada de hoy se nutre de la violencia más desaforada. Y esto es solo el reflejo de la violencia real, de la que a diario acontece a nuestra vera y en el mundo.

En contradicción con este fenómeno tan fácil de comprobar, prospera en los niveles individuales una tendencia que con justa razón cabría llamar buenismo. Es éste un jarabe de fórmula compleja y descompensada en la que el voluntarismo ético hace el papel de excipiente. En su composición entran ingredientes dispares como son la piedad desarraigada de su origen religioso, el optimismo evolucionista que carece del carácter probatorio del cual presume, y se mueve en cifras inconmensurables de tiempo, y la fe omnímoda en las ciencias y la tecnología a las que se supone capaces de superarlo todo y a las que se atribuye, de hecho, la propiedad de acertar siempre.

Si nos atenemos a nuestro entorno inmediato, que nos permite estudiar el fenómeno sin tener que forzar la vista para nada, podemos comprobar que esta sociedad, que a todas luces conserva la ufanía de una sedicente superioridad moral a la cual no exigen nunca comprobaciones, recita constantemente y en todas los tonos el discurso de rechazo a la violencia aunque es evidente que no atina a vivir sin ella.

Por esto, creo yo, se hace necesario entrar de vez en cuando en lo que parece obvio a fin de que no nos lleguemos a creer, al menos del todo, la versión para menores mentales que afirma que la violencia es, en el ámbito individual, el producto reactivo de alguna represión anterior y, en el ámbito mundial, el resultado de la acción perversa de los militaristas y de los comerciantes de armas. No amigo lector, en la violencia estamos todos incluidos.

Son muchos los indicios que confirman este sentido. Comenzando por lo que parece más externo a nosotros, como sería eso que llamamos diversión, esparcimiento u ocio -y a veces, con un préstamo innecesario del inglés, relax- nos encontramos con que gran parte de él se emplea en presenciar espectáculos de violencia y crueldad, o series en las cuales el así mentado héroe hace gala de despego y desprecio a sus semejantes, como si la sociedad entera cediese a una oscura necesidad de mantener satisfechas visualmente las inclinaciones antisociales y destructivas de la psique.

La misma libertad omnímoda en materia de excitación y distensión del reflejo sexo-genital, libertad en la que en los del 68 confiaban para llegar a una más armoniosa relación entre los sexos, no ha contribuido precisamente a depurar de la enorme carga de violencia que lleva implícita el acto de la copulación que en el ser humano es acompañado, precedido y seguido de un cortejo de emotividad que complica aún más las cosas. Antes bien, esa libertad ha contribuido a que las expresiones de ferocidad macho-hembra y viceversa, se hagan más explícitas y desafiantes como se puede comprobar lastimosamente casi a diario en la crónica de sucesos.

En el terreno de lo que de otra forma sería fácil llamar buena convivencia, es preciso señalar la existencia en plena actividad de un grupo terrorista que tiene en realidad funciones de sociedad de protección coercitiva. Este grupo no opera sólo con la violencia ejercida sino también con la simpatía recibida y con la contribución cobrada. Y al lado de esta simpatía que según el medio social en que se mueva el simpatizante, se disimula o no, está el apoyo material que recibe de los elementos más ricos de una población políticamente congruente que en los sectores más humildes no duda incluso de entregarle a sus hijos, como se puede apreciar por la lista de comprometidos que manejan los jueces, por las listas de sospechosos que se ocultan entre si las diversas policias y por la lista de presos que son aireadas con motivo de alguna excarcelación o en ocasión de las periódicas campañas propagandísticas a favor del acercamiento de los reos a sus hogares y, de paso al de algunas de sus numerosas víctimas.

Tampoco cabría olvidarse, al hablar de la violencia, de la altísima cota que alcanza esa rúbrica destructora que son los accidentes. En primer lugar los de tráfico, que se resisten a todas las sanciones, a todas las vigilancias electrónicas o no, y, va de suyo, a las campañas llamativas, amenazantes o persuasivas de las autoridades de tránsito.

En segundo lugar, pero en punto más doloroso y lamentable si cabe, están los accidentes laborales. Y digo más dolorosos en cuanto que afectan a una actividad que es absolutamente necesaria para la vida de la enorme mayoría de los seres humanos e imprescindible siempre para mantenerse cada uno a la altura que exige la propia dignidad.

La relativa pasividad con que la sociedad, los políticos y los medios de comunicación destapan esta fosa cuando no tienen más remedio que acercarse a ella, no debe ocultarnos lo que los accidentes significan en cuanto lenta labor de diezmar la población joven y de esparcir el sufrimiento en el ambiente social obrero.

Como terrorismo que aspira a configura la sociedad a su gusto, como espectáculo y diversión de nuestros ocios, como accidentes en las carreteras, en los andamios, en las fábricas y talleres, la violencia de una u otra forma acompañada de su cortejo de muerte, sufrimiento y disensión, están continuamente presentes en nuestro entorno. ¿No es esta, pese a todos los oropeles, la civilización de la muerte? Y eso que no hablo del aborto organizado tal como se practica, pues con el se podría plantear una modificación jurídicamente jugosa del delito de genocidio. Hacemos lo mismo que Hitler, solo que, ahora nadie se preocupa siquiera de los fetos eutróficos de la raza blanca. No hay lugar para el buenismo ni mucho menos para sentirse buenos.