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jueves, 4 de octubre de 2007

Civilización de la Muerte

Gran parte de la actualidad informativa y de la realidad pública o publicitada de hoy se nutre de la violencia más desaforada. Y esto es solo el reflejo de la violencia real, de la que a diario acontece a nuestra vera y en el mundo.

En contradicción con este fenómeno tan fácil de comprobar, prospera en los niveles individuales una tendencia que con justa razón cabría llamar buenismo. Es éste un jarabe de fórmula compleja y descompensada en la que el voluntarismo ético hace el papel de excipiente. En su composición entran ingredientes dispares como son la piedad desarraigada de su origen religioso, el optimismo evolucionista que carece del carácter probatorio del cual presume, y se mueve en cifras inconmensurables de tiempo, y la fe omnímoda en las ciencias y la tecnología a las que se supone capaces de superarlo todo y a las que se atribuye, de hecho, la propiedad de acertar siempre.

Si nos atenemos a nuestro entorno inmediato, que nos permite estudiar el fenómeno sin tener que forzar la vista para nada, podemos comprobar que esta sociedad, que a todas luces conserva la ufanía de una sedicente superioridad moral a la cual no exigen nunca comprobaciones, recita constantemente y en todas los tonos el discurso de rechazo a la violencia aunque es evidente que no atina a vivir sin ella.

Por esto, creo yo, se hace necesario entrar de vez en cuando en lo que parece obvio a fin de que no nos lleguemos a creer, al menos del todo, la versión para menores mentales que afirma que la violencia es, en el ámbito individual, el producto reactivo de alguna represión anterior y, en el ámbito mundial, el resultado de la acción perversa de los militaristas y de los comerciantes de armas. No amigo lector, en la violencia estamos todos incluidos.

Son muchos los indicios que confirman este sentido. Comenzando por lo que parece más externo a nosotros, como sería eso que llamamos diversión, esparcimiento u ocio -y a veces, con un préstamo innecesario del inglés, relax- nos encontramos con que gran parte de él se emplea en presenciar espectáculos de violencia y crueldad, o series en las cuales el así mentado héroe hace gala de despego y desprecio a sus semejantes, como si la sociedad entera cediese a una oscura necesidad de mantener satisfechas visualmente las inclinaciones antisociales y destructivas de la psique.

La misma libertad omnímoda en materia de excitación y distensión del reflejo sexo-genital, libertad en la que en los del 68 confiaban para llegar a una más armoniosa relación entre los sexos, no ha contribuido precisamente a depurar de la enorme carga de violencia que lleva implícita el acto de la copulación que en el ser humano es acompañado, precedido y seguido de un cortejo de emotividad que complica aún más las cosas. Antes bien, esa libertad ha contribuido a que las expresiones de ferocidad macho-hembra y viceversa, se hagan más explícitas y desafiantes como se puede comprobar lastimosamente casi a diario en la crónica de sucesos.

En el terreno de lo que de otra forma sería fácil llamar buena convivencia, es preciso señalar la existencia en plena actividad de un grupo terrorista que tiene en realidad funciones de sociedad de protección coercitiva. Este grupo no opera sólo con la violencia ejercida sino también con la simpatía recibida y con la contribución cobrada. Y al lado de esta simpatía que según el medio social en que se mueva el simpatizante, se disimula o no, está el apoyo material que recibe de los elementos más ricos de una población políticamente congruente que en los sectores más humildes no duda incluso de entregarle a sus hijos, como se puede apreciar por la lista de comprometidos que manejan los jueces, por las listas de sospechosos que se ocultan entre si las diversas policias y por la lista de presos que son aireadas con motivo de alguna excarcelación o en ocasión de las periódicas campañas propagandísticas a favor del acercamiento de los reos a sus hogares y, de paso al de algunas de sus numerosas víctimas.

Tampoco cabría olvidarse, al hablar de la violencia, de la altísima cota que alcanza esa rúbrica destructora que son los accidentes. En primer lugar los de tráfico, que se resisten a todas las sanciones, a todas las vigilancias electrónicas o no, y, va de suyo, a las campañas llamativas, amenazantes o persuasivas de las autoridades de tránsito.

En segundo lugar, pero en punto más doloroso y lamentable si cabe, están los accidentes laborales. Y digo más dolorosos en cuanto que afectan a una actividad que es absolutamente necesaria para la vida de la enorme mayoría de los seres humanos e imprescindible siempre para mantenerse cada uno a la altura que exige la propia dignidad.

La relativa pasividad con que la sociedad, los políticos y los medios de comunicación destapan esta fosa cuando no tienen más remedio que acercarse a ella, no debe ocultarnos lo que los accidentes significan en cuanto lenta labor de diezmar la población joven y de esparcir el sufrimiento en el ambiente social obrero.

Como terrorismo que aspira a configura la sociedad a su gusto, como espectáculo y diversión de nuestros ocios, como accidentes en las carreteras, en los andamios, en las fábricas y talleres, la violencia de una u otra forma acompañada de su cortejo de muerte, sufrimiento y disensión, están continuamente presentes en nuestro entorno. ¿No es esta, pese a todos los oropeles, la civilización de la muerte? Y eso que no hablo del aborto organizado tal como se practica, pues con el se podría plantear una modificación jurídicamente jugosa del delito de genocidio. Hacemos lo mismo que Hitler, solo que, ahora nadie se preocupa siquiera de los fetos eutróficos de la raza blanca. No hay lugar para el buenismo ni mucho menos para sentirse buenos.

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