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viernes, 29 de diciembre de 2006

Invención de la Navidad

Cayo Julio Cesar Octavio Augusto, se dio tal maña en imponer el orden y la seguridad en todo el ámbito del imperio romano, que pronto no quedó en el mundo entonces conocido una mala guerra que picar y se tuvo que echar el cerrojo a las puertas del Templo de Jano que sólo se abría durante las guerras. Con todo el tiempo para contabilizar su gloria y recontar las riquezas del erario público, Cayo Julio Cesar, devoto de Apolo, el dios de moda, ordenó un censo destinado a mejorar la recogida de impuestos, que era asunto que correspondía mas bien al negociado del dios Mercurio. Aquél censo era el tercero del reinado de Augusto, y esta vez quiso que fuese completo y universal. Todos los habitantes del Imperio debían inscribirse. Los judíos también, pese a que Judea no era precisamente una provincia romana, sino un país protegido.

Incluir en el censo a los judíos era una tarea delicada y difícil. “Herodes es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, hubiera podido decir Augusto. Pero si Herodes era un rey “aliado y amigo”, los judíos no lo eran tanto. Hacía poco, seis mil fariseos, lo más selecto del país, se habían negado a prestar juramento de fidelidad al Emperador.

No era rechazo político sino escrúpulo religioso. Cayo Julio Cesar, como sabían bien los geneologistas, era descendiente de Venus, y encima, había sido asimilado a la divinidad suprema al ser proclamado “Júpiter Salvador”. Era una cuestión de principios. Los judíos fieles no adoraban a otro dios que a Yahvé.

Así que el prudente Sencio Saturnino, nada amigo de la política de palo y tente tieso, y a quien le habían encargado ex officio el censo de los judíos, pensó que era mejor delegar aquella tarea en Publio Sulpicio Quirino, conocido experto en asuntos del Oriente Medio y por entonces gobernador de Siria. Este sí sabría organizar un censo como el Cesar mandaba, sin tocarle las narices a los quisquillosos hijos de Abraham.

Desechando el uso romano de empadronarse en el lugar de residencia, que era lo más lógico y los menos complicado, Quirino ordenó que cada cabeza de familia acudiera a la ciudad de donde fuera originario su linaje. Aquello equivalía a montar un tiberio de padre y señor mío con montones de gentes moviéndose de un lado a otro por todo el país. Pero era la costumbre judía que seguía en esto el mandato de la Escritura Santa.

Con delicado sentido político y humanitario, el romano tenía previsto que el censo debía hacerse en invierno para evitarle a los viajeros los calores de las otras estaciones. Quirino estaba convencido de que todos obedecerían, pero, como no estaba dispuesto a dejar nada en manos de la casualidad, decidió que cuatro legiones de guarnición en Siria bajasen hasta la Judea para mantener el orden en los caminos, auxiliar a los viajeros y animar con su presencia a que se empadronasen los que de ordinario no saben ni contestan.

Hosteleros y transportistas alabaron la decisión de Quirino tan de acuerdo a los usos del país como respetuosa con el mandato del Altísimo. En realidad hubieran apoyado cualquier medida con tal de que les diera también la oportunidad de subir los precios a su antojo. Lo mismo hicieron los suministradores de mercancías.

Cuando comenzó la “operación salida”, los caminos se llenaron de viajeros, cada uno con rumbo a la ciudad de sus antepasados. Belén era entonces una pequeña población sobre la carretera que iba a Egipto, famosa además por haber sido cuna del rey David y el lugar del romance entre Ruth la segadora y Booth, el rico terrateniente. A Belén fueron, desde Nazareth de Galilea, José y María, cinco jornadas a paso de burro; mucho para una preñada que casi llegaba a su término. Tenía que pasar lo que pasó.

Así fue como Cayo Julio Cesar Octavio Augusto, descendiente de Venus y él mismo divinizado con el nombre de “Júpiter Salvador”, Sencio Saturnino, prudente funcionario que delegó funciones, y Publio Sulpicio Quirino, gobernador de Siria y experto en asuntos del Oriente Medio que se encargó finalmente del operativo, dispusieron las cosas de tal modo que Jesús, hijo de David, viniese a nacer en Belén de Judá. Sin saberlo, obedecían a los profetas Sin saberlo, inventaron la Noche Buena, y sin saberlo coadyuvaron a organizar la de Dios es Cristo, que no ha terminado todavía.

martes, 19 de diciembre de 2006

Sueño de Navidad

Silencio en el mundo. Estoy en la casa de la niña de las setenta Barbies y del niño de los cuarenta juegos electrónicos y los treinta vehículos teleguiados. Me invitan a subir a un satélite de juguete. “Pide un deseo, sólo uno, tío”, me dicen. Y yo, desobediente formulo un rosario de ellos.

…Quisiera remontarme a la región cristalina y secreta del espacio, donde los pensamientos y las realidades profundas se hacen visibles. Atrás quedarían el vapor espeso de las ambiciones desmedidas, las montañas donde se apilan los escombros de los proyectos fracasados, el tufo denso del odio, las nubes de mosquitos de la envidia, los aires malsanos de las autoexigencias excesivas, el aroma enervante del narcisismo, para venir a quedar solo ante el paisaje de la verdad que resplandece. Lejos, en fin, de los espejismos cambiantes, de las apariencias y los pareceres que mudan.

Y quisiera, sin injusticia, poder juzgar a los demás por lo que acontece dentro de mí mismo. Y anhelaría lo confieso, hallar que todos -sin excepción, como son los “todos” que llegan a serlo por completo- compartiéramos un mismo anhelo de paz.

Y no entendida ésta como simple ausencia de hostilidades, ni como ese lugar común al que recurren los oradores para vituperar los males de la guerra, que se supone su contraria, sino como medio para coincidir en la plenitud de esa superior inocencia que consiste en reconocer los errores con la misma tranquilidad de vida que los aciertos, contemplados los unos y los otros en la unidad que les presta el conocimiento de nuestra propia común indigencia, unificada la totalidad de nuestros actos en la convicción de sabernos seres propensos al fallo, inclinados al extravío, aficionados a desviar el timón hacia la rompiente de los escollos, negligentes a la hora de consultar la carta de marear que nos facilitaría el seguimiento de derroteros claros.

Y dentro de ese sentimiento que no tiene otra salida que el abajarnos de los pedestales que nos hemos construido cada uno, brotaría un anchuroso sentimiento de amistad conmiserativa, que es amistad que surge -como el adjetivo indica- de sentirse compañeros de miserias, partícipes de inclinaciones, de debilidades que reconocemos como tales, con entera franqueza, sin paliativos ni máscaras.

Y quizá, dentro de esta macedonia de errores comunes a nuestras vidas, llegaríamos a descubrir, allá en lo hondo de nuestro ser -en lo que llamamos el alma- como una joya antigua encerrada en el baúl guardado en el desván, un sentimiento de nostalgia del Paraíso olvidado o que nunca nos hemos propuesto regresar.

Puede que nuestro existir llegara a convertirse por esta vía en un inmenso reglaje de presentimientos altos que nos llevarían a la búsqueda esperanzada de una regularidad prudente, sobria, viva y entregada que acaso echamos de menos en nuestras vidas.

Y comprenderíamos también que ese alguien a quien llamamos Dios, porque de alguna manera tenemos que llamarlo y siempre nos quedaremos cortos, no es el Ser exigente que nos rebaja a servidumbre vil y nos quiere sujetos a obediencia ciega, sino Padre Nuestro, común, que mantiene su mesa puesta y nos guarda, para cuando queramos volver a casa, un sitio que sólo puede ser el nuestro; no un dios recurso-de-autoayuda, sino el magnífico administrador de acicates que estimulan, impulsan, retan; no el dios-disminuido que tiene a la razón por enemiga, sino el moderador que convida a ejercitarla en ese interminable simposio que es la vigilancia y el cultivo de la propia conciencia y en la búsqueda de los dones de la sapiencia, el conocimiento y la sabiduría

Y ojalá también, que el barrunto que nos hizo vislumbrar en un momento dado de nuestras vidas que Dios es bueno, pudiera convertirse en una convicción torrencial capaz de hacernos comprender que es posible hacer el bien más allá de las virtudes simplemente prácticas y convenientes, y que cuando la Escritura se refiere a “servir a Dios en su presencia”, lo que hace es invitarnos a hacer de nuestra actividad una sucesión de actos conscientes, lúcidos, en los cuales vibre pleno el intelecto, plena la decisión de la voluntad, plenos los sentidos, pleno y abierto el corazón, plena la atención a las personas, cosas y acontecimientos que nos rodean, trenzados los elementos de nuestro ser en un haz de determinación que actúe en nosotros con la fuerza creadora de un “fiat, de un “serviam”, de un “hágase” y de un “estoy dispuesto” continuamente renovados.

Y desde la altura en que acaso hayan comenzado a brillar constelaciones nuevas, veo en esta Navidad que se aproxima, la sacra, vibrante emoción cristiana, crecer igual que desde hace dos milenios, silente, brillante, misteriosa, en las ciudadelas de corazones encendidos, como un rubí que se forma en las entrañas de la tierra y que eclosiona en impulso de compartir, de perdonar, de confiar, de amar, de crear…y de creer que el Bien existe y es posible darle cumplimiento pese a las violentas tempestades y por encima de las montones de estiércol que se ponen a nuestro alcance al parecer con fines de degustación.

Y veo de repente, desde allá arriba, como si el paisaje perdiera de improviso su lejanía y su profundidad, y ocuparan todo el ámbito de visión los alborotados personajes de una mascarada: la Inquietud , la Agitación y el Apresuramiento inútil; la Ambición compulsiva; el Impulso irresisitible de bailar al son que toquen en cada momento, la Satisfacción que se solaza en el dispendio, el Orgullo que se pavonea en las ventajas de clase, la Ufanía de lo propio y vernáculo que se erige en jactanciosa forma de exclusión. Y me parece que veo las razones por las cuales, para una parte creciente de la multitud de cristianos en animación suspendida, esta noche sea tan vulgar como la de todos los días, sólo que más ornamentada de oropeles, más cubierta de bisutería, más pretenciosa y más metida en la bulla de siempre. Y termino por comprender, aunque no vaya conmigo, la desgana que les lleva a no celebrar nada, a no alegrarse más, a no seguir mintiendo en el gesto lo que no perciben ya en su interior.

Aterrizo al fin. Bajo del satélite de juguete. La niña de las setenta Barbies, y el niño de los cuarenta juegos electrónicos y los treinta vehículos teledirigidos, nadan en la piscina del enorme pabellón en que se ha convertido ahora la sala. Sobre el agua flotan cuarenta y cuatro mil huecas bolas de Navidad.

Del techo veo descender un ángel. Otros tres aguardan su turno.

El primer ángel dice: mi mensaje es el de la paloma del Arca, os anuncio que “las aguas no cubren ya la Tierra ”.

El segundo ángel dice, mi mensaje es el de Mateo: “Jesús callaba”.

El tercer ángel dice: oíd mis palabras que son las de Ezequiel, profeta: “os extraeré vuestro corazón de piedra y os implantaré en su lugar un corazón de carne”

El cuarto ángel dice, mi mensaje es el mismo del Libro de los Proverbios, guardadlo en las entrañas: “Dame, hijo, tu corazón”.

Y todo volvió al silencio

viernes, 15 de diciembre de 2006

El Perol de las Albondiguillas

¿Un borrón o un zurcido? A la vida, a la de cada uno, se le pueden echar borrones o zurcidos Todo depende con qué quiere uno comparar la vida.

¿Es la vida como unos calzones o como una página de escritura? Las páginas escritas están llenas de borrones, tanto, que se las llama borradores. Los calzones, más que nada en las clases pobres y en tiempos de más austeridad que los de ahora, estaban llenos de zurcidos. Pero este último ejemplo no nos vale porque, según afirman algunos, hoy salen más caros los remiendos que los calzones nuevos. Así que por pura economía, de zurcidos nada.

Por lo demás, no creo que tratándose de la vida, emborronarla o llenarla de zurcidos, tenga nada que ver con la rectificación de las cosas que están torcidas, que es lo que en el fondo importaría. Rectificar es un privilegio que si acaso llega a alcanzarse es siempre como de rebote y con sorpresa, como si fuese un premio inmerecido

Así que, aquello que el lenguaje de todos los días suele llamar pomposamente rectificación, no pasa por lo regular de ser más que un vulgar borrón que a veces ni siquiera permite iniciar la cuenta nueva que, a fuerza de ingenuidad, esperamos que venga detrás de cada borrón, según lo sugiere el conocido refrán castellano.

Pentimentos. Creo que la observación anterior es importante en todo momento, y más cuando se está a punto, como es tan frecuente, de echarle a la vida no sabemos si un borrón o un zurcido, con un nuevo matrimonio, con un nuevo amor, o con un nuevo divorcio que corona un desamor.

Y a esas dudas añado yo una exclamación que es un deseo: ¡Ojala fuese más bien un pentimento¡ es decir, una enmienda que se hace sobre un fragmento del cuadro que ya está esbozado, para añadir un nuevo escorzo que el artista juzgó más apropiado o más bello o más armonioso que el trazo que en definitiva vendrá a quedar debajo.

Para hablar de la vida, el símil del cuadro me parece más conveniente que el de la página escrita o el de los calzones. Porque en conclusión, lo que de bueno o de malo hemos hecho, con nosotros permanece, igual que el pentimento yace oculto en el cuadro en el cual se ha pintado el sobreañadido que lo mejora o rectifica.

Proceso. ¿Y la palabra proceso que últimamente se ha puesto de moda? La palabra proceso designa la sucesión de pasos en una cadena de acciones conducentes a un objetivo y equivale, sin más, a progreso. Tomada en este sentido la palabra proceso nada tiene que ver con el conjunto de actuaciones judiciales indispensables para averiguar la perpetración de un delito y determinar la participación y culpabilidad de las personas que hubieran intervenido en él.

Proceso es también nombre de persona. Pero Proceso es también nombre de persona. Hay por lo menos cinco santos canonizados por la Iglesia que lo llevan. El más célebre es el que tiene su fiesta litúrgica el 6 de mayo Cuentan que Proceso, junto con Martiniano, fueron carceleros de San Pedro y San Pablo, terminaron por convertirse al cristianismo, y llegaron a ser testigos de Cristo ante el mundo pagano.

El nombre de Proceso, que ahora nos parece tan extraño, tiene su pizca de gnosis. Alude a una antigua explicación inmanentista del origen del Cosmos a través de una sucesión de causas ordenadas y dependientes unas de otras en una cadena en la que el principio se confunde con el fin, como la serpiente que se muerde la cola de los salones esotéricos de nuestros días, o lo que en Topología recreativa representa el lazo de Moëbius. El problema está en que la dependencia de cada una de las causas en relación a otra anterior postula la dependencia de todo el conjunto respecto de Algo que está fuera de dicha serie, con lo cual de alguna forma se está volviendo a la idea de Dios que se quería esquivar. A lo mejor esto sirvió a los apóstoles para pegar la hebra con un funcionario de prisiones tan preocupado por el origen del Cosmos.

En mi vida sólo he conocido un caballero que llevase el nombre de Proceso: el médico mexicano Don Proceso Sánchez Ortega, maestro mundial de Homeópatas en Tulancingo.

La paz. En el libro “Tesoro de la Lengua Castellana o Española”, he tropezado con la definición de paz más curiosa, peregrina y bizarra que yo conozco. Dice así: “Paz es el lugar común en el cual los oradores se detienen contando los bienes que se siguen de ella y los males de la guerra, su contraria”

Es una definición escéptica que ni siquiera llega a contemplar la paz en su aspecto de ausencia de hostilidades como hacen otros diccionarios ingleses, franceses, alemanes o italianos, por hablar de las grandes lenguas de la civilización. Es una definición cínica y despectiva, porque afirma que esa verbalización es, encima de todo, un lugar común, o, lo que es lo mismo, que se trata de una expresión trivial a la cual se acude interesadamente como recurso retórico. Es pesimista, en fin, porque sugiere que los bienes de la paz, para lograr algún resalte, necesitan entrar en contraste con los males que se siguen de la guerra.

Por las notas que señalo, esta definición encontrada en un autor del siglo XVII, coincide plenamente con algo rabiosamente actual: parece describir el bla bla bla de los políticos, las peroratas de los vectores de opinión y el chapurrear de los peacemakers que describen cada uno la Paz de su paloma

¿Y don Proceso de Paz? Por eso, dicho con su nombre entero y personalizando hasta la caricatura, don Proceso de Paz debe evitar confundirse con don Perico de los Palotes, que baila el paloteado al son que le toquen, ni con Pello Basajaun, que parece estar en todas partes urdiendo maldades como un duende a la vez burlón y siniestro.

Don Proceso de Paz, tiene un talante beatífico, digno de que por él eleven sus preces los cristianos -incluídos los cautelosos Obispos, los engreídos Teólogos, los curas mal aparcados e incluso los frailes expulsados de la barojiana República del Bidasoa. Don Proceso de Paz merece también que canten sus versos los bersolaris, payadores y versificadores en todas las lenguas, bailen sus danzas los bailarines, atruenen el aire con su música los rockeros de todas las bandas, salten sobre los bancos los saltimbanquis, y hagan risas los payasos, que de todo eso hay en la sala de prensa donde habrá que posar para tomarse la foto que, por costumbre inexplicable, -pues a la familia ya la ha dado por muerta la Revolución de Géneros con epicentro en España- , ha de llamarse la “foto de familia”. Y, sobre todo, don Proceso de Paz merece que los homicidas renuncien a su condición de genios malignos que disponen según conviene de la vida de los demás, como si la muerte no fuera a cortar nunca el dobladillo de sus propias existencias.

Paces. Por lo demás, en castellano no se hace la paz, sino que se hacen las paces, en plural, como recordando que después de una paz vendrá otro tiempo de discordia y así sucesivamente nuevas guerras y nuevas paces. La paz es un bien escaso y esquivo. Los romanos, que son los que más han luchado por establecerla, cuando consiguieron pasar 12 añitos consecutivos sin guerra –eso fue en tiempos de Augusto- les sorprendió tanto que se apresuraron a consultar al oráculo de Apolo para saber cuánto les duraría. Como el oráculo les respondiera que “Hasta que una virgen dé a luz”, consideraron que se abría una perspectiva de paz perpetua, la llamaron Pax Romana y se apresuraron a dedicarle un templo votivo. Todos sabemos lo que duró porque en este período nació, en una provincia romana del Oriente Medio, Jesucristo ex Maria virgine.

lunes, 11 de diciembre de 2006

Democracias y Dictaduras

Consentimos que pasen como verdades muchas mentirillas que, en realidad, son mentiras en toda la regla. Aunque aparentemente inofensivas, esas falsedades están muy lejos de merecer el trato de favor que implica el uso del diminutivo.

Se trata en realidad de mentiras de profundo calado sobre las cuales se sostienen verdaderas constelaciones de opiniones falsas Son mentiras llamadas a perdurar porque, encima de engañar al mundo entero, sirven de elementos tranquilizadores aptos para embotar las conciencias, adormecer las mentes y confundir el juicio

Pero hay una ilustre falsedad que supera en extensión a las demás. Es la que asegura que la democracia es el mejor de los sistemas políticos imaginables; o, en su versión negativa, que es el menos malo de todos los sistemas. Yo no digo que estas afirmaciones tan optimistas no puedan corresponder a la verdad en términos puramente teóricos. Lo que digo es que no me atrevería a sostener cosas semejantes con el aplomo con que las sostienen algunos.

Lo cierto es que tanto en una versión como en la otra, que la democracia sea el no va más es una afirmación hermosísima. Mas no por eso resulta menos discutible y problemática. Porque, al amparo que les brinda su contenido complaciente, muchos demócratas de todo el mundo se olvidan de los deberes que tienen que cumplir para que el sistema que dicen ser tan excelente siga siendo merecedor de la fama que con tanta facilidad están dispuestos a concederle.

Y si al lector no le marean las distancias cortas, haga el favor de mirar lo que está sucediendo en el Reino de las Diecisiete Repúblicas en materias como la intronización de las oligarquías regionales que se enquistan en el poder, o de “justicieras” e intocables discriminaciones positivas, o de también “justicieras” maniobras sobre sentencias vistas que se parecen mucho a la retroactividad de las leyes penales, o de permisividades que equivalen a verdadera complicidad del legislador con el delito, o de oportunismos que dejan a la Justicia sola y mal parada, o en la voladura, al parecer controlada, del principio de ciudadanía, base de la igualdad jurídica.

Con todos estos ejemplos a la vista, nadie que esté en sus cabales puede negar que es perfectamente posible envilecer la democracia y dejarla hecha unos zorros que para mayor INRI es especie protegida.

Nuevas expresiones de este especialísimo tipo de corrupción de la cual no se habla en los periódicos las tenemos todos los días; sin contar con los ejemplos que brinda la Historia comparada, que son abrumadores de tan abundantes y turbios. Jaume Perich supo expresar muy bien esta situación cuando escribió con humor clarividente: “La democracia es el menos malo de los sistemas políticos conocidos. Pero es perfectamente posible empeorarla.”

¡Y tan posible! Una de las formas más fáciles de empeorar la democracia es vaciarla de contenidos morales, que parece ser la tarea en que se empeñan no pocos políticos de las más diversas camisetas en esta década inaugural del siglo Veintiuno.

Y que conste que en la operación de desahucio de la moral que se está llevando a efecto hay que darse especial maña para que el personal no se alarme antes de que los interesados hayan concluido la tarea de reducir la democracia a la pura radiografía de sus huesos pelados. O, lo que es lo mismo, hasta que hayan conseguido que los ciudadanos asuman que toda la democracia se concentra en la posibilidad de poner en marcha periódicamente el mecanismo del sufragio. Este dato, con ser tan simple y maquinal, tiene su busilis porque, basándose en él, regímenes de cualquier laya pueden llamarse democracias.

De hecho, las dictaduras por antonomasia, que son las de esa América que llaman latina, nunca han abolido las elecciones, y tampoco se han visto acuciadas a falsificarlas abiertamente. Observando la historia electoral de aquél continente, se puede comprobar cómo, ya conservando los cauces del clientelismo tradicional, si son conservadores; o creando otras versiones nuevas y mejor pintados del clientelismo, si se las dan de revolucionarios, los dictadores de allende el Atlántico se han contentado, por lo general, con usar la subvención bajo mano como imán para orientar a su gusto la opinión publicada; con utilizar el empleo público como señuelo partidista; con crear por interpósitas manos de entera confianza, agencias de publicidad o de producción de programas para los medios, y con hacer las oportunas concesiones de los canales de radio o televisión a los también oportunos amigos incondicionales. Teniendo todo esto es sumamente difícil perder las elecciones. ¿Les suena algo a vuestras mercedes? Y hablo del sufragio, porque muy pocas veces tiene el hombre de la calle oportunidad de analizarlo en su doble aspecto de fetiche democrático y de tabú acerca del cual las críticas deben ser silenciadas.

Pero acontece que, lejos de ser un fenómeno ajeno totalmente al gobierno del pueblo, con el pueblo y por el pueblo, las dictaduras son con harta frecuencia el efecto sabido y previsible, de las corruptelas e ineptitudes democráticas.

En todo caso, las dictaduras tienen una deuda con las democracias corruptas o ineptas que les hacen un lugar en la vida política, igual que las democracias la tienen con las dictaduras que les hacen el trabajo sucio, arriesgado o impopular que ellas son incapaces de realizar.

Y aquí es preciso hacer algunos distingos entre las dictaduras, porque las hay programáticas e ideológicas, que son las menos; y las hay instrumentales, que son las más numerosas.

Las dictaduras programáticas por antonomasia son, en primer lugar, las dictaduras del proletariado, destinadas a durar hasta que el socialismo real pueda ser sustituído por el verdadero comunismo. En segundo lugar, la dictadura fascista italiana –y sus imitaciones- que sostenía hegelianamente que el alma del pueblo estaba encarnada en la persona de su conductor, o Duce, y que había de durar hasta que Italia ocupara en el mundo de hoy un puesto semejante al de Roma en el mundo antiguo. En tercer lugar, la dictadura nacionalsocialista que debía prolongarse a lo largo de un Milenio para poder redimir a la humanidad mediante la supremacía de una estirpe blanca de trabajadores de toda clase, depurada biológicamente por la eliminación de los enfermos, los débiles y los tarados, y racialmente seleccionada por la exclusión de los elementos no arios.

Las demás dictaduras son dictaduras instrumentales, que se introducen en el mundo entrando por el portal que les facilitan los defectos, inepcias y corrupciones de las democracias liberales. Es el caso de Perón, de los Somoza, de Pérez Jiménez, de “Chichí” Remón e incluso de Chávez, que han subido al poder y se mantienen en él por elecciones; como es igualmente el caso de una dictadura de Partido, como la del PRI mexicano que ha medrado con el lema tan cínico como eficaz de “Sufragio libre, no reelección”.

Pero en esto de las dictaduras habría muchos distingos que hacer y no es esta la ocasión para ello. Otra vez será.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

La Nariz del Cesar

Posé la vista, poco menos que al descuido, sobre la foto de César Pérez de Tudela. O más propiamente sobre su elevada, fina y desgastada nariz, altiva como una arista de montaña, tal como aparece en la portada de un libro ya añejo exhibido, entre otras publicaciones, en la vitrina de un kiosco callejero. Un amigo que me acompañaba en aquél momento, me comentó que el apéndice nasal le había quedado así al montañero navarro tras la congelación sufrida durante el ascenso a una de las más altas cumbres.

De allí pasamos a querer precisar si Cesar había sufrido la congelación cuando subía a un ochomil, o a un sietemil, o a un cincomil, y si la tal expedición había sido a los Andes, a las Montañas Rocosas o a algún punto del macizo del Himalaya.

De allí pasamos al Dalai Lama y a la sal gema rosada proveniente de aquella región, y de ésta a la firma barcelonesa que la comercializa en toda España, lo cual nos condujo a conjeturar si las nuevas fronteras y separaciones intrahispánicas llegarían o no al extremo de impedir el comercio panhispánico, para terminar hablando de la paz que, como dice el diccionario de Covarrubias en el cual me inspiro, es el lugar común en que se detienen los oradores para seducir a la parroquia contándole los bienes que se siguen de ella y los males de la guerra que, al parecer, es su contraria.

Sucede que a los varones de fácil labia les pasa lo mismo que a las mujeres solo que en abstracto y más disperso. Así que aquella tarde, después del exordio de la nariz congelada, y de dar mil vueltas al pensiero tratando de calcular si a los expañoles resultantes de una hipotética división de las Españas les podría interesar de veras vivir enfurruñados a perpetuidad unos con otros, y de sopesar el riesgo que corren de convertirse en animales territoriales especializados en mear sobre sus propias mugas –también se les llama mojones-, para dejar bien marcados los límites dentro de los que cada perro pueda cazar su gato, la ociosa conversación comenzó a escorar hacia el lado de las curiosidades históricas. Así que, complicando la cosa, abandonamos la paz para interesarnos por el Proceso de Paz.

-¿Cree Vuestra Merced que esto del Proceso de Paz va para rato?

-Para Rato no, ese personaje pertenece ya a la pura paleontología de la política. En todo caso va para Rodríguez Zapatero.

-No es eso a lo que me refiero.

- Pues entonces ¿a qué?

-A lo que puede durar el Proceso de Paz.

-El Proceso durará lo que tiene que durar. Porque hay que estirar el chicle por lo menos hasta las elecciones generales en las cuales podrá servir de excelente espejismo de enganche para los votos que anden sueltos y sin orientación. Así que, hasta ese momento, el proceso está destinado a ir un día bien y al otro mal. Tendrá que sufrir parones para aumentar la intriga y para justificar los prisas y empujones que van a venir después. Habrá disidentes que disientan y espontáneos que se tiren al ruedo de nuevo, con grave peligro para la vida de los demás, por supuesto. Como resultado de unas cosas y otras, el proceso podrá alargarse lo necesario para llegar con todo su poder ilusionante al momento preciso de las elecciones generales.

-¿y la paz?

- La Paz , si viene, durará lo que quiera. Ya desde la antigüedad clásica conocen los eruditos –y ya no digamos los erudos de cuerpo entero-, que la paz es un bien escaso y esquivo completamente indiferente a la demanda de que es objeto. A los romanos les llegó a durar la paz en cierta ocasión doce años consecutivos, doce, y decidieron conmemorar esa hazaña nunca vista erigiendo un templo votivo a la Pax Romana. Al Caudillo Franco le duró veinticinco años, los famosos “Veinticinco Años de Paz”, y hay pakeas por ahí que los recuerdan todavía. A Europa le ha durado la paz sesenta años, aunque para conseguir ese numero tan redondo han tenido los propagandistas que descontar las sucesivas guerras de Secesión de la Ex Yugoeslavia , que estallaron unas tras otras como una traca exterminadora que sólo cesó cuando intervinieron las tropas de los Estados Unidos ya que a la Europa Unida no le hacía gracia mancharse el halda. Al Estado de Israel la paz no le ha llegado todavía, pues desde su creación por la ONU en 1948 está en situación de guerra con casi todos sus vecinos.

-¿Y la joven democracia española?

-La joven democracia española no ha conocido tampoco un momento de verdadera tranquilidad interna, si se descuenta la Transición Pacífica. Y que conste que si accedo a llamar así a la Transición , es porque quiero olvidar que en ella se produjeron noventa muertos. Con cuatro muertos les bastó a los portugueses para llamar a la suya la Revoluçao do Cravo.

Tampoco ha contribuido a la tranquilidad de España lo que ha venido ocurriendo en el País Vasco, donde a la beligerancia revolucionaria se le ha venido llamando guerra o lucha armada, dando a entender incluso que es un conflicto internacional. Esto ha tenido por resultado que el personal padece ahora un verdadero “mono” de paz, pese a que en la llamada “guerra” a nadie le ha ido tan mal, si se hace caso omiso de las víctimas, por supuesto. Y en esas estamos.

-Tenga vuestra merced cuidado con lo que dice del mono ese. ¿No ve que se expone a ser investigado por simiófobo?

- Cuando hablo de mono no hablo de ninguno de los animales que reciben ese nombre, sino de ese estado de ansiedad o de perturbación inducida en el consumidor habitual de drogas por la carencia de éstas. Quiero decir sencillamente que la paz, convertida en droga a través de los sobresaltos bien calculados de una beligerancia que se prolonga durante décadas, produce en el organismo social un síndrome de abstinencia que lleva consigo el deseo irrefrenable de conseguir paz a toda costa.

-Y ya que habla de costa ¿está comprometido también el litoral cantábrico oriental de tanta importancia estratégica en el equilibrio mundial?

-Sin duda alguna lo está, como que allí residen buena parte de los pacientes del síndrome de abstinencia.

- ¿Y eso de la Hoja de Ruta que conduce a la paz?

-Es una pedantería que imita el léxico de Collin Powell en el Oriente Próximo. Pero el americano se atreve a hablar así porque sabe que si quisiera podría imponer su voluntad a los contendientes y llevarlos, de parada en parada, por el itinerario que quisiera. Aquí, para ser sinceros, debería hablarse de dos Hojas de Ruta, una de ellas con la versión para niños que se ofrece al gran público; y la otra, propia del piloto, que es donde se dice lo que de veras ha de pasar para que, una vez escenificadas por las partes que intervienen las dificultades previstas y consensuadas, la cosa se prolongue lo justo para que resulte electoralmente rentable. ¿Comprené vu lo que parle mua?

-Si, lo comprendo, lo comprendo. Su poliglotismo está a la altura de la globalización. Pero me queda una duda ¿A qué viene lo de la nariz congelada de Pérez de Tudela?

-Viene a que, al igual que la nariz del montañero sufrió congelación, el antiguo reino de los nafarrotarras está en animación suspendida en esa cámara de hibernación política que constituye la Cuarta de las Disposiciones Transitorias de la Constitución de 1978. Y supongo que en algún momento habrá que escenificar la reanimación Supongo que nadie se creerá que las transitoriedades son para siempre. Y no digo más.

viernes, 1 de diciembre de 2006

Violencia y Pensamiento débil

VIOLENCIA Y PENSAMIENTO DEBIL.

Por Miguel CHAVARRÍA.

La violencia parece ser el ingrediente dominante en muchas de las diversiones con las cuales se combate hoy el tedio post-laboral.

La violencia figura –con frecuencia en conjunción con el sexo- como primer plato en multitud de películas de cine, en producciones para la televisión y en video-juegos; y entra, en calidad de condimento, en la composición de multitud de entretenimientos baratos y, por lo tanto, consumibles por públicos de todas las edades.

En todo caso, y sin necesidad de cuantificar su presencia, es un hecho aceptado que la violencia, incluyendo sus manifestaciones más morbosas, divierte a los espectadores, ante los cuales se presenta como la vía más fácil y universal para sedar las tensiones que la actividad provoca, y como la más atractiva modalidad de esparcimiento para las mentes captadas durante horas por la atención que el trabajo exige. Se puede dar por sentado que la violencia es un agente de gran poder divertiente, que ha encontrado su sintonía en la banda placentera de la existencia.

Sin embargo, resulta que, al mismo tiempo nuestra sociedad encuentra en la violencia un motivo de preocupación muy grande de la cual dan testimonio tanto los responsables sociales permanentes, entre los cuales podemos citar los servicios secretos y los cuerpos de policía, acuciados por el terrorismo y la delincuencia organizada; como el sector de los responsables sociales interinos, compuesto, en democracia, por los políticos en toda la variedad de sus escuderías territoriales e ideológicas.

La preocupación se extiende hoy con ritmo creciente a sectores puramente gremiales, como el de los joyeros y los taxistas que, especialmente en las grandes ciudades, son víctimas de la excesiva atención de los sectores sociales, nativos o importados que -por decirlo de alguna manera que no vaya a ofenderlos- tienen por costumbre vivir de los recursos ajenos.

Hemos de contar también con que la violencia ha desembarcado con buen pie, por la modernísima vía del acoso, en el ámbito laboral e incluso en el escolar donde obtiene, al parecer, un éxito tras otro.

Por otra parte, y en sentido contrario ¿qué mejor testimonio hay del papel estelar que la violencia desempeña en nuestra sociedad que la presencia de prósperas empresas dedicadas a la industria y los servicios de la seguridad para quien se la paga? Todo esto sin hablar del plano político, en el cual es obvio el papel dinamizador que durante décadas ha desempeñado alguna organización encaminada a la toma del poder mediante el empleo oportuno, pero sin intermisión, de la violencia revolucionaria en toda la rica variedad de sus sanguinarias y pragmáticas posibilidades.

No obstante, al mismo tiempo, presenciamos la paradoja de que a ese elemento llamado fuerza o violencia, que tiene reservado puesto tan importante en las diversiones, en las preocupaciones sociales y en la praxis política subversiva, se le niega de hecho el puesto que le corresponde en el sano y normal desarrollo de la vida social.

Y esta actitud no es totalmente atribuible a los políticos, gremio tan propenso a reclamar para sí todos los laureles, como expuesto también a que se le achaque la culpa de todos los desastres. Porque la negación a que aludíamos encuentra su principal soporte en el conjunto de los ciudadanos. Son estos los que repudian las manifestaciones legítimas de la fuerza. En otras palabras y para poner un ejemplo sencillito, un ciudadano cualquiera se considera en su pleno derecho de complacerse visualizando cinco asesinatos atroces en una tarde aburrida, como medio de diversión para él y para sus hijos; pero ese mismo ciudadano se sentiría muy ofendido si las fuerzas legítimas tuviesen que actuar para restablecer el orden roto en un momento dado, no importa que se trate de reprimir a ocupas que se han pasado siete pueblos, a ecologistas dispuestos a liberar a todos los visones cautivos aunque sea a costa de hundir a las empresas de peletería, a entusiastas adolescentes que celebran la victoria de su club destruyendo el mobiliario urbano, o a un grupo de inmigrantes sin documentos que han perdido la paciencia ante la cachaza de las autoridades para otorgarles de una vez por todas los derechos que les corresponderían como ciudadanos improvisados, después de haberlos llamado indirectamente a tan prometedor concurso.

Resulta que la fuerza, por muy legítima y razonadamente que se ejerza, es vista con antipatía y hasta encono por ese “hombre de butaca y pantalla” en que se ha convertido a efectos prácticos el antiguo hombre de la calle. Y esto sucede en tal grado que, si para ejemplificar la situación, quisiéramos acudir a la confrontación de “guardias y ladrones” propia de los juegos infantiles, nos encontraríamos con la situación contradictoria de que ambos bandos han llegado a igualarse en el uso del pasamontañas, prenda detrás de la cual buscan los unos y los otros encontrar la seguridad que brinda el actuar de incógnito. Así lo hagan los delincuentes para esquivar el brazo de la ley; y los agentes de la autoridad para protegerse de la enemistad ciudadana.

Tal actitud sería muy apta para ser arrinconada en el desván de los disparates, si no constituyera también una muestra palmaria del predominio social del llamado pensamiento débil.

La debilidad proverbial de este pensamiento se manifiesta precisamente en su incoherencia, que hoy se extiende a regiones muy extensas de la realidad social, convirtiendo en aceptables situaciones ridículamente contradictorias.

Así, es posible que un adolescente acosado siga considerando “amigos” suyos a quienes lo humillan y golpean en la escuela. O que hombres a los que se supone hechos y derechos, accedan con docilidad de ovejas a las vejaciones a que los someten sus “compañeros” de trabajo. O que los medios de comunicación sigan empleando la cursi y benevolente expresión de “compañeros sentimentales” respecto a varones que en esa falsa posición ostentan la plusmarca de las muertes atroces de mujeres a las que, además, sojuzgan y zahieren.

También está el pensamiento débil detrás de la propaganda que trasmuta a los soldados en simples imitadores de Teresa de Calcuta y a las intervenciones militares, en acciones humanitarias en las cuales, lo raro sería que se disparase algún tiro y más raro aún que alguien resultase lesionado, cosa que exigiría abrir un expediente, condenatorio, por supuesto para el soldado que tal hiciese respondiendo, o en previsión, de un ataque. ¡No faltaba más que cosas como éstas fuesen a quedar impunes!

En el fondo de estas manifestaciones del pensamiento débil está el grave error que consiste en creer que la fuerza es un mero accidente que, no se sabe ni cómo, ni por qué, sobreviene en la vida social. Algo divertido para los espectáculos, y algo inevitable, y hasta excusable, para los que han ideado seriamente un programa de actuación al margen de la ley, pero que resulta indecoroso, contraproducente, ilógico, en manos de las autoridades. Se teme siempre el abuso de éstas sin temer sino a ratos y a regañadientes, a los bergantes, bandoleros y malandrines de toda clase. Esta especie de compasión abusiva parece ser una de de tantas ideas excristianas que, separadas del hilo doctrinal que les daba todo su sentido, flotan a la deriva como peligrosas minas que esparcen el reinado de la disfunción y de la confusión morales dentro de la realidad social

miércoles, 15 de noviembre de 2006

Y del Castrismo ¿Qué?

Los últimos quebrantos de salud de Fidel Castro, inauguran para Cuba un período de incógnitas de contenido fácil de formular pero difícil de responder. Estas incógnitas se pueden resumir en dos: ¿Hasta cuando podrá subsistirle incólume el régimen cubano una vez ausente su Lider Máximo? ¿Se abrirá con el óbito de Fidel Castro, o con su forzoso retiro del poder, un período de transición hacia el formalismo democrático típico de las naciones de habla hispana del continente? Hay una tercera pregunta obligada a la cual el mismo Fidel se ha encargado de dar contestación ¿Quién sucederá a Fidel en el mando? Pero hay que decir que la designación de su hermano Raúl no debía interpretarse sin más como prueba de que existe en el régimen un déficit de institucionalización que revelaría la endeblez del socialismo cubano-, sino mas bien como la proclamación de un propósito político y el indicio de un hecho adaptativo.

La proclamación del propósito político está clara: se trata de garantizar la continuidad ideológica del régimen a través de una persona de toda confianza como Raúl, que goza de arraigo popular, que cuenta con peso propio en el aparato del partido, que tiene poder para resolver con las Fuerzas Armadas las previsibles situaciones de excepción y que, por encima de todo, exhibe una estampa que resulta inseparable de la del Lider Máximo, hecho importantísimo en un régimen embebido de ideología, pero cargado también de personalismo o, si se quiere, y para ser más exactos, de ese fulanismo tan caro a los países de media casta hispánica.

El indicio claro de un hecho adaptativo que afecta a la Revolución Cubana, hay que vincularlo con el párrafo anterior. En efecto, con la designación de Raúl queda patente un rasgo que conecta a la Revolución Cubana con un dato invariante de la íntima constitución de los pueblos hispánicos, basada en el nepotismo y el clientelismo personal o, si se quiere emplear una expresión con antecedentes en Ortega y Gasset y en Unamuno, en el fulanismo más acendrado. El hecho de que se pueda hablar de los Solano López del Paraguay; de los Trujillos de la República Dominicana; del trío Perón, con Juan Domingo, Evita e Isabelita; en Argentina; de los Somoza, de los Chamorros y de los hermanos Ortega en Nicaragua; y ahora de los Castro Ruz en Cuba, abarcando personajes de ambos sexos y repartibles en el más amplio espectro político, demuestra que le revolución, ya sea como ideal, ya como farsa, ya –sobre todo- como desplante, ha encontrado su nicho en la imaginería política de aquél continente. El fenómeno es descorazonador; aquí me limito a dar constancia de su existencia.

Y vamos con la primera pregunta.¿Hasta cuando podrá subsistir incólume el régimen cubano? La respuesta es clara, pero resulta poco satisfactoria: el socialismo cubano estará allí hasta que sus enemigos lo dejen. Y ¿Cuáles son los enemigos del régimen cubano? El más peligroso de todos, el sectarismo, que en el lenguaje de Fidel Castro sirve para designar a lo que en otras latitudes comunistas se llamó disidencia o revisionismo. Los vocablos sectarios y sectarismo fueron primeramente empleado por Fidel en relación con el juicio a Faure Chaumon, ya en los tiempos en los que la Revolución estaba consolidándose en el poder. Desde aquél primer episodio de disidencia, Fidel se ha ocupado de aplastar con el máximo rigor –que comprende el desprestigio, la prisión y la muerte-, todo indicio de samokrítica que contravenga las directrices de la Nomenclatura revolucionaria tal como las define el Comité Central del Partido. “Claro que la revolución-dice Fidel-, no tiene ninguna imperiosa necesidad de eso, porque en realidad no hay que utilizar la fuerza aplanadora de la Revolución para aplastar verdaderas cucarachas. Sería mucho, sería como cazar tomeguines a cañonazos.” En efecto, como acontece en todos los regímenes totalitarios, las medidas preventivas vehiculadas a través del espionaje y el fomento de la delación, bastan y sobran, la mayoría de las veces, para mantener a raya la amenaza de las posibles disidencias. El desprecio hacia los opositores y los disidentes está indicado por el léxico: los tomeguines, son unos pajaritos chiquitillos que viven en los pinares, y las cucarachas, ya las conoce el lector.

¿Y los Estados Unidos? Son, desde luego, los primeros enemigos en el terreno de la dialéctica antiimperialista. Las más frecuentes en el bla-bla de los discursos. Sin embargo, son tan sólo enemigos secundarios en cuanto a los propósitos de derribar directamente al régimen cubano. Un seguro tiene el castrismo que le garantiza hasta cierto punto la subsistencia: la base de Guantánamo. Ésta, juntamente con la base de Palmerola en la República de Honduras, con las estaciones de Puerto Rico, las de la costa americana del Golfo de México, y el sistema de satélites, les basta y sobra a los norteamericanos para controlar el conjunto del Mediterráneo Americano formado por el propio Golfo y el Mar de las Antillas. Sólo una amenaza real sobre Guantánamo obligaría a actuar a los Estados Unidos. Por supuesto que la amenaza puede funcionar como puro pretexto para justificar una intervención en la isla; pero indudablemente los Estados Unidos preferirían otra vía. Este efecto paradójico de la base de Guantánamo, es una muestra paladina del peso del factor geopolítico en países como Cuba, carentes de la escala conveniente para imponer su voz des y su estilo en política internacional

¿Qué posibilidades hay de evolución propiciada desde el poder? Creo sinceramente que sería la única evolución posible. Pero es perfectamente improbable que llegue a producirse.. Varios factores contribuyen a esta situación. El primero de todos son las exigencias de los emigrados a los Estados Unidos, con los cuales hay que contar: quieren una restitutio in integrum de la situación, tanto en leyes como en indemnizaciones. El segundo factor obstaculizador, es la propia endeblez de la oposición en Cuba y la pérdida en el pueblo de los hábitos que puedan ayudar al restablecimiento de la democracia en sus aspectos formales. El tercer factor está constituído por el ambiente mundial propicio a la jurisdicción universal en materia de derechos humanos. Caído el régimen, o en trance de prever su evolución al formalismo democrático, no podrían faltar las demandas y acusaciones de ésta índole hechas desde cualquier país, incluída la confusa España. La sola posibilidad de ser juzgados y seguramente condenados, es suficiente para disuadir a los comunists de hoy que pueden ser los reformistas del mañana. El purismo jurídico que parece perseguir una justicia a la vez perfecta y unilateral es enemigo cierto de la evolución pacífica en Cuba.

Quedan, pues, dos posibilidades: la guerra o la subsistencia del socialismo, bien que en precario. La guerra no parece ser una opción ventajosa para nadie. Los norteamericanos podrían ocupar el territorio cubano en una operación multimodal verdaderamente fulminante. Pero las posibilidades de organizar una violenta guerrilla están en manos de las Fuerzas Armadas cubanas, que seguirían el modelo inventado por Tito que ha servido para los más diversos propósitos políticos en las guerras de la exYugoeslavia. Las acciones encaminadas a la eliminación de la guerrilla, necesariamente sangrientas y crueles, soliviantarían a Latinoamérica y dividirían la opinión norteamericana en un momento en que las amenazas islamistas son algo más que nubarrones para el futuro. Subsistirá pues, el socialismo cubano en su soledad, contando sólo con la especial solidaridad que han manifestado algunos países del entorno, especialmente México. Es muy poco probable que países comunistas como China, Corea del Norte o Vietnam se empeñen más allá de los palabras.¿Y Venezuela? Tendrá que sostener a Cuba como un símbolo del antiimperialismo, pero Chávez no debe cometer el error de confundir los símbolos con esa revolución de desplantes sobre el vacío en que se ha convertido Cuba. También a Venezuela le falta escala para lograr sus objetivos. Y la discutible sombra de Bolívar no es suficiente.

viernes, 10 de noviembre de 2006

La Memoria Histórica y El Destino de Las Flores

Las guerras civiles delatan los fracasos de los pueblos en ordenar su convivencia interior en términos de justicia y de paz. Son fracasos que incluyen a toda la colectividad. Aunque en último término habría que concretarlos en las clases dirigentes, que son las que tienen –aunque a veces la rechacen-, la responsabilidad de organizar las sociedades humanas.

Pese a esa genérica imputabilidad, en las guerras civiles la búsqueda de culpabilidades concretas y de culpables individuales exclusivamente entre los coetáneos del conflicto, es casi imposible de evitar. El carácter moral de su naturaleza hace del ser humano un buscador de condenas y absoluciones, cuando no de venganzas que se desencadenan, más que nada, por lo que se dice que tienen de compensación y desquite.

De poco sirven los empeños, sinceros o fingidos de dilucidar, desde el punto de vista de la política las culpabilidades reales, incluso con leyes como la llamada de la memoria histórica. Pocas materias hay como ésta tan proclives a ser abordadas desde esa gran simplificación que consiste en echar todo el peso de la responsabilidad sobre aquellos a quienes les tocó librar la guerra. Se olvida, con esta postura, una realidad fundamental: que las causas de los conflictos bélicos civiles hay que rastrearlas a veces muchas generaciones atrás; y no sólo en los frentes y retaguardias, sino en los despachos de los políticos, en los gabinetes de los ideólogos, en las oficinas de los publicistas, e igualmente, cómo no, en los textos legales injustos, engañosos o inadecuados.

La guerra civil española en la que ahora se concentra el esfuerzo de esa creación abstracta y fantasmal que es la memoria histórica, no fue una guerra de encendido rápido, de esas que se producen como por repentino cabreo. Desengañémonos. Esa versión simplista del fenómeno social de la guerra sólo se presenta en tribus primitivas que disputan una pieza de caza, o en hordas que luchan por la utilización de un manantial; o entre clanes obedientes a una mentalidad mágica que considera que con la llegada de la luna de julio hay que emprenderla con el vecino porque así lo mandan los agüeros funestos.

En la guerra española se quisieron liquidar de una vez por todas los saldos de conflictos mal resueltos que se arrastraban desde 1868, año en que los políticos de la Restauración, con la Constitución en la mano por supuesto, consagraron la hipocresía política de la alternancia partidista en el poder convirtiendo el sufragio en un engaño a la vez injusto, costumbrista y ritualizado. Este engaño, resumen y culminación del pragmatismo en el siglo XIX, permitió a sus autores salir del círculo vicioso de las guerras carlistas y fue como la versión decimonónica de la idea expresada un siglo más tarde por Felipe González con una frase que pidió prestada a Mao Ze Dong “Qué más da que el gato sea blanco o negro si caza a los ratones”.

La Constitución de 1868 aún presidía el curso de la vida política treinta años después, cuando los Estados Unidos hundieron la flota española y sumergieron a España en una profunda crisis que aún afecta a la percepción de su estar colectivo en el mundo Se había convertido en un verdadero quiste político, cuando el viejo problema de “pobres y ricos”, exacerbado por las rapiñas del primer capitalismo y por la dilación de las reformas económicas, comenzaba a transformarse en la compleja y emponzoñada “cuestión social”. Sobrevivía como una tara imposible de soportar cuando la “cuestión social” se estaba convirtiendo en cruda “lucha de clases” potenciada por las tácticas y las ideologías del anarquismo y del bolchevismo stalinista. Pronto, esta situación provocaría, dentro del clima raciovitalista propio de la época, el nacimiento de organizaciones autoritarias y fascistoides, que atraían a las juventudes de la época como alternativa del “socialismo real” y del liberalismo corrompido. La Constitución de la Restauración sólo se dio finalmente por muerta y enterrada cuando Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, tomó el poder en sus manos con el apoyo de los industriales catalanes y con el buen rey constitucional don Alfonso XIII haciéndose el dormido. Pero ya no había tiempo para las reformas desde el sistema. Tampoco pudo con los problemas la Segunda República que sucedió a la Dictadura en 1931.

Se dice que la Historia es maestra de la vida. Yo me conformaría con decir que puede serlo con algunas condiciones. Porque son los historiadores, y no los políticos, los llamados a estudiar la Historia y a convertirla en sabiduría estable. ¿Qué ganaría la causa de la paz, en el supuesto de que realmente interese a todos, con la propagación de una memoria que no haya sido purgada de su persistente carga de odio? ¿Olvidamos acaso que el odio caricaturiza al amor precisamente en que no quiere reconocer límite alguno en su actuación?

No basta conocer al dedillo los desmanes de antaño para evitar futuras demasías. Ni vale exclamar beatamente “nunca más”, o ponerse a recoger firmas para que esto o aquello no vuelva a suceder. Como no valió retratar barbudos frailecicos tomando el sol con un primer plano de milicianos desfilando para demostrar que no hubo persecución religiosa en la guerra civil y que todo estaba en calma dentro de los límites de esta u otra muga. La experiencia de siglos, no desmentida por ninguna experiencia de hoy en Europa ni en ningún otro continente, nos dice y nos repite que, con harta facilidad hay siempre más de lo mismo, y a veces en versión aumentada.

Recuerdo de los años de la transición, una actuación de Tip y Coll. Interrumpía repentinamente el larguirucho de la chistera su desatada perorata y con aire compungido, como quien lamenta haber perdido el hilo del discurso, se llevaba una mano a la cabeza exclamando:” ¡Se me ha ido el santo al cielo!”. Y el bajito del bombín saltaba a su lado preguntando con aire de sorpresa: “¿Cómo?¿Se ha muerto don Santiago Carrillo” Eran los tiempos de la transición que la propaganda llama pacífica pese a sus noventa muertos, y todo parecía posible. Y el mismo Carrillo, joven verdugo de burgueses en Paracuellos, una vez traducida su ideología al eurocomunismo del italiano Berlinger, se ennoblecía con la definitiva hazaña de no añadir leña al fuego en un momento delicado de la Historia contemporánea de España.

Tras varios años de dormición de los recuerdos, llegó a ocurrir algo risible: la cruz memorial de la matanza de presos en Paracuellos terminó por aparecer en Internet –el error ya ha sido subsanado- como un homenaje a las víctimas del franquismo. Parece un chiste pero no lo es. ¿Sólo es la deriva natural del olvido? Lo ignoro. Fue Carrillo quien dijo que los comunistas no necesitaban periódicos, les bastaba con tener periodistas.

¿Cuál será la deriva de la llamada ley de la memoria histórica? El tiempo lo dirá, y ojalá escuchemos sus palabras con escarmiento en el ánimo y el corazón apaciguado. Ni las guerras, ni las guerrillas, ni siquiera las beligerancias discontínuas como la que durante décadas ha dinamizado con sangre la vida política en el País Vasco, se libran hoy con la vieja carabina oxidada que Neruda auguró que desenterrarían los rojos españoles a la hora de la venganza. Cosas de poetas, sin duda. Hoy, las potencias interesadas regalan modernas armas a los contendientes.

El cultivo de los hábitos de discordia lo mismo asegura a plazo medio y largo el fracaso de los pueblos, que anticipa las ridículas rabias contenidas y las disculpas de los políticos. Aunque quizá, desde un punto de vista ecológico, lo más triste sea que hace inseguro el destino de las flores ¿terminarán éstas luciendo sus corolas en lo alto de un florero?, ¿morirán mansamente inclinadas sobre sus tallos? ¿se marchitarán sobre fosas que acaso se abran para no ser colmatadas por víctimas de las enfermedades, los accidentes o los achaques de la edad?

domingo, 5 de noviembre de 2006

En Vísperas de Nada

Hojear una vieja colección de revistas que en su momento fueron de actualidad equivale a comprobar una vez más lo fácil que es tomar el rábano por las hojas cuando uno no tiene la clave de lo que va a suceder. Tomo en mis manos el número de agosto- setiembre del suplemento ilustrado de la “Gazetta del Popolo”, correspondiente al año de 1936.

Pese a la guerra civil que hacía apenas un mes había estallado en España; pese también a que sólo tres años separaban al mundo del trallazo sangriento de la que sería la Segunda Guerra , los meses de agosto y septiembre de 1936, vistos a través de lo que se publicaba, parecen localizarse en vísperas de nada. Antes del diluvio, dice la Biblia , los hombres compraban, vendían, comían, dormían, se casaban como si nada hubiera de suceder.

El suplemento destaca algunos acontecimientos acaecidos durante el período que cubre. Los problemas sociales están en primer término. Crisis del carbón en Inglaterra, ciento veinte mil mineros entran en huelga. Una crisis semejante en Bélgica, lleva a la huelga a ochenta mil obreros. En Bruselas, los enfrentamientos callejeros entre reixistas – los nazis belgas-, y comunistas son interpretados poco menos que como incidentes entre bandas de gamberros.

También entonces el clima depara sus sorpresas, aunque el mundo no padece ningún cambio climático. Santiago y Valparaíso, en Chile, son azotados por un terrible huracán que actúa en latitudes inesperadas.

En contraste, las noticias de Norteamérica son pura afirmación vital: en Mendon, Estado de Missouri, la señora Adelina Speighinger da a luz seis gemelos de los cuales sólo sobrevive una niña. Y un marinero solitario, americano por supuesto, se propone atravesar el Atlántico navegando a remo hasta Europa en un enorme barril acondicionado para el caso.

En Alemania, el servicio militar pasa de uno a dos años, pero es una cuestión interna que sólo compete a los alemanes, claro está.Dichosamente ese país, según los corresponsales, navega en la estela deportiva de los Juegos Olímpicos de Berlín que con tanta belleza filmara Leni Riefensthal. Se aplaude en Europa que la gran fiesta de hermandad deportiva de las naciones, la Olimpíada , se haya convertido en Alemania en la fiesta de la Nación.

En el reino de Italia, si vis pacem, para Belem, las fuerzas armadas hacen maniobras en Irpinia.

En España, el Gobierno de la República lleva al paredón a los generales Goded y Burriel, y la aviación bombardea el pueblo de Tardienta, nada importante para los periódicos de la época. ¡Estos españoles, tan apasionados y pintorescos! En Burgos, el General Franco se reúne con el General Mola; los Ejércitos del Norte y del Sur se encuentran.

Un reportaje retrospectivo recuerda las hazañas deportivas de la “bellisima” Marquesa Carina Negrone, aviadora que recientemente alcanzó en un vuelo la altura de 12.048 metros . Se comenta que la Marquesa es un ejemplo de “aviatrice intrepida e mammina amorosa.” Entonces no había cupo femenino ni nada parecido a la “discriminación positiva” y la maternidad era todavía un motivo de orgullo. En el reportaje se señala también que la marca masculina de altura la tiene el aviador Donati, italiano también.

En el Kazakistán, en la Unión Soviética , se ha descubierto un fósil de “noporus”, que los evolucionistas proclaman como el eslabón que faltaba entre el caballo y el rinoceronte. El nombrecito parece de broma, pero es de verdad. Y en Moscú, capital de la que entonces era llamada la “Patria del Proletariado”, se abre una incógnita con la purga que se lleva con los pies por delante a Kameneff , a Zinovieff, al periodista Radek y a muchos otros. De lo que no hay duda es de los propósitos de Trotsky, jefe de la conspitación: ”Matar a Stalin y a Vorochiloff; crear células en el ejército. En caso de guerra, aprovechar incluso los menores fracasos y problemas de cualquier género, así como la confusión resultante, para apoderarse del Gobierno”. Lo tenía claro Trotsky, el de la barba de chivo que sería más tarde asesinado en México por un internacionalista español que se hacía pasar por belga. Los comunistas no se andaban con chiquitas en eso de aplicar la dialéctica a la toma del poder o a la tarea de conservarlo en sus manos.

En Palestina, que tras la desmembración del Imperio Turco quedó en poder de los ingleses, han sido muertos en el mes de agosto cuarenta y dos árabes en el transcurso de escaramuzas con las tropas de Su Majestad Británica. Por su parte, los palestinos, se han vengado asesinando a un indefenso profesor de la Universidad Hebraica de Jerusalén..

Los anuncios, con más lectura y más explicativos que los de nuestros días, tienen una finalidad parecida: vender cremas antiarrugas y medicamentos contra la menopausia, los nervios y las bolsas bajo los ojos, para las señoras. Tratamientos contra la fatiga, la calvicie, el debilitamiento sexual y la acidez estomacal, para los hombres. Para todos, remedios infalibles contra la caspa y magníficas lociones que devuelven al cabello su color y su brillo natural. Como la gente concurre a las playas pero no se expone excesivamente al sol, no hay anuncios de cremas bronceadoras. Con la omnipresente Nivea vasta y sobra.

En el cine, diversión universal –no existe todavía la televisión-, se aplaude la última película de Frank Capra “Ha llegado la felicidad”, que tiene como protagonista a Gary Cooper. Es admirable la interpretación de Catherine Hepburn en “María de Escocia”. La película americana “San Francisco” y la italiana “El escuadrón blanco”, rompen marcas de taquilla. La cinematografía checoeslovaca se apunta un triunfo con “Janoscic el rebelde”

Una noticia científica llama la atención del lector de hoy: los físicos vieneses Camilla Wiethe y Franz Gerhard Back han inventado una cámara cinematográfica tan pequeña que puede ser introducida en el organismo y puede filmar ciertos procesos fisiológicos. Los italianos creen que esa cámara diminuta será muy útil en la exploración de las cuerdas vocales de los cantantes de ópera. Después dirán que el tópico no existe.

Por entonces, me parece, se produce en España la retirada de un libro que recoge las primeras proclamas de Franco, demasiado republicanas para el sesgo que va tomando el Alzamiento. El recopilador, si mal no recuerdo, era J.G.G. Pero la noticia de la retirada del libro, que de cierta forma equivaldría a una retractación, no figuraría como noticia en ningún periódico: los libros fueron retirados en silencio hasta que desapareció toda la edición. Las obras de contenido molesto o inoportuno para el poder, salen de las estantería y escaparates haciendo mutis por el foro, como en un guión de teatro. Ahora es aquél un libro imposible de encontrar; de estas páginas me sirvo para pedir noticias de él a los lectores. Por un “si acaso.”

Para concluir, una noticia insólita: en un pueblo cercano a Praga, un rayo en seco destrozó una estatua en cuyo interior se encontraron monedas de oro y otros objetos artísticos por valor de dos millones de coronas. ¡Qué sorpresa! En España la vidente Rila, la del Moncayo, que se encontraba en territorio Nacional, interpretó el suceso como un anuncio de la inminente destrucción de Europa. Este es un dato confidencial. La censura no la dejó nunca pregonar su vaticinio. Pero ¿fue vaticinio el de la Rila ?

Era agosto-septiembre de 1936, España había entrado en guerra y parecía que Europa estaba en vísperas de nada.

jueves, 2 de noviembre de 2006

Recuerdos y Memoria Histórica

Memoria, en cualquier orden de cosas, es recuerdo de lo pasado. Y Memoria Histórica, es la del entero pasado de una comunidad, aunque, en el sentido que se quiere oficializar en España, quede reducida a la de la última guerra civil. Esta reducción oportunista parece una cosa tonta, pero nadie puede negar que tenga su miga, porque ha hecho cundir la sospecha de que, tras sesenta y siete años de terminar la guerra, el terreno no se ha asentado todavía y que, por lo tanto, la cuenta podría volver a empezar.

Dicha postura no es saludable para nadie, ni tampoco revela mucha cordura por parte de los convocantes. Porque los recuerdos de guerra, quieras que no, son recuerdos de desgracias, y, al encuentro de éstas, aunque sólo fuera para repasarlas mentalmente, hay que marchar como a la misma guerra: con las carnes dispuestas a lo que caiga y el corazón impávido.

Hablamos de los aspectos colectivos, claro; porque lo que las memorias bélicas sean para cada individuo en particular, todo va en depende, y por una razón muy sencilla: en materia de batallas y batallitas, cada uno adoba el guiso a su manera. A la suya, aprovechada y grandilocuente, los políticos. A la suya, sentimental y anecdótica, los particulares, a los que corresponden los hilos sutiles, delicados y complejos de la intrahistoria que sirve de fondo permanente a la Historia visible.

Recuerdo que en mis años mozos conocí en una pensión de Madrid, al Sr. Castillo, un excombatiente de la filas de la República , que solía describir con tanto brío y entusiasmo las derrotas en que había participado, que un compañero mío, mexicano, entonces estudiante como yo, hubo de preguntarle: “Pero ud. ¿Con quiénes estaba? ¿Con los vencedores o con los que iban de reculada?”

Castillo había estado con los que iban de reculada, pero había optado por retener lo mejor de cada episodio en la nutrida sucesión de derrotas a las que le había tocado asistir. Quizá le ayudase en su labor de selección haber sido recluta del ejército republicano y no de las milicias sindicales que tan eficazmente contribuyeron a dar a la contienda, desde el lado de los republicanos, su marcado carácter de guerra de clases, anticapitalista, antiburguesa y antiliberal.

Porque esa es otra. De los relatos de Castillo parecía colegirse que no había habido sólo un ejército republicano, sino varios y con disciplinas no siempre coincidentes. Lo cual desconcertaba a los jóvenes oyentes al tratarse, al fin y al cabo, del desarrollo de una guerra civil que, aparte de todo, fue el gran preludio en do mayor de ese monstruoso des-concierto que supuso la II Guerra Mundial que estallaría en Europa apenas dejaron de vomitar metralla las bocas de los cañones a este lado del Pirineo.

También recuerdo de aquellos años a un antiguo capitán de legionarios, por entonces contable de un hotel de lujo del centro de Madrid y con el cual tuve la suerte de hacer buenas migas. Un día tuvo a bien narrarme sus pesadillas y sus recuerdos de excombatiente. Sus pesadillas eran en realidad una sola: la reminiscencia onírica de una carga cuerpo a cuerpo en la que había entrado al frente de su unidad. Comentaba que allí había comprendido de una vez y para siempre por qué se dice que el fusil es sólo el mango de la bayoneta. Su recuerdo principal no iba a la zaga de esa pesadilla: en la toma de Badajoz tuvo que matar de sendos disparos de pistola en la cabeza, sin mediar juicio ni palabras, a dos soldados moros a los que sorprendió violando a una joven madre y a su hija pequeña.

Entre mis recuerdos un tanto desordenados de los rojos exiliados en la lejana Centroamérica de mi niñez, está la figura de un buen jesuita a quien los jóvenes habíamos puesto el mote de “Rojillo”, un poco porque se rumoreaba que era republicano y otro poco por el color de sus cabellos. Se llamaba Roque Iriarte y fue él quien me animó a que le ayudase, como lo hice con todo mi juvenil entusiasmo, en una humilde institución que él regentaba en Managua y que se llamaba, ¿cómo no? Escuela Loyola.

La escuela aquella estaba instalada en un caserón maltrecho cuyos dueños se negaban a venderlo. El padre Iriarte, que no tenía un céntimo, aspiraba a comprar aquél edificio destartalado, y con este fin un día regó literalmente el techo del local con medallitas de la Virgen Milagrosa. Ríanse vuestras mercedes los increyentes si con la risa se les empina la vara de la autoafirmación, pero el Padre Iriarte, el “Rojillo” aquél, terminó por salirse con la suya. Su escuelita llegaría a ser, con el tiempo, un excelente centro de formación profesional que ha logrado sobrevivir al terremoto destructor de Managua, al desbarajuste que organizaron Tomasito Borge y sus comandantes sandinistas y a la corrupción correctamente democrática que sobrevino después.

De pormenores humanos está llena mi particular intrahistoria en lo que afecta a mis amigos. Paco Salazar, ya fallecido, entonces un jovenzuelo que se había hecho de Falange por rebeldía frente a su padre izquierdista, salvó la vida de éste que había sido condenado a muerte. Un civil que advino capitán de requetés, José Múgica Gorricho, apermisado unos días en su natal Pamplona, libró de la muerte, con riesgo propio y con su propia fuerza, a un grupo de sindicalistas que eran conducidos en un camión para ser fusilados en la Vuelta del Castillo.”¡Yo no he combatido para esto¡” se le oyó decir en aquella ocasión. Mientras, los liberados se dispersaban incrédulos entre la multitud que, al conjuro del valor personal del requeté se había vuelto, de repente, buena y misericordiosa. Eran los tiempos en que en ese mismo castillo y en esa misma vuelta formaban fila para endurecerse presenciando las ejecuciones petimetres que vestían la proletarizante Camisa Azul, como Pedro Laín Entralgo, joven promesa del filofascismo y más tarde, médico afamado y político revisionista del Régimen; o como José Luis de Vilallonga, entonces un guapo chico procedente del gran mundo, después actor de cine, escritor, y demócrata de toda la vida.

De cosas como estas me quedan muchas en el tintero. Sólo tengo que añadir que el Múgica a que me refiero, melómano y poseedor de una excelente voz, fue hijo de don Remigio Múgica, Maestro de Capilla de la Boda de S.M. Don Alfonso XIII, y formaría más tarde, por pura afición, un Cuarteto Vocal que ganaría fama en el mundo de la música. Fumaba Múgica como un cosaco, murió de cáncer de pulmón, fue tratado en Madrid, en la clínica de la Concepción , y a su entierro acudió alguno de los sindicalistas que él había liberado “porque sí” en tiempos recios cuyo recuerdo aún conmueve los corazones.

Ahora que en el Reino de las Diecisiete Repúblicas se reaviva la Memoria Histórica , bien que soplando únicamente sobre la brasa de la que hasta este momento es la última de las guerras civiles libradas en el viejo solar ibérico, puede resultar saludable advertir lo peligrosos que pueden ser los recuerdos si no se les sabe distinguir con claridad de las simplificaciones que los acompañan. Y esas simplificaciones, por supuesto, no vienen de las familias cuyos deudos protagonizaron de un modo u otro la intrahistoria, sino de los políticos que ignoran a los historiadores o usurpan a éstos el puesto que les corresponde.


miércoles, 1 de noviembre de 2006

Nuevas Colonizaciones

Toda colonización, como toda inmigración, implica expansión.

¿Expansión en qué sentido? En el sentido geográfico, desde luego; pues cualquier colonización o inmigración implica siempre instalación de un grupo humano en un nuevo territorio. Pero también implica expansión en el sentido biológico y social. Y, según y cómo, en el político.

En el biológico, porque es insoslayable que las personas provengan de un determinado tronco humano, de una determinada sangre, o estirpe, o raza. Pero tratándose de seres humanos, también es obvio que las repercusiones nunca pueden quedar reducidas a lo material, a lo corporal, a lo físico, a lo biológico.

Porque sucede que, junto con los cuerpos van también las almas, las sensibilidades y los hábitos sociales de los grupos o colectividades. Es este un fenómeno que vale para todas las colonizaciones habidas y por haber. También, por supuesto, para la colonización atípica de que está siendo objeto Europa a través de las inmigraciones masivas. Vale la pena que nos detengamos en pasar revista detenida a la cuestión, para tratar de columbrar su verdadero alcance.

De momento, hay bases para sospechar que los cambios producidos por la actual inmigración –si continúa al ritmo que hasta ahora, y en presencia de la baja natalidad de la población de los países receptores, no dejarán incólume ningún aspecto de la civilización y la cultura europeas.

Que los cambios que se produzcan sean para enriquecimiento humano, se concreten en un proceso empobrecedor e incluso en una decadencia rápida, no depende de ningún elemento mágico como parece darse a entender cuando se habla de la multiculturalidad como la panacea de los males sociales de nuestra época, sino de la gestión adecuada o inadecuada de que sean objeto las tensiones, problemas y conflictos que ya comienzan a ejercer presión sobre las actuales estructuras. Que esa presión, que tiende a ser total, alcance su grado crítico, depende ahora fundamentalmente más de la acumulación de torpeza o errores en materia de política inmigratoria por parte de los países receptores, que de agresividad consciente de los grupos llegados, aunque en determinados momentos pueda parecer lo contrario.

Para explicarnos la tendencia hacia la totalidad que llevan esas presiones, hay que tomar en cuenta que cada varón y cada mujer, como miembros de la especie humana son seres sociales. No es, pues, que el hombre, al escoger entre la compañía de otros y la soledad, haya preferido la compañía de sus semejantes. No; el carácter social no es un simple rasgo que el hombre pueda escoger o rehusar a su capricho.

Por consiguiente, tampoco es la sociedad el resultado de un pacto cuyas ventajas los hombres hayan calculado antes de suscribirlo por primera vez y de renovarlo en ocasiones sucesivas. El llamado “pacto social” a lo Rousseau no es sino una metáfora intencionada que indica una situación que, paradójicamente, nunca tuvo sitio en ninguna parte. Esto significa que el pacto social, en el sentido que aquí estamos tratando, no corresponde a la realidad histórica como ridículamente se da a entender a veces.

Nunca hubo, pues, pacto social. Lo que siempre hubo es la naturaleza social del hombre sin la cual ninguna persona humana sería lo que es, ni la humanidad habría llegado adonde está. Por eso, tratándose de colonizaciones, como de inmigraciones, por muy atípicas y encubiertas que éstas sean, al lado de la expansión biológica que conllevan, hay que contar inexorablemente con la expansión social de los grupos que arriban. El hecho señalado nos obliga a tener en cuenta una verdadera constelación de expansiones parciales.

En efecto, los grupos que componen el conglomerado humano de las inmigraciones, llevan consigo muchos elementos que inevitablemente entrarán en colisión, en fusión o en sinergia con los elementos de la misma naturaleza que sostienen la cultura del país de recepción. Así, puede acontecer que cada uno de los grupos o algunos de ellos, aporte un código, mas o menos rico o más o menos pobre, para comunicarse entre sí (idioma); o una forma determinada de entender las relaciones entre el hombre y la mujer en orden a la familia y a la mutua ayuda (relaciones esponsalicias), y entre los padres y los hijos (relaciones familiares); o una forma de entender la jerarquía y la función social de las edades (ritos de paso) y de los sexos.

Pueden aportar también formas burdas o más o menos refinadas de responder a las grandes preguntas en torno al origen y finalidad del ser humano; acerca de su destino ulterior; acerca del valor del sufrimiento y del papel de la felicidad; acerca de la función del amor y de la entrega; acerca de la presencia del mal y la factibilidad del bien; acerca del Ser Necesario y su relación con los seres contingentes. Y en todo esto se está hablando de religión en un sentido muy amplio.

Igualmente habrá que considerar las formas admitidas, simples o complejas de organizarse en sociedad (política en sentido amplio); las formas de armonizar facultades, derechos y obligaciones (sentido del derecho y de la justicia); de restituir el orden roto o el derecho conculcado (policía, instancias judiciales, sistema punitivo); de entender las relaciones de producción; de administrar los bienes primordiales que la Naturaleza ofrece; de entender la posesión, propiedad y uso de los bienes materiales derivados del trabajo. También es sumamente importante calibrar en las poblaciones recién llegadas la mayor o menor capacidad de emplear el propio ingenio.

Claro que cada uno de estos ítems ha de entenderse también en sus ausencias o en sus aspectos deficientes y negativos, como puede pasar con la existencia de hábitos sociales adventicios o parasitarios (sociedades de mendicantes o de marginación); o con la existencia de grupos de protección coercitiva vulgarmente llamados mafias. Igualmente ha de considerarse la existencia o inexistencia de afinidades, convergencias, parentescos y coincidencias de tipo cultural, histórico e incluso étnico y racial entre los grupos que llegan y los grupos del Estado receptor, ya que la experiencia nos dice universalmente que con el genérico factor hombre no basta para dulcificar las tensiones que se producen ante grandes migraciones cuando están presididas por el desorden y el desconcierto, como es el caso actual.

El amplísimo y complejo repertorio que hemos revisado aquí constituye lo que en sentido genérico llamamos el perfil de una civilización. Este perfil sería incoherente si sus elementos no encajasen a su vez en valores cuyo papel es ensamblarlos entre sí, de forma que no se produzcan desequilibrios imposibles de superar o que, aún siendo teóricamente superables, no lo sean en el tiempo prudencial que exige la búsqueda de adaptaciones sociales adecuadas. No decimos que sea posible evitar los desequilibrios –eso ya no es posible-, sino de controlar éstos para poder darles la respuesta adecuada y digna de los seres racionales, libres y sociales que somos los seres humanos.

La repertorización de los sectores de cambio, que es lo que hemos hecho aquí, es un modesto intento de popularizar una mentalidad previsora que impida en lo posible que los graves problemas con que se tendrá que enfrentar Europa, pillen de sorpresa a los que están llamados a ser los futuros afectados: no el hombre genérico, sino el ciudadano concreto.

viernes, 20 de octubre de 2006

En el Perol: ¿Un borrón o un zurcido?

EL PEROL DE LAS ALBONDIGUILLAS

¿Un borrón o un zurcido? A la vida, a la de cada uno, se le pueden echar borrones o zurcidos Todo depende con qué quiere uno comparar la vida.

¿Es la vida como unos calzones o como una página de escritura? Las páginas escritas están llenas de borrones, tanto, que se las llama borradores. Los calzones, más que nada en las clases pobres y en tiempos de más austeridad que los de ahora, estaban llenos de zurcidos. Pero este último ejemplo no nos vale porque, según afirman algunos, hoy salen más caros los remiendos que los calzones nuevos. Así que por pura economía, de zurcidos nada.

Por lo demás, no creo que tratándose de la vida, emborronarla o llenarla de zurcidos, tenga nada que ver con la rectificación de las cosas que están torcidas, que es lo que en el fondo importaría. Rectificar es un privilegio que si acaso llega a alcanzarse es siempre como de rebote y con sorpresa, como si fuese un premio inmerecido

Así que, aquello que el lenguaje de todos los días suele llamar pomposamente rectificación, no pasa por lo regular de ser más que un vulgar borrón que a veces ni siquiera permite iniciar la cuenta nueva que, a fuerza de ingenuidad, esperamos que venga detrás de cada borrón, según lo sugiere el conocido refrán castellano.

Pentimentos. Creo que la observación anterior es importante en todo momento, y más cuando se está a punto, como es tan frecuente, de echarle a la vida no sabemos si un borrón o un zurcido, con un nuevo matrimonio, con un nuevo amor, o con un nuevo divorcio que corona un desamor.

Y a esas dudas añado yo una exclamación que es un deseo: ¡Ojala fuese más bien un pentimento¡ es decir, una enmienda que se hace sobre un fragmento del cuadro que ya está esbozado, para añadir un nuevo escorzo que el artista juzgó más apropiado o más bello o más armonioso que el trazo que en definitiva vendrá a quedar debajo.

Para hablar de la vida, el símil del cuadro me parece más conveniente que el de la página escrita o el de los calzones. Porque en conclusión, lo que de bueno o de malo hemos hecho, con nosotros permanece, igual que el pentimento yace oculto en el cuadro en el cual se ha pintado el sobreañadido que lo mejora o rectifica.

Proceso. ¿Y la palabra proceso que últimamente se ha puesto de moda? La palabra proceso designa la sucesión de pasos en una cadena de acciones conducentes a un objetivo y equivale, sin más, a progreso. Tomada en este sentido la palabra proceso nada tiene que ver con el conjunto de actuaciones judiciales indispensables para averiguar la perpetración de un delito y determinar la participación y culpabilidad de las personas que hubieran intervenido en él.

Proceso es también nombre de persona. Pero Proceso es también nombre de persona. Hay por lo menos cinco santos canonizados por la Iglesia que lo llevan. El más célebre es el que tiene su fiesta litúrgica el 6 de mayo Cuentan que Proceso, junto con Martiniano, fueron carceleros de San Pedro y San Pablo, terminaron por convertirse al cristianismo, y llegaron a ser testigos de Cristo ante el mundo pagano.

El nombre de Proceso, que ahora nos parece tan extraño, tiene su pizca de gnosis. Alude a una antigua explicación inmanentista del origen del Cosmos a través de una sucesión de causas ordenadas y dependientes unas de otras en una cadena en la que el principio se confunde con el fin, como la serpiente que se muerde la cola de los salones esotéricos de nuestros días, o lo que en Topología recreativa representa el lazo de Moëbius. El problema está en que la dependencia de cada una de las causas en relación a otra anterior postula la dependencia de todo el conjunto respecto de Algo que está fuera de dicha serie, con lo cual de alguna forma se está volviendo a la idea de Dios que se quería esquivar. A lo mejor esto sirvió a los apóstoles para pegar la hebra con un funcionario de prisiones tan preocupado por el origen del Cosmos.

En mi vida sólo he conocido un caballero que llevase el nombre de Proceso: el médico mexicano Don Proceso Sánchez Ortega, maestro mundial de Homeópatas en Tulancingo.

La paz. En el libro “Tesoro de la Lengua Castellana o Española”, he tropezado con la definición de paz más curiosa, peregrina y bizarra que yo conozco. Dice así: “Paz es el lugar común en el cual los oradores se detienen contando los bienes que se siguen de ella y los males de la guerra, su contraria”

Es una definición escéptica que ni siquiera llega a contemplar la paz en su aspecto de ausencia de hostilidades como hacen otros diccionarios ingleses, franceses, alemanes o italianos, por hablar de las grandes lenguas de la civilización. Es una definición cínica y despectiva, porque afirma que esa verbalización es, encima de todo, un lugar común, o, lo que es lo mismo, que se trata de una expresión trivial a la cual se acude interesadamente como recurso retórico. Es pesimista, en fin, porque sugiere que los bienes de la paz, para lograr algún resalte, necesitan entrar en contraste con los males que se siguen de la guerra.

Por las notas que señalo, esta definición encontrada en un autor del siglo XVII, coincide plenamente con algo rabiosamente actual: parece describir el bla bla bla de los políticos, las peroratas de los vectores de opinión y el chapurrear de los peacemakers que describen cada uno la Paz de su paloma

¿Y don Proceso de Paz? Por eso, dicho con su nombre entero y personalizando hasta la caricatura, don Proceso de Paz debe evitar confundirse con don Perico de los Palotes, que baila el paloteado al son que le toquen, ni con Pello Basajaun, que parece estar en todas partes urdiendo maldades como un duende a la vez burlón y siniestro.

Don Proceso de Paz, tiene un talante beatífico, digno de que por él eleven sus preces los cristianos -incluídos los cautelosos Obispos, los engreídos Teólogos, los curas mal aparcados e incluso los frailes expulsados de la barojiana República del Bidasoa. Don Proceso de Paz merece también que canten sus versos los bersolaris, payadores y versificadores en todas las lenguas, bailen sus danzas los bailarines, atruenen el aire con su música los rockeros de todas las bandas, salten sobre los bancos los saltimbanquis, y hagan risas los payasos, que de todo eso hay en la sala de prensa donde habrá que posar para tomarse la foto que, por costumbre inexplicable, -pues a la familia ya la ha dado por muerta la Revolución de Géneros con epicentro en España- , ha de llamarse la “foto de familia”. Y, sobre todo, don Proceso de Paz merece que los homicidas renuncien a su condición de genios malignos que disponen según conviene de la vida de los demás, como si la muerte no fuera a cortar nunca el dobladillo de sus propias existencias.

Paces. Por lo demás, en castellano no se hace la paz, sino que se hacen las paces, en plural, como recordando que después de una paz vendrá otro tiempo de discordia y así sucesivamente nuevas guerras y nuevas paces. La paz es un bien escaso y esquivo. Los romanos, que son los que más han luchado por establecerla, cuando consiguieron pasar 12 añitos consecutivos sin guerra –eso fue en tiempos de Augusto- les sorprendió tanto que se apresuraron a consultar al oráculo de Apolo para saber cuánto les duraría. Como el oráculo les respondiera que “Hasta que una virgen dé a luz”, consideraron que se abría una perspectiva de paz perpetua, la llamaron Pax Romana y se apresuraron a dedicarle un templo votivo. Todos sabemos lo que duró porque en este período nació, en una provincia romana del Oriente Medio, Jesucristo ex Maria virgine.

domingo, 15 de octubre de 2006

Aclamación

En estas líneas que escribo hoy, las palabras y las frases debían salir unas tras otras como andanadas de salva en un alarde de corazones unánimes, marchando a paso de vencedores. O más propiamente dicho, a paso de vencedoras, puesto que de mujeres se trata. Y de mujeres encinta, que tanto escasean.

Y al referirme en esta ocasión únicamente a las mujeres dejando aparte a los hombres, es porque en esto de los retos, gozos y quebrantos de la maternidad, aún el mejor de los varones anda allí, rondando por los alrededores más como causante y protector que como protagonista. En la grandiosa tarea de concebir un hijo y de culminar la faena cumplidamente, la mujer es la que monta.

Y tanto monta, que viene a resultar que, encima de acoger una nueva vida que de momento –y son nueve meses-, va a gravitar únicamente sobre ella, es, además, la mujer misma quien sostiene esa vida con su propio pulso, quien la nutre con su sangre, quien la incorpora a su intimidad, quien lleva cuenta de sus días –casi siempre mal contados-, y al final, una vez llegado el parto, aún le quedarán arrestos para ofrecer al hijo desvalido, el primer acto de compasión y acaso el más sincero y hondo que pueda recibir en su vida:: alimentarlo a sus pechos.

Acaso la referencia al hijo desvalido esté necesitando una aclaración. O más bien un subrayado. Porque los hijos todos, sea cual fuere la fortuna de sus padres, vienen a este mundo en el desvalimiento más completo, incapaces de hacer nada por sí mismos, inermes en su completa indefensión, necesitados de lo que otros puedan y quieran hacer por ellos.

Y esos “otros” que están allí, no están destinados a quedarse, por supuesto, en un bonito decorado de fondo de pantalla; sino que son –salvo leyes jenízaras en contrario-, el padre y la madre, llamados a tomar partido a favor del niño.

Así que tenemos a la mujer, desde la concepción al parto, dando al nuevo ser la vida, ese magnífico regalo que incluye todo otro regalo posible.

Y después del parto, alimentando a sus pechos esa obra única que es un hijo que quedará, por así decirlo, imantado en el amor a partir de ese acto nutricio que, cuando se ejerce con todas sus consecuencias, ata a la mujer a su hijo por varios meses más.

No hay por qué disimular lo que de carga tiene para la mujer la gravidez o la lactancia, ni hay por qué ocultar lo que de atadura conlleva tener un hijo para quien lo recibe en su seno con intención de parirlo, no de abortarlo. Todas las actividades humanas, todos los desempeños de la vida, tienen su lado de carga y privaciones, de pesantez y de atadura. Y no va a ser la maternidad una excepción a la regla universal del esfuerzo y de la lucha. ¿Acaso alguien ha dicho que estamos en el Paraíso?

Por eso, aunque la creación de un nuevo ser humano induzca siempre a volver la vista a un tiempo germinal, cuando todo clamaba por llegar a ser conocido y todo exhalaba la fragancia de lo nuevo, tener un hijo es, en el fondo, una acción de combate, un salir con decisión de la trinchera del prejuicio antinatalista, un lanzarse a bayoneta calada en el entrevero de un encuentro que se llevará por delante muchos fantasmas pesimistas, que pasará por el hierro muchos falsos temores, muchas inhibiciones y espejismos, y deshará de un solo golpe muchos nudos paralizantes y opresivos que impedían dar curso a nueva sangre, a nuevos sueños y nuevas perspectivas.

Así pues, mujeres encinta que paseáis vuestra redonda plenitud por la calle en este día de otoño luminoso bajo este sol aprovechategui y despabilado que ha sabido hacerse a codazos un hueco entre los nubarrones, voy a lanzar un hurra multiplicado por vosotras y por los hijos que pueblan vuestros vientres.

¡Un ¡viva! un ¡bisca! un ¡gora! un ¡arriba! un ¡forza! por vosotras todas!

Os lo merecéis mucho más que los héroes mimados de los estadios. Más que las flacas y patizambas biutifuleses de las pasarelas de lujo. Mas que los políticos que negocian con vidas y naciones. Más que los banqueros que multiplican por millones las riquezas abstractas. Más que los pacificadores que viven a sueldo de los que fomentan la discordia. Mas que tanta ONG pensada para poner el cazo ante las dádivas gubernamentales.

¡Viva! porque sabéis proclamar con vuestros cuerpos que el amor es siempre un incremento.

¡Viva! porque habéis dado oídos a la voz de la propia estirpe y de la propia sangre. ¡Viva! Porque habéis cerrando filas en torno a la vida que avanza.

¡Viva! porque sois las verdaderas creadoras de naciones, que éstas nunca han podido conservarse sin nacimientos propios.

¡Hurra! por vuestros abultados vientres sin miedo. ¡Hurra! por vuestros pechos crecidos. ¡Hurra! porque estáis aquí, en la calle, impregnadas de vida, demostrando que por algo se dijo “hombre y mujer los hizo….”

Y también ¡Hurra! porque no os arredran las almorranas y las pérdidas. ¡Hurra! porque no os arrugais ante las cefaleas y molestias. ¡Hurra! porque no os detienen vuestros tobillos hinchados. ¡Hurra! porque no os acomplejan vuestros ombligos saltones, ni vuestras estrías y señales. ¡Hurra!¡Hurra! por vuestro combate incomprendido. ¡Hurra!

Dichosas sois por vuestra decisión, que es plenitud de vida

Dichosas sois pese a las nieblas del futuro, a las insidias y malicias del presente, a las burlas y risitas de los propagandistas de la esterilidad buscada y a las ironías de los que condenan a Eros al empleo de vasos extraviados.

Dichosas sois porque habéis despreciado los zodíacos funestos.

Dichosas, porque estáis en firme alianza con el futuro.

Dichosas, porque habéis hecho propiedad vuestra el hábito de vivir en la esperanza.

Dichosas, porque habéis pronunciado un fiat en vuestros corazones. Y, porque, acogiendo a ese niño, al vuestro, al que habéis llamado al mundo, acogéis también a Aquél de quien el mayor de los hombres nacido de mujer no se consideraba digno de atar la correa de las sandalias.

Un ¡hurra! un ¡viva! un ¡bisca! un ¡gora! un ¡arriba! un ¡forza! multiplicados por mil, por vosotras y por vuestro hijos.