El día de después de las elecciones, sea cual sea el radio de acción de las mismas, y sean cuales fueren los resultados obtenidos, pertenece a ese mundo difuso y confuso de la cronología indeterminada. Tanto, por lo menos, como el “érase una vez” de los cuentos infantiles o el infaltable “once upon a time” de las narraciones tradicionales inglesas.
En ese día, como por arte de Birlibirloque el paciente lector vuela de una nube a otra bajo el impulso soberano de los media.
¿Le interesa saber qué nubes son esas? Pues sepa que la primera, la de partida, está formada por el vaporoso y ambiguo mundo de los programas políticos mal delineados o arteramente definidos que sirven de burdo cañamazo para hilvanar las campañas. La segunda nube, la de llegada, tiene propiedades luminiscentes y representa la hinchazón de unos resultados que fueren cuales fueren debe suponerse que redundarán en bien de todos sólo por el hecho de que pueden ser objeto de cómputo. Tenga en cuenta vuestra merced, y no se trata de ningún retruécano, que el sencillo hecho de poder contar los objetos, o los votos, impresiona mucho y extiende entre la multitud un sentimiento momentáneo de solidaridad que compensa de los momentos de desunión o de discordia que por lo regular presiden las campañas electorales.
Y dejo constancia de que si he empleado líneas arriba la expresión “paciente lector” esquivando el uso de la palabra ciudadano que a priori parece más apropiada, es por una razón muy sencilla: mientras al lector se le puede suponer en todo caso la virtud de la paciencia, sea para leer el texto hasta el final, sea para entender lo leído, al ciudadano en cuanto que votante se le tiene que suponer dotado de toda una batería de disposiciones diferentes.
Y aquí van algunos ejemplos de lo que, según y cómo, se puede suponer en el haber del ciudadano en trance y ocasión de votar: convicción, si el sujeto va por la vía del convencimiento; resignación si es de los que se consideran obligados a votar aunque sea tapándose las narices; devoción, si es devoto, o sea si se adhiere a principios, obedece a motivaciones, persigue objetivos que incitan al fervor emocional, o simple y llanamente es fiel seguidor de un determinado personaje, como con harta frecuencia pasa entre los pueblos ibéricos.
Y al llegar a este punto, el factor temporal y nebuloso de la cronología indeterminada que es propia del día después de las elecciones, confluye no pocas veces con lo espacial o territorial que, en contraste, resulta concreto en grado sumo. Porque acontece que la ubicación en la tierra que pisa suele ser la mayor fuente de orgullo y ufanía para el personal poco viajado. Hay que incluir en este apartado a los viajeros aparenciales que son aquellos capaces de pasearse por el mundo entero con el mismo talante interior con que lo haría una maleta. Y es que, aunque sea incorrecto manifestarlo descaradamente, es fácil comprobar que la conciencia de pertenecer a un territorio dado puede tanto en el hombre como puede en el perro el instinto territorial, aunque habría que reconocer al animal una ventaja operativa que el hombre todavía no ha logrado: la capacidad de marcar su territorio con la propia meada.
El día después de las elecciones tiene algo de sabath, de descanso después de la tarea de decidir sobre quién ha de gobernar velando por los intereses mancomunados, decisión que es fuerte cosa se la mire por donde se la mirare.
Cierto que ese sabath se puede convertir en pandemonium en las ocasiones en que el cambio que las tensiones sociales la hora de la verdad reclaman, viene a resultar mucho mayor o de más compromiso que los cambios que la propaganda, pegando –eso sí- la gran ladrada, proclama de mentirijillas.
Pero si todo ocurre según rutina, tras el día de después, vendrán los cien días de amnistía que, según se dice, la opinión publicada decreta para dejar hacer a los gobernantes sin que tengan que padecer el asedio constante de la crítica o de los sucedáneos malignos de la misma.
Y después de esos cien días, amigos, sino al diluvio, estaremos de vuelta al mismo temporal al que estamos acostumbrados.
O sea que podemos augurar sin ser adivinos que habrá rabia que se despache a su gusto y habrá víctimas pocas o muchas según quieran o les salga a los victimarios.
Que habrá también, en respuesta, mucha rabia contenida, que es entre todas las rabias, la más finolis, la más comportada y por supuesto, constitucional a la vez que estatutaria. Que seguirán ejerciendo su jurisdicción universal los jueces españoles en cuyas competencias no se pone el sol, mientras la justicia de puertas adentro sufre retrasos que son inconcebibles en toda república o reino bien ordenados.
Que el sistema panóptico que nos vigila a todos, seguirá implementando su dominio visual con instrumentos cada vez más perfectos, como en preparación de un futuro Estado policíaco donde no habrá libertad que valga.
Que seguirán su tarea desplobadora los originales inventores de la nación sin nacimientos y continuaran su anónima tarea de repoblación sustitutoria los beneficiarios de las importaciones baratas.
¿Qué en qué estoy pensando?
Por supuesto, en las musarañas. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
En ese día, como por arte de Birlibirloque el paciente lector vuela de una nube a otra bajo el impulso soberano de los media.
¿Le interesa saber qué nubes son esas? Pues sepa que la primera, la de partida, está formada por el vaporoso y ambiguo mundo de los programas políticos mal delineados o arteramente definidos que sirven de burdo cañamazo para hilvanar las campañas. La segunda nube, la de llegada, tiene propiedades luminiscentes y representa la hinchazón de unos resultados que fueren cuales fueren debe suponerse que redundarán en bien de todos sólo por el hecho de que pueden ser objeto de cómputo. Tenga en cuenta vuestra merced, y no se trata de ningún retruécano, que el sencillo hecho de poder contar los objetos, o los votos, impresiona mucho y extiende entre la multitud un sentimiento momentáneo de solidaridad que compensa de los momentos de desunión o de discordia que por lo regular presiden las campañas electorales.
Y dejo constancia de que si he empleado líneas arriba la expresión “paciente lector” esquivando el uso de la palabra ciudadano que a priori parece más apropiada, es por una razón muy sencilla: mientras al lector se le puede suponer en todo caso la virtud de la paciencia, sea para leer el texto hasta el final, sea para entender lo leído, al ciudadano en cuanto que votante se le tiene que suponer dotado de toda una batería de disposiciones diferentes.
Y aquí van algunos ejemplos de lo que, según y cómo, se puede suponer en el haber del ciudadano en trance y ocasión de votar: convicción, si el sujeto va por la vía del convencimiento; resignación si es de los que se consideran obligados a votar aunque sea tapándose las narices; devoción, si es devoto, o sea si se adhiere a principios, obedece a motivaciones, persigue objetivos que incitan al fervor emocional, o simple y llanamente es fiel seguidor de un determinado personaje, como con harta frecuencia pasa entre los pueblos ibéricos.
Y al llegar a este punto, el factor temporal y nebuloso de la cronología indeterminada que es propia del día después de las elecciones, confluye no pocas veces con lo espacial o territorial que, en contraste, resulta concreto en grado sumo. Porque acontece que la ubicación en la tierra que pisa suele ser la mayor fuente de orgullo y ufanía para el personal poco viajado. Hay que incluir en este apartado a los viajeros aparenciales que son aquellos capaces de pasearse por el mundo entero con el mismo talante interior con que lo haría una maleta. Y es que, aunque sea incorrecto manifestarlo descaradamente, es fácil comprobar que la conciencia de pertenecer a un territorio dado puede tanto en el hombre como puede en el perro el instinto territorial, aunque habría que reconocer al animal una ventaja operativa que el hombre todavía no ha logrado: la capacidad de marcar su territorio con la propia meada.
El día después de las elecciones tiene algo de sabath, de descanso después de la tarea de decidir sobre quién ha de gobernar velando por los intereses mancomunados, decisión que es fuerte cosa se la mire por donde se la mirare.
Cierto que ese sabath se puede convertir en pandemonium en las ocasiones en que el cambio que las tensiones sociales la hora de la verdad reclaman, viene a resultar mucho mayor o de más compromiso que los cambios que la propaganda, pegando –eso sí- la gran ladrada, proclama de mentirijillas.
Pero si todo ocurre según rutina, tras el día de después, vendrán los cien días de amnistía que, según se dice, la opinión publicada decreta para dejar hacer a los gobernantes sin que tengan que padecer el asedio constante de la crítica o de los sucedáneos malignos de la misma.
Y después de esos cien días, amigos, sino al diluvio, estaremos de vuelta al mismo temporal al que estamos acostumbrados.
O sea que podemos augurar sin ser adivinos que habrá rabia que se despache a su gusto y habrá víctimas pocas o muchas según quieran o les salga a los victimarios.
Que habrá también, en respuesta, mucha rabia contenida, que es entre todas las rabias, la más finolis, la más comportada y por supuesto, constitucional a la vez que estatutaria. Que seguirán ejerciendo su jurisdicción universal los jueces españoles en cuyas competencias no se pone el sol, mientras la justicia de puertas adentro sufre retrasos que son inconcebibles en toda república o reino bien ordenados.
Que el sistema panóptico que nos vigila a todos, seguirá implementando su dominio visual con instrumentos cada vez más perfectos, como en preparación de un futuro Estado policíaco donde no habrá libertad que valga.
Que seguirán su tarea desplobadora los originales inventores de la nación sin nacimientos y continuaran su anónima tarea de repoblación sustitutoria los beneficiarios de las importaciones baratas.
¿Qué en qué estoy pensando?
Por supuesto, en las musarañas. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.