Si el sexagésimo aniversario de la terminación de la II Guerra Mundial ha servido para resucitar su memoria por parte de las grandes potencias que la prepararon y la libraron en su propio provecho, también puede servir este aniversario para evocar a esa multitud de países de tercera, cuarta o quinta fila a cuya presencia se debe precisamente que el conflicto haya podido recibir el calificativo de mundial.
Estos países nada tenían que perder ni ganar como entidades nacionales y, sin embargo, declararon la guerra a la parte que les correspondía y se alinearon con las democracias o con el eje, digamos que obedeciendo al puro imperativo geográfico. Porque acontece que los países, antes que comunidades con ciertas cosas en común, son un lugar en el mundo, un punto en el mapa. Y la geografía impone unos determinados comportamientos en la medida en que los pobladores de un país no están, como sociedad organizada, a la altura de las exigencias que la localización de su país en el mundo les exige. En estos casos, solo se tiene que mirar al mapa para saber, como se dice vulgarmente, de donde sopla el viento. Y mucho más en un conflicto bélico.
Para los desunidos países iberoamericanos, en 1941 el viento soplaba por el lado de que los Estados Unidos debían entrar en la guerra junto a la asediada Inglaterra, pues se trataba de salvaguardar el predominio anglosajón en el mundo. El ataque nipón a la base estadounidense de Pearl Harbor facilitó las cosas y la gran potencia norteamericana abanderó a partir de allí la causa que se llamó de las democracias pese a que una de las principales protagonistas de la contienda era la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, tan totalitaria como la Alemania Nazi.
El día que declararon la guerra, en mi pueblo, que era capital de Departamento, tocaron a rebato las campanas de la ciudad entera. El tradicional lenguaje de las campanas, además de religioso era también cívico y militar. El toque de rebato era de ésta última clase y llamaba a la población a contrabatir, es decir, a combatir a quienes venían a batir la ciudad por sorpresa.
Pero aquél día, el revuelo de campanas se quedó en puro ornato sonoro de una noticia que la radio había difundido previamente: se había declarado la guerra a las potencias del Eje alineándose, pues, al lado de los Estados Unidos contra el Japón, Alemania e Italia. El país que con tanta alegría oficial había entrado en guerra había sido definido por el poeta Pablo Antonio Cuadra, como un país pequeño, de pequeños ferrocarriles y pequeños campanarios, estaba entonces en el istmo centroamericano. Al parecer sigue allí, ya sin ferrocarriles y con muchos menos campanarios, pero aún se llama Nicaragua. Me inclino a creer que sus jerifaltes de entonces no podían hacer otra cosa que declarar la guerra, aún en el supuesto poco probable de que hubieran querido escoger una opción diferente. Por otra causa no, pero les bastaba mirar sensatamente al mapa para saber que su puesto estaba al lado de las democracias. Comprenderá el lector que estoy haciendo intrahistoria, que es historia chiquita y particular, pero que puede resultar aleccionadora si se sabe mirar de través.
La declaración de guerra cayó en mi casa con la fuerza de un ciclón. El mismo día de las campanas, don Eneas Razzetto, agrónomo italiano, Director de la Escuela Superior de Agricultura y que había convertido en un vergel el cinturón de Las Quintas que rodeaba la ciudad, fue encarcelado como medida previa a su deportación a un campo de prisioneros en los Estados Unidos. A mis seis memoriosos años, vi pasar a don Eneas -un paciente de mi padre que era médico-, sudoroso y enrojecido bajo el sol del mediodía, con la blanca chaqueta de lino plegada sobre el brazo derecho, humillado por la presencia mal encarada de dos Guardias Nacionales que lo custodiaban como a un malhechor.
En aquella ocasión supe por primera vez lo que significaba la palabra disgusto reflejada en la cara de mi padre. Después me enteraría que el mal rato no había conseguido entumecer su sentido de la amistad. en el doble aspecto de lealtad y de aprovechamiento que ésta tiene, pues mi padre había intercedido eficazmente a favor de su amigo y paciente italiano ante don Alejandro Pereira Saavedra, Comandante Militar de la plaza, y amigo suyo también, y, lo que era para mí más importante entonces, padre de Teresita Pereira, una linda niña cuatro años mayor que yo y a la cual prefería entre todas las amigas de mi hermana
En los días siguientes la familia fue de disgusto en disgusto. Las noticias llegaban atropelladamente. Unos vecinos alemanes, los Schmitt, sufrieron la misma suerte que Razzetto. Luisa, una anciana de esa familia, demasiado vieja para ser internada en un campo de concentración, tuvo que ser acogida por los Tijerino, vecinos suyos y amigos también de mi padre. A partir de allí, y mientras permanecimos en Puentealdía, doña Luisa figuró como invitada a nuestra mesa tres veces a la semana. Temíamos por Karl Schutze, condecorado con la Cruz De Hierro durante la Primera Guerra Mundial y que casaría con una cuñada de Ofelia, la única hermana de mi madre. Temíamos por la familia Mántica, cuyos representantes varones habían sido compañeros de mi padre en el Colegio Tridentino de San Ramón. Una de las niñas Mántica, Margarita, había quedado aislada por la guerra en Diano-Marina, en la costa ligur, y tuvo que ser auxiliada por la Cruz Roja. Nos preocupaba la suerte que pudiera correr Joseph Altamirano-Von Lückson y sus hermanas la rubia Elsa y la pelirroja Celina. José era el cónsul honorario de Alemania en Corinto, puerto donde pasábamos la temporada más calurosa del año. Pero la sorpresa la dieron los ingleses al incluir en su blacklist a mi abuelo materno. Sería exagerado pensar que los ingleses se habían tomado el menor trabajo de rastrear las vinculaciones de mi abuelo con el régimen del III Reich. Sólo echaron mano de la lista que ya habían aplicado durante la Primera Guerra Mundial cuando los enemigos a abatir eran el Kaiser Guillermo y Francisco José, el marido de Ssissi. Resulta que el primero de la familia de mi abuelo había llegado de California pasajero en un barco de la Compañía del Tránsito propiedad del Comodoro Vanderbilt y procedía en última instancia de Danzig, cuando esta ciudad formaba parte de Prusia. Ser incluido en la lista negra, suponía no poder recibir mercancías procedentes de los países aliados. Todo esto tenía vital importancia para mi abuelo principal accionista y director del periódico “El Independiente”, y dueño de un taller de imprenta que había sido fundado por el prusiano, pues recibía de los Estados Unidos y del entonces Dominio del Canadá, el papel, la tinta y otros materiales necesarios para su industria
No todas las energías del país se agotaron en perseguir enemigos tan peligrosos para las democracias. El gobierno tuvo también la feliz idea de organizar una”magna manifestación” en la capital del país. Desde aquél momento, la Compañía del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, los lanchones y gabarras de los grandes esteros, el vapor “Victoria” en el lago de Granada, los bateles y “pimpantes” de los ríos de la costa atlántica, las goletas del lago de Managua, fueron dedicados al transporte de los manifestantes que eran trasladados en expediciones organizadas por los Jefes Políticos de cada Departamento, los Alcaldes de los pueblos o los Jueces de Mesta donde no llegaban aquellos.
La “magna manifestación” reunió una multitud procedente de todos los rincones del país. Allí estaban los “campistos” blancos de los aislados valles de la Nueva Segovia; donde la endogamia de los colonizadores y la relativa ausencia de indígenas originó grupos enteramente leucodermos; allí los indios de Chontales, en el centro del país, los de Subtiaba, en tierras de León, los de Jalteba, en tierras de Granada, los de Monimbó en tierras de Masaya, organizados en comunidades indígenas reconocidas como tales desde el tiempo de los últimos Austrias; allí los mestizos aindiados de todas partes: los vaqueros de los grandes hatos, los cazadores, los raicilleros, los que cribaban oro en los placeres de los ríos, los cortadores de caña de azucar, los leñadores, los pescadores, los boyeros de las grandes haciendas; los zambos, los negros, los mulatos y los chinegros que habitaban los marjales y llanuras de la costa atlántica, resurrección del Africa sufriente llevada allí por los intentos colonizadores de los ingleses; los rubios y empobrecidos descendientes de los piratas y filibusteros ingleses y holandeses de la región de San Juan del Norte o Greytown a los que la gente llamaba “indios blancos”; todo el mundo magmático de una sociedad pequeña, complicada y aún por hacer, trajinaba por los caminos para acudir a aquella manifestación en la cual se iba a vitorear a las democracias. Conservo un ejemplar de la revista “Enguardia”. En ella, hay una fotografía de la cabecera de la manifestación en la escalinata del Palacio Nacional. Se ven allí a Anastasio Somoza padre, y a su lado los hermanos Aguirre Baca, entonces tenientes de la Guardia Nacional y que más tarde intentarían un golpe de Estado que los rebotaría a USA donde fundarían “El Diario de las Américas”
Al final, el sentido común se impuso respecto a muchos de los perseguidos. En contraste con la obsecuente posición de las autoridades nacionales, interesadamente rigurosas, los Estados Unidos comenzaron a devolver al país a muchos alemanes e italianos que habían sido deportados injustamente. La ausencia había bastado, sin embargo, para que sus posesiones tuvieran que cambiar de manos; eso se trataba de conseguir, al parecer, con tanto rigor democrático.
Merced a la intrincada red de amistades, parentesco, clientela o favores que era la base de la verdadera constitución del país, muchos perseguidos o acosados tuvieron mejor suerte. A mi abuelo le bastó refrescar el recuerdo de un importante parentesco. Otros encontraron la protección de amigos o gente benévola en el Ejército o en el Gobierno. Guardo sus nombres. Quien más quien menos, incluso el buen cónsul de Alemania en Corinto encontró valedores eficaces; y el marido de una sobrina suya terminaría trabajando como empleado civil en la base militar norteamericana que se instaló en el puerto de Corinto que está, como saben los historiadores de América, en la que los antiguos mapas llamaban bahía de la Posesión, que con el golfo de Fonseca y la bahía de San Francisco, forma la trilogía de los grandes abrigos naturales de la costa del pacífico americano.
El país se benefició de la intensificación del comercio interamericano; ningún destacamento nacional tuvo que incorporarse en ningún momento a la guerra. Casi al final de ésta, un oportuno incendio del Registro de la Propiedad en Managua, hizo desaparecer asientos importantes cuya ausencia estaba destinada a garantizar la pacífica posesión de los nuevos, ventajistas e improvisados adquirentes de las propiedades de alemanes o italianos.. Los Aliados iban a vencer. El nuevo orden que se avecinaba pronto sería definido por Churchill en un famoso discurso en USA. Pero, por otra parte, en el Asia entera y en el Oriente Europeo, se impondría por la fuerza el socialismo real del modelo staliniano. En la colonia inglesa de Palestina, los judíos tendrían que continuar su lucha y los árabes la suya. El mundo africano sería objeto de un proceso de descolonización desconsiderado e irresponsable. En los países suburbiales de América de habla española triunfaba de nuevo el espíritu de la mecedora, la hamaca y el machete. En el gran teatro del mundo la Democracia entonaba su gran himno triunfal.
jueves, 30 de junio de 2005
jueves, 23 de junio de 2005
Retablillo de Saberes Varios
GUISOTE DE CARNE DE CAIMÁN.- Al caimán o cocodrilo americano lo llaman los del Norte “gator”, que es forma comprimida de decir “Alligator”.
El caimán da una carne parecida a la del buey viejo en Galicia o a la del borrico garañón en cualquier parte del mundo. No obstante hay quien la come muy a gusto después de aderezarla con cebolla, ajo, pimentón, apio y pimiento rojo, que es ese que en México y sus zonas de influencia llaman chiltomate o chiltomo. Lo más corriente es comer la carne de caimán guisada y acompañada de arroz, mezclando con éste la salsa picante. En caso de apuro, y tratándose de americanos del Norte, vale el arroz tres delicias que se puede comprar en el restaurante chino de la esquina. Al guisote de caimán llaman en USA “cajun style gator.”
La excepción a la regla es mi amigo el hacendado mexicano Don Proceso Ojeda y Garza, natural de Nuevo León, a quien le gusta tomar la carne de “gator” en bocadillos. Ojeda llama emparedados a los bocadillos, como si se tratara de un suplicio medioeval, y suele acompañarlos de buenos tragos de Jack Daniels, único whiskey capaz de aguantar semejante compañía. De esta singularidad gastronómica del mexicano di cuenta en un artículo aparecido en esta misma sección.
La palabra cajún, que a oídos hispánicos no suena del todo bien, proviene del noble vocablo “acadian”, bien que a través de graves retorcimientos fonéticos muy típicos del inglés.
Acadian significa acadiano, es decir, natural de Acadia, que era el nombre que los franceses de tiempos de Richelieu dieron al hermoso país que colonizaron en el Canadá y que hoy forma las provincias de Nueva Brunswich y Nueva Escocia. El cambio de nombre y de dueños no se hizo de rositas. Los ingleses, que no toleran las chapuzas ni abandonan nunca el cante a medio palo, después del tratado de Utrech decidieron eliminar de Acadia al mayor número posible de antiguos colonos y, confiando en que el clima, los mosquitos y los caimanes exterminarían a los franceses a más bajo costo y con menos sangre que las balas y los lanzazos, los trasladaron en masa a los pantanos del sur de la Louissiana, con el discreto propósito de que, alejados de toda posibilidad de formar asociaciones de víctimas y otras molestas zarandajas, se fueran extinguiendo allí sin escándalo para nadie ni molestias para su Anglicana. Británica y Real Majestad. Pero los acadianos, que eran franceses de los de antes, lejos de esperar a que los cocodrilos se los comieran, comenzaron a comerse a los cocodrilos, comprenderán uds., más que por refinamiento culinario, por pura necesidad de llevarse algo a la boca.
Así nació el guisote de caimán que los americanos llaman cajun style gator o también southern style gator y que los más refinados de entre ellos recomiendan simmered in an spirited cajun Gravy, o lo que es lo mismo, cocinar a fuego lento en una salsa picante estilo cajún.
Traigo a colación estos datos eruditos, no tanto para defenderme de la sospecha de que estaba mintiendo cuando hablaba de los bocadillos de Alligátor de mi amigo el mexicano que he mencionado más arriba, para demostrar cómo una especie en vías de desaparecer puede multiplicarse si se la considera comestible.
MODO (PRECONSTITUCIONAL) DE CAZAR CUERVOS CON NUECES.- Se reducen a polvo tres o cuatro nueces vómicas (caídas del árbol Stychnos nux vomica)y se espolvorean con él varios pedacitos de carne, que se pondrán en los lugares en donde acudan los cuervos. Éstos son muy amantes de la carne y, en el momento en que tragan la que ha sido así compuesta, caen como muertos de embriaguez de la cual vuelven muy pronto, al punto que se escaparían si el cazador tardase en cogerlos.
Esta forma de caza es segura, pero tiene el inconveniente que si algún perro – o cánido como el lobo, el coyote o el zorro-, llega a comer de la carne así aderezada, moriría infaliblemente; porque la nuez vómica, que sólo embriaga a los cuervos, es, en cambio, veneno para los perros, que pueden curar haciéndoles tragar vinagre, acción que es sumamente difícil de aplicar a animales silvestres, como lo tengo experimentado yo con un coyote que intenté salvar durante una cacería de zopilotes en la Sierra Madre..
MODO (MEDIÁTICO) DE CAZAR CUERVOS CON CUCURUCHOS DE PAPEL.- Se cortan pedazos de carne fresca del tamaño de una nuez, poco más, sin pasarse. Se confeccionan cucuruchos grandes de papel, encolándolos para que no se deshagan. Vale tanto el papel de periódicos locales como nacionales. En el fondo de cada cucurucho se pone un pedazo de carne de los ya dichos, mientras que el borde del cucurucho se unta de liga por dentro hasta dejarlo bien embadurnado. El cazador debe colocar los cucuruchos en dispersión y ocultarse.
Los cuervos acuden ansiosos a comer de aquella carne, meten la cabeza hasta el fondo para alcanzarla, la liga se prende de sus plumas y el cuervo queda con el cucurucho puesto en la cabeza como un penitenciado dibujado por Goya.
Este modo de caza se presta a episodios sumamente vistosos porque el cuervo, sintiéndose atrapado e incapaz de librarse del cucurucho, emprende el vuelo a ciegas como un Harrier, en ascenso vertical, elevándose perpendicularmente casi hasta perderse de vista. Agotados del susto y del esfuerzo, al poco rato los cuervos caen casi en el mismo lugar del que emprendieron el vuelo y es cuando se cogen fácilmente. Se cuenta que el conde de los Podencos, gran cazador y hombre de mundo, murió de un infarto ocasionado por la risa en el transcurso de una cacería de éstas, que para su solaz había organizado en plena sierra de Cazorla, su amante la duquesa de los Momblanes. Pero esto fue antes de la Guerra y no he podido comprobarlo debidamente.
El hecho de emplear el papel como matería prima de los cucuruchos, ha inducido a algunos especialistas en Ciencias de la Información de España y del extranjero, a reclamar para este modo de cazar el calificativo de mediático. A mi modesto juicio, este punto de vista resulta exagerado
MAREAR LA PERDIZ.- contrariamente a lo que se cree, el marear la perdiz no es operación mecánica de acoso a esa ave, como quien acude a correr el campo de un lado a otro para no dejarla posarse. Antes bien se trata de un modo de caza incruenta que consiste en hacerlas ingerir a la perdiz ciertos granos preparados para marearla..
Hay numerosas recetas para marear la perdíz. Reproduzco aquí algunas de ellas.
Se pone a remojo en orujo de buena calidad granos de cebada acompañándolos de elévoro blanco. Las perdices que comen de estos granos caen mareadas y es muy fácil cogerlas. Los especialistas discuten si lo que marea a la perdiz es el orujo o el elévoro.
Para el mismo efecto se puede emplear harina de centeno y semilla molida de juncia, que se amasan con agua hasta formar una pasta. De esta pasta se forman bolitas que se echan en los lugares donde acuden perdices. Las que coman, quedarán tan aturdidas que se podrán atrapar con la mano.
Otro medio de marear la perdiz es mezclando vino fuerte, como los que llaman ahora licorosos, y jugo de cicuta. Se pone a remojar en esa mezcla granos de cebada o de trigo. La perdiz que coma de tales granos perderá el sentido y caerá como borracha.
CODA.- Igual que dicen que al tequila le falta un grado para ser sangre, me doy cuenta que a este Retablillo le falta una pizca para transformarse en Prosa Chinfónica. Ruego a quien lo leyere, que lo sepa comprender en esta época de géneros confusos, de pasos y contrapasos, de dicciones y contradicciones, cuando es difícil diferenciar el vuelo de las palomas del vuelo de los cuervos y cuando se considera posible la conversión de los caimanes en bocadillos para todos.
El caimán da una carne parecida a la del buey viejo en Galicia o a la del borrico garañón en cualquier parte del mundo. No obstante hay quien la come muy a gusto después de aderezarla con cebolla, ajo, pimentón, apio y pimiento rojo, que es ese que en México y sus zonas de influencia llaman chiltomate o chiltomo. Lo más corriente es comer la carne de caimán guisada y acompañada de arroz, mezclando con éste la salsa picante. En caso de apuro, y tratándose de americanos del Norte, vale el arroz tres delicias que se puede comprar en el restaurante chino de la esquina. Al guisote de caimán llaman en USA “cajun style gator.”
La excepción a la regla es mi amigo el hacendado mexicano Don Proceso Ojeda y Garza, natural de Nuevo León, a quien le gusta tomar la carne de “gator” en bocadillos. Ojeda llama emparedados a los bocadillos, como si se tratara de un suplicio medioeval, y suele acompañarlos de buenos tragos de Jack Daniels, único whiskey capaz de aguantar semejante compañía. De esta singularidad gastronómica del mexicano di cuenta en un artículo aparecido en esta misma sección.
La palabra cajún, que a oídos hispánicos no suena del todo bien, proviene del noble vocablo “acadian”, bien que a través de graves retorcimientos fonéticos muy típicos del inglés.
Acadian significa acadiano, es decir, natural de Acadia, que era el nombre que los franceses de tiempos de Richelieu dieron al hermoso país que colonizaron en el Canadá y que hoy forma las provincias de Nueva Brunswich y Nueva Escocia. El cambio de nombre y de dueños no se hizo de rositas. Los ingleses, que no toleran las chapuzas ni abandonan nunca el cante a medio palo, después del tratado de Utrech decidieron eliminar de Acadia al mayor número posible de antiguos colonos y, confiando en que el clima, los mosquitos y los caimanes exterminarían a los franceses a más bajo costo y con menos sangre que las balas y los lanzazos, los trasladaron en masa a los pantanos del sur de la Louissiana, con el discreto propósito de que, alejados de toda posibilidad de formar asociaciones de víctimas y otras molestas zarandajas, se fueran extinguiendo allí sin escándalo para nadie ni molestias para su Anglicana. Británica y Real Majestad. Pero los acadianos, que eran franceses de los de antes, lejos de esperar a que los cocodrilos se los comieran, comenzaron a comerse a los cocodrilos, comprenderán uds., más que por refinamiento culinario, por pura necesidad de llevarse algo a la boca.
Así nació el guisote de caimán que los americanos llaman cajun style gator o también southern style gator y que los más refinados de entre ellos recomiendan simmered in an spirited cajun Gravy, o lo que es lo mismo, cocinar a fuego lento en una salsa picante estilo cajún.
Traigo a colación estos datos eruditos, no tanto para defenderme de la sospecha de que estaba mintiendo cuando hablaba de los bocadillos de Alligátor de mi amigo el mexicano que he mencionado más arriba, para demostrar cómo una especie en vías de desaparecer puede multiplicarse si se la considera comestible.
MODO (PRECONSTITUCIONAL) DE CAZAR CUERVOS CON NUECES.- Se reducen a polvo tres o cuatro nueces vómicas (caídas del árbol Stychnos nux vomica)y se espolvorean con él varios pedacitos de carne, que se pondrán en los lugares en donde acudan los cuervos. Éstos son muy amantes de la carne y, en el momento en que tragan la que ha sido así compuesta, caen como muertos de embriaguez de la cual vuelven muy pronto, al punto que se escaparían si el cazador tardase en cogerlos.
Esta forma de caza es segura, pero tiene el inconveniente que si algún perro – o cánido como el lobo, el coyote o el zorro-, llega a comer de la carne así aderezada, moriría infaliblemente; porque la nuez vómica, que sólo embriaga a los cuervos, es, en cambio, veneno para los perros, que pueden curar haciéndoles tragar vinagre, acción que es sumamente difícil de aplicar a animales silvestres, como lo tengo experimentado yo con un coyote que intenté salvar durante una cacería de zopilotes en la Sierra Madre..
MODO (MEDIÁTICO) DE CAZAR CUERVOS CON CUCURUCHOS DE PAPEL.- Se cortan pedazos de carne fresca del tamaño de una nuez, poco más, sin pasarse. Se confeccionan cucuruchos grandes de papel, encolándolos para que no se deshagan. Vale tanto el papel de periódicos locales como nacionales. En el fondo de cada cucurucho se pone un pedazo de carne de los ya dichos, mientras que el borde del cucurucho se unta de liga por dentro hasta dejarlo bien embadurnado. El cazador debe colocar los cucuruchos en dispersión y ocultarse.
Los cuervos acuden ansiosos a comer de aquella carne, meten la cabeza hasta el fondo para alcanzarla, la liga se prende de sus plumas y el cuervo queda con el cucurucho puesto en la cabeza como un penitenciado dibujado por Goya.
Este modo de caza se presta a episodios sumamente vistosos porque el cuervo, sintiéndose atrapado e incapaz de librarse del cucurucho, emprende el vuelo a ciegas como un Harrier, en ascenso vertical, elevándose perpendicularmente casi hasta perderse de vista. Agotados del susto y del esfuerzo, al poco rato los cuervos caen casi en el mismo lugar del que emprendieron el vuelo y es cuando se cogen fácilmente. Se cuenta que el conde de los Podencos, gran cazador y hombre de mundo, murió de un infarto ocasionado por la risa en el transcurso de una cacería de éstas, que para su solaz había organizado en plena sierra de Cazorla, su amante la duquesa de los Momblanes. Pero esto fue antes de la Guerra y no he podido comprobarlo debidamente.
El hecho de emplear el papel como matería prima de los cucuruchos, ha inducido a algunos especialistas en Ciencias de la Información de España y del extranjero, a reclamar para este modo de cazar el calificativo de mediático. A mi modesto juicio, este punto de vista resulta exagerado
MAREAR LA PERDIZ.- contrariamente a lo que se cree, el marear la perdiz no es operación mecánica de acoso a esa ave, como quien acude a correr el campo de un lado a otro para no dejarla posarse. Antes bien se trata de un modo de caza incruenta que consiste en hacerlas ingerir a la perdiz ciertos granos preparados para marearla..
Hay numerosas recetas para marear la perdíz. Reproduzco aquí algunas de ellas.
Se pone a remojo en orujo de buena calidad granos de cebada acompañándolos de elévoro blanco. Las perdices que comen de estos granos caen mareadas y es muy fácil cogerlas. Los especialistas discuten si lo que marea a la perdiz es el orujo o el elévoro.
Para el mismo efecto se puede emplear harina de centeno y semilla molida de juncia, que se amasan con agua hasta formar una pasta. De esta pasta se forman bolitas que se echan en los lugares donde acuden perdices. Las que coman, quedarán tan aturdidas que se podrán atrapar con la mano.
Otro medio de marear la perdiz es mezclando vino fuerte, como los que llaman ahora licorosos, y jugo de cicuta. Se pone a remojar en esa mezcla granos de cebada o de trigo. La perdiz que coma de tales granos perderá el sentido y caerá como borracha.
CODA.- Igual que dicen que al tequila le falta un grado para ser sangre, me doy cuenta que a este Retablillo le falta una pizca para transformarse en Prosa Chinfónica. Ruego a quien lo leyere, que lo sepa comprender en esta época de géneros confusos, de pasos y contrapasos, de dicciones y contradicciones, cuando es difícil diferenciar el vuelo de las palomas del vuelo de los cuervos y cuando se considera posible la conversión de los caimanes en bocadillos para todos.
miércoles, 15 de junio de 2005
Bolivarianas
Bolivia es, según el ángulo que se quiera apreciar de las afiladas aristas de su Historia, hija de la soberbia de un dictador, o del miedo que él mismo cobijaba.
El dictador de la soberbia fue el General Simón Bolívar, conocido más vulgarmente como El Libertador por una de esas ironías que la Historia no se ha dignado corregir.
El miedo que el General Bolívar cobijaba era que el viejo Virreinato del Perú llegara a ser, bajo el nuevo régimen, un estado poderoso. El Perú se había mostrado remiso ante la independencia que le traían como regalo no querido las bayonetas y las lanzas coloradas de Colombia, de Venezuela y Argentina. Para eso había que proceder a dividir lo que quedaba del antiguo Incario. Un país demediado carece de la fuerza del conjunto y ese era el objetivo a conseguir: dos Perús que nunca llegasen a tener la fuerza del que pudiera haber sido uno solo.
Y así, el Alto Perú, el Perú del interior, el Perú fabuloso del cerro de Potosí y de las riquezas proverbiales, el Perú de Chuquisaca, quedó convertido en un nuevo y pretendido Estado-Nación, al que el General, en su laberinto de vanidad, se dignó apadrinar con su apellido. Así nació Bolivia, el monumento que el héroe ideó para debilidad de El Perú y para gloria de sí mismo en los altos que el cóndor frecuentaba.
La operación de deshacer lo que había fue realizada con verdadero talento divisorio. Al Alto Perú, que en adelante se llamó Bolivia, se le dejó aquello de lo que no podía ser despojado: las riquezas mineras de su suelo; pero al separarlo del Bajo Perú, del Perú costero, del Perú de Lima y de El Callao, se le cercenó la posibilidad de movilizar, por el comercio, sus riquezas. Así el Alto Perú quedó confinado al Ande, alejado de la pequeña y dificultosa franja costera carente de puertos que le fue designada y que le terminaría de arrebatar los pequeños imperialismo de Chile y del mismo Perú. En cuanto a sus salidas fluviales, le fueron cercenadas a Bolivia en favor del Paraguay tras la Guerra del Chaco, en 1935.
En cuanto al Bajo Perú, embarrancado en sus costas, en sus reliquias arquitectónicas y en sus castas, fue privado de todo lo que había hecho de él ese Virreinato poderoso al que Bolívar temía.
Si el lector tiene la oportunidad de conocer el discurso de Bolívar ensalzando la Constitución –en realidad una carta otorgada-, que dio al nuevo Estado-Nación que nacía bajo su padrinazgo, quedará conmovido por la ingenuidad del hombre al cual sucesivas generaciones de sudamericanos han rendido culto de hiperdulía. Baste aquí decir que Bolívar calificó de “inspiración más sublime en el orden republicano”el hecho de nombrar para Bolivia un “Presidente Vitalicio con derecho a designar su sucesor”. Pero habremos de aclarar que ese hallazgo ni siquiera era suyo, sino que lo había calcado del sistema que el caudillo negro Pétion había establecido en...¡Haití! y que el bueno de Bolivar consideraba el mejor del mundo.
En su descargo hay que considerar que la prepotencia de Bolivar, demócrata en su discurso, autócrata en sus delirios, caprichoso en sus pensamientos, no nacía al estilo de las dictaduras iberoamericanas de hogaño, que surgen como reacción tras años de ejercicio de democracia inepta o corrompida. No era tampoco siquiera la continuación del despotismo monárquico ejercido por la Metrópoli, como parecía dictaminar la copla de los descontentos con la Independencia:
“Mudamos de condición,
Pero fue sólo pasando
Del poder de Don Fernando
Al poder de Don Simón.”
La copla no tenía razón porque el lazo funcional con la Monarquía borbónica había sido cortado radicalmente. La autocracia de Bolívar no era hija de la autocracia española, era el exudado casi fisiológico de una situación de cansancio social, de desfondamiento de ideales y de agotamiento demográfico tras veinte años de guerra despiadada que había diezmado sobre todo a las tenues clases dirigentes coloniales, tanto realistas como independentistas. La situación fue resumida por Bolivar en frases que siempre conmueven por lo sinceras: “No ha sido....una mera tempestad política, ni una guerra sangrienta, ni una anarquía popular, ha sido, sí, el desarrollo de todos los elementos desorganizadores: ha sido la inundación de un torrente infernal...”
En esa frase bolivariana, “el desarrollo de todos los elementos desorganizadores”, está el diagnóstico de muchas de las inferioridades de hecho que mantienen a la antigua Iberoamérica y hoy América Latina, en la sentina de la Historia.
El despego de la realidad que Bolívar padecía, se muestra en su preocupación por la libertad de los negros –la esclavitud estaba ya en franca decadencia-, y en su completo olvido de la condición de los indígenas. En su Mensaje al Congreso Constituyente de Bolivia, Congreso que era una hechura personal suya, califica con toda razón a la esclavitud negra de “la más insigne violación de la dignidad humana” y clama porque esta lacra no llegue a romper el “Santo Dogma de la Igualdad.” Pero nada dice de los indígenas que eran mayoría en el Alto Perú –como en el Bajo Perú y como en El Ecuador-, y cuya suerte no haría otra cosa que empeorar bajo el régimen de las flamantes y pretendidas Repúblicas-Naciones-Estados. Sí, he escrito empeorar.
De hecho, Bolívar se lamentaba de que el dominio español hubiese quitado a los hispanoamericanos – especie mixta entre los aborígenes y los españoles, dice-, “el goce y ejercicio de la tiranía activa sobre los indios, no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior ” No invento nada, todo está escrito, aunque ignorado por quienes han hecho de la ignorancia intencional una estrategia política.
Vientos populares se desatan de nuevo por las tierras de América del Sur. En Venezuela, patria de Bolivar, Cháves se encara a su manera –razón, patriotismo y demagogia-, con la tarea de acometer a toda prisa las reformas necesarias que la corrupta democracia de décadas anteriores había preterido.
El Ecuador, depauperado por el mal gobierno y desprestigiado por presidentes ridículos como Abdallá Bucaram, manda a la emigración a centenares de miles de ciudadanos humildes que de sobra podría alimentar si los ineptos y voraces dirigentes diesen un momento de respiro al país.
El Perú, recuperándose de décadas de sangrienta guerrilla, busca un lugar en el siglo XXI con la guía del presidente Toledo y bajo la vigilancia de los viejos partidos avezados en la corrupción.
Bolivia, sentada sobre los tesoros de su subsuelo, ahora el gas y el petróleo, como en otras horas la plata o el estaño, vive un momento de temblor social que parece idéntico a otros muchos que ha vivido a lo largo de su trágica Historia. Idéntico en todo ese temblor a los demás temblores, sólo tiene respecto al pasado una y singular diferencia: el indio de antaño, segregado del mundo republicano, es hoy el campesino organizado en sindicatos. La ya lejana revolución de Paz Estensoro y los esfuerzos económicos de los Estados Unidos –sí, de los Estados Unidos-, en sostener las conquistas de esa revolución, no han pasado, pues, en balde.
Los tres países actúan bajo lo que genérica y simplificadamente se llama el ideal bolivariano. Pero ese ideal se resiste a toda concreción coherente. Bolívar es, en su vida y en su obra, un mar de contradicciones y de rectificaciones sobre la marcha. Por otra parte, los reformadores de hoy tienen que actuar de acuerdo a los dictados del cortoplacismo democrático que de hecho impide la perseverancia en objetivos nacionales de largo plazo; y bajo la inevitable agitación eleccionaria que sirve allí más de combustión de siseo para evitar la explosión del petardo que de mecanismo legitimador que todos reconozcan. Que las elecciones no lo son todo, lo demuestra los recientes sucesos de Bolivia donde la soberanía abandonó el encierro de las urnas y acampó en la calle. Precisamente en la calle, ese lugar que entre españoles recibe con frecuencia el nombre de puta, quizá como calificación denigratoria de su carácter público.
Quedan estas palabras más con el propósito de provocar la reflexión que de proponer soluciones de estudio o gabinete que de poco o de nada de nada sirven. La Historia, en sus desarrollos a largo plazo, no admite consejeros. Ni soluciones fáciles.
El dictador de la soberbia fue el General Simón Bolívar, conocido más vulgarmente como El Libertador por una de esas ironías que la Historia no se ha dignado corregir.
El miedo que el General Bolívar cobijaba era que el viejo Virreinato del Perú llegara a ser, bajo el nuevo régimen, un estado poderoso. El Perú se había mostrado remiso ante la independencia que le traían como regalo no querido las bayonetas y las lanzas coloradas de Colombia, de Venezuela y Argentina. Para eso había que proceder a dividir lo que quedaba del antiguo Incario. Un país demediado carece de la fuerza del conjunto y ese era el objetivo a conseguir: dos Perús que nunca llegasen a tener la fuerza del que pudiera haber sido uno solo.
Y así, el Alto Perú, el Perú del interior, el Perú fabuloso del cerro de Potosí y de las riquezas proverbiales, el Perú de Chuquisaca, quedó convertido en un nuevo y pretendido Estado-Nación, al que el General, en su laberinto de vanidad, se dignó apadrinar con su apellido. Así nació Bolivia, el monumento que el héroe ideó para debilidad de El Perú y para gloria de sí mismo en los altos que el cóndor frecuentaba.
La operación de deshacer lo que había fue realizada con verdadero talento divisorio. Al Alto Perú, que en adelante se llamó Bolivia, se le dejó aquello de lo que no podía ser despojado: las riquezas mineras de su suelo; pero al separarlo del Bajo Perú, del Perú costero, del Perú de Lima y de El Callao, se le cercenó la posibilidad de movilizar, por el comercio, sus riquezas. Así el Alto Perú quedó confinado al Ande, alejado de la pequeña y dificultosa franja costera carente de puertos que le fue designada y que le terminaría de arrebatar los pequeños imperialismo de Chile y del mismo Perú. En cuanto a sus salidas fluviales, le fueron cercenadas a Bolivia en favor del Paraguay tras la Guerra del Chaco, en 1935.
En cuanto al Bajo Perú, embarrancado en sus costas, en sus reliquias arquitectónicas y en sus castas, fue privado de todo lo que había hecho de él ese Virreinato poderoso al que Bolívar temía.
Si el lector tiene la oportunidad de conocer el discurso de Bolívar ensalzando la Constitución –en realidad una carta otorgada-, que dio al nuevo Estado-Nación que nacía bajo su padrinazgo, quedará conmovido por la ingenuidad del hombre al cual sucesivas generaciones de sudamericanos han rendido culto de hiperdulía. Baste aquí decir que Bolívar calificó de “inspiración más sublime en el orden republicano”el hecho de nombrar para Bolivia un “Presidente Vitalicio con derecho a designar su sucesor”. Pero habremos de aclarar que ese hallazgo ni siquiera era suyo, sino que lo había calcado del sistema que el caudillo negro Pétion había establecido en...¡Haití! y que el bueno de Bolivar consideraba el mejor del mundo.
En su descargo hay que considerar que la prepotencia de Bolivar, demócrata en su discurso, autócrata en sus delirios, caprichoso en sus pensamientos, no nacía al estilo de las dictaduras iberoamericanas de hogaño, que surgen como reacción tras años de ejercicio de democracia inepta o corrompida. No era tampoco siquiera la continuación del despotismo monárquico ejercido por la Metrópoli, como parecía dictaminar la copla de los descontentos con la Independencia:
“Mudamos de condición,
Pero fue sólo pasando
Del poder de Don Fernando
Al poder de Don Simón.”
La copla no tenía razón porque el lazo funcional con la Monarquía borbónica había sido cortado radicalmente. La autocracia de Bolívar no era hija de la autocracia española, era el exudado casi fisiológico de una situación de cansancio social, de desfondamiento de ideales y de agotamiento demográfico tras veinte años de guerra despiadada que había diezmado sobre todo a las tenues clases dirigentes coloniales, tanto realistas como independentistas. La situación fue resumida por Bolivar en frases que siempre conmueven por lo sinceras: “No ha sido....una mera tempestad política, ni una guerra sangrienta, ni una anarquía popular, ha sido, sí, el desarrollo de todos los elementos desorganizadores: ha sido la inundación de un torrente infernal...”
En esa frase bolivariana, “el desarrollo de todos los elementos desorganizadores”, está el diagnóstico de muchas de las inferioridades de hecho que mantienen a la antigua Iberoamérica y hoy América Latina, en la sentina de la Historia.
El despego de la realidad que Bolívar padecía, se muestra en su preocupación por la libertad de los negros –la esclavitud estaba ya en franca decadencia-, y en su completo olvido de la condición de los indígenas. En su Mensaje al Congreso Constituyente de Bolivia, Congreso que era una hechura personal suya, califica con toda razón a la esclavitud negra de “la más insigne violación de la dignidad humana” y clama porque esta lacra no llegue a romper el “Santo Dogma de la Igualdad.” Pero nada dice de los indígenas que eran mayoría en el Alto Perú –como en el Bajo Perú y como en El Ecuador-, y cuya suerte no haría otra cosa que empeorar bajo el régimen de las flamantes y pretendidas Repúblicas-Naciones-Estados. Sí, he escrito empeorar.
De hecho, Bolívar se lamentaba de que el dominio español hubiese quitado a los hispanoamericanos – especie mixta entre los aborígenes y los españoles, dice-, “el goce y ejercicio de la tiranía activa sobre los indios, no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior ” No invento nada, todo está escrito, aunque ignorado por quienes han hecho de la ignorancia intencional una estrategia política.
Vientos populares se desatan de nuevo por las tierras de América del Sur. En Venezuela, patria de Bolivar, Cháves se encara a su manera –razón, patriotismo y demagogia-, con la tarea de acometer a toda prisa las reformas necesarias que la corrupta democracia de décadas anteriores había preterido.
El Ecuador, depauperado por el mal gobierno y desprestigiado por presidentes ridículos como Abdallá Bucaram, manda a la emigración a centenares de miles de ciudadanos humildes que de sobra podría alimentar si los ineptos y voraces dirigentes diesen un momento de respiro al país.
El Perú, recuperándose de décadas de sangrienta guerrilla, busca un lugar en el siglo XXI con la guía del presidente Toledo y bajo la vigilancia de los viejos partidos avezados en la corrupción.
Bolivia, sentada sobre los tesoros de su subsuelo, ahora el gas y el petróleo, como en otras horas la plata o el estaño, vive un momento de temblor social que parece idéntico a otros muchos que ha vivido a lo largo de su trágica Historia. Idéntico en todo ese temblor a los demás temblores, sólo tiene respecto al pasado una y singular diferencia: el indio de antaño, segregado del mundo republicano, es hoy el campesino organizado en sindicatos. La ya lejana revolución de Paz Estensoro y los esfuerzos económicos de los Estados Unidos –sí, de los Estados Unidos-, en sostener las conquistas de esa revolución, no han pasado, pues, en balde.
Los tres países actúan bajo lo que genérica y simplificadamente se llama el ideal bolivariano. Pero ese ideal se resiste a toda concreción coherente. Bolívar es, en su vida y en su obra, un mar de contradicciones y de rectificaciones sobre la marcha. Por otra parte, los reformadores de hoy tienen que actuar de acuerdo a los dictados del cortoplacismo democrático que de hecho impide la perseverancia en objetivos nacionales de largo plazo; y bajo la inevitable agitación eleccionaria que sirve allí más de combustión de siseo para evitar la explosión del petardo que de mecanismo legitimador que todos reconozcan. Que las elecciones no lo son todo, lo demuestra los recientes sucesos de Bolivia donde la soberanía abandonó el encierro de las urnas y acampó en la calle. Precisamente en la calle, ese lugar que entre españoles recibe con frecuencia el nombre de puta, quizá como calificación denigratoria de su carácter público.
Quedan estas palabras más con el propósito de provocar la reflexión que de proponer soluciones de estudio o gabinete que de poco o de nada de nada sirven. La Historia, en sus desarrollos a largo plazo, no admite consejeros. Ni soluciones fáciles.
jueves, 9 de junio de 2005
Redención
Redimir es salvar. Redimir es rescatar. Quiere ser salvado el que se sabe perdido. Quiere ser redimido el que se siente cautivo, esclavizado, a merced de otros que lo oprimen, sean hombres, mercados, sistemas, partidos o propaganda envolvente. Pero, ¿Y los odios que arrastran? ¿Y los malos hábitos que son servidumbre para quien los padece? ¿Y los puntos tenebrosos de nuestra propia e individual singularidad?. Aún así se dice y se repite que el hombre de hoy no quiere ser redimido. No quisiera haber sido redimido. Que ha perdido el sentido de redención.
Mas quien no quiere la redención ha de sentirse libre, pleno, completo, dueño de su absoluta autonomía. ¿Está el hombre de hoy tan libre, tan pleno, tan completo, tan satisfecho, tan orondo, tan ufano de sí mismo y de sus compañeros de especie –tampoco se pide mucho-, que ya no sienta la necesidad de redención?
Frente a esto ¿No muestra la realidad cotidiana que el hombre de hoy, como el de ayer, sigue buscando la redención por todas partes? Incluso, oiga, en las artes chamánicas de ese profesor Nani que desde el centro del África tropical asegura traer la salvación de la magia negra o a los civilizados habitantes de Donosti y de Zaragoza, según se anuncia en hojas volanderas de reparto callejero.
Ideologías transpersonalistas como el Nacional Socialismo, el Fascismo y el Comunismo propusieron planes de salvación a las multitudes europeas y leucodermas de hace unas décadas. El consumismo como costumbre de vigencia obligada, la Ciencia y la Democracia convertidas en mitos, desempeñan hoy sin el boato, las botas ni los alardes paralelos el mismo papel que las ideologías políticas desempeñaron en su momento.
Pero es fácil descifrar señales y guiños a través de las cuales el hombre de hoy pide redención por todas partes y en todos los tonos. Podemos preguntarnos, pues :¿En qué instante una persona cualquiera comienza a percibir que está necesitado de redención?
Y lo está cuando reconoce que, a pesar de haber escuchado con claridad el reclamo del bien, muchas veces ha renunciado a seguirlo.
Cuando se encuentra en condiciones de hacer el recuento sincero de las veces que ha tenido el propósito de hacer el bien sin atreverse a ponerlo por obra.
Cuando se aflige al percibir en su entorno la presencia del mal bajo mil formas, unas invasoras y tiránicas, seductoras o insinuantes otras.
Cuando se da cuenta que el mal que percibe no es totalmente ajeno a ella misma. Y, cuando tiene que admitir que no todo el mal es achacable a los otros.
Cuando descubre que la suerte que el bien corre sobre la Tierra no es algo que pueda deslizarse en cauce ajeno a su propio y personal destino.
Cuando llega a comprender que, si hubiera un momento en que el bien ya no fuera posible, algo pavoroso y absurdo –más absurdo y pavoroso que todo lo ocurrido hasta ahora-, estaría ocurriendo en el mundo y en ella misma.
Cuando percibe, aunque sea de manera imprecisa, la necesidad de que el bien prevalezca sobre el mal.
Cuando siente que es preciso estar dispuesto a entrar en combate a favor del bien no obstante la dificultad que ofrece tal tarea..
Cuando capta la necesidad de que en esa lucha desigual haya alguien capaz de equilibrar la balanza.
Cuando comprende que la única forma, quizá utópica, quizá imposible, quizá quimérica, de acabar con el mal, es ahogarlo en la superabundancia del bien.
Cuando indaga por Alguien que sea capaz de abrir la compuerta para desbordar ese bien superabundante que ha de terminar ahogando al mal.
Cuando considera que la superabundancia de bien tiene un nombre único que es el de Amor, .y comprueba que ese precisamente es el nombre de Dios.
Cuando le acongoja la sospecha de si ese Alguien capaz de equilibrar la balanza y de abrir las compuertas no vaya a ser a la vez el causante de todo el mal del mundo.
Cuando supera el resentimiento que le produce la sola sospecha de que Dios pueda permanecer impasible ante el mal.
Cuando renuncia a indignarse al comprobar que a Dios no es posible notificarle nada.
Cuando se da cuenta que se mete en un callejón sin salida si, abochornada de su propia incapacidad de colmar su ansia de bien, retrocede hasta el punto de negarse a sí misma.
Cuando aterrorizada ante ese Ser omnipotente y omnisciente que al parecer no hace nada ni dice nada ante el insondable mal del mundo, se niega a alcanzar el punto de la Negación Suprema.
Cuando, pese a estar desencantada de sí misma, y resentida con Dios, se resiste a abandonar su corazón al mal. .
Cuando rehúsa considerar al mal como la realidad suprema e imbatible y se niega a rendirle pleitesía.
Cuando rechaza que la existencia humana siga una trama absurda regida por un Hado Siniestro.
Cuando se niega a reducir el Amor a pasión posesiva y exigente, o a impulso feral y compulsivo.
Cuando admite que el Amor no consiste en la amable condescendencia que el sabio, el hombre que se tiene por superior o el perdonavidas muestran hacia el mundo, las personas, las cosas y los acontecimientos.
Cuando comprueba, acaso con perplejidad, que el amor humano es siempre preferencia favorecedora del amado frente a los demás; y que una persona nunca podrá “preferir” a todo el mundo, a toda la creación, a todos los seres, ya que para el ser humano el amor universal es por principio imposible.
Cuando se da cuenta que el Amor abarca mucho más de lo que se experimenta al sentirlo.
Cuando está dispuesto a admitir que para amar de veras se necesita auxilio que venga de lo Alto.
Cuando descubre que sus descontento contra la vida, contra sí mismo, contra la sociedad, contra el destino o contra Dios, delatan la necesidad de que exista el Amor capaz de redimir.
Cuando tiene el valor de preguntarse con sinceridad: ¿Quién me afirma a mí y me confirma en el ser a cada instante?
Cuando comprende que muchas benevolencias ni de lejos pueden constituir Amor.
Cuando comprueba que el Amor es más fuerte que la muerte.
Cuando se da cuenta que el amar es un acto libre y que esa calidad precisamente lo convierte en inescrutable.
Cuando admite que el Amor es una posibilidad sobreviviente del Paraíso, que está clavada en el corazón del hombre.
Cuando se da cuenta que consumatum est puede ser traducido por todo está terminado o por todo ha sido pagado.
Cuando descubre la íntima relación que existe entre amar, creer, confiar, esperar.
Se supone, claro está desde el comienzo, que estamos hablando de la persona humana.
Mas quien no quiere la redención ha de sentirse libre, pleno, completo, dueño de su absoluta autonomía. ¿Está el hombre de hoy tan libre, tan pleno, tan completo, tan satisfecho, tan orondo, tan ufano de sí mismo y de sus compañeros de especie –tampoco se pide mucho-, que ya no sienta la necesidad de redención?
Frente a esto ¿No muestra la realidad cotidiana que el hombre de hoy, como el de ayer, sigue buscando la redención por todas partes? Incluso, oiga, en las artes chamánicas de ese profesor Nani que desde el centro del África tropical asegura traer la salvación de la magia negra o a los civilizados habitantes de Donosti y de Zaragoza, según se anuncia en hojas volanderas de reparto callejero.
Ideologías transpersonalistas como el Nacional Socialismo, el Fascismo y el Comunismo propusieron planes de salvación a las multitudes europeas y leucodermas de hace unas décadas. El consumismo como costumbre de vigencia obligada, la Ciencia y la Democracia convertidas en mitos, desempeñan hoy sin el boato, las botas ni los alardes paralelos el mismo papel que las ideologías políticas desempeñaron en su momento.
Pero es fácil descifrar señales y guiños a través de las cuales el hombre de hoy pide redención por todas partes y en todos los tonos. Podemos preguntarnos, pues :¿En qué instante una persona cualquiera comienza a percibir que está necesitado de redención?
Y lo está cuando reconoce que, a pesar de haber escuchado con claridad el reclamo del bien, muchas veces ha renunciado a seguirlo.
Cuando se encuentra en condiciones de hacer el recuento sincero de las veces que ha tenido el propósito de hacer el bien sin atreverse a ponerlo por obra.
Cuando se aflige al percibir en su entorno la presencia del mal bajo mil formas, unas invasoras y tiránicas, seductoras o insinuantes otras.
Cuando se da cuenta que el mal que percibe no es totalmente ajeno a ella misma. Y, cuando tiene que admitir que no todo el mal es achacable a los otros.
Cuando descubre que la suerte que el bien corre sobre la Tierra no es algo que pueda deslizarse en cauce ajeno a su propio y personal destino.
Cuando llega a comprender que, si hubiera un momento en que el bien ya no fuera posible, algo pavoroso y absurdo –más absurdo y pavoroso que todo lo ocurrido hasta ahora-, estaría ocurriendo en el mundo y en ella misma.
Cuando percibe, aunque sea de manera imprecisa, la necesidad de que el bien prevalezca sobre el mal.
Cuando siente que es preciso estar dispuesto a entrar en combate a favor del bien no obstante la dificultad que ofrece tal tarea..
Cuando capta la necesidad de que en esa lucha desigual haya alguien capaz de equilibrar la balanza.
Cuando comprende que la única forma, quizá utópica, quizá imposible, quizá quimérica, de acabar con el mal, es ahogarlo en la superabundancia del bien.
Cuando indaga por Alguien que sea capaz de abrir la compuerta para desbordar ese bien superabundante que ha de terminar ahogando al mal.
Cuando considera que la superabundancia de bien tiene un nombre único que es el de Amor, .y comprueba que ese precisamente es el nombre de Dios.
Cuando le acongoja la sospecha de si ese Alguien capaz de equilibrar la balanza y de abrir las compuertas no vaya a ser a la vez el causante de todo el mal del mundo.
Cuando supera el resentimiento que le produce la sola sospecha de que Dios pueda permanecer impasible ante el mal.
Cuando renuncia a indignarse al comprobar que a Dios no es posible notificarle nada.
Cuando se da cuenta que se mete en un callejón sin salida si, abochornada de su propia incapacidad de colmar su ansia de bien, retrocede hasta el punto de negarse a sí misma.
Cuando aterrorizada ante ese Ser omnipotente y omnisciente que al parecer no hace nada ni dice nada ante el insondable mal del mundo, se niega a alcanzar el punto de la Negación Suprema.
Cuando, pese a estar desencantada de sí misma, y resentida con Dios, se resiste a abandonar su corazón al mal. .
Cuando rehúsa considerar al mal como la realidad suprema e imbatible y se niega a rendirle pleitesía.
Cuando rechaza que la existencia humana siga una trama absurda regida por un Hado Siniestro.
Cuando se niega a reducir el Amor a pasión posesiva y exigente, o a impulso feral y compulsivo.
Cuando admite que el Amor no consiste en la amable condescendencia que el sabio, el hombre que se tiene por superior o el perdonavidas muestran hacia el mundo, las personas, las cosas y los acontecimientos.
Cuando comprueba, acaso con perplejidad, que el amor humano es siempre preferencia favorecedora del amado frente a los demás; y que una persona nunca podrá “preferir” a todo el mundo, a toda la creación, a todos los seres, ya que para el ser humano el amor universal es por principio imposible.
Cuando se da cuenta que el Amor abarca mucho más de lo que se experimenta al sentirlo.
Cuando está dispuesto a admitir que para amar de veras se necesita auxilio que venga de lo Alto.
Cuando descubre que sus descontento contra la vida, contra sí mismo, contra la sociedad, contra el destino o contra Dios, delatan la necesidad de que exista el Amor capaz de redimir.
Cuando tiene el valor de preguntarse con sinceridad: ¿Quién me afirma a mí y me confirma en el ser a cada instante?
Cuando comprende que muchas benevolencias ni de lejos pueden constituir Amor.
Cuando comprueba que el Amor es más fuerte que la muerte.
Cuando se da cuenta que el amar es un acto libre y que esa calidad precisamente lo convierte en inescrutable.
Cuando admite que el Amor es una posibilidad sobreviviente del Paraíso, que está clavada en el corazón del hombre.
Cuando se da cuenta que consumatum est puede ser traducido por todo está terminado o por todo ha sido pagado.
Cuando descubre la íntima relación que existe entre amar, creer, confiar, esperar.
Se supone, claro está desde el comienzo, que estamos hablando de la persona humana.
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