Si el sexagésimo aniversario de la terminación de la II Guerra Mundial ha servido para resucitar su memoria por parte de las grandes potencias que la prepararon y la libraron en su propio provecho, también puede servir este aniversario para evocar a esa multitud de países de tercera, cuarta o quinta fila a cuya presencia se debe precisamente que el conflicto haya podido recibir el calificativo de mundial.
Estos países nada tenían que perder ni ganar como entidades nacionales y, sin embargo, declararon la guerra a la parte que les correspondía y se alinearon con las democracias o con el eje, digamos que obedeciendo al puro imperativo geográfico. Porque acontece que los países, antes que comunidades con ciertas cosas en común, son un lugar en el mundo, un punto en el mapa. Y la geografía impone unos determinados comportamientos en la medida en que los pobladores de un país no están, como sociedad organizada, a la altura de las exigencias que la localización de su país en el mundo les exige. En estos casos, solo se tiene que mirar al mapa para saber, como se dice vulgarmente, de donde sopla el viento. Y mucho más en un conflicto bélico.
Para los desunidos países iberoamericanos, en 1941 el viento soplaba por el lado de que los Estados Unidos debían entrar en la guerra junto a la asediada Inglaterra, pues se trataba de salvaguardar el predominio anglosajón en el mundo. El ataque nipón a la base estadounidense de Pearl Harbor facilitó las cosas y la gran potencia norteamericana abanderó a partir de allí la causa que se llamó de las democracias pese a que una de las principales protagonistas de la contienda era la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, tan totalitaria como la Alemania Nazi.
El día que declararon la guerra, en mi pueblo, que era capital de Departamento, tocaron a rebato las campanas de la ciudad entera. El tradicional lenguaje de las campanas, además de religioso era también cívico y militar. El toque de rebato era de ésta última clase y llamaba a la población a contrabatir, es decir, a combatir a quienes venían a batir la ciudad por sorpresa.
Pero aquél día, el revuelo de campanas se quedó en puro ornato sonoro de una noticia que la radio había difundido previamente: se había declarado la guerra a las potencias del Eje alineándose, pues, al lado de los Estados Unidos contra el Japón, Alemania e Italia. El país que con tanta alegría oficial había entrado en guerra había sido definido por el poeta Pablo Antonio Cuadra, como un país pequeño, de pequeños ferrocarriles y pequeños campanarios, estaba entonces en el istmo centroamericano. Al parecer sigue allí, ya sin ferrocarriles y con muchos menos campanarios, pero aún se llama Nicaragua. Me inclino a creer que sus jerifaltes de entonces no podían hacer otra cosa que declarar la guerra, aún en el supuesto poco probable de que hubieran querido escoger una opción diferente. Por otra causa no, pero les bastaba mirar sensatamente al mapa para saber que su puesto estaba al lado de las democracias. Comprenderá el lector que estoy haciendo intrahistoria, que es historia chiquita y particular, pero que puede resultar aleccionadora si se sabe mirar de través.
La declaración de guerra cayó en mi casa con la fuerza de un ciclón. El mismo día de las campanas, don Eneas Razzetto, agrónomo italiano, Director de la Escuela Superior de Agricultura y que había convertido en un vergel el cinturón de Las Quintas que rodeaba la ciudad, fue encarcelado como medida previa a su deportación a un campo de prisioneros en los Estados Unidos. A mis seis memoriosos años, vi pasar a don Eneas -un paciente de mi padre que era médico-, sudoroso y enrojecido bajo el sol del mediodía, con la blanca chaqueta de lino plegada sobre el brazo derecho, humillado por la presencia mal encarada de dos Guardias Nacionales que lo custodiaban como a un malhechor.
En aquella ocasión supe por primera vez lo que significaba la palabra disgusto reflejada en la cara de mi padre. Después me enteraría que el mal rato no había conseguido entumecer su sentido de la amistad. en el doble aspecto de lealtad y de aprovechamiento que ésta tiene, pues mi padre había intercedido eficazmente a favor de su amigo y paciente italiano ante don Alejandro Pereira Saavedra, Comandante Militar de la plaza, y amigo suyo también, y, lo que era para mí más importante entonces, padre de Teresita Pereira, una linda niña cuatro años mayor que yo y a la cual prefería entre todas las amigas de mi hermana
En los días siguientes la familia fue de disgusto en disgusto. Las noticias llegaban atropelladamente. Unos vecinos alemanes, los Schmitt, sufrieron la misma suerte que Razzetto. Luisa, una anciana de esa familia, demasiado vieja para ser internada en un campo de concentración, tuvo que ser acogida por los Tijerino, vecinos suyos y amigos también de mi padre. A partir de allí, y mientras permanecimos en Puentealdía, doña Luisa figuró como invitada a nuestra mesa tres veces a la semana. Temíamos por Karl Schutze, condecorado con la Cruz De Hierro durante la Primera Guerra Mundial y que casaría con una cuñada de Ofelia, la única hermana de mi madre. Temíamos por la familia Mántica, cuyos representantes varones habían sido compañeros de mi padre en el Colegio Tridentino de San Ramón. Una de las niñas Mántica, Margarita, había quedado aislada por la guerra en Diano-Marina, en la costa ligur, y tuvo que ser auxiliada por la Cruz Roja. Nos preocupaba la suerte que pudiera correr Joseph Altamirano-Von Lückson y sus hermanas la rubia Elsa y la pelirroja Celina. José era el cónsul honorario de Alemania en Corinto, puerto donde pasábamos la temporada más calurosa del año. Pero la sorpresa la dieron los ingleses al incluir en su blacklist a mi abuelo materno. Sería exagerado pensar que los ingleses se habían tomado el menor trabajo de rastrear las vinculaciones de mi abuelo con el régimen del III Reich. Sólo echaron mano de la lista que ya habían aplicado durante la Primera Guerra Mundial cuando los enemigos a abatir eran el Kaiser Guillermo y Francisco José, el marido de Ssissi. Resulta que el primero de la familia de mi abuelo había llegado de California pasajero en un barco de la Compañía del Tránsito propiedad del Comodoro Vanderbilt y procedía en última instancia de Danzig, cuando esta ciudad formaba parte de Prusia. Ser incluido en la lista negra, suponía no poder recibir mercancías procedentes de los países aliados. Todo esto tenía vital importancia para mi abuelo principal accionista y director del periódico “El Independiente”, y dueño de un taller de imprenta que había sido fundado por el prusiano, pues recibía de los Estados Unidos y del entonces Dominio del Canadá, el papel, la tinta y otros materiales necesarios para su industria
No todas las energías del país se agotaron en perseguir enemigos tan peligrosos para las democracias. El gobierno tuvo también la feliz idea de organizar una”magna manifestación” en la capital del país. Desde aquél momento, la Compañía del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, los lanchones y gabarras de los grandes esteros, el vapor “Victoria” en el lago de Granada, los bateles y “pimpantes” de los ríos de la costa atlántica, las goletas del lago de Managua, fueron dedicados al transporte de los manifestantes que eran trasladados en expediciones organizadas por los Jefes Políticos de cada Departamento, los Alcaldes de los pueblos o los Jueces de Mesta donde no llegaban aquellos.
La “magna manifestación” reunió una multitud procedente de todos los rincones del país. Allí estaban los “campistos” blancos de los aislados valles de la Nueva Segovia; donde la endogamia de los colonizadores y la relativa ausencia de indígenas originó grupos enteramente leucodermos; allí los indios de Chontales, en el centro del país, los de Subtiaba, en tierras de León, los de Jalteba, en tierras de Granada, los de Monimbó en tierras de Masaya, organizados en comunidades indígenas reconocidas como tales desde el tiempo de los últimos Austrias; allí los mestizos aindiados de todas partes: los vaqueros de los grandes hatos, los cazadores, los raicilleros, los que cribaban oro en los placeres de los ríos, los cortadores de caña de azucar, los leñadores, los pescadores, los boyeros de las grandes haciendas; los zambos, los negros, los mulatos y los chinegros que habitaban los marjales y llanuras de la costa atlántica, resurrección del Africa sufriente llevada allí por los intentos colonizadores de los ingleses; los rubios y empobrecidos descendientes de los piratas y filibusteros ingleses y holandeses de la región de San Juan del Norte o Greytown a los que la gente llamaba “indios blancos”; todo el mundo magmático de una sociedad pequeña, complicada y aún por hacer, trajinaba por los caminos para acudir a aquella manifestación en la cual se iba a vitorear a las democracias. Conservo un ejemplar de la revista “Enguardia”. En ella, hay una fotografía de la cabecera de la manifestación en la escalinata del Palacio Nacional. Se ven allí a Anastasio Somoza padre, y a su lado los hermanos Aguirre Baca, entonces tenientes de la Guardia Nacional y que más tarde intentarían un golpe de Estado que los rebotaría a USA donde fundarían “El Diario de las Américas”
Al final, el sentido común se impuso respecto a muchos de los perseguidos. En contraste con la obsecuente posición de las autoridades nacionales, interesadamente rigurosas, los Estados Unidos comenzaron a devolver al país a muchos alemanes e italianos que habían sido deportados injustamente. La ausencia había bastado, sin embargo, para que sus posesiones tuvieran que cambiar de manos; eso se trataba de conseguir, al parecer, con tanto rigor democrático.
Merced a la intrincada red de amistades, parentesco, clientela o favores que era la base de la verdadera constitución del país, muchos perseguidos o acosados tuvieron mejor suerte. A mi abuelo le bastó refrescar el recuerdo de un importante parentesco. Otros encontraron la protección de amigos o gente benévola en el Ejército o en el Gobierno. Guardo sus nombres. Quien más quien menos, incluso el buen cónsul de Alemania en Corinto encontró valedores eficaces; y el marido de una sobrina suya terminaría trabajando como empleado civil en la base militar norteamericana que se instaló en el puerto de Corinto que está, como saben los historiadores de América, en la que los antiguos mapas llamaban bahía de la Posesión, que con el golfo de Fonseca y la bahía de San Francisco, forma la trilogía de los grandes abrigos naturales de la costa del pacífico americano.
El país se benefició de la intensificación del comercio interamericano; ningún destacamento nacional tuvo que incorporarse en ningún momento a la guerra. Casi al final de ésta, un oportuno incendio del Registro de la Propiedad en Managua, hizo desaparecer asientos importantes cuya ausencia estaba destinada a garantizar la pacífica posesión de los nuevos, ventajistas e improvisados adquirentes de las propiedades de alemanes o italianos.. Los Aliados iban a vencer. El nuevo orden que se avecinaba pronto sería definido por Churchill en un famoso discurso en USA. Pero, por otra parte, en el Asia entera y en el Oriente Europeo, se impondría por la fuerza el socialismo real del modelo staliniano. En la colonia inglesa de Palestina, los judíos tendrían que continuar su lucha y los árabes la suya. El mundo africano sería objeto de un proceso de descolonización desconsiderado e irresponsable. En los países suburbiales de América de habla española triunfaba de nuevo el espíritu de la mecedora, la hamaca y el machete. En el gran teatro del mundo la Democracia entonaba su gran himno triunfal.
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