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martes, 24 de junio de 2008

Diálogo Chinfónico de la Droga Dura...

Preguntón.-Dicen que el consumo de la hoja del “khat” en la Somalia, en el Yemen, Eritrea, Etiopía, Tangañica, Zanzíbar, Zambia, Madagascar, Angola, Kenia y Uganda, se ha disparado hacia arriba, claro ¿Cree Vuestra Merced que esta nueva moda se extenderá por el mundo? ¿Llegará a nuestro país, tan amigo de los placeres? Me aterroriza lo que eso podría significar en orden al futuro de la especie botánica “Catha edulis”. Una explotación excesiva podría causar su extinción. Si la planta en cuestión fuera silvestre, habría que protegerla de los excesos de un consumo desaforado.

Respondón.- No sé si el khat se extenderá por el mundo. No puedo saberlo. Pero para su tranquilidad y la de todos los conservacionista que temen por la disminución de la biodiversidad, le diré que la “Catha edulis” no es especie silvestre, sino cultivada. Las mejores plantaciones están en tierras de Harar. Como me dijo el piadoso Abu Omar Aruf- al-Kaaba: ¡siempre habrá “khat” para quien lo necesite!

Preguntón.- Pero si lo cultivan en tierras de arar le están robando terreno al cultivo de las gramíneas ¿qué pasará con la precaria subsistencia de esos pueblos hambreados ?.

Respondón.- No me he referido a tierras de arar, o tierras de pan llevar, sino a las plantaciones que en tierras de la región de Harar tienen algunos empresarios árabes que se encargan de mercadear la hoja y que no cesan de clamar por un comercio justo que permita exportarla libremente a todo el mundo.

Preguntón.- ¿Son ellos los que han introducido el consumo en esos países, o es, como acontece con las drogas de aquí un producto progresista del Mayo del 68?

Respondón.- En todos esos países el consumo viene de antiguo. Es algo vernáculo, propio, identitario A decir verdad, tiene allí tanta solera que casi repugna hablar de consumo o de consumidores, que son palabras con caché moderno que no cuadran en un país –más bien proyectos cartográficos- donde la gente apenas tiene qué llevarse a la bemba.

Preguntón.-El khat ¿es una droga o un mero recurso de autoayuda?

Respondón.- Es una droga que se puede incluir en el número de las más duras y, como suele suceder, una fuente de placer comparable, por lo menos, a las drogas que propagaron en Europa los intelectuales del Mayo del 68, que andaban como locos en busca de sus hormonas perdidas. Más que de autoayuda, se trata de un eficaz recurso de autoeliminación para quienes huyendo de la tristeza, la desesperanza o el hambre se refugian en el “khat”, ahorrando así trabajo a los que se ocupan de la eugenésica labor de eliminar a los débiles y a los inservibles. Pero que quede claro que sería tan tonto atribuir el uso del “khat” a las jornadas del Mayo del 68 , que fue un lujo de niños ricos y de profesores rijosos que tuvo como teatro la opulenta Europa; como relacionar el nombre de “khat” con el del musical “Cats”, que suena casi lo mismo, pero no canta igual: “jellicle songs/ for jellicle cats/solo dance/ the old gumbie cat”.

De todas formas, no hay que fiarse de la fonética ni de la onomástica, porque en los países propiamente “negros”, el “khat” de Somalia y Eritrea tiene diversidad de nombres locales. Por eso más vale ser precisos y atenerse al nombre científico que como ya se sabe es el de “Catha edulis”

Preguntón.- Pero, precisiones aparte respecto a los nombres del “khat” y a su condición de droga, le pregunto ¿por qué esa referencia a los países “negros” como distintos de Somalia?

Repondón.- Los pueblos que habitan el Cuerno de Africa y Etiopía se consideran a sí mismo “blancos.” Para ellos, los otros africanos son los negros verdaderos.

Preguntón.- Entonces, qué nombre les dan allí a los blancos de verdad?

Respondón.- Al parecer, allí a los blancos llaman “sonrosados”, porque, de hecho, muchos merecen este calificativo por el delicado color de su piel Y como a la mayor parte de los leucodermos se les enrojece la dermis cuando se exponen imprudentemente a la acción de los rayos solares, el nombre de “sonrosados” o enrojecidos no resulta del todo inexacto.

Preguntón.- El consumo del khat ¿tiene algún requisito técnico que haga complicada su utilización?

Respondón.- Ninguno. El khat es apto para países cuya Historia cursa todavía en la etapa pretecnológica: se ingiere masticando puñaditos de hojas frescas, de preferencia cortadas menos de 48 horas antes. En contraste con la mascada de la hoja de coca en Sudamérica, al “khat” africano no se le agregan cenizas, cal, ni nada parecido. Algunos europeos han observado que los somalíes mezclan con sus alimentos la mascada de “khat.”

Un militar cubano, el Capitán Pepote Barahona, natural de Camagüey, veterano de Angola y de Somalia, y amigo a pesar de todo, que ha accedido a darme su opinión, atribuye este hecho a “pura huevonería de los nativos” marcados para siempre por la huella corruptora de los países colonialistas. Sin embargo, algunos misioneros y cooperantes contradicen al cubano arguyendo que la costumbre de mezclar los alimentos con la droga no es por ser los nativos unos holgazanes de los huevos, sino por querer sacar rendimiento óptimo al esfuerzo de la mascada.

Preguntón.- ¿Mascada? Dice mascada Vuestra Merced? ¿Acaso el “khat” no se ingiere por las buenas, como una tisana?

Respondón.- Ni en tisana ni en infusión, y esta es otra diferencia con los sudamericanos de clase media que consumen la hoja de la coca como si de te o de mate se tratara. En los países de nuestra comunidad, la hispánica, es una delicia para el visitante escuchar a la gentil anfitriona decir: ¿Le provoca otro tesito de coca? Y uno contesta: “lo que diga su gracia” o una galantería por el estilo. Si el viajero concurre a un cafetería y quien le ofrece un poco más de infusión es una camarera –que allí llaman mesera- la contestación tomará un giro más coloquial y adulador: “lo que vos digás, mi reina” y si la camarera tiene rasgos indios: “lo que vos digas, chinita”. Me consta que, con estas frases de aceptación en que parece que el visitante o el parroquiano elude, pero ni tanto; y acepta como quien no quiere la cosa, pero delegando de todos modos la decisión en “su gracia”, en “mi reina” o en la “chinita”, el mujerío queda como muy motivado, agradecido y, según dicen los entendidos, entre los cuales no me cuento, dispuesto a mercedes de mayor derrame. Yo, ni quito ni pongo.

Preguntón.- Yo me he perdido ¿Le parece a Vuestra Merced que volvamos al “khat”?

Respondón.- Muchos intelectuales, escritores y artistas de viaje por Africa han comprobado el efecto defatigante, euforizante, energizante y afrodisíaco de la mascada de khat que despeja las neuronas y anima el cuerpo de los abotargados.

En cambio, médicos aguafiestas, se han permitido señalar los efectos secundarios de la droga de marras: insomnio, depresión, anorexia, tendencia a la irritación, obnubilación mental, dificultades respiratorias, y, sobre todo, dependencia. De ser ciertas las afirmaciones de los aguafiestas, esta droga sería el medio idóneo para sumarse al homenaje a las jornadas del Mayo del 68 haciendo realidad al pie de la letra aquella ocurrencia que se atribuye a los mayistas, pero a lo mejor es de Mafalda: “Mundo, para, que quiero bajarme.” Quien se sube al “khat” seguro que se apeará del mundo en un plazo corto, pero el mundo, de seguro, seguirá rodando. Con que…¡ni caso!

jueves, 19 de junio de 2008

Pro America

Para hablar con propiedad y justicia de los americanos habría que hablar primero de su revolución. Porque la revolución americana fue el acontecimiento político más acertado y feliz que ha visto el mundo en período histórico que pueda ser descrito y estudiado en fuentes de investigación seguras y conocidas.

Los valores de la revolución americana son los que han conformado algunas de las mejores prácticas y aspiraciones que configuran el mundo moderno. En contraste con la revolución francesa que provocó movimientos de involución en la vida política y social debido al recelo que levantó su extraordinaria violencia, palpable –por cierto- tanto en sus inicios con el Terror como en su consagración napoleónica e imperial, la revolución americana perfiló con nitidez sus objetivos, afianzó sin traumes sus avances iniciales y suscitó en el mundo una corriente de renovación que dura hasta el día de hoy, a los doscientos años y pico de haberse producido la primera ignición.

Este singular fenómeno histórico encontró pronto adeptos en todos los rincones de lo que entonces se podía llamar sin ningún empacho el mundo civilizado.

El apoyo oficial que recibió de España y Francia, puede explicarse, es cierto, por la rivalidad que estas naciones mantenían contra Inglaterra. Pero las ayudas y adhesiones que recibió de sectores ilustrados de la sociedad – la ciudad de Málaga, p.e., dejó sin construir las torres de su catedral para socorrer a los revolucionarios norteamericanos- sólo puede explicarse por la fuerza expansiva de la esperanza. La Revolución Americana mostró, en efecto, que era viable la regeneración de la viejas instituciones de Europa inyectando en la vida política y social vigencias que estaban largamente larvadas en la herencia cristiana y greco-romana de las naciones del viejo continente, y que a finales del siglo XVIII resurgían, con la fuerza de un brote primaveral, en tierras americanas.

La libertad religiosa, la libertad política, la doctrina de la igualdad de los seres humanos eran situaciones y valores que yacían en las obras eruditas de algunos juristas y teólogos o en el ideal de algunos humanistas, pero que apenas se reflejaban en los ordenamientos jurídicos que presidían la vida de Inglaterra, de España, de los Estados italianos y de los principados alemanes de aquél entonces. Fue necesario que en el horizonte de la historia se elevara el pabellón de las barras y las estrellas para que aquellos valores escondidos comenzaran a brillar buscando su esplendor.

Y digo “comenzaran a brillar”, porque las aportaciones americanas no vinieron al mundo enteramente hechas y derechas como la antigua mitología aseguraba que había nacido Diana del casco de Minerva. Ni tampoco a nadie se le ocurrió echarlas a andar sin los asideros necesarios para trocar en conquista perdurable lo que había nacido como noble y ambiciosa iniciativa. En la base de la imparable progresión norteamericana se descubren enormes dosis de inteligencia para urdir el plan inicial, paciencia para asegurar y contabilizar los resultados, talento para adaptarse a las exigencias del momento sin traicionar la finalidad inicial, y, por fin, entrega personal por parte de muchos de los promotores y políticos que la han llevado a la práctica a partir de aquél momento estelar que fue la independencia norteamericana.

Si observamos la Historia comprobaremos que la Revolución Americana ha llevado a cabo una prudente aplicación de sus principios rectores. Tan prudente que a veces se confunde con lentitud. El más chocante descalco entre los principios proclamados y la realidad política y social ha sido el que se dio en el terreno de la igualdad de negros y blancos. Se tuvo que librar, en el siglo XIX , una Guerra Civil que amenazó terminar con la Unión; y, en el siglo XX, una campaña en pro de los Derechos Civiles, que movilizó a su favor a minorías activas de negros y blancos americanos, para que el ideal de igualdad racial encontrase su cauce regular de crecimiento, no sin cobrarse la vida de un líder de la categoría, oportunidad y eficacia de Martin Luther King.

El surgimiento de una clase media afroamericana educada y próspera, fue el resultado visible de aquella campaña. Este logro es una de las grandes hazañas sociológicas del Siglo Veinte y de ella, aunque cueste tanto admitirlo, se benefició al mundo entero. En efecto, sería muy difícil que los Estados Unidos hubiesen salido vencedores de la Guerra Fría si hubieran tenido que vérselas en aquellos años cruciales con un frente interno de sabotajes, atentados, y discordia racial. Como es muy difícil imaginarse a ningún país de la Europa libre asumiendo, por defecto, el liderazgo que una Unión Americana, acuciada por sus propios problemas de integración interior, no hubiera podido ejercer frente a la poderosa Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas.

La respuesta que Norteamérica dio en los años sesenta del siglo pasado a sus problemas raciales, tuvo la doble condición de ser una solución universal y anticipatoria. Universal, porque de ella dependía, además de la suerte de los propios Estados Unidos, el destino de la Europa libre, del Japón y las Filipinas, de las Américas del Sur, del Centro y del Caribe, remecidas entonces por la pugna entre la China y la URRSS para hacerse con el control de los Frentes de Liberación Nacional iberoamericanos, reanimados por la agitación de los movimientos liberacionistas de raíz e inspiración clerical. Los mismos países no alineados hubieran sido impensables sin la presencia de unos Estados Unidos poderosos, estables y coherentes en lo básico.

Anticipatorio fue también la solución porque, de hecho, la aparición de la clase media afroamericana que exorcizó con éxito el fantasma amenazador del terrorismo negro, puso al mismo tiempo freno eficaz a un peligro que más tarde, a partir de 1972, alcanzaría a definirse con mayor claridad. Me refiero al Islamismo que por entonces ejercía su poderoso tirón entre los más radicales partidarios de la causa del “black power” en Norteamérica.

En Europa se olvida con frecuencia este brote islamista doméstico y violento con el cual los Estados Unidos tuvieron que enfrentarse dentro de sus propias fronteras, y que fue el gravísimo anticipo del actual enfrentamiento con el Islamismo radical que hoy amenaza a todo el Occidente oficialmente ex-cristiano, y cuyos episodios más cruentos han sido, hasta ahora, los atentados de Nueva York y de Madrid.

La presencia, en la primera línea de la política americana, del mulato Barack Obama hijo de emigrante africano y musulmán, con nombre musulmán él mismo aunque perteneciente a una confesión cristiana, revela, ya sin dramatismo, la lozanía del movimiento de los derechos civiles, señalando al mismo tiempo la línea de sutura de lo que fue, en la década de los sesenta del siglo pasado, amenazante herida en la vida americana: la doble y encrespada ola del Islam y del radicalismo negro creciendo en las propias entrañas de esa gran nación. Algo que Europa tendrá que superar también en los próximos veinte años. Ojalá que en dicha tarea no le falten líderes decididos, generosos e inteligentes, de los cuales hoy carece.

viernes, 13 de junio de 2008

La "Representación" Política

En torno a la palabra representación, -tal como he repetido en otras ocasiones-, suele producirse un serio equívoco o malentendido. Porque, si por una parte representación es el acto de hacer simbólicamente presentes a través de gestos, palabras y actitudes, una serie de temas, acciones y argumentos de modo que capten la atención y exalten la imaginación del público, como sucede en una obra de teatro, en un filme o en un video; por otra, representación es también el medio por el cual los actos de una persona física surten efecto en la esfera jurídica de otra, como cuando el tutor actúa en representación del menor tutelado.

En ambos casos estamos ante realidades sui generis. En el primero, se trata de la realidad artística configurada a través de las convenciones teatrales y cinematográficas. En el segundo, de la realidad jurídica configurada a través de la ficción.

De ambas realidades ficticias – la artística y la jurídica- participa por igual la representación política, siquiera la orientación de las ciencias sociales y del arte de la comunicación ha desequilibrado la balanza a favor de lo teatral que, hoy en día, adquiera singular relieve, especialmente en el transcurso de las campañas electorales.

El equívoco al cual nos referíamos líneas atrás, se produce porque la representación política, que es una realidad ficticia e ideal, es confundida con la realidad objetiva. Se pierde, pues, de vista que, siendo el derecho al sufragio el medio jurídico por el cual se otorga significado político al acto de votar, la voluntad general que del sufragio resulta, no es la voluntad empírica real de todos o de la mayoría, tal como la propaganda da a entender -y como todos terminan creyendo- sino un mero expediente instrumental y técnico que atribuye la condición y efectos de voluntad general a lo que es sólo un dato extraído de la estadística.

De allí que carezcan de otra base que la puramente metafórica ciertas afirmaciones como la que sostiene que el Presidente o el Gobierno resultantes de unas elecciones generales y -tratándose del Reino de la Diecisiete repúblicas- que el Presidente, el President, el Lehendakari, o el Gobierno o Gubern resultantes de unas elecciones autonómicas, son el Presidente y el Gobierno de todos en el sentido simplista de que representan la voluntad efectiva de todos y cada uno de los ciudadanos del Estado o de la Autonomía y de que actúan a favor de ellos.

Ciertamente las decisiones del gobierno surgido de las urnas afectarán a todos, sea cual fuere el contenido inmediato de esas decisiones o el resultado previsible de las mismas. Pero este hecho está muy lejos de avalar la creencia que consiste en suponer que todos los actos del Presidente o del Gobierno, o que todas las leyes aprobadas en las cámaras legitimadas por la representación política surgida de las elecciones tengan forzosamente que ser consideradas sin más como favorables a los intereses de los diversos grupos, facciones y organizaciones en que se aglutina el conjunto de los votantes

Lo que hace el sistema democrático es determinar quién deberá gobernar en un período determinado y, -talantes y simpatías aparte-, con qué orientaciones y con qué intención se gobernará de allí en adelante por un determinado período de tiempo.

De allí que la verdadera madurez del electorado -en el sentido de “demos” que comprende todos los grupos y los subgrupos- no sea el adherirse mansamente y a posteriori al triunfo de la mayoría precisamente cuando pasadas las elecciones y realizado el escrutinio vuelve la ciudadanía a la pasividad que el sistema le reserva, sino por la conciencia que, en el momento de ejercer el derecho de sufragio, hayan adquirido los electores acerca de la responsabilidad que sobre cada uno de ellos recae al favorecer con su voto una lista o la otra, o elevar al poder a esta o a aquella persona. Votar, pues, exige al ciudadano tomar sus precauciones buscando información más allá de lo que dicta la propaganda y medir las consecuencias. El futuro no se deja manosear impunemente. Quien lo descuida lo paga.

Creo que el carácter general de la representación ostentada por gobernantes que han llegado a serlo en virtud del voto emitido a través de los cauces partidistas -que hoy por hoy son los usuales- no es algo que se produzca automáticamente y que sea dable esperar sin más trámite y sin mayor preocupación.

Los partidos, como su misma denominación está proclamando, son hoy inevitablemente partes, parcialidades, partículas, parcelas organizadas para alcanzar y retener el poder, y para ejercerlo de acuerdo a sus ideologías que pueden ser aberrantes, engañosas o interesadamente simplistas.

En sentido general, cada partido ha de ir y va a lo suyo, aunque dentro de un orden, si así se quiere llamar al límite que supone no deshacer lo hecho por gobiernos anteriores, sino de acumular lo nuevo con lo ya logrado. Que los partidos actúen de acuerdo o no a los intereses generales, que de alguna manera velen por los ciudadanos todos, que de hecho actúen como representantes o mandatarios de la totalidad ciudadana es un desideratum que no depende de lo que las leyes determinen –si llegan a determinarlo- ni de lo que la propaganda diga, sino de otros factores como son el grado de polarización entre los partidos, la contraposición o la afinidad de los principios que cada formación sostiene, de la mayor o menor compatibilidad de los objetivos que cada partido se proponga conseguir mediante el ejercicio del poder. En las elecciones, así como en otras convocatorias de la misma guisa, sigue siendo una verdad no sujeta a revisión el antiguo aserto: civitas vel domus divisa contra se non stabit. La ciudad o la casa dividida contra sí, no permanece.