Respondón.- Su pregunta es francamente impertinente, pero como estamos en una democracia madura, “puedo responder y respondo” que me considero racionalmente feliz.
Preguntón.- Con aire adulador, porque es un hombre de Centro y al oír la conocida muletilla, ha comprendido el sutil homenaje que el Respondón hace al primer Duque de Suárez-:¿No querrá decir vuestra merced que se siente razonablemente feliz?
Respondón.- No. He dicho racionalmente feliz:
Preguntón.- Pero, lo racional y lo razonable ¿no son una y la misma cosa?
Respondón.- Lo parecen; pero, en realidad, va a ser que no.
Preguntón.- ¿No tendría vuestra merced que explicar por qué?
Respondón.- Por varias razones. La primera, porque lo razonable conlleva cierta idea de cosa debida, de algo que nos corresponde, como si la felicidad fuera un derecho cuantificable que pudiera ser exigido en peso, medida y calidad a quienes nos rodean: al marido, a la mujer, a la familia, a la sociedad, al gobierno, al ayuntamiento, a la diputación, a los partidos políticos, a las cajas de ahorro; o a Dios, que no termina de pasar de moda aunque hay quien cree saber que tiene los siglos contados.
Además, cuando decimos razonable, corremos el peligro de hacer depender la felicidad de una magnitud destinada a servir de patrón y único modelo para todo: la razón, sin discernir que hay razones de “pata de banco” que no valen para tejer los mimbres de que está hecho el delicado cestito de la felicidad humana.
Preguntón.- ¿Y?
Respondón.- Y como esto acaban por notarlo aún los más tontos, la mayoría de los seres humanos termina atribuyendo un papel que la razón no puede desempeñar al conjunto de las apetencias individuales, que, como se sabe, son ilimitadas y, paradójicamente, muchas veces contrapuestas, de tal modo que, si cada cual ajustara su búsqueda de la felicidad a éstas guías, podríamos estar seguros de no encontrarla jamás sobre el planeta Tierra, ni concretada en una situación, ni prefigurada siquiera en la esperanza del cielo, que a tantos parece lejano e improbable.
Preguntón.- O sea ¿qué?
Respondón.- Que lo mejor es aspirar a una felicidad que se ajuste a la ración concreta que de ella sea cada uno capaz de captar de entre las ocasiones que le va ofreciendo buenamente la vida, que nunca es tan mezquina como dicen los pesimistas y los cenizos.
Preguntón.- Pero eso ¿no es puro fatalismo oriental? ¿No es eso un dejarse llevar? Más que vivir ¿no está vuestra merced recomendando el puro acomodamiento?
Respondón.- No. Rotundamente, no. Esto no equivale a estar sujeto al fatum o a un hado cruel o indiferente, ni es un mero dejarse llevar, ni un puro acomodarse. El hecho de ajustar el propio proceder a lo que la realidad impone, solo tiene un nombre, y éste es el de realismo. El realismo induce a ordenar nuestras ambiciones de felicidad de acuerdo a una cierta congruencia entre lo que se pretende y lo que se puede lograr. En otras palabras, la clave para poner el anhelo de felicidad en su sitio óptimo, es poner primero en su sitio las pretensiones de felicidad. Es preciso armonizar aquello a lo que se aspira con lo que cada uno será capaz de trabajarse teniendo en cuenta, por un lado, las limitaciones impuestas por las circunstancias y condicionamientos externos y, por otro, las valiosas indicaciones que nos hace la conciencia al recordarnos que somos responsables de nuestros actos y que estamos fincados en realidades más altas que las de tejas abajo. De ese modo, los fines que nos proponemos alcanzar, incluso la felicidad, estarán en función del bien y no del duro egoismo. Si el señor preguntón llama a esto acomodamiento, yo lo llamo adaptación y sabiduría, además de realismo.
Preguntón.- ¿Y qué tiene que ver con esto la felicidad racional a la que vuestra merced aludía en un comienzo?
Respondón.- Tiene que ver y mucho, porque con realismo cada uno consigue la ración de felicidad terrena que es capaz de trabajarse convirtiendo en oportunidad verdadera lo que la vida le ofrece como ocasión informe y… calva, como bien saben los que la han visto pasar a su lado sin asirla de los pelos.
Preguntón.- ¿Por eso hablaba, pues, de felicidad racional?
Respondón.- Sí. Por eso precisamente; no refiriéndome a la razón, sino a la “ración” de felicidad que se puede obtener ya desde esta vida.
Preguntón.- ¡Vaya gracia! Dar a lo racional esa acepción rebuscada ¿no es una forma de retorcer el lenguaje?
Respondón.- De alguna forma sí que lo es. Pero vale la pena por lo que aclara.
Preguntón.- Sin embargo, la manera que vuestra merced adopta para enfocar la felicidad parece insuficiente ¿qué aclara, por ejemplo, acerca de la desigualdad de los hombres ante la felicidad terrena?
Respondón.- Respecto a esta cuestión en concreto, ni aclara ni ha pretendido aclarar nada. Dudo,incluso, que haya que dar explicación de ninguna clase por la existencia de ciertas desigualdades. La desigualdad es una cuestión de facto que se encuentra tan arraigada y firme en el terreno de la realidad humana como firme está en el terreno de los principios la igualdad de naturaleza entre los hombres todos. Pero es evidente que cuanto más se desconfía de obtener la felicidad ultraterrena o se descree de ella, tanto más exigencia se emplea para conseguir la felicidad terrenal caiga quien caiga, lo cual ocasiona que buena parte del personal se empeñe en girar continuamente cheques por cantidades exorbitantes contra un depósito bancario que no da para tanto, como lo confirma una y otra vez la experiencia.
Es perfectamente congruente con lo dicho que, en materia de felicidad haya quien crea que sobrevive apenas con una racioncilla de hambre, quien esté convencido que tiene que ir trampeando con medias raciones, quien estime que goza de ración entera, como habrá quien considere que goza de ración superabundante, aunque en el fondo todos pueden ser hondamente felices o profundamente desgraciados con las mismas obviedades con las que somos felices o desgraciados todos los seres humanos.
Así que con independencia de nuestro haber y de nuestras posesiones, y con independencia de lo que nos pase –que es poco más o menos lo mismo a todos-, la felicidad es para quien se la trabaja.
Preguntón.- ¿Y qué se gana con proclamar que la felicidad es para quien se la trabaja?
Respondón.- Pues se gana que así queda bien subrayada la responsabilidad que cada uno tiene en encontrar la felicidad posible ya en esta vida; como tiene responsabilidad cuando decide, ya desde aquí, contarse en el número de los perpetuamente desgraciados.
Preguntón.- ¿Es, pues, la felicidad un trabajo?
Respondón.- Sí. Un anhelo de felicidad puesto en su sitio, exige que entre en juego un trabajo racional y razonable de superar nuestro egoísmo.
Preguntón.-Abandonando, para finalizar, su funesta manía de preguntar-: ¡Acabáramos! ¡Ahora resulta que lo razonable y lo racional vienen a ser lo mismo¡ ¡Si vuestra merced lo dice!