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viernes, 20 de octubre de 2006

En el Perol: ¿Un borrón o un zurcido?

EL PEROL DE LAS ALBONDIGUILLAS

¿Un borrón o un zurcido? A la vida, a la de cada uno, se le pueden echar borrones o zurcidos Todo depende con qué quiere uno comparar la vida.

¿Es la vida como unos calzones o como una página de escritura? Las páginas escritas están llenas de borrones, tanto, que se las llama borradores. Los calzones, más que nada en las clases pobres y en tiempos de más austeridad que los de ahora, estaban llenos de zurcidos. Pero este último ejemplo no nos vale porque, según afirman algunos, hoy salen más caros los remiendos que los calzones nuevos. Así que por pura economía, de zurcidos nada.

Por lo demás, no creo que tratándose de la vida, emborronarla o llenarla de zurcidos, tenga nada que ver con la rectificación de las cosas que están torcidas, que es lo que en el fondo importaría. Rectificar es un privilegio que si acaso llega a alcanzarse es siempre como de rebote y con sorpresa, como si fuese un premio inmerecido

Así que, aquello que el lenguaje de todos los días suele llamar pomposamente rectificación, no pasa por lo regular de ser más que un vulgar borrón que a veces ni siquiera permite iniciar la cuenta nueva que, a fuerza de ingenuidad, esperamos que venga detrás de cada borrón, según lo sugiere el conocido refrán castellano.

Pentimentos. Creo que la observación anterior es importante en todo momento, y más cuando se está a punto, como es tan frecuente, de echarle a la vida no sabemos si un borrón o un zurcido, con un nuevo matrimonio, con un nuevo amor, o con un nuevo divorcio que corona un desamor.

Y a esas dudas añado yo una exclamación que es un deseo: ¡Ojala fuese más bien un pentimento¡ es decir, una enmienda que se hace sobre un fragmento del cuadro que ya está esbozado, para añadir un nuevo escorzo que el artista juzgó más apropiado o más bello o más armonioso que el trazo que en definitiva vendrá a quedar debajo.

Para hablar de la vida, el símil del cuadro me parece más conveniente que el de la página escrita o el de los calzones. Porque en conclusión, lo que de bueno o de malo hemos hecho, con nosotros permanece, igual que el pentimento yace oculto en el cuadro en el cual se ha pintado el sobreañadido que lo mejora o rectifica.

Proceso. ¿Y la palabra proceso que últimamente se ha puesto de moda? La palabra proceso designa la sucesión de pasos en una cadena de acciones conducentes a un objetivo y equivale, sin más, a progreso. Tomada en este sentido la palabra proceso nada tiene que ver con el conjunto de actuaciones judiciales indispensables para averiguar la perpetración de un delito y determinar la participación y culpabilidad de las personas que hubieran intervenido en él.

Proceso es también nombre de persona. Pero Proceso es también nombre de persona. Hay por lo menos cinco santos canonizados por la Iglesia que lo llevan. El más célebre es el que tiene su fiesta litúrgica el 6 de mayo Cuentan que Proceso, junto con Martiniano, fueron carceleros de San Pedro y San Pablo, terminaron por convertirse al cristianismo, y llegaron a ser testigos de Cristo ante el mundo pagano.

El nombre de Proceso, que ahora nos parece tan extraño, tiene su pizca de gnosis. Alude a una antigua explicación inmanentista del origen del Cosmos a través de una sucesión de causas ordenadas y dependientes unas de otras en una cadena en la que el principio se confunde con el fin, como la serpiente que se muerde la cola de los salones esotéricos de nuestros días, o lo que en Topología recreativa representa el lazo de Moëbius. El problema está en que la dependencia de cada una de las causas en relación a otra anterior postula la dependencia de todo el conjunto respecto de Algo que está fuera de dicha serie, con lo cual de alguna forma se está volviendo a la idea de Dios que se quería esquivar. A lo mejor esto sirvió a los apóstoles para pegar la hebra con un funcionario de prisiones tan preocupado por el origen del Cosmos.

En mi vida sólo he conocido un caballero que llevase el nombre de Proceso: el médico mexicano Don Proceso Sánchez Ortega, maestro mundial de Homeópatas en Tulancingo.

La paz. En el libro “Tesoro de la Lengua Castellana o Española”, he tropezado con la definición de paz más curiosa, peregrina y bizarra que yo conozco. Dice así: “Paz es el lugar común en el cual los oradores se detienen contando los bienes que se siguen de ella y los males de la guerra, su contraria”

Es una definición escéptica que ni siquiera llega a contemplar la paz en su aspecto de ausencia de hostilidades como hacen otros diccionarios ingleses, franceses, alemanes o italianos, por hablar de las grandes lenguas de la civilización. Es una definición cínica y despectiva, porque afirma que esa verbalización es, encima de todo, un lugar común, o, lo que es lo mismo, que se trata de una expresión trivial a la cual se acude interesadamente como recurso retórico. Es pesimista, en fin, porque sugiere que los bienes de la paz, para lograr algún resalte, necesitan entrar en contraste con los males que se siguen de la guerra.

Por las notas que señalo, esta definición encontrada en un autor del siglo XVII, coincide plenamente con algo rabiosamente actual: parece describir el bla bla bla de los políticos, las peroratas de los vectores de opinión y el chapurrear de los peacemakers que describen cada uno la Paz de su paloma

¿Y don Proceso de Paz? Por eso, dicho con su nombre entero y personalizando hasta la caricatura, don Proceso de Paz debe evitar confundirse con don Perico de los Palotes, que baila el paloteado al son que le toquen, ni con Pello Basajaun, que parece estar en todas partes urdiendo maldades como un duende a la vez burlón y siniestro.

Don Proceso de Paz, tiene un talante beatífico, digno de que por él eleven sus preces los cristianos -incluídos los cautelosos Obispos, los engreídos Teólogos, los curas mal aparcados e incluso los frailes expulsados de la barojiana República del Bidasoa. Don Proceso de Paz merece también que canten sus versos los bersolaris, payadores y versificadores en todas las lenguas, bailen sus danzas los bailarines, atruenen el aire con su música los rockeros de todas las bandas, salten sobre los bancos los saltimbanquis, y hagan risas los payasos, que de todo eso hay en la sala de prensa donde habrá que posar para tomarse la foto que, por costumbre inexplicable, -pues a la familia ya la ha dado por muerta la Revolución de Géneros con epicentro en España- , ha de llamarse la “foto de familia”. Y, sobre todo, don Proceso de Paz merece que los homicidas renuncien a su condición de genios malignos que disponen según conviene de la vida de los demás, como si la muerte no fuera a cortar nunca el dobladillo de sus propias existencias.

Paces. Por lo demás, en castellano no se hace la paz, sino que se hacen las paces, en plural, como recordando que después de una paz vendrá otro tiempo de discordia y así sucesivamente nuevas guerras y nuevas paces. La paz es un bien escaso y esquivo. Los romanos, que son los que más han luchado por establecerla, cuando consiguieron pasar 12 añitos consecutivos sin guerra –eso fue en tiempos de Augusto- les sorprendió tanto que se apresuraron a consultar al oráculo de Apolo para saber cuánto les duraría. Como el oráculo les respondiera que “Hasta que una virgen dé a luz”, consideraron que se abría una perspectiva de paz perpetua, la llamaron Pax Romana y se apresuraron a dedicarle un templo votivo. Todos sabemos lo que duró porque en este período nació, en una provincia romana del Oriente Medio, Jesucristo ex Maria virgine.

domingo, 15 de octubre de 2006

Aclamación

En estas líneas que escribo hoy, las palabras y las frases debían salir unas tras otras como andanadas de salva en un alarde de corazones unánimes, marchando a paso de vencedores. O más propiamente dicho, a paso de vencedoras, puesto que de mujeres se trata. Y de mujeres encinta, que tanto escasean.

Y al referirme en esta ocasión únicamente a las mujeres dejando aparte a los hombres, es porque en esto de los retos, gozos y quebrantos de la maternidad, aún el mejor de los varones anda allí, rondando por los alrededores más como causante y protector que como protagonista. En la grandiosa tarea de concebir un hijo y de culminar la faena cumplidamente, la mujer es la que monta.

Y tanto monta, que viene a resultar que, encima de acoger una nueva vida que de momento –y son nueve meses-, va a gravitar únicamente sobre ella, es, además, la mujer misma quien sostiene esa vida con su propio pulso, quien la nutre con su sangre, quien la incorpora a su intimidad, quien lleva cuenta de sus días –casi siempre mal contados-, y al final, una vez llegado el parto, aún le quedarán arrestos para ofrecer al hijo desvalido, el primer acto de compasión y acaso el más sincero y hondo que pueda recibir en su vida:: alimentarlo a sus pechos.

Acaso la referencia al hijo desvalido esté necesitando una aclaración. O más bien un subrayado. Porque los hijos todos, sea cual fuere la fortuna de sus padres, vienen a este mundo en el desvalimiento más completo, incapaces de hacer nada por sí mismos, inermes en su completa indefensión, necesitados de lo que otros puedan y quieran hacer por ellos.

Y esos “otros” que están allí, no están destinados a quedarse, por supuesto, en un bonito decorado de fondo de pantalla; sino que son –salvo leyes jenízaras en contrario-, el padre y la madre, llamados a tomar partido a favor del niño.

Así que tenemos a la mujer, desde la concepción al parto, dando al nuevo ser la vida, ese magnífico regalo que incluye todo otro regalo posible.

Y después del parto, alimentando a sus pechos esa obra única que es un hijo que quedará, por así decirlo, imantado en el amor a partir de ese acto nutricio que, cuando se ejerce con todas sus consecuencias, ata a la mujer a su hijo por varios meses más.

No hay por qué disimular lo que de carga tiene para la mujer la gravidez o la lactancia, ni hay por qué ocultar lo que de atadura conlleva tener un hijo para quien lo recibe en su seno con intención de parirlo, no de abortarlo. Todas las actividades humanas, todos los desempeños de la vida, tienen su lado de carga y privaciones, de pesantez y de atadura. Y no va a ser la maternidad una excepción a la regla universal del esfuerzo y de la lucha. ¿Acaso alguien ha dicho que estamos en el Paraíso?

Por eso, aunque la creación de un nuevo ser humano induzca siempre a volver la vista a un tiempo germinal, cuando todo clamaba por llegar a ser conocido y todo exhalaba la fragancia de lo nuevo, tener un hijo es, en el fondo, una acción de combate, un salir con decisión de la trinchera del prejuicio antinatalista, un lanzarse a bayoneta calada en el entrevero de un encuentro que se llevará por delante muchos fantasmas pesimistas, que pasará por el hierro muchos falsos temores, muchas inhibiciones y espejismos, y deshará de un solo golpe muchos nudos paralizantes y opresivos que impedían dar curso a nueva sangre, a nuevos sueños y nuevas perspectivas.

Así pues, mujeres encinta que paseáis vuestra redonda plenitud por la calle en este día de otoño luminoso bajo este sol aprovechategui y despabilado que ha sabido hacerse a codazos un hueco entre los nubarrones, voy a lanzar un hurra multiplicado por vosotras y por los hijos que pueblan vuestros vientres.

¡Un ¡viva! un ¡bisca! un ¡gora! un ¡arriba! un ¡forza! por vosotras todas!

Os lo merecéis mucho más que los héroes mimados de los estadios. Más que las flacas y patizambas biutifuleses de las pasarelas de lujo. Mas que los políticos que negocian con vidas y naciones. Más que los banqueros que multiplican por millones las riquezas abstractas. Más que los pacificadores que viven a sueldo de los que fomentan la discordia. Mas que tanta ONG pensada para poner el cazo ante las dádivas gubernamentales.

¡Viva! porque sabéis proclamar con vuestros cuerpos que el amor es siempre un incremento.

¡Viva! porque habéis dado oídos a la voz de la propia estirpe y de la propia sangre. ¡Viva! Porque habéis cerrando filas en torno a la vida que avanza.

¡Viva! porque sois las verdaderas creadoras de naciones, que éstas nunca han podido conservarse sin nacimientos propios.

¡Hurra! por vuestros abultados vientres sin miedo. ¡Hurra! por vuestros pechos crecidos. ¡Hurra! porque estáis aquí, en la calle, impregnadas de vida, demostrando que por algo se dijo “hombre y mujer los hizo….”

Y también ¡Hurra! porque no os arredran las almorranas y las pérdidas. ¡Hurra! porque no os arrugais ante las cefaleas y molestias. ¡Hurra! porque no os detienen vuestros tobillos hinchados. ¡Hurra! porque no os acomplejan vuestros ombligos saltones, ni vuestras estrías y señales. ¡Hurra!¡Hurra! por vuestro combate incomprendido. ¡Hurra!

Dichosas sois por vuestra decisión, que es plenitud de vida

Dichosas sois pese a las nieblas del futuro, a las insidias y malicias del presente, a las burlas y risitas de los propagandistas de la esterilidad buscada y a las ironías de los que condenan a Eros al empleo de vasos extraviados.

Dichosas sois porque habéis despreciado los zodíacos funestos.

Dichosas, porque estáis en firme alianza con el futuro.

Dichosas, porque habéis hecho propiedad vuestra el hábito de vivir en la esperanza.

Dichosas, porque habéis pronunciado un fiat en vuestros corazones. Y, porque, acogiendo a ese niño, al vuestro, al que habéis llamado al mundo, acogéis también a Aquél de quien el mayor de los hombres nacido de mujer no se consideraba digno de atar la correa de las sandalias.

Un ¡hurra! un ¡viva! un ¡bisca! un ¡gora! un ¡arriba! un ¡forza! multiplicados por mil, por vosotras y por vuestro hijos.

sábado, 7 de octubre de 2006

Violencia y Pensamiento Débil

La violencia parece ser el ingrediente dominante en muchas de las diversiones con las cuales se combate hoy el tedio post-laboral.

La violencia figura –con frecuencia en conjunción con el sexo- como primer plato en multitud de películas de cine, en producciones para la televisión y en video-juegos; y entra, en calidad de condimento, en la composición de multitud de entretenimientos baratos y, por lo tanto, consumibles por públicos de todas las edades.

En todo caso, y sin necesidad de cuantificar su presencia, es un hecho aceptado que la violencia, incluyendo sus manifestaciones más morbosas, divierte a los espectadores, ante los cuales se presenta como la vía más fácil y universal para sedar las tensiones que la actividad provoca, y como la más atractiva modalidad de esparcimiento para las mentes captadas durante horas por la atención que el trabajo exige. Se puede dar por sentado que la violencia es un agente de gran poder divertiente, que ha encontrado su sintonía en la banda placentera de la existencia.

Sin embargo, resulta que, al mismo tiempo nuestra sociedad encuentra en la violencia un motivo de preocupación muy grande de la cual dan testimonio tanto los responsables sociales permanentes, entre los cuales podemos citar los servicios secretos y los cuerpos de policía, acuciados por el terrorismo y la delincuencia organizada; como el sector de los responsables sociales interinos, compuesto, en democracia, por los políticos en toda la variedad de sus escuderías territoriales e ideológicas.

La preocupación se extiende hoy con ritmo creciente a sectores puramente gremiales, como el de los joyeros y los taxistas que, especialmente en las grandes ciudades, son víctimas de la excesiva atención de los sectores sociales, nativos o importados que -por decirlo de alguna manera que no vaya a ofenderlos- tienen por costumbre vivir de los recursos ajenos.

Hemos de contar también con que la violencia ha desembarcado con buen pie, por la modernísima vía del acoso, en el ámbito laboral e incluso en el escolar donde obtiene, al parecer, un éxito tras otro.

Por otra parte, y en sentido contrario ¿qué mejor testimonio hay del papel estelar que la violencia desempeña en nuestra sociedad que la presencia de prósperas empresas dedicadas a la industria y los servicios de la seguridad para quien se la paga? Todo esto sin hablar del plano político, en el cual es obvio el papel dinamizador que durante décadas ha desempeñado alguna organización encaminada a la toma del poder mediante el empleo oportuno, pero sin intermisión, de la violencia revolucionaria en toda la rica variedad de sus sanguinarias y pragmáticas posibilidades.

No obstante, al mismo tiempo, presenciamos la paradoja de que a ese elemento llamado fuerza o violencia, que tiene reservado puesto tan importante en las diversiones, en las preocupaciones sociales y en la praxis política subversiva, se le niega de hecho el puesto que le corresponde en el sano y normal desarrollo de la vida social.

Y esta actitud no es totalmente atribuible a los políticos, gremio tan propenso a reclamar para sí todos los laureles, como expuesto también a que se le achaque la culpa de todos los desastres. Porque la negación a que aludíamos encuentra su principal soporte en el conjunto de los ciudadanos. Son estos los que repudian las manifestaciones legítimas de la fuerza. En otras palabras y para poner un ejemplo sencillito, un ciudadano cualquiera se considera en su pleno derecho de complacerse visualizando cinco asesinatos atroces en una tarde aburrida, como medio de diversión para él y para sus hijos; pero ese mismo ciudadano se sentiría muy ofendido si las fuerzas legítimas tuviesen que actuar para restablecer el orden roto en un momento dado, no importa que se trate de reprimir a ocupas que se han pasado siete pueblos, a ecologistas dispuestos a liberar a todos los visones cautivos aunque sea a costa de hundir a las empresas de peletería, a entusiastas adolescentes que celebran la victoria de su club destruyendo el mobiliario urbano, o a un grupo de inmigrantes sin documentos que han perdido la paciencia ante la cachaza de las autoridades para otorgarles de una vez por todas los derechos que les corresponderían como ciudadanos improvisados, después de haberlos llamado indirectamente a tan prometedor concurso.

Resulta que la fuerza, por muy legítima y razonadamente que se ejerza, es vista con antipatía y hasta encono por ese “hombre de butaca y pantalla” en que se ha convertido a efectos prácticos el antiguo hombre de la calle. Y esto sucede en tal grado que, si para ejemplificar la situación, quisiéramos acudir a la confrontación de “guardias y ladrones” propia de los juegos infantiles, nos encontraríamos con la situación contradictoria de que ambos bandos han llegado a igualarse en el uso del pasamontañas, prenda detrás de la cual buscan los unos y los otros encontrar la seguridad que brinda el actuar de incógnito. Así lo hagan los delincuentes para esquivar el brazo de la ley; y los agentes de la autoridad para protegerse de la enemistad ciudadana.

Tal actitud sería muy apta para ser arrinconada en el desván de los disparates, si no constituyera también una muestra palmaria del predominio social del llamado pensamiento débil.

La debilidad proverbial de este pensamiento se manifiesta precisamente en su incoherencia, que hoy se extiende a regiones muy extensas de la realidad social, convirtiendo en aceptables situaciones ridículamente contradictorias.

Así, es posible que un adolescente acosado siga considerando “amigos” suyos a quienes lo humillan y golpean en la escuela. O que hombres a los que se supone hechos y derechos, accedan con docilidad de ovejas a las vejaciones a que los someten sus “compañeros” de trabajo. O que los medios de comunicación sigan empleando la cursi y benevolente expresión de “compañeros sentimentales” respecto a varones que en esa falsa posición ostentan la plusmarca de las muertes atroces de mujeres a las que, además, sojuzgan y zahieren.

También está el pensamiento débil detrás de la propaganda que trasmuta a los soldados en simples imitadores de Teresa de Calcuta y a las intervenciones militares, en acciones humanitarias en las cuales, lo raro sería que se disparase algún tiro y más raro aún que alguien resultase lesionado, cosa que exigiría abrir un expediente, condenatorio, por supuesto para el soldado que tal hiciese respondiendo, o en previsión, de un ataque. ¡No faltaba más que cosas como éstas fuesen a quedar impunes!

En el fondo de estas manifestaciones del pensamiento débil está el grave error que consiste en creer que la fuerza es un mero accidente que, no se sabe ni cómo, ni por qué, sobreviene en la vida social. Algo divertido para los espectáculos, y algo inevitable, y hasta excusable, para los que han ideado seriamente un programa de actuación al margen de la ley, pero que resulta indecoroso, contraproducente, ilógico, en manos de las autoridades. Se teme siempre el abuso de éstas sin temer sino a ratos y a regañadientes, a los bergantes, bandoleros y malandrines de toda clase. Esta especie de compasión abusiva parece ser una de de tantas ideas excristianas que, separadas del hilo doctrinal que les daba todo su sentido, flotan a la deriva como peligrosas minas que esparcen el reinado de la disfunción y de la confusión morales dentro de la realidad social

domingo, 1 de octubre de 2006

Confesiones de un Deportista Mediocre

Con la intención de establecer la diferencia entre lo nuevo y lo viejo leo, con añoranza, el texto de la solapa de un libro mío donde intenté hacer una rápida semblanza de mí mismo. Hube de afirmar en aquella ocasión “soy deportista un poco menos que mediano”

Si se me preguntara qué deportes he practicado, tendría que contestar que todos los que he podido, dado el tiempo en que nací, los medios de que dispuse y el ambiente que me rodeó. Desde la natación, la equitación y el tiro, hasta el fútbol, el béisbol, el remo y el esquí. Este último me dejó cojo y termino así mi currículum deportivo. Pero en ninguno de los deportes llegué a descollar.

Habiendo nacido en una región de muchas aguas, nadé, desde niño, como un pez, lo mismo en el mar, que en ríos, que en la piscina. Fue más cuestión de eficacia que de brillantez o plusmarquismo. Pronto adquirí confianza y mis padres correspondieron dándome en este trato la más completa libertad. Les bastaba decirnos a mi hermano y a mí, que éramos como gemelos, cuando salíamos solos al río o a la mar: “¡Sed prudentes para que nos lo podáis contar!”

¿Verdad que parece mentira? Era una recomendación tan sabia como desenfadada que nos advertía claramente del riesgo sin tratar de cohibirnos el ánimo. Esto nos dejaba a los muchachos anchurosas posibilidades de actuación. Incluso nos vimos un día, sin haberlo buscado expresamente, nadando entre tiburones cuando esta experiencia no estaba incluida en el turismo de aventuras de ninguna agencia de viajes. Yo no había llegado entonces a cumplir los dieciséis año ni mi hermano los catorce y a la vuelta lo pudimos contar sin sufrir ningún regaño. ¿No es esto educación en la libertad?

Para mí, la natación fue mucho más que una forma placentera de gastar energías. Si la natación es practicada en aguas libres, como era el caso nuestro, es una fuente de valiosas enseñanzas: alecciona en el dominio de un medio hostil cuya peligrosidad, casi indetectable a primera vista, se hace evidente en la continua necesidad de controlar la respiración y de cuidar el ritmo de los movimientos del cuerpo; proporciona una vivencia directa y nada alarmista de lo que significa exponerse a una amenaza exterior; permite comprobar de forma real y no frustrante el limitado alcance de nuestras capacidades físicas, siendo una advertencia seria acerca de la absoluta necesidad de administrar las propias fuerzas con inteligencia y constancia. Y, encima de todo, la natación, cuando se practica en grupo, permeabiliza tanto a aceptar la colaboración de los otros sin que por eso se nos caigan los anillos de los dedos, como a brindar esa ayuda sin que se dispare el timbre de alarma del propio egoísmo, siempre dispuesto a chivarse de que otros se están aprovechando de uno. Este es el verdadero sentido del deporte como elemento de la formación de la persona mediante la ejercitación de facultades propias.

La competencia y la participación en equipos han significado poquita cosa para mí.. Reconozco que era un mal deportista precisamente porque me fastidiaba mucho que no ganara mi equipo. Para evitarme disgustos terminé alejándome de los juegos colectivos.

Entiendo que afirmar que lo importante no es obtener la victoria sino competir y participar, son elegantes invenciones decimonónicas del marqués de Coupertin y de algunos caballeretes como él, hechizados por los antiguos juegos de Olimpia. Pero dichos juegos eran parte de un culto panhelénico de fraternidad sancionado por los dioses y que se desarrollaba lejos de las ciudades en un ambiente de vibrante emoción teúrgica y votiva. Un culto imposible de renovar ya en aquél siglo diecinueve cuando los europeos comenzaron a presumir de ser ateos militantes y a perderse el respeto a sí mismos en guerras cortas que iban abriendo paso a lo que serían las dos grandes guerras mundiales. La genuina faz de la competición en la antigüedad, a mi modesto juicio, se mostraba en los circos romanos de las grandes ciudades y no en el recogido estadio de Olimpia, en Grecia.

Hoy en día ya no existen romanos de peplo y sandalias, pero sigue siendo necesario como entonces poner cantidades abundantes de pan y de circo a disposición de las multitudes que se ensañan en el espectáculo. Y aunque esto se hace con nuevas técnicas, por supuesto, la respuesta popular tiene ferocidad parecida. El verdadero y radical sentido de la competición deportiva se manifiesta hoy con más claridad en la conducta de los “hooligans”, y los insultos, los golpes y las zancadillas que se propinan entre sí, al menor motivo y a veces sin él, los jugadores de los equipos contrincantes, que en los pedetes perfumados del llamado Comité Olímpico Internacional

Mi padre, que era médico y no pedagogo, solía decir que los deportes más prácticos y útiles eran los que mejoraban nuestra condición de semovientes y nuestra capacidad de defensa personal. Así de claro. E hizo todo lo posible por transmitir esa doctrina a sus hijos. Por eso aprendí muy pronto a montar a caballo y a manejar la carabina, en realidad un riflito Winchester de repetición, del calibre 22, que entonces llamábamos tiro U, y que se convirtió en mi compañero inseparable cuando íbamos por el campo.

Hoy se dice que la familiaridad con las armas conduce a la agresividad. Yo no comparto esta opinión que iguala agresividad con hostilidad. Agresividad, en su origen etimológico, es capacidad de acercarse a las cosas. En ese sentido, es una componente intrínseca de nuestra personalidad. Sin esa capacidad de buscar la distancia corta, de aproximarnos a lo que nos rodea, de dar la cara y no la espalda, no estaríamos en condiciones de examinar de cerca ningún problema, de entablar vínculos de amistad, conocimiento o intimidad con ninguna persona, de llegar a aficionarnos a ninguna disciplina ni a responsabilizarnos de nada, y menos aún de nuestra propia defensa. Y no se diga que lo de la propia defensa es una exageración, porque la deriva de las costumbres y la aplicación del principio mercantil de que “la seguridad es para quien se la pague”, convierte el autoservicio en materia de defensa en una posibilidad real que se asoma ya al horizonte. Un hombre o una mujer, cada uno en su medida personal, carentes de agresividad, serían lo más parecido a un limaco. O, si se prefiere emplear una comparación extraída del reino vegetal, a una ciruelita amarilla expuesta a ser destrozada en la rama por cualquier chorlito con ganas de meterle el pico. Sin contar que, para matar o hacer daño, le sobran y bastan al ser humanos las manos, los pies, la cabeza, los brazos y los dientes que, por otra parte, son sus primigenios instrumentos de trabajo.

Decía yo, en la semblanza a que aludía al principio, que era también amigo de los caballos, de los gatos, de los perros, de los periquitos y de los peces de colores. De todos los animales enumerados, está claro que solo con los caballos se puede practicar un deporte. ¿Un deporte la equitación? Francisco Franco, un señor gallego y bajito, que donó a San Sebastián la yeguada que a él le había regalado a su vez el barón de Rothschild, dijo, en desprecio de jinetes y elogio de equinos, que en la equitación todo el deporte lo hace el caballo. En contra de ese argumento, que nadie negará que es de autoridad, opino que el guiar con riendas, rodillas y espuelas a un ser vivo dotado, para lo suyo, de gran inteligencia; capaz de aprender y de retener lo aprendido; capaz también de demostrar apego y afición a la persona que lo monta, y de responder al afecto con afecto, es una proeza digna de figurar en la mitología y en la poesía de todos los tiempos. Me emociona pensar que hace apenas cuatro generaciones el ser humano comenzó a apearse del caballo a cuyos lomos trabajó, viajó, exploró la tierra, alardeó, cortejó, y guerreó durante milenios. No hay fruición deportiva más a la altura del ser humano que la de la equitación. El mito de los centauros sabios, poderosos, incansables es, para mí, una señal reveladora del recóndito anhelo del hombre por llegar a comprobar algún día que son compatibles la bondad, la sabiduría y el poder, que tan divorciados andan en este pícaro mundo. La máquina -moto o automóvil- que ruge en los circuitos conducida a velocidad de vértigo por jóvenes manos maestras, tiene un encanto poderoso y vibrante, pero no la armonía de un tropel de centauros. Quise decir de jinetes.