La violencia parece ser el ingrediente dominante en muchas de las diversiones con las cuales se combate hoy el tedio post-laboral.
La violencia figura –con frecuencia en conjunción con el sexo- como primer plato en multitud de películas de cine, en producciones para la televisión y en video-juegos; y entra, en calidad de condimento, en la composición de multitud de entretenimientos baratos y, por lo tanto, consumibles por públicos de todas las edades.
En todo caso, y sin necesidad de cuantificar su presencia, es un hecho aceptado que la violencia, incluyendo sus manifestaciones más morbosas, divierte a los espectadores, ante los cuales se presenta como la vía más fácil y universal para sedar las tensiones que la actividad provoca, y como la más atractiva modalidad de esparcimiento para las mentes captadas durante horas por la atención que el trabajo exige. Se puede dar por sentado que la violencia es un agente de gran poder divertiente, que ha encontrado su sintonía en la banda placentera de la existencia.
Sin embargo, resulta que, al mismo tiempo nuestra sociedad encuentra en la violencia un motivo de preocupación muy grande de la cual dan testimonio tanto los responsables sociales permanentes, entre los cuales podemos citar los servicios secretos y los cuerpos de policía, acuciados por el terrorismo y la delincuencia organizada; como el sector de los responsables sociales interinos, compuesto, en democracia, por los políticos en toda la variedad de sus escuderías territoriales e ideológicas.
La preocupación se extiende hoy con ritmo creciente a sectores puramente gremiales, como el de los joyeros y los taxistas que, especialmente en las grandes ciudades, son víctimas de la excesiva atención de los sectores sociales, nativos o importados que -por decirlo de alguna manera que no vaya a ofenderlos- tienen por costumbre vivir de los recursos ajenos.
Hemos de contar también con que la violencia ha desembarcado con buen pie, por la modernísima vía del acoso, en el ámbito laboral e incluso en el escolar donde obtiene, al parecer, un éxito tras otro.
Por otra parte, y en sentido contrario ¿qué mejor testimonio hay del papel estelar que la violencia desempeña en nuestra sociedad que la presencia de prósperas empresas dedicadas a la industria y los servicios de la seguridad para quien se la paga? Todo esto sin hablar del plano político, en el cual es obvio el papel dinamizador que durante décadas ha desempeñado alguna organización encaminada a la toma del poder mediante el empleo oportuno, pero sin intermisión, de la violencia revolucionaria en toda la rica variedad de sus sanguinarias y pragmáticas posibilidades.
No obstante, al mismo tiempo, presenciamos la paradoja de que a ese elemento llamado fuerza o violencia, que tiene reservado puesto tan importante en las diversiones, en las preocupaciones sociales y en la praxis política subversiva, se le niega de hecho el puesto que le corresponde en el sano y normal desarrollo de la vida social.
Y esta actitud no es totalmente atribuible a los políticos, gremio tan propenso a reclamar para sí todos los laureles, como expuesto también a que se le achaque la culpa de todos los desastres. Porque la negación a que aludíamos encuentra su principal soporte en el conjunto de los ciudadanos. Son estos los que repudian las manifestaciones legítimas de la fuerza. En otras palabras y para poner un ejemplo sencillito, un ciudadano cualquiera se considera en su pleno derecho de complacerse visualizando cinco asesinatos atroces en una tarde aburrida, como medio de diversión para él y para sus hijos; pero ese mismo ciudadano se sentiría muy ofendido si las fuerzas legítimas tuviesen que actuar para restablecer el orden roto en un momento dado, no importa que se trate de reprimir a ocupas que se han pasado siete pueblos, a ecologistas dispuestos a liberar a todos los visones cautivos aunque sea a costa de hundir a las empresas de peletería, a entusiastas adolescentes que celebran la victoria de su club destruyendo el mobiliario urbano, o a un grupo de inmigrantes sin documentos que han perdido la paciencia ante la cachaza de las autoridades para otorgarles de una vez por todas los derechos que les corresponderían como ciudadanos improvisados, después de haberlos llamado indirectamente a tan prometedor concurso.
Resulta que la fuerza, por muy legítima y razonadamente que se ejerza, es vista con antipatía y hasta encono por ese “hombre de butaca y pantalla” en que se ha convertido a efectos prácticos el antiguo hombre de la calle. Y esto sucede en tal grado que, si para ejemplificar la situación, quisiéramos acudir a la confrontación de “guardias y ladrones” propia de los juegos infantiles, nos encontraríamos con la situación contradictoria de que ambos bandos han llegado a igualarse en el uso del pasamontañas, prenda detrás de la cual buscan los unos y los otros encontrar la seguridad que brinda el actuar de incógnito. Así lo hagan los delincuentes para esquivar el brazo de la ley; y los agentes de la autoridad para protegerse de la enemistad ciudadana.
Tal actitud sería muy apta para ser arrinconada en el desván de los disparates, si no constituyera también una muestra palmaria del predominio social del llamado pensamiento débil.
La debilidad proverbial de este pensamiento se manifiesta precisamente en su incoherencia, que hoy se extiende a regiones muy extensas de la realidad social, convirtiendo en aceptables situaciones ridículamente contradictorias.
Así, es posible que un adolescente acosado siga considerando “amigos” suyos a quienes lo humillan y golpean en la escuela. O que hombres a los que se supone hechos y derechos, accedan con docilidad de ovejas a las vejaciones a que los someten sus “compañeros” de trabajo. O que los medios de comunicación sigan empleando la cursi y benevolente expresión de “compañeros sentimentales” respecto a varones que en esa falsa posición ostentan la plusmarca de las muertes atroces de mujeres a las que, además, sojuzgan y zahieren.
También está el pensamiento débil detrás de la propaganda que trasmuta a los soldados en simples imitadores de Teresa de Calcuta y a las intervenciones militares, en acciones humanitarias en las cuales, lo raro sería que se disparase algún tiro y más raro aún que alguien resultase lesionado, cosa que exigiría abrir un expediente, condenatorio, por supuesto para el soldado que tal hiciese respondiendo, o en previsión, de un ataque. ¡No faltaba más que cosas como éstas fuesen a quedar impunes!
En el fondo de estas manifestaciones del pensamiento débil está el grave error que consiste en creer que la fuerza es un mero accidente que, no se sabe ni cómo, ni por qué, sobreviene en la vida social. Algo divertido para los espectáculos, y algo inevitable, y hasta excusable, para los que han ideado seriamente un programa de actuación al margen de la ley, pero que resulta indecoroso, contraproducente, ilógico, en manos de las autoridades. Se teme siempre el abuso de éstas sin temer sino a ratos y a regañadientes, a los bergantes, bandoleros y malandrines de toda clase. Esta especie de compasión abusiva parece ser una de de tantas ideas excristianas que, separadas del hilo doctrinal que les daba todo su sentido, flotan a la deriva como peligrosas minas que esparcen el reinado de la disfunción y de la confusión morales dentro de la realidad social
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