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domingo, 1 de octubre de 2006

Confesiones de un Deportista Mediocre

Con la intención de establecer la diferencia entre lo nuevo y lo viejo leo, con añoranza, el texto de la solapa de un libro mío donde intenté hacer una rápida semblanza de mí mismo. Hube de afirmar en aquella ocasión “soy deportista un poco menos que mediano”

Si se me preguntara qué deportes he practicado, tendría que contestar que todos los que he podido, dado el tiempo en que nací, los medios de que dispuse y el ambiente que me rodeó. Desde la natación, la equitación y el tiro, hasta el fútbol, el béisbol, el remo y el esquí. Este último me dejó cojo y termino así mi currículum deportivo. Pero en ninguno de los deportes llegué a descollar.

Habiendo nacido en una región de muchas aguas, nadé, desde niño, como un pez, lo mismo en el mar, que en ríos, que en la piscina. Fue más cuestión de eficacia que de brillantez o plusmarquismo. Pronto adquirí confianza y mis padres correspondieron dándome en este trato la más completa libertad. Les bastaba decirnos a mi hermano y a mí, que éramos como gemelos, cuando salíamos solos al río o a la mar: “¡Sed prudentes para que nos lo podáis contar!”

¿Verdad que parece mentira? Era una recomendación tan sabia como desenfadada que nos advertía claramente del riesgo sin tratar de cohibirnos el ánimo. Esto nos dejaba a los muchachos anchurosas posibilidades de actuación. Incluso nos vimos un día, sin haberlo buscado expresamente, nadando entre tiburones cuando esta experiencia no estaba incluida en el turismo de aventuras de ninguna agencia de viajes. Yo no había llegado entonces a cumplir los dieciséis año ni mi hermano los catorce y a la vuelta lo pudimos contar sin sufrir ningún regaño. ¿No es esto educación en la libertad?

Para mí, la natación fue mucho más que una forma placentera de gastar energías. Si la natación es practicada en aguas libres, como era el caso nuestro, es una fuente de valiosas enseñanzas: alecciona en el dominio de un medio hostil cuya peligrosidad, casi indetectable a primera vista, se hace evidente en la continua necesidad de controlar la respiración y de cuidar el ritmo de los movimientos del cuerpo; proporciona una vivencia directa y nada alarmista de lo que significa exponerse a una amenaza exterior; permite comprobar de forma real y no frustrante el limitado alcance de nuestras capacidades físicas, siendo una advertencia seria acerca de la absoluta necesidad de administrar las propias fuerzas con inteligencia y constancia. Y, encima de todo, la natación, cuando se practica en grupo, permeabiliza tanto a aceptar la colaboración de los otros sin que por eso se nos caigan los anillos de los dedos, como a brindar esa ayuda sin que se dispare el timbre de alarma del propio egoísmo, siempre dispuesto a chivarse de que otros se están aprovechando de uno. Este es el verdadero sentido del deporte como elemento de la formación de la persona mediante la ejercitación de facultades propias.

La competencia y la participación en equipos han significado poquita cosa para mí.. Reconozco que era un mal deportista precisamente porque me fastidiaba mucho que no ganara mi equipo. Para evitarme disgustos terminé alejándome de los juegos colectivos.

Entiendo que afirmar que lo importante no es obtener la victoria sino competir y participar, son elegantes invenciones decimonónicas del marqués de Coupertin y de algunos caballeretes como él, hechizados por los antiguos juegos de Olimpia. Pero dichos juegos eran parte de un culto panhelénico de fraternidad sancionado por los dioses y que se desarrollaba lejos de las ciudades en un ambiente de vibrante emoción teúrgica y votiva. Un culto imposible de renovar ya en aquél siglo diecinueve cuando los europeos comenzaron a presumir de ser ateos militantes y a perderse el respeto a sí mismos en guerras cortas que iban abriendo paso a lo que serían las dos grandes guerras mundiales. La genuina faz de la competición en la antigüedad, a mi modesto juicio, se mostraba en los circos romanos de las grandes ciudades y no en el recogido estadio de Olimpia, en Grecia.

Hoy en día ya no existen romanos de peplo y sandalias, pero sigue siendo necesario como entonces poner cantidades abundantes de pan y de circo a disposición de las multitudes que se ensañan en el espectáculo. Y aunque esto se hace con nuevas técnicas, por supuesto, la respuesta popular tiene ferocidad parecida. El verdadero y radical sentido de la competición deportiva se manifiesta hoy con más claridad en la conducta de los “hooligans”, y los insultos, los golpes y las zancadillas que se propinan entre sí, al menor motivo y a veces sin él, los jugadores de los equipos contrincantes, que en los pedetes perfumados del llamado Comité Olímpico Internacional

Mi padre, que era médico y no pedagogo, solía decir que los deportes más prácticos y útiles eran los que mejoraban nuestra condición de semovientes y nuestra capacidad de defensa personal. Así de claro. E hizo todo lo posible por transmitir esa doctrina a sus hijos. Por eso aprendí muy pronto a montar a caballo y a manejar la carabina, en realidad un riflito Winchester de repetición, del calibre 22, que entonces llamábamos tiro U, y que se convirtió en mi compañero inseparable cuando íbamos por el campo.

Hoy se dice que la familiaridad con las armas conduce a la agresividad. Yo no comparto esta opinión que iguala agresividad con hostilidad. Agresividad, en su origen etimológico, es capacidad de acercarse a las cosas. En ese sentido, es una componente intrínseca de nuestra personalidad. Sin esa capacidad de buscar la distancia corta, de aproximarnos a lo que nos rodea, de dar la cara y no la espalda, no estaríamos en condiciones de examinar de cerca ningún problema, de entablar vínculos de amistad, conocimiento o intimidad con ninguna persona, de llegar a aficionarnos a ninguna disciplina ni a responsabilizarnos de nada, y menos aún de nuestra propia defensa. Y no se diga que lo de la propia defensa es una exageración, porque la deriva de las costumbres y la aplicación del principio mercantil de que “la seguridad es para quien se la pague”, convierte el autoservicio en materia de defensa en una posibilidad real que se asoma ya al horizonte. Un hombre o una mujer, cada uno en su medida personal, carentes de agresividad, serían lo más parecido a un limaco. O, si se prefiere emplear una comparación extraída del reino vegetal, a una ciruelita amarilla expuesta a ser destrozada en la rama por cualquier chorlito con ganas de meterle el pico. Sin contar que, para matar o hacer daño, le sobran y bastan al ser humanos las manos, los pies, la cabeza, los brazos y los dientes que, por otra parte, son sus primigenios instrumentos de trabajo.

Decía yo, en la semblanza a que aludía al principio, que era también amigo de los caballos, de los gatos, de los perros, de los periquitos y de los peces de colores. De todos los animales enumerados, está claro que solo con los caballos se puede practicar un deporte. ¿Un deporte la equitación? Francisco Franco, un señor gallego y bajito, que donó a San Sebastián la yeguada que a él le había regalado a su vez el barón de Rothschild, dijo, en desprecio de jinetes y elogio de equinos, que en la equitación todo el deporte lo hace el caballo. En contra de ese argumento, que nadie negará que es de autoridad, opino que el guiar con riendas, rodillas y espuelas a un ser vivo dotado, para lo suyo, de gran inteligencia; capaz de aprender y de retener lo aprendido; capaz también de demostrar apego y afición a la persona que lo monta, y de responder al afecto con afecto, es una proeza digna de figurar en la mitología y en la poesía de todos los tiempos. Me emociona pensar que hace apenas cuatro generaciones el ser humano comenzó a apearse del caballo a cuyos lomos trabajó, viajó, exploró la tierra, alardeó, cortejó, y guerreó durante milenios. No hay fruición deportiva más a la altura del ser humano que la de la equitación. El mito de los centauros sabios, poderosos, incansables es, para mí, una señal reveladora del recóndito anhelo del hombre por llegar a comprobar algún día que son compatibles la bondad, la sabiduría y el poder, que tan divorciados andan en este pícaro mundo. La máquina -moto o automóvil- que ruge en los circuitos conducida a velocidad de vértigo por jóvenes manos maestras, tiene un encanto poderoso y vibrante, pero no la armonía de un tropel de centauros. Quise decir de jinetes.

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