Y, sin darle muchas vueltas al asunto –pues se trata de una expresión coloquial de esas que se sueltan sin pretensiones de discurso- no tengo más remedio que pensar en lo difícil que resulta reconocer a la cultura el lugar que le corresponde.
Porque, parece que se pierde de vista que, al lado de visitar los monumentos del pasado, o las grandes obras del presente, el dominio de la cultura también se extiende sobre las acciones pertinentes a la diversión y al descanso, al ocio y al esparcimiento.
Pero ocurre que estas últimas se nos antojan, por tenerlas al alcance de la mano, más vulgares y, por lo tanto, no merecedoras de ser incluidas en el corralito que hemos levantado en torno al término cultura empleando los ornamentos de lo excelso,de lo difícil y ¿por qué no decirlo? de lo suntuario e inútil; en otras palabras, de lo que sólo se hace cuando hay tiempo que sobra de quehaceres más perentorios; que todo eso envuelve, en su significado teñido de simpático desprecio, el término “culturetas.”
No obstante, con desprecio o sin él, la cultura podría compararse al aire que respiramos o al suelo que aguanta nuestro peso: no podemos prescindir de ellos, y sin embargo, ni el aire ni el suelo suelen estar presentes en nuestras diarias preocupaciones, salvo algún ramalazo ecologista, no siempre congruente con el resto de nuestra conducta. Acudiendo al amplio repertorio de las frases hechas, podríamos decir que la cultura, como hablar en prosa, se puede ejercitar sin darse cuenta de ello. Pero esta mirada trivial no quita que la cultura sea el instrumento que, encima de diferenciar radicalmente al hombre del animal, hace a los hombres distintos entre sí, hasta un punto y en una escala que de hecho ciertas diferencias atinentes a la cultura se muestran socialmente más poderosas como elementos disociadores que las semejanzas del genoma como elementos supuestamente unitivos.
Percibimos fácilmente lo que la cultura representa como elemento diferenciador cuando convivimos con personas procedentes de ambientes y medios muy diferentes al nuestro, o cuando observamos su actuación. Entonces advertimos que los contrastes, a veces violentos, abarcan la totalidad de las muchísimas facetas que ofrece la vida humana, no en el ser, pero sí en el estar, en el creer, en el saber y en el actuar.
Porque, en definitiva, la cultura es ni más ni menos que la propia vida humana que se objetiva, no sólo en la multitud innumerable de los objetos materiales a los que nos tiene acostumbrados nuestra sociedad industrial y consumista, sino también en la vasta panoplia de las creencias, de los conocimiento y de las actitudes que fundamentan y apoyan la actuación grande o chica, llamativa o discreta que cada uno está llamado a ejercer sobre el mundo que le rodea. ¿Acaso no hemos sido los seres humanos puestos en la Tierra ut operaretur? Es decir para actuar, para desempeñar un quehacer, para trabajar, para ejercer un desempeño. Y esto es precisamente lo que hace a cada uno responsable de sus actos y de su influencia grande o pequeña sobre su entorno físico y humano.
Los elementos que componen la cultura pueden ser tan variados como variados son los individuos, y como tales es imposible someterlos a cómputo y medida. Cualquier clasificación resultará incompleta y discutible.
Pero la contemplación de esta abundancia de objetos no nos debiera inducir a perder de vista que, cuando llega a ser real y efectivamente patrimonio de un grupo, la cultura se manifiesta genéricamente en la conducta de los individuos que son miembros de ese grupo. Y lo hace en todos los aspectos que la conducta tiene, abarcando, por lo tanto, el ámbito de la conciencia que discierne entre el bien y el mal, el ámbito mental o pensante, el emotivo o sentiente, además del práctico o actuante qué, obvio es decirlo, es el más externo, el más visible y el más llamativo de todos, en el sentido de que es el que reclama nuestra atención con más eficacia. Es por esto precisamente, que decíamos líneas antes que se nos hace más fácil apreciar el calado a que pueden llegar las diferencias culturales en aquellas ocasiones en que convivimos con gentes informadas por otras culturas, o cuando observamos de cerca su actuación.
La razón de que existan estas diferencias es muy sencilla: la conducta humana no está predeterminada. El ser humano es albedrío., y tiene que decidir entre las varias posibilidades que en cada momento le ofrecen las circunstancias, le piden las necesidades, le señalan las actitudes de que parte y le inspiran los principios que le sirven de guía en su actuar autónomo
Por eso los contenidos de la cultura no solo son distintos en las diferentes épocas y entre los distintos pueblos, sino entre los grupos profesionales y sociales, y aún, como tenemos bien comprobado, entre las generaciones, por muy próximas que sean. El capítulo del Génesis que en la Biblia conduce al lector a la epopeya de la gran dispersión de los pueblos en razón de ese elemento de la cultura de los pueblos que es el idioma, lo hace sutilmente a partir de la diferenciación del lenguaje entre los grupos en una sociedad, la de Babel, lo suficientemente compleja como para que las clases sociales que ordenan el territorio, gobiernan a sus gentes y aportan los medios materiales, sean distintas de aquellas otras que se encargan de organizar y supervisar el trabajo, y de las que tienen que ejecutarlo materialmente.
Y no obsta a esta realidad dispersiva el hecho de que las funciones que la cultura desempeña sean siempre las mismas, como es una y la misma la estructura de la vida humana que lleva al hombre a buscar siempre alguna forma pobre o rica de comunicarse con sus semejantes (lenguaje), a ejercitarse poco o mucho en el conocimiento de las cosas (ciencias), a ensayar el dominio sobre la naturaleza (técnica) o quedarse en su remedo que es la magia, a organizar la convivencia con los demás (política, derecho, economía) o a instalar el despotismo, a religarse con el misterio y apostar o no apostar por la factibilidad del bien sobre la tierra (religión) o a descubrir y expresar lo que de sublime y numénico existe dentro de lo que vivimos, intuimos o imaginamos (arte).
La comprobación de las diferencias culturales se presta, por supuesto, lo mismo a propiciar una valoración más profunda y contrastada de la cultura propia y una actitud más ecuánime respecto a las culturas ajenas, que a sobrevalorar abusivamente la cultura propia con menosprecio de las demás.
Por eso, el entrar a discernir las diferencias culturales entraña un riesgo de fomentar la discordia. Riesgo que es imposible eludir por una razón de Pero Grullo: esas diferencias son inevitables como es también inevitable el llegar a percibirlas.
En todo caso, hay razones más que suficientes para comprobar que las culturas no son iguales, ni conviene a la naturaleza humana que lo sean mientras por igualdad se entienda uniformidad y a lo peor se le pueda confundir con lo mejor. Usando a nuestra guisa la expresión popularizada por la obra teatral “Cat´s”, tampoco en cultura miau es lo mismo que guau.
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