El futuro de la democracia es la cuestión que se plantea detrás de los sobresaltos actuales. ¿Cuál es hoy en día su posición en el mundo? ¿Qué superioridad enarbola para ser propuesta como modelo universal? No, desde luego, la superioridad demográfica ni la territorial. ¿Acaso le queda la superioridad tecnotrónica y militar, o la superioridad intelectual y moral?
Cayó la Unión Soviética, pero el poder totalitario de China ha logrado consolidarse y, sumado a los residuos del comunismo que quedan en Corea, en Indochina y el Caribe, el comunismo no puede darse por desaparecido, pues gobierna casi una tercera parte de la población del mundo.
El despotismo teocrático, adulcorado en ocasiones, domina en Arabia Saudita, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Kuwait, Marruecos y el Sultanato de Omán. El despotismo pseudo socialista y republicano domina en algunos países que han intentado una reforma a su manera: Argelia, Egipto, Islas Comores, Líbano, la Jamahiriya Árabe Popular y Socialista de Libia, Mauritania, Sudán, Túnez, Yemen y Yibuti. A los países enumerados hay que agregar el proclamado Dawlat Filastin, llamado Estado de Palestina, juguete de poderosos grupos terroristas. Por lo demás, el terror islamista lucha por crear un Califato Universal, ambición que inevitablemente choca con el tipo de gobierno mundial al que aspiran las democracias occidentales. ¿Y quién se atreverá a decir que el Afganistán ocupado y el Irak, liberado no se sabe bien de qué, gozan de regímenes democráticos? Tampoco Indonesia, Pakistan, Bangladesh e Irán se acercan ni remotamente al cliché político occidental. Igual sucede con la India, gobernada por oligarquías eficaces, y con el África negra, gobernada por oligarquías voraces e ineptas.
A todo esto hay que añadir que en los propios países occidentales el crimen organizado ha conseguido permeabilizar a su influencia estratos sociales como la abogacía, la judicatura, la policía y la banca, cuya corrupción contribuye a deteriorar las vísceras mismas del sistema.
¿Qué le queda entonces a la democracia? Algo muy visible y material: su aplastante poder militar y tecnotrónico que, por otra parte, nadie quita que pueda ser superado. De reserva intelectual y moral sólo le quedan el laicismo radical y el nihilismo ético, en el fondo, puras negaciones, incapaces de defender a la democracia de los cambios dislocantes que ellas mismas provocan.
Cayó la Unión Soviética, pero el poder totalitario de China ha logrado consolidarse y, sumado a los residuos del comunismo que quedan en Corea, en Indochina y el Caribe, el comunismo no puede darse por desaparecido, pues gobierna casi una tercera parte de la población del mundo.
El despotismo teocrático, adulcorado en ocasiones, domina en Arabia Saudita, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Kuwait, Marruecos y el Sultanato de Omán. El despotismo pseudo socialista y republicano domina en algunos países que han intentado una reforma a su manera: Argelia, Egipto, Islas Comores, Líbano, la Jamahiriya Árabe Popular y Socialista de Libia, Mauritania, Sudán, Túnez, Yemen y Yibuti. A los países enumerados hay que agregar el proclamado Dawlat Filastin, llamado Estado de Palestina, juguete de poderosos grupos terroristas. Por lo demás, el terror islamista lucha por crear un Califato Universal, ambición que inevitablemente choca con el tipo de gobierno mundial al que aspiran las democracias occidentales. ¿Y quién se atreverá a decir que el Afganistán ocupado y el Irak, liberado no se sabe bien de qué, gozan de regímenes democráticos? Tampoco Indonesia, Pakistan, Bangladesh e Irán se acercan ni remotamente al cliché político occidental. Igual sucede con la India, gobernada por oligarquías eficaces, y con el África negra, gobernada por oligarquías voraces e ineptas.
A todo esto hay que añadir que en los propios países occidentales el crimen organizado ha conseguido permeabilizar a su influencia estratos sociales como la abogacía, la judicatura, la policía y la banca, cuya corrupción contribuye a deteriorar las vísceras mismas del sistema.
¿Qué le queda entonces a la democracia? Algo muy visible y material: su aplastante poder militar y tecnotrónico que, por otra parte, nadie quita que pueda ser superado. De reserva intelectual y moral sólo le quedan el laicismo radical y el nihilismo ético, en el fondo, puras negaciones, incapaces de defender a la democracia de los cambios dislocantes que ellas mismas provocan.