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viernes, 25 de enero de 2008

El Coronel Chaves en su Laberinto

Hugo Chaves, presidente de Venezuela, sobrevuela la Historia impulsado por un chorro de palabras vanas. Chaves pertenece a esa clase de semiletrados incapaces de albergar la menor duda acerca de nada de lo que a él se le ocurra. Sus más grandes vacíos intelectuales los muestra en el terreno de la Historia y de la Geografía…y en el cálculo de la escala en que debe moverse. Se declara bolivariano y con eso cree haberlo dicho todo y haberlo compensado todo. Pero Bolívar mismo fue un mar de confusiones; y su hacer en la Historia, una bacanal de contradicciones flagrantes.
Chaves contrapone la bonhomía de Bolívar a la crueldad de los siempre sanguinarios españoles, cuyas tiranías y abusos se permite prolongar nada menos que por 500 años.

A mi esas cuentas y esas inculpaciones no me salen. Y no sólo porque allí anduvieron también los alemanes que trabajaban a cuenta de los banqueros Welser, sino porque, desde agosto de 1599, año y mes en que termina la expedición de Ojeda, y el mes de julio de 1811, año en que se proclama la Independencia respecto a la Corona Española, transcurren sólo 211 años y once meses, no todos los cuales pueden calificarse como de explotación y oprobio.

En el transcurso de esas dos centurias y pico se hizo posible explorar y cartografiar el territorio, fundar ciudades y escuelas, organizar política y administrativamente una extensa región del tamaño de Francia y de Italia juntas, darle a aquella “terra incognita” un nombre derivado del de Venecia, ennobleciendo así los míseros palafitos que los indígenas construían sobre las aguas. En ese período se consiguió también incorporar aquella “Venecia chiquita” a la Historia Universal, comunicarla con el resto del continente bajo una misma bandera y un mismo idioma, y enlazarla comercialmente con la Metrópoli por medio de los barcos de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, que movilizó por primera vez riquezas que permanecían intocadas.

En ese lapso de tiempo, al lado de lo conseguido en el ámbito material, surgió –diríase que con un costado herido de un arcabuzazo y el otro vulnerado por una flecha- el tipo mestizo del “llanero”, símbolo de la nacionalidad venezolana, como surgió también la orgullosa clase de terratenientes ilustrados, los llamados “mantuanos”, que hicieron la independencia e intentaron, sin conseguirlo del todo, dar un sentido a las abundantes habladas sobre la patria venezolana.

Y en cuanto a la bonhomía de don Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, habría que atreverse a anunciar la hora de las rebajas. Porque, sin quitarle los méritos que pueda tener como hombre de la Ilustración tardía, como soldado valiente, como caudillo afortunado y como varón de vara alta ante el postrado y oferente mujerío de entonces, habilidad viril muy celebrada en la América del Sur, habría que preguntarse al menos: ¿No fue Bolívar quien entregó a Francisco de Miranda, en manos de los realistas a cambio de un pasaporte-salvoconducto que le permitía alejarse del teatro de su traición? ¿No fue Bolívar el que decretó la guerra a muerte contra los españoles y los canarios, en redundante aclaración para que no cupiera duda respecto a que los isleños también debían ser exterminados?

¿No fue Bolívar quien al lanzarse contra la Nueva Granada dispuso que fuesen pasados por las armas los varones mayores de quince años en lo que hoy es el departamento colombiano de Pasto, y las mujeres “dispersadas”, en eufemística e hipócrita mención del porvenir a que se las destinaba, por el único motivo de haberse declarados los pastusos partidarios del Rey, como hicieron millares de hispanoamericanos que tuvieron a bien llamarse a sí mismos “realistas”?

¿No fue Bolívar el insensato admirador de Petión, el tirano negro de Haití que le proporcionaba armas y refugio? ¿No fue Bolívar el político poco avisado que creía a pie juntillas que –después de insinuarles el regalo de Nicaragua y de Panamá- Inglaterra ejercería un poder benéfico y unificador sobre los exdominios españoles? Entonces y ahora, nadie que se las pique de estadista puede permitirse estas ingenuidades, que serían impropias incluso en una novicia de las de antes. ¿O sí?

¿No fue Bolívar el gran pedante que favoreció el culto de hiperdulía que se le rinde todavía, dando al Alto Perú un nuevo nombre –el de Bolivia-, inspirado en su propio apellido?

¿No fue Bolívar el político carente de visión de la realidad que desgarró los grandes virreinatos de la América del Sur hasta reducirlos a despojos provinciales y regionales que alimentaron la ambición de las voraces oligarquías locales surgidas de la guerra fratricida? ¿No fue Bolívar el iluso que quiso unir los dispersos recortes resultantes de aquella rebatiña por medio de una Anfictionía imitada de los antiguos griegos que tendría su comienzo en el congreso de Panamá, pensando acaso que los gestos vacíos bastan para corregir el error, y el horror, de las acciones propias?

¿No fue Bolívar, en fin, el gran vacilante –o quizá vacilador- que tuvo que volverse atrás de todos sus empeños y vino a morir -perseguido y acorralado por los mismos “patriotas” y consumido por la tuberculosis- precisamente en la casa y en el lecho de un español?

Volviendo ahora a Hugo Chaves, hay que recalcar que el Coronel tuvo a su favor el haberse atrevido a dar de varazos al ramaje cargado de guayabas podridas que décadas de democracia corrupta hasta la médula habían dejado sobre Venezuela. La Historia, el clamor popular y su propio atrevimiento pusieron en sus manos la oportunidad y el poder para ejercer un mandato corrector que superara las limitaciones de la llamada “Venezuela saudita” que, salvo el petróleo, lo importaba todo y se alejaba cada vez más del trabajo bien hecho y de la administración sensata y honrada de la cosa pública.

¿Qué realización puede encontrar en el laberinto de los planteamientos chaveanos la enérgica rectificación que, sin destruir lo ya hecho, necesitaba Venezuela? ¿A qué conduce el nativismo de Chaves en un país mestizo como Venezuela? ¿A qué su demagogia ejercitada las 24 horas? ¿A qué su antioccidentalismo nutrido de inculpaciones necias a la España pretérita y a los Estados Unidos de hoy? ¿Comete Chaves respecto a los chinos un error idéntico al de Bolívar con los ingleses de su tiempo? ¿Hasta dónde quiere llegar en su peligrosa rivalidad con Colombia? ¿A dónde le lleva la compra de armamento de guerra para un país que ni siquiera tiene capacidad para fabricar sus propias municiones o reparar los navíos y las aeronaves que ha adquirido de otros países?

En la vecina Curaçao, fragatas holandesas, francesas e inglesas vigilan las aguas territoriales, mientras aviones espías escudriñan desde el aire la potencial amenaza chaveana. Toda esa exhibición no pasa de ser un rito tranquilizador para la población turística y para los neerlandeses que han adquirido allí sus residencias de verano. Más arriba, ya en el ultraespacio, los satélites espías norteamericano llevan a cabo el trabajo de fondo. Las barras y las estrellas hacen su vela de armas en la base de Palmerola, en Honduras. Panamá no es de los norteamericanos pero está a su disposición. Metida en pleno Oceano, dominando las rutas del Atlántico, en la República de Cabo Verde, allí donde el gobierno español mantiene pensionados a un grupo selecto de etarras, el Tío Sam construye un gigantesco puerto para la paz, y, por supuesto, para lo que haga falta. El Coronel Hugo Cháves, sumido en su laberinto, más allá de su ignorancia en Geografía e Historia, desconoce del todo la noción de escala.

jueves, 17 de enero de 2008

Del Rosa al Amarillo

Repaso una noticia del mundo rosa que tiene un rasgo de originalidad: el actor Eddie Murphy se casó con su novia la conocida productora Tracey Edmonds el día de Año Nuevo. La originalidad reside en que la ceremonia se celebró en una pequeña isla que es propiedad de Murphy cerca de Bora Bora, una isla mayor en la Polinesia Francesa. Se me ocurre pensar que, una de dos, al actor le trae al pairo lo del cambio climático con la amenaza de grandes inundaciones costeras e islas tragadas por el mar, o ha estudiado bien el problema llegando a la conclusión de que no lo es tanto como dicen, y que la cacareada amenaza no basta para privar a nadie, y menos a él, del gusto de comprarse una isla que sobresale poco más que un bajío sobre el nivel de la marea alta y llevar allí a su novia y a los invitados a la boda.

En realidad es impresionante eso de escuchar en inglés, que sigue siendo la lengua de los mares, aquello de “Low-lying Pacific atolls have already been evacuated” que formuló Al Gore con eso que ahora se llama asertividad en los manuales de managing. Aunque, la verdad, todo comienza a convertirse en falsedad descomunal cuando se oye el mentís, también en inglés, “There was no evidence of any evacuación having yet happened”, que Al Gore ha recibido de parte de un tribunal inglés.” ¡Que Al Gore no presenta pruebas de que se haya tenido que hacer ninguna evacuación¡

Así que, salvo que lo de “evacuated” haya de ser entendido en su sentido directo y natural de defecación y venga a resultar que la islita en que se casaron Eddie Murphy y su novia Tracey Edmonds sea comparable a una cagadita de mosca sobre el mapa del inmenso Océano Pacífico, allí nadie ha tenido que evacuar ningún atolón.

Hay que convenir que es difícil interpretar la actitud de un artista como Eddie Murphy, porque los de su gremio suelen estar enterados superficialmente de ciertas cosas como el cambio climático o las grandes inversiones financieras.

En cambio, resulta mucho más fácil y productivo juzgar la conducta de grandes personajes del capitalismo mundial. Tal es el caso del emir de Dubai, Mohamed ben Rachid Al-Maktum, un rico jeque del siglo XXI que parece haber salido de las páginas de las Mil y Una Noches.

El emir está construyendo a nivel de las aguas del golfo Pérsico el más impresionante sitio para holganza y placer de los grandes ricos del mundo. En las costas y aguas territoriales de Dubai, uno de los siete pequeños estados miembros de los Emiratos Arabes Unidos, está cobrando nueva vida aquella antigua expresión que hablaba del “lujo oriental.” ¿Quién no conoce la torre-rascacielo en forma de vela enhiesta sobre las aguas? ¿Y la multitud de islitas artificiales que juntas forman el dibujo horizontal de una palmera de varios kilómetros de longitud y cuya figura sólo se discierne desde la altura, como sucede con los misteriosos dibujos del desierto de Nazca, en el Perú? ¿Y la multitud de parcelas edificadas sobre terrenos ganados al mar y que forman un enorme bosquejo del mapamundi, todo para que cada uno de los adquirentes pueda vivir a su gusto en el remedo de continente que le venga en gana y en el habitat medioambiental que se le antoje?

Y si de la península Arábiga pasamos al Extremo Oriente, tenemos que contar con el gigantesco proyecto de isla artificial para el superaeropuerto de Kantai, en la bahía de Osaka, que exigirá una inversión de ocho mil millones de dólares y que será una obra señera en la ingeniería del siglo XXI.

Y, aparte de estos planteamientos grandiosos están los millares de proyectos inmobiliarios y hoteleros de grandes inversionistas de todo el mundo en las costas de México, de las Antillas, de Papusia Nueva Guinea, de Australia y Nueva Zelanda, de Tasmania, de la misma Polinesia francesa antes citada, de la península Indochina, del Adriático, de las islas griegas… Todas las zonas del mundo que lindan con el mar, rivalizan a la hora de promover la construcción de grandes conjuntos hoteleros o de cadenas de albergues “de lujo y de encanto” para esa parte de la sociedad mundial que quiere hacer notar, sobre las mismas aguas, que, en efecto, nada en la opulencia.

Si fuera cierta la amenaza de inundación costera a nivel mundial ¿sería lógico que personas tan avisadas e informadas en asunto de inversiones financieras como el Emir de Dubai, o el gobierno japonés, o las grandes compañías hoteleras del mundo, estuviesen empeñadas en esas obras faraónicas ?

Y si de las grandezas arquitectónicas e ingenieriles del siglo XXI pasamos a la conservación y restauración de las maravillas heredadas de siglos pasados ¿Porqué había de haber -en sectores de los cuales se puede suponer que gozan de información privilegiada- la euforia que hay por las inversiones inmobiliarias en la anegadiza ciudad de Venecia y en el entorno de su laguna, como me ha comentado repetidamente el amigo Assad Baruch?

Como bien se sabe, Venecia es una ciudad a la cual el desarrollismo mussoliniano -que libró a aquella región del atraso y de las fiebres palúdicas- produjo la contrapartida de exponerla a las inundaciones anuales que todos conocen. Y que conste que al referirme a los que ahora quieren invertir o ya están invirtiendo su dinero en Venecia no estoy hablando de pardillos víctimas de la sugestión publicitaria o de las ofertas, a veces más seductoras que veraces, de la Banca, sino de grupos y personajes poderosos y de sobra avisados en materia económica y financiera.

Si se contrasta el miedo inducido en algunos, y la euforia inversionista de otros, surge la sospecha de que algún engaño debe haber en todo esto. Si así no fuese ¿A santo de qué habría que invertir ni siquiera un céntimo para restaurar casas enmohecidas por la humedad y, encima, condenadas a ser cubiertas por las aguas en un plazo de diez años? ¿Acaso los israelíes que quieren restaurar, con habitantes y todo, la antigua judería de la ciudad de los Dogos son personas tontas o imprudentes?

Amigos míos, son demasiadas coincidencias que inducen a ver con máxima precaución el discurso presuntamente ecologista que desaconseja comprar terrenos en la ribera de los mares. A mi todo este tingladillo de simplificaciones me recuerda las mentiras de los fenicios acerca del mar que se extendía más allá de las columnas de Hércules; o las fábulas interesadas de los portugueses acerca de cómo el mar se calentaba hasta llegar a hervir en la medida en que los navegantes se acercaban a la línea de los Trópicos; o los derroteros abstrusos y los nombres cifrados que los navegantes al servicio de la casa ducal de Medina Sidonia empleaban, según un curioso libro de la Duquesa Roja, para ocultar sus viajes ultramarinos con destino a lo zona del golfo de Cumaná con anterioridad a los descubrimientos colombinos. Discursos amarillos, excelentes cuentos metemiedos, instrumentos útiles para mantener alejados a los intrusos de las zonas de explotación más productiva.

¿No estaremos asistiendo ahora a una maniobra parecida? ¿Será sólo un mal pensar?

viernes, 11 de enero de 2008

Glosa Maleva de los Chinos y las Chinas

China es en nuestro romance, sinónimo de piedrecita de cualquier color. De chinitas blancas sembró el sendero Pulgarcito para saber por dónde podían volver él y sus hermanos al hogar paterno. Pero ponerle a alguien chinas en el camino, o en el trabajo, tiene ahora un significado peyorativo: el de crearle dificultades.

Con piedrecitas blancas señalaban los romanos los días faustos: “albo lapille notare diem.” Se conoce que este color significaba mucho para ellos pues de blanco se vestían también los aspirantes a ciertos puestos políticos que por esta razón eran llamados candidatos.

Con la ayuda de chinas o piedrecitas de cualquier color, se decidía, echando a suertes, quién debía cumplir alguna tarea o encargo de esos para los cuales no se suelen presentar voluntarios. Aún circulan en el habla corriente algunas expresiones derivadas de aquella antiquísima costumbre. ¡Me tocó la china! Oí decir a un desamorado nieto a quien le tocaba ir a recoger a los abuelos para un festejo familiar. No dirá eso, el muy boludo, a la hora de cobrar la herencia, en el caso de que estuviese dispuesto a hacer siquiera el esfuerzo de aceptarla. ¡Te tocó la china! es expresión entre compasiva y burlesca que se emplea todavía para referirse a quien le ha correspondido hacerse cargo de alguna tarea engorrosa o inoportuna.

De antaño proviene también el juego de los chinos, aunque en él la palabreja haya pasado del femenino al masculino, anticipándose al bonito juego de los “géneros” establecido por el presidente Rodríguez Zapatero y otros conocidos revolucionarios sin fronteras. En este juego, las piedrecitas han sido sustituidas por monedas fraccionarias, de preferencia las de más baja denominación. Anteayer, quiero decir en mis tiempos de juventud, era frecuente entre estudiantes emplear con este propósito la moneda llamada vulgarmente “perra gorda”, que era la de diez céntimos de peseta. Así se decidía, jugando “a los chinos”, quién tendría que pagar el chato de vino o el café.

De cierta edad para arriba, todo el mundo ha pasado por el rasero de jugarse a los chinos la parva consumición. Que yo recuerde de mis años de la Facultad de Derecho, podían incluirse entre los cultores de este refinado arte el entonces príncipe don Juan Carlos de Borbón, el entonces falangista del Padre Llanos y más tarde lider del partido comunista Nicolás Sartorius Alvarez de las Asturias y Bohórquez, y, en la vecina Facultad de Filosofía y Letras, Pilar Miró, que más tarde sería la gran directora de cine pero que, entonces, era una juvenil y paradójica mezcla de sensibilidad, inteligencia y enigmática timidez.

Creo que el juego de los chinos ha desempeñado un papel importante a la hora de enseñar, por la vía lúdica, los problemas inherentes a la justicia distributiva, que es sin duda, sobre todo para quien parte y reparte, la más molestas de las modalidades en las que se presenta la virtud de dar a cada uno lo suyo. En el juego de los chinos se opera una singular transferencia de responsabilidades que permite atribuir a las veleidades de la Fortuna los desaciertos que puedan producirse en esta delicada materia quedando de cierta forma despersonalizadas las decisiones que, en lugar de achacarse a Mengano o a Zutano o a Fulano, pueden creerse originadas en un destino que como tal resulta siempre ineluctable.

Pero no se detienen aquí los significados rebotes de que es capaz la palabra china. China es el gran país, Chum Kuo, que es el ombligo del mundo. Chinos y chinas, son sus habitantes adultos. Chinitos sus habitantitos varones; y chinitas sus habitantitas hembras, destinadas en cierto porcentaje a la adopción internacional, esa especie de exportación para el reciclaje humano propio del humanitarismo multimodal originado por la globalización. La refinada civilización china no ha dado para más en eso de la consideración de la mujer.

China es, en la América Meridional la criada que se dedica al cuidado de los niños; y chino, según qué países, también el indio o el mestizo. Chinegro es en tierras de allén, el descendiente de chino y de negra o de negro y de china. En Cuba rizan el rizo porque, aparte de designar al individuo originario del gran país asiático, se llama chino al producto del cruce de negro y de mulata o de mulato y negra.

En la América de habla española se conserva también el antiguo término de chinado con la significación de loco, demente. Lo de chinado va porque antaño se suponía que a los locos se les producía un cálculo en la cabeza. Se trataba de la china o piedra de la locura- cuya extracción quirúrgica se ilustra en un conocido cuadro del Bosco que se conserva en el Museo del Prado.

Pasando del terreno del arte al de los objetos útiles, el “chino” de nuestras cocinas es un colador de agujeros finos que primitivamente adoptaba la forma cónica propia de la copa de los sombreros de paja de los campesinos de la china meridional.

La constancia de que la China es el país más poblado de la tierra, mezclada con el conocimiento del tradicional juego de chinos, ha dado por resultado un nuevo envite, esta vez con chinos de la China que sería capaz, según se dice, de hacer recuperar su perdido puesto en Primera división a algún equipo de fútbol que ha decaído a Segunda en esta Tierra del Esplendor. La cuestión del nuevo ascenso está, al parecer, unida a la solución del problema económico: se supone que si se vendiera una camiseta con el logo de la Real o de la Imaginaria a la mitad de los mil doscientos millones de chinos de la China, serían seiscientos millones de camisetas vendidas; y suponiendo que en cada camiseta se ganase medio euro, el beneficio vendría a ser de trescientos millones de euros. Añádase a esto el producto de la venta, a los chinos también, de bufandas, banderines, gorras y otras granjerías como los derechos de transmisión televisiva. ¡Chupado! ¡Chupado! Esto es aritmética elemental que de tan simple merecería recibir el nombre de aritmética para bobos o para neerlandeses.

¿Qué me estoy burlando del noble pueblo de las exclusas, de los polders y de los quesos de bola? No, hombre, no. Más bien hago honor al holandes Henri Deterding que, decidido a ensanchar sus negocio, se le ocurrió vender a los chinos lámparas de keroseno junto con bidoncitos de combustibles. Y los vendió por millones. Lo hacía desde Batavia que entonces era la capital de la colonia holandesa que una vez independizada recibiría el nombre de Indonesia. Ese fue el comienzo de la compañía petrolera que por nostalgia de un antiguo mercader de conchas, Marcus Samuel, socio de Deterding , se llamó y se llama Shell y tiene, por enseña, una venera. Y para que vean que en este pícaro mundo todo comunica con el living, como en la casa aquella de la película “Mon oncle”, este Deterding fue el financiero de Hitler, don Adolf, que en paz descanse ya que tanta guerra dio. Si lo de cada chino con su lámpara y su bidón dio resultado ¿por qué no habría de darlo cada chino con su camiseta? ¡ Está Chupado!¡Chupado!

“Chinos veredes, Sancho amigo, y no lo creyéredes”, pudo decir Don Quijote, pero no lo dijo porque no estaba presente. Y Sancho le hubiera podido contestar, que tampoco lo hizo:“Con lo fácil que en mi pueblo resulta recalificar terrenos” Por supuesto que Sancho estaba pensando en el Toboso.


martes, 8 de enero de 2008

Al Hilo y Ventura de una Vieja Foto

El mes de enero invita a revisar papeles y a deshacerse de los que sobran; ofrece la ocasión, también, de reorganizar los archivos si se quiere que continúen sirviendo para algo. Hay, pues, que armarse de paciencia para dar una batida a fondo en gavetas, y escondrijos; y aprovisionarse de generosa ración de curiosidad para volver sobre lo ya visto y conocido. Pero esta vez aconteció lo imprevisible: descubrí viejas fotografías que hacía tiempo daba por perdidas. Ahora están aquí, de nuevo en mis manos, mostrando la melancólica novedad de las cosas que resucitan del tiempo y del olvido.

Las fotografías no son nunca unos papeles más entre los muchos que llegan a nuestra mesa. Contemplarlas no es ejercicio que se pueda realizar con total impunidad. A su manera las fotos nos hablan, nos interrogan. En cada una de ellas cristaliza un instante del pasado, y cada instante atrapa un ovillo de recuerdos que se juntará a otros ovillos hasta llegar a formar densa madeja. Las fotografías, incluso las más insignificantes, nos resultan, por eso, como si fuesen abrazos en el tiempo; densas de emociones, cargadas de sentimientos, cálidas de vida, llenas de ideas que se asocian unas con otras.

Los jóvenes que en esta fotografía de fin de curso aparecen vestidos con el atuendo que entonces también llevaban los adultos, encorbatados, con americanas de anchas solapas, con sus cabellos bien peinados, con su porte de caballeritos incipientes, fuimos nosotros mismos, los de la promoción del cincuenta y cuatro del Instituto Pedagógico de Varones, en Managua.

Al vernos de nuevo, así, en conjunto, se nota el sentimiento que entonces nos dominaba por encima de todas las diferencias. Queríamos ser adultos. No teníamos la menor duda acerca de eso. No se nos hubiera ocurrido prolongar la adolescencia. Asumíamos la vida con decisión y eso se notaba con sólo vernos. En materia de ornamento exterior, ignorábamos la costumbre, que después sobrevino, del tatuaje y de la perforación de orejas, ombligos y prepucio que hubiéramos juzgado como ajenas a nuestra cultura. ¡Ah! y a diferencia de las oferentes y capullonas bocas masculinas de hoy, podíámos mantener los labios juntos con toda facilidad, en recuerdo de Aquiles.

En la foto aparecemos los muchachos de mayor talla sentados en primer plano. Los demás, por orden de estatura, hasta culminar los más pequeños en la parte de arriba. En un extremo de la fila de los más altos aparece un larguirucho de apellido Malespín. A su derecha, un gigantón inofensivo pero un mucho inclinado a hacer la pelota a los profesores y cuyo apellido, Bravo, completábamos con ironía apodándole Bravoleón. Y ese del tupé y de las gafas “truman”, con el pie derecho adelantado y las manos cuidadosamente recogidas, ¡anda! soy yo. A mi derecha, el silencioso Angulo. A continuación Aranda, Mayorga y el aplicado Paiz; cerrando la hilada, Gurdián cuyos antepasados se habían llamado algún día Guderian, y Federico Fiedler, hijo de alemanes, que por entonces acababa de perder a su padre en un accidente aéreo que por haber muerto en él gente conocida, dio que hablar hasta el punto que el aura popular transformó el descriptivo acrónimo de la compañía Taca –por Transportes Aéreos Centroamericanos- en el mal intencionado Tome Ataud Con Anticipación.

Dábamos entonces a los apellidos tanta importancia como al nombre de pila y, más que a éste, a lo motes o apodos. A Sugrañes, mi primo, le decían El Peludo, por su ibérica hipertricia; a Chendo mi hermano le llamaban El Turco, por su nariz de rapaz, que creíamos muy propia de los antiguos piratas de Levante. A los más cortos de estatura se les llamaba con diminutivos: Lacayito, Bayancito, Mayorguita; o por apelativos que no dejaban lugar a la menor duda sobre su talla: Mini, Chico. Otros apodos había de más cruel condición: Castrillo, El Mono; Espinoza, El Gato; Otero, La Bruja; Laínez, Florete; Santamaría, El Conejo. Álvarez, Iván, el primero de la clase, gozaba de un mote principal inspirado en un rasgo de su físico, El Cabezón; y de otro secundario inspirado por la cochina envidia, El Curro, en la acepción de mimado o preferido. En las filas de atrás, aquél muchachote galán – hubiera sido impropio llamar guapo a un varón- era Salvador Montenegro, apodado con exageración, El Gordo. Recuerdo que su madre era una dama con apellido de Bilbao: Mayona. El Gordo Montenegro y su primo Mario Montenegro, apodado El Flaco, pertenecían a una familia de políticos del partido liberal. En la fila inmediata a la mía aparece mi buen amigo John May al que apodaban El Yankee pese a ser tan nacional como cualquiera de los otros. E incluso más, pues su primer antepasado en el país había llegado de Inglaterra a consecuencia del Tratado de Utrecht, como agente de la Compañía del Asiento y consignatario de mercancías del llamado Navío de Permiso que Felipe V tuvo que autorizar.

Todos éramos mestizos de indio y de blanco, ya por el fenotipo, ya por la sangre, ya por la cultura, o por todas estas cosas juntas. Un solo apellido indio había en la clase, el de Ochomogo. Y Correspondía a un muchacho de rasgos nórdicos descendiente de un europeo reclutado por los filibusteros entre los desprevenidos pasajeros de los vapores de la Compañía del Tránsito, fundada por el Comodoro Vanderbilt, a mediados del siglo XIX. Hecho prisionero por las tropas del general Martínez acampadas a orillas del río Ochomogo, el muchacho había sido exceptuado del fusilamiento en atención a su edad. El chico, feliz por conservar el pellejo, optó por apellidarse de allí en adelante con el nombre del río y del campamento en donde había escapado de la muerte. Y aquí estaba, con sus ojos azules y en la tercera fila de la foto de fin de curso, Edmundo Ochomogo, el producto más joven de aquella aventura añeja.

¿Qué son asuntos meramente particulares? Claro que sí. Pero, en estos tiempos de globalización niveladora la historia menuda, la de los individuos y la de las familias, cobra importancia. No hay razón para despreciarla. Las naciones, las castas, las clases de siempre se van desdibujando. Ateniéndonos a las distancias cortas, observamos cómo los españoles van siendo empujados a sentirse cada vez más extraños los unos de los otros. No es todavía el odio, pero es su antesala inmediata: la desafección.

Sin embargo, la Historia grande, la que cada partido querría manipular a su gusto, la que a través de siglos de andadura han hecho en común los españoles, cae encima de todos de forma inesperada. No se trata ya de conmemoraciones subvencionadas; ni de la presencia de transterrados como yo, ni escasos de medios ni parvos de cultura; se trata de la Historia hecha vidas humildes en la multitud de inmigrantes provenientes de ese continente huérfano que anteayer todavía se solía llamar Hispanoamérica, personas pobres cuyo número aumenta día a día por el desorden, la ineptitud y la injusticia de los taifas de allén y que aquí se acumulan por el descuido y el poco aviso de los casi-taifas de aquén. El mestizaje de Isabel de Castilla, el de los Austrias y el de los primeros Borbones circula en nuestras calles, frecuenta nuestros hogares en calidad de sirviente, sube a los andamios como albañil, cuida a nuestra población anciana, se alista en filas como soldado formando en ocasiones el único núcleo de hombres que conocen de veras el fuego real, pues antes han hecho la guerra en sus países. Las ufanías autonómicas, avezadas en el desprecio mutuo y en la polémica airada con el vecino, están siendo rebasadas por situaciones demográficas y sociales por entero nuevas.

Bueno, dejemos la cosa aquí. Ya os había dicho que contemplar fotografías viejas no deja a nadie en la impunidad. Alrededor de cada foto se hilvana una madeja espesa de recuerdos y de evocaciones; seguirlos nos ha llevado, en apariencia, muy lejos. Sí, en efecto. Sólo era una vieja foto de fin de curso.