Chaves contrapone la bonhomía de Bolívar a la crueldad de los siempre sanguinarios españoles, cuyas tiranías y abusos se permite prolongar nada menos que por 500 años.
A mi esas cuentas y esas inculpaciones no me salen. Y no sólo porque allí anduvieron también los alemanes que trabajaban a cuenta de los banqueros Welser, sino porque, desde agosto de 1599, año y mes en que termina la expedición de Ojeda, y el mes de julio de 1811, año en que se proclama la Independencia respecto a la Corona Española, transcurren sólo 211 años y once meses, no todos los cuales pueden calificarse como de explotación y oprobio.
En el transcurso de esas dos centurias y pico se hizo posible explorar y cartografiar el territorio, fundar ciudades y escuelas, organizar política y administrativamente una extensa región del tamaño de Francia y de Italia juntas, darle a aquella “terra incognita” un nombre derivado del de Venecia, ennobleciendo así los míseros palafitos que los indígenas construían sobre las aguas. En ese período se consiguió también incorporar aquella “Venecia chiquita” a la Historia Universal, comunicarla con el resto del continente bajo una misma bandera y un mismo idioma, y enlazarla comercialmente con la Metrópoli por medio de los barcos de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, que movilizó por primera vez riquezas que permanecían intocadas.
En ese lapso de tiempo, al lado de lo conseguido en el ámbito material, surgió –diríase que con un costado herido de un arcabuzazo y el otro vulnerado por una flecha- el tipo mestizo del “llanero”, símbolo de la nacionalidad venezolana, como surgió también la orgullosa clase de terratenientes ilustrados, los llamados “mantuanos”, que hicieron la independencia e intentaron, sin conseguirlo del todo, dar un sentido a las abundantes habladas sobre la patria venezolana.
Y en cuanto a la bonhomía de don Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, habría que atreverse a anunciar la hora de las rebajas. Porque, sin quitarle los méritos que pueda tener como hombre de la Ilustración tardía, como soldado valiente, como caudillo afortunado y como varón de vara alta ante el postrado y oferente mujerío de entonces, habilidad viril muy celebrada en la América del Sur, habría que preguntarse al menos: ¿No fue Bolívar quien entregó a Francisco de Miranda, en manos de los realistas a cambio de un pasaporte-salvoconducto que le permitía alejarse del teatro de su traición? ¿No fue Bolívar el que decretó la guerra a muerte contra los españoles y los canarios, en redundante aclaración para que no cupiera duda respecto a que los isleños también debían ser exterminados?
¿No fue Bolívar quien al lanzarse contra la Nueva Granada dispuso que fuesen pasados por las armas los varones mayores de quince años en lo que hoy es el departamento colombiano de Pasto, y las mujeres “dispersadas”, en eufemística e hipócrita mención del porvenir a que se las destinaba, por el único motivo de haberse declarados los pastusos partidarios del Rey, como hicieron millares de hispanoamericanos que tuvieron a bien llamarse a sí mismos “realistas”?
¿No fue Bolívar el insensato admirador de Petión, el tirano negro de Haití que le proporcionaba armas y refugio? ¿No fue Bolívar el político poco avisado que creía a pie juntillas que –después de insinuarles el regalo de Nicaragua y de Panamá- Inglaterra ejercería un poder benéfico y unificador sobre los exdominios españoles? Entonces y ahora, nadie que se las pique de estadista puede permitirse estas ingenuidades, que serían impropias incluso en una novicia de las de antes. ¿O sí?
¿No fue Bolívar el gran pedante que favoreció el culto de hiperdulía que se le rinde todavía, dando al Alto Perú un nuevo nombre –el de Bolivia-, inspirado en su propio apellido?
¿No fue Bolívar el político carente de visión de la realidad que desgarró los grandes virreinatos de la América del Sur hasta reducirlos a despojos provinciales y regionales que alimentaron la ambición de las voraces oligarquías locales surgidas de la guerra fratricida? ¿No fue Bolívar el iluso que quiso unir los dispersos recortes resultantes de aquella rebatiña por medio de una Anfictionía imitada de los antiguos griegos que tendría su comienzo en el congreso de Panamá, pensando acaso que los gestos vacíos bastan para corregir el error, y el horror, de las acciones propias?
¿No fue Bolívar, en fin, el gran vacilante –o quizá vacilador- que tuvo que volverse atrás de todos sus empeños y vino a morir -perseguido y acorralado por los mismos “patriotas” y consumido por la tuberculosis- precisamente en la casa y en el lecho de un español?
Volviendo ahora a Hugo Chaves, hay que recalcar que el Coronel tuvo a su favor el haberse atrevido a dar de varazos al ramaje cargado de guayabas podridas que décadas de democracia corrupta hasta la médula habían dejado sobre Venezuela. La Historia, el clamor popular y su propio atrevimiento pusieron en sus manos la oportunidad y el poder para ejercer un mandato corrector que superara las limitaciones de la llamada “Venezuela saudita” que, salvo el petróleo, lo importaba todo y se alejaba cada vez más del trabajo bien hecho y de la administración sensata y honrada de la cosa pública.
¿Qué realización puede encontrar en el laberinto de los planteamientos chaveanos la enérgica rectificación que, sin destruir lo ya hecho, necesitaba Venezuela? ¿A qué conduce el nativismo de Chaves en un país mestizo como Venezuela? ¿A qué su demagogia ejercitada las 24 horas? ¿A qué su antioccidentalismo nutrido de inculpaciones necias a la España pretérita y a los Estados Unidos de hoy? ¿Comete Chaves respecto a los chinos un error idéntico al de Bolívar con los ingleses de su tiempo? ¿Hasta dónde quiere llegar en su peligrosa rivalidad con Colombia? ¿A dónde le lleva la compra de armamento de guerra para un país que ni siquiera tiene capacidad para fabricar sus propias municiones o reparar los navíos y las aeronaves que ha adquirido de otros países?
En la vecina Curaçao, fragatas holandesas, francesas e inglesas vigilan las aguas territoriales, mientras aviones espías escudriñan desde el aire la potencial amenaza chaveana. Toda esa exhibición no pasa de ser un rito tranquilizador para la población turística y para los neerlandeses que han adquirido allí sus residencias de verano. Más arriba, ya en el ultraespacio, los satélites espías norteamericano llevan a cabo el trabajo de fondo. Las barras y las estrellas hacen su vela de armas en la base de Palmerola, en Honduras. Panamá no es de los norteamericanos pero está a su disposición. Metida en pleno Oceano, dominando las rutas del Atlántico, en la República de Cabo Verde, allí donde el gobierno español mantiene pensionados a un grupo selecto de etarras, el Tío Sam construye un gigantesco puerto para la paz, y, por supuesto, para lo que haga falta. El Coronel Hugo Cháves, sumido en su laberinto, más allá de su ignorancia en Geografía e Historia, desconoce del todo la noción de escala.
A mi esas cuentas y esas inculpaciones no me salen. Y no sólo porque allí anduvieron también los alemanes que trabajaban a cuenta de los banqueros Welser, sino porque, desde agosto de 1599, año y mes en que termina la expedición de Ojeda, y el mes de julio de 1811, año en que se proclama la Independencia respecto a la Corona Española, transcurren sólo 211 años y once meses, no todos los cuales pueden calificarse como de explotación y oprobio.
En el transcurso de esas dos centurias y pico se hizo posible explorar y cartografiar el territorio, fundar ciudades y escuelas, organizar política y administrativamente una extensa región del tamaño de Francia y de Italia juntas, darle a aquella “terra incognita” un nombre derivado del de Venecia, ennobleciendo así los míseros palafitos que los indígenas construían sobre las aguas. En ese período se consiguió también incorporar aquella “Venecia chiquita” a la Historia Universal, comunicarla con el resto del continente bajo una misma bandera y un mismo idioma, y enlazarla comercialmente con la Metrópoli por medio de los barcos de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, que movilizó por primera vez riquezas que permanecían intocadas.
En ese lapso de tiempo, al lado de lo conseguido en el ámbito material, surgió –diríase que con un costado herido de un arcabuzazo y el otro vulnerado por una flecha- el tipo mestizo del “llanero”, símbolo de la nacionalidad venezolana, como surgió también la orgullosa clase de terratenientes ilustrados, los llamados “mantuanos”, que hicieron la independencia e intentaron, sin conseguirlo del todo, dar un sentido a las abundantes habladas sobre la patria venezolana.
Y en cuanto a la bonhomía de don Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, habría que atreverse a anunciar la hora de las rebajas. Porque, sin quitarle los méritos que pueda tener como hombre de la Ilustración tardía, como soldado valiente, como caudillo afortunado y como varón de vara alta ante el postrado y oferente mujerío de entonces, habilidad viril muy celebrada en la América del Sur, habría que preguntarse al menos: ¿No fue Bolívar quien entregó a Francisco de Miranda, en manos de los realistas a cambio de un pasaporte-salvoconducto que le permitía alejarse del teatro de su traición? ¿No fue Bolívar el que decretó la guerra a muerte contra los españoles y los canarios, en redundante aclaración para que no cupiera duda respecto a que los isleños también debían ser exterminados?
¿No fue Bolívar quien al lanzarse contra la Nueva Granada dispuso que fuesen pasados por las armas los varones mayores de quince años en lo que hoy es el departamento colombiano de Pasto, y las mujeres “dispersadas”, en eufemística e hipócrita mención del porvenir a que se las destinaba, por el único motivo de haberse declarados los pastusos partidarios del Rey, como hicieron millares de hispanoamericanos que tuvieron a bien llamarse a sí mismos “realistas”?
¿No fue Bolívar el insensato admirador de Petión, el tirano negro de Haití que le proporcionaba armas y refugio? ¿No fue Bolívar el político poco avisado que creía a pie juntillas que –después de insinuarles el regalo de Nicaragua y de Panamá- Inglaterra ejercería un poder benéfico y unificador sobre los exdominios españoles? Entonces y ahora, nadie que se las pique de estadista puede permitirse estas ingenuidades, que serían impropias incluso en una novicia de las de antes. ¿O sí?
¿No fue Bolívar el gran pedante que favoreció el culto de hiperdulía que se le rinde todavía, dando al Alto Perú un nuevo nombre –el de Bolivia-, inspirado en su propio apellido?
¿No fue Bolívar el político carente de visión de la realidad que desgarró los grandes virreinatos de la América del Sur hasta reducirlos a despojos provinciales y regionales que alimentaron la ambición de las voraces oligarquías locales surgidas de la guerra fratricida? ¿No fue Bolívar el iluso que quiso unir los dispersos recortes resultantes de aquella rebatiña por medio de una Anfictionía imitada de los antiguos griegos que tendría su comienzo en el congreso de Panamá, pensando acaso que los gestos vacíos bastan para corregir el error, y el horror, de las acciones propias?
¿No fue Bolívar, en fin, el gran vacilante –o quizá vacilador- que tuvo que volverse atrás de todos sus empeños y vino a morir -perseguido y acorralado por los mismos “patriotas” y consumido por la tuberculosis- precisamente en la casa y en el lecho de un español?
Volviendo ahora a Hugo Chaves, hay que recalcar que el Coronel tuvo a su favor el haberse atrevido a dar de varazos al ramaje cargado de guayabas podridas que décadas de democracia corrupta hasta la médula habían dejado sobre Venezuela. La Historia, el clamor popular y su propio atrevimiento pusieron en sus manos la oportunidad y el poder para ejercer un mandato corrector que superara las limitaciones de la llamada “Venezuela saudita” que, salvo el petróleo, lo importaba todo y se alejaba cada vez más del trabajo bien hecho y de la administración sensata y honrada de la cosa pública.
¿Qué realización puede encontrar en el laberinto de los planteamientos chaveanos la enérgica rectificación que, sin destruir lo ya hecho, necesitaba Venezuela? ¿A qué conduce el nativismo de Chaves en un país mestizo como Venezuela? ¿A qué su demagogia ejercitada las 24 horas? ¿A qué su antioccidentalismo nutrido de inculpaciones necias a la España pretérita y a los Estados Unidos de hoy? ¿Comete Chaves respecto a los chinos un error idéntico al de Bolívar con los ingleses de su tiempo? ¿Hasta dónde quiere llegar en su peligrosa rivalidad con Colombia? ¿A dónde le lleva la compra de armamento de guerra para un país que ni siquiera tiene capacidad para fabricar sus propias municiones o reparar los navíos y las aeronaves que ha adquirido de otros países?
En la vecina Curaçao, fragatas holandesas, francesas e inglesas vigilan las aguas territoriales, mientras aviones espías escudriñan desde el aire la potencial amenaza chaveana. Toda esa exhibición no pasa de ser un rito tranquilizador para la población turística y para los neerlandeses que han adquirido allí sus residencias de verano. Más arriba, ya en el ultraespacio, los satélites espías norteamericano llevan a cabo el trabajo de fondo. Las barras y las estrellas hacen su vela de armas en la base de Palmerola, en Honduras. Panamá no es de los norteamericanos pero está a su disposición. Metida en pleno Oceano, dominando las rutas del Atlántico, en la República de Cabo Verde, allí donde el gobierno español mantiene pensionados a un grupo selecto de etarras, el Tío Sam construye un gigantesco puerto para la paz, y, por supuesto, para lo que haga falta. El Coronel Hugo Cháves, sumido en su laberinto, más allá de su ignorancia en Geografía e Historia, desconoce del todo la noción de escala.
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