El mes de enero invita a revisar papeles y a deshacerse de los que sobran; ofrece la ocasión, también, de reorganizar los archivos si se quiere que continúen sirviendo para algo. Hay, pues, que armarse de paciencia para dar una batida a fondo en gavetas, y escondrijos; y aprovisionarse de generosa ración de curiosidad para volver sobre lo ya visto y conocido. Pero esta vez aconteció lo imprevisible: descubrí viejas fotografías que hacía tiempo daba por perdidas. Ahora están aquí, de nuevo en mis manos, mostrando la melancólica novedad de las cosas que resucitan del tiempo y del olvido.
Las fotografías no son nunca unos papeles más entre los muchos que llegan a nuestra mesa. Contemplarlas no es ejercicio que se pueda realizar con total impunidad. A su manera las fotos nos hablan, nos interrogan. En cada una de ellas cristaliza un instante del pasado, y cada instante atrapa un ovillo de recuerdos que se juntará a otros ovillos hasta llegar a formar densa madeja. Las fotografías, incluso las más insignificantes, nos resultan, por eso, como si fuesen abrazos en el tiempo; densas de emociones, cargadas de sentimientos, cálidas de vida, llenas de ideas que se asocian unas con otras.
Los jóvenes que en esta fotografía de fin de curso aparecen vestidos con el atuendo que entonces también llevaban los adultos, encorbatados, con americanas de anchas solapas, con sus cabellos bien peinados, con su porte de caballeritos incipientes, fuimos nosotros mismos, los de la promoción del cincuenta y cuatro del Instituto Pedagógico de Varones, en Managua.
Al vernos de nuevo, así, en conjunto, se nota el sentimiento que entonces nos dominaba por encima de todas las diferencias. Queríamos ser adultos. No teníamos la menor duda acerca de eso. No se nos hubiera ocurrido prolongar la adolescencia. Asumíamos la vida con decisión y eso se notaba con sólo vernos. En materia de ornamento exterior, ignorábamos la costumbre, que después sobrevino, del tatuaje y de la perforación de orejas, ombligos y prepucio que hubiéramos juzgado como ajenas a nuestra cultura. ¡Ah! y a diferencia de las oferentes y capullonas bocas masculinas de hoy, podíámos mantener los labios juntos con toda facilidad, en recuerdo de Aquiles.
En la foto aparecemos los muchachos de mayor talla sentados en primer plano. Los demás, por orden de estatura, hasta culminar los más pequeños en la parte de arriba. En un extremo de la fila de los más altos aparece un larguirucho de apellido Malespín. A su derecha, un gigantón inofensivo pero un mucho inclinado a hacer la pelota a los profesores y cuyo apellido, Bravo, completábamos con ironía apodándole Bravoleón. Y ese del tupé y de las gafas “truman”, con el pie derecho adelantado y las manos cuidadosamente recogidas, ¡anda! soy yo. A mi derecha, el silencioso Angulo. A continuación Aranda, Mayorga y el aplicado Paiz; cerrando la hilada, Gurdián cuyos antepasados se habían llamado algún día Guderian, y Federico Fiedler, hijo de alemanes, que por entonces acababa de perder a su padre en un accidente aéreo que por haber muerto en él gente conocida, dio que hablar hasta el punto que el aura popular transformó el descriptivo acrónimo de la compañía Taca –por Transportes Aéreos Centroamericanos- en el mal intencionado Tome Ataud Con Anticipación.
Dábamos entonces a los apellidos tanta importancia como al nombre de pila y, más que a éste, a lo motes o apodos. A Sugrañes, mi primo, le decían El Peludo, por su ibérica hipertricia; a Chendo mi hermano le llamaban El Turco, por su nariz de rapaz, que creíamos muy propia de los antiguos piratas de Levante. A los más cortos de estatura se les llamaba con diminutivos: Lacayito, Bayancito, Mayorguita; o por apelativos que no dejaban lugar a la menor duda sobre su talla: Mini, Chico. Otros apodos había de más cruel condición: Castrillo, El Mono; Espinoza, El Gato; Otero, La Bruja; Laínez, Florete; Santamaría, El Conejo. Álvarez, Iván, el primero de la clase, gozaba de un mote principal inspirado en un rasgo de su físico, El Cabezón; y de otro secundario inspirado por la cochina envidia, El Curro, en la acepción de mimado o preferido. En las filas de atrás, aquél muchachote galán – hubiera sido impropio llamar guapo a un varón- era Salvador Montenegro, apodado con exageración, El Gordo. Recuerdo que su madre era una dama con apellido de Bilbao: Mayona. El Gordo Montenegro y su primo Mario Montenegro, apodado El Flaco, pertenecían a una familia de políticos del partido liberal. En la fila inmediata a la mía aparece mi buen amigo John May al que apodaban El Yankee pese a ser tan nacional como cualquiera de los otros. E incluso más, pues su primer antepasado en el país había llegado de Inglaterra a consecuencia del Tratado de Utrecht, como agente de la Compañía del Asiento y consignatario de mercancías del llamado Navío de Permiso que Felipe V tuvo que autorizar.
Todos éramos mestizos de indio y de blanco, ya por el fenotipo, ya por la sangre, ya por la cultura, o por todas estas cosas juntas. Un solo apellido indio había en la clase, el de Ochomogo. Y Correspondía a un muchacho de rasgos nórdicos descendiente de un europeo reclutado por los filibusteros entre los desprevenidos pasajeros de los vapores de la Compañía del Tránsito, fundada por el Comodoro Vanderbilt, a mediados del siglo XIX. Hecho prisionero por las tropas del general Martínez acampadas a orillas del río Ochomogo, el muchacho había sido exceptuado del fusilamiento en atención a su edad. El chico, feliz por conservar el pellejo, optó por apellidarse de allí en adelante con el nombre del río y del campamento en donde había escapado de la muerte. Y aquí estaba, con sus ojos azules y en la tercera fila de la foto de fin de curso, Edmundo Ochomogo, el producto más joven de aquella aventura añeja.
¿Qué son asuntos meramente particulares? Claro que sí. Pero, en estos tiempos de globalización niveladora la historia menuda, la de los individuos y la de las familias, cobra importancia. No hay razón para despreciarla. Las naciones, las castas, las clases de siempre se van desdibujando. Ateniéndonos a las distancias cortas, observamos cómo los españoles van siendo empujados a sentirse cada vez más extraños los unos de los otros. No es todavía el odio, pero es su antesala inmediata: la desafección.
Sin embargo, la Historia grande, la que cada partido querría manipular a su gusto, la que a través de siglos de andadura han hecho en común los españoles, cae encima de todos de forma inesperada. No se trata ya de conmemoraciones subvencionadas; ni de la presencia de transterrados como yo, ni escasos de medios ni parvos de cultura; se trata de la Historia hecha vidas humildes en la multitud de inmigrantes provenientes de ese continente huérfano que anteayer todavía se solía llamar Hispanoamérica, personas pobres cuyo número aumenta día a día por el desorden, la ineptitud y la injusticia de los taifas de allén y que aquí se acumulan por el descuido y el poco aviso de los casi-taifas de aquén. El mestizaje de Isabel de Castilla, el de los Austrias y el de los primeros Borbones circula en nuestras calles, frecuenta nuestros hogares en calidad de sirviente, sube a los andamios como albañil, cuida a nuestra población anciana, se alista en filas como soldado formando en ocasiones el único núcleo de hombres que conocen de veras el fuego real, pues antes han hecho la guerra en sus países. Las ufanías autonómicas, avezadas en el desprecio mutuo y en la polémica airada con el vecino, están siendo rebasadas por situaciones demográficas y sociales por entero nuevas.
Bueno, dejemos la cosa aquí. Ya os había dicho que contemplar fotografías viejas no deja a nadie en la impunidad. Alrededor de cada foto se hilvana una madeja espesa de recuerdos y de evocaciones; seguirlos nos ha llevado, en apariencia, muy lejos. Sí, en efecto. Sólo era una vieja foto de fin de curso.
Las fotografías no son nunca unos papeles más entre los muchos que llegan a nuestra mesa. Contemplarlas no es ejercicio que se pueda realizar con total impunidad. A su manera las fotos nos hablan, nos interrogan. En cada una de ellas cristaliza un instante del pasado, y cada instante atrapa un ovillo de recuerdos que se juntará a otros ovillos hasta llegar a formar densa madeja. Las fotografías, incluso las más insignificantes, nos resultan, por eso, como si fuesen abrazos en el tiempo; densas de emociones, cargadas de sentimientos, cálidas de vida, llenas de ideas que se asocian unas con otras.
Los jóvenes que en esta fotografía de fin de curso aparecen vestidos con el atuendo que entonces también llevaban los adultos, encorbatados, con americanas de anchas solapas, con sus cabellos bien peinados, con su porte de caballeritos incipientes, fuimos nosotros mismos, los de la promoción del cincuenta y cuatro del Instituto Pedagógico de Varones, en Managua.
Al vernos de nuevo, así, en conjunto, se nota el sentimiento que entonces nos dominaba por encima de todas las diferencias. Queríamos ser adultos. No teníamos la menor duda acerca de eso. No se nos hubiera ocurrido prolongar la adolescencia. Asumíamos la vida con decisión y eso se notaba con sólo vernos. En materia de ornamento exterior, ignorábamos la costumbre, que después sobrevino, del tatuaje y de la perforación de orejas, ombligos y prepucio que hubiéramos juzgado como ajenas a nuestra cultura. ¡Ah! y a diferencia de las oferentes y capullonas bocas masculinas de hoy, podíámos mantener los labios juntos con toda facilidad, en recuerdo de Aquiles.
En la foto aparecemos los muchachos de mayor talla sentados en primer plano. Los demás, por orden de estatura, hasta culminar los más pequeños en la parte de arriba. En un extremo de la fila de los más altos aparece un larguirucho de apellido Malespín. A su derecha, un gigantón inofensivo pero un mucho inclinado a hacer la pelota a los profesores y cuyo apellido, Bravo, completábamos con ironía apodándole Bravoleón. Y ese del tupé y de las gafas “truman”, con el pie derecho adelantado y las manos cuidadosamente recogidas, ¡anda! soy yo. A mi derecha, el silencioso Angulo. A continuación Aranda, Mayorga y el aplicado Paiz; cerrando la hilada, Gurdián cuyos antepasados se habían llamado algún día Guderian, y Federico Fiedler, hijo de alemanes, que por entonces acababa de perder a su padre en un accidente aéreo que por haber muerto en él gente conocida, dio que hablar hasta el punto que el aura popular transformó el descriptivo acrónimo de la compañía Taca –por Transportes Aéreos Centroamericanos- en el mal intencionado Tome Ataud Con Anticipación.
Dábamos entonces a los apellidos tanta importancia como al nombre de pila y, más que a éste, a lo motes o apodos. A Sugrañes, mi primo, le decían El Peludo, por su ibérica hipertricia; a Chendo mi hermano le llamaban El Turco, por su nariz de rapaz, que creíamos muy propia de los antiguos piratas de Levante. A los más cortos de estatura se les llamaba con diminutivos: Lacayito, Bayancito, Mayorguita; o por apelativos que no dejaban lugar a la menor duda sobre su talla: Mini, Chico. Otros apodos había de más cruel condición: Castrillo, El Mono; Espinoza, El Gato; Otero, La Bruja; Laínez, Florete; Santamaría, El Conejo. Álvarez, Iván, el primero de la clase, gozaba de un mote principal inspirado en un rasgo de su físico, El Cabezón; y de otro secundario inspirado por la cochina envidia, El Curro, en la acepción de mimado o preferido. En las filas de atrás, aquél muchachote galán – hubiera sido impropio llamar guapo a un varón- era Salvador Montenegro, apodado con exageración, El Gordo. Recuerdo que su madre era una dama con apellido de Bilbao: Mayona. El Gordo Montenegro y su primo Mario Montenegro, apodado El Flaco, pertenecían a una familia de políticos del partido liberal. En la fila inmediata a la mía aparece mi buen amigo John May al que apodaban El Yankee pese a ser tan nacional como cualquiera de los otros. E incluso más, pues su primer antepasado en el país había llegado de Inglaterra a consecuencia del Tratado de Utrecht, como agente de la Compañía del Asiento y consignatario de mercancías del llamado Navío de Permiso que Felipe V tuvo que autorizar.
Todos éramos mestizos de indio y de blanco, ya por el fenotipo, ya por la sangre, ya por la cultura, o por todas estas cosas juntas. Un solo apellido indio había en la clase, el de Ochomogo. Y Correspondía a un muchacho de rasgos nórdicos descendiente de un europeo reclutado por los filibusteros entre los desprevenidos pasajeros de los vapores de la Compañía del Tránsito, fundada por el Comodoro Vanderbilt, a mediados del siglo XIX. Hecho prisionero por las tropas del general Martínez acampadas a orillas del río Ochomogo, el muchacho había sido exceptuado del fusilamiento en atención a su edad. El chico, feliz por conservar el pellejo, optó por apellidarse de allí en adelante con el nombre del río y del campamento en donde había escapado de la muerte. Y aquí estaba, con sus ojos azules y en la tercera fila de la foto de fin de curso, Edmundo Ochomogo, el producto más joven de aquella aventura añeja.
¿Qué son asuntos meramente particulares? Claro que sí. Pero, en estos tiempos de globalización niveladora la historia menuda, la de los individuos y la de las familias, cobra importancia. No hay razón para despreciarla. Las naciones, las castas, las clases de siempre se van desdibujando. Ateniéndonos a las distancias cortas, observamos cómo los españoles van siendo empujados a sentirse cada vez más extraños los unos de los otros. No es todavía el odio, pero es su antesala inmediata: la desafección.
Sin embargo, la Historia grande, la que cada partido querría manipular a su gusto, la que a través de siglos de andadura han hecho en común los españoles, cae encima de todos de forma inesperada. No se trata ya de conmemoraciones subvencionadas; ni de la presencia de transterrados como yo, ni escasos de medios ni parvos de cultura; se trata de la Historia hecha vidas humildes en la multitud de inmigrantes provenientes de ese continente huérfano que anteayer todavía se solía llamar Hispanoamérica, personas pobres cuyo número aumenta día a día por el desorden, la ineptitud y la injusticia de los taifas de allén y que aquí se acumulan por el descuido y el poco aviso de los casi-taifas de aquén. El mestizaje de Isabel de Castilla, el de los Austrias y el de los primeros Borbones circula en nuestras calles, frecuenta nuestros hogares en calidad de sirviente, sube a los andamios como albañil, cuida a nuestra población anciana, se alista en filas como soldado formando en ocasiones el único núcleo de hombres que conocen de veras el fuego real, pues antes han hecho la guerra en sus países. Las ufanías autonómicas, avezadas en el desprecio mutuo y en la polémica airada con el vecino, están siendo rebasadas por situaciones demográficas y sociales por entero nuevas.
Bueno, dejemos la cosa aquí. Ya os había dicho que contemplar fotografías viejas no deja a nadie en la impunidad. Alrededor de cada foto se hilvana una madeja espesa de recuerdos y de evocaciones; seguirlos nos ha llevado, en apariencia, muy lejos. Sí, en efecto. Sólo era una vieja foto de fin de curso.
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