Repaso una noticia del mundo rosa que tiene un rasgo de originalidad: el actor Eddie Murphy se casó con su novia la conocida productora Tracey Edmonds el día de Año Nuevo. La originalidad reside en que la ceremonia se celebró en una pequeña isla que es propiedad de Murphy cerca de Bora Bora, una isla mayor en la Polinesia Francesa. Se me ocurre pensar que, una de dos, al actor le trae al pairo lo del cambio climático con la amenaza de grandes inundaciones costeras e islas tragadas por el mar, o ha estudiado bien el problema llegando a la conclusión de que no lo es tanto como dicen, y que la cacareada amenaza no basta para privar a nadie, y menos a él, del gusto de comprarse una isla que sobresale poco más que un bajío sobre el nivel de la marea alta y llevar allí a su novia y a los invitados a la boda.
En realidad es impresionante eso de escuchar en inglés, que sigue siendo la lengua de los mares, aquello de “Low-lying Pacific atolls have already been evacuated” que formuló Al Gore con eso que ahora se llama asertividad en los manuales de managing. Aunque, la verdad, todo comienza a convertirse en falsedad descomunal cuando se oye el mentís, también en inglés, “There was no evidence of any evacuación having yet happened”, que Al Gore ha recibido de parte de un tribunal inglés.” ¡Que Al Gore no presenta pruebas de que se haya tenido que hacer ninguna evacuación¡
Así que, salvo que lo de “evacuated” haya de ser entendido en su sentido directo y natural de defecación y venga a resultar que la islita en que se casaron Eddie Murphy y su novia Tracey Edmonds sea comparable a una cagadita de mosca sobre el mapa del inmenso Océano Pacífico, allí nadie ha tenido que evacuar ningún atolón.
Hay que convenir que es difícil interpretar la actitud de un artista como Eddie Murphy, porque los de su gremio suelen estar enterados superficialmente de ciertas cosas como el cambio climático o las grandes inversiones financieras.
En cambio, resulta mucho más fácil y productivo juzgar la conducta de grandes personajes del capitalismo mundial. Tal es el caso del emir de Dubai, Mohamed ben Rachid Al-Maktum, un rico jeque del siglo XXI que parece haber salido de las páginas de las Mil y Una Noches.
El emir está construyendo a nivel de las aguas del golfo Pérsico el más impresionante sitio para holganza y placer de los grandes ricos del mundo. En las costas y aguas territoriales de Dubai, uno de los siete pequeños estados miembros de los Emiratos Arabes Unidos, está cobrando nueva vida aquella antigua expresión que hablaba del “lujo oriental.” ¿Quién no conoce la torre-rascacielo en forma de vela enhiesta sobre las aguas? ¿Y la multitud de islitas artificiales que juntas forman el dibujo horizontal de una palmera de varios kilómetros de longitud y cuya figura sólo se discierne desde la altura, como sucede con los misteriosos dibujos del desierto de Nazca, en el Perú? ¿Y la multitud de parcelas edificadas sobre terrenos ganados al mar y que forman un enorme bosquejo del mapamundi, todo para que cada uno de los adquirentes pueda vivir a su gusto en el remedo de continente que le venga en gana y en el habitat medioambiental que se le antoje?
Y si de la península Arábiga pasamos al Extremo Oriente, tenemos que contar con el gigantesco proyecto de isla artificial para el superaeropuerto de Kantai, en la bahía de Osaka, que exigirá una inversión de ocho mil millones de dólares y que será una obra señera en la ingeniería del siglo XXI.
Y, aparte de estos planteamientos grandiosos están los millares de proyectos inmobiliarios y hoteleros de grandes inversionistas de todo el mundo en las costas de México, de las Antillas, de Papusia Nueva Guinea, de Australia y Nueva Zelanda, de Tasmania, de la misma Polinesia francesa antes citada, de la península Indochina, del Adriático, de las islas griegas… Todas las zonas del mundo que lindan con el mar, rivalizan a la hora de promover la construcción de grandes conjuntos hoteleros o de cadenas de albergues “de lujo y de encanto” para esa parte de la sociedad mundial que quiere hacer notar, sobre las mismas aguas, que, en efecto, nada en la opulencia.
Si fuera cierta la amenaza de inundación costera a nivel mundial ¿sería lógico que personas tan avisadas e informadas en asunto de inversiones financieras como el Emir de Dubai, o el gobierno japonés, o las grandes compañías hoteleras del mundo, estuviesen empeñadas en esas obras faraónicas ?
Y si de las grandezas arquitectónicas e ingenieriles del siglo XXI pasamos a la conservación y restauración de las maravillas heredadas de siglos pasados ¿Porqué había de haber -en sectores de los cuales se puede suponer que gozan de información privilegiada- la euforia que hay por las inversiones inmobiliarias en la anegadiza ciudad de Venecia y en el entorno de su laguna, como me ha comentado repetidamente el amigo Assad Baruch?
Como bien se sabe, Venecia es una ciudad a la cual el desarrollismo mussoliniano -que libró a aquella región del atraso y de las fiebres palúdicas- produjo la contrapartida de exponerla a las inundaciones anuales que todos conocen. Y que conste que al referirme a los que ahora quieren invertir o ya están invirtiendo su dinero en Venecia no estoy hablando de pardillos víctimas de la sugestión publicitaria o de las ofertas, a veces más seductoras que veraces, de la Banca, sino de grupos y personajes poderosos y de sobra avisados en materia económica y financiera.
Si se contrasta el miedo inducido en algunos, y la euforia inversionista de otros, surge la sospecha de que algún engaño debe haber en todo esto. Si así no fuese ¿A santo de qué habría que invertir ni siquiera un céntimo para restaurar casas enmohecidas por la humedad y, encima, condenadas a ser cubiertas por las aguas en un plazo de diez años? ¿Acaso los israelíes que quieren restaurar, con habitantes y todo, la antigua judería de la ciudad de los Dogos son personas tontas o imprudentes?
Amigos míos, son demasiadas coincidencias que inducen a ver con máxima precaución el discurso presuntamente ecologista que desaconseja comprar terrenos en la ribera de los mares. A mi todo este tingladillo de simplificaciones me recuerda las mentiras de los fenicios acerca del mar que se extendía más allá de las columnas de Hércules; o las fábulas interesadas de los portugueses acerca de cómo el mar se calentaba hasta llegar a hervir en la medida en que los navegantes se acercaban a la línea de los Trópicos; o los derroteros abstrusos y los nombres cifrados que los navegantes al servicio de la casa ducal de Medina Sidonia empleaban, según un curioso libro de la Duquesa Roja, para ocultar sus viajes ultramarinos con destino a lo zona del golfo de Cumaná con anterioridad a los descubrimientos colombinos. Discursos amarillos, excelentes cuentos metemiedos, instrumentos útiles para mantener alejados a los intrusos de las zonas de explotación más productiva.
¿No estaremos asistiendo ahora a una maniobra parecida? ¿Será sólo un mal pensar?
En realidad es impresionante eso de escuchar en inglés, que sigue siendo la lengua de los mares, aquello de “Low-lying Pacific atolls have already been evacuated” que formuló Al Gore con eso que ahora se llama asertividad en los manuales de managing. Aunque, la verdad, todo comienza a convertirse en falsedad descomunal cuando se oye el mentís, también en inglés, “There was no evidence of any evacuación having yet happened”, que Al Gore ha recibido de parte de un tribunal inglés.” ¡Que Al Gore no presenta pruebas de que se haya tenido que hacer ninguna evacuación¡
Así que, salvo que lo de “evacuated” haya de ser entendido en su sentido directo y natural de defecación y venga a resultar que la islita en que se casaron Eddie Murphy y su novia Tracey Edmonds sea comparable a una cagadita de mosca sobre el mapa del inmenso Océano Pacífico, allí nadie ha tenido que evacuar ningún atolón.
Hay que convenir que es difícil interpretar la actitud de un artista como Eddie Murphy, porque los de su gremio suelen estar enterados superficialmente de ciertas cosas como el cambio climático o las grandes inversiones financieras.
En cambio, resulta mucho más fácil y productivo juzgar la conducta de grandes personajes del capitalismo mundial. Tal es el caso del emir de Dubai, Mohamed ben Rachid Al-Maktum, un rico jeque del siglo XXI que parece haber salido de las páginas de las Mil y Una Noches.
El emir está construyendo a nivel de las aguas del golfo Pérsico el más impresionante sitio para holganza y placer de los grandes ricos del mundo. En las costas y aguas territoriales de Dubai, uno de los siete pequeños estados miembros de los Emiratos Arabes Unidos, está cobrando nueva vida aquella antigua expresión que hablaba del “lujo oriental.” ¿Quién no conoce la torre-rascacielo en forma de vela enhiesta sobre las aguas? ¿Y la multitud de islitas artificiales que juntas forman el dibujo horizontal de una palmera de varios kilómetros de longitud y cuya figura sólo se discierne desde la altura, como sucede con los misteriosos dibujos del desierto de Nazca, en el Perú? ¿Y la multitud de parcelas edificadas sobre terrenos ganados al mar y que forman un enorme bosquejo del mapamundi, todo para que cada uno de los adquirentes pueda vivir a su gusto en el remedo de continente que le venga en gana y en el habitat medioambiental que se le antoje?
Y si de la península Arábiga pasamos al Extremo Oriente, tenemos que contar con el gigantesco proyecto de isla artificial para el superaeropuerto de Kantai, en la bahía de Osaka, que exigirá una inversión de ocho mil millones de dólares y que será una obra señera en la ingeniería del siglo XXI.
Y, aparte de estos planteamientos grandiosos están los millares de proyectos inmobiliarios y hoteleros de grandes inversionistas de todo el mundo en las costas de México, de las Antillas, de Papusia Nueva Guinea, de Australia y Nueva Zelanda, de Tasmania, de la misma Polinesia francesa antes citada, de la península Indochina, del Adriático, de las islas griegas… Todas las zonas del mundo que lindan con el mar, rivalizan a la hora de promover la construcción de grandes conjuntos hoteleros o de cadenas de albergues “de lujo y de encanto” para esa parte de la sociedad mundial que quiere hacer notar, sobre las mismas aguas, que, en efecto, nada en la opulencia.
Si fuera cierta la amenaza de inundación costera a nivel mundial ¿sería lógico que personas tan avisadas e informadas en asunto de inversiones financieras como el Emir de Dubai, o el gobierno japonés, o las grandes compañías hoteleras del mundo, estuviesen empeñadas en esas obras faraónicas ?
Y si de las grandezas arquitectónicas e ingenieriles del siglo XXI pasamos a la conservación y restauración de las maravillas heredadas de siglos pasados ¿Porqué había de haber -en sectores de los cuales se puede suponer que gozan de información privilegiada- la euforia que hay por las inversiones inmobiliarias en la anegadiza ciudad de Venecia y en el entorno de su laguna, como me ha comentado repetidamente el amigo Assad Baruch?
Como bien se sabe, Venecia es una ciudad a la cual el desarrollismo mussoliniano -que libró a aquella región del atraso y de las fiebres palúdicas- produjo la contrapartida de exponerla a las inundaciones anuales que todos conocen. Y que conste que al referirme a los que ahora quieren invertir o ya están invirtiendo su dinero en Venecia no estoy hablando de pardillos víctimas de la sugestión publicitaria o de las ofertas, a veces más seductoras que veraces, de la Banca, sino de grupos y personajes poderosos y de sobra avisados en materia económica y financiera.
Si se contrasta el miedo inducido en algunos, y la euforia inversionista de otros, surge la sospecha de que algún engaño debe haber en todo esto. Si así no fuese ¿A santo de qué habría que invertir ni siquiera un céntimo para restaurar casas enmohecidas por la humedad y, encima, condenadas a ser cubiertas por las aguas en un plazo de diez años? ¿Acaso los israelíes que quieren restaurar, con habitantes y todo, la antigua judería de la ciudad de los Dogos son personas tontas o imprudentes?
Amigos míos, son demasiadas coincidencias que inducen a ver con máxima precaución el discurso presuntamente ecologista que desaconseja comprar terrenos en la ribera de los mares. A mi todo este tingladillo de simplificaciones me recuerda las mentiras de los fenicios acerca del mar que se extendía más allá de las columnas de Hércules; o las fábulas interesadas de los portugueses acerca de cómo el mar se calentaba hasta llegar a hervir en la medida en que los navegantes se acercaban a la línea de los Trópicos; o los derroteros abstrusos y los nombres cifrados que los navegantes al servicio de la casa ducal de Medina Sidonia empleaban, según un curioso libro de la Duquesa Roja, para ocultar sus viajes ultramarinos con destino a lo zona del golfo de Cumaná con anterioridad a los descubrimientos colombinos. Discursos amarillos, excelentes cuentos metemiedos, instrumentos útiles para mantener alejados a los intrusos de las zonas de explotación más productiva.
¿No estaremos asistiendo ahora a una maniobra parecida? ¿Será sólo un mal pensar?
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