Para hablar de colonias y de colonización a esta altura del siglo XXI es preciso desligar dichos términos de las legañas que se le han adherido a partir de palabras de posterior acuñación -como colonialismo, colonialista-, que a su vez están contaminadas por la metralla semántica esparcida en el diccionario por la contraposición entre los términos imperialismo y anti-imperialismo.
Hecha esta advertencia, cuyo desarrollo no es preciso llevar hasta el extremo, encontramos que la primera definición castellana de colonia proviene del “Tesoro de la Lengua Castellana o Española”, de Sebastián de Covarrubias impreso primeramente en 1611. Dice así:“colonia es ... término de tierra que se ha poblado de gente extranjera, sacada de la ciudad que es señora de aquél territorio o llevada de otra parte.”
Es una definición, no contaminada todavía, que refleja lo que en aquél tiempo era ya realidad plena: las coronas de Castilla y Portugal, y tras de ellas el resto de las monarquías europeas capaces de imitarlas, estaban en plena labor de organización y parcelación de mundos recién explorados, al tiempo que iniciaban la explotación de las riquezas descubiertas, creando las bases incipientes de una primera globalización Como todo esto se hacía desde Europa, llevó aparejado el desplazamiento de poblaciones leucodermas hacia nuevos y alejados territorios, rasgo que caracteriza el proceso de colonización desde 1492 hasta el primer cuarto del siglo XX..
Ese fenómeno tuvo tal trascendencia, que el mundo de hoy sería inexplicable sin la presencia de mega-Estados nacidos del mundo colonial, y que se encuentran en la vanguardia de la riqueza, de la civilización y del poder como son los Estados Unidos de América, Canadá o Australia. O como la misma Rusia; que ha adquirido su gigantesca magnitud por medio de colonización por “brotes” o renuevos que han terminado creando un espacio territorial y político sin solución de continuidad desde los originarios Moscowa, Novgorov o Kiev hasta las costas del Mar de la China.
Sobre la comunidad internacional gravitan otra multitud de neo-Estados surgidos del mundo colonial. La disolución del imperio español en América y Asia dio lugar entre las fechas extremas de 1825 (Ayacucho) y 1903 (secesión de Panamá respecto a Colombia), a diecinueve nuevos Estados, que son veinte si se cuenta Puerto Rico, Estado Libre Asociado a los Estados Unidos.
Otra multitud de nuevos “Estados” nacieron en Asia y en Africa en la segunda mitad del siglo XX a consecuencia del proceso de descolonización propiciado, a través de la ONU, por las naciones vencedoras de la II Guerra Mundial. La mayoría de los Estados del Africa Negra – con las excepciones de Sud Africa, Zimbawue y Kenya-, son en realidad puramente nominales y su función casi se agota por entero en hacer de relleno en las votaciones de la ONU, en dar ocasión a las ONGS para sus beneficencias internacionales y en servir de campo de rapiña para las voraces, corrompidas e ineptas minorías locales. Estos pseudo-Estados africanos, juntamente con algunos en igual situación en la llamada “América Latina” –la actual Nicaragua y el Ecuador-, y en el Caribe –Haití-, constituyen la parte nunca comentada de una larga cadena de concausas que explican la debilidad estructural y crónica de la Organización de las Naciones Unidas.
La disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, dio lugar a la independencia de los países que formaban el glasis europeo y asiático en torno al núcleo del enorme territorio ruso. Se produjo entonces un desequilibrio a favor de Alemania, perdiendo Francia su centralidad. Amplias regiones del Cáucaso y del Asia Central quedaron inermes ante el avance del fundamentalismo islamista al tiempo que se creaba un nudo de tensiones y problemas que constituyen otras tantas invitaciones a que la China extienda por la zona su influjo militar. Este hecho explica el carácter intrínsecamente preventivo -y por tanto, problemático-, de la presencia norteamericana en el Afganistán y en el Iraq.
Por lo que a los países musulmanes se refiere, se ha de recordar que, aunque hayan pasado por un corto período de sometimiento respecto a algunas potencias europeas, especialmente Francia e Inglaterra, seguidos a mucha distancia por España e Italia, no pueden ni de lejos ser considerados como meros “productos” de la iniciativa colonial. En realidad, todos ellos –Marruecos es la excepción-, constituyen los teselas que quedaron sueltas tras la caída del Imperio Otomano, que buscan articularse en torno a un nuevo núcleo de poder empleando el único elemento común que puede servirles hoy en día: el Islam.
Pero hecha esta salvedad, digna por otra parte de mayor estudio, es obvio, pues, que el mundo de hoy debía tener una conciencia más clara de que su situación actual es en gran parte producto del proceso de colonización que desde Europa se desató sobre el mundo hace poco más de cinco siglos.
Pero, se preguntará el lector ¿Qué hacemos hablando aquí de tales antigüedades en un momento en que España se enfrasca en un período constituyente que nadie quiere llamar por su nombre; cuando Marruecos se deshace de los negros cimarrones que se ocultan en los montes, ya lanzándolos contra la cerca ganadera que han instalado los españoles en la frontera de Melilla, ya internándolos en el desierto para comprometer a los campamentos del POLISARIO, y cuando Europa, esa gloria del mundo, se encuentra perpleja ante todos y cada uno de los problemas que la afectan?
Para saber que lo escrito hasta aquí no es ocioso bastaría leerlo con la atención debida. Creo que el lector de diarios, aún con las prisas que lo tienen a mal traer, es capaz de ello y de mucho más.
Y descendiendo al terreno del pormenor y el menudeo, precisamente al Sur, muy cerca de donde suelen veranear y jugar al golf muchos vascos -y vascas-, de pro y de contra, está Gibraltar, una de esas colonias que tan lejanas y exóticas nos parecen cuando estamos despistados, pero que cuenta con los más confidenciales y modernos servicios bancarios “off shore”, capaces ¿cómo no?de sacar de apuros fiscales a cualquier rico que lo necesite. Gibraltar es un vestigio de ayer que se afianza en los dineros de hoy.
Al Sur también, se extiende el mar a través del cual el Africa arroja la multitud de sus miserables sobre la rivera europea. La trata no es necesaria cuando los esclavos se agolpan a las puertas de sus posibles amos pugnando por entrar. Es la relación arcaica entre dominados y dominadores que se manifiesta a través de un proceso de colonización de características nuevas. Parece cosa de ayer; pero lo antiguo, si sucede hoy, es también cosa de ahora; aunque sus resultados sólo se verán mañana.
miércoles, 16 de noviembre de 2005
miércoles, 9 de noviembre de 2005
Prosa Chinfónica del Chinchar
Aunque chinchar es acción propia de chinches, insectos que no necesitan instrucción especial a ese respecto; y, tratándose de seres humanos, chinchar parece tendencia espontánea y natural, hay que reconocer que el chinchar de alto nivel requiere ejercitación y cultivo en los cuales hay que empeñarse con tesón y esmero. Por eso, y siempre refiriéndose a seres humanos, se puede asegurar que ningún buen chinchador merece ser incluido en el libro blanco de los inocentes. Quien ha logrado en esta materia un puesto sobresaliente, seguro que lo ha hecho a conciencia, es decir con pleno conocimiento y pleno consentimiento de lo que hacía.
Los investigadores universitarios más reconocidos en el ámbito de la Chinchología –hay Universidades para todo-, están de acuerdo en asegurar que la capacidad de chinchar está equitativamente repartida por continentes, por razas y por sexos. Sin embargo –y siempre según las mismas fuentes-, esta tendencia tan clara hacia la igualdad quiebra por completo cuando se atiende a los niveles de educación. En efecto, se observa en las clases educadas una mayor capacidad de chinchar que en las ineducadas.
¿Y qué pasa con los partidos políticos? ¿Se puede señalar alguno de ellos en particular como más proclive a producir afiliados expertos en el arte de chinchar? Modestamente creo que en este sector, pese a las investigaciones emprendidas por científicos interesados en esta materia, y a las pesquisas llevadas a cabo por los servicios secretos del Estado y de las Autonomías, los expertos no han conseguido llegar al fondo del asunto, quedando esas preguntas ayunas de toda respuesta concluyente, si bien, hay que dejar consignado que, extrapolando la tendencia igualitaria observada respecto a los continentes, las razas y los sexos, se ha puesto de moda en ciertos sectores que quieren pasar por moderados, decir que, a la hora de chinchar, da lo mismo ser de izquierdas que de derechas.
Frente a esta aseveración tan general, sin duda cargada de ingenuidad y buena fe, algunos investigadores no por libres menos agudos, entre lo cuales se cuenta el que estas líneas escribe, pueden asegurar y aseguran que, aunque numéricamente no hay nada que distinga a unos partidos de otros respecto al porcentaje de grandes chinchadores en relación con el número siempre exiguo de afiliados, los individuos que se sitúan a la izquierda tienen a su favor una cierta ventaja táctica y psicológica sobre los de derecha a la hora de chinchar al prójimo.
En efecto, el acto de chinchar acometido desde el flanco izquierdo, tiene siempre a su favor la presunción generalizada de que se puede tratar de una justa reivindicación, de un explicable desquite de la plebe oprimida, de un acto de venganza simbólica que toman los explotados de siempre, del grito que emiten desde sus propias tripas los olvidados de la fortuna, de la sombra de puños en alto a los cuales habría que agradecer que se queden en ese gesto retador y no lleven sus reclamaciones a mayor suceso.
Recuerdo al respecto un ejemplo no por propio menos válido. Tenía yo que renovar el carnet de conducir y democráticamente fui a hacerlo en persona, ¡faltaba más!. Al entrar a una salita de espera mal señalizada pregunté ¡inocente de mí! si todos estábamos allí para la misma cosa. “Sí”, contestó una voz de fémina cuyas vibraciones revelaban la intensidad reivindicativa que la animaba, “pero ud. lo hace por puro lujo y nosotros lo hacemos por necesidad.”
¡Toma ya!¿Qué iba a contestar yo? Me quedé callado. Conscientemente callado. Prudentemente callado. Caballerosamente callado. ¡Brava mujer! –pensé-¡magnífica y vengativa erinia¡ ¡espléndida furia que marcó la distancia debida con este pendejo burgués que quiso equipararse a la flor del proletariado aprovechándose de una igualación puramente ocasional¡ ¡Desde estas humildes líneas te saludo airada hembra que, sin saberlo quizá, ocultas un espíritu jerárquico y autoritario que, por la razón que sea, terminó malbaratándose en una formación de izquierda! ¡Ese espíritu que se hizo ostensible en ese tratarme de Ud.¡ ¡ En tiempos más recios y machotes hubieras sido digna de portar una pica con la testa de un rey bien enastada en el chuzón de tu arma, mientras en estos tiempos ruines te tienes que conformar con chinchar a un burgués transterrado que gusta de hacerse perdonar todas las ventajas de que ha gozado en la vida y que posee buen humor en cantidad suficiente para pasar por hombre difícil de enojar y ofender!
Hay, pues, en el chinchar de los izquierdistas como una presunción que, bien explotada, puede brindar ese puntito compensatorio que se supone devuelve al mundo el equilibrio que, según algunos, ha ido perdiendo por las constantes desigualdades que la izquierda tiende a interpretar como injusticias radicales.
En cambio, ejercido desde la andanada de la diestra, el chinchar tiene, desde el inicio, la desventaja de parecer un abuso de autoridad, de ser lluvia que cae sobre mojado, o albarda puesta sobre aparejo; un inexcusable exceso de superioridad, una demasía que siempre sobra como tal; un innecesario traspasar los límites, un sobrarse, un injustificado ir más allá, o sea, ¡eso!: que el chinchar de los derechistas parece ultraje – de ultra-, desde el inicio mismo del chinchamiento.. Lo pude observar en televisión el otro día que invistieron de Doctor Honoris Causa –hay Universidades para todo-, a Don Santiago Carrillo.
¡Qué mal supo a todo el mundo el intento de los jóvenes que, dispuestos a recordar lo de Paracuellos de Jarama, irrumpieron en el salón donde se celebraba el acto académico¡ Con cuánto acierto sobrellevó el veterano lider comunista aquella amenaza que pudo ser humillante en un momento en que con el mejor talante se están reabriendo las fosas comunes olvidando sin duda que forzosamente olerán a muerto. En tan difícil trago, Don Santiago terminó hablando del perdón mutuamente otorgado, “nos perdonamos todos durante la Transición”, dijo. Lo cual, miradas las cosas de cerca, es mucho decir, sobre todo cuando se ha puesto de moda revolver en las memorias protervas con intención de que se hagan de nuevo presentes en el comportamiento público.
Pero con tanta cosa me estoy apartando del asunto que nos ocupaba, que no era otro que la acción de chinchar, materia en la cual el ser humano ha aprendido mucho de estos bichitos cuya especialidad se expresa en ese verbo. ¡Y qué bichitos! Son las chinches insectos eminentemente pedagógicos y ojalá no esté muy lejano el día –hay Universidades para todo-, en que, sin escándalo de nadie, puedan recibir un Doctorado Honoris Causa, colectivo, no simplemente individual, en reconocimiento a su capacidad de enseñar al que no sabe.
Los investigadores universitarios más reconocidos en el ámbito de la Chinchología –hay Universidades para todo-, están de acuerdo en asegurar que la capacidad de chinchar está equitativamente repartida por continentes, por razas y por sexos. Sin embargo –y siempre según las mismas fuentes-, esta tendencia tan clara hacia la igualdad quiebra por completo cuando se atiende a los niveles de educación. En efecto, se observa en las clases educadas una mayor capacidad de chinchar que en las ineducadas.
¿Y qué pasa con los partidos políticos? ¿Se puede señalar alguno de ellos en particular como más proclive a producir afiliados expertos en el arte de chinchar? Modestamente creo que en este sector, pese a las investigaciones emprendidas por científicos interesados en esta materia, y a las pesquisas llevadas a cabo por los servicios secretos del Estado y de las Autonomías, los expertos no han conseguido llegar al fondo del asunto, quedando esas preguntas ayunas de toda respuesta concluyente, si bien, hay que dejar consignado que, extrapolando la tendencia igualitaria observada respecto a los continentes, las razas y los sexos, se ha puesto de moda en ciertos sectores que quieren pasar por moderados, decir que, a la hora de chinchar, da lo mismo ser de izquierdas que de derechas.
Frente a esta aseveración tan general, sin duda cargada de ingenuidad y buena fe, algunos investigadores no por libres menos agudos, entre lo cuales se cuenta el que estas líneas escribe, pueden asegurar y aseguran que, aunque numéricamente no hay nada que distinga a unos partidos de otros respecto al porcentaje de grandes chinchadores en relación con el número siempre exiguo de afiliados, los individuos que se sitúan a la izquierda tienen a su favor una cierta ventaja táctica y psicológica sobre los de derecha a la hora de chinchar al prójimo.
En efecto, el acto de chinchar acometido desde el flanco izquierdo, tiene siempre a su favor la presunción generalizada de que se puede tratar de una justa reivindicación, de un explicable desquite de la plebe oprimida, de un acto de venganza simbólica que toman los explotados de siempre, del grito que emiten desde sus propias tripas los olvidados de la fortuna, de la sombra de puños en alto a los cuales habría que agradecer que se queden en ese gesto retador y no lleven sus reclamaciones a mayor suceso.
Recuerdo al respecto un ejemplo no por propio menos válido. Tenía yo que renovar el carnet de conducir y democráticamente fui a hacerlo en persona, ¡faltaba más!. Al entrar a una salita de espera mal señalizada pregunté ¡inocente de mí! si todos estábamos allí para la misma cosa. “Sí”, contestó una voz de fémina cuyas vibraciones revelaban la intensidad reivindicativa que la animaba, “pero ud. lo hace por puro lujo y nosotros lo hacemos por necesidad.”
¡Toma ya!¿Qué iba a contestar yo? Me quedé callado. Conscientemente callado. Prudentemente callado. Caballerosamente callado. ¡Brava mujer! –pensé-¡magnífica y vengativa erinia¡ ¡espléndida furia que marcó la distancia debida con este pendejo burgués que quiso equipararse a la flor del proletariado aprovechándose de una igualación puramente ocasional¡ ¡Desde estas humildes líneas te saludo airada hembra que, sin saberlo quizá, ocultas un espíritu jerárquico y autoritario que, por la razón que sea, terminó malbaratándose en una formación de izquierda! ¡Ese espíritu que se hizo ostensible en ese tratarme de Ud.¡ ¡ En tiempos más recios y machotes hubieras sido digna de portar una pica con la testa de un rey bien enastada en el chuzón de tu arma, mientras en estos tiempos ruines te tienes que conformar con chinchar a un burgués transterrado que gusta de hacerse perdonar todas las ventajas de que ha gozado en la vida y que posee buen humor en cantidad suficiente para pasar por hombre difícil de enojar y ofender!
Hay, pues, en el chinchar de los izquierdistas como una presunción que, bien explotada, puede brindar ese puntito compensatorio que se supone devuelve al mundo el equilibrio que, según algunos, ha ido perdiendo por las constantes desigualdades que la izquierda tiende a interpretar como injusticias radicales.
En cambio, ejercido desde la andanada de la diestra, el chinchar tiene, desde el inicio, la desventaja de parecer un abuso de autoridad, de ser lluvia que cae sobre mojado, o albarda puesta sobre aparejo; un inexcusable exceso de superioridad, una demasía que siempre sobra como tal; un innecesario traspasar los límites, un sobrarse, un injustificado ir más allá, o sea, ¡eso!: que el chinchar de los derechistas parece ultraje – de ultra-, desde el inicio mismo del chinchamiento.. Lo pude observar en televisión el otro día que invistieron de Doctor Honoris Causa –hay Universidades para todo-, a Don Santiago Carrillo.
¡Qué mal supo a todo el mundo el intento de los jóvenes que, dispuestos a recordar lo de Paracuellos de Jarama, irrumpieron en el salón donde se celebraba el acto académico¡ Con cuánto acierto sobrellevó el veterano lider comunista aquella amenaza que pudo ser humillante en un momento en que con el mejor talante se están reabriendo las fosas comunes olvidando sin duda que forzosamente olerán a muerto. En tan difícil trago, Don Santiago terminó hablando del perdón mutuamente otorgado, “nos perdonamos todos durante la Transición”, dijo. Lo cual, miradas las cosas de cerca, es mucho decir, sobre todo cuando se ha puesto de moda revolver en las memorias protervas con intención de que se hagan de nuevo presentes en el comportamiento público.
Pero con tanta cosa me estoy apartando del asunto que nos ocupaba, que no era otro que la acción de chinchar, materia en la cual el ser humano ha aprendido mucho de estos bichitos cuya especialidad se expresa en ese verbo. ¡Y qué bichitos! Son las chinches insectos eminentemente pedagógicos y ojalá no esté muy lejano el día –hay Universidades para todo-, en que, sin escándalo de nadie, puedan recibir un Doctorado Honoris Causa, colectivo, no simplemente individual, en reconocimiento a su capacidad de enseñar al que no sabe.
sábado, 22 de octubre de 2005
Soledades y Silencios
El hombre es un ser social; pero cada persona que viene al mundo tiene que descubrir y aprender a apreciar su propia soledad. Por eso, aunque necesita absolutamente de los demás, el principal encuentro que un ser humano pueda tener es el encuentro consigo mismo. En definitiva, las posibilidades de perfección individual, en cuanto ligadas a la capacidad de examen introspectivo de cada uno, se medirá a su vez por su capacidad de vivir frente a sí mismo, de sostener su mirada interior que siempre le revelará que como individuo que es, permanece en la soledad.
¿Soledad? Pero ¡si estamos siempre acompañados!¿Siendo el hombre un ser social, que soledad es la suya? Además del encuentro crónico consigo mismo en demanda de un nosce te ipsum que nunca podrá llegar a ser completo, el hombre tendrá que sostener a lo largo de su vida otros muchos encuentros. Cualquiera de ellos implica acercamiento a otras personas.
El encuentro es la forma de hacer que los otros se hagan presentes en nuestras vidas y de hacernos nosotros presentes en las vidas de los demás. Y los más profundos y trascendentales encuentros no serán precisamente fáciles de solucionar. A través de ellos cada cual descubrirá los caminos que hay para ir del amor feral al amor benéfico. Dios mismo es amor para los cristianos. Y por eso el amor queda convertido en la regla de oro y en objetivo esencial y final de la vida. Por lo tanto, la soledad de la que hablamos no es una soledad que se caracterice por la falta de compañía en el sentido literal de la expresión.
¿En qué consiste, pues, esa soledad? Para responder a esta pregunta en apariencia tan sencilla, tenemos que indagar primero acerca de lo que entraña o lleva consigo el estar solo.
Y encontramos que, igual que un desierto no es sólo y sin más un territorio despoblado, la soledad no es solo definible por la ausencia real de compañía, sino por la carencia de recursos y de acicates relacionales. Aún en compañía material de los otros, puede haber imposibilidad de formular preguntas y de esperar o recibir respuestas, de contemplar y de ser contemplado, de dar estímulo y de recibirlo. Principal ingrediente de la soledad de la cual hablamos es, pues, el silencio.
Surge una objeción ¿Acaso no hemos oído hablar del silencio creador, del silencio fecundo en decisiones de mayor alcance? ¿Como puede haber creación o fecundidad en él si comenzamos por decir que el silencio es imposibilidad de comunicación, carencia de recursos y acicates relacionales? Pero resulta que hay silencio creador como hay otro silencio que sólo es fermento de la esterilidad más completa.
Hay un silencio que puede ser entendido ante todo como ausencia de ruído, de distorsiones y de engaño, más frecuentemente de autoengaño. Ese es el silencio que puede constituirse en alveolo para las creaciones de la mente y del espíritu, el silencio que lleva consigo las semillas de la fecundidad. Ese silencio es como la premonición de una audición maravillosa. Es también el silencio de “la casa sosegada” del místico. El silencio que permite a cada uno salir de sí mismo para compartirse con otros y con otros compadecer. Para dar ayuda y recibirla en toda la amplia gama de las posibilidades que brinda la actuación humana. Y en definitiva para abrirse al misterio de la fe y del amor.
Pero hay un silencio de otra laya: el que lleva en sí la imposibilidad de comunicarse. El silencio carcelero. El silencio que se nutre del propio yo, el silencio que nos condena a ser sordos, ciegos y mudos y que nos hace incapaces también de compartir, de participar, de ayudar, de asumir. De asentir. El silencio que nos incomunica. El silencio que nos encierra en nosotros mismos como en una checa cuya estructura estuviera pensada para distorsionar la percepción de la realidad profunda. El silencio que nos induce a afanarnos en la creación de ínsulas a las que solo nosotros tenemos acceso, el silencio, pues, que nos aísla. El silencio que levanta torretas de defensa a lomos del gigantesco elefante de nuestro propio egoísmo y desde las cuales asaeteamos ofensivamente a los demás.
Y aquí viene a cuento la mirada interior a que aludíamos al principio. Esa mirada, de la cual hemos dicho que hay que aprender a sostener, nos permitirá en definitiva el encuentro con nosotros mismos. Y nos hará penetrar, por el examen introspectivo, en los secretos que encierra la bruma de la propia soledad que como individuos nos es inseparable.
Esa mirada es la que nos permitirá discernir con que silencio nos queremos quedar. ¿Con el silencio provechoso y fecundo, el silencio de “la casa sosegada”? ¿O con aquél otro silencio, rémora que impide avanzar en el conocimiento propio y hace el oficio de elemento que nos separa de los demás, nos aparta de nuestra misión en esta vida y nos distrae de la tarea a la cual hemos sido llamados?
La mirada interior nos hace contemplar cara a cara nuestra indigencia, nos revela desnudamente el alcance real de nuestras posibilidades, y no pocas veces nos hace caer del caballo desde el cual nos gusta pasar orgullosa revista a nuestros defectos, obligándonos a reemprenderla pie a tierra y con humildad. ¡Ah! Y nos hace derribar los ridículos baluartes que hemos levantados sobre los lomos elefantiásicos de nuestro egoísmo; esas torretas que por tomar la parte por el todo se suelen llamar “torres de marfil.”
Una de las obligaciones a que está llamado el ser humano es la de desarrollar sus propias posibilidades. Igual que el deportista de alto rendimiento o el piloto de aviación deben conocer con toda claridad los límites de las capacidades físicas y fisiológicas humanas para desempeñarse en sus respectivos oficios, así también en la gestión de su vida cada ser humano debe estar muy al tanto del alcance de sus propias posibilidades y, en consecuencia, saber los límites de las mismas en lo material, en lo intelectual y en lo espiritual. Esto solo se logra por la introspección, por el espíritu de examen, por la mirada interior que permite encararse a la propia soledad e ir, más allá de su cara hosca, al encuentro del silencio sonoro que nos encamina a la posibilidad de percibir con unidad y armonía el laberinto de nuestra psique y el tumulto del mundo que nos rodea.
¿Soledad? Pero ¡si estamos siempre acompañados!¿Siendo el hombre un ser social, que soledad es la suya? Además del encuentro crónico consigo mismo en demanda de un nosce te ipsum que nunca podrá llegar a ser completo, el hombre tendrá que sostener a lo largo de su vida otros muchos encuentros. Cualquiera de ellos implica acercamiento a otras personas.
El encuentro es la forma de hacer que los otros se hagan presentes en nuestras vidas y de hacernos nosotros presentes en las vidas de los demás. Y los más profundos y trascendentales encuentros no serán precisamente fáciles de solucionar. A través de ellos cada cual descubrirá los caminos que hay para ir del amor feral al amor benéfico. Dios mismo es amor para los cristianos. Y por eso el amor queda convertido en la regla de oro y en objetivo esencial y final de la vida. Por lo tanto, la soledad de la que hablamos no es una soledad que se caracterice por la falta de compañía en el sentido literal de la expresión.
¿En qué consiste, pues, esa soledad? Para responder a esta pregunta en apariencia tan sencilla, tenemos que indagar primero acerca de lo que entraña o lleva consigo el estar solo.
Y encontramos que, igual que un desierto no es sólo y sin más un territorio despoblado, la soledad no es solo definible por la ausencia real de compañía, sino por la carencia de recursos y de acicates relacionales. Aún en compañía material de los otros, puede haber imposibilidad de formular preguntas y de esperar o recibir respuestas, de contemplar y de ser contemplado, de dar estímulo y de recibirlo. Principal ingrediente de la soledad de la cual hablamos es, pues, el silencio.
Surge una objeción ¿Acaso no hemos oído hablar del silencio creador, del silencio fecundo en decisiones de mayor alcance? ¿Como puede haber creación o fecundidad en él si comenzamos por decir que el silencio es imposibilidad de comunicación, carencia de recursos y acicates relacionales? Pero resulta que hay silencio creador como hay otro silencio que sólo es fermento de la esterilidad más completa.
Hay un silencio que puede ser entendido ante todo como ausencia de ruído, de distorsiones y de engaño, más frecuentemente de autoengaño. Ese es el silencio que puede constituirse en alveolo para las creaciones de la mente y del espíritu, el silencio que lleva consigo las semillas de la fecundidad. Ese silencio es como la premonición de una audición maravillosa. Es también el silencio de “la casa sosegada” del místico. El silencio que permite a cada uno salir de sí mismo para compartirse con otros y con otros compadecer. Para dar ayuda y recibirla en toda la amplia gama de las posibilidades que brinda la actuación humana. Y en definitiva para abrirse al misterio de la fe y del amor.
Pero hay un silencio de otra laya: el que lleva en sí la imposibilidad de comunicarse. El silencio carcelero. El silencio que se nutre del propio yo, el silencio que nos condena a ser sordos, ciegos y mudos y que nos hace incapaces también de compartir, de participar, de ayudar, de asumir. De asentir. El silencio que nos incomunica. El silencio que nos encierra en nosotros mismos como en una checa cuya estructura estuviera pensada para distorsionar la percepción de la realidad profunda. El silencio que nos induce a afanarnos en la creación de ínsulas a las que solo nosotros tenemos acceso, el silencio, pues, que nos aísla. El silencio que levanta torretas de defensa a lomos del gigantesco elefante de nuestro propio egoísmo y desde las cuales asaeteamos ofensivamente a los demás.
Y aquí viene a cuento la mirada interior a que aludíamos al principio. Esa mirada, de la cual hemos dicho que hay que aprender a sostener, nos permitirá en definitiva el encuentro con nosotros mismos. Y nos hará penetrar, por el examen introspectivo, en los secretos que encierra la bruma de la propia soledad que como individuos nos es inseparable.
Esa mirada es la que nos permitirá discernir con que silencio nos queremos quedar. ¿Con el silencio provechoso y fecundo, el silencio de “la casa sosegada”? ¿O con aquél otro silencio, rémora que impide avanzar en el conocimiento propio y hace el oficio de elemento que nos separa de los demás, nos aparta de nuestra misión en esta vida y nos distrae de la tarea a la cual hemos sido llamados?
La mirada interior nos hace contemplar cara a cara nuestra indigencia, nos revela desnudamente el alcance real de nuestras posibilidades, y no pocas veces nos hace caer del caballo desde el cual nos gusta pasar orgullosa revista a nuestros defectos, obligándonos a reemprenderla pie a tierra y con humildad. ¡Ah! Y nos hace derribar los ridículos baluartes que hemos levantados sobre los lomos elefantiásicos de nuestro egoísmo; esas torretas que por tomar la parte por el todo se suelen llamar “torres de marfil.”
Una de las obligaciones a que está llamado el ser humano es la de desarrollar sus propias posibilidades. Igual que el deportista de alto rendimiento o el piloto de aviación deben conocer con toda claridad los límites de las capacidades físicas y fisiológicas humanas para desempeñarse en sus respectivos oficios, así también en la gestión de su vida cada ser humano debe estar muy al tanto del alcance de sus propias posibilidades y, en consecuencia, saber los límites de las mismas en lo material, en lo intelectual y en lo espiritual. Esto solo se logra por la introspección, por el espíritu de examen, por la mirada interior que permite encararse a la propia soledad e ir, más allá de su cara hosca, al encuentro del silencio sonoro que nos encamina a la posibilidad de percibir con unidad y armonía el laberinto de nuestra psique y el tumulto del mundo que nos rodea.
jueves, 25 de agosto de 2005
La Desconfianza y el Miedo
Tengo para mí que la crisis de confianza que inunda la vida de relación, es el mero reflejo de la convicción generalizada de que cada cual debe hacer todo por si mismo y a favor de sí mismo, sin pensar en el efecto que las propias acciones u omisiones producen sobre los demás. Se supone que cada cual debe ir como se ha dado por decir, ”a su pedo”, frase expresiva que al parecer se entiende como mandato de deleitarse en lo propio aunque lo propio no huela precisamente a ámbar. .
En este panorama de egoísmos a lo simple, las apelaciones al bien común, los criterios favorables a los demás, al próximo, al bien del conjunto, han perdido su punto de apoyo. En efecto, nadie parece interesado en saber en qué consisten el bien que se ha de hacer ni el mal que se debe evitar. Bien y mal andan confundidos con lo que en cada momento conviene o displace a cada cual.
Como consecuencia, el altruismo, la generosidad, que en otras horas más benévolas gozaban de prestigio, causaban admiración, y eran emulados y hasta mimetizados con cierta hipocresía, se hacen imposibles de identificar, de modo que, cuando se topa con ellos, vienen a ser juzgados como pretextos que encubren la finalidad de obtener ventajas subrepticias. Sencillamente han caído bajo sospecha.
Incluso hay algunos indicios de que el desconocimiento de las fronteras del bien y del mal, al hacerse habitual, ha terminado por zanjarse con un veredicto que allá en el fondo es favorable al dominio incuestionable del mal. Es un signo muy sutil, ¿ pero no han reparado vuestras mercedes, por ejemplo, en que el término complicidad, antes reservado al ámbito del delito, se hace hoy presente en la amistad, en el compañerismo, en el amor, y hasta va camino de sustituir en algunos usos a esa hermosa palabra que es comprensión?
Complicidad es hoy una palabra y una praxis simpática. Lo que ahora se busca en el otro es precisamente la complicidad, como si todos estuviésemos a priori incursos en culpa. Las innovaciones semánticas, en apariencia superficiales, encierran a veces conflictos más profundos que han cerrado en falso.¡Si hasta parece un reconocimiento implícito de la doctrina del pecado original convenientemente versionada para un escenario en el cual se pueda dar la extralimitación sin culpa, sin dolo y, por supuesto, sin remordimiento aunque haya víctimas!
La crisis de la confianza se manifiesta también en otros dos aspectos. El primero, consiste en que ningún ámbito social resulta hospitalario y fiable en su conjunto para todo tipo de personas sin excepción. Existe, en cambio, una especie de resignación por la cual cada uno se acomoda en el segmento que cree que le corresponde y donde piensa que nadie entrará a darle caña. Cada uno busca su cubil, su escondrijo, su propio zulo donde pueda vivir, eso sí, “a su pedo”, contando, si hay suertecilla con la “complicidad” de los más cercanos. Esto, que sería lo normal en una sociedad basada en la desigualdad, no deja de ser llamativo cuando surge en un ámbito donde domina el fundamentalismo equalizante, como acontece en el Reino de las Diecisiete Repúblicas.
El segundo aspecto al que aludíamos consiste en que incluso los ámbitos que desde el punto de vista particular pueden resultar hospitalarios y dignos de confianza, han dejado de considerarse duraderos y, mucho menos, permanentes. El aire de la precariedad, trasunto de la desconfianza generalizada, lo invade todo. Lo que era permanente está hoy en precario. Lo duradero se percibe como transitorio, lo transitorio como breve y lo breve como fugaz. Así sucede en el ámbito de la familia, en los vínculos esponsalicios, en los lazos de la amistad, en los compromisos sociales, en las consideraciones de conveniencia, en las relaciones de vecindad, en las obligaciones contractuales, en las posiciones políticas que, por cierto, se han convertido en meros posicionamientos, lo que hace estragos en los partidos burgueses que estaban, los pobres, menos acostumbrados a la dialéctica marxista que hoy parece que les es imprescindible.
Ante todo esto podríamos ponernos la mascarilla del optimismo y romper a exclamar con entusiasmo: ¡Es el cambio, es el cambio! Y pensar que todo cambio es para mejor. Pero algo nos lo impide, porque sucede que, tras de la fugacidad y la precariedad yace enrollada la serpiente negra del miedo, del cual la desconfianza es la hermana pequeña.
¡Ay, el miedo! Y se trata de un miedo de extensión universal, que es miedo que está por todas partes, aunque hay que hacer la observación de que es en el ámbito de la política donde parece más perceptible.. Pero ¿es en realidad la política el sector más afectado? Tentado estoy a decir que sí, que ella ha contribuido como ninguna otra actividad supuestamente cívica a destruir la confianza entre los seres humanos y a meter el miedo en sus cuerpos. La tentación crece si se piensa en que el asesinato es moneda corriente en la política de alguna de las Repúblicas del Reino de las Diecisiete, y que en la política internacional es el bombardeo y la ocupación territorial la forma normal y eficaz de dirimir las grandes cuestiones del poder.
Pero decir esto no correspondería totalmente a la realidad porque, en la práctica, los políticos no sienten ni padecen los efectos del miedo y la desconfianza que contribuyen a sembrar. En efecto, tienen a su favor la capacidad que los asuntos públicos tienen de segregar algo que, en plan médico, llamaríamos la elpidiamina, o sea, la amina de la esperanza. Esta hipotética sustancia, sin duda digna de mayor estudio, posee potente acción euforizante y es capaz de dar visos de realidad a las mayores simplezas, aunque sean de signos opuestos. Así, hay una simpleza de grandísima aceptación y que consiste en afirmar que todo cambio es siempre para mejor. En contraste con esta simpleza progresista hay otra de uso entre conservadores -tanto centrales como periféricos-, que afirma que todo continuismo sigue siempre la línea ascendente que lleva a lo más y a lo mejor y por supuesto, a lo más alto. Esto hace posible que en política el personal pasivo, digo el montón de los electores, vayan aguantando mecha con la esperanza de llegar a catar algunas compensaciones, por modestas o ilusorias que sean, y encontrando consuelo en último término en la bonita idea de que lo verdaderamente bueno, lo que se dice bueno, lo podrá conseguir en las próximas elecciones que ya se anunciarán en su oportunidad.
Hace un momento hablábamos de miedo universal; hay que recalcar ahora que este miedo no se caracteriza por su intensidad sino por su extensión. Es un miedo que cubre todo el ámbito relacional. Quizá eso se quiere dar a entender cuando se dice aquello de que “el miedo es libre.” La libertad del miedo se ha de entender como la tendencia de éste a extenderse por todo el tejido social.
Pero el miedo y esa hermanita suya que es la desconfianza, alteran las relaciones humanas, las pervierten, en algunos aspectos las esterilizan. Una persona encerrada en su cubil, no alcanza a ver a los demás ni se deja ver por ellos. La ignorancia acerca del otro convierte a éste, a nuestros ojos, en un ser temible y, por consecuencia, digno de aborrecimiento, susceptible de ser eliminado, prescindible, ninguneado. El alejamiento produce el ocultamiento de los demás. La distancia no hace próximos.
En este panorama de egoísmos a lo simple, las apelaciones al bien común, los criterios favorables a los demás, al próximo, al bien del conjunto, han perdido su punto de apoyo. En efecto, nadie parece interesado en saber en qué consisten el bien que se ha de hacer ni el mal que se debe evitar. Bien y mal andan confundidos con lo que en cada momento conviene o displace a cada cual.
Como consecuencia, el altruismo, la generosidad, que en otras horas más benévolas gozaban de prestigio, causaban admiración, y eran emulados y hasta mimetizados con cierta hipocresía, se hacen imposibles de identificar, de modo que, cuando se topa con ellos, vienen a ser juzgados como pretextos que encubren la finalidad de obtener ventajas subrepticias. Sencillamente han caído bajo sospecha.
Incluso hay algunos indicios de que el desconocimiento de las fronteras del bien y del mal, al hacerse habitual, ha terminado por zanjarse con un veredicto que allá en el fondo es favorable al dominio incuestionable del mal. Es un signo muy sutil, ¿ pero no han reparado vuestras mercedes, por ejemplo, en que el término complicidad, antes reservado al ámbito del delito, se hace hoy presente en la amistad, en el compañerismo, en el amor, y hasta va camino de sustituir en algunos usos a esa hermosa palabra que es comprensión?
Complicidad es hoy una palabra y una praxis simpática. Lo que ahora se busca en el otro es precisamente la complicidad, como si todos estuviésemos a priori incursos en culpa. Las innovaciones semánticas, en apariencia superficiales, encierran a veces conflictos más profundos que han cerrado en falso.¡Si hasta parece un reconocimiento implícito de la doctrina del pecado original convenientemente versionada para un escenario en el cual se pueda dar la extralimitación sin culpa, sin dolo y, por supuesto, sin remordimiento aunque haya víctimas!
La crisis de la confianza se manifiesta también en otros dos aspectos. El primero, consiste en que ningún ámbito social resulta hospitalario y fiable en su conjunto para todo tipo de personas sin excepción. Existe, en cambio, una especie de resignación por la cual cada uno se acomoda en el segmento que cree que le corresponde y donde piensa que nadie entrará a darle caña. Cada uno busca su cubil, su escondrijo, su propio zulo donde pueda vivir, eso sí, “a su pedo”, contando, si hay suertecilla con la “complicidad” de los más cercanos. Esto, que sería lo normal en una sociedad basada en la desigualdad, no deja de ser llamativo cuando surge en un ámbito donde domina el fundamentalismo equalizante, como acontece en el Reino de las Diecisiete Repúblicas.
El segundo aspecto al que aludíamos consiste en que incluso los ámbitos que desde el punto de vista particular pueden resultar hospitalarios y dignos de confianza, han dejado de considerarse duraderos y, mucho menos, permanentes. El aire de la precariedad, trasunto de la desconfianza generalizada, lo invade todo. Lo que era permanente está hoy en precario. Lo duradero se percibe como transitorio, lo transitorio como breve y lo breve como fugaz. Así sucede en el ámbito de la familia, en los vínculos esponsalicios, en los lazos de la amistad, en los compromisos sociales, en las consideraciones de conveniencia, en las relaciones de vecindad, en las obligaciones contractuales, en las posiciones políticas que, por cierto, se han convertido en meros posicionamientos, lo que hace estragos en los partidos burgueses que estaban, los pobres, menos acostumbrados a la dialéctica marxista que hoy parece que les es imprescindible.
Ante todo esto podríamos ponernos la mascarilla del optimismo y romper a exclamar con entusiasmo: ¡Es el cambio, es el cambio! Y pensar que todo cambio es para mejor. Pero algo nos lo impide, porque sucede que, tras de la fugacidad y la precariedad yace enrollada la serpiente negra del miedo, del cual la desconfianza es la hermana pequeña.
¡Ay, el miedo! Y se trata de un miedo de extensión universal, que es miedo que está por todas partes, aunque hay que hacer la observación de que es en el ámbito de la política donde parece más perceptible.. Pero ¿es en realidad la política el sector más afectado? Tentado estoy a decir que sí, que ella ha contribuido como ninguna otra actividad supuestamente cívica a destruir la confianza entre los seres humanos y a meter el miedo en sus cuerpos. La tentación crece si se piensa en que el asesinato es moneda corriente en la política de alguna de las Repúblicas del Reino de las Diecisiete, y que en la política internacional es el bombardeo y la ocupación territorial la forma normal y eficaz de dirimir las grandes cuestiones del poder.
Pero decir esto no correspondería totalmente a la realidad porque, en la práctica, los políticos no sienten ni padecen los efectos del miedo y la desconfianza que contribuyen a sembrar. En efecto, tienen a su favor la capacidad que los asuntos públicos tienen de segregar algo que, en plan médico, llamaríamos la elpidiamina, o sea, la amina de la esperanza. Esta hipotética sustancia, sin duda digna de mayor estudio, posee potente acción euforizante y es capaz de dar visos de realidad a las mayores simplezas, aunque sean de signos opuestos. Así, hay una simpleza de grandísima aceptación y que consiste en afirmar que todo cambio es siempre para mejor. En contraste con esta simpleza progresista hay otra de uso entre conservadores -tanto centrales como periféricos-, que afirma que todo continuismo sigue siempre la línea ascendente que lleva a lo más y a lo mejor y por supuesto, a lo más alto. Esto hace posible que en política el personal pasivo, digo el montón de los electores, vayan aguantando mecha con la esperanza de llegar a catar algunas compensaciones, por modestas o ilusorias que sean, y encontrando consuelo en último término en la bonita idea de que lo verdaderamente bueno, lo que se dice bueno, lo podrá conseguir en las próximas elecciones que ya se anunciarán en su oportunidad.
Hace un momento hablábamos de miedo universal; hay que recalcar ahora que este miedo no se caracteriza por su intensidad sino por su extensión. Es un miedo que cubre todo el ámbito relacional. Quizá eso se quiere dar a entender cuando se dice aquello de que “el miedo es libre.” La libertad del miedo se ha de entender como la tendencia de éste a extenderse por todo el tejido social.
Pero el miedo y esa hermanita suya que es la desconfianza, alteran las relaciones humanas, las pervierten, en algunos aspectos las esterilizan. Una persona encerrada en su cubil, no alcanza a ver a los demás ni se deja ver por ellos. La ignorancia acerca del otro convierte a éste, a nuestros ojos, en un ser temible y, por consecuencia, digno de aborrecimiento, susceptible de ser eliminado, prescindible, ninguneado. El alejamiento produce el ocultamiento de los demás. La distancia no hace próximos.
jueves, 21 de julio de 2005
El Terrrorismo y las Contradicciones del Sistema
La reciente decisión del Tribunal Constitucional de la República de Alemania, declarando que no ha lugar a la extradición de un ciudadano alemán acusado de delito de terrorismo cometido en país extranjero y ordenando su puesta en libertad, pone al descubierto de nuevo la debilidad de Europa tal cual fue objeto de un comentario en artículo anterior publicado en esta misma sección.
Pero esta recidiva de la debilidad –por cierto revestida de los oropeles de la soberanía del Estado-, se hace patente en un momento en el cual destacan por contraposición, la permanencia de los Estados Unidos en la zona del Oriente Medio y del Asia Central (Irak y Afganistán) y las reticencias europeas a comprometerse allí. Pese, indudablemente, a que los países de la UE están más cerca de ese teatro estratégico, a que son en buena parte europeos los intereses que allí se juegan y a que Europa se vería a la larga seriamente afectada si los americanos no tomasen sobre sí la tarea de defenderlos. Cierto que los americanos lo hacen por interés propio; pero no es menos cierto que esta actitud coincide también con lo que conviene a Europa.
La circunstancias especiales a las que aludíamos deben tomar en cuenta también que el momento actual es el del afianzamiento de Francia como país europeo con status de dhimmi, amigo tapado de la causa islamista. Con la sentencia aludida ¿está Alemania buscando un status igual que la ponga a cubierto de los ataques terroristas de las principales organizaciones que trabajan en este campo? ¿se trata de una mera coincidencia? Sólo el tiempo puede dar respuesta clara a estas preguntas.
Pero ¿Qué sucede con España? Curiosamente, aunque el gobierno español se mostró extraordinariamente diligente en la retirada de sus tropas en Irak, ¡Era una parte del programa electoral y, según se dice, esto es lo más sagrado que se concibe en el Reino de las Diecisiete Repúblicas!, la necesidad de reconciliarse con los Estados Unidos lo ha llevado a adquirir compromisos que, pecando por inocente, el público ignora y los medios, pecando por avisados, evitan comentar. Allí está por ejemplo ese compromiso de permanecer doce años en Afganistán, tomando a su cargo la base militar que los italianos abandonaron. Pues bien, pese a ese talante cooperante y adulador, la situación de España -que no ha mejorado respecto al terrorismo islamista-, tampoco ha mejorado respecto a los Estados Unidos, pues sigue siendo para éstos el aliado “nada digno de confianza” que el Señor Rodríguez Zapatero dibujó con su actuación, apoyada, no lo olvidemos, por el resultado de unas elecciones.
Retrotrayendo la mirada con el fin de ver si estos polvos han de achacarse a aquellos lodos, o si se trata sencillamente de que Occidente está mordiendo sin enterarse el mismo polvo desde hace unos treinta y tres años, vamos considerar el listado de tareas respecto a la seguridad frente al terrorismo que ya se consideraban pendientes en el año de 1972.Me he servido de The Economist.
Las medidas deseables por aquel entonces eran las que se enumeran a continuación:
1)- Mayor control de los viajeros, de sus equipajes y de la carga en los aeropuertos.
2.)- Juntamente con lo anterior, debía ejercerse una inspección más rigurosa de los pasaportes
3)- Reglamentación más estricta de la inmigración y de los visados.
4)- Concretamente se consideraba imprescindible la exigencia de visado a los ciudadanos de los países árabes y muy especialmente en aquél entonces, de los procedentes de Libia, de Marruecos de Argelia y de Túnez, como hacía Alemania en aquella época..
5).- Vigilancia más esmerada de los exiliados políticos de cualquier procedencia.
6)- Proscripción de las organizaciones extranjeras clara o presumiblemente entroncadas con el terrorismo. Esta actitud tan estricta tiene su explicación en el hecho de que al funcionar las organizaciones terroristas como sociedades secretas, sería ingenuo esperar a que diesen pruebas incontrovertibles de su finalidad terrorista.
7)- Coordinación centralizada de las investigaciones policíacas en los diversos Estados de la Comunidad.
8)- Coordinación de la legislación y de las políticas antiterroristas entre todos los Estados de la Comunidad Europea.
8)- Por encima de todo, se consideraba absolutamente necesaria la existencia de un Grupo Antiterrorista de la Comunidad.
Al comparar la lista de las medidas que hace tres décadas se consideraban imprescindibles en la lucha antiterrorista y lo que aún hace falta ahora, después de las matanzas de Madrid y de Londres, surge clara y bien perfilada la silueta de un descalco verdaderamente suicida.
La entera dimensión de este descalco se puede, a mi modesto juicio, calcular mejor si se consideran las siguientes circunstancias: A) el terrorismo islamista está ahora más extendido por el mundo y mejor organizado que en 1972 B) Cuenta con personal mucho mejor cualificado en materias técnicas. C) La población islámica, base humana utilizada como parapeto por los terroristas, y diana principal de sus actividades proselitistas, ha aumentado considerablemente en los principales países europeos, alcanzando en algunos la proximidad al punto crítico del 10%. D ) Dado el caos axiológico en que ha caído la cultura Occidental, la causa de los terroristas se ha hecho, en muchos aspectos, indistinguible respecto a la causa de los Derechos Humanos y de las libertades ciudadanas. E) Los problemas del terrorismo se han imbricado íntimamente con los problemas de la inmigración de tal manera que los Estados de la llamada Unión Europea se encuentran en la disyuntiva de poner en práctica medidas eficaces de control, deteriorando el real o supuesto equilibrio de la importación de mano de obra, o conservar el equilibrio de ésta aún a riesgo de adoptar la laxitud como regla en la vigilancia antiterrorista. Dada la naturaleza mercantil de la Unión y los intereses inmediatos en juego, apenas cabe duda de que la elección será a favor del mercado. Desde esta perspectiva, el terrorismo no pasa para algunos de ser un riesgo calculado.
A esta lista, añadiría de buena gana dos puntos más. El primero de ellos se referiría al hecho del despego que experimenta la sociedades occidentales respecto a la Iglesia universal, que deja a Europa carente de su horma espiritual que acaso sea sustituída por el Islam, mientras la Iglesia, sin abandonar su obra maestra, se expansiona preferentemente incardinándose en otras culturas. El segundo, consistiría en considerar la gravedad de que en el seno de una sedicente Unión, Francia, Alemania e Inglaterra, que son los que cuentan, miren por su propio provecho mientras saludan al tendido como solicitando una ovación por actuar en bien del conjunto. Así Francia, con su status de dhimmi, respetado por las principales organizaciones terroristas islámicas, y Alemania en lo que parece su actual puja por adquirirlo. O el Reino Unido defendiendo sus privilegios financiero como Francia defiende los suyos, mientras Alemania espera tranquila a tomas posesión de lo que la Historia le está brindando en bandeja.
Todas estas circunstancias hacen posible la acción pro islamista en una doble vía, la clásica de la beligerancia terrorista allí donde convenga, y la acción jurídica y de opinión que actúa de acuerdo al esquema de la defensa de los Derechos humanos, optimizando lo que desde el punto de vista de la dialéctica se llama “aprovechar las contradicciones del sistema.” O sea, sacar ventaja de aquellos puntos de la defensa y de la estabilidad del sistema que pueden ser explotados para desequilibrarlo mediante pequeños saltos cuantitativos que llevarán al gran salto cualitativo. .
Pero esta recidiva de la debilidad –por cierto revestida de los oropeles de la soberanía del Estado-, se hace patente en un momento en el cual destacan por contraposición, la permanencia de los Estados Unidos en la zona del Oriente Medio y del Asia Central (Irak y Afganistán) y las reticencias europeas a comprometerse allí. Pese, indudablemente, a que los países de la UE están más cerca de ese teatro estratégico, a que son en buena parte europeos los intereses que allí se juegan y a que Europa se vería a la larga seriamente afectada si los americanos no tomasen sobre sí la tarea de defenderlos. Cierto que los americanos lo hacen por interés propio; pero no es menos cierto que esta actitud coincide también con lo que conviene a Europa.
La circunstancias especiales a las que aludíamos deben tomar en cuenta también que el momento actual es el del afianzamiento de Francia como país europeo con status de dhimmi, amigo tapado de la causa islamista. Con la sentencia aludida ¿está Alemania buscando un status igual que la ponga a cubierto de los ataques terroristas de las principales organizaciones que trabajan en este campo? ¿se trata de una mera coincidencia? Sólo el tiempo puede dar respuesta clara a estas preguntas.
Pero ¿Qué sucede con España? Curiosamente, aunque el gobierno español se mostró extraordinariamente diligente en la retirada de sus tropas en Irak, ¡Era una parte del programa electoral y, según se dice, esto es lo más sagrado que se concibe en el Reino de las Diecisiete Repúblicas!, la necesidad de reconciliarse con los Estados Unidos lo ha llevado a adquirir compromisos que, pecando por inocente, el público ignora y los medios, pecando por avisados, evitan comentar. Allí está por ejemplo ese compromiso de permanecer doce años en Afganistán, tomando a su cargo la base militar que los italianos abandonaron. Pues bien, pese a ese talante cooperante y adulador, la situación de España -que no ha mejorado respecto al terrorismo islamista-, tampoco ha mejorado respecto a los Estados Unidos, pues sigue siendo para éstos el aliado “nada digno de confianza” que el Señor Rodríguez Zapatero dibujó con su actuación, apoyada, no lo olvidemos, por el resultado de unas elecciones.
Retrotrayendo la mirada con el fin de ver si estos polvos han de achacarse a aquellos lodos, o si se trata sencillamente de que Occidente está mordiendo sin enterarse el mismo polvo desde hace unos treinta y tres años, vamos considerar el listado de tareas respecto a la seguridad frente al terrorismo que ya se consideraban pendientes en el año de 1972.Me he servido de The Economist.
Las medidas deseables por aquel entonces eran las que se enumeran a continuación:
1)- Mayor control de los viajeros, de sus equipajes y de la carga en los aeropuertos.
2.)- Juntamente con lo anterior, debía ejercerse una inspección más rigurosa de los pasaportes
3)- Reglamentación más estricta de la inmigración y de los visados.
4)- Concretamente se consideraba imprescindible la exigencia de visado a los ciudadanos de los países árabes y muy especialmente en aquél entonces, de los procedentes de Libia, de Marruecos de Argelia y de Túnez, como hacía Alemania en aquella época..
5).- Vigilancia más esmerada de los exiliados políticos de cualquier procedencia.
6)- Proscripción de las organizaciones extranjeras clara o presumiblemente entroncadas con el terrorismo. Esta actitud tan estricta tiene su explicación en el hecho de que al funcionar las organizaciones terroristas como sociedades secretas, sería ingenuo esperar a que diesen pruebas incontrovertibles de su finalidad terrorista.
7)- Coordinación centralizada de las investigaciones policíacas en los diversos Estados de la Comunidad.
8)- Coordinación de la legislación y de las políticas antiterroristas entre todos los Estados de la Comunidad Europea.
8)- Por encima de todo, se consideraba absolutamente necesaria la existencia de un Grupo Antiterrorista de la Comunidad.
Al comparar la lista de las medidas que hace tres décadas se consideraban imprescindibles en la lucha antiterrorista y lo que aún hace falta ahora, después de las matanzas de Madrid y de Londres, surge clara y bien perfilada la silueta de un descalco verdaderamente suicida.
La entera dimensión de este descalco se puede, a mi modesto juicio, calcular mejor si se consideran las siguientes circunstancias: A) el terrorismo islamista está ahora más extendido por el mundo y mejor organizado que en 1972 B) Cuenta con personal mucho mejor cualificado en materias técnicas. C) La población islámica, base humana utilizada como parapeto por los terroristas, y diana principal de sus actividades proselitistas, ha aumentado considerablemente en los principales países europeos, alcanzando en algunos la proximidad al punto crítico del 10%. D ) Dado el caos axiológico en que ha caído la cultura Occidental, la causa de los terroristas se ha hecho, en muchos aspectos, indistinguible respecto a la causa de los Derechos Humanos y de las libertades ciudadanas. E) Los problemas del terrorismo se han imbricado íntimamente con los problemas de la inmigración de tal manera que los Estados de la llamada Unión Europea se encuentran en la disyuntiva de poner en práctica medidas eficaces de control, deteriorando el real o supuesto equilibrio de la importación de mano de obra, o conservar el equilibrio de ésta aún a riesgo de adoptar la laxitud como regla en la vigilancia antiterrorista. Dada la naturaleza mercantil de la Unión y los intereses inmediatos en juego, apenas cabe duda de que la elección será a favor del mercado. Desde esta perspectiva, el terrorismo no pasa para algunos de ser un riesgo calculado.
A esta lista, añadiría de buena gana dos puntos más. El primero de ellos se referiría al hecho del despego que experimenta la sociedades occidentales respecto a la Iglesia universal, que deja a Europa carente de su horma espiritual que acaso sea sustituída por el Islam, mientras la Iglesia, sin abandonar su obra maestra, se expansiona preferentemente incardinándose en otras culturas. El segundo, consistiría en considerar la gravedad de que en el seno de una sedicente Unión, Francia, Alemania e Inglaterra, que son los que cuentan, miren por su propio provecho mientras saludan al tendido como solicitando una ovación por actuar en bien del conjunto. Así Francia, con su status de dhimmi, respetado por las principales organizaciones terroristas islámicas, y Alemania en lo que parece su actual puja por adquirirlo. O el Reino Unido defendiendo sus privilegios financiero como Francia defiende los suyos, mientras Alemania espera tranquila a tomas posesión de lo que la Historia le está brindando en bandeja.
Todas estas circunstancias hacen posible la acción pro islamista en una doble vía, la clásica de la beligerancia terrorista allí donde convenga, y la acción jurídica y de opinión que actúa de acuerdo al esquema de la defensa de los Derechos humanos, optimizando lo que desde el punto de vista de la dialéctica se llama “aprovechar las contradicciones del sistema.” O sea, sacar ventaja de aquellos puntos de la defensa y de la estabilidad del sistema que pueden ser explotados para desequilibrarlo mediante pequeños saltos cuantitativos que llevarán al gran salto cualitativo. .
miércoles, 6 de julio de 2005
El Día que Tocaron las Campanas
Si el sexagésimo aniversario de la terminación de la II Guerra Mundial ha servido para resucitar su memoria por parte de las grandes potencias que la prepararon y la libraron en su propio provecho, también puede servir este aniversario para evocar a esa multitud de países de tercera, cuarta o quinta fila a cuya presencia se debe precisamente que el conflicto haya podido recibir el calificativo de mundial.
Estos países nada tenían que perder ni ganar como entidades nacionales y, sin embargo, declararon la guerra a la parte que les correspondía y se alinearon con las democracias o con el eje, digamos que obedeciendo al puro imperativo geográfico. Porque acontece que los países, antes que comunidades con ciertas cosas en común, son un lugar en el mundo, un punto en el mapa. Y la geografía impone unos determinados comportamientos en la medida en que los pobladores de un país no están, como sociedad organizada, a la altura de las exigencias que la localización de su país en el mundo les exige. En estos casos, solo se tiene que mirar al mapa para saber, como se dice vulgarmente, de donde sopla el viento. Y mucho más en un conflicto bélico.
Para los desunidos países iberoamericanos, en 1941 el viento soplaba por el lado de que los Estados Unidos debían entrar en la guerra junto a la asediada Inglaterra, pues se trataba de salvaguardar el predominio anglosajón en el mundo. El ataque nipón a la base estadounidense de Pearl Harbor facilitó las cosas y la gran potencia norteamericana abanderó a partir de allí la causa que se llamó de las democracias pese a que una de las principales protagonistas de la contienda era la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, tan totalitaria como la Alemania Nazi.
El día que declararon la guerra, en mi pueblo, que era capital de Departamento, tocaron a rebato las campanas de la ciudad entera. El tradicional lenguaje de las campanas, además de religioso era también cívico y militar. El toque de rebato era de ésta última clase y llamaba a la población a contrabatir, es decir, a combatir a quienes venían a batir la ciudad por sorpresa.
Pero aquél día, el revuelo de campanas se quedó en puro ornato sonoro de una noticia que la radio había difundido previamente: se había declarado la guerra a las potencias del Eje alineándose, pues, al lado de los Estados Unidos contra el Japón, Alemania e Italia. El país que con tanta alegría oficial había entrado en guerra había sido definido por el poeta Pablo Antonio Cuadra, como un país pequeño, de pequeños ferrocarriles y pequeños campanarios, estaba entonces en el istmo centroamericano. Al parecer sigue allí, ya sin ferrocarriles y con muchos menos campanarios, pero aún se llama Nicaragua. Me inclino a creer que sus jerifaltes de entonces no podían hacer otra cosa que declarar la guerra, aún en el supuesto poco probable de que hubieran querido escoger una opción diferente. Por otra causa no, pero les bastaba mirar sensatamente al mapa para saber que su puesto estaba al lado de las democracias. Comprenderá el lector que estoy haciendo intrahistoria, que es historia chiquita y particular, pero que puede resultar aleccionadora si se sabe mirar de través.
La declaración de guerra cayó en mi casa con la fuerza de un ciclón. El mismo día de las campanas, don Eneas Razzetto, agrónomo italiano, Director de la Escuela Superior de Agricultura y que había convertido en un vergel el cinturón de Las Quintas que rodeaba la ciudad, fue encarcelado como medida previa a su deportación a un campo de prisioneros en los Estados Unidos. A mis seis memoriosos años, vi pasar a don Eneas -un paciente de mi padre que era médico-, sudoroso y enrojecido bajo el sol del mediodía, con la blanca chaqueta de lino plegada sobre el brazo derecho, humillado por la presencia mal encarada de dos Guardias Nacionales que lo custodiaban como a un malhechor.
En aquella ocasión supe por primera vez lo que significaba la palabra disgusto reflejada en la cara de mi padre. Después me enteraría que el mal rato no había conseguido entumecer su sentido de la amistad. en el doble aspecto de lealtad y de aprovechamiento que ésta tiene, pues mi padre había intercedido eficazmente a favor de su amigo y paciente italiano ante don Alejandro Pereira Saavedra, Comandante Militar de la plaza, y amigo suyo también, y, lo que era para mí más importante entonces, padre de Teresita Pereira, una linda niña cuatro años mayor que yo y a la cual prefería entre todas las amigas de mi hermana
En los días siguientes la familia fue de disgusto en disgusto. Las noticias llegaban atropelladamente. Unos vecinos alemanes, los Schmitt, sufrieron la misma suerte que Razzetto. Luisa, una anciana de esa familia, demasiado vieja para ser internada en un campo de concentración, tuvo que ser acogida por los Tijerino, vecinos suyos y amigos también de mi padre. A partir de allí, y mientras permanecimos en Puentealdía, doña Luisa figuró como invitada a nuestra mesa tres veces a la semana. Temíamos por Karl Schutze, condecorado con la Cruz De Hierro durante la Primera Guerra Mundial y que casaría con una cuñada de Ofelia, la única hermana de mi madre. Temíamos por la familia Mántica, cuyos representantes varones habían sido compañeros de mi padre en el Colegio Tridentino de San Ramón. Una de las niñas Mántica, Margarita, había quedado aislada por la guerra en Diano-Marina, en la costa ligur, y tuvo que ser auxiliada por la Cruz Roja. Nos preocupaba la suerte que pudiera correr Joseph Altamirano-Von Lückson y sus hermanas la rubia Elsa y la pelirroja Celina. José era el cónsul honorario de Alemania en Corinto, puerto donde pasábamos la temporada más calurosa del año. Pero la sorpresa la dieron los ingleses al incluir en su blacklist a mi abuelo materno. Sería exagerado pensar que los ingleses se habían tomado el menor trabajo de rastrear las vinculaciones de mi abuelo con el régimen del III Reich. Sólo echaron mano de la lista que ya habían aplicado durante la Primera Guerra Mundial cuando los enemigos a abatir eran el Kaiser Guillermo y Francisco José, el marido de Ssissi. Resulta que el primero de la familia de mi abuelo había llegado de California pasajero en un barco de la Compañía del Tránsito propiedad del Comodoro Vanderbilt y procedía en última instancia de Danzig, cuando esta ciudad formaba parte de Prusia. Ser incluido en la lista negra, suponía no poder recibir mercancías procedentes de los países aliados. Todo esto tenía vital importancia para mi abuelo principal accionista y director del periódico “El Independiente”, y dueño de un taller de imprenta que había sido fundado por el prusiano, pues recibía de los Estados Unidos y del entonces Dominio del Canadá, el papel, la tinta y otros materiales necesarios para su industria
No todas las energías del país se agotaron en perseguir enemigos tan peligrosos para las democracias. El gobierno tuvo también la feliz idea de organizar una”magna manifestación” en la capital del país. Desde aquél momento, la Compañía del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, los lanchones y gabarras de los grandes esteros, el vapor “Victoria” en el lago de Granada, los bateles y “pimpantes” de los ríos de la costa atlántica, las goletas del lago de Managua, fueron dedicados al transporte de los manifestantes que eran trasladados en expediciones organizadas por los Jefes Políticos de cada Departamento, los Alcaldes de los pueblos o los Jueces de Mesta donde no llegaban aquellos.
La “magna manifestación” reunió una multitud procedente de todos los rincones del país. Allí estaban los “campistos” blancos de los aislados valles de la Nueva Segovia; donde la endogamia de los colonizadores y la relativa ausencia de indígenas originó grupos enteramente leucodermos; allí los indios de Chontales, en el centro del país, los de Subtiaba, en tierras de León, los de Jalteba, en tierras de Granada, los de Monimbó en tierras de Masaya, organizados en comunidades indígenas reconocidas como tales desde el tiempo de los últimos Austrias; allí los mestizos aindiados de todas partes: los vaqueros de los grandes hatos, los cazadores, los raicilleros, los que cribaban oro en los placeres de los ríos, los cortadores de caña de azucar, los leñadores, los pescadores, los boyeros de las grandes haciendas; los zambos, los negros, los mulatos y los chinegros que habitaban los marjales y llanuras de la costa atlántica, resurrección del Africa sufriente llevada allí por los intentos colonizadores de los ingleses; los rubios y empobrecidos descendientes de los piratas y filibusteros ingleses y holandeses de la región de San Juan del Norte o Greytown a los que la gente llamaba “indios blancos”; todo el mundo magmático de una sociedad pequeña, complicada y aún por hacer, trajinaba por los caminos para acudir a aquella manifestación en la cual se iba a vitorear a las democracias. Conservo un ejemplar de la revista “Enguardia”. En ella, hay una fotografía de la cabecera de la manifestación en la escalinata del Palacio Nacional. Se ven allí a Anastasio Somoza padre, y a su lado los hermanos Aguirre Baca, entonces tenientes de la Guardia Nacional y que más tarde intentarían un golpe de Estado que los rebotaría a USA donde fundarían “El Diario de las Américas”
Al final, el sentido común se impuso respecto a muchos de los perseguidos. En contraste con la obsecuente posición de las autoridades nacionales, interesadamente rigurosas, los Estados Unidos comenzaron a devolver al país a muchos alemanes e italianos que habían sido deportados injustamente. La ausencia había bastado, sin embargo, para que sus posesiones tuvieran que cambiar de manos; eso se trataba de conseguir, al parecer, con tanto rigor democrático.
Merced a la intrincada red de amistades, parentesco, clientela o favores que era la base de la verdadera constitución del país, muchos perseguidos o acosados tuvieron mejor suerte. A mi abuelo le bastó refrescar el recuerdo de un importante parentesco. Otros encontraron la protección de amigos o gente benévola en el Ejército o en el Gobierno. Guardo sus nombres. Quien más quien menos, incluso el buen cónsul de Alemania en Corinto encontró valedores eficaces; y el marido de una sobrina suya terminaría trabajando como empleado civil en la base militar norteamericana que se instaló en el puerto de Corinto que está, como saben los historiadores de América, en la que los antiguos mapas llamaban bahía de la Posesión, que con el golfo de Fonseca y la bahía de San Francisco, forma la trilogía de los grandes abrigos naturales de la costa del pacífico americano.
El país se benefició de la intensificación del comercio interamericano; ningún destacamento nacional tuvo que incorporarse en ningún momento a la guerra. Casi al final de ésta, un oportuno incendio del Registro de la Propiedad en Managua, hizo desaparecer asientos importantes cuya ausencia estaba destinada a garantizar la pacífica posesión de los nuevos, ventajistas e improvisados adquirentes de las propiedades de alemanes o italianos.. Los Aliados iban a vencer. El nuevo orden que se avecinaba pronto sería definido por Churchill en un famoso discurso en USA. Pero, por otra parte, en el Asia entera y en el Oriente Europeo, se impondría por la fuerza el socialismo real del modelo staliniano. En la colonia inglesa de Palestina, los judíos tendrían que continuar su lucha y los árabes la suya. El mundo africano sería objeto de un proceso de descolonización desconsiderado e irresponsable. En los países suburbiales de América de habla española triunfaba de nuevo el espíritu de la mecedora, la hamaca y el machete. En el gran teatro del mundo la Democracia entonaba su gran himno triunfal.
Estos países nada tenían que perder ni ganar como entidades nacionales y, sin embargo, declararon la guerra a la parte que les correspondía y se alinearon con las democracias o con el eje, digamos que obedeciendo al puro imperativo geográfico. Porque acontece que los países, antes que comunidades con ciertas cosas en común, son un lugar en el mundo, un punto en el mapa. Y la geografía impone unos determinados comportamientos en la medida en que los pobladores de un país no están, como sociedad organizada, a la altura de las exigencias que la localización de su país en el mundo les exige. En estos casos, solo se tiene que mirar al mapa para saber, como se dice vulgarmente, de donde sopla el viento. Y mucho más en un conflicto bélico.
Para los desunidos países iberoamericanos, en 1941 el viento soplaba por el lado de que los Estados Unidos debían entrar en la guerra junto a la asediada Inglaterra, pues se trataba de salvaguardar el predominio anglosajón en el mundo. El ataque nipón a la base estadounidense de Pearl Harbor facilitó las cosas y la gran potencia norteamericana abanderó a partir de allí la causa que se llamó de las democracias pese a que una de las principales protagonistas de la contienda era la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, tan totalitaria como la Alemania Nazi.
El día que declararon la guerra, en mi pueblo, que era capital de Departamento, tocaron a rebato las campanas de la ciudad entera. El tradicional lenguaje de las campanas, además de religioso era también cívico y militar. El toque de rebato era de ésta última clase y llamaba a la población a contrabatir, es decir, a combatir a quienes venían a batir la ciudad por sorpresa.
Pero aquél día, el revuelo de campanas se quedó en puro ornato sonoro de una noticia que la radio había difundido previamente: se había declarado la guerra a las potencias del Eje alineándose, pues, al lado de los Estados Unidos contra el Japón, Alemania e Italia. El país que con tanta alegría oficial había entrado en guerra había sido definido por el poeta Pablo Antonio Cuadra, como un país pequeño, de pequeños ferrocarriles y pequeños campanarios, estaba entonces en el istmo centroamericano. Al parecer sigue allí, ya sin ferrocarriles y con muchos menos campanarios, pero aún se llama Nicaragua. Me inclino a creer que sus jerifaltes de entonces no podían hacer otra cosa que declarar la guerra, aún en el supuesto poco probable de que hubieran querido escoger una opción diferente. Por otra causa no, pero les bastaba mirar sensatamente al mapa para saber que su puesto estaba al lado de las democracias. Comprenderá el lector que estoy haciendo intrahistoria, que es historia chiquita y particular, pero que puede resultar aleccionadora si se sabe mirar de través.
La declaración de guerra cayó en mi casa con la fuerza de un ciclón. El mismo día de las campanas, don Eneas Razzetto, agrónomo italiano, Director de la Escuela Superior de Agricultura y que había convertido en un vergel el cinturón de Las Quintas que rodeaba la ciudad, fue encarcelado como medida previa a su deportación a un campo de prisioneros en los Estados Unidos. A mis seis memoriosos años, vi pasar a don Eneas -un paciente de mi padre que era médico-, sudoroso y enrojecido bajo el sol del mediodía, con la blanca chaqueta de lino plegada sobre el brazo derecho, humillado por la presencia mal encarada de dos Guardias Nacionales que lo custodiaban como a un malhechor.
En aquella ocasión supe por primera vez lo que significaba la palabra disgusto reflejada en la cara de mi padre. Después me enteraría que el mal rato no había conseguido entumecer su sentido de la amistad. en el doble aspecto de lealtad y de aprovechamiento que ésta tiene, pues mi padre había intercedido eficazmente a favor de su amigo y paciente italiano ante don Alejandro Pereira Saavedra, Comandante Militar de la plaza, y amigo suyo también, y, lo que era para mí más importante entonces, padre de Teresita Pereira, una linda niña cuatro años mayor que yo y a la cual prefería entre todas las amigas de mi hermana
En los días siguientes la familia fue de disgusto en disgusto. Las noticias llegaban atropelladamente. Unos vecinos alemanes, los Schmitt, sufrieron la misma suerte que Razzetto. Luisa, una anciana de esa familia, demasiado vieja para ser internada en un campo de concentración, tuvo que ser acogida por los Tijerino, vecinos suyos y amigos también de mi padre. A partir de allí, y mientras permanecimos en Puentealdía, doña Luisa figuró como invitada a nuestra mesa tres veces a la semana. Temíamos por Karl Schutze, condecorado con la Cruz De Hierro durante la Primera Guerra Mundial y que casaría con una cuñada de Ofelia, la única hermana de mi madre. Temíamos por la familia Mántica, cuyos representantes varones habían sido compañeros de mi padre en el Colegio Tridentino de San Ramón. Una de las niñas Mántica, Margarita, había quedado aislada por la guerra en Diano-Marina, en la costa ligur, y tuvo que ser auxiliada por la Cruz Roja. Nos preocupaba la suerte que pudiera correr Joseph Altamirano-Von Lückson y sus hermanas la rubia Elsa y la pelirroja Celina. José era el cónsul honorario de Alemania en Corinto, puerto donde pasábamos la temporada más calurosa del año. Pero la sorpresa la dieron los ingleses al incluir en su blacklist a mi abuelo materno. Sería exagerado pensar que los ingleses se habían tomado el menor trabajo de rastrear las vinculaciones de mi abuelo con el régimen del III Reich. Sólo echaron mano de la lista que ya habían aplicado durante la Primera Guerra Mundial cuando los enemigos a abatir eran el Kaiser Guillermo y Francisco José, el marido de Ssissi. Resulta que el primero de la familia de mi abuelo había llegado de California pasajero en un barco de la Compañía del Tránsito propiedad del Comodoro Vanderbilt y procedía en última instancia de Danzig, cuando esta ciudad formaba parte de Prusia. Ser incluido en la lista negra, suponía no poder recibir mercancías procedentes de los países aliados. Todo esto tenía vital importancia para mi abuelo principal accionista y director del periódico “El Independiente”, y dueño de un taller de imprenta que había sido fundado por el prusiano, pues recibía de los Estados Unidos y del entonces Dominio del Canadá, el papel, la tinta y otros materiales necesarios para su industria
No todas las energías del país se agotaron en perseguir enemigos tan peligrosos para las democracias. El gobierno tuvo también la feliz idea de organizar una”magna manifestación” en la capital del país. Desde aquél momento, la Compañía del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, los lanchones y gabarras de los grandes esteros, el vapor “Victoria” en el lago de Granada, los bateles y “pimpantes” de los ríos de la costa atlántica, las goletas del lago de Managua, fueron dedicados al transporte de los manifestantes que eran trasladados en expediciones organizadas por los Jefes Políticos de cada Departamento, los Alcaldes de los pueblos o los Jueces de Mesta donde no llegaban aquellos.
La “magna manifestación” reunió una multitud procedente de todos los rincones del país. Allí estaban los “campistos” blancos de los aislados valles de la Nueva Segovia; donde la endogamia de los colonizadores y la relativa ausencia de indígenas originó grupos enteramente leucodermos; allí los indios de Chontales, en el centro del país, los de Subtiaba, en tierras de León, los de Jalteba, en tierras de Granada, los de Monimbó en tierras de Masaya, organizados en comunidades indígenas reconocidas como tales desde el tiempo de los últimos Austrias; allí los mestizos aindiados de todas partes: los vaqueros de los grandes hatos, los cazadores, los raicilleros, los que cribaban oro en los placeres de los ríos, los cortadores de caña de azucar, los leñadores, los pescadores, los boyeros de las grandes haciendas; los zambos, los negros, los mulatos y los chinegros que habitaban los marjales y llanuras de la costa atlántica, resurrección del Africa sufriente llevada allí por los intentos colonizadores de los ingleses; los rubios y empobrecidos descendientes de los piratas y filibusteros ingleses y holandeses de la región de San Juan del Norte o Greytown a los que la gente llamaba “indios blancos”; todo el mundo magmático de una sociedad pequeña, complicada y aún por hacer, trajinaba por los caminos para acudir a aquella manifestación en la cual se iba a vitorear a las democracias. Conservo un ejemplar de la revista “Enguardia”. En ella, hay una fotografía de la cabecera de la manifestación en la escalinata del Palacio Nacional. Se ven allí a Anastasio Somoza padre, y a su lado los hermanos Aguirre Baca, entonces tenientes de la Guardia Nacional y que más tarde intentarían un golpe de Estado que los rebotaría a USA donde fundarían “El Diario de las Américas”
Al final, el sentido común se impuso respecto a muchos de los perseguidos. En contraste con la obsecuente posición de las autoridades nacionales, interesadamente rigurosas, los Estados Unidos comenzaron a devolver al país a muchos alemanes e italianos que habían sido deportados injustamente. La ausencia había bastado, sin embargo, para que sus posesiones tuvieran que cambiar de manos; eso se trataba de conseguir, al parecer, con tanto rigor democrático.
Merced a la intrincada red de amistades, parentesco, clientela o favores que era la base de la verdadera constitución del país, muchos perseguidos o acosados tuvieron mejor suerte. A mi abuelo le bastó refrescar el recuerdo de un importante parentesco. Otros encontraron la protección de amigos o gente benévola en el Ejército o en el Gobierno. Guardo sus nombres. Quien más quien menos, incluso el buen cónsul de Alemania en Corinto encontró valedores eficaces; y el marido de una sobrina suya terminaría trabajando como empleado civil en la base militar norteamericana que se instaló en el puerto de Corinto que está, como saben los historiadores de América, en la que los antiguos mapas llamaban bahía de la Posesión, que con el golfo de Fonseca y la bahía de San Francisco, forma la trilogía de los grandes abrigos naturales de la costa del pacífico americano.
El país se benefició de la intensificación del comercio interamericano; ningún destacamento nacional tuvo que incorporarse en ningún momento a la guerra. Casi al final de ésta, un oportuno incendio del Registro de la Propiedad en Managua, hizo desaparecer asientos importantes cuya ausencia estaba destinada a garantizar la pacífica posesión de los nuevos, ventajistas e improvisados adquirentes de las propiedades de alemanes o italianos.. Los Aliados iban a vencer. El nuevo orden que se avecinaba pronto sería definido por Churchill en un famoso discurso en USA. Pero, por otra parte, en el Asia entera y en el Oriente Europeo, se impondría por la fuerza el socialismo real del modelo staliniano. En la colonia inglesa de Palestina, los judíos tendrían que continuar su lucha y los árabes la suya. El mundo africano sería objeto de un proceso de descolonización desconsiderado e irresponsable. En los países suburbiales de América de habla española triunfaba de nuevo el espíritu de la mecedora, la hamaca y el machete. En el gran teatro del mundo la Democracia entonaba su gran himno triunfal.
jueves, 30 de junio de 2005
Las Ventajas del Saludo
Si el sexagésimo aniversario de la terminación de la II Guerra Mundial ha servido para resucitar su memoria por parte de las grandes potencias que la prepararon y la libraron en su propio provecho, también puede servir este aniversario para evocar a esa multitud de países de tercera, cuarta o quinta fila a cuya presencia se debe precisamente que el conflicto haya podido recibir el calificativo de mundial.
Estos países nada tenían que perder ni ganar como entidades nacionales y, sin embargo, declararon la guerra a la parte que les correspondía y se alinearon con las democracias o con el eje, digamos que obedeciendo al puro imperativo geográfico. Porque acontece que los países, antes que comunidades con ciertas cosas en común, son un lugar en el mundo, un punto en el mapa. Y la geografía impone unos determinados comportamientos en la medida en que los pobladores de un país no están, como sociedad organizada, a la altura de las exigencias que la localización de su país en el mundo les exige. En estos casos, solo se tiene que mirar al mapa para saber, como se dice vulgarmente, de donde sopla el viento. Y mucho más en un conflicto bélico.
Para los desunidos países iberoamericanos, en 1941 el viento soplaba por el lado de que los Estados Unidos debían entrar en la guerra junto a la asediada Inglaterra, pues se trataba de salvaguardar el predominio anglosajón en el mundo. El ataque nipón a la base estadounidense de Pearl Harbor facilitó las cosas y la gran potencia norteamericana abanderó a partir de allí la causa que se llamó de las democracias pese a que una de las principales protagonistas de la contienda era la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, tan totalitaria como la Alemania Nazi.
El día que declararon la guerra, en mi pueblo, que era capital de Departamento, tocaron a rebato las campanas de la ciudad entera. El tradicional lenguaje de las campanas, además de religioso era también cívico y militar. El toque de rebato era de ésta última clase y llamaba a la población a contrabatir, es decir, a combatir a quienes venían a batir la ciudad por sorpresa.
Pero aquél día, el revuelo de campanas se quedó en puro ornato sonoro de una noticia que la radio había difundido previamente: se había declarado la guerra a las potencias del Eje alineándose, pues, al lado de los Estados Unidos contra el Japón, Alemania e Italia. El país que con tanta alegría oficial había entrado en guerra había sido definido por el poeta Pablo Antonio Cuadra, como un país pequeño, de pequeños ferrocarriles y pequeños campanarios, estaba entonces en el istmo centroamericano. Al parecer sigue allí, ya sin ferrocarriles y con muchos menos campanarios, pero aún se llama Nicaragua. Me inclino a creer que sus jerifaltes de entonces no podían hacer otra cosa que declarar la guerra, aún en el supuesto poco probable de que hubieran querido escoger una opción diferente. Por otra causa no, pero les bastaba mirar sensatamente al mapa para saber que su puesto estaba al lado de las democracias. Comprenderá el lector que estoy haciendo intrahistoria, que es historia chiquita y particular, pero que puede resultar aleccionadora si se sabe mirar de través.
La declaración de guerra cayó en mi casa con la fuerza de un ciclón. El mismo día de las campanas, don Eneas Razzetto, agrónomo italiano, Director de la Escuela Superior de Agricultura y que había convertido en un vergel el cinturón de Las Quintas que rodeaba la ciudad, fue encarcelado como medida previa a su deportación a un campo de prisioneros en los Estados Unidos. A mis seis memoriosos años, vi pasar a don Eneas -un paciente de mi padre que era médico-, sudoroso y enrojecido bajo el sol del mediodía, con la blanca chaqueta de lino plegada sobre el brazo derecho, humillado por la presencia mal encarada de dos Guardias Nacionales que lo custodiaban como a un malhechor.
En aquella ocasión supe por primera vez lo que significaba la palabra disgusto reflejada en la cara de mi padre. Después me enteraría que el mal rato no había conseguido entumecer su sentido de la amistad. en el doble aspecto de lealtad y de aprovechamiento que ésta tiene, pues mi padre había intercedido eficazmente a favor de su amigo y paciente italiano ante don Alejandro Pereira Saavedra, Comandante Militar de la plaza, y amigo suyo también, y, lo que era para mí más importante entonces, padre de Teresita Pereira, una linda niña cuatro años mayor que yo y a la cual prefería entre todas las amigas de mi hermana
En los días siguientes la familia fue de disgusto en disgusto. Las noticias llegaban atropelladamente. Unos vecinos alemanes, los Schmitt, sufrieron la misma suerte que Razzetto. Luisa, una anciana de esa familia, demasiado vieja para ser internada en un campo de concentración, tuvo que ser acogida por los Tijerino, vecinos suyos y amigos también de mi padre. A partir de allí, y mientras permanecimos en Puentealdía, doña Luisa figuró como invitada a nuestra mesa tres veces a la semana. Temíamos por Karl Schutze, condecorado con la Cruz De Hierro durante la Primera Guerra Mundial y que casaría con una cuñada de Ofelia, la única hermana de mi madre. Temíamos por la familia Mántica, cuyos representantes varones habían sido compañeros de mi padre en el Colegio Tridentino de San Ramón. Una de las niñas Mántica, Margarita, había quedado aislada por la guerra en Diano-Marina, en la costa ligur, y tuvo que ser auxiliada por la Cruz Roja. Nos preocupaba la suerte que pudiera correr Joseph Altamirano-Von Lückson y sus hermanas la rubia Elsa y la pelirroja Celina. José era el cónsul honorario de Alemania en Corinto, puerto donde pasábamos la temporada más calurosa del año. Pero la sorpresa la dieron los ingleses al incluir en su blacklist a mi abuelo materno. Sería exagerado pensar que los ingleses se habían tomado el menor trabajo de rastrear las vinculaciones de mi abuelo con el régimen del III Reich. Sólo echaron mano de la lista que ya habían aplicado durante la Primera Guerra Mundial cuando los enemigos a abatir eran el Kaiser Guillermo y Francisco José, el marido de Ssissi. Resulta que el primero de la familia de mi abuelo había llegado de California pasajero en un barco de la Compañía del Tránsito propiedad del Comodoro Vanderbilt y procedía en última instancia de Danzig, cuando esta ciudad formaba parte de Prusia. Ser incluido en la lista negra, suponía no poder recibir mercancías procedentes de los países aliados. Todo esto tenía vital importancia para mi abuelo principal accionista y director del periódico “El Independiente”, y dueño de un taller de imprenta que había sido fundado por el prusiano, pues recibía de los Estados Unidos y del entonces Dominio del Canadá, el papel, la tinta y otros materiales necesarios para su industria
No todas las energías del país se agotaron en perseguir enemigos tan peligrosos para las democracias. El gobierno tuvo también la feliz idea de organizar una”magna manifestación” en la capital del país. Desde aquél momento, la Compañía del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, los lanchones y gabarras de los grandes esteros, el vapor “Victoria” en el lago de Granada, los bateles y “pimpantes” de los ríos de la costa atlántica, las goletas del lago de Managua, fueron dedicados al transporte de los manifestantes que eran trasladados en expediciones organizadas por los Jefes Políticos de cada Departamento, los Alcaldes de los pueblos o los Jueces de Mesta donde no llegaban aquellos.
La “magna manifestación” reunió una multitud procedente de todos los rincones del país. Allí estaban los “campistos” blancos de los aislados valles de la Nueva Segovia; donde la endogamia de los colonizadores y la relativa ausencia de indígenas originó grupos enteramente leucodermos; allí los indios de Chontales, en el centro del país, los de Subtiaba, en tierras de León, los de Jalteba, en tierras de Granada, los de Monimbó en tierras de Masaya, organizados en comunidades indígenas reconocidas como tales desde el tiempo de los últimos Austrias; allí los mestizos aindiados de todas partes: los vaqueros de los grandes hatos, los cazadores, los raicilleros, los que cribaban oro en los placeres de los ríos, los cortadores de caña de azucar, los leñadores, los pescadores, los boyeros de las grandes haciendas; los zambos, los negros, los mulatos y los chinegros que habitaban los marjales y llanuras de la costa atlántica, resurrección del Africa sufriente llevada allí por los intentos colonizadores de los ingleses; los rubios y empobrecidos descendientes de los piratas y filibusteros ingleses y holandeses de la región de San Juan del Norte o Greytown a los que la gente llamaba “indios blancos”; todo el mundo magmático de una sociedad pequeña, complicada y aún por hacer, trajinaba por los caminos para acudir a aquella manifestación en la cual se iba a vitorear a las democracias. Conservo un ejemplar de la revista “Enguardia”. En ella, hay una fotografía de la cabecera de la manifestación en la escalinata del Palacio Nacional. Se ven allí a Anastasio Somoza padre, y a su lado los hermanos Aguirre Baca, entonces tenientes de la Guardia Nacional y que más tarde intentarían un golpe de Estado que los rebotaría a USA donde fundarían “El Diario de las Américas”
Al final, el sentido común se impuso respecto a muchos de los perseguidos. En contraste con la obsecuente posición de las autoridades nacionales, interesadamente rigurosas, los Estados Unidos comenzaron a devolver al país a muchos alemanes e italianos que habían sido deportados injustamente. La ausencia había bastado, sin embargo, para que sus posesiones tuvieran que cambiar de manos; eso se trataba de conseguir, al parecer, con tanto rigor democrático.
Merced a la intrincada red de amistades, parentesco, clientela o favores que era la base de la verdadera constitución del país, muchos perseguidos o acosados tuvieron mejor suerte. A mi abuelo le bastó refrescar el recuerdo de un importante parentesco. Otros encontraron la protección de amigos o gente benévola en el Ejército o en el Gobierno. Guardo sus nombres. Quien más quien menos, incluso el buen cónsul de Alemania en Corinto encontró valedores eficaces; y el marido de una sobrina suya terminaría trabajando como empleado civil en la base militar norteamericana que se instaló en el puerto de Corinto que está, como saben los historiadores de América, en la que los antiguos mapas llamaban bahía de la Posesión, que con el golfo de Fonseca y la bahía de San Francisco, forma la trilogía de los grandes abrigos naturales de la costa del pacífico americano.
El país se benefició de la intensificación del comercio interamericano; ningún destacamento nacional tuvo que incorporarse en ningún momento a la guerra. Casi al final de ésta, un oportuno incendio del Registro de la Propiedad en Managua, hizo desaparecer asientos importantes cuya ausencia estaba destinada a garantizar la pacífica posesión de los nuevos, ventajistas e improvisados adquirentes de las propiedades de alemanes o italianos.. Los Aliados iban a vencer. El nuevo orden que se avecinaba pronto sería definido por Churchill en un famoso discurso en USA. Pero, por otra parte, en el Asia entera y en el Oriente Europeo, se impondría por la fuerza el socialismo real del modelo staliniano. En la colonia inglesa de Palestina, los judíos tendrían que continuar su lucha y los árabes la suya. El mundo africano sería objeto de un proceso de descolonización desconsiderado e irresponsable. En los países suburbiales de América de habla española triunfaba de nuevo el espíritu de la mecedora, la hamaca y el machete. En el gran teatro del mundo la Democracia entonaba su gran himno triunfal.
Estos países nada tenían que perder ni ganar como entidades nacionales y, sin embargo, declararon la guerra a la parte que les correspondía y se alinearon con las democracias o con el eje, digamos que obedeciendo al puro imperativo geográfico. Porque acontece que los países, antes que comunidades con ciertas cosas en común, son un lugar en el mundo, un punto en el mapa. Y la geografía impone unos determinados comportamientos en la medida en que los pobladores de un país no están, como sociedad organizada, a la altura de las exigencias que la localización de su país en el mundo les exige. En estos casos, solo se tiene que mirar al mapa para saber, como se dice vulgarmente, de donde sopla el viento. Y mucho más en un conflicto bélico.
Para los desunidos países iberoamericanos, en 1941 el viento soplaba por el lado de que los Estados Unidos debían entrar en la guerra junto a la asediada Inglaterra, pues se trataba de salvaguardar el predominio anglosajón en el mundo. El ataque nipón a la base estadounidense de Pearl Harbor facilitó las cosas y la gran potencia norteamericana abanderó a partir de allí la causa que se llamó de las democracias pese a que una de las principales protagonistas de la contienda era la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, tan totalitaria como la Alemania Nazi.
El día que declararon la guerra, en mi pueblo, que era capital de Departamento, tocaron a rebato las campanas de la ciudad entera. El tradicional lenguaje de las campanas, además de religioso era también cívico y militar. El toque de rebato era de ésta última clase y llamaba a la población a contrabatir, es decir, a combatir a quienes venían a batir la ciudad por sorpresa.
Pero aquél día, el revuelo de campanas se quedó en puro ornato sonoro de una noticia que la radio había difundido previamente: se había declarado la guerra a las potencias del Eje alineándose, pues, al lado de los Estados Unidos contra el Japón, Alemania e Italia. El país que con tanta alegría oficial había entrado en guerra había sido definido por el poeta Pablo Antonio Cuadra, como un país pequeño, de pequeños ferrocarriles y pequeños campanarios, estaba entonces en el istmo centroamericano. Al parecer sigue allí, ya sin ferrocarriles y con muchos menos campanarios, pero aún se llama Nicaragua. Me inclino a creer que sus jerifaltes de entonces no podían hacer otra cosa que declarar la guerra, aún en el supuesto poco probable de que hubieran querido escoger una opción diferente. Por otra causa no, pero les bastaba mirar sensatamente al mapa para saber que su puesto estaba al lado de las democracias. Comprenderá el lector que estoy haciendo intrahistoria, que es historia chiquita y particular, pero que puede resultar aleccionadora si se sabe mirar de través.
La declaración de guerra cayó en mi casa con la fuerza de un ciclón. El mismo día de las campanas, don Eneas Razzetto, agrónomo italiano, Director de la Escuela Superior de Agricultura y que había convertido en un vergel el cinturón de Las Quintas que rodeaba la ciudad, fue encarcelado como medida previa a su deportación a un campo de prisioneros en los Estados Unidos. A mis seis memoriosos años, vi pasar a don Eneas -un paciente de mi padre que era médico-, sudoroso y enrojecido bajo el sol del mediodía, con la blanca chaqueta de lino plegada sobre el brazo derecho, humillado por la presencia mal encarada de dos Guardias Nacionales que lo custodiaban como a un malhechor.
En aquella ocasión supe por primera vez lo que significaba la palabra disgusto reflejada en la cara de mi padre. Después me enteraría que el mal rato no había conseguido entumecer su sentido de la amistad. en el doble aspecto de lealtad y de aprovechamiento que ésta tiene, pues mi padre había intercedido eficazmente a favor de su amigo y paciente italiano ante don Alejandro Pereira Saavedra, Comandante Militar de la plaza, y amigo suyo también, y, lo que era para mí más importante entonces, padre de Teresita Pereira, una linda niña cuatro años mayor que yo y a la cual prefería entre todas las amigas de mi hermana
En los días siguientes la familia fue de disgusto en disgusto. Las noticias llegaban atropelladamente. Unos vecinos alemanes, los Schmitt, sufrieron la misma suerte que Razzetto. Luisa, una anciana de esa familia, demasiado vieja para ser internada en un campo de concentración, tuvo que ser acogida por los Tijerino, vecinos suyos y amigos también de mi padre. A partir de allí, y mientras permanecimos en Puentealdía, doña Luisa figuró como invitada a nuestra mesa tres veces a la semana. Temíamos por Karl Schutze, condecorado con la Cruz De Hierro durante la Primera Guerra Mundial y que casaría con una cuñada de Ofelia, la única hermana de mi madre. Temíamos por la familia Mántica, cuyos representantes varones habían sido compañeros de mi padre en el Colegio Tridentino de San Ramón. Una de las niñas Mántica, Margarita, había quedado aislada por la guerra en Diano-Marina, en la costa ligur, y tuvo que ser auxiliada por la Cruz Roja. Nos preocupaba la suerte que pudiera correr Joseph Altamirano-Von Lückson y sus hermanas la rubia Elsa y la pelirroja Celina. José era el cónsul honorario de Alemania en Corinto, puerto donde pasábamos la temporada más calurosa del año. Pero la sorpresa la dieron los ingleses al incluir en su blacklist a mi abuelo materno. Sería exagerado pensar que los ingleses se habían tomado el menor trabajo de rastrear las vinculaciones de mi abuelo con el régimen del III Reich. Sólo echaron mano de la lista que ya habían aplicado durante la Primera Guerra Mundial cuando los enemigos a abatir eran el Kaiser Guillermo y Francisco José, el marido de Ssissi. Resulta que el primero de la familia de mi abuelo había llegado de California pasajero en un barco de la Compañía del Tránsito propiedad del Comodoro Vanderbilt y procedía en última instancia de Danzig, cuando esta ciudad formaba parte de Prusia. Ser incluido en la lista negra, suponía no poder recibir mercancías procedentes de los países aliados. Todo esto tenía vital importancia para mi abuelo principal accionista y director del periódico “El Independiente”, y dueño de un taller de imprenta que había sido fundado por el prusiano, pues recibía de los Estados Unidos y del entonces Dominio del Canadá, el papel, la tinta y otros materiales necesarios para su industria
No todas las energías del país se agotaron en perseguir enemigos tan peligrosos para las democracias. El gobierno tuvo también la feliz idea de organizar una”magna manifestación” en la capital del país. Desde aquél momento, la Compañía del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, los lanchones y gabarras de los grandes esteros, el vapor “Victoria” en el lago de Granada, los bateles y “pimpantes” de los ríos de la costa atlántica, las goletas del lago de Managua, fueron dedicados al transporte de los manifestantes que eran trasladados en expediciones organizadas por los Jefes Políticos de cada Departamento, los Alcaldes de los pueblos o los Jueces de Mesta donde no llegaban aquellos.
La “magna manifestación” reunió una multitud procedente de todos los rincones del país. Allí estaban los “campistos” blancos de los aislados valles de la Nueva Segovia; donde la endogamia de los colonizadores y la relativa ausencia de indígenas originó grupos enteramente leucodermos; allí los indios de Chontales, en el centro del país, los de Subtiaba, en tierras de León, los de Jalteba, en tierras de Granada, los de Monimbó en tierras de Masaya, organizados en comunidades indígenas reconocidas como tales desde el tiempo de los últimos Austrias; allí los mestizos aindiados de todas partes: los vaqueros de los grandes hatos, los cazadores, los raicilleros, los que cribaban oro en los placeres de los ríos, los cortadores de caña de azucar, los leñadores, los pescadores, los boyeros de las grandes haciendas; los zambos, los negros, los mulatos y los chinegros que habitaban los marjales y llanuras de la costa atlántica, resurrección del Africa sufriente llevada allí por los intentos colonizadores de los ingleses; los rubios y empobrecidos descendientes de los piratas y filibusteros ingleses y holandeses de la región de San Juan del Norte o Greytown a los que la gente llamaba “indios blancos”; todo el mundo magmático de una sociedad pequeña, complicada y aún por hacer, trajinaba por los caminos para acudir a aquella manifestación en la cual se iba a vitorear a las democracias. Conservo un ejemplar de la revista “Enguardia”. En ella, hay una fotografía de la cabecera de la manifestación en la escalinata del Palacio Nacional. Se ven allí a Anastasio Somoza padre, y a su lado los hermanos Aguirre Baca, entonces tenientes de la Guardia Nacional y que más tarde intentarían un golpe de Estado que los rebotaría a USA donde fundarían “El Diario de las Américas”
Al final, el sentido común se impuso respecto a muchos de los perseguidos. En contraste con la obsecuente posición de las autoridades nacionales, interesadamente rigurosas, los Estados Unidos comenzaron a devolver al país a muchos alemanes e italianos que habían sido deportados injustamente. La ausencia había bastado, sin embargo, para que sus posesiones tuvieran que cambiar de manos; eso se trataba de conseguir, al parecer, con tanto rigor democrático.
Merced a la intrincada red de amistades, parentesco, clientela o favores que era la base de la verdadera constitución del país, muchos perseguidos o acosados tuvieron mejor suerte. A mi abuelo le bastó refrescar el recuerdo de un importante parentesco. Otros encontraron la protección de amigos o gente benévola en el Ejército o en el Gobierno. Guardo sus nombres. Quien más quien menos, incluso el buen cónsul de Alemania en Corinto encontró valedores eficaces; y el marido de una sobrina suya terminaría trabajando como empleado civil en la base militar norteamericana que se instaló en el puerto de Corinto que está, como saben los historiadores de América, en la que los antiguos mapas llamaban bahía de la Posesión, que con el golfo de Fonseca y la bahía de San Francisco, forma la trilogía de los grandes abrigos naturales de la costa del pacífico americano.
El país se benefició de la intensificación del comercio interamericano; ningún destacamento nacional tuvo que incorporarse en ningún momento a la guerra. Casi al final de ésta, un oportuno incendio del Registro de la Propiedad en Managua, hizo desaparecer asientos importantes cuya ausencia estaba destinada a garantizar la pacífica posesión de los nuevos, ventajistas e improvisados adquirentes de las propiedades de alemanes o italianos.. Los Aliados iban a vencer. El nuevo orden que se avecinaba pronto sería definido por Churchill en un famoso discurso en USA. Pero, por otra parte, en el Asia entera y en el Oriente Europeo, se impondría por la fuerza el socialismo real del modelo staliniano. En la colonia inglesa de Palestina, los judíos tendrían que continuar su lucha y los árabes la suya. El mundo africano sería objeto de un proceso de descolonización desconsiderado e irresponsable. En los países suburbiales de América de habla española triunfaba de nuevo el espíritu de la mecedora, la hamaca y el machete. En el gran teatro del mundo la Democracia entonaba su gran himno triunfal.
jueves, 23 de junio de 2005
Retablillo de Saberes Varios
GUISOTE DE CARNE DE CAIMÁN.- Al caimán o cocodrilo americano lo llaman los del Norte “gator”, que es forma comprimida de decir “Alligator”.
El caimán da una carne parecida a la del buey viejo en Galicia o a la del borrico garañón en cualquier parte del mundo. No obstante hay quien la come muy a gusto después de aderezarla con cebolla, ajo, pimentón, apio y pimiento rojo, que es ese que en México y sus zonas de influencia llaman chiltomate o chiltomo. Lo más corriente es comer la carne de caimán guisada y acompañada de arroz, mezclando con éste la salsa picante. En caso de apuro, y tratándose de americanos del Norte, vale el arroz tres delicias que se puede comprar en el restaurante chino de la esquina. Al guisote de caimán llaman en USA “cajun style gator.”
La excepción a la regla es mi amigo el hacendado mexicano Don Proceso Ojeda y Garza, natural de Nuevo León, a quien le gusta tomar la carne de “gator” en bocadillos. Ojeda llama emparedados a los bocadillos, como si se tratara de un suplicio medioeval, y suele acompañarlos de buenos tragos de Jack Daniels, único whiskey capaz de aguantar semejante compañía. De esta singularidad gastronómica del mexicano di cuenta en un artículo aparecido en esta misma sección.
La palabra cajún, que a oídos hispánicos no suena del todo bien, proviene del noble vocablo “acadian”, bien que a través de graves retorcimientos fonéticos muy típicos del inglés.
Acadian significa acadiano, es decir, natural de Acadia, que era el nombre que los franceses de tiempos de Richelieu dieron al hermoso país que colonizaron en el Canadá y que hoy forma las provincias de Nueva Brunswich y Nueva Escocia. El cambio de nombre y de dueños no se hizo de rositas. Los ingleses, que no toleran las chapuzas ni abandonan nunca el cante a medio palo, después del tratado de Utrech decidieron eliminar de Acadia al mayor número posible de antiguos colonos y, confiando en que el clima, los mosquitos y los caimanes exterminarían a los franceses a más bajo costo y con menos sangre que las balas y los lanzazos, los trasladaron en masa a los pantanos del sur de la Louissiana, con el discreto propósito de que, alejados de toda posibilidad de formar asociaciones de víctimas y otras molestas zarandajas, se fueran extinguiendo allí sin escándalo para nadie ni molestias para su Anglicana. Británica y Real Majestad. Pero los acadianos, que eran franceses de los de antes, lejos de esperar a que los cocodrilos se los comieran, comenzaron a comerse a los cocodrilos, comprenderán uds., más que por refinamiento culinario, por pura necesidad de llevarse algo a la boca.
Así nació el guisote de caimán que los americanos llaman cajun style gator o también southern style gator y que los más refinados de entre ellos recomiendan simmered in an spirited cajun Gravy, o lo que es lo mismo, cocinar a fuego lento en una salsa picante estilo cajún.
Traigo a colación estos datos eruditos, no tanto para defenderme de la sospecha de que estaba mintiendo cuando hablaba de los bocadillos de Alligátor de mi amigo el mexicano que he mencionado más arriba, para demostrar cómo una especie en vías de desaparecer puede multiplicarse si se la considera comestible.
MODO (PRECONSTITUCIONAL) DE CAZAR CUERVOS CON NUECES.- Se reducen a polvo tres o cuatro nueces vómicas (caídas del árbol Stychnos nux vomica)y se espolvorean con él varios pedacitos de carne, que se pondrán en los lugares en donde acudan los cuervos. Éstos son muy amantes de la carne y, en el momento en que tragan la que ha sido así compuesta, caen como muertos de embriaguez de la cual vuelven muy pronto, al punto que se escaparían si el cazador tardase en cogerlos.
Esta forma de caza es segura, pero tiene el inconveniente que si algún perro – o cánido como el lobo, el coyote o el zorro-, llega a comer de la carne así aderezada, moriría infaliblemente; porque la nuez vómica, que sólo embriaga a los cuervos, es, en cambio, veneno para los perros, que pueden curar haciéndoles tragar vinagre, acción que es sumamente difícil de aplicar a animales silvestres, como lo tengo experimentado yo con un coyote que intenté salvar durante una cacería de zopilotes en la Sierra Madre..
MODO (MEDIÁTICO) DE CAZAR CUERVOS CON CUCURUCHOS DE PAPEL.- Se cortan pedazos de carne fresca del tamaño de una nuez, poco más, sin pasarse. Se confeccionan cucuruchos grandes de papel, encolándolos para que no se deshagan. Vale tanto el papel de periódicos locales como nacionales. En el fondo de cada cucurucho se pone un pedazo de carne de los ya dichos, mientras que el borde del cucurucho se unta de liga por dentro hasta dejarlo bien embadurnado. El cazador debe colocar los cucuruchos en dispersión y ocultarse.
Los cuervos acuden ansiosos a comer de aquella carne, meten la cabeza hasta el fondo para alcanzarla, la liga se prende de sus plumas y el cuervo queda con el cucurucho puesto en la cabeza como un penitenciado dibujado por Goya.
Este modo de caza se presta a episodios sumamente vistosos porque el cuervo, sintiéndose atrapado e incapaz de librarse del cucurucho, emprende el vuelo a ciegas como un Harrier, en ascenso vertical, elevándose perpendicularmente casi hasta perderse de vista. Agotados del susto y del esfuerzo, al poco rato los cuervos caen casi en el mismo lugar del que emprendieron el vuelo y es cuando se cogen fácilmente. Se cuenta que el conde de los Podencos, gran cazador y hombre de mundo, murió de un infarto ocasionado por la risa en el transcurso de una cacería de éstas, que para su solaz había organizado en plena sierra de Cazorla, su amante la duquesa de los Momblanes. Pero esto fue antes de la Guerra y no he podido comprobarlo debidamente.
El hecho de emplear el papel como matería prima de los cucuruchos, ha inducido a algunos especialistas en Ciencias de la Información de España y del extranjero, a reclamar para este modo de cazar el calificativo de mediático. A mi modesto juicio, este punto de vista resulta exagerado
MAREAR LA PERDIZ.- contrariamente a lo que se cree, el marear la perdiz no es operación mecánica de acoso a esa ave, como quien acude a correr el campo de un lado a otro para no dejarla posarse. Antes bien se trata de un modo de caza incruenta que consiste en hacerlas ingerir a la perdiz ciertos granos preparados para marearla..
Hay numerosas recetas para marear la perdíz. Reproduzco aquí algunas de ellas.
Se pone a remojo en orujo de buena calidad granos de cebada acompañándolos de elévoro blanco. Las perdices que comen de estos granos caen mareadas y es muy fácil cogerlas. Los especialistas discuten si lo que marea a la perdiz es el orujo o el elévoro.
Para el mismo efecto se puede emplear harina de centeno y semilla molida de juncia, que se amasan con agua hasta formar una pasta. De esta pasta se forman bolitas que se echan en los lugares donde acuden perdices. Las que coman, quedarán tan aturdidas que se podrán atrapar con la mano.
Otro medio de marear la perdiz es mezclando vino fuerte, como los que llaman ahora licorosos, y jugo de cicuta. Se pone a remojar en esa mezcla granos de cebada o de trigo. La perdiz que coma de tales granos perderá el sentido y caerá como borracha.
CODA.- Igual que dicen que al tequila le falta un grado para ser sangre, me doy cuenta que a este Retablillo le falta una pizca para transformarse en Prosa Chinfónica. Ruego a quien lo leyere, que lo sepa comprender en esta época de géneros confusos, de pasos y contrapasos, de dicciones y contradicciones, cuando es difícil diferenciar el vuelo de las palomas del vuelo de los cuervos y cuando se considera posible la conversión de los caimanes en bocadillos para todos.
El caimán da una carne parecida a la del buey viejo en Galicia o a la del borrico garañón en cualquier parte del mundo. No obstante hay quien la come muy a gusto después de aderezarla con cebolla, ajo, pimentón, apio y pimiento rojo, que es ese que en México y sus zonas de influencia llaman chiltomate o chiltomo. Lo más corriente es comer la carne de caimán guisada y acompañada de arroz, mezclando con éste la salsa picante. En caso de apuro, y tratándose de americanos del Norte, vale el arroz tres delicias que se puede comprar en el restaurante chino de la esquina. Al guisote de caimán llaman en USA “cajun style gator.”
La excepción a la regla es mi amigo el hacendado mexicano Don Proceso Ojeda y Garza, natural de Nuevo León, a quien le gusta tomar la carne de “gator” en bocadillos. Ojeda llama emparedados a los bocadillos, como si se tratara de un suplicio medioeval, y suele acompañarlos de buenos tragos de Jack Daniels, único whiskey capaz de aguantar semejante compañía. De esta singularidad gastronómica del mexicano di cuenta en un artículo aparecido en esta misma sección.
La palabra cajún, que a oídos hispánicos no suena del todo bien, proviene del noble vocablo “acadian”, bien que a través de graves retorcimientos fonéticos muy típicos del inglés.
Acadian significa acadiano, es decir, natural de Acadia, que era el nombre que los franceses de tiempos de Richelieu dieron al hermoso país que colonizaron en el Canadá y que hoy forma las provincias de Nueva Brunswich y Nueva Escocia. El cambio de nombre y de dueños no se hizo de rositas. Los ingleses, que no toleran las chapuzas ni abandonan nunca el cante a medio palo, después del tratado de Utrech decidieron eliminar de Acadia al mayor número posible de antiguos colonos y, confiando en que el clima, los mosquitos y los caimanes exterminarían a los franceses a más bajo costo y con menos sangre que las balas y los lanzazos, los trasladaron en masa a los pantanos del sur de la Louissiana, con el discreto propósito de que, alejados de toda posibilidad de formar asociaciones de víctimas y otras molestas zarandajas, se fueran extinguiendo allí sin escándalo para nadie ni molestias para su Anglicana. Británica y Real Majestad. Pero los acadianos, que eran franceses de los de antes, lejos de esperar a que los cocodrilos se los comieran, comenzaron a comerse a los cocodrilos, comprenderán uds., más que por refinamiento culinario, por pura necesidad de llevarse algo a la boca.
Así nació el guisote de caimán que los americanos llaman cajun style gator o también southern style gator y que los más refinados de entre ellos recomiendan simmered in an spirited cajun Gravy, o lo que es lo mismo, cocinar a fuego lento en una salsa picante estilo cajún.
Traigo a colación estos datos eruditos, no tanto para defenderme de la sospecha de que estaba mintiendo cuando hablaba de los bocadillos de Alligátor de mi amigo el mexicano que he mencionado más arriba, para demostrar cómo una especie en vías de desaparecer puede multiplicarse si se la considera comestible.
MODO (PRECONSTITUCIONAL) DE CAZAR CUERVOS CON NUECES.- Se reducen a polvo tres o cuatro nueces vómicas (caídas del árbol Stychnos nux vomica)y se espolvorean con él varios pedacitos de carne, que se pondrán en los lugares en donde acudan los cuervos. Éstos son muy amantes de la carne y, en el momento en que tragan la que ha sido así compuesta, caen como muertos de embriaguez de la cual vuelven muy pronto, al punto que se escaparían si el cazador tardase en cogerlos.
Esta forma de caza es segura, pero tiene el inconveniente que si algún perro – o cánido como el lobo, el coyote o el zorro-, llega a comer de la carne así aderezada, moriría infaliblemente; porque la nuez vómica, que sólo embriaga a los cuervos, es, en cambio, veneno para los perros, que pueden curar haciéndoles tragar vinagre, acción que es sumamente difícil de aplicar a animales silvestres, como lo tengo experimentado yo con un coyote que intenté salvar durante una cacería de zopilotes en la Sierra Madre..
MODO (MEDIÁTICO) DE CAZAR CUERVOS CON CUCURUCHOS DE PAPEL.- Se cortan pedazos de carne fresca del tamaño de una nuez, poco más, sin pasarse. Se confeccionan cucuruchos grandes de papel, encolándolos para que no se deshagan. Vale tanto el papel de periódicos locales como nacionales. En el fondo de cada cucurucho se pone un pedazo de carne de los ya dichos, mientras que el borde del cucurucho se unta de liga por dentro hasta dejarlo bien embadurnado. El cazador debe colocar los cucuruchos en dispersión y ocultarse.
Los cuervos acuden ansiosos a comer de aquella carne, meten la cabeza hasta el fondo para alcanzarla, la liga se prende de sus plumas y el cuervo queda con el cucurucho puesto en la cabeza como un penitenciado dibujado por Goya.
Este modo de caza se presta a episodios sumamente vistosos porque el cuervo, sintiéndose atrapado e incapaz de librarse del cucurucho, emprende el vuelo a ciegas como un Harrier, en ascenso vertical, elevándose perpendicularmente casi hasta perderse de vista. Agotados del susto y del esfuerzo, al poco rato los cuervos caen casi en el mismo lugar del que emprendieron el vuelo y es cuando se cogen fácilmente. Se cuenta que el conde de los Podencos, gran cazador y hombre de mundo, murió de un infarto ocasionado por la risa en el transcurso de una cacería de éstas, que para su solaz había organizado en plena sierra de Cazorla, su amante la duquesa de los Momblanes. Pero esto fue antes de la Guerra y no he podido comprobarlo debidamente.
El hecho de emplear el papel como matería prima de los cucuruchos, ha inducido a algunos especialistas en Ciencias de la Información de España y del extranjero, a reclamar para este modo de cazar el calificativo de mediático. A mi modesto juicio, este punto de vista resulta exagerado
MAREAR LA PERDIZ.- contrariamente a lo que se cree, el marear la perdiz no es operación mecánica de acoso a esa ave, como quien acude a correr el campo de un lado a otro para no dejarla posarse. Antes bien se trata de un modo de caza incruenta que consiste en hacerlas ingerir a la perdiz ciertos granos preparados para marearla..
Hay numerosas recetas para marear la perdíz. Reproduzco aquí algunas de ellas.
Se pone a remojo en orujo de buena calidad granos de cebada acompañándolos de elévoro blanco. Las perdices que comen de estos granos caen mareadas y es muy fácil cogerlas. Los especialistas discuten si lo que marea a la perdiz es el orujo o el elévoro.
Para el mismo efecto se puede emplear harina de centeno y semilla molida de juncia, que se amasan con agua hasta formar una pasta. De esta pasta se forman bolitas que se echan en los lugares donde acuden perdices. Las que coman, quedarán tan aturdidas que se podrán atrapar con la mano.
Otro medio de marear la perdiz es mezclando vino fuerte, como los que llaman ahora licorosos, y jugo de cicuta. Se pone a remojar en esa mezcla granos de cebada o de trigo. La perdiz que coma de tales granos perderá el sentido y caerá como borracha.
CODA.- Igual que dicen que al tequila le falta un grado para ser sangre, me doy cuenta que a este Retablillo le falta una pizca para transformarse en Prosa Chinfónica. Ruego a quien lo leyere, que lo sepa comprender en esta época de géneros confusos, de pasos y contrapasos, de dicciones y contradicciones, cuando es difícil diferenciar el vuelo de las palomas del vuelo de los cuervos y cuando se considera posible la conversión de los caimanes en bocadillos para todos.
miércoles, 15 de junio de 2005
Bolivarianas
Bolivia es, según el ángulo que se quiera apreciar de las afiladas aristas de su Historia, hija de la soberbia de un dictador, o del miedo que él mismo cobijaba.
El dictador de la soberbia fue el General Simón Bolívar, conocido más vulgarmente como El Libertador por una de esas ironías que la Historia no se ha dignado corregir.
El miedo que el General Bolívar cobijaba era que el viejo Virreinato del Perú llegara a ser, bajo el nuevo régimen, un estado poderoso. El Perú se había mostrado remiso ante la independencia que le traían como regalo no querido las bayonetas y las lanzas coloradas de Colombia, de Venezuela y Argentina. Para eso había que proceder a dividir lo que quedaba del antiguo Incario. Un país demediado carece de la fuerza del conjunto y ese era el objetivo a conseguir: dos Perús que nunca llegasen a tener la fuerza del que pudiera haber sido uno solo.
Y así, el Alto Perú, el Perú del interior, el Perú fabuloso del cerro de Potosí y de las riquezas proverbiales, el Perú de Chuquisaca, quedó convertido en un nuevo y pretendido Estado-Nación, al que el General, en su laberinto de vanidad, se dignó apadrinar con su apellido. Así nació Bolivia, el monumento que el héroe ideó para debilidad de El Perú y para gloria de sí mismo en los altos que el cóndor frecuentaba.
La operación de deshacer lo que había fue realizada con verdadero talento divisorio. Al Alto Perú, que en adelante se llamó Bolivia, se le dejó aquello de lo que no podía ser despojado: las riquezas mineras de su suelo; pero al separarlo del Bajo Perú, del Perú costero, del Perú de Lima y de El Callao, se le cercenó la posibilidad de movilizar, por el comercio, sus riquezas. Así el Alto Perú quedó confinado al Ande, alejado de la pequeña y dificultosa franja costera carente de puertos que le fue designada y que le terminaría de arrebatar los pequeños imperialismo de Chile y del mismo Perú. En cuanto a sus salidas fluviales, le fueron cercenadas a Bolivia en favor del Paraguay tras la Guerra del Chaco, en 1935.
En cuanto al Bajo Perú, embarrancado en sus costas, en sus reliquias arquitectónicas y en sus castas, fue privado de todo lo que había hecho de él ese Virreinato poderoso al que Bolívar temía.
Si el lector tiene la oportunidad de conocer el discurso de Bolívar ensalzando la Constitución –en realidad una carta otorgada-, que dio al nuevo Estado-Nación que nacía bajo su padrinazgo, quedará conmovido por la ingenuidad del hombre al cual sucesivas generaciones de sudamericanos han rendido culto de hiperdulía. Baste aquí decir que Bolívar calificó de “inspiración más sublime en el orden republicano”el hecho de nombrar para Bolivia un “Presidente Vitalicio con derecho a designar su sucesor”. Pero habremos de aclarar que ese hallazgo ni siquiera era suyo, sino que lo había calcado del sistema que el caudillo negro Pétion había establecido en...¡Haití! y que el bueno de Bolivar consideraba el mejor del mundo.
En su descargo hay que considerar que la prepotencia de Bolivar, demócrata en su discurso, autócrata en sus delirios, caprichoso en sus pensamientos, no nacía al estilo de las dictaduras iberoamericanas de hogaño, que surgen como reacción tras años de ejercicio de democracia inepta o corrompida. No era tampoco siquiera la continuación del despotismo monárquico ejercido por la Metrópoli, como parecía dictaminar la copla de los descontentos con la Independencia:
“Mudamos de condición,
Pero fue sólo pasando
Del poder de Don Fernando
Al poder de Don Simón.”
La copla no tenía razón porque el lazo funcional con la Monarquía borbónica había sido cortado radicalmente. La autocracia de Bolívar no era hija de la autocracia española, era el exudado casi fisiológico de una situación de cansancio social, de desfondamiento de ideales y de agotamiento demográfico tras veinte años de guerra despiadada que había diezmado sobre todo a las tenues clases dirigentes coloniales, tanto realistas como independentistas. La situación fue resumida por Bolivar en frases que siempre conmueven por lo sinceras: “No ha sido....una mera tempestad política, ni una guerra sangrienta, ni una anarquía popular, ha sido, sí, el desarrollo de todos los elementos desorganizadores: ha sido la inundación de un torrente infernal...”
En esa frase bolivariana, “el desarrollo de todos los elementos desorganizadores”, está el diagnóstico de muchas de las inferioridades de hecho que mantienen a la antigua Iberoamérica y hoy América Latina, en la sentina de la Historia.
El despego de la realidad que Bolívar padecía, se muestra en su preocupación por la libertad de los negros –la esclavitud estaba ya en franca decadencia-, y en su completo olvido de la condición de los indígenas. En su Mensaje al Congreso Constituyente de Bolivia, Congreso que era una hechura personal suya, califica con toda razón a la esclavitud negra de “la más insigne violación de la dignidad humana” y clama porque esta lacra no llegue a romper el “Santo Dogma de la Igualdad.” Pero nada dice de los indígenas que eran mayoría en el Alto Perú –como en el Bajo Perú y como en El Ecuador-, y cuya suerte no haría otra cosa que empeorar bajo el régimen de las flamantes y pretendidas Repúblicas-Naciones-Estados. Sí, he escrito empeorar.
De hecho, Bolívar se lamentaba de que el dominio español hubiese quitado a los hispanoamericanos – especie mixta entre los aborígenes y los españoles, dice-, “el goce y ejercicio de la tiranía activa sobre los indios, no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior ” No invento nada, todo está escrito, aunque ignorado por quienes han hecho de la ignorancia intencional una estrategia política.
Vientos populares se desatan de nuevo por las tierras de América del Sur. En Venezuela, patria de Bolivar, Cháves se encara a su manera –razón, patriotismo y demagogia-, con la tarea de acometer a toda prisa las reformas necesarias que la corrupta democracia de décadas anteriores había preterido.
El Ecuador, depauperado por el mal gobierno y desprestigiado por presidentes ridículos como Abdallá Bucaram, manda a la emigración a centenares de miles de ciudadanos humildes que de sobra podría alimentar si los ineptos y voraces dirigentes diesen un momento de respiro al país.
El Perú, recuperándose de décadas de sangrienta guerrilla, busca un lugar en el siglo XXI con la guía del presidente Toledo y bajo la vigilancia de los viejos partidos avezados en la corrupción.
Bolivia, sentada sobre los tesoros de su subsuelo, ahora el gas y el petróleo, como en otras horas la plata o el estaño, vive un momento de temblor social que parece idéntico a otros muchos que ha vivido a lo largo de su trágica Historia. Idéntico en todo ese temblor a los demás temblores, sólo tiene respecto al pasado una y singular diferencia: el indio de antaño, segregado del mundo republicano, es hoy el campesino organizado en sindicatos. La ya lejana revolución de Paz Estensoro y los esfuerzos económicos de los Estados Unidos –sí, de los Estados Unidos-, en sostener las conquistas de esa revolución, no han pasado, pues, en balde.
Los tres países actúan bajo lo que genérica y simplificadamente se llama el ideal bolivariano. Pero ese ideal se resiste a toda concreción coherente. Bolívar es, en su vida y en su obra, un mar de contradicciones y de rectificaciones sobre la marcha. Por otra parte, los reformadores de hoy tienen que actuar de acuerdo a los dictados del cortoplacismo democrático que de hecho impide la perseverancia en objetivos nacionales de largo plazo; y bajo la inevitable agitación eleccionaria que sirve allí más de combustión de siseo para evitar la explosión del petardo que de mecanismo legitimador que todos reconozcan. Que las elecciones no lo son todo, lo demuestra los recientes sucesos de Bolivia donde la soberanía abandonó el encierro de las urnas y acampó en la calle. Precisamente en la calle, ese lugar que entre españoles recibe con frecuencia el nombre de puta, quizá como calificación denigratoria de su carácter público.
Quedan estas palabras más con el propósito de provocar la reflexión que de proponer soluciones de estudio o gabinete que de poco o de nada de nada sirven. La Historia, en sus desarrollos a largo plazo, no admite consejeros. Ni soluciones fáciles.
El dictador de la soberbia fue el General Simón Bolívar, conocido más vulgarmente como El Libertador por una de esas ironías que la Historia no se ha dignado corregir.
El miedo que el General Bolívar cobijaba era que el viejo Virreinato del Perú llegara a ser, bajo el nuevo régimen, un estado poderoso. El Perú se había mostrado remiso ante la independencia que le traían como regalo no querido las bayonetas y las lanzas coloradas de Colombia, de Venezuela y Argentina. Para eso había que proceder a dividir lo que quedaba del antiguo Incario. Un país demediado carece de la fuerza del conjunto y ese era el objetivo a conseguir: dos Perús que nunca llegasen a tener la fuerza del que pudiera haber sido uno solo.
Y así, el Alto Perú, el Perú del interior, el Perú fabuloso del cerro de Potosí y de las riquezas proverbiales, el Perú de Chuquisaca, quedó convertido en un nuevo y pretendido Estado-Nación, al que el General, en su laberinto de vanidad, se dignó apadrinar con su apellido. Así nació Bolivia, el monumento que el héroe ideó para debilidad de El Perú y para gloria de sí mismo en los altos que el cóndor frecuentaba.
La operación de deshacer lo que había fue realizada con verdadero talento divisorio. Al Alto Perú, que en adelante se llamó Bolivia, se le dejó aquello de lo que no podía ser despojado: las riquezas mineras de su suelo; pero al separarlo del Bajo Perú, del Perú costero, del Perú de Lima y de El Callao, se le cercenó la posibilidad de movilizar, por el comercio, sus riquezas. Así el Alto Perú quedó confinado al Ande, alejado de la pequeña y dificultosa franja costera carente de puertos que le fue designada y que le terminaría de arrebatar los pequeños imperialismo de Chile y del mismo Perú. En cuanto a sus salidas fluviales, le fueron cercenadas a Bolivia en favor del Paraguay tras la Guerra del Chaco, en 1935.
En cuanto al Bajo Perú, embarrancado en sus costas, en sus reliquias arquitectónicas y en sus castas, fue privado de todo lo que había hecho de él ese Virreinato poderoso al que Bolívar temía.
Si el lector tiene la oportunidad de conocer el discurso de Bolívar ensalzando la Constitución –en realidad una carta otorgada-, que dio al nuevo Estado-Nación que nacía bajo su padrinazgo, quedará conmovido por la ingenuidad del hombre al cual sucesivas generaciones de sudamericanos han rendido culto de hiperdulía. Baste aquí decir que Bolívar calificó de “inspiración más sublime en el orden republicano”el hecho de nombrar para Bolivia un “Presidente Vitalicio con derecho a designar su sucesor”. Pero habremos de aclarar que ese hallazgo ni siquiera era suyo, sino que lo había calcado del sistema que el caudillo negro Pétion había establecido en...¡Haití! y que el bueno de Bolivar consideraba el mejor del mundo.
En su descargo hay que considerar que la prepotencia de Bolivar, demócrata en su discurso, autócrata en sus delirios, caprichoso en sus pensamientos, no nacía al estilo de las dictaduras iberoamericanas de hogaño, que surgen como reacción tras años de ejercicio de democracia inepta o corrompida. No era tampoco siquiera la continuación del despotismo monárquico ejercido por la Metrópoli, como parecía dictaminar la copla de los descontentos con la Independencia:
“Mudamos de condición,
Pero fue sólo pasando
Del poder de Don Fernando
Al poder de Don Simón.”
La copla no tenía razón porque el lazo funcional con la Monarquía borbónica había sido cortado radicalmente. La autocracia de Bolívar no era hija de la autocracia española, era el exudado casi fisiológico de una situación de cansancio social, de desfondamiento de ideales y de agotamiento demográfico tras veinte años de guerra despiadada que había diezmado sobre todo a las tenues clases dirigentes coloniales, tanto realistas como independentistas. La situación fue resumida por Bolivar en frases que siempre conmueven por lo sinceras: “No ha sido....una mera tempestad política, ni una guerra sangrienta, ni una anarquía popular, ha sido, sí, el desarrollo de todos los elementos desorganizadores: ha sido la inundación de un torrente infernal...”
En esa frase bolivariana, “el desarrollo de todos los elementos desorganizadores”, está el diagnóstico de muchas de las inferioridades de hecho que mantienen a la antigua Iberoamérica y hoy América Latina, en la sentina de la Historia.
El despego de la realidad que Bolívar padecía, se muestra en su preocupación por la libertad de los negros –la esclavitud estaba ya en franca decadencia-, y en su completo olvido de la condición de los indígenas. En su Mensaje al Congreso Constituyente de Bolivia, Congreso que era una hechura personal suya, califica con toda razón a la esclavitud negra de “la más insigne violación de la dignidad humana” y clama porque esta lacra no llegue a romper el “Santo Dogma de la Igualdad.” Pero nada dice de los indígenas que eran mayoría en el Alto Perú –como en el Bajo Perú y como en El Ecuador-, y cuya suerte no haría otra cosa que empeorar bajo el régimen de las flamantes y pretendidas Repúblicas-Naciones-Estados. Sí, he escrito empeorar.
De hecho, Bolívar se lamentaba de que el dominio español hubiese quitado a los hispanoamericanos – especie mixta entre los aborígenes y los españoles, dice-, “el goce y ejercicio de la tiranía activa sobre los indios, no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior ” No invento nada, todo está escrito, aunque ignorado por quienes han hecho de la ignorancia intencional una estrategia política.
Vientos populares se desatan de nuevo por las tierras de América del Sur. En Venezuela, patria de Bolivar, Cháves se encara a su manera –razón, patriotismo y demagogia-, con la tarea de acometer a toda prisa las reformas necesarias que la corrupta democracia de décadas anteriores había preterido.
El Ecuador, depauperado por el mal gobierno y desprestigiado por presidentes ridículos como Abdallá Bucaram, manda a la emigración a centenares de miles de ciudadanos humildes que de sobra podría alimentar si los ineptos y voraces dirigentes diesen un momento de respiro al país.
El Perú, recuperándose de décadas de sangrienta guerrilla, busca un lugar en el siglo XXI con la guía del presidente Toledo y bajo la vigilancia de los viejos partidos avezados en la corrupción.
Bolivia, sentada sobre los tesoros de su subsuelo, ahora el gas y el petróleo, como en otras horas la plata o el estaño, vive un momento de temblor social que parece idéntico a otros muchos que ha vivido a lo largo de su trágica Historia. Idéntico en todo ese temblor a los demás temblores, sólo tiene respecto al pasado una y singular diferencia: el indio de antaño, segregado del mundo republicano, es hoy el campesino organizado en sindicatos. La ya lejana revolución de Paz Estensoro y los esfuerzos económicos de los Estados Unidos –sí, de los Estados Unidos-, en sostener las conquistas de esa revolución, no han pasado, pues, en balde.
Los tres países actúan bajo lo que genérica y simplificadamente se llama el ideal bolivariano. Pero ese ideal se resiste a toda concreción coherente. Bolívar es, en su vida y en su obra, un mar de contradicciones y de rectificaciones sobre la marcha. Por otra parte, los reformadores de hoy tienen que actuar de acuerdo a los dictados del cortoplacismo democrático que de hecho impide la perseverancia en objetivos nacionales de largo plazo; y bajo la inevitable agitación eleccionaria que sirve allí más de combustión de siseo para evitar la explosión del petardo que de mecanismo legitimador que todos reconozcan. Que las elecciones no lo son todo, lo demuestra los recientes sucesos de Bolivia donde la soberanía abandonó el encierro de las urnas y acampó en la calle. Precisamente en la calle, ese lugar que entre españoles recibe con frecuencia el nombre de puta, quizá como calificación denigratoria de su carácter público.
Quedan estas palabras más con el propósito de provocar la reflexión que de proponer soluciones de estudio o gabinete que de poco o de nada de nada sirven. La Historia, en sus desarrollos a largo plazo, no admite consejeros. Ni soluciones fáciles.
jueves, 9 de junio de 2005
Redención
Redimir es salvar. Redimir es rescatar. Quiere ser salvado el que se sabe perdido. Quiere ser redimido el que se siente cautivo, esclavizado, a merced de otros que lo oprimen, sean hombres, mercados, sistemas, partidos o propaganda envolvente. Pero, ¿Y los odios que arrastran? ¿Y los malos hábitos que son servidumbre para quien los padece? ¿Y los puntos tenebrosos de nuestra propia e individual singularidad?. Aún así se dice y se repite que el hombre de hoy no quiere ser redimido. No quisiera haber sido redimido. Que ha perdido el sentido de redención.
Mas quien no quiere la redención ha de sentirse libre, pleno, completo, dueño de su absoluta autonomía. ¿Está el hombre de hoy tan libre, tan pleno, tan completo, tan satisfecho, tan orondo, tan ufano de sí mismo y de sus compañeros de especie –tampoco se pide mucho-, que ya no sienta la necesidad de redención?
Frente a esto ¿No muestra la realidad cotidiana que el hombre de hoy, como el de ayer, sigue buscando la redención por todas partes? Incluso, oiga, en las artes chamánicas de ese profesor Nani que desde el centro del África tropical asegura traer la salvación de la magia negra o a los civilizados habitantes de Donosti y de Zaragoza, según se anuncia en hojas volanderas de reparto callejero.
Ideologías transpersonalistas como el Nacional Socialismo, el Fascismo y el Comunismo propusieron planes de salvación a las multitudes europeas y leucodermas de hace unas décadas. El consumismo como costumbre de vigencia obligada, la Ciencia y la Democracia convertidas en mitos, desempeñan hoy sin el boato, las botas ni los alardes paralelos el mismo papel que las ideologías políticas desempeñaron en su momento.
Pero es fácil descifrar señales y guiños a través de las cuales el hombre de hoy pide redención por todas partes y en todos los tonos. Podemos preguntarnos, pues :¿En qué instante una persona cualquiera comienza a percibir que está necesitado de redención?
Y lo está cuando reconoce que, a pesar de haber escuchado con claridad el reclamo del bien, muchas veces ha renunciado a seguirlo.
Cuando se encuentra en condiciones de hacer el recuento sincero de las veces que ha tenido el propósito de hacer el bien sin atreverse a ponerlo por obra.
Cuando se aflige al percibir en su entorno la presencia del mal bajo mil formas, unas invasoras y tiránicas, seductoras o insinuantes otras.
Cuando se da cuenta que el mal que percibe no es totalmente ajeno a ella misma. Y, cuando tiene que admitir que no todo el mal es achacable a los otros.
Cuando descubre que la suerte que el bien corre sobre la Tierra no es algo que pueda deslizarse en cauce ajeno a su propio y personal destino.
Cuando llega a comprender que, si hubiera un momento en que el bien ya no fuera posible, algo pavoroso y absurdo –más absurdo y pavoroso que todo lo ocurrido hasta ahora-, estaría ocurriendo en el mundo y en ella misma.
Cuando percibe, aunque sea de manera imprecisa, la necesidad de que el bien prevalezca sobre el mal.
Cuando siente que es preciso estar dispuesto a entrar en combate a favor del bien no obstante la dificultad que ofrece tal tarea..
Cuando capta la necesidad de que en esa lucha desigual haya alguien capaz de equilibrar la balanza.
Cuando comprende que la única forma, quizá utópica, quizá imposible, quizá quimérica, de acabar con el mal, es ahogarlo en la superabundancia del bien.
Cuando indaga por Alguien que sea capaz de abrir la compuerta para desbordar ese bien superabundante que ha de terminar ahogando al mal.
Cuando considera que la superabundancia de bien tiene un nombre único que es el de Amor, .y comprueba que ese precisamente es el nombre de Dios.
Cuando le acongoja la sospecha de si ese Alguien capaz de equilibrar la balanza y de abrir las compuertas no vaya a ser a la vez el causante de todo el mal del mundo.
Cuando supera el resentimiento que le produce la sola sospecha de que Dios pueda permanecer impasible ante el mal.
Cuando renuncia a indignarse al comprobar que a Dios no es posible notificarle nada.
Cuando se da cuenta que se mete en un callejón sin salida si, abochornada de su propia incapacidad de colmar su ansia de bien, retrocede hasta el punto de negarse a sí misma.
Cuando aterrorizada ante ese Ser omnipotente y omnisciente que al parecer no hace nada ni dice nada ante el insondable mal del mundo, se niega a alcanzar el punto de la Negación Suprema.
Cuando, pese a estar desencantada de sí misma, y resentida con Dios, se resiste a abandonar su corazón al mal. .
Cuando rehúsa considerar al mal como la realidad suprema e imbatible y se niega a rendirle pleitesía.
Cuando rechaza que la existencia humana siga una trama absurda regida por un Hado Siniestro.
Cuando se niega a reducir el Amor a pasión posesiva y exigente, o a impulso feral y compulsivo.
Cuando admite que el Amor no consiste en la amable condescendencia que el sabio, el hombre que se tiene por superior o el perdonavidas muestran hacia el mundo, las personas, las cosas y los acontecimientos.
Cuando comprueba, acaso con perplejidad, que el amor humano es siempre preferencia favorecedora del amado frente a los demás; y que una persona nunca podrá “preferir” a todo el mundo, a toda la creación, a todos los seres, ya que para el ser humano el amor universal es por principio imposible.
Cuando se da cuenta que el Amor abarca mucho más de lo que se experimenta al sentirlo.
Cuando está dispuesto a admitir que para amar de veras se necesita auxilio que venga de lo Alto.
Cuando descubre que sus descontento contra la vida, contra sí mismo, contra la sociedad, contra el destino o contra Dios, delatan la necesidad de que exista el Amor capaz de redimir.
Cuando tiene el valor de preguntarse con sinceridad: ¿Quién me afirma a mí y me confirma en el ser a cada instante?
Cuando comprende que muchas benevolencias ni de lejos pueden constituir Amor.
Cuando comprueba que el Amor es más fuerte que la muerte.
Cuando se da cuenta que el amar es un acto libre y que esa calidad precisamente lo convierte en inescrutable.
Cuando admite que el Amor es una posibilidad sobreviviente del Paraíso, que está clavada en el corazón del hombre.
Cuando se da cuenta que consumatum est puede ser traducido por todo está terminado o por todo ha sido pagado.
Cuando descubre la íntima relación que existe entre amar, creer, confiar, esperar.
Se supone, claro está desde el comienzo, que estamos hablando de la persona humana.
Mas quien no quiere la redención ha de sentirse libre, pleno, completo, dueño de su absoluta autonomía. ¿Está el hombre de hoy tan libre, tan pleno, tan completo, tan satisfecho, tan orondo, tan ufano de sí mismo y de sus compañeros de especie –tampoco se pide mucho-, que ya no sienta la necesidad de redención?
Frente a esto ¿No muestra la realidad cotidiana que el hombre de hoy, como el de ayer, sigue buscando la redención por todas partes? Incluso, oiga, en las artes chamánicas de ese profesor Nani que desde el centro del África tropical asegura traer la salvación de la magia negra o a los civilizados habitantes de Donosti y de Zaragoza, según se anuncia en hojas volanderas de reparto callejero.
Ideologías transpersonalistas como el Nacional Socialismo, el Fascismo y el Comunismo propusieron planes de salvación a las multitudes europeas y leucodermas de hace unas décadas. El consumismo como costumbre de vigencia obligada, la Ciencia y la Democracia convertidas en mitos, desempeñan hoy sin el boato, las botas ni los alardes paralelos el mismo papel que las ideologías políticas desempeñaron en su momento.
Pero es fácil descifrar señales y guiños a través de las cuales el hombre de hoy pide redención por todas partes y en todos los tonos. Podemos preguntarnos, pues :¿En qué instante una persona cualquiera comienza a percibir que está necesitado de redención?
Y lo está cuando reconoce que, a pesar de haber escuchado con claridad el reclamo del bien, muchas veces ha renunciado a seguirlo.
Cuando se encuentra en condiciones de hacer el recuento sincero de las veces que ha tenido el propósito de hacer el bien sin atreverse a ponerlo por obra.
Cuando se aflige al percibir en su entorno la presencia del mal bajo mil formas, unas invasoras y tiránicas, seductoras o insinuantes otras.
Cuando se da cuenta que el mal que percibe no es totalmente ajeno a ella misma. Y, cuando tiene que admitir que no todo el mal es achacable a los otros.
Cuando descubre que la suerte que el bien corre sobre la Tierra no es algo que pueda deslizarse en cauce ajeno a su propio y personal destino.
Cuando llega a comprender que, si hubiera un momento en que el bien ya no fuera posible, algo pavoroso y absurdo –más absurdo y pavoroso que todo lo ocurrido hasta ahora-, estaría ocurriendo en el mundo y en ella misma.
Cuando percibe, aunque sea de manera imprecisa, la necesidad de que el bien prevalezca sobre el mal.
Cuando siente que es preciso estar dispuesto a entrar en combate a favor del bien no obstante la dificultad que ofrece tal tarea..
Cuando capta la necesidad de que en esa lucha desigual haya alguien capaz de equilibrar la balanza.
Cuando comprende que la única forma, quizá utópica, quizá imposible, quizá quimérica, de acabar con el mal, es ahogarlo en la superabundancia del bien.
Cuando indaga por Alguien que sea capaz de abrir la compuerta para desbordar ese bien superabundante que ha de terminar ahogando al mal.
Cuando considera que la superabundancia de bien tiene un nombre único que es el de Amor, .y comprueba que ese precisamente es el nombre de Dios.
Cuando le acongoja la sospecha de si ese Alguien capaz de equilibrar la balanza y de abrir las compuertas no vaya a ser a la vez el causante de todo el mal del mundo.
Cuando supera el resentimiento que le produce la sola sospecha de que Dios pueda permanecer impasible ante el mal.
Cuando renuncia a indignarse al comprobar que a Dios no es posible notificarle nada.
Cuando se da cuenta que se mete en un callejón sin salida si, abochornada de su propia incapacidad de colmar su ansia de bien, retrocede hasta el punto de negarse a sí misma.
Cuando aterrorizada ante ese Ser omnipotente y omnisciente que al parecer no hace nada ni dice nada ante el insondable mal del mundo, se niega a alcanzar el punto de la Negación Suprema.
Cuando, pese a estar desencantada de sí misma, y resentida con Dios, se resiste a abandonar su corazón al mal. .
Cuando rehúsa considerar al mal como la realidad suprema e imbatible y se niega a rendirle pleitesía.
Cuando rechaza que la existencia humana siga una trama absurda regida por un Hado Siniestro.
Cuando se niega a reducir el Amor a pasión posesiva y exigente, o a impulso feral y compulsivo.
Cuando admite que el Amor no consiste en la amable condescendencia que el sabio, el hombre que se tiene por superior o el perdonavidas muestran hacia el mundo, las personas, las cosas y los acontecimientos.
Cuando comprueba, acaso con perplejidad, que el amor humano es siempre preferencia favorecedora del amado frente a los demás; y que una persona nunca podrá “preferir” a todo el mundo, a toda la creación, a todos los seres, ya que para el ser humano el amor universal es por principio imposible.
Cuando se da cuenta que el Amor abarca mucho más de lo que se experimenta al sentirlo.
Cuando está dispuesto a admitir que para amar de veras se necesita auxilio que venga de lo Alto.
Cuando descubre que sus descontento contra la vida, contra sí mismo, contra la sociedad, contra el destino o contra Dios, delatan la necesidad de que exista el Amor capaz de redimir.
Cuando tiene el valor de preguntarse con sinceridad: ¿Quién me afirma a mí y me confirma en el ser a cada instante?
Cuando comprende que muchas benevolencias ni de lejos pueden constituir Amor.
Cuando comprueba que el Amor es más fuerte que la muerte.
Cuando se da cuenta que el amar es un acto libre y que esa calidad precisamente lo convierte en inescrutable.
Cuando admite que el Amor es una posibilidad sobreviviente del Paraíso, que está clavada en el corazón del hombre.
Cuando se da cuenta que consumatum est puede ser traducido por todo está terminado o por todo ha sido pagado.
Cuando descubre la íntima relación que existe entre amar, creer, confiar, esperar.
Se supone, claro está desde el comienzo, que estamos hablando de la persona humana.
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