Para hablar de colonias y de colonización a esta altura del siglo XXI es preciso desligar dichos términos de las legañas que se le han adherido a partir de palabras de posterior acuñación -como colonialismo, colonialista-, que a su vez están contaminadas por la metralla semántica esparcida en el diccionario por la contraposición entre los términos imperialismo y anti-imperialismo.
Hecha esta advertencia, cuyo desarrollo no es preciso llevar hasta el extremo, encontramos que la primera definición castellana de colonia proviene del “Tesoro de la Lengua Castellana o Española”, de Sebastián de Covarrubias impreso primeramente en 1611. Dice así:“colonia es ... término de tierra que se ha poblado de gente extranjera, sacada de la ciudad que es señora de aquél territorio o llevada de otra parte.”
Es una definición, no contaminada todavía, que refleja lo que en aquél tiempo era ya realidad plena: las coronas de Castilla y Portugal, y tras de ellas el resto de las monarquías europeas capaces de imitarlas, estaban en plena labor de organización y parcelación de mundos recién explorados, al tiempo que iniciaban la explotación de las riquezas descubiertas, creando las bases incipientes de una primera globalización Como todo esto se hacía desde Europa, llevó aparejado el desplazamiento de poblaciones leucodermas hacia nuevos y alejados territorios, rasgo que caracteriza el proceso de colonización desde 1492 hasta el primer cuarto del siglo XX..
Ese fenómeno tuvo tal trascendencia, que el mundo de hoy sería inexplicable sin la presencia de mega-Estados nacidos del mundo colonial, y que se encuentran en la vanguardia de la riqueza, de la civilización y del poder como son los Estados Unidos de América, Canadá o Australia. O como la misma Rusia; que ha adquirido su gigantesca magnitud por medio de colonización por “brotes” o renuevos que han terminado creando un espacio territorial y político sin solución de continuidad desde los originarios Moscowa, Novgorov o Kiev hasta las costas del Mar de la China.
Sobre la comunidad internacional gravitan otra multitud de neo-Estados surgidos del mundo colonial. La disolución del imperio español en América y Asia dio lugar entre las fechas extremas de 1825 (Ayacucho) y 1903 (secesión de Panamá respecto a Colombia), a diecinueve nuevos Estados, que son veinte si se cuenta Puerto Rico, Estado Libre Asociado a los Estados Unidos.
Otra multitud de nuevos “Estados” nacieron en Asia y en Africa en la segunda mitad del siglo XX a consecuencia del proceso de descolonización propiciado, a través de la ONU, por las naciones vencedoras de la II Guerra Mundial. La mayoría de los Estados del Africa Negra – con las excepciones de Sud Africa, Zimbawue y Kenya-, son en realidad puramente nominales y su función casi se agota por entero en hacer de relleno en las votaciones de la ONU, en dar ocasión a las ONGS para sus beneficencias internacionales y en servir de campo de rapiña para las voraces, corrompidas e ineptas minorías locales. Estos pseudo-Estados africanos, juntamente con algunos en igual situación en la llamada “América Latina” –la actual Nicaragua y el Ecuador-, y en el Caribe –Haití-, constituyen la parte nunca comentada de una larga cadena de concausas que explican la debilidad estructural y crónica de la Organización de las Naciones Unidas.
La disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, dio lugar a la independencia de los países que formaban el glasis europeo y asiático en torno al núcleo del enorme territorio ruso. Se produjo entonces un desequilibrio a favor de Alemania, perdiendo Francia su centralidad. Amplias regiones del Cáucaso y del Asia Central quedaron inermes ante el avance del fundamentalismo islamista al tiempo que se creaba un nudo de tensiones y problemas que constituyen otras tantas invitaciones a que la China extienda por la zona su influjo militar. Este hecho explica el carácter intrínsecamente preventivo -y por tanto, problemático-, de la presencia norteamericana en el Afganistán y en el Iraq.
Por lo que a los países musulmanes se refiere, se ha de recordar que, aunque hayan pasado por un corto período de sometimiento respecto a algunas potencias europeas, especialmente Francia e Inglaterra, seguidos a mucha distancia por España e Italia, no pueden ni de lejos ser considerados como meros “productos” de la iniciativa colonial. En realidad, todos ellos –Marruecos es la excepción-, constituyen los teselas que quedaron sueltas tras la caída del Imperio Otomano, que buscan articularse en torno a un nuevo núcleo de poder empleando el único elemento común que puede servirles hoy en día: el Islam.
Pero hecha esta salvedad, digna por otra parte de mayor estudio, es obvio, pues, que el mundo de hoy debía tener una conciencia más clara de que su situación actual es en gran parte producto del proceso de colonización que desde Europa se desató sobre el mundo hace poco más de cinco siglos.
Pero, se preguntará el lector ¿Qué hacemos hablando aquí de tales antigüedades en un momento en que España se enfrasca en un período constituyente que nadie quiere llamar por su nombre; cuando Marruecos se deshace de los negros cimarrones que se ocultan en los montes, ya lanzándolos contra la cerca ganadera que han instalado los españoles en la frontera de Melilla, ya internándolos en el desierto para comprometer a los campamentos del POLISARIO, y cuando Europa, esa gloria del mundo, se encuentra perpleja ante todos y cada uno de los problemas que la afectan?
Para saber que lo escrito hasta aquí no es ocioso bastaría leerlo con la atención debida. Creo que el lector de diarios, aún con las prisas que lo tienen a mal traer, es capaz de ello y de mucho más.
Y descendiendo al terreno del pormenor y el menudeo, precisamente al Sur, muy cerca de donde suelen veranear y jugar al golf muchos vascos -y vascas-, de pro y de contra, está Gibraltar, una de esas colonias que tan lejanas y exóticas nos parecen cuando estamos despistados, pero que cuenta con los más confidenciales y modernos servicios bancarios “off shore”, capaces ¿cómo no?de sacar de apuros fiscales a cualquier rico que lo necesite. Gibraltar es un vestigio de ayer que se afianza en los dineros de hoy.
Al Sur también, se extiende el mar a través del cual el Africa arroja la multitud de sus miserables sobre la rivera europea. La trata no es necesaria cuando los esclavos se agolpan a las puertas de sus posibles amos pugnando por entrar. Es la relación arcaica entre dominados y dominadores que se manifiesta a través de un proceso de colonización de características nuevas. Parece cosa de ayer; pero lo antiguo, si sucede hoy, es también cosa de ahora; aunque sus resultados sólo se verán mañana.
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