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viernes, 29 de febrero de 2008

Perspectivas Kosovares

La discutida independencia del Kosovo resulta impecable si se la contrasta con los usos y vigencias que hoy priman en la praxis internacional, pues es un hecho la preeminencia del desnudo poder en la toma de decisiones por encima de considerandos de cualquier otra índole, incluidos los jurídicos y los históricos. Con esto queremos recalcar que la posible solidez de esa independencia no hay que ir a buscarla, por mucho que se diga, en la voluntad unilateral de los albano-kosovares expresada a través del voto; ni en unos olvidados acuerdos que tomaban en cuenta a todas las partes e intereses implicados. Es la firme determinación de los Estados Unidos de separar esta provincia del seno de Servia la que ha hecho posible la independencia kosovar.

La decisión de los Estados Unidos ha sido secundada por Francia, Alemania, Italia. Después se han ido adhiriendo el resto de los países comunitarios. Es segura la oposición de Chipre que teme que este paso sea el precedente que los Estados Unidos y Europa establecen para reconocer status definitivo a la secesión de la mitad turca de la isla. A su vez Grecia, por motivos obvios, comparte y refuerza la posición de Chipre.

España, en trance de constituirse en una confederación de soberanías compartidas y reversibles, se ha mostrado hasta ahora vacilante, no tanto por temor a los rebotes de prisas independentistas, previstos y asumidos por el equipo que gobierna, sino por encontrarse en vísperas de unas elecciones cuyos resultados pueden resultar comprometidos si lo ocurrido en el Kosovo obligara a enfocar las candilejas sobre extremos que hasta ahora ha sido posible disimular.

El reconocimiento de los países extracomunitarios, entre los cuales están los numerosos Estados meramente nominales del Africa negra y los de relleno de la América Central y del Sur, se producirá en cascada en los próximos días. El de los países árabes y de Turquía tampoco se hará esperar, por tener el Kosovo una población musulmana y por tratarse de una región en la cual durante el dominio otomano encontraron los Sultanes algunos de sus más decididos colaboradores. Por todas estas concausas, el ingreso de Kosovo en la comunidad internacional, puede considerarse dato establecido y no cuestión a dilucidar.

¿Qué consecuencias se derivan para nuestro ámbito? Se puede comprobar a primera vista que ha dado lugar a una resta de poder para la Unión europea y una suma para el poder de los Estados Unidos. Desde la segunda década el siglo XX -Primera Guerra Mundial- la intervención americana ha sido decisiva en la configuración política de la región balcánica. La proclamación del principio de las nacionalidades por el presidente Woodrow Wilson consiguió el desguace minucioso del Imperio Turco y del Imperio Austro-Húngaro, de modo que ya no pudieran recuperarse. Pero, a cambio de este logro que favorecía a Inglaterra al eliminarle rivalidades en el Mediterráneo Oriental y en el canal de Suez, dejó a Europa desguarnecida en su flanco sureste. Alemania trató de llenar ese vacío de poder, ya consiguiendo la alianza de los nuevos países, ya forzando su sumisión por medio de la ocupación militar, ya apoyando la acción subversiva de las formaciones internas del Nacional Socialismo. Italia también participó en ese intento de relevo en los Balcanes. Recodemos la fallida invasión de Grecia que tuvo que ser completada por los alemanes, y, sobre todo, la invasión de Albania por las tropas del Duce, y su posterior conversión en protectorado de Italia.

Y no frunzamos el ceño al leer la palabra protectorado, porque esta y no otra es la apropiada para describir la situación del flamante Kosovo. Aunque la responsabilidad del protectorado depende de las Naciones Unidas, es obvio que el peso de la tarea protectora, sin duda onerosa en vidas y en recursos, caerá sobre la Unión Europea. Existe una vaga convicción, que se proyecta en las nubes como un atractivo holograma de feria: la incorporación a Europa del Kosovo independiente y de la perjudicada Servia calmará las heridas y apagará los temores recíprocos. Pero no hay por qué olvidar que los servios tienen el apoyo de Rusia en sus reclamaciones de la integridad territorial que les había sido garantizada por Europa. No hay razón para pensar que Rusia se complazca en resucitar una alianza con Servia que procede del tiempo de los zares, sino que quiere protegerse del “Escudo” antimisiles cuyas estaciones en Polonia y en Eslovaquia son consideradas como una amenaza gratuita de los EE.UU. Y a mi juicio, con entera razón. Kosovo, es pues, una chinita preventiva puesta en el camino del posible entendimiento entre la Unión Europea y Rusia. En consecuencia: tanto a favor de los Estados Unidos. Por su parte, Europa trata de conjurar los peligros de su propia desmembración proclamando que la independencia del Kosovo debe considerarse como excepcional e irrepetible. Hablando en términos populares, se diría que Europa teme que le crezcan los enanos.

Aunque Europa destinará los recursos necesarios para ilusionar a los kosovares con la perspectiva de la democracia de la saciedad, es muy posible que los obstáculos vengan de los propios kosovares. No solo se trata de un pueblo sin tradición democrática, condición que comparte con el resto de los que formaban parte de la Yugoeslavia de Tito, sino que tampoco goza de la tradición de personalismo autoritario que sí poseen otros países resultantes del retranqueo de fronteras en los Balcanes, como sucede con Croacia y con Eslovenia e incluso con Servia. Lo más grave de todo es que, hoy por hoy, ni siquiera existe un patriotismo kosovar propiamente dicho, con lo cual la necesidad popular de identidad se sacia acudiendo a la religión, en este caso la musulmana, o utilizando, para afirmarse, el origen étnico cultural que en este caso los lleva a la identificación con Albania. Los que han independizado el Kosovo tienen ante sí la doble tarea de inventárselo todo, y de acertar con el invento.

Sería más que deseable que todo esto no tuviera nada que ver con la situación española porque el “que ver” a que aquí se alude implica necesariamente la aparición de conturbaciones que la situación geopolítica de la Peninsula y de sus islas contribuirá necesariamente a complicar. No todo podrá quedar en palabras, y si quedara, no todos se resignarán con ellas. Las peticiones, exigencias y reclamaciones y hasta proclamaciones de independencia se producirán en cascada. El órdago es cosa de vascos. Nos podemos preguntar si lo será también de catalanes, que tienen una gran tradición en el “greuge” o agravio, en términos que llegan hasta las expresiones populares, como aquello de la “llibreta catalana” que memoriza al “detall” las ofensas reales o supuestas, o lo del refrán valenciano que advierte, sin duda con mala intención, que “catalá que no te l´a fet te la fará”. Con cualquier maniobra en falso, la península ibérica se puede convertir en la segunda hipoteca sobre la Unión Europea, siendo la primera la península balcánica.

No se trata de ser profetas, sino de aprender sobre la marcha y sobre lo ya andado. Los poderes hegemónicos mandan. Los pequeños solo pueden jugar en los márgenes, y la mayoría de las veces a su propia costa.

jueves, 21 de febrero de 2008

Memoria Histórica

El día 16, que fue sábado, se cumplió el septuagésimo segundo aniversario de las elecciones del año de 1936 en las que ganó el Frente Popular. Los resultados numéricos fueron los siguientes: Frente Popular: 4.451.300. Derecha: 4.375.800. Centro: 333.200. PNV: 150.100, de los cuales 14.799 en Navarra. Partido Republicano Radical: 124.700. Falange: 6.800.

Ciertamente, no es el resultado de un país decididamente fascistoide, véase el resultado de falange. Ni abrumadoramente de izquierdas. Es el resultado de un país que está partido en dos.

No fueron unas elecciones pacíficas. En Guipúzcoa, los comunistas se llevaron las actas pistola en mano, según cuenta Azaña en carta a Rivas Cherif con fecha el 29 de marzo de 1936. Se anularon, según parece, a la brava, actas de diputados de derechas en Granada y en Cuenca. Y en La Coruña hubo un extraño corrimiento de votos que dio los trece escaños al Frente Popular. Con todos estos problemas, esa sería la última oportunidad que los españoles tuvieron de dirimir sus diferencias de forma, si no pacífica, al menos todavía apaciguada.

La división de España, que se manifestó de forma particularmente seria durante la Segunda República, terminaría de adquirir su violencia definitiva bajo el dominio del Frente Popular. Desde el 16 de febrero de dicho año, España vive en vela de armas. Hay un resumen de los desordenes que en solo sesenta días habían tenido lugar como muestra de la forma violenta que un bando y otro ponían en práctica para tratar de imponer su voluntad: Asaltos y saqueos: de círculos políticos, 58; de establecimientos públicos y privados, 72; de domicilios particulares, 33; de iglesias, 36. Incendios: de círculos políticos, 12; de establecimientos públicos y privados, 45; de domicilios particulares, 15; de iglesias, 106. Alteraciones del orden: Huelgas generales, 11; motines, 169; reyertas con fuego de fusiles, 39; agresiones personales, 85; muertos, 76; heridos, 346. El recopilador de este cómputo, leído en las Cortes, fue Calvo Sotelo, que pocos meses después moriría asesinado por un miembro de la policía.

En julio de ese año, a partir del ejército de África y de la multitud de navarros encuadrados en el Requeté, se produciría el Alzamiento. Fue el estallido de una guerra que ya los españoles tenían declarada en sus corazones. Ay, amigos ¡no hay que descuidar los corazones! Es en ellos donde primero se acumula el veneno fratricida. Las cosas no ocurren por casualidad.

La polarización en dos grandes sectores ideológicos dio a la guerra un carácter especialmente complejo. Muchedumbre de obreros se batieron por el marxismo porque vieron en la lucha su aspecto de pura revolución social. Hubo también muchos poderosos que intervinieron para conservar sus privilegios económicos y financieros. Hubo sectores católicos -nacionalistas vascos- que optaron por hacer causa común con los marxistas y sus aliados porque creyeron ser esa la mejor manera de defender su autonomía recién adquirida; lo que pudo parecer ambigüedad más tarde abriría la posibilidad de poder mimetizarse con la izquierda. Pero todos estos hechos no parece que varían la verdad esencial de la guerra civil española: fue un gran conflicto ideológico.

Como en toda acción humana hubo confusionismo e incongruencias, pero su planteamiento obedecía a profundas razones ideológicas, no solamente unidas a la historia de España, sino vinculadas a la historia universal.

Aparte de civil por el carácter de desgarramiento interno, la guerra española de 1936-1939, fue universal por el ámbito de los ideales que entraron en juego y por los intereses y sentimientos que fueron movilizados por ella. Incluso en la aportación humana a los ejércitos contendientes se puede apreciar esa nota de universalidad. En uno y otro bando lucharon grandes contingentes de hombres que procedían de los más diversos países. Los dispares ideales por los que esos hombres se batían eran de universal validez o si lo prefiriera el lector, de mundial vigencia. Quiero decir que atañían directamente a conceptos fundamentales inteligibles para cualquier persona con independencia de su raza o de su procedencia social o geográfica.

Ante la disyuntiva ideológica planteada por la Guerra Española, no cabía permanecer indiferente. No se trató en ningún momento de una guerra aldeana, aunque muchos de sus combatientes calzasen alpargatas, vistiesen monos y se tocasen con boinas no importa si estrechas o de amplio vuelo según la región de la cual provenían. En esa circunstancia de ser universal hay que buscar el origen del interés que el conflicto armado entre españoles suscitó en el mundo entero.

En Hispanoamérica, fue la guerra del Treinta y Seis el primer acontecimiento de la Historia de España posterior a las guerras de emancipación de aquellos países que causó una impresión profunda y entrañada en todos los sectores, con independencia de cuál fuese la dirección por donde se encaminaban las simpatías de unos y otros. Hombres de Italia, de Portugal, de Rusia, de Rumanía, de Alemania, de los Estados Unidos, de Polonia, de Marruecos, por no citar sino a aquellos países que proporcionaron contingentes más numerosos o de estructura más coherente, vinieron a batirse en la guerra y a dar y a recibir la muerte en nombre de alguna idea.

En la Guerra de España se discutía el sentido de la libertad; entraba en debate el valor de los totalitarismos fascistas y nacionalsocialistas entonces en boga en Europa entera; se ponía en tela de juicio el sistema capitalista; y se buscaba una nueva salida humanística –cristiana para unos, marxista para otros-, que resolviera el problema de la igualdad social. Se buscaba el camino del porvenir, ya respetando la herencia espiritual de los mayores para cultivarla y que diera fruto nuevo, ya echándola de una vez por tierra para que se pudriera.

De una forma o de otra, la guerra española, en su profunda significación ideológica y por tanto universal, que es el escorzo que aquí he decidido destacar, está en la línea histórica propia de individualidades que han rechazado servir a ninguna ideología que se les pueda morir a las primeras de cambio. El hecho es que, ya sea por capacidad de pervivencia que tengan las ideas, o por terquedad de quienes las sustentan, aquí las situaciones tienden a perpetuarse y los problemas a ser aceptados cuando se hacen crónicos y pueden ya ser vistos como productos de la simple inercia o de la fatalidad acerca de la cual nunca es dable denunciar autorías.

Cierto que el tiempo transcurrido desde entonces no disminuye el significado de aquellas elecciones del 16 de febrero de 1936 en que comenzó a chisporrotear la mecha cuyo fuego se expandiría en la enorme pira de la guerra; pero sí que puede ayudar, siempre que se esté dispuesto a esa empresa, a depurar conceptos y a iluminar rincones quizás oscurecidos por los intereses y por la propaganda. Lo escribo, sobre todo, en memoria de las personas humildes o ignorantes que, con cualquier uniforme rindieron la vida bajo los campos de olivos, en los senderos de montaña o en la ribera de los ríos y allí quedaron, ejerciendo el perpetuo dominio de la tierra que solo corresponde a los cadáveres. Ojalá les diésemos paz para que descansen de veras.

viernes, 15 de febrero de 2008

Enseñanza Individualizada

La vida es experta en dar lecciones de humildad. Te empeñas en decir “de esta agua no beberé” y te hartas de criticar en tu interior a quienes lo hacen, y un día de tantos, va y te das cuenta que las circunstancias te están exigiendo que pongas a prueba la seriedad de tus propósitos tantas veces proclamados.

Y contento con que no te encuentres directamente en una situación de esas que por no plantear alternativa ni permitir escapatorias, se conocen en castellano con el nombre de “trágala”. Por eso las comparaciones entre el ayer y el hoy, entre lo viejo y lo nuevo son de ordinario muy ricas en enseñanzas a poco que nos mostremos dispuestos a identificarlas como tales.

Yo me había pasado la vida despreciando a esos productos cuyo nombre en castellano es precedido por la preposición sin que, como bien se sabe, denota carencia de alguno de sus componentes habituales. Se supone que el componente del cual se prescinde es peligroso para la salud de algunos. Mayonesa sin huevo; sal sin sodio; vino, bitter o cerveza, sin alcohol; y hasta un whisky, supongo que sin Escocia, que fabrican en Córdoba, y que tiene un enorme potencial de ventas en los países musulmanes.

Desde la torre de mi vano orgullo de hombre de buen comer estaba acostumbrado a azotar con el látigo de mi desprecio a todos estos productos a los cuales tenía archivados en la carpeta de la letra A y dentro del nada prestigioso apartado de “Acabaduras de laboratorio”. No faltaba, tampoco, en la prejuiciada clasificación, un enlace catalográfico que la relacionaba con otra carpeta, la 3P, que correspondía a “Paridas del Puritanismo Postmoderno”. Me movía, pues, en el terreno del más descarado desprecio hacia esos productos.

Pero un día, circunstancias que no es del caso enumerar aquí, te empujan a tener que probar alguno de ellos. Y con eso basta para comprender que tienen una utilidad determinada, y para comenzar a entender a quienes encuentran gusto en su ingesta y motivación a su consumo.

Y héteme aquí saboreando lo que no solía, como si lo hubiera hecho toda la vida, que es la forma más clara de reconocer que todo cuanto existe, ya sea por vía de creación divina, ya sea por arte de manufactura humana, alguna razón suficiente posee para estar en el mundo. Porque, después de todo, a falta de pan, buenas son las tortas, a buen hambre no hay pan duro, y al mucho faltar llaman conformar.

Y si encima, esos productos se sostienen bien en las estanterías y aguantan lo suficiente en el mercado, están demostrando de sobra su validez para la satisfacción de alguna necesidad de las que en número ilimitado es capaz de tener, de sentir o de inventarse el ser humano.

Los productos sin obedecen a una demanda arrolladora aunque quienes la impulsan sólo puedan moverse con ayuda de bastones. En el fondo, la rubia o morena cerveza o el colorado bitter sin se originan en la misma causa que las migraciones laborales, pedigüeñas o musicantes de nuestros días: la creciente vejez de la población en los países que gozan de bienestar material. El número de vejestorios aumenta de día en día y sus carencias y limitaciones, dolemas y alifafes favorecen el crecimiento de este sector nuevo del mercado de la alimentación. Ese sector que presume de lo que no tiene: los productos sin.

Pero si estos cambios o mutaciones de necesidades y de gustos ocurren en el transcurso de las vidas individuales, que son fugaces como es fugaz el esplendor del heno ¿Qué no podrá pasar cuando se entra a comparar épocas con épocas, siglos con siglos, milenios con milenios? La verdad, no se puede entrar en el recinto del pasado propio o ajeno, individual o colectivo, esgrimiendo en la mano la cintita de medir de ahora.

La caravana del tiempo pasa y pasa con ella la cara vana de los días con su cortejo de modas cambiantes, enfoques variables, circunstancias que mudan y posibilidades que ayer fueron y hoy ya no son y que todos juntos constituyen la volandera nube de pequeñas realidades variables entre las cuales discurre y transcurre nuestra vida, por otra parte tan sedienta y necesitada de lo inmutable.

Por esa razón tan simple no deja de ser ocasión de risa cuando, desde el escenario de la política, disciplina hoy por hoy inevitablemente cortoplacera, se habla de centurias o de milenios,en plan “nuestras aspiraciones de libertad se apoyan en siete mil años de lucha”, como si la nebulosa del pasado remoto fuese en manos del orador un ariete inalterable apto para derribar el presente que estorba. Lo mismo pasa si, por el contrario, poniendo el canuto a mirar hacia adelante, se pretende haber encontrado la meta definitiva de la Historia, en plan de creerse el amo del tiempo aún no venido, como hizo Fukoyama con la democracia.

Pero dejemos de acudir al trapo que más se agita y tomemos un rumbo menos pretencioso. La valoración de las cosas, no su valor intrínseco, la mayoría de las veces depende del tiempo y del lugar. Y esto lo mismo se produce en el trecho mas bien breve de la existencia individual, que en el largo recorrido de la existencia histórica. Con baremo de nuestro tiempo, habríamos multado a Jesús tras la multiplicación de los panes, por no tener carnet de manipulación de alimentos. O hubiéramos sometido a sanciones al padre de San Juan, el Evangelista, que era armador, por tener a su hijo menor trabajando en una de sus embarcaciones, precisamente la que tenía por patrón al cazurro de Cefas.

-¿Y al niño? digo el que más tarde sería llamado San Juan Evangelista.

A ese, nos hubiéramos dado prisa para ponerlo bajo la tutela de alguna institución pública que vigilara su escolarización laica y le evitara el riesgo a que se exponía de caer en manos de la secta del Nazareno.

¿Y al Maestro?

-Le hubiéramos acusado de racista o xenófobo desde el mismo día en que, como buen judío de su tiempo, contestara a la mujer samaritana -que le solicitaba la curación de su hijo- con la dura observación de que “no se tira a los perros el pan de los hijos”

-¿Y que pasa con Vuestra Merced, que de pretendido gourmand ha venido a parar a consumidor de productos sin?

- Es un cambio de tercio, amigo, que la vida plantea en su enseñanza individualizada.


lunes, 4 de febrero de 2008

Sueño y Parábola de la Europa Fractal

A diferencia del té, que tiene su propia ceremonia, el café prescinde de especiales miramientos. Con que haya para todos, basta. En este sueño invernal sucedió lo que decía la canción aquella de Juan Luis Guerra: llovió café. Y hubo café para todos.

Y que conste que, me doy perfecta cuenta que al decir que se trata de un sueño me estoy internando en terreno resbaladizo. Porque es bien sabido que nuestro romance distingue mal lo que es el sueño entendido como estado fisiológico de descanso en que entran en ciertos períodos los animales, de ese otro sueño formado por las imágenes y las figuraciones que encalabrinan la mente cuando se deja a la fantasía tomar el mando sin importar poco ni mucho que sea durante la dormición o en plena vigilia.

El primer suceso onírico que presencié fue la consulta popular en el País Vasco. “Mira”, me dijo mi guía, que se presentaba bajo la figura de Hipnos- : “después de siete mil años de continua lucha, evocados por el señor Ibarretxe en Txile, la elocuencia democrática del voto apuntó sin vacilaciones hacia la independencia. Inmediatamente después -una simple formalidad, ya se sabe- comenzaron las negociaciones con Europa a fin de que el Concierto, que tantos beneficios había reportado dentro del Estado Español, fuera reconocido tal cual dentro de la Unión Europea. No tardó Bruselas en responder que sí. Días después se supo que en la capital europea se habían creído que se trataba de un concierto del Orfeón Donostiarra, pero ya era tarde para rectificar. Jamás una equivocación tan pequeña ha tenido resultado tan grandioso.”

Un enorme búho que descansaba en las ramas de un nogal levantó el ala con intención de decir algo. Le autorizó mi guía y el ave expresó su admiración de que en la antigua España todo hubiera transcurrido en paz y buena compaña. Hipnos tuvo a bien aclararme a continuación cuál era secreto de esa paz no buscada: “siglos de convivencia habían forjado entre los habitantes de las tierras de Iberia un cauce de cordialidad y afecto que sabía aflorar a la superficie cuando menos se esperaba. “Al fin y al cabo –añadió- la separación se ha producido sólo después de haber acompañado los vascos a los demás españoles en todas las grandes o pequeñas, conocidas o desconocidas, provechosas o ruinosas pero nunca estériles probanzas que la Historia exigió a ese bullicioso, voceras, bronqueador y tamborrero gentío que son los descendientes de Iñigo Arista y de Mío Cid, el que en buena hora nació. Los españoles de siempre y los expañoles de ahora de sobra han demostrado su capacidad de andar por allí haciendo el Quijote con el corazón más elevado que el sursumcorda, o de comportarse como otros Sanchos, atentos sólo a los bogborigmos y flatulencias de su propia panza.”

¿Y que es ese revuelo de banderas? –pregunté- al ver muchas que se agitaban en el viento. “Son Cataluña y Galicia que adelantan su independencia. Por si fuera poco, en las Islas Afortunadas el pequeño y casi ignorado Partido “Canarias Insurgente”, ha ganado las elecciones propugnando la independencia del archipiélago –exceptuando, por insegura, la isla de San Borondón- y su inmediata integración en el Tratado de la Unidad Africana. Los canarios decidieron el grave asunto de la capitalidad recurriendo a la sabiduría de Salomón: los años pares, Santa Cruz; los años nones, Las Palmas.”

Como celajes que se acumulan viniendo desde diferentes puntos del cielo, vi cómo las jóvenes repúblicas de Euskadi, Galicia y Cataluña decidieron unirse para determinados objetivos comunes. Así surgió el ente unitario llamado Galeusca, quedando el Reino de España finalmente constituído por las Comunidades Autonómicas de Madrid, Castilla-León, Castilla- La Mancha, Aragón, Extremadura, Andalucía y Valencia que continúa con su secular propósito de “doner noves glories a Espanya”. Las Baleares buscaron acomodo también en el redil español, pero con una condición: el vínculo se disolvería el día que los reyes dejaran de veranear en les Illes. “Se espera que esta sea la remodelación definitiva, pero que conste que no nos asusta la geografía variable, entre más variable mejor” declaró con su mejor talante el Presidente vitalicio de España, señor Rodríguez Zapatero.

En ese momento captó mi atención una mesa redonda que estaban instalando en un reservado de los muchos edificios singulares que allí había.“Es la mesa de negociaciones de Galeusca con el Reino de España,” -me dice mi guía- “las tres repúblicas unidas tratan de conseguir que Madrid permita la construcción de una autopista elevada que comunique entre sí a los nuevos Estados independientes sin tener que descender los viajeros o las mercancías a territorio español. Dicha autopista permitiría paliar la desventaja de la discontinuidad territorial sobre la cual se asienta Galeusca. Se supone que la pista elevada, con una anchura para 13 carriles, sendas vías de servicio, bidegorri y amplísimo arcén en cada sentido, totalmente iluminada con energía fotovoltaica, una maravilla de la técnica del siglo XXI, sería en parte costeada con el “Fondo de la Unión Europea para las regiones de difícil intercomunicación.”

Madrid era un hervidero de proyectos y reuniones de todo tipo donde se hacían oír con plena claridad voces procedentes del mundo entero. En el gran Palacio de Exposiciones y Congresos, me sorprende una algarabía. “¿A qué motivo responde esa reunión tan ruidosa?” pregunté. Es la “Conferencia permanente para la Emancipación del Pueblo Rumí”, respondió mi guía. “Ahora redactan un texto para reclamar a la ONU la creación de un “hogar nacional” para los gitanos de todo el mundo. No quieren sentirse constreñidos a vagar sin rumbo, sin rey, ni roque ni perrito que les ladre. Solicitan que se les conceda Navarra, que ha quedado un tanto colgada con el nuevo retranqueo”

“¿Y ese grupo de más allá?” “Son los representantes de las distintas autonomías del Reino de España, de las repúblicas expañolas recientemente independizadas, más los delegados nacionales de Portugal y de Andorra y un observador de Gibraltar. Quieren formar una plataforma a favor de la reunificación de la Península Ibérica.”

¿Y ese hombre tan arrecho? Pregunté al ver uno que aparecía muy tieso y erguido. Resultó ser el jefe de la fracción radical que acababa de perder la votación. Se trataba del misterioso Charles-Marie Pérez Bâton de Poignenface y Malmatar. De él se dice que es de origen andorrano, o catalán, o argentino nacionalizado español, o de familia cubana proveniente de los blancos de Santo Domingo y la Martinica que poblaron la ciudad de Cienfuegos, quizá un agente de los servicios secretos franceses o norteamericanos, o israelíes, o alemanes, no se sabe bien. Malmatar se enfrentaba al ala moderada del portugués Joâo Diogo Miradoiro da Foz, que resultó triunfador adoptando inicialmente la recién formada organización el nombre de “Liga Democrática y General para la Reunificación Fraterna de los pueblos de España”, si bien por temor a que fuera interpretada como un signo de militarismo, la palabra “general” fue suprimida de la denominación final. “Con una perspectiva histórica de 700 años –los de la Reconquista- por delante” –expresó Miradoiro da Foz- “no tenemos ninguna prisa por lograr nuestro objetivo. El tiempo cursa a nuestro favor y seguimos la directriz propia de la doctrina de los escaques: quien domina el centro del tablero termina ganando la partida.”

De repente, el panorama onírico cambió. Hipnos fue sustituído por un Eros Fúnebre que se presentaba en figura de un guerrero hercúleo que se apoyaba, en posición de “descansen”, en una espada mandoble. Carecía de rostro y se cubría el vacío con un paño ritual de colores negro, rojo y Amarillo, azul y blanco que le caía sobre los hombres. “No os engañeis, siempre he estado aquí”, dijo con voz estentórea que parecía salir de todas partes y se duplicaba en prolongado eco. Hablaba Alemán y francés, francés y alemán. Del café no dijo nada, pero las tazas se rompieron al resonar su voz. Entonces desperté. Esperaba que las cumplidas campanas de Santa María anunciaran, al fin, la mañana. Pero esta vez no lo hicieron o no alcancé a oirlas.