La discutida independencia del Kosovo resulta impecable si se la contrasta con los usos y vigencias que hoy priman en la praxis internacional, pues es un hecho la preeminencia del desnudo poder en la toma de decisiones por encima de considerandos de cualquier otra índole, incluidos los jurídicos y los históricos. Con esto queremos recalcar que la posible solidez de esa independencia no hay que ir a buscarla, por mucho que se diga, en la voluntad unilateral de los albano-kosovares expresada a través del voto; ni en unos olvidados acuerdos que tomaban en cuenta a todas las partes e intereses implicados. Es la firme determinación de los Estados Unidos de separar esta provincia del seno de Servia la que ha hecho posible la independencia kosovar.
La decisión de los Estados Unidos ha sido secundada por Francia, Alemania, Italia. Después se han ido adhiriendo el resto de los países comunitarios. Es segura la oposición de Chipre que teme que este paso sea el precedente que los Estados Unidos y Europa establecen para reconocer status definitivo a la secesión de la mitad turca de la isla. A su vez Grecia, por motivos obvios, comparte y refuerza la posición de Chipre.
España, en trance de constituirse en una confederación de soberanías compartidas y reversibles, se ha mostrado hasta ahora vacilante, no tanto por temor a los rebotes de prisas independentistas, previstos y asumidos por el equipo que gobierna, sino por encontrarse en vísperas de unas elecciones cuyos resultados pueden resultar comprometidos si lo ocurrido en el Kosovo obligara a enfocar las candilejas sobre extremos que hasta ahora ha sido posible disimular.
El reconocimiento de los países extracomunitarios, entre los cuales están los numerosos Estados meramente nominales del Africa negra y los de relleno de la América Central y del Sur, se producirá en cascada en los próximos días. El de los países árabes y de Turquía tampoco se hará esperar, por tener el Kosovo una población musulmana y por tratarse de una región en la cual durante el dominio otomano encontraron los Sultanes algunos de sus más decididos colaboradores. Por todas estas concausas, el ingreso de Kosovo en la comunidad internacional, puede considerarse dato establecido y no cuestión a dilucidar.
¿Qué consecuencias se derivan para nuestro ámbito? Se puede comprobar a primera vista que ha dado lugar a una resta de poder para la Unión europea y una suma para el poder de los Estados Unidos. Desde la segunda década el siglo XX -Primera Guerra Mundial- la intervención americana ha sido decisiva en la configuración política de la región balcánica. La proclamación del principio de las nacionalidades por el presidente Woodrow Wilson consiguió el desguace minucioso del Imperio Turco y del Imperio Austro-Húngaro, de modo que ya no pudieran recuperarse. Pero, a cambio de este logro que favorecía a Inglaterra al eliminarle rivalidades en el Mediterráneo Oriental y en el canal de Suez, dejó a Europa desguarnecida en su flanco sureste. Alemania trató de llenar ese vacío de poder, ya consiguiendo la alianza de los nuevos países, ya forzando su sumisión por medio de la ocupación militar, ya apoyando la acción subversiva de las formaciones internas del Nacional Socialismo. Italia también participó en ese intento de relevo en los Balcanes. Recodemos la fallida invasión de Grecia que tuvo que ser completada por los alemanes, y, sobre todo, la invasión de Albania por las tropas del Duce, y su posterior conversión en protectorado de Italia.
Y no frunzamos el ceño al leer la palabra protectorado, porque esta y no otra es la apropiada para describir la situación del flamante Kosovo. Aunque la responsabilidad del protectorado depende de las Naciones Unidas, es obvio que el peso de la tarea protectora, sin duda onerosa en vidas y en recursos, caerá sobre la Unión Europea. Existe una vaga convicción, que se proyecta en las nubes como un atractivo holograma de feria: la incorporación a Europa del Kosovo independiente y de la perjudicada Servia calmará las heridas y apagará los temores recíprocos. Pero no hay por qué olvidar que los servios tienen el apoyo de Rusia en sus reclamaciones de la integridad territorial que les había sido garantizada por Europa. No hay razón para pensar que Rusia se complazca en resucitar una alianza con Servia que procede del tiempo de los zares, sino que quiere protegerse del “Escudo” antimisiles cuyas estaciones en Polonia y en Eslovaquia son consideradas como una amenaza gratuita de los EE.UU. Y a mi juicio, con entera razón. Kosovo, es pues, una chinita preventiva puesta en el camino del posible entendimiento entre la Unión Europea y Rusia. En consecuencia: tanto a favor de los Estados Unidos. Por su parte, Europa trata de conjurar los peligros de su propia desmembración proclamando que la independencia del Kosovo debe considerarse como excepcional e irrepetible. Hablando en términos populares, se diría que Europa teme que le crezcan los enanos.
Aunque Europa destinará los recursos necesarios para ilusionar a los kosovares con la perspectiva de la democracia de la saciedad, es muy posible que los obstáculos vengan de los propios kosovares. No solo se trata de un pueblo sin tradición democrática, condición que comparte con el resto de los que formaban parte de la Yugoeslavia de Tito, sino que tampoco goza de la tradición de personalismo autoritario que sí poseen otros países resultantes del retranqueo de fronteras en los Balcanes, como sucede con Croacia y con Eslovenia e incluso con Servia. Lo más grave de todo es que, hoy por hoy, ni siquiera existe un patriotismo kosovar propiamente dicho, con lo cual la necesidad popular de identidad se sacia acudiendo a la religión, en este caso la musulmana, o utilizando, para afirmarse, el origen étnico cultural que en este caso los lleva a la identificación con Albania. Los que han independizado el Kosovo tienen ante sí la doble tarea de inventárselo todo, y de acertar con el invento.
Sería más que deseable que todo esto no tuviera nada que ver con la situación española porque el “que ver” a que aquí se alude implica necesariamente la aparición de conturbaciones que la situación geopolítica de la Peninsula y de sus islas contribuirá necesariamente a complicar. No todo podrá quedar en palabras, y si quedara, no todos se resignarán con ellas. Las peticiones, exigencias y reclamaciones y hasta proclamaciones de independencia se producirán en cascada. El órdago es cosa de vascos. Nos podemos preguntar si lo será también de catalanes, que tienen una gran tradición en el “greuge” o agravio, en términos que llegan hasta las expresiones populares, como aquello de la “llibreta catalana” que memoriza al “detall” las ofensas reales o supuestas, o lo del refrán valenciano que advierte, sin duda con mala intención, que “catalá que no te l´a fet te la fará”. Con cualquier maniobra en falso, la península ibérica se puede convertir en la segunda hipoteca sobre la Unión Europea, siendo la primera la península balcánica.
No se trata de ser profetas, sino de aprender sobre la marcha y sobre lo ya andado. Los poderes hegemónicos mandan. Los pequeños solo pueden jugar en los márgenes, y la mayoría de las veces a su propia costa.
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