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viernes, 15 de febrero de 2008

Enseñanza Individualizada

La vida es experta en dar lecciones de humildad. Te empeñas en decir “de esta agua no beberé” y te hartas de criticar en tu interior a quienes lo hacen, y un día de tantos, va y te das cuenta que las circunstancias te están exigiendo que pongas a prueba la seriedad de tus propósitos tantas veces proclamados.

Y contento con que no te encuentres directamente en una situación de esas que por no plantear alternativa ni permitir escapatorias, se conocen en castellano con el nombre de “trágala”. Por eso las comparaciones entre el ayer y el hoy, entre lo viejo y lo nuevo son de ordinario muy ricas en enseñanzas a poco que nos mostremos dispuestos a identificarlas como tales.

Yo me había pasado la vida despreciando a esos productos cuyo nombre en castellano es precedido por la preposición sin que, como bien se sabe, denota carencia de alguno de sus componentes habituales. Se supone que el componente del cual se prescinde es peligroso para la salud de algunos. Mayonesa sin huevo; sal sin sodio; vino, bitter o cerveza, sin alcohol; y hasta un whisky, supongo que sin Escocia, que fabrican en Córdoba, y que tiene un enorme potencial de ventas en los países musulmanes.

Desde la torre de mi vano orgullo de hombre de buen comer estaba acostumbrado a azotar con el látigo de mi desprecio a todos estos productos a los cuales tenía archivados en la carpeta de la letra A y dentro del nada prestigioso apartado de “Acabaduras de laboratorio”. No faltaba, tampoco, en la prejuiciada clasificación, un enlace catalográfico que la relacionaba con otra carpeta, la 3P, que correspondía a “Paridas del Puritanismo Postmoderno”. Me movía, pues, en el terreno del más descarado desprecio hacia esos productos.

Pero un día, circunstancias que no es del caso enumerar aquí, te empujan a tener que probar alguno de ellos. Y con eso basta para comprender que tienen una utilidad determinada, y para comenzar a entender a quienes encuentran gusto en su ingesta y motivación a su consumo.

Y héteme aquí saboreando lo que no solía, como si lo hubiera hecho toda la vida, que es la forma más clara de reconocer que todo cuanto existe, ya sea por vía de creación divina, ya sea por arte de manufactura humana, alguna razón suficiente posee para estar en el mundo. Porque, después de todo, a falta de pan, buenas son las tortas, a buen hambre no hay pan duro, y al mucho faltar llaman conformar.

Y si encima, esos productos se sostienen bien en las estanterías y aguantan lo suficiente en el mercado, están demostrando de sobra su validez para la satisfacción de alguna necesidad de las que en número ilimitado es capaz de tener, de sentir o de inventarse el ser humano.

Los productos sin obedecen a una demanda arrolladora aunque quienes la impulsan sólo puedan moverse con ayuda de bastones. En el fondo, la rubia o morena cerveza o el colorado bitter sin se originan en la misma causa que las migraciones laborales, pedigüeñas o musicantes de nuestros días: la creciente vejez de la población en los países que gozan de bienestar material. El número de vejestorios aumenta de día en día y sus carencias y limitaciones, dolemas y alifafes favorecen el crecimiento de este sector nuevo del mercado de la alimentación. Ese sector que presume de lo que no tiene: los productos sin.

Pero si estos cambios o mutaciones de necesidades y de gustos ocurren en el transcurso de las vidas individuales, que son fugaces como es fugaz el esplendor del heno ¿Qué no podrá pasar cuando se entra a comparar épocas con épocas, siglos con siglos, milenios con milenios? La verdad, no se puede entrar en el recinto del pasado propio o ajeno, individual o colectivo, esgrimiendo en la mano la cintita de medir de ahora.

La caravana del tiempo pasa y pasa con ella la cara vana de los días con su cortejo de modas cambiantes, enfoques variables, circunstancias que mudan y posibilidades que ayer fueron y hoy ya no son y que todos juntos constituyen la volandera nube de pequeñas realidades variables entre las cuales discurre y transcurre nuestra vida, por otra parte tan sedienta y necesitada de lo inmutable.

Por esa razón tan simple no deja de ser ocasión de risa cuando, desde el escenario de la política, disciplina hoy por hoy inevitablemente cortoplacera, se habla de centurias o de milenios,en plan “nuestras aspiraciones de libertad se apoyan en siete mil años de lucha”, como si la nebulosa del pasado remoto fuese en manos del orador un ariete inalterable apto para derribar el presente que estorba. Lo mismo pasa si, por el contrario, poniendo el canuto a mirar hacia adelante, se pretende haber encontrado la meta definitiva de la Historia, en plan de creerse el amo del tiempo aún no venido, como hizo Fukoyama con la democracia.

Pero dejemos de acudir al trapo que más se agita y tomemos un rumbo menos pretencioso. La valoración de las cosas, no su valor intrínseco, la mayoría de las veces depende del tiempo y del lugar. Y esto lo mismo se produce en el trecho mas bien breve de la existencia individual, que en el largo recorrido de la existencia histórica. Con baremo de nuestro tiempo, habríamos multado a Jesús tras la multiplicación de los panes, por no tener carnet de manipulación de alimentos. O hubiéramos sometido a sanciones al padre de San Juan, el Evangelista, que era armador, por tener a su hijo menor trabajando en una de sus embarcaciones, precisamente la que tenía por patrón al cazurro de Cefas.

-¿Y al niño? digo el que más tarde sería llamado San Juan Evangelista.

A ese, nos hubiéramos dado prisa para ponerlo bajo la tutela de alguna institución pública que vigilara su escolarización laica y le evitara el riesgo a que se exponía de caer en manos de la secta del Nazareno.

¿Y al Maestro?

-Le hubiéramos acusado de racista o xenófobo desde el mismo día en que, como buen judío de su tiempo, contestara a la mujer samaritana -que le solicitaba la curación de su hijo- con la dura observación de que “no se tira a los perros el pan de los hijos”

-¿Y que pasa con Vuestra Merced, que de pretendido gourmand ha venido a parar a consumidor de productos sin?

- Es un cambio de tercio, amigo, que la vida plantea en su enseñanza individualizada.


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