El día 16, que fue sábado, se cumplió el septuagésimo segundo aniversario de las elecciones del año de 1936 en las que ganó el Frente Popular. Los resultados numéricos fueron los siguientes: Frente Popular: 4.451.300. Derecha: 4.375.800. Centro: 333.200. PNV: 150.100, de los cuales 14.799 en Navarra. Partido Republicano Radical: 124.700. Falange: 6.800.
Ciertamente, no es el resultado de un país decididamente fascistoide, véase el resultado de falange. Ni abrumadoramente de izquierdas. Es el resultado de un país que está partido en dos.
No fueron unas elecciones pacíficas. En Guipúzcoa, los comunistas se llevaron las actas pistola en mano, según cuenta Azaña en carta a Rivas Cherif con fecha el 29 de marzo de 1936. Se anularon, según parece, a la brava, actas de diputados de derechas en Granada y en Cuenca. Y en La Coruña hubo un extraño corrimiento de votos que dio los trece escaños al Frente Popular. Con todos estos problemas, esa sería la última oportunidad que los españoles tuvieron de dirimir sus diferencias de forma, si no pacífica, al menos todavía apaciguada.
La división de España, que se manifestó de forma particularmente seria durante
En julio de ese año, a partir del ejército de África y de la multitud de navarros encuadrados en el Requeté, se produciría el Alzamiento. Fue el estallido de una guerra que ya los españoles tenían declarada en sus corazones. Ay, amigos ¡no hay que descuidar los corazones! Es en ellos donde primero se acumula el veneno fratricida. Las cosas no ocurren por casualidad.
La polarización en dos grandes sectores ideológicos dio a la guerra un carácter especialmente complejo. Muchedumbre de obreros se batieron por el marxismo porque vieron en la lucha su aspecto de pura revolución social. Hubo también muchos poderosos que intervinieron para conservar sus privilegios económicos y financieros. Hubo sectores católicos -nacionalistas vascos- que optaron por hacer causa común con los marxistas y sus aliados porque creyeron ser esa la mejor manera de defender su autonomía recién adquirida; lo que pudo parecer ambigüedad más tarde abriría la posibilidad de poder mimetizarse con
Como en toda acción humana hubo confusionismo e incongruencias, pero su planteamiento obedecía a profundas razones ideológicas, no solamente unidas a la historia de España, sino vinculadas a la historia universal.
Aparte de civil por el carácter de desgarramiento interno, la guerra española de 1936-1939, fue universal por el ámbito de los ideales que entraron en juego y por los intereses y sentimientos que fueron movilizados por ella. Incluso en la aportación humana a los ejércitos contendientes se puede apreciar esa nota de universalidad. En uno y otro bando lucharon grandes contingentes de hombres que procedían de los más diversos países. Los dispares ideales por los que esos hombres se batían eran de universal validez o si lo prefiriera el lector, de mundial vigencia. Quiero decir que atañían directamente a conceptos fundamentales inteligibles para cualquier persona con independencia de su raza o de su procedencia social o geográfica.
Ante la disyuntiva ideológica planteada por
En Hispanoamérica, fue la guerra del Treinta y Seis el primer acontecimiento de la Historia de España posterior a las guerras de emancipación de aquellos países que causó una impresión profunda y entrañada en todos los sectores, con independencia de cuál fuese la dirección por donde se encaminaban las simpatías de unos y otros. Hombres de Italia, de Portugal, de Rusia, de Rumanía, de Alemania, de los Estados Unidos, de Polonia, de Marruecos, por no citar sino a aquellos países que proporcionaron contingentes más numerosos o de estructura más coherente, vinieron a batirse en la guerra y a dar y a recibir la muerte en nombre de alguna idea.
En la Guerra de España se discutía el sentido de la libertad; entraba en debate el valor de los totalitarismos fascistas y nacionalsocialistas entonces en boga en Europa entera; se ponía en tela de juicio el sistema capitalista; y se buscaba una nueva salida humanística –cristiana para unos, marxista para otros-, que resolviera el problema de la igualdad social. Se buscaba el camino del porvenir, ya respetando la herencia espiritual de los mayores para cultivarla y que diera fruto nuevo, ya echándola de una vez por tierra para que se pudriera.
De una forma o de otra, la guerra española, en su profunda significación ideológica y por tanto universal, que es el escorzo que aquí he decidido destacar, está en la línea histórica propia de individualidades que han rechazado servir a ninguna ideología que se les pueda morir a las primeras de cambio. El hecho es que, ya sea por capacidad de pervivencia que tengan las ideas, o por terquedad de quienes las sustentan, aquí las situaciones tienden a perpetuarse y los problemas a ser aceptados cuando se hacen crónicos y pueden ya ser vistos como productos de la simple inercia o de la fatalidad acerca de la cual nunca es dable denunciar autorías.
Cierto que el tiempo transcurrido desde entonces no disminuye el significado de aquellas elecciones del 16 de febrero de 1936 en que comenzó a chisporrotear la mecha cuyo fuego se expandiría en la enorme pira de la guerra; pero sí que puede ayudar, siempre que se esté dispuesto a esa empresa, a depurar conceptos y a iluminar rincones quizás oscurecidos por los intereses y por
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