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miércoles, 15 de noviembre de 2006

Y del Castrismo ¿Qué?

Los últimos quebrantos de salud de Fidel Castro, inauguran para Cuba un período de incógnitas de contenido fácil de formular pero difícil de responder. Estas incógnitas se pueden resumir en dos: ¿Hasta cuando podrá subsistirle incólume el régimen cubano una vez ausente su Lider Máximo? ¿Se abrirá con el óbito de Fidel Castro, o con su forzoso retiro del poder, un período de transición hacia el formalismo democrático típico de las naciones de habla hispana del continente? Hay una tercera pregunta obligada a la cual el mismo Fidel se ha encargado de dar contestación ¿Quién sucederá a Fidel en el mando? Pero hay que decir que la designación de su hermano Raúl no debía interpretarse sin más como prueba de que existe en el régimen un déficit de institucionalización que revelaría la endeblez del socialismo cubano-, sino mas bien como la proclamación de un propósito político y el indicio de un hecho adaptativo.

La proclamación del propósito político está clara: se trata de garantizar la continuidad ideológica del régimen a través de una persona de toda confianza como Raúl, que goza de arraigo popular, que cuenta con peso propio en el aparato del partido, que tiene poder para resolver con las Fuerzas Armadas las previsibles situaciones de excepción y que, por encima de todo, exhibe una estampa que resulta inseparable de la del Lider Máximo, hecho importantísimo en un régimen embebido de ideología, pero cargado también de personalismo o, si se quiere, y para ser más exactos, de ese fulanismo tan caro a los países de media casta hispánica.

El indicio claro de un hecho adaptativo que afecta a la Revolución Cubana, hay que vincularlo con el párrafo anterior. En efecto, con la designación de Raúl queda patente un rasgo que conecta a la Revolución Cubana con un dato invariante de la íntima constitución de los pueblos hispánicos, basada en el nepotismo y el clientelismo personal o, si se quiere emplear una expresión con antecedentes en Ortega y Gasset y en Unamuno, en el fulanismo más acendrado. El hecho de que se pueda hablar de los Solano López del Paraguay; de los Trujillos de la República Dominicana; del trío Perón, con Juan Domingo, Evita e Isabelita; en Argentina; de los Somoza, de los Chamorros y de los hermanos Ortega en Nicaragua; y ahora de los Castro Ruz en Cuba, abarcando personajes de ambos sexos y repartibles en el más amplio espectro político, demuestra que le revolución, ya sea como ideal, ya como farsa, ya –sobre todo- como desplante, ha encontrado su nicho en la imaginería política de aquél continente. El fenómeno es descorazonador; aquí me limito a dar constancia de su existencia.

Y vamos con la primera pregunta.¿Hasta cuando podrá subsistir incólume el régimen cubano? La respuesta es clara, pero resulta poco satisfactoria: el socialismo cubano estará allí hasta que sus enemigos lo dejen. Y ¿Cuáles son los enemigos del régimen cubano? El más peligroso de todos, el sectarismo, que en el lenguaje de Fidel Castro sirve para designar a lo que en otras latitudes comunistas se llamó disidencia o revisionismo. Los vocablos sectarios y sectarismo fueron primeramente empleado por Fidel en relación con el juicio a Faure Chaumon, ya en los tiempos en los que la Revolución estaba consolidándose en el poder. Desde aquél primer episodio de disidencia, Fidel se ha ocupado de aplastar con el máximo rigor –que comprende el desprestigio, la prisión y la muerte-, todo indicio de samokrítica que contravenga las directrices de la Nomenclatura revolucionaria tal como las define el Comité Central del Partido. “Claro que la revolución-dice Fidel-, no tiene ninguna imperiosa necesidad de eso, porque en realidad no hay que utilizar la fuerza aplanadora de la Revolución para aplastar verdaderas cucarachas. Sería mucho, sería como cazar tomeguines a cañonazos.” En efecto, como acontece en todos los regímenes totalitarios, las medidas preventivas vehiculadas a través del espionaje y el fomento de la delación, bastan y sobran, la mayoría de las veces, para mantener a raya la amenaza de las posibles disidencias. El desprecio hacia los opositores y los disidentes está indicado por el léxico: los tomeguines, son unos pajaritos chiquitillos que viven en los pinares, y las cucarachas, ya las conoce el lector.

¿Y los Estados Unidos? Son, desde luego, los primeros enemigos en el terreno de la dialéctica antiimperialista. Las más frecuentes en el bla-bla de los discursos. Sin embargo, son tan sólo enemigos secundarios en cuanto a los propósitos de derribar directamente al régimen cubano. Un seguro tiene el castrismo que le garantiza hasta cierto punto la subsistencia: la base de Guantánamo. Ésta, juntamente con la base de Palmerola en la República de Honduras, con las estaciones de Puerto Rico, las de la costa americana del Golfo de México, y el sistema de satélites, les basta y sobra a los norteamericanos para controlar el conjunto del Mediterráneo Americano formado por el propio Golfo y el Mar de las Antillas. Sólo una amenaza real sobre Guantánamo obligaría a actuar a los Estados Unidos. Por supuesto que la amenaza puede funcionar como puro pretexto para justificar una intervención en la isla; pero indudablemente los Estados Unidos preferirían otra vía. Este efecto paradójico de la base de Guantánamo, es una muestra paladina del peso del factor geopolítico en países como Cuba, carentes de la escala conveniente para imponer su voz des y su estilo en política internacional

¿Qué posibilidades hay de evolución propiciada desde el poder? Creo sinceramente que sería la única evolución posible. Pero es perfectamente improbable que llegue a producirse.. Varios factores contribuyen a esta situación. El primero de todos son las exigencias de los emigrados a los Estados Unidos, con los cuales hay que contar: quieren una restitutio in integrum de la situación, tanto en leyes como en indemnizaciones. El segundo factor obstaculizador, es la propia endeblez de la oposición en Cuba y la pérdida en el pueblo de los hábitos que puedan ayudar al restablecimiento de la democracia en sus aspectos formales. El tercer factor está constituído por el ambiente mundial propicio a la jurisdicción universal en materia de derechos humanos. Caído el régimen, o en trance de prever su evolución al formalismo democrático, no podrían faltar las demandas y acusaciones de ésta índole hechas desde cualquier país, incluída la confusa España. La sola posibilidad de ser juzgados y seguramente condenados, es suficiente para disuadir a los comunists de hoy que pueden ser los reformistas del mañana. El purismo jurídico que parece perseguir una justicia a la vez perfecta y unilateral es enemigo cierto de la evolución pacífica en Cuba.

Quedan, pues, dos posibilidades: la guerra o la subsistencia del socialismo, bien que en precario. La guerra no parece ser una opción ventajosa para nadie. Los norteamericanos podrían ocupar el territorio cubano en una operación multimodal verdaderamente fulminante. Pero las posibilidades de organizar una violenta guerrilla están en manos de las Fuerzas Armadas cubanas, que seguirían el modelo inventado por Tito que ha servido para los más diversos propósitos políticos en las guerras de la exYugoeslavia. Las acciones encaminadas a la eliminación de la guerrilla, necesariamente sangrientas y crueles, soliviantarían a Latinoamérica y dividirían la opinión norteamericana en un momento en que las amenazas islamistas son algo más que nubarrones para el futuro. Subsistirá pues, el socialismo cubano en su soledad, contando sólo con la especial solidaridad que han manifestado algunos países del entorno, especialmente México. Es muy poco probable que países comunistas como China, Corea del Norte o Vietnam se empeñen más allá de los palabras.¿Y Venezuela? Tendrá que sostener a Cuba como un símbolo del antiimperialismo, pero Chávez no debe cometer el error de confundir los símbolos con esa revolución de desplantes sobre el vacío en que se ha convertido Cuba. También a Venezuela le falta escala para lograr sus objetivos. Y la discutible sombra de Bolívar no es suficiente.

viernes, 10 de noviembre de 2006

La Memoria Histórica y El Destino de Las Flores

Las guerras civiles delatan los fracasos de los pueblos en ordenar su convivencia interior en términos de justicia y de paz. Son fracasos que incluyen a toda la colectividad. Aunque en último término habría que concretarlos en las clases dirigentes, que son las que tienen –aunque a veces la rechacen-, la responsabilidad de organizar las sociedades humanas.

Pese a esa genérica imputabilidad, en las guerras civiles la búsqueda de culpabilidades concretas y de culpables individuales exclusivamente entre los coetáneos del conflicto, es casi imposible de evitar. El carácter moral de su naturaleza hace del ser humano un buscador de condenas y absoluciones, cuando no de venganzas que se desencadenan, más que nada, por lo que se dice que tienen de compensación y desquite.

De poco sirven los empeños, sinceros o fingidos de dilucidar, desde el punto de vista de la política las culpabilidades reales, incluso con leyes como la llamada de la memoria histórica. Pocas materias hay como ésta tan proclives a ser abordadas desde esa gran simplificación que consiste en echar todo el peso de la responsabilidad sobre aquellos a quienes les tocó librar la guerra. Se olvida, con esta postura, una realidad fundamental: que las causas de los conflictos bélicos civiles hay que rastrearlas a veces muchas generaciones atrás; y no sólo en los frentes y retaguardias, sino en los despachos de los políticos, en los gabinetes de los ideólogos, en las oficinas de los publicistas, e igualmente, cómo no, en los textos legales injustos, engañosos o inadecuados.

La guerra civil española en la que ahora se concentra el esfuerzo de esa creación abstracta y fantasmal que es la memoria histórica, no fue una guerra de encendido rápido, de esas que se producen como por repentino cabreo. Desengañémonos. Esa versión simplista del fenómeno social de la guerra sólo se presenta en tribus primitivas que disputan una pieza de caza, o en hordas que luchan por la utilización de un manantial; o entre clanes obedientes a una mentalidad mágica que considera que con la llegada de la luna de julio hay que emprenderla con el vecino porque así lo mandan los agüeros funestos.

En la guerra española se quisieron liquidar de una vez por todas los saldos de conflictos mal resueltos que se arrastraban desde 1868, año en que los políticos de la Restauración, con la Constitución en la mano por supuesto, consagraron la hipocresía política de la alternancia partidista en el poder convirtiendo el sufragio en un engaño a la vez injusto, costumbrista y ritualizado. Este engaño, resumen y culminación del pragmatismo en el siglo XIX, permitió a sus autores salir del círculo vicioso de las guerras carlistas y fue como la versión decimonónica de la idea expresada un siglo más tarde por Felipe González con una frase que pidió prestada a Mao Ze Dong “Qué más da que el gato sea blanco o negro si caza a los ratones”.

La Constitución de 1868 aún presidía el curso de la vida política treinta años después, cuando los Estados Unidos hundieron la flota española y sumergieron a España en una profunda crisis que aún afecta a la percepción de su estar colectivo en el mundo Se había convertido en un verdadero quiste político, cuando el viejo problema de “pobres y ricos”, exacerbado por las rapiñas del primer capitalismo y por la dilación de las reformas económicas, comenzaba a transformarse en la compleja y emponzoñada “cuestión social”. Sobrevivía como una tara imposible de soportar cuando la “cuestión social” se estaba convirtiendo en cruda “lucha de clases” potenciada por las tácticas y las ideologías del anarquismo y del bolchevismo stalinista. Pronto, esta situación provocaría, dentro del clima raciovitalista propio de la época, el nacimiento de organizaciones autoritarias y fascistoides, que atraían a las juventudes de la época como alternativa del “socialismo real” y del liberalismo corrompido. La Constitución de la Restauración sólo se dio finalmente por muerta y enterrada cuando Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, tomó el poder en sus manos con el apoyo de los industriales catalanes y con el buen rey constitucional don Alfonso XIII haciéndose el dormido. Pero ya no había tiempo para las reformas desde el sistema. Tampoco pudo con los problemas la Segunda República que sucedió a la Dictadura en 1931.

Se dice que la Historia es maestra de la vida. Yo me conformaría con decir que puede serlo con algunas condiciones. Porque son los historiadores, y no los políticos, los llamados a estudiar la Historia y a convertirla en sabiduría estable. ¿Qué ganaría la causa de la paz, en el supuesto de que realmente interese a todos, con la propagación de una memoria que no haya sido purgada de su persistente carga de odio? ¿Olvidamos acaso que el odio caricaturiza al amor precisamente en que no quiere reconocer límite alguno en su actuación?

No basta conocer al dedillo los desmanes de antaño para evitar futuras demasías. Ni vale exclamar beatamente “nunca más”, o ponerse a recoger firmas para que esto o aquello no vuelva a suceder. Como no valió retratar barbudos frailecicos tomando el sol con un primer plano de milicianos desfilando para demostrar que no hubo persecución religiosa en la guerra civil y que todo estaba en calma dentro de los límites de esta u otra muga. La experiencia de siglos, no desmentida por ninguna experiencia de hoy en Europa ni en ningún otro continente, nos dice y nos repite que, con harta facilidad hay siempre más de lo mismo, y a veces en versión aumentada.

Recuerdo de los años de la transición, una actuación de Tip y Coll. Interrumpía repentinamente el larguirucho de la chistera su desatada perorata y con aire compungido, como quien lamenta haber perdido el hilo del discurso, se llevaba una mano a la cabeza exclamando:” ¡Se me ha ido el santo al cielo!”. Y el bajito del bombín saltaba a su lado preguntando con aire de sorpresa: “¿Cómo?¿Se ha muerto don Santiago Carrillo” Eran los tiempos de la transición que la propaganda llama pacífica pese a sus noventa muertos, y todo parecía posible. Y el mismo Carrillo, joven verdugo de burgueses en Paracuellos, una vez traducida su ideología al eurocomunismo del italiano Berlinger, se ennoblecía con la definitiva hazaña de no añadir leña al fuego en un momento delicado de la Historia contemporánea de España.

Tras varios años de dormición de los recuerdos, llegó a ocurrir algo risible: la cruz memorial de la matanza de presos en Paracuellos terminó por aparecer en Internet –el error ya ha sido subsanado- como un homenaje a las víctimas del franquismo. Parece un chiste pero no lo es. ¿Sólo es la deriva natural del olvido? Lo ignoro. Fue Carrillo quien dijo que los comunistas no necesitaban periódicos, les bastaba con tener periodistas.

¿Cuál será la deriva de la llamada ley de la memoria histórica? El tiempo lo dirá, y ojalá escuchemos sus palabras con escarmiento en el ánimo y el corazón apaciguado. Ni las guerras, ni las guerrillas, ni siquiera las beligerancias discontínuas como la que durante décadas ha dinamizado con sangre la vida política en el País Vasco, se libran hoy con la vieja carabina oxidada que Neruda auguró que desenterrarían los rojos españoles a la hora de la venganza. Cosas de poetas, sin duda. Hoy, las potencias interesadas regalan modernas armas a los contendientes.

El cultivo de los hábitos de discordia lo mismo asegura a plazo medio y largo el fracaso de los pueblos, que anticipa las ridículas rabias contenidas y las disculpas de los políticos. Aunque quizá, desde un punto de vista ecológico, lo más triste sea que hace inseguro el destino de las flores ¿terminarán éstas luciendo sus corolas en lo alto de un florero?, ¿morirán mansamente inclinadas sobre sus tallos? ¿se marchitarán sobre fosas que acaso se abran para no ser colmatadas por víctimas de las enfermedades, los accidentes o los achaques de la edad?

domingo, 5 de noviembre de 2006

En Vísperas de Nada

Hojear una vieja colección de revistas que en su momento fueron de actualidad equivale a comprobar una vez más lo fácil que es tomar el rábano por las hojas cuando uno no tiene la clave de lo que va a suceder. Tomo en mis manos el número de agosto- setiembre del suplemento ilustrado de la “Gazetta del Popolo”, correspondiente al año de 1936.

Pese a la guerra civil que hacía apenas un mes había estallado en España; pese también a que sólo tres años separaban al mundo del trallazo sangriento de la que sería la Segunda Guerra , los meses de agosto y septiembre de 1936, vistos a través de lo que se publicaba, parecen localizarse en vísperas de nada. Antes del diluvio, dice la Biblia , los hombres compraban, vendían, comían, dormían, se casaban como si nada hubiera de suceder.

El suplemento destaca algunos acontecimientos acaecidos durante el período que cubre. Los problemas sociales están en primer término. Crisis del carbón en Inglaterra, ciento veinte mil mineros entran en huelga. Una crisis semejante en Bélgica, lleva a la huelga a ochenta mil obreros. En Bruselas, los enfrentamientos callejeros entre reixistas – los nazis belgas-, y comunistas son interpretados poco menos que como incidentes entre bandas de gamberros.

También entonces el clima depara sus sorpresas, aunque el mundo no padece ningún cambio climático. Santiago y Valparaíso, en Chile, son azotados por un terrible huracán que actúa en latitudes inesperadas.

En contraste, las noticias de Norteamérica son pura afirmación vital: en Mendon, Estado de Missouri, la señora Adelina Speighinger da a luz seis gemelos de los cuales sólo sobrevive una niña. Y un marinero solitario, americano por supuesto, se propone atravesar el Atlántico navegando a remo hasta Europa en un enorme barril acondicionado para el caso.

En Alemania, el servicio militar pasa de uno a dos años, pero es una cuestión interna que sólo compete a los alemanes, claro está.Dichosamente ese país, según los corresponsales, navega en la estela deportiva de los Juegos Olímpicos de Berlín que con tanta belleza filmara Leni Riefensthal. Se aplaude en Europa que la gran fiesta de hermandad deportiva de las naciones, la Olimpíada , se haya convertido en Alemania en la fiesta de la Nación.

En el reino de Italia, si vis pacem, para Belem, las fuerzas armadas hacen maniobras en Irpinia.

En España, el Gobierno de la República lleva al paredón a los generales Goded y Burriel, y la aviación bombardea el pueblo de Tardienta, nada importante para los periódicos de la época. ¡Estos españoles, tan apasionados y pintorescos! En Burgos, el General Franco se reúne con el General Mola; los Ejércitos del Norte y del Sur se encuentran.

Un reportaje retrospectivo recuerda las hazañas deportivas de la “bellisima” Marquesa Carina Negrone, aviadora que recientemente alcanzó en un vuelo la altura de 12.048 metros . Se comenta que la Marquesa es un ejemplo de “aviatrice intrepida e mammina amorosa.” Entonces no había cupo femenino ni nada parecido a la “discriminación positiva” y la maternidad era todavía un motivo de orgullo. En el reportaje se señala también que la marca masculina de altura la tiene el aviador Donati, italiano también.

En el Kazakistán, en la Unión Soviética , se ha descubierto un fósil de “noporus”, que los evolucionistas proclaman como el eslabón que faltaba entre el caballo y el rinoceronte. El nombrecito parece de broma, pero es de verdad. Y en Moscú, capital de la que entonces era llamada la “Patria del Proletariado”, se abre una incógnita con la purga que se lleva con los pies por delante a Kameneff , a Zinovieff, al periodista Radek y a muchos otros. De lo que no hay duda es de los propósitos de Trotsky, jefe de la conspitación: ”Matar a Stalin y a Vorochiloff; crear células en el ejército. En caso de guerra, aprovechar incluso los menores fracasos y problemas de cualquier género, así como la confusión resultante, para apoderarse del Gobierno”. Lo tenía claro Trotsky, el de la barba de chivo que sería más tarde asesinado en México por un internacionalista español que se hacía pasar por belga. Los comunistas no se andaban con chiquitas en eso de aplicar la dialéctica a la toma del poder o a la tarea de conservarlo en sus manos.

En Palestina, que tras la desmembración del Imperio Turco quedó en poder de los ingleses, han sido muertos en el mes de agosto cuarenta y dos árabes en el transcurso de escaramuzas con las tropas de Su Majestad Británica. Por su parte, los palestinos, se han vengado asesinando a un indefenso profesor de la Universidad Hebraica de Jerusalén..

Los anuncios, con más lectura y más explicativos que los de nuestros días, tienen una finalidad parecida: vender cremas antiarrugas y medicamentos contra la menopausia, los nervios y las bolsas bajo los ojos, para las señoras. Tratamientos contra la fatiga, la calvicie, el debilitamiento sexual y la acidez estomacal, para los hombres. Para todos, remedios infalibles contra la caspa y magníficas lociones que devuelven al cabello su color y su brillo natural. Como la gente concurre a las playas pero no se expone excesivamente al sol, no hay anuncios de cremas bronceadoras. Con la omnipresente Nivea vasta y sobra.

En el cine, diversión universal –no existe todavía la televisión-, se aplaude la última película de Frank Capra “Ha llegado la felicidad”, que tiene como protagonista a Gary Cooper. Es admirable la interpretación de Catherine Hepburn en “María de Escocia”. La película americana “San Francisco” y la italiana “El escuadrón blanco”, rompen marcas de taquilla. La cinematografía checoeslovaca se apunta un triunfo con “Janoscic el rebelde”

Una noticia científica llama la atención del lector de hoy: los físicos vieneses Camilla Wiethe y Franz Gerhard Back han inventado una cámara cinematográfica tan pequeña que puede ser introducida en el organismo y puede filmar ciertos procesos fisiológicos. Los italianos creen que esa cámara diminuta será muy útil en la exploración de las cuerdas vocales de los cantantes de ópera. Después dirán que el tópico no existe.

Por entonces, me parece, se produce en España la retirada de un libro que recoge las primeras proclamas de Franco, demasiado republicanas para el sesgo que va tomando el Alzamiento. El recopilador, si mal no recuerdo, era J.G.G. Pero la noticia de la retirada del libro, que de cierta forma equivaldría a una retractación, no figuraría como noticia en ningún periódico: los libros fueron retirados en silencio hasta que desapareció toda la edición. Las obras de contenido molesto o inoportuno para el poder, salen de las estantería y escaparates haciendo mutis por el foro, como en un guión de teatro. Ahora es aquél un libro imposible de encontrar; de estas páginas me sirvo para pedir noticias de él a los lectores. Por un “si acaso.”

Para concluir, una noticia insólita: en un pueblo cercano a Praga, un rayo en seco destrozó una estatua en cuyo interior se encontraron monedas de oro y otros objetos artísticos por valor de dos millones de coronas. ¡Qué sorpresa! En España la vidente Rila, la del Moncayo, que se encontraba en territorio Nacional, interpretó el suceso como un anuncio de la inminente destrucción de Europa. Este es un dato confidencial. La censura no la dejó nunca pregonar su vaticinio. Pero ¿fue vaticinio el de la Rila ?

Era agosto-septiembre de 1936, España había entrado en guerra y parecía que Europa estaba en vísperas de nada.

jueves, 2 de noviembre de 2006

Recuerdos y Memoria Histórica

Memoria, en cualquier orden de cosas, es recuerdo de lo pasado. Y Memoria Histórica, es la del entero pasado de una comunidad, aunque, en el sentido que se quiere oficializar en España, quede reducida a la de la última guerra civil. Esta reducción oportunista parece una cosa tonta, pero nadie puede negar que tenga su miga, porque ha hecho cundir la sospecha de que, tras sesenta y siete años de terminar la guerra, el terreno no se ha asentado todavía y que, por lo tanto, la cuenta podría volver a empezar.

Dicha postura no es saludable para nadie, ni tampoco revela mucha cordura por parte de los convocantes. Porque los recuerdos de guerra, quieras que no, son recuerdos de desgracias, y, al encuentro de éstas, aunque sólo fuera para repasarlas mentalmente, hay que marchar como a la misma guerra: con las carnes dispuestas a lo que caiga y el corazón impávido.

Hablamos de los aspectos colectivos, claro; porque lo que las memorias bélicas sean para cada individuo en particular, todo va en depende, y por una razón muy sencilla: en materia de batallas y batallitas, cada uno adoba el guiso a su manera. A la suya, aprovechada y grandilocuente, los políticos. A la suya, sentimental y anecdótica, los particulares, a los que corresponden los hilos sutiles, delicados y complejos de la intrahistoria que sirve de fondo permanente a la Historia visible.

Recuerdo que en mis años mozos conocí en una pensión de Madrid, al Sr. Castillo, un excombatiente de la filas de la República , que solía describir con tanto brío y entusiasmo las derrotas en que había participado, que un compañero mío, mexicano, entonces estudiante como yo, hubo de preguntarle: “Pero ud. ¿Con quiénes estaba? ¿Con los vencedores o con los que iban de reculada?”

Castillo había estado con los que iban de reculada, pero había optado por retener lo mejor de cada episodio en la nutrida sucesión de derrotas a las que le había tocado asistir. Quizá le ayudase en su labor de selección haber sido recluta del ejército republicano y no de las milicias sindicales que tan eficazmente contribuyeron a dar a la contienda, desde el lado de los republicanos, su marcado carácter de guerra de clases, anticapitalista, antiburguesa y antiliberal.

Porque esa es otra. De los relatos de Castillo parecía colegirse que no había habido sólo un ejército republicano, sino varios y con disciplinas no siempre coincidentes. Lo cual desconcertaba a los jóvenes oyentes al tratarse, al fin y al cabo, del desarrollo de una guerra civil que, aparte de todo, fue el gran preludio en do mayor de ese monstruoso des-concierto que supuso la II Guerra Mundial que estallaría en Europa apenas dejaron de vomitar metralla las bocas de los cañones a este lado del Pirineo.

También recuerdo de aquellos años a un antiguo capitán de legionarios, por entonces contable de un hotel de lujo del centro de Madrid y con el cual tuve la suerte de hacer buenas migas. Un día tuvo a bien narrarme sus pesadillas y sus recuerdos de excombatiente. Sus pesadillas eran en realidad una sola: la reminiscencia onírica de una carga cuerpo a cuerpo en la que había entrado al frente de su unidad. Comentaba que allí había comprendido de una vez y para siempre por qué se dice que el fusil es sólo el mango de la bayoneta. Su recuerdo principal no iba a la zaga de esa pesadilla: en la toma de Badajoz tuvo que matar de sendos disparos de pistola en la cabeza, sin mediar juicio ni palabras, a dos soldados moros a los que sorprendió violando a una joven madre y a su hija pequeña.

Entre mis recuerdos un tanto desordenados de los rojos exiliados en la lejana Centroamérica de mi niñez, está la figura de un buen jesuita a quien los jóvenes habíamos puesto el mote de “Rojillo”, un poco porque se rumoreaba que era republicano y otro poco por el color de sus cabellos. Se llamaba Roque Iriarte y fue él quien me animó a que le ayudase, como lo hice con todo mi juvenil entusiasmo, en una humilde institución que él regentaba en Managua y que se llamaba, ¿cómo no? Escuela Loyola.

La escuela aquella estaba instalada en un caserón maltrecho cuyos dueños se negaban a venderlo. El padre Iriarte, que no tenía un céntimo, aspiraba a comprar aquél edificio destartalado, y con este fin un día regó literalmente el techo del local con medallitas de la Virgen Milagrosa. Ríanse vuestras mercedes los increyentes si con la risa se les empina la vara de la autoafirmación, pero el Padre Iriarte, el “Rojillo” aquél, terminó por salirse con la suya. Su escuelita llegaría a ser, con el tiempo, un excelente centro de formación profesional que ha logrado sobrevivir al terremoto destructor de Managua, al desbarajuste que organizaron Tomasito Borge y sus comandantes sandinistas y a la corrupción correctamente democrática que sobrevino después.

De pormenores humanos está llena mi particular intrahistoria en lo que afecta a mis amigos. Paco Salazar, ya fallecido, entonces un jovenzuelo que se había hecho de Falange por rebeldía frente a su padre izquierdista, salvó la vida de éste que había sido condenado a muerte. Un civil que advino capitán de requetés, José Múgica Gorricho, apermisado unos días en su natal Pamplona, libró de la muerte, con riesgo propio y con su propia fuerza, a un grupo de sindicalistas que eran conducidos en un camión para ser fusilados en la Vuelta del Castillo.”¡Yo no he combatido para esto¡” se le oyó decir en aquella ocasión. Mientras, los liberados se dispersaban incrédulos entre la multitud que, al conjuro del valor personal del requeté se había vuelto, de repente, buena y misericordiosa. Eran los tiempos en que en ese mismo castillo y en esa misma vuelta formaban fila para endurecerse presenciando las ejecuciones petimetres que vestían la proletarizante Camisa Azul, como Pedro Laín Entralgo, joven promesa del filofascismo y más tarde, médico afamado y político revisionista del Régimen; o como José Luis de Vilallonga, entonces un guapo chico procedente del gran mundo, después actor de cine, escritor, y demócrata de toda la vida.

De cosas como estas me quedan muchas en el tintero. Sólo tengo que añadir que el Múgica a que me refiero, melómano y poseedor de una excelente voz, fue hijo de don Remigio Múgica, Maestro de Capilla de la Boda de S.M. Don Alfonso XIII, y formaría más tarde, por pura afición, un Cuarteto Vocal que ganaría fama en el mundo de la música. Fumaba Múgica como un cosaco, murió de cáncer de pulmón, fue tratado en Madrid, en la clínica de la Concepción , y a su entierro acudió alguno de los sindicalistas que él había liberado “porque sí” en tiempos recios cuyo recuerdo aún conmueve los corazones.

Ahora que en el Reino de las Diecisiete Repúblicas se reaviva la Memoria Histórica , bien que soplando únicamente sobre la brasa de la que hasta este momento es la última de las guerras civiles libradas en el viejo solar ibérico, puede resultar saludable advertir lo peligrosos que pueden ser los recuerdos si no se les sabe distinguir con claridad de las simplificaciones que los acompañan. Y esas simplificaciones, por supuesto, no vienen de las familias cuyos deudos protagonizaron de un modo u otro la intrahistoria, sino de los políticos que ignoran a los historiadores o usurpan a éstos el puesto que les corresponde.


miércoles, 1 de noviembre de 2006

Nuevas Colonizaciones

Toda colonización, como toda inmigración, implica expansión.

¿Expansión en qué sentido? En el sentido geográfico, desde luego; pues cualquier colonización o inmigración implica siempre instalación de un grupo humano en un nuevo territorio. Pero también implica expansión en el sentido biológico y social. Y, según y cómo, en el político.

En el biológico, porque es insoslayable que las personas provengan de un determinado tronco humano, de una determinada sangre, o estirpe, o raza. Pero tratándose de seres humanos, también es obvio que las repercusiones nunca pueden quedar reducidas a lo material, a lo corporal, a lo físico, a lo biológico.

Porque sucede que, junto con los cuerpos van también las almas, las sensibilidades y los hábitos sociales de los grupos o colectividades. Es este un fenómeno que vale para todas las colonizaciones habidas y por haber. También, por supuesto, para la colonización atípica de que está siendo objeto Europa a través de las inmigraciones masivas. Vale la pena que nos detengamos en pasar revista detenida a la cuestión, para tratar de columbrar su verdadero alcance.

De momento, hay bases para sospechar que los cambios producidos por la actual inmigración –si continúa al ritmo que hasta ahora, y en presencia de la baja natalidad de la población de los países receptores, no dejarán incólume ningún aspecto de la civilización y la cultura europeas.

Que los cambios que se produzcan sean para enriquecimiento humano, se concreten en un proceso empobrecedor e incluso en una decadencia rápida, no depende de ningún elemento mágico como parece darse a entender cuando se habla de la multiculturalidad como la panacea de los males sociales de nuestra época, sino de la gestión adecuada o inadecuada de que sean objeto las tensiones, problemas y conflictos que ya comienzan a ejercer presión sobre las actuales estructuras. Que esa presión, que tiende a ser total, alcance su grado crítico, depende ahora fundamentalmente más de la acumulación de torpeza o errores en materia de política inmigratoria por parte de los países receptores, que de agresividad consciente de los grupos llegados, aunque en determinados momentos pueda parecer lo contrario.

Para explicarnos la tendencia hacia la totalidad que llevan esas presiones, hay que tomar en cuenta que cada varón y cada mujer, como miembros de la especie humana son seres sociales. No es, pues, que el hombre, al escoger entre la compañía de otros y la soledad, haya preferido la compañía de sus semejantes. No; el carácter social no es un simple rasgo que el hombre pueda escoger o rehusar a su capricho.

Por consiguiente, tampoco es la sociedad el resultado de un pacto cuyas ventajas los hombres hayan calculado antes de suscribirlo por primera vez y de renovarlo en ocasiones sucesivas. El llamado “pacto social” a lo Rousseau no es sino una metáfora intencionada que indica una situación que, paradójicamente, nunca tuvo sitio en ninguna parte. Esto significa que el pacto social, en el sentido que aquí estamos tratando, no corresponde a la realidad histórica como ridículamente se da a entender a veces.

Nunca hubo, pues, pacto social. Lo que siempre hubo es la naturaleza social del hombre sin la cual ninguna persona humana sería lo que es, ni la humanidad habría llegado adonde está. Por eso, tratándose de colonizaciones, como de inmigraciones, por muy atípicas y encubiertas que éstas sean, al lado de la expansión biológica que conllevan, hay que contar inexorablemente con la expansión social de los grupos que arriban. El hecho señalado nos obliga a tener en cuenta una verdadera constelación de expansiones parciales.

En efecto, los grupos que componen el conglomerado humano de las inmigraciones, llevan consigo muchos elementos que inevitablemente entrarán en colisión, en fusión o en sinergia con los elementos de la misma naturaleza que sostienen la cultura del país de recepción. Así, puede acontecer que cada uno de los grupos o algunos de ellos, aporte un código, mas o menos rico o más o menos pobre, para comunicarse entre sí (idioma); o una forma determinada de entender las relaciones entre el hombre y la mujer en orden a la familia y a la mutua ayuda (relaciones esponsalicias), y entre los padres y los hijos (relaciones familiares); o una forma de entender la jerarquía y la función social de las edades (ritos de paso) y de los sexos.

Pueden aportar también formas burdas o más o menos refinadas de responder a las grandes preguntas en torno al origen y finalidad del ser humano; acerca de su destino ulterior; acerca del valor del sufrimiento y del papel de la felicidad; acerca de la función del amor y de la entrega; acerca de la presencia del mal y la factibilidad del bien; acerca del Ser Necesario y su relación con los seres contingentes. Y en todo esto se está hablando de religión en un sentido muy amplio.

Igualmente habrá que considerar las formas admitidas, simples o complejas de organizarse en sociedad (política en sentido amplio); las formas de armonizar facultades, derechos y obligaciones (sentido del derecho y de la justicia); de restituir el orden roto o el derecho conculcado (policía, instancias judiciales, sistema punitivo); de entender las relaciones de producción; de administrar los bienes primordiales que la Naturaleza ofrece; de entender la posesión, propiedad y uso de los bienes materiales derivados del trabajo. También es sumamente importante calibrar en las poblaciones recién llegadas la mayor o menor capacidad de emplear el propio ingenio.

Claro que cada uno de estos ítems ha de entenderse también en sus ausencias o en sus aspectos deficientes y negativos, como puede pasar con la existencia de hábitos sociales adventicios o parasitarios (sociedades de mendicantes o de marginación); o con la existencia de grupos de protección coercitiva vulgarmente llamados mafias. Igualmente ha de considerarse la existencia o inexistencia de afinidades, convergencias, parentescos y coincidencias de tipo cultural, histórico e incluso étnico y racial entre los grupos que llegan y los grupos del Estado receptor, ya que la experiencia nos dice universalmente que con el genérico factor hombre no basta para dulcificar las tensiones que se producen ante grandes migraciones cuando están presididas por el desorden y el desconcierto, como es el caso actual.

El amplísimo y complejo repertorio que hemos revisado aquí constituye lo que en sentido genérico llamamos el perfil de una civilización. Este perfil sería incoherente si sus elementos no encajasen a su vez en valores cuyo papel es ensamblarlos entre sí, de forma que no se produzcan desequilibrios imposibles de superar o que, aún siendo teóricamente superables, no lo sean en el tiempo prudencial que exige la búsqueda de adaptaciones sociales adecuadas. No decimos que sea posible evitar los desequilibrios –eso ya no es posible-, sino de controlar éstos para poder darles la respuesta adecuada y digna de los seres racionales, libres y sociales que somos los seres humanos.

La repertorización de los sectores de cambio, que es lo que hemos hecho aquí, es un modesto intento de popularizar una mentalidad previsora que impida en lo posible que los graves problemas con que se tendrá que enfrentar Europa, pillen de sorpresa a los que están llamados a ser los futuros afectados: no el hombre genérico, sino el ciudadano concreto.