Dicha postura no es saludable para nadie, ni tampoco revela mucha cordura por parte de los convocantes. Porque los recuerdos de guerra, quieras que no, son recuerdos de desgracias, y, al encuentro de éstas, aunque sólo fuera para repasarlas mentalmente, hay que marchar como a la misma guerra: con las carnes dispuestas a lo que caiga y el corazón impávido.
Hablamos de los aspectos colectivos, claro; porque lo que las memorias bélicas sean para cada individuo en particular, todo va en depende, y por una razón muy sencilla: en materia de batallas y batallitas, cada uno adoba el guiso a su manera. A la suya, aprovechada y grandilocuente, los políticos. A la suya, sentimental y anecdótica, los particulares, a los que corresponden los hilos sutiles, delicados y complejos de la intrahistoria que sirve de fondo permanente a la Historia visible.
Recuerdo que en mis años mozos conocí en una pensión de Madrid, al Sr. Castillo, un excombatiente de la filas de la República , que solía describir con tanto brío y entusiasmo las derrotas en que había participado, que un compañero mío, mexicano, entonces estudiante como yo, hubo de preguntarle: “Pero ud. ¿Con quiénes estaba? ¿Con los vencedores o con los que iban de reculada?”
Castillo había estado con los que iban de reculada, pero había optado por retener lo mejor de cada episodio en la nutrida sucesión de derrotas a las que le había tocado asistir. Quizá le ayudase en su labor de selección haber sido recluta del ejército republicano y no de las milicias sindicales que tan eficazmente contribuyeron a dar a la contienda, desde el lado de los republicanos, su marcado carácter de guerra de clases, anticapitalista, antiburguesa y antiliberal.
Porque esa es otra. De los relatos de Castillo parecía colegirse que no había habido sólo un ejército republicano, sino varios y con disciplinas no siempre coincidentes. Lo cual desconcertaba a los jóvenes oyentes al tratarse, al fin y al cabo, del desarrollo de una guerra civil que, aparte de todo, fue el gran preludio en do mayor de ese monstruoso des-concierto que supuso la II Guerra Mundial que estallaría en Europa apenas dejaron de vomitar metralla las bocas de los cañones a este lado del Pirineo.
También recuerdo de aquellos años a un antiguo capitán de legionarios, por entonces contable de un hotel de lujo del centro de Madrid y con el cual tuve la suerte de hacer buenas migas. Un día tuvo a bien narrarme sus pesadillas y sus recuerdos de excombatiente. Sus pesadillas eran en realidad una sola: la reminiscencia onírica de una carga cuerpo a cuerpo en la que había entrado al frente de su unidad. Comentaba que allí había comprendido de una vez y para siempre por qué se dice que el fusil es sólo el mango de la bayoneta. Su recuerdo principal no iba a la zaga de esa pesadilla: en la toma de Badajoz tuvo que matar de sendos disparos de pistola en la cabeza, sin mediar juicio ni palabras, a dos soldados moros a los que sorprendió violando a una joven madre y a su hija pequeña.
Entre mis recuerdos un tanto desordenados de los rojos exiliados en la lejana Centroamérica de mi niñez, está la figura de un buen jesuita a quien los jóvenes habíamos puesto el mote de “Rojillo”, un poco porque se rumoreaba que era republicano y otro poco por el color de sus cabellos. Se llamaba Roque Iriarte y fue él quien me animó a que le ayudase, como lo hice con todo mi juvenil entusiasmo, en una humilde institución que él regentaba en Managua y que se llamaba, ¿cómo no? Escuela Loyola.
La escuela aquella estaba instalada en un caserón maltrecho cuyos dueños se negaban a venderlo. El padre Iriarte, que no tenía un céntimo, aspiraba a comprar aquél edificio destartalado, y con este fin un día regó literalmente el techo del local con medallitas de la Virgen Milagrosa. Ríanse vuestras mercedes los increyentes si con la risa se les empina la vara de la autoafirmación, pero el Padre Iriarte, el “Rojillo” aquél, terminó por salirse con la suya. Su escuelita llegaría a ser, con el tiempo, un excelente centro de formación profesional que ha logrado sobrevivir al terremoto destructor de Managua, al desbarajuste que organizaron Tomasito Borge y sus comandantes sandinistas y a la corrupción correctamente democrática que sobrevino después.
De pormenores humanos está llena mi particular intrahistoria en lo que afecta a mis amigos. Paco Salazar, ya fallecido, entonces un jovenzuelo que se había hecho de Falange por rebeldía frente a su padre izquierdista, salvó la vida de éste que había sido condenado a muerte. Un civil que advino capitán de requetés, José Múgica Gorricho, apermisado unos días en su natal Pamplona, libró de la muerte, con riesgo propio y con su propia fuerza, a un grupo de sindicalistas que eran conducidos en un camión para ser fusilados en la Vuelta del Castillo.”¡Yo no he combatido para esto¡” se le oyó decir en aquella ocasión. Mientras, los liberados se dispersaban incrédulos entre la multitud que, al conjuro del valor personal del requeté se había vuelto, de repente, buena y misericordiosa. Eran los tiempos en que en ese mismo castillo y en esa misma vuelta formaban fila para endurecerse presenciando las ejecuciones petimetres que vestían la proletarizante Camisa Azul, como Pedro Laín Entralgo, joven promesa del filofascismo y más tarde, médico afamado y político revisionista del Régimen; o como José Luis de Vilallonga, entonces un guapo chico procedente del gran mundo, después actor de cine, escritor, y demócrata de toda la vida.
De cosas como estas me quedan muchas en el tintero. Sólo tengo que añadir que el Múgica a que me refiero, melómano y poseedor de una excelente voz, fue hijo de don Remigio Múgica, Maestro de Capilla de la Boda de S.M. Don Alfonso XIII, y formaría más tarde, por pura afición, un Cuarteto Vocal que ganaría fama en el mundo de la música. Fumaba Múgica como un cosaco, murió de cáncer de pulmón, fue tratado en Madrid, en la clínica de la Concepción , y a su entierro acudió alguno de los sindicalistas que él había liberado “porque sí” en tiempos recios cuyo recuerdo aún conmueve los corazones.
Ahora que en el Reino de las Diecisiete Repúblicas se reaviva la Memoria Histórica , bien que soplando únicamente sobre la brasa de la que hasta este momento es la última de las guerras civiles libradas en el viejo solar ibérico, puede resultar saludable advertir lo peligrosos que pueden ser los recuerdos si no se les sabe distinguir con claridad de las simplificaciones que los acompañan. Y esas simplificaciones, por supuesto, no vienen de las familias cuyos deudos protagonizaron de un modo u otro la intrahistoria, sino de los políticos que ignoran a los historiadores o usurpan a éstos el puesto que les corresponde.
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