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jueves, 27 de mayo de 2010

¡Media Vuelta!

Ayer se llamó llamó Bush. Anteayer, Clinton. Ahora se llama Obama. Todos actuan en nombre del Tío Sam.

Obama telefonea, y es como si el Tio Sam señalara con el dedo índice de su mano derecha al interlocutor y le dijera con voz perentoria: ¡ el Tío Sam te necesita !.

La verdad, poco importa que Obama haya telefoneado al presidente Zapatero o no. Lo importante es que éste ha resuelto plegarse a las directrices que le llevarán a tomar decisiones que ponen en entredicho sus propias promesas. Porque soy de los que creen que, bien examinadas las cosas, cuando Rodríguez Zapatero hablaba de bonanza económica y se despeñaba en afirmaciones optimistas ante la crisis, no quería reducirse a predicar para el coro ni ganar la copa mundial en el empleo de clichés oportunistas que encantaban a la galería, sino que se proponía de veras formular promesas serias en las cuales él mismo era el primero en creer. Todo es posible en macroeconomía y también en la micro desde el momento en que los gurús y los llamados magos o ingenieros financieros hacen competencia a los expertos responsables.

Es dato conocido que el Estado de las Autonomías necesita crédito por valor de 76. 8oo millones, Euro más, Euro menos. Y ha de conseguir 25.000 millones para el mes de julio si se quiere evitar un verano caliente desde el punto de vista social. Y menos mal que las masas están atadas y bien atadas tanto con el cordaje de los sindicatos subvencionados como por el pegamento de la propaganda llamada institucional que prefabrica en los medios las respuestas a las interrogaciones que inevitablemente surgen entre criaturas racionales.

Al Tio Sam no le faltan para hablar razones contantes y sonantes, porque la Reserva Federal de los Estados Unidos ha comprado deuda española en los momentos en que se hacía más manifiesta el “carácter tóxico” de las finanzas de este Reino de las Diecisiete Repúblicas.

Pero una cosa es –ha de pensar Rodríguez Zapatero al justificar su media vuelta- mantener en la inopia al pópulo en el interior y otra muy distinta ir a la bancarrota del Estado con la sonrisa puesta y el optimismo encajado pese a estar poniendo en peligro al Euro que es el único instrumento seguro con que cuenta ese Gran Mercado que es la Unión Europea.

La Paz y el Palo

Nos damos la paz, deseamos la paz, buscamos la paz de la paloma, cada uno de la suya. Y dado que con esto es imposible satisfacer a todos, terminamos buscamos la paz de cualquier paloma. La que sea. La que más vuele o la primera que se pose Es la señal y marca de este tiempo confuso en el que vivimos o… dormimos. Porque, si lo mismo da arre que so y guau que miau ¿para qué habíamos de estar en vigilia y dispuestos a hacer distingos? Basta con adoptar la postura del indiferente que pasa olímpicamente de las cosas o cultivar la desconfianza que es la versión medrosa de la indiferencia.

En Suramérica, donde con frecuencia los proyectos de mejora se liquidan hurtándose cada uno al esfuerzo colectivo, suelen decir que “Manolo y el Cid son hermanos, aunque de diferentes padres” frase que a su manera es como una constatación de fraternidades proclamadas pero no vividas. Más arriba, istmeños y mexicanos ahondan aún más en la desconfianza cuando afirman que “aunque sean hechos del mismo barro, no es lo mismo bacín que jarro”. Se conoce que andan escarmentados por los palos que han recibido de extraños y por los que ellos mismos se propinan periódicamente haciendo realidad aquél cantar que dice: “Esa miseria revieja /no se remedia jamás/ todo el que viene detrás/como la encuentra la deja.”

Si se pasa a plazas y gentes más conocidas y cercanas, los navarros, que tan sonados palos han repartido en la historia militando siempre en el bando vencedor, desde los Banu Casu hasta el 18 de Julio del Treinta y Seis, tienen en la frase ¡Lástima palo! todo un tratado de pensamiento palítico, ya que no político. Tal exclamación no es lamento por el palo que haya podido recibir quien así manifiesta su pesar, sino por aquel palo que no se ha sabido descargar a tiempo y en los lomos debidos, doble condición para que todo vuelva a quedar en paz. Y quizá no anden tan descaminados nuestros vecinos porque, rastreando en la deriva de los significados y hechas las consultas pertinentes, resulta que la palabra palo viene a estar emparentada con la palabra paz y con la palabra pacto a través del latín pactum y palum y de la común raíz indoeuropea pak, pag, voz onomatopéyica que imita el ruido seco del mazo al fijar a golpes una estaca en el suelo, y que tiene el significado de fijar. Y todo viene a cuento porque, siendo en puridad el pacífico oficio de escritor equivalente al arte de fijar sobre una página los pensamientos para evitar que el viento se los lleve, hemos de concluir que ni siquiera al escribir, o al leer, resulta conveniente ignorar que el prefijo pak, pag, emparenta la página con la paz deseada y con el palo asestado a tiempo. ¡Mira por dónde!

lunes, 17 de mayo de 2010

Espíritu Cívico

Cuando se habla de ciudadanía o de ciudadano antes se piensa en una determinada interpretación del texto constitucional que en el bien de la Ciudad, fuente de toda ciudadanía. Y que conste que al decir Ciudad no me detengo en aquello que la deja en mero asentamiento de población, porque la Ciudad es también mercado y foro; templo y feria; punto de encuentros casuales y de reuniones buscadas; lugar para hacer negocios o para dispersarse en ocios; y así hasta abarcar todas las manifestaciones de la vida colectiva organizada, y en especial la Política cuyo nombre deriva de la palabra “polis” que en griego dice tanto como ciudad.

Así entendido, el término Ciudad representa a la sociedad entera Por eso, el llamado “espíritu ciudadano” no debe reducirse al manojo de secuencias ideológicas propias de las formas meramente partidistas de interpretar la Constitución; como tampoco debiera confundirse con actitudes inducidas por la sedicente propaganda institucional.

Espíritu ciudadano es el conjunto de ideas y sentimientos que dan sentido convivencial a las actuaciones comunes convirtiendo a los ciudadanos en conciudadanos. Ésto sólo se logra cuando nosotros y nuestros semejantes -a falta de igualdades que natura no da ni la sociedad reparte- somos equiparados por la ley en términos de ciudadanía. Y hay que advertir que, si bien la de ciudadanía es calificación jurídica abierta a todos, no debe ser confundida con la condición humana como sucede con harta frecuencia. La ciudadanía no es la humanidad entera, sino una específica porción de la humanidad constituída en núcleo de atribución de concretos derechos y obligaciones bajo la responsabilidad del Estado, el cual ha de proceder con orden, concierto, justicia y mesura si quiere evitar incurrir en la corrupción y en la arbitrariedad.

Hay muchas formas de corromper al espíritu cívico. Aquí sólo quiero aludir a una: el fomento de las denuncias desde las instancias del poder. Está ocurriendo ahora a propósito del terrorismo –cuya definición ha sido dotada de un alto coeficiente de elasticidad- y en torno al nublado de los impuestos, que conserva integra su capacidad de oscurecerse cuando llega a las cumbres. La delación inducida ha demostrado tremenda eficacia en regímenes totalitarios. Lo que pasa es que cuando la ocasión y la extensión de las denuncias son definidas con criterio utilitario y momentáneo por los mismos que ostentan el poder, quedan éstos abocados a caer en la arbitrariedad del “estira y encoje” por mucho que se definan como garantistas. Puestos a hozar en este terreno, un garantismo así sólo garantiza el advenimiento de la democracia totalizante.

viernes, 7 de mayo de 2010

Ibai

El paseante, agradecido al sol de la mañana, se sienta en un banco de la calle peatonal. Distraído en sus pensamientos ha entornado los ojos. Alrededor revolotea, huella en el aire, el rumor del mercado. Lo despabila una vocecita de gnomo que dice a su lado: ¡Aquí esta mi coche! Abre los ojos y puede comprobar que no es un gnomo el que habla, sino un niñito de unos tres años, cenceño, ajustado de carnes, sin mofletes superfluos. El niño está frente al paseante y le mira ¿con descaro infantil? No, con decisión. Es todo un hombrecillo.

El paseante, avezado al trato con nietos y sobrinitos, piensa que este niño, a tan corta edad ya ha alcanzado el nivel de firmeza que todo ser humano debe adquirir para diferenciarse de los limacos o de los chimpancés tanto como de las fieras: la firmeza y limpieza de la mirada, que delata la capacidad humana de agresión, que aunque otra cosa parezca, se indentifica con la capacidad de arrimarse a los problemas grandes o pequeños con ánimo de resolverlos. El niño dirige al paseante una mirada segura y con trasfondo de propósitos que pronto van a ser revelados. El niñito ha repetido ¡aquí está mi coche! al tiempo que deja su juguete sobre el banco, al alcance de las manos del paseante. El paseante ha aceptado el trueque temporal que el niño le propone: disfrutará un momento del cochecito del niño y el niño, en cambio, podrá tener en sus manos ese palo tan útil y tan extraño, una de esas muletas que llaman -no se sabe muy bien por qué- bastón canadiense.

El niño toma la muleta, la manipula; no la enarbola, no la agita, no hace aspavientos con ella. Sencillamente la examina, la palpa, intenta su manejo, y al hacerlo, mide sus propias fuerzas. Al rato, justamente el necesario, el niñito devuelve la muleta y recobra su coche. Su padre que, hablando por su móvil ha vigilado discretamente la escena, se acerca amable. El paseante inquiere por el nombre del pequeño. Se llama Ibai.

Mientras padre e hijo se alejan, el paseante desea ardientemente que el niño no llegue a perder nunca esa actitud prudente y decidida que a su corta edad lo ha hecho capaz de llegar sin cortedades a un pacto con un desconocido y de respetar lo pactado. Le admira al paseante comprobar cómo el niño ha sabido poner en juego y sin recurrir a melindres, toda una cadena de decisiones, de razonamientos y valoraciones de la situación. Y piensa que en esta mañana de primavera, además del sol ha de agradecer el regalo de este encuentro fugaz. ¡Adios Ibai! que la vida te haga todo un varón, como has comenzado.

domingo, 2 de mayo de 2010

Baskenmütze

Para los nazis, el folklore vasco mostraba afinidades con la simbología nórdica –el laburu era casi una equivalencia de la runa “sonnenrad”- pero los vascos étnicos eran considerados simple remanente de una estirpe preindoeropea y por lo tanto ajena a la arianización unificadora que para la desgarrada Europa aspiraban a establecer, tras las huellas de la Sociedad Thule, los ideólogos del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes.

Paradójicamente, la boina de los vascos llegaría a formar parte del uniforme de las tropas germanas en el período que va desde el año de 1938 al de 1940. Y conste que sobre la veracidad del hecho no cabe la menor duda porque la prenda en cuestión era llamada oficialmente “baskenmütze” que en romance es tanto como decir “gorra vasca” o sea, hablando claro y pronto, boina o chapela. Tocados con ella los hombres de un batallón de reconocimiento de la SS-Verfügungsdivision montaron guardia sobre la línea férrea en la entrevista que Franco y Hitler sostuvieron en Hendaya.

La pronta exclusión de la boina vasca del atuendo de las tropas alemanas fue justificada por los mandos militares germanos en razón de considerarla antiestética y de no ofrecer ventajas prácticas en el combate. De la practicidad bélica de la boina dan testimonio la multitud de combatientes que en las guerras carlistas y en la del 36 pelearon y murieron con la boina puesta. En cuanto a la alegación de que resultaba antiestética, tengo para mí que se basaba en el dato bizarro de que, carentes los alemanes de tradición en el uso de esa prenda, dispusieron reglamentariamente que debía usarse encajándola sobre un casco protector interno. Esto hacía que quienes la portaban parecieran ridículamente cabezones. Estime el lector lo mala impresión que este hecho podía causar en ese tiempo de cultivo ideológico de las mitologías, cuando ser cabezón evocaba a los enanos infrahumanos que en la operística de Wagner – implementada por los nazis como instrumento de propaganda cultural- representaban a las oscuras fuerzas inferiores en contraste con los poderes luminosos del Wallhalla de los arios. Tres décadas más adelante, en la cabeza de “el Ché” Guevara, la boina se convertiría en el símbolo más popular del castro-comunismo y algunos años más tarde del castro-sandinismo, llegando a formar parte de la vestimenta de los clérigos de la teología de la liberación.

Sucede que hasta en prendas tan sencillas, como es el caso de la boina, la realidad se presenta como un verdadero entrevero cuando se entra en el terreno de los símbolos.