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lunes, 17 de mayo de 2010

Espíritu Cívico

Cuando se habla de ciudadanía o de ciudadano antes se piensa en una determinada interpretación del texto constitucional que en el bien de la Ciudad, fuente de toda ciudadanía. Y que conste que al decir Ciudad no me detengo en aquello que la deja en mero asentamiento de población, porque la Ciudad es también mercado y foro; templo y feria; punto de encuentros casuales y de reuniones buscadas; lugar para hacer negocios o para dispersarse en ocios; y así hasta abarcar todas las manifestaciones de la vida colectiva organizada, y en especial la Política cuyo nombre deriva de la palabra “polis” que en griego dice tanto como ciudad.

Así entendido, el término Ciudad representa a la sociedad entera Por eso, el llamado “espíritu ciudadano” no debe reducirse al manojo de secuencias ideológicas propias de las formas meramente partidistas de interpretar la Constitución; como tampoco debiera confundirse con actitudes inducidas por la sedicente propaganda institucional.

Espíritu ciudadano es el conjunto de ideas y sentimientos que dan sentido convivencial a las actuaciones comunes convirtiendo a los ciudadanos en conciudadanos. Ésto sólo se logra cuando nosotros y nuestros semejantes -a falta de igualdades que natura no da ni la sociedad reparte- somos equiparados por la ley en términos de ciudadanía. Y hay que advertir que, si bien la de ciudadanía es calificación jurídica abierta a todos, no debe ser confundida con la condición humana como sucede con harta frecuencia. La ciudadanía no es la humanidad entera, sino una específica porción de la humanidad constituída en núcleo de atribución de concretos derechos y obligaciones bajo la responsabilidad del Estado, el cual ha de proceder con orden, concierto, justicia y mesura si quiere evitar incurrir en la corrupción y en la arbitrariedad.

Hay muchas formas de corromper al espíritu cívico. Aquí sólo quiero aludir a una: el fomento de las denuncias desde las instancias del poder. Está ocurriendo ahora a propósito del terrorismo –cuya definición ha sido dotada de un alto coeficiente de elasticidad- y en torno al nublado de los impuestos, que conserva integra su capacidad de oscurecerse cuando llega a las cumbres. La delación inducida ha demostrado tremenda eficacia en regímenes totalitarios. Lo que pasa es que cuando la ocasión y la extensión de las denuncias son definidas con criterio utilitario y momentáneo por los mismos que ostentan el poder, quedan éstos abocados a caer en la arbitrariedad del “estira y encoje” por mucho que se definan como garantistas. Puestos a hozar en este terreno, un garantismo así sólo garantiza el advenimiento de la democracia totalizante.

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