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viernes, 7 de mayo de 2010

Ibai

El paseante, agradecido al sol de la mañana, se sienta en un banco de la calle peatonal. Distraído en sus pensamientos ha entornado los ojos. Alrededor revolotea, huella en el aire, el rumor del mercado. Lo despabila una vocecita de gnomo que dice a su lado: ¡Aquí esta mi coche! Abre los ojos y puede comprobar que no es un gnomo el que habla, sino un niñito de unos tres años, cenceño, ajustado de carnes, sin mofletes superfluos. El niño está frente al paseante y le mira ¿con descaro infantil? No, con decisión. Es todo un hombrecillo.

El paseante, avezado al trato con nietos y sobrinitos, piensa que este niño, a tan corta edad ya ha alcanzado el nivel de firmeza que todo ser humano debe adquirir para diferenciarse de los limacos o de los chimpancés tanto como de las fieras: la firmeza y limpieza de la mirada, que delata la capacidad humana de agresión, que aunque otra cosa parezca, se indentifica con la capacidad de arrimarse a los problemas grandes o pequeños con ánimo de resolverlos. El niño dirige al paseante una mirada segura y con trasfondo de propósitos que pronto van a ser revelados. El niñito ha repetido ¡aquí está mi coche! al tiempo que deja su juguete sobre el banco, al alcance de las manos del paseante. El paseante ha aceptado el trueque temporal que el niño le propone: disfrutará un momento del cochecito del niño y el niño, en cambio, podrá tener en sus manos ese palo tan útil y tan extraño, una de esas muletas que llaman -no se sabe muy bien por qué- bastón canadiense.

El niño toma la muleta, la manipula; no la enarbola, no la agita, no hace aspavientos con ella. Sencillamente la examina, la palpa, intenta su manejo, y al hacerlo, mide sus propias fuerzas. Al rato, justamente el necesario, el niñito devuelve la muleta y recobra su coche. Su padre que, hablando por su móvil ha vigilado discretamente la escena, se acerca amable. El paseante inquiere por el nombre del pequeño. Se llama Ibai.

Mientras padre e hijo se alejan, el paseante desea ardientemente que el niño no llegue a perder nunca esa actitud prudente y decidida que a su corta edad lo ha hecho capaz de llegar sin cortedades a un pacto con un desconocido y de respetar lo pactado. Le admira al paseante comprobar cómo el niño ha sabido poner en juego y sin recurrir a melindres, toda una cadena de decisiones, de razonamientos y valoraciones de la situación. Y piensa que en esta mañana de primavera, además del sol ha de agradecer el regalo de este encuentro fugaz. ¡Adios Ibai! que la vida te haga todo un varón, como has comenzado.

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