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domingo, 25 de junio de 2006

Apuntes al Margen del Vacío

Todas las épocas tienen sus convenciones que adquieren el papel de vigencias y que funcionan como si fuesen verdades. Y una de las zonas de la actividad humana donde es más densa la concentración de estas convenciones es la de la representación política y la soberanía.

La representación política, de una forma u otra, funciona en todos los momentos de la Historia, pero ahora interesa concentrarse en el período que comienza en la Edad Media.

En aquel tiempo, el Rey se consideraba señalado por Dios, para regir con justicia una población dentro de un territorio dado. Pero no se pasaba por alto que los notables, los nobles, los señores, lo sostenían y en algún caso lo designaban y limitaban. Como no se olvidaba tampoco, que el ser Rey suponía una misión cuyo ejercicio debía ser guiado y censurado por la Ley de Dios. La política permanecía próxima a lo orgánico: la soberanía recaía en los miembros de una determinada familia, los linajes o lineamientos familiares enseñoreaban el panorama de la escala social, y las relaciones de vecindad y de radicación eran fundamentales para la estructuración del propio vasallaje, espina dorsal del sistema, del señorío y hasta la servidumbre de la gleba.

Al contrario, en la Monarquía Absoluta, que comienza en el Renacimiento y se desarrolla de forma imparable hasta la época de la Ilustración, el Rey adviene exponente único de la soberanía; y se entiende que desde su augusto puesto favorece y tutela al pueblo procurándole un bien y una grandeza, que se identifican con el bien y la grandeza del propio Soberano. Además de la legitimidad y del poder que no comparte con nadie, el Rey está asistido por el elemento sutil de la Razón que se supone es la facultad humana que debe gobernarlo todo, pues la Monarquía Absoluta, hija de la Ilustración, postula ser, al mismo tiempo, criatura y servidora de la Razón. Los vínculos políticos se hacen más fuertes –aunque pierden vocación a la permanencia-, y comienzan a apartarse de lo orgánico: la soberanía sigue encarnándose en una familia, pero la nobleza se ausenta de sus dominios para hacerse cortesana y en este sentido, la vecindad pierde parte importante de su papel de cohesión social.

Con el advenimiento de la Democracia se hace necesario construir una ficción jurídica de mayor capacidad abarcadora. Ahora el soberano será el Pueblo. Se habla específicamente de Contrato Social. Es, al comienzo, una mera formulación ingenua, una lucubración de salón compatible con la Monarquía ilustrada o absoluta. Pero, como se trata de la expresión de un desideratum político, la idea del Contrato Social está destinada a revelar pronto su intención y su intensidad programática.

Así, un paso más en el terreno de las vigencias que llegan a parecer verdades incontrovertibles, terminará atribuyéndosele al Contrato Social la consistencia, el peso y la autoridad fundante que sólo se reconoce a lo realmente sucedido. De allí en adelante, para la gente sencilla, funcionará como verdad comprobada lo que para los enterados es tan solo una vigencia útil. Así se comienza a hablar seriamente del Pueblo Soberano y de la Soberanía Popular.

Para hacer verosímil esta nueva soberanía de base supuestamente contractual, hubo que atribuir al territorio, que hasta entonces era, sin más, el ámbito geográfico en el cual se ejercía el poder personal del Soberano, una nueva capacidad: la de aglutinar las identidades colectivas e individuales que aún en la Monarquía absoluta habían permanecido relativamente diferenciadas.

El cambiazo es importante porque, hasta ese momento la identidad, tanto de los grupos como de los individuos en particular, estaba ligada directamente al nacimiento dentro de un medio familiar determinado, que es lo que constituía la cuna o nación de cada cuál. La política no había abandonado totalmente el terreno orgánico, y esto se traducía en que la identidad y la correspondiente ufanía u orgullo nacida de esa identidad propia, tanto en su versión colectiva como individual, giraban básicamente en torno a la estirpe, al linaje, es decir, al lineaje o alineamiento de las sucesivas generaciones en cuya corriente natural, orgánica, casi de forma espontánea se han reconocido a sí mismos los seres humanos. Los nobles podían decir que “nobleza obliga a ser mejores”, y los demás podían enorgullecerse también de sus linajes “pobres pero honrados”

Pero repasemos más detenidamente la situación. Decíamos que la proclamación de la Soberanía Popular supuso traspasar al territorio el papel que hasta entonces desempeñaba el hecho orgánico y social del nacimiento. En otras palabras, supuso que el hecho biológico del nacimiento, o nación, quedara anulado en su sentido prístino, el orgánico, al tiempo que recibía un nuevo contenido abstracto o inorgánico que lo identificaba sin más con una unidad territorial, precisamente la del Estado-Nación.

A partir de allí, el territorio, trastocado en Nación, esta vez con mayúscula, asumirá los papeles de identidad y de ufanía que a la cuna o nación habían correspondido.

Tan delicada operación se efectúa valiéndose del eficaz instrumento del Derecho emanado, según se establece, de la opinión del pueblo y promulgado por el Estado. En otras palabras, ya no se apela a un Derecho por el cual el ser humano participaba de una justicia eterna y predefinida, sino que todo comienza a referirse a un Derecho Positivo, del latín positum, es decir, puesto allí; impuesto, en definitiva, porque la aplicación de todo Derecho es, en último término, coercitiva.

En otras palabras, y para que nos entendamos, la operación del cambiazo de cuna o nación, a Nación –con mayúscula- como entero Territorio del Estado, se realiza por medio del Derecho positivo, es decir, del derecho puesto, impuesto, posicionado y definido como tal por el propio Estado.

Tal Derecho sostiene la obligatoriedad de unos contenidos jurídicos definidos y proclamados por y desde la voluntad del poder soberano que corresponde al pueblo.

Por eso, a mi modesto juicio, dentro de los supuestos ideológicos actuales que empujan irresistiblemente a los terrenos del relativismo moral y del nominalismo filosófico, resulta una contradicción muy llamativa hablar del “Estado de Derecho” como si fuese una versión superior y especialísima de esa realidad que llamamos Estado, dando a entender, además, que el nombrado Estado de Derecho es el único, entre todos los Estados posibles, que tiene capacidad ética. Y el fundamento de esa contradicción reside en un dato muy sencillo: desde el momento en que se considera que el Estado es apto para crear su propio Derecho sobre la base de la opinión y el consenso práctico, con total independencia de la verdad – ¿no se ha dicho acaso que la libertad es la que nos hará veraces?- , que se desprecia por inasequible, y de la justicia que se abandona por imposible de definir, lo congruente sería que todo Estado fuese incluido sin más en la categoría de Estado de Derecho.

Y, dado el relativismo y el nominalismo reinantes, esto ha de valer para cualquier Estado-Nación de los que existen de los que existieron y de los que existirán, lo mismo para la Rusia de Stalin que para la Alemania de Hitler, la Cuba de Fidel, la Rumanía de Ceaucescu, o la rompedora España del presidente Rodríguez Zapatero, porque todo Estado en tanto que creación humana para la organización y la gestión de la vida común, se considera capaz de rezumar su propio Derecho que definirá no solo el campo de la legalidad estricta sino también el de la legitimidad de los actos y de las instituciones, vaciándolas y llenándolas con otro contenido a gusto y manera de los legisladores.

¡Y pensar que sobre esta ficción, que es un espléndido vacío, se tejen, en esta hora de experimentos apresurados, nuevas invenciones políticas que no se sabe si valen para rizar el rizo o sólo sirven para alisar el moño, como esa “realidad nacional” perfectamente ininteligible que campea en el nuevo Estatuto de Andalucía.!

sábado, 10 de junio de 2006

Metamorfosis

Esta metamorfosis lleva primero de lo dulce a lo amargo, porque la afición al azúcar que se extendió por Europa en los siglos XVII y XVIII, agudizó la necesidad de mano de obra esclava en los zonas de los Trópicos americanos entonces bajo dominio de las naciones navegantes, comerciales e industriosas de la Europa de entonces: Francia y España, Inglaterra, Portugal y Holanda.

En aquél tiempo no había otra azúcar que la de caña. Y como se consideraba que en todo el universo mundo los únicos aptos para hacer ese laboreo de forma gratuita eran los africanos, y la adquisición de éstos era facilitada grandemente por sus propios reyezuelos, los intermediarios comenzaron a comprar esclavos en grandísimo número.

Era un trato muy ventajoso para ambas partes. Los negreros ofrecían espejitos, cuentas de colores y bonetes colorados. En ocasiones añadían a la oferta canacas de barro llenas de aguardiente peleón y cuchillos baratos con mango de palo y hoja quebradiza. Todos ellos productos considerados de gran valor añadido según los principios del comercio injusto de la época.

Los reyezuelos les daban a cambio hombres y mujeres, entre más fuertes y jóvenes, mejor, para que, en la medida de lo posible, pudieran aguantar las penalidades del viaje a los lejanos puertos de destino.

Vino a resultar así que los cañaverales de las Antillas, lo mismo que los trapiches y más tarde los grandes ingenios azucareros y las destilerías de ron, se poblaron de negros que, reducidos a la condición de esclavos, desempeñaban sencillos y duros trabajos para los cuales, aún así, no estaban preparados; pero que terminaban aprendiendo de pe a pa por la infalible pedagogía del látigo.

Pronto comenzó a dibujarse entre los mismos negros un principio de jerarquía. Nadie puede vivir en el caos. Los mandingas tenían redaños para desempeñar el cargo de capataces de los otros negros, sólo por debajo del contramaestre o nostramo, que era blanco o ladino. Entre los yorubas había brujos y ensalmadores que pronto aprendieron a manejar a la negrada entreteniéndolos con sus supersticiones y agüeros, sacándoles las lombrices con semillas de sandía y sanándoles las purgaciones con emplastos de tuya ensalivada. Los del Sudán, aprendían con rapidez ciertos oficios y sabían organizarse en un plis-plas para bailar, saltar, cantar y hacer la pelota a los amos.

En la sociedad de los blancos y blanquinosos, cada uno hacía también su papel. Los intelectuales deistas y filantrópicos no cesaban de hacer el encomio del Buen Salvaje mientras, por si acaso, no vaya a ser todo mentira, mantenían a los negros en su esclavitud. Los frailes bautizaban a los esclavos y los adoctrinaban viendo en ellos almas que debían ganar la Gloria. Los hombres de empresa los explotaban a fondo, al parecer haciendo el prodigio de sacar el unto de donde no lo había, pues consideraban a los negros gandules por naturaleza. Las grandes damas escogían a los más feos, bembudos y dóciles para que, estando a su lado como pajes, contribuyeran a realzar, por contraste, su belleza delicada. Los amos escogían a las chicas más vistosas y entendidas para los trabajos de casa y para lo demás que se ofreciera. De esta forma el azúcar, que para unos era un dulce lujo alimenticio -que por entonces comenzaba a extenderse entre las clases bajas- se metamorfoseó en una existencia amarga para otros.

La presencia de mano obra esclava era como la presencia visible de la Serpiente en medio de aquellos paisajes que, desde que fueron conocidos, fueron considerados dignos del Paraíso. Primero las Antillas inglesas y francesas, y tras de ellas, corriendito todo lo que podían, las Antillas españolas, se convirtieron en lo que siguen siendo hoy en día: una prolongación del Africa en el continente americano. Un Africa insular y dispersa que, a partir del azúcar, alimentaba un comercio en triángulo sólo vigilado por el ojo ciclópeo del antiguo y reconocido Dios Mercado.

La primera carrera de esta ruta comercial iba del África a las Antillas. Poetizando, que algo queda, se decía que los barcos transportaban “cargamentos de ébano”. También España llegó a cobrar la Alcabala del Viento para mantener la armada de Barlovento.

De las Antillas, rumbo a Europa, los barcos llevaban azucar, melaza y ron. Y para rellenar el avío, cueros y carne en bucán, tasajo ahumado y seco que elaboraban, cómo no, los bucaneros.

Desde Europa, retorno al Africa, con cargamento de baratijas para el rescate de esclavos y grilletes para sujetarles los pies y las manos. Estos grilletes , que, por ser forjados en la zona de los cántabros llamaban “bilbos” los ingleses.

Entonces fueron brotando en los archipiélagos, como hijas turbias de la tristeza y de la añoranza de oscuras deidades, las flores negras del vudú, la macumba y la santería. La conga y el calipso terminaron por imponer su síncopa de tan-tanes en los atardeceres malva. Y fue naciendo entre sobresaltos, sangre, sudor y humanidad violada una raza desigual, ardiente y fea, provocadora y tenaz, bailona y sufridora, atractiva y repelente, resignada y violenta, hecha de melaza y caimito, leche y café, catinga y aroma de coco y de hastío. Una humanidad mezclada y turbulenta que se expresa en español o inglés, en holandés o en “créole”, en “papiamento”, en francés o en “pichinglis”

Hoy los antillanos salen de sus islas imposibles y bellas y toman rumbo hacia los Estados Unidos, como los africanos escapan de sus países –meras propuestas cartográficas-, hacia el gigantesco espejismo de la Unión Europea.

En los Estados Unidos, antillanos de habla inglesa contribuyen a la grandeza imparable de la Unión Americana con hombres de poder como el Gral. Colin Powell, y con mujeres de tronío como Noemí Campbell, morgana de bemba reventona, ojos de cervatillo y andares de yegua ganadora.

¿Y en Inglaterra? Con el carnaval de Nothinghill, sin saberlo ni proponérselo, los antillanos mulatos provenientes de las islas inglesas, los nietos de los antiguos esclavos, van recuperando para los anglos la jovial condición que hizo a su tierra merecedora del nombre de Alegre Inglaterra ¡Merry England! Saludemos de buena gana a la metamorfosis si bien mutó lo dulce del azucar en lo amargo de la esclavitud, supo transformar la tristeza del cautiverio en la alegre sonrisa de la Esperanza.

Escribo esto mirando hacia atrás sin ira y a la vista de la invasión de pateras que arroja a las costas canarias una multitud amorfa procedente del África. Dicha invasión, en contraste con la cháchara eufórica de quienes gobiernan, entrega cientos de cadáveres a la voracidad de los peces del banco sahariano. Quizá, la carne de algunos de aquellos náufragos, transmutada en materia de chicharro o de merluza, esté contribuyendo a la obesidad o al sobrepeso de los europeos bien alimentados. Impensada, impía, forzada, ignorada comunión con la humanidad que sufre.

El Rostro de Medusa

La vida humana tiene un dinamismo especial e inconfundible. En ella las situaciones se transforman, se renuevan, se suceden las unas a las otras continuamente. Nada permanece estático nada sigue exactamente igual a como fue hace un instante.

Es fácil pensar que esas transformaciones, esos renuevos, esas sustituciones a veces sorprendentes forman un oleaje destinado a desasosegarnos con su continuo vaivén que no parece llevar a ninguna parte. Consideradas así las cosas, nada tendría sentido. O si llegara a tenerlo sería para conducirnos al absurdo.

Pero ese oleaje, en apariencia caótico, si le prestamos la debida atención, resulta que en realidad es una continua cabalgata de ocasiones, muchas de ellas previsibles, que se nos ponen delante precisamente para que las aprovechemos. Toca a cada uno aprender a examinar sus propias ocasiones. También toca a cada uno la tarea concreta de transformar en oportunidades fructificas esas simples ocasiones que se presentan, y en las que, a veces, creemos reconocer la faz imperturbable de la Esfinge o el rostro espantoso de Medusa. Pero, por supuesto, para transformar la ocasión en oportunidad, es necesario tener delineados los propios y personales objetivos, tarea que, con las prisas y las improvisaciones que exige el momento de hoy, a veces no aparece clara ante nuestros ojos.

Y no vale entretenerse demasiado en considerar las dificultades que se puedan presentar. Las dificultades siempre existen. Lo importante es saber evaluarlas prescindiendo de exageraciones y de mimos. Las exageraciones a las que quiero aludir se refieren a la imagen desorbitada que podemos llegar a tener de los obstáculos a poco que abandonemos nuestra imaginación en manos de la pereza y el miedo. En cuanto a los mimos, se refieren, por supuesto a la sobredosis de condescendencia que en ocasiones nos recetamos a nosotros mismos, y que redunda en una especie de aversión a todo emprendimiento, esfuerzo o compromiso serio.

Decía que para transformar las ocasiones en verdaderas oportunidades es preciso tener, de antemano, unos objetivos. Ellos son los que nos permiten marcar el horizonte de nuestras acciones concretas. Mas que el verbo tener con su sentido de posesión, tendría que haber usado el verbo mantener. En efecto, los objetivos necesitan una labor continua de conservación, cuidado y anticipación a las necesidades, es decir, implican una labor de mantenimiento. De persistente mantenimiento.

Sin objetivos no hay la menor posibilidad de convertir las ocasiones en oportunidades aprovechables. Tampoco es posible lograr dicha conversión si se carece de principios. Los principios nos suministran la vitalidad, el empuje y la fuerza para movilizarnos en busca de esos objetivos que nos ayudarán en la tarea de convertir la ocasión en oportunidad verdadera.

¿Qué la cuestión no queda lo suficientemente clara? Una comparación puede ayudar a entender lo dicho. Los objetivos son como la meta general que uno se propone alcanzar. La ocasión es la circunstancia concreta en que se puede realizar el viaje que nos llevará a la meta o nos acercará a ella..

La ocasión es también comparable a la información geográfica que tenemos disponible para un viaje: su contenido está compuesto de datos inertes, que, bien empleados, ayudarán a que la ocasión de viajar se nos convierte en oportunidad real de alcanzar los objetivos o parte de ellos.

¿Y qué son los principios? Son el punto de partida y el supuesto que fundamenta la forma y manera de plantear el viaje de nuestra vida entera, ese viaje que resume todos los viajes menores y todos los trayectos que puedan se factibles. Y aquí conviene recordar que los principios no pueden ser ajenos al terreno de la trascendencia si quieren estar a la altura que, pese a todo, puede alcanzar el hombre. La conjunción de principios y objetivos da por resultado una vida definida en actitudes coherentes y en acciones conducentes.

Cierto que los individuos no somos los diseñadores solitarios de nuestras trayectorias en la vida y que nuestras decisiones, con ser autónomas, tienen que ser siempre relacionales, pues se tiene que contar con nuestros semejantes, de forma especial con los más próximos. Cierto que otros seres humanos están presentes en nuestras vidas, así como nosotros estamos presentes en la vida de los demás. Cierto también que todas las vidas humanas sin excepción acusan la presencia y la influencia de los otros aún cuando las circunstancias de riqueza, de poder, de inteligencia, posición o casta puedan inducir a creer lo contrario, sumergiéndonos acaso en el espejismo de una total independencia. Pues bien, ninguna de estas certezas quita que sea precisamente la conjunción de los principios que sustentamos y de los objetivos que perseguimos, la que nos permita convertir en verdaderas oportunidades las ocasiones que continuamente se nos presentan, dando por resultado esa vida definida en actitudes coherentes y en acciones conducentes, a la que hemos aludido, y que contraste con el parcheado surrealista de tantas existencias al garete.

A veces da la impresión de que las ocasiones se presentan con la fuerza y la imprevisibilidad de un alud, y que ante ellas puede ser que nos encontremos como abrumados. Si esto sucede, debemos comenzar por hacer una revisión a fondo sobre dos puntos importantes: ¿Alentamos principios que den sentido a nuestro actuar dotándolo de valor moral y de altura humana? ¿Perseguimos objetivos que nos ayuden a trazar con firmeza el rumbo de nuestras acciones sobre el plano que nos presenta la ocasión en un momento dado?

Y contesto con esto a los que me interpelan desde diversos ángulos. Un joven teniente que se pregunta si ir al Afganistán es una oportunidad además de un riesgo que ya tiene asumido. Un brillante doctorando en especialidad humanística de limitada demanda que tiene seguro que nunca será premiado con el aplauso de la multitud que tanto halaga al ego más barato. Un empleado de una grande y antigua entidad universal, y a quien le preocupa la inmovilidad laboral. Una licenciada a la espera de una oposición para esa profesión dura en que se ha convertido la enseñanza. Una niña que se pregunta si vale la pena someterse al examen de selectividad. Contesto a todos por igual: las ocasiones bullen en vuestro entorno. Vuestros principios os ayudarán a discernirlas. Vuestros objetivos os permitirán trazar la ruta convenientemente y la conjunción de ambos os hará descubrir la oportunidad que se oculta en cada ocasión como la mariposa se oculta en la crisálida. Esto no es “buenismo” a lo Paulo Coelho, ni requiescente recurso de autoayuda. Es la pura realidad. En la tarea de hacer de la ocasión una verdadera oportunidad, no es el rostro de la Esfinge lo peor que podeis encontrar, alguna vez asomará en vuestro trayecto el rostro de Medusa. Y en ese momento os quedará claro, definitivamente claro, que tenéis que ser valientes si queréis ser valiosos. Valer valor requiere.

lunes, 5 de junio de 2006

Prosas Chinfónicas

Las palabras expresan los pensamientos y los sentimientos personales. Pero, además, repetidas con insistencia, gobiernan los pensamientos y los sentimientos de las colectividades. Por eso debemos tener mucho, muchísimo cuidado con ellas. Debemos decir lo que queremos decir y no otra cosa; ni por más ni por menos. E insistir en aquello que queremos que sea oído por todos, para que todos puedan repetirlo a su vez..
Coro: ¡Eres un filósofo!
-Para conseguir este objetivo, y teniendo en cuenta que no todo lo que uno quiere decir está en los diccionarios, yo acostumbro hacer pequeñas modificaciones en la estructura de las palabras para añadir a su sentido primero y acordado, el que viene como principal en el diccionario, alguna pizca traviesa que enriquezca su significado, estimule la imaginación y enriquezca el ejercicio de la conversación
Coro: ¡muy bueno lo tuyo!
-El truco que más utilizo, por fácil y eficaz, es el de la repetición de sílabas. Pedantescamente lo he llamado en alguna ocasión con el nombre de aliteración semántica intencionada. No es preciso añadir que los éxitos mayores de esta original modalidad de comunicación los he conseguido con los niños: mis hijos cuando eran pequeños, mis sobrinos nietos ahora.
Una voz reivindicativa y retadora:¡ Y de los adultos, qué!
-De los adultos prescindo, salvo conocidas excepciones como los esposos De Laurentis, el doctor Fernández Braña y hasta el mismo Assad Baruch que, con toda su solemnidad judía es un cachondo mental aunque a veces consigue ocultarlo. Pero, en general, no cuento con los adultos porque, o creen que se las saben todas, o se sienten desorientados y se niegan a entrar en el juego.
Coro: ¡sabia medida frente a los que no colaboran!
-La verdad es que tampoco es necesario asentir ni consentir en estos juegos para ser amigos míos y estar de broma cuando hace al caso Tal sucede con el doctor Pérez Urdangarín con el que suelo sostener amistosos y amenos parlamentos más de acuerdo que de disenciones. O con Iñigo y Begoña, con Águeda o Cristina, de rápidos chispazos dialécticos. O con el caballeroso José Luis, de palabra fácil y enriquecedora o con mi señorito, irónico,informado, vivaz e inteligente. Tengo también amigos seriotes con los cuales me divierto mucho cuando llega la ocasión, como Emil von Xylander o el Doctor Iribarnegaray, el peruano.
Coro: ¡así da gusto!
-Y muchos otros con los que hablo de la rana meridional, de toros, de vinos, de armas, de guerras de ayer y de hoy y hasta de política, pero con cuidado y respeto.
Coro: ¡eso se llama democracia, tolerancia y universalidad, sí señor¡
-Así, que volviendo al cuidado que se debe tener con la palabras, para mí no es igual decir tengo que pagar que tengo que papagar. Este último vocablo, enriquecido con un doblete de su sílaba inicial, añade un matiz familiar al vulgar acto de satisfacer un precio por medio del dinero. He dicho a los niños que papagar es pagar con el dinero de papá. De allí surgen nuevos vocablos ideados por los propios chavales a imitación de mis propuestas.
Coro (con irreprimible entusiasmo): ¡Que lo digas! ¡Que lo digas!
-Así, mamagar sería pagar con el dinero de mamá. Esta palabra arrastra, además, una derivación ideológica y adventicia que hace referencia al acto de mamar considerado desde el punto de vista de la posibilidad de atragantarse, lo cual tiene aplicación amplísima en el ámbito de la política y otros juegos malabares. Claro que por este camino se puede llegar a muchos lugares no pensados y a muchas palabras no inventadas todavía. A veces, el ingenio con que algunos profesionales consiguen rescatar a la publicidad de la vulgar condición de su ejercicio, nos da la satisfacción de sorprendernos con algo parecido. Tal sucede con aquello de los pezqueñines. No pescar ni comprar pezqueñines. Todo un hallazgo al servicio del conservacionismo medioambiental .
Coro (vibrando de entusiasmo): ¡Eres un genio!
-Hablando de política, la demomocracia sería, por la alusión apenas velada al dios Momo, esa democracia payasa o carnavalesca, a que nos quieren acostumbrar algunos. Y no hace falta señalar.
Coro:¡No te cortes¡
-Y la memocracia sería un término equívoco que lo mismo designaría a la democracia de los memoriosos que nunca olvidan la dictadura, que la democracia que ponen por obra los memos.
Coro: ¡Eso!¡Eso!
-En otras ocasiones es la propia deriva del idioma la que lleva a resultados sorprendentes. Ya es coincidencia que un ministro homosexual se apellide Zerolo, y que un banquero importantísimo se apele Botín. El término zerolo o cerolo es uno de las más de seiscientas palabras que designan en español transatlántico a los cultivadores de la opción homosexual.¡Qué riqueza léxica!
Coro, mientras aplauden tímidamente tres de cada cuatro concurrentes españoles, se oye una voz solitaria que grita con acento argentino: ¡Qué grande sos!
-No quisiera abrumaros con pormenores. Pero la farmacopea y la química brindan también grandes oportunidades para enriquecer al idioma con nuevas malicias. No os quiero describir el interés que provocan entre la chiquillería titulaciones como 3,4,5 – trimetoxibenzilpiperacina, que divierte como un trabalenguas y al mismo tiempo acerca a la ciencia química y al baile sincopado. ¡Probad vosotros!
Coro, al comienzo con vacilación, después, con verdadero entusiasmo ovacional:¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Tri-metoxi-benzil-piperacina! Pronto el jaleo se convierte en baile. Y la titulación coreada invade el ámbito. El orador continúa, pero su voz casi no alcanza a hacerse oír:
-El campo de las palabras nuevas para conceptos nuevos es ingente hoy en día, y no por eso debe ser confundido con indulgente, ni con insurgente, o con indigente ni mucho menos con detergente. Debían los ministerios de la transformaciones en curso poner a la imaginación y al libre decir en el poder. Y ya que idearon una nueva clase de unión jurídica entre homólogos, en lugar de emplear una palabra retrógrada, casposa, fascista, machista, imperialista y obsoleta como es la de matrimonio, ¿por qué no se decidieron por la palabra homoseximonio que es de nueva acuñación y describe con veracidad la nueva situación?
Coro (moviéndose al unísono): ¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Tri-metoxi-benzil-piperacina! ¡Tri-metoxi-benzil-piperacina!
-Recuerdo ahora que un día en que habíamos comenzado a hablar de los huevos fritos terminamos, por deriva de la chiquillería, hablando del lugar remoto a que hace referencia el criollo cuando dice “allá donde el diablo se rascó los güevos”. De deriva en deriva, pasamos a la otra versión del dicho: “allá donde el tigre se rascó los güevos”. Y, del tigre rascador, también por deriva, llegamos a un punto en que el menor de todos preguntó por las manchas oscuras que el infrascrito tiene en las manos. Como los niños son niños pero no tontos, supieron entrar en el juego cuando yo, poniendo la mano como una garra y haciendo mas ostensibles las manchas, contesté que me estaba convirtiendo en el “hombre ocelote”. Pero la madre, alarmada y seria, encantadora y letal, hizo este disparo directo a la nuca de la fantasía infantil: “no hagais caso, Miguel os está tomando el pelo” y con semejantes palabras se acabó la fiesta. Claro que pude llegar a preguntar ¿con qué se toma el pelo? ¿con un terrón de azúcar o dos? Pero no quise apurar la suerte. Y me callé como un bendito.
Mientras, el Coro seguía entonando: ¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡uuh! ¡Tri-metoxi-benzil-piperacina!

jueves, 1 de junio de 2006

Incineraciones

Si nadie se da prisa en interrumpirla, la vida humana fluye, desde su orto intrauterino, como un río inembalsable. Desde el momento de su concepción hasta el ocaso de su ancianidad, que lo acerca a la tierra como al hueco de una entraña acogedora, el hombre es pura metamorfosis, que es cambio basado en la permanencia del ser.

Y precisamente hablando de las metamorfosis de la vida, surge la necesidad de tratar de otro género de cambios: los que nacen de los usos sociales y de los intereses dominantes y que vienen a ser como la expresión difusa de alguna creencia, cualquiera que ésta sea.

Porque son las creencias las que, en definitiva, extienden las cartas, que por algo se llaman credenciales, a los usos, costumbres y vigencias que terminan imperando sobre la sociedad. Así, ocurre hoy que la gran mayoría de los que fallecen no terminan inhumados como se hacía hasta hace unas décadas, sino entregados a las llamas para ser reducidos a cenizas. Este cambio de preferencias funerarias se basa en tres razones generalmente ignoradas.

La primera de dichas razones se ampara en la Economía y sostiene que el suelo es un recurso demasiado caro para dedicarlo a morada de los muertos. La segunda, cuenta con el aval del sentido organizador característico de nuestra época y aconseja dar empleo pacífico a la experiencia acumulada durante la Segunda Guerra Mundial en la gestión de los despojos humanos ocasionados por la actividad de los campos de concentración y por efecto de los bombardeos masivos. La tercera razón refuerza a la segunda, y se basa en una antigua norma de buen gobierno que recomienda dotar a las ciudades de sistemas rápidos y controlables de eliminación de restos humanos en previsión de los efectos de grandes catástrofes, siempre posibles.

Lógicamente, enfocadas las cosas desde este ángulo, que para la mayoría resultará inesperado, comparar la tumba a una entraña que recibe maternalmente el cuerpo del difunto, no viene ya a cuento. Acontece que la maternidad ha perdido tanta fuerza, incluso como simple metáfora, que es fácil notarlo en lo ridículo que resulta hoy referirse a “las entrañas de la Madre Tierra”

Dicen que la palabra cadáver resume la expresión latina caro dabo vermis, que en nuestro romance vale tanto como dar la carne a los gusanos. Con la incineración, todo viene a quedarse en dar la carne a las llamas, o poner toda la carne en el asador, operación que más parecería relacionarse con el arte de los espetones que con la escatología, cambio que, según quien lo mire, tampoco está del todo mal.

Para algunos, este cambio de preferencias funerarias es un gol metido en la portería del cristianismo. Yo personalmente creo que no es así. Cierto que la inhumación reconoce el sitio que en la cadena trófica corresponde a los restos de la criatura humana como alimento de los gusanos. Cierto que, en alguna medida, este reconocimiento constituía una forma de recordar a todos que la vida sufre mudanza, pero no se extingue. Cierto también que la esperanzadora afirmación de la pervivencia, Vita mutatur, non tollitur, parece estar ausente en la costumbre de incinerar los cadáveres.

Pero no es menos cierto que la incineración trae consigo la idea de la purificación o el castigo por el fuego. Con lo cual, en esta delicada materia de la religiosidad simbólica oculta en las costumbres funerarias, teniendo en cuanta que la hora de hoy es de confusión para todos los gustos, hay que concluir que lo que no se va en lágrimas se va en suspiros sin que el laicismo gane terreno.

¿Suspiros? Sí, porque todo gesto funerario puede encubrir alguna confesión de fe, por muy perseguida que esté. ¿Lágrimas? También va a ser que sí, porque detrás de cualquier gesto funerario puede estar la llaga abierta de alguna duda que, más que expresar la increencia, induzca a plantearse con más profundidad el misterio o la incógnita de la pervivencia humana, aunque nada más fuese que por el criterio recelosamente preventivo del “por si acaso”.Yo tengo dicho y recalco, que el cambio a que aludimos, más que con la irreligiosidad o con cualquier revival azañista que en todo caso afectaría sólo a España, tiene que ver con las prisas y con el genio industrial, pragmático y mercantil de nuestra época.

Pero la incineración ha traído consigo todo un cortejo de nuevas costumbres, entre otras, la de espolvorear las cenizas humanas. Y que conste que empleo el verbo espolvorear porque esparcir las cenizas, que es la expresión que pasa por correcta, me parece flagrante retroceso a una norma penal arcaica que consideraba indignos de la sepultura a los que cometían ciertos delitos, por lo cual se ordenaba esparcir las cenizas del hechor de forma que no fuese identificable el lugar de su reposo. En cambio, espolvorear lleva consigo cierto sentido de cuidado y ternura: así, se espolvorea el talco perfumado sobre el cuerpecito del bebé recién bañado; o se espolvorea el azúcar cande sobre el pastel, o la canela en polvo sobre la golosina. En fin…

Era algo inevitable. Tengo amigos que han sido espolvoreados sobre la Nivelle, sobre el Ebro, sobre el Araxes, e incluso, sobre el Guarumo, que es una escorrentía mas bien turbia y encenagada que pasa por un lugar que yo conozco. Otros amigos tengo cuyas cenizas fueron arrebatadas por el viento que soplaba a la hora del espolvoreo sobre el monte Gorbea, el Monte San Cristóbal o sobre el lejano Momotombo, cuyo nombre suena a retumbo como corresponde al volcán que es. Y hasta tengo un antiguo conocido cuya viuda, mujer poco dada a entretenerse en imaginaciones poéticas, tiró enérgicamente al mar la urna cineraria entera y verdadera, la cual cayó al agua haciendo ¡plof!, después de tropezar, haciendo ¡pam!, contra la amura de la embarcación. Y allá quedó el exmarido hundido en las zahúrdas de Neptuno, literalmente reducido a polvo y condenado a la perpetua compañía de la sardina, la merluza y el besugo que como interlocutores no valen ni la milésima parte de lo que pueden valer como bocado en plato.

Esto del espolvoreo a mí se me antoja como un remedo actual del antiquísimo culto a los Cuatro Elementos: Aire, Agua, Fuego y Tierra. Así, sería el Hilemorfismo la fe que extiende sus credenciales a esta costumbre que, por otra parte, tiene un iter muy sencillo: Primero se da el cuerpo a las llamas hasta reducirlo a cenizas; se esparcen éstas en el aire o sobre las aguas, sabiendo que al final volverán a la tierra, ese cuarto elemento sobre el cual todo lo que esté en el aire terminará por caer, y todo lo que flote en el agua acabará sedimentándose sobre el fondo.

No se si a Vuestra Merced, pero a mí, este cambio de la inhumación por la incineración me ha impactado una barbaridad. Y he dejado dicho en mis últimas voluntades que mi cuerpo sea dado a los gusanos de tal manera que la buena alimentación que me ha sido concedido manducar a lo largo de la vida, pueda ser compartida por mis humildes hermanos de la reptante gusanería.

Cuando le incineración era un reto burdo, pero reto al fin, que planteaban aquellos que por descreer no querían dar la impresión de que sus cuerpos esperarían la resurrección de los muertos prometida por la fe cristiana, la cosa tenía al menos un aura de oscura y mefistofélica grandeza: “¿Resurrección? ¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡me río yo!¡Allá me las den todas!”

Pero ahora, que la incineración no solo es permitida por la Iglesia, sino recomendada por las conveniencias de mercado, aplaudida por las vigencias sociales y contemplada en las ordenanzas sanitarias, la cosa no posee ya grandeza alguna, aunque puede tener mucha poesía, ternura, y hasta devoción, a condición, claro, de que los parientes del difunto las lleven de antemano en el corazón.

Las incineraciones antiguas irradiaban bárbara grandeza. Imaginaos al capitán vikingo ardiendo en el vientre de su nave convertida en llameante pira que iluminaba el camino a un cielo nórdico reservado a los valientes. Imaginaos el cuerpo del brahman difunto que, en la India prebritánica sin contaminaciones europeas, ardía sobre lecho construído de leños de perfumado sándalo solamente acompañado de su amante viuda -o viudas-, humanitariamente atontada -o atontadas- para el trance con drogas soporíferas completamente naturales. La paganía sabía organizar muy bien ceremonias de esta clase. Aunque, miradas las cosas de cerca y con ojos insobornables, el destino que las cenizas de las incineraciones actuales están reclamando no les va a la zaga.

En efecto, lo que va de suyo respecto a las cenizas es un “Altar de los Antepasados” en el aposento de los padres, o un “Rincón de los dioses Manes” en el fondo del jardín umbroso, al estilo de los antiguos romanos. Allí, en los días fastos, los claros varones de la familia, si quedaran familias y varones, cubierta la cabeza con rituales lienzos, en la mano un puñado de habas sagradas, harían libaciones de vino y miel, y las púberes canéforas, después de cubrir el suelo con pétalos de flores y hojas de laurel, ofrendarían cestitas llenas de pencas de acanto, que es la forma que los antiguos tenían de llamar al cardo. Sería una oferta funeral muy bonita, aunque, quizá no estuviese al alcance de todos los bolsillos y hubiera que solicitar alguna subvención.