Y precisamente hablando de las metamorfosis de la vida, surge la necesidad de tratar de otro género de cambios: los que nacen de los usos sociales y de los intereses dominantes y que vienen a ser como la expresión difusa de alguna creencia, cualquiera que ésta sea.
Porque son las creencias las que, en definitiva, extienden las cartas, que por algo se llaman credenciales, a los usos, costumbres y vigencias que terminan imperando sobre la sociedad. Así, ocurre hoy que la gran mayoría de los que fallecen no terminan inhumados como se hacía hasta hace unas décadas, sino entregados a las llamas para ser reducidos a cenizas. Este cambio de preferencias funerarias se basa en tres razones generalmente ignoradas.
La primera de dichas razones se ampara en la Economía y sostiene que el suelo es un recurso demasiado caro para dedicarlo a morada de los muertos. La segunda, cuenta con el aval del sentido organizador característico de nuestra época y aconseja dar empleo pacífico a la experiencia acumulada durante la Segunda Guerra Mundial en la gestión de los despojos humanos ocasionados por la actividad de los campos de concentración y por efecto de los bombardeos masivos. La tercera razón refuerza a la segunda, y se basa en una antigua norma de buen gobierno que recomienda dotar a las ciudades de sistemas rápidos y controlables de eliminación de restos humanos en previsión de los efectos de grandes catástrofes, siempre posibles.
Lógicamente, enfocadas las cosas desde este ángulo, que para la mayoría resultará inesperado, comparar la tumba a una entraña que recibe maternalmente el cuerpo del difunto, no viene ya a cuento. Acontece que la maternidad ha perdido tanta fuerza, incluso como simple metáfora, que es fácil notarlo en lo ridículo que resulta hoy referirse a “las entrañas de la Madre Tierra”
Dicen que la palabra cadáver resume la expresión latina caro dabo vermis, que en nuestro romance vale tanto como dar la carne a los gusanos. Con la incineración, todo viene a quedarse en dar la carne a las llamas, o poner toda la carne en el asador, operación que más parecería relacionarse con el arte de los espetones que con la escatología, cambio que, según quien lo mire, tampoco está del todo mal.
Para algunos, este cambio de preferencias funerarias es un gol metido en la portería del cristianismo. Yo personalmente creo que no es así. Cierto que la inhumación reconoce el sitio que en la cadena trófica corresponde a los restos de la criatura humana como alimento de los gusanos. Cierto que, en alguna medida, este reconocimiento constituía una forma de recordar a todos que la vida sufre mudanza, pero no se extingue. Cierto también que la esperanzadora afirmación de la pervivencia, Vita mutatur, non tollitur, parece estar ausente en la costumbre de incinerar los cadáveres.
Pero no es menos cierto que la incineración trae consigo la idea de la purificación o el castigo por el fuego. Con lo cual, en esta delicada materia de la religiosidad simbólica oculta en las costumbres funerarias, teniendo en cuanta que la hora de hoy es de confusión para todos los gustos, hay que concluir que lo que no se va en lágrimas se va en suspiros sin que el laicismo gane terreno.
¿Suspiros? Sí, porque todo gesto funerario puede encubrir alguna confesión de fe, por muy perseguida que esté. ¿Lágrimas? También va a ser que sí, porque detrás de cualquier gesto funerario puede estar la llaga abierta de alguna duda que, más que expresar la increencia, induzca a plantearse con más profundidad el misterio o la incógnita de la pervivencia humana, aunque nada más fuese que por el criterio recelosamente preventivo del “por si acaso”.Yo tengo dicho y recalco, que el cambio a que aludimos, más que con la irreligiosidad o con cualquier revival azañista que en todo caso afectaría sólo a España, tiene que ver con las prisas y con el genio industrial, pragmático y mercantil de nuestra época.
Pero la incineración ha traído consigo todo un cortejo de nuevas costumbres, entre otras, la de espolvorear las cenizas humanas. Y que conste que empleo el verbo espolvorear porque esparcir las cenizas, que es la expresión que pasa por correcta, me parece flagrante retroceso a una norma penal arcaica que consideraba indignos de la sepultura a los que cometían ciertos delitos, por lo cual se ordenaba esparcir las cenizas del hechor de forma que no fuese identificable el lugar de su reposo. En cambio, espolvorear lleva consigo cierto sentido de cuidado y ternura: así, se espolvorea el talco perfumado sobre el cuerpecito del bebé recién bañado; o se espolvorea el azúcar cande sobre el pastel, o la canela en polvo sobre la golosina. En fin…
Era algo inevitable. Tengo amigos que han sido espolvoreados sobre la Nivelle, sobre el Ebro, sobre el Araxes, e incluso, sobre el Guarumo, que es una escorrentía mas bien turbia y encenagada que pasa por un lugar que yo conozco. Otros amigos tengo cuyas cenizas fueron arrebatadas por el viento que soplaba a la hora del espolvoreo sobre el monte Gorbea, el Monte San Cristóbal o sobre el lejano Momotombo, cuyo nombre suena a retumbo como corresponde al volcán que es. Y hasta tengo un antiguo conocido cuya viuda, mujer poco dada a entretenerse en imaginaciones poéticas, tiró enérgicamente al mar la urna cineraria entera y verdadera, la cual cayó al agua haciendo ¡plof!, después de tropezar, haciendo ¡pam!, contra la amura de la embarcación. Y allá quedó el exmarido hundido en las zahúrdas de Neptuno, literalmente reducido a polvo y condenado a la perpetua compañía de la sardina, la merluza y el besugo que como interlocutores no valen ni la milésima parte de lo que pueden valer como bocado en plato.
Esto del espolvoreo a mí se me antoja como un remedo actual del antiquísimo culto a los Cuatro Elementos: Aire, Agua, Fuego y Tierra. Así, sería el Hilemorfismo la fe que extiende sus credenciales a esta costumbre que, por otra parte, tiene un iter muy sencillo: Primero se da el cuerpo a las llamas hasta reducirlo a cenizas; se esparcen éstas en el aire o sobre las aguas, sabiendo que al final volverán a la tierra, ese cuarto elemento sobre el cual todo lo que esté en el aire terminará por caer, y todo lo que flote en el agua acabará sedimentándose sobre el fondo.
No se si a Vuestra Merced, pero a mí, este cambio de la inhumación por la incineración me ha impactado una barbaridad. Y he dejado dicho en mis últimas voluntades que mi cuerpo sea dado a los gusanos de tal manera que la buena alimentación que me ha sido concedido manducar a lo largo de la vida, pueda ser compartida por mis humildes hermanos de la reptante gusanería.
Cuando le incineración era un reto burdo, pero reto al fin, que planteaban aquellos que por descreer no querían dar la impresión de que sus cuerpos esperarían la resurrección de los muertos prometida por la fe cristiana, la cosa tenía al menos un aura de oscura y mefistofélica grandeza: “¿Resurrección? ¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡me río yo!¡Allá me las den todas!”
Pero ahora, que la incineración no solo es permitida por la Iglesia, sino recomendada por las conveniencias de mercado, aplaudida por las vigencias sociales y contemplada en las ordenanzas sanitarias, la cosa no posee ya grandeza alguna, aunque puede tener mucha poesía, ternura, y hasta devoción, a condición, claro, de que los parientes del difunto las lleven de antemano en el corazón.
Las incineraciones antiguas irradiaban bárbara grandeza. Imaginaos al capitán vikingo ardiendo en el vientre de su nave convertida en llameante pira que iluminaba el camino a un cielo nórdico reservado a los valientes. Imaginaos el cuerpo del brahman difunto que, en la India prebritánica sin contaminaciones europeas, ardía sobre lecho construído de leños de perfumado sándalo solamente acompañado de su amante viuda -o viudas-, humanitariamente atontada -o atontadas- para el trance con drogas soporíferas completamente naturales. La paganía sabía organizar muy bien ceremonias de esta clase. Aunque, miradas las cosas de cerca y con ojos insobornables, el destino que las cenizas de las incineraciones actuales están reclamando no les va a la zaga.
En efecto, lo que va de suyo respecto a las cenizas es un “Altar de los Antepasados” en el aposento de los padres, o un “Rincón de los dioses Manes” en el fondo del jardín umbroso, al estilo de los antiguos romanos. Allí, en los días fastos, los claros varones de la familia, si quedaran familias y varones, cubierta la cabeza con rituales lienzos, en la mano un puñado de habas sagradas, harían libaciones de vino y miel, y las púberes canéforas, después de cubrir el suelo con pétalos de flores y hojas de laurel, ofrendarían cestitas llenas de pencas de acanto, que es la forma que los antiguos tenían de llamar al cardo. Sería una oferta funeral muy bonita, aunque, quizá no estuviese al alcance de todos los bolsillos y hubiera que solicitar alguna subvención.
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