El trabajo es lo que une al hombre a sus semejantes, a la sociedad y al mundo. Es este un lugar común que no está de moda considerar.
El trabajo suele tener para la mayoría de los hombres desarrollos orbitales, como de cuerpos que giran en torno a centros distintos.
Pero son los días los que hacen que esas órbitas lleguen a intensificar su frecuencia, de tal manera que en el ánimo de los que se someten a su giro acabe predominando la percepción del encuentro sobre el distanciamiento a que las órbitas en su regularidad obligan. De esta forma las ambiciones pueden llegar a confluir, los planes y proyectos a coordinarse y los sueños, que nacen dispersos, a convertirse en uno solo.
Sin embargo, es el transcurso de los días lo único capaz de decidir que la actividad laboral se pueda extender a terrenos ya no directamente utilitarios; lo que hace posible que la confluencia -o el contraste- de ambiciones se remanse en playas menos batidas por el oleaje que las de la ribera laboral o la empresarial; lo que propicia que la coordinación de planes y proyectos llegue a trocarse en un compartir ajeno a ellos; y lo que permite, en definitiva, que esa relación utilitaria que es el trabajo, termine desembocando en amistad.
Una mínima experiencia enseña a discernir amistades diferentes: aquellas, entrañables, que se originaron en la infancia o en la juventud primera; aquellas, intensas y activas, que provienen de los años de estudios, de milicia o de aventuras; aquellas, en fin, que han tenido su comienzo y ocasión primera en el trabajo, pero que al paso de los días, han ido poco a poco madurando, como vino que se añeja con las levaduras del conocimiento mutuo que ahorra desconfiadas indagaciones. Y que también maduran con el aroma del mutuo aprecio reforzado por la coincidencia de gustos.
Hablo ahora de una de esas amistades surgidas como por sedimentación a través de convergencias laborales, de proximidad de amigos-puente, de inesperadas cercanías vitales, de comunidad de intereses culturales, del cultivo de coincidencias humanas y del sereno, y no por eso menos humorístico, análisis de los propios contrastes. Hablo, en fin, de un amigo periodista, de un erudito, y de un atrevido emprendedor, de un grande hombre y de un gran amigo, cuyos sufrimientos de los últimos meses -sobrellevados con la sencillez de quien no se ha propuesto servir de ejemplo-, fueron como una invitación constante a volver la cara hacia el foco de la claridad -y la caridad- primera.
** in memoriam Nicolás de Laurentis.
El trabajo suele tener para la mayoría de los hombres desarrollos orbitales, como de cuerpos que giran en torno a centros distintos.
Pero son los días los que hacen que esas órbitas lleguen a intensificar su frecuencia, de tal manera que en el ánimo de los que se someten a su giro acabe predominando la percepción del encuentro sobre el distanciamiento a que las órbitas en su regularidad obligan. De esta forma las ambiciones pueden llegar a confluir, los planes y proyectos a coordinarse y los sueños, que nacen dispersos, a convertirse en uno solo.
Sin embargo, es el transcurso de los días lo único capaz de decidir que la actividad laboral se pueda extender a terrenos ya no directamente utilitarios; lo que hace posible que la confluencia -o el contraste- de ambiciones se remanse en playas menos batidas por el oleaje que las de la ribera laboral o la empresarial; lo que propicia que la coordinación de planes y proyectos llegue a trocarse en un compartir ajeno a ellos; y lo que permite, en definitiva, que esa relación utilitaria que es el trabajo, termine desembocando en amistad.
Una mínima experiencia enseña a discernir amistades diferentes: aquellas, entrañables, que se originaron en la infancia o en la juventud primera; aquellas, intensas y activas, que provienen de los años de estudios, de milicia o de aventuras; aquellas, en fin, que han tenido su comienzo y ocasión primera en el trabajo, pero que al paso de los días, han ido poco a poco madurando, como vino que se añeja con las levaduras del conocimiento mutuo que ahorra desconfiadas indagaciones. Y que también maduran con el aroma del mutuo aprecio reforzado por la coincidencia de gustos.
Hablo ahora de una de esas amistades surgidas como por sedimentación a través de convergencias laborales, de proximidad de amigos-puente, de inesperadas cercanías vitales, de comunidad de intereses culturales, del cultivo de coincidencias humanas y del sereno, y no por eso menos humorístico, análisis de los propios contrastes. Hablo, en fin, de un amigo periodista, de un erudito, y de un atrevido emprendedor, de un grande hombre y de un gran amigo, cuyos sufrimientos de los últimos meses -sobrellevados con la sencillez de quien no se ha propuesto servir de ejemplo-, fueron como una invitación constante a volver la cara hacia el foco de la claridad -y la caridad- primera.
** in memoriam Nicolás de Laurentis.