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lunes, 26 de julio de 2010

Los Trabajos y los Días

El trabajo es lo que une al hombre a sus semejantes, a la sociedad y al mundo. Es este un lugar común que no está de moda considerar.

El trabajo suele tener para la mayoría de los hombres desarrollos orbitales, como de cuerpos que giran en torno a centros distintos.

Pero son los días los que hacen que esas órbitas lleguen a intensificar su frecuencia, de tal manera que en el ánimo de los que se someten a su giro acabe predominando la percepción del encuentro sobre el distanciamiento a que las órbitas en su regularidad obligan. De esta forma las ambiciones pueden llegar a confluir, los planes y proyectos a coordinarse  y los sueños, que nacen dispersos, a convertirse en uno solo.

Sin embargo, es el transcurso de los días lo único capaz de decidir que la actividad laboral se pueda extender a terrenos ya no directamente utilitarios; lo que hace posible que la confluencia -o el contraste- de  ambiciones se remanse en playas menos batidas por el oleaje que las de la ribera laboral o la empresarial; lo que propicia que la coordinación de planes y proyectos llegue a trocarse en un compartir ajeno a ellos; y lo que permite, en definitiva, que esa  relación utilitaria que es el trabajo, termine desembocando en amistad.

Una mínima experiencia enseña a discernir amistades diferentes: aquellas, entrañables, que se originaron en la infancia o en la juventud primera; aquellas, intensas y activas,  que provienen de los años de estudios, de milicia o de aventuras; aquellas, en fin, que han tenido su comienzo y ocasión primera en el trabajo, pero que al paso de los días, han ido poco a poco madurando, como vino que se añeja con las levaduras del conocimiento mutuo que ahorra desconfiadas indagaciones. Y que también maduran con el aroma del mutuo aprecio reforzado por la coincidencia de gustos.

Hablo ahora de una de esas amistades surgidas como por sedimentación a través de  convergencias laborales, de proximidad de amigos-puente, de inesperadas cercanías vitales, de comunidad de intereses culturales, del cultivo de coincidencias humanas  y del sereno, y no por eso menos humorístico,  análisis de los propios contrastes. Hablo, en fin, de un amigo periodista, de un erudito, y de un atrevido emprendedor, de un grande hombre y de un gran amigo, cuyos sufrimientos  de los últimos meses -sobrellevados con la sencillez de quien no  se  ha propuesto servir de ejemplo-, fueron como una invitación constante a volver la cara hacia el  foco de la claridad -y la caridad-  primera.

** in memoriam  Nicolás de Laurentis.

sábado, 17 de julio de 2010

Money... Money

El dinero es la gran preocupación y ocupación de los banqueros, de los ingenieros financieros, de los políticos adheridos al SIDN, de las organizaciones no gubernamentales que viven de las subvenciones del gobierno;  de los amigos del prójimo desaproximado, expertos en hacer maravillas, dicen, con un euro, sólo que en tierras lejanas.

Pero no sólo de ellos, el dinero es también el gran tema de los mendigos, esas huchas humanas que ejemplifican el decir popular que recomienda cuidar el céntimo, ya que los millones se cuidan solos. Para cada uno de estos respetables estamentos, el dinero desempeña funciones enriquecedoras, consoladoras o requiescentes, según se mire. Pero aparte de todo eso, el dinero, más que nunca, aporta  seguridad. ¿Y eso cómo se come?

No se cómo se come, pero sí se que la cosa comenzó en el momento en que fueron  privatizados los servicios de seguridad. El pago, abreviando trámites, se puede hacer directamente a quienes te amenazan; o, si se opta por la tremenda, contratando guardaespaldas o entrando en contacto con la mafia de Marsella y ahorita nomás con la colombiana que hila muy fino el huevo para el cabello de ángel.  Ciertos estamentos obtienen el servicio a cuenta del Estado o de sus sucedáneos autonómicos. A las organizaciones dedicadas a captar fondos del gobierno, los protege el tabú del buenismo que se ha creado en torno a ellas.

En cuanto a los mendigos, todo va según su procedencia. Aquellos que han sido admitidos por nuestros diligentes servicios de frontera porque provienen del espacio  Schengen, están protegidos por el tratado del mismo nombre que, al parecer los hace invulnerables ante la ley. Los demás, aunque escudados tras la actitud paternal y apostólica que adopta nuestro Estado laicista, quedan totalmente desprotegidos ante los ocasionales desmanes de una población ansiosa de diversión y jaleo. Es comprensible que haya algunos chicos que encuentren divertido acercarse a los mendigos para meterles un buen susto e incluso hay quienes les han dado candela  o los han enviado a mejor vida  a patada limpia como si de un balón se tratase. Es un nuevo género de diversión que españoles y expañoles  deben aceptar de buen grado; al fin y al cabo sólo se trata de un pequeño tributo que se debe pagar a cambio de los innumerables  beneficios que nuestra sociedad obtiene de la multiculturalidad contemporánea.

Queda una pregunta en el aire que debo aclarar: las siglas SIDN, citadas al comienzo, corresponden al conocido Sistema Integrado de Despojo Nacional.

sábado, 3 de julio de 2010

Es lo que hay

La “Ley Orgánica de Salud Sexual y Reproductiva y de la interrupción voluntaria del Embarazo” del 3 de marzo de 2010, que entró en vigor el 5 de julio de  2010 es un hito en la programación del gobierno para transformar a España de modo que no la pueda reconocer “ni la madre que la parió”, como se dijo desde un principio, aunque mal resulte hacer alusiones retrospectivas a maternidades cuando se trata precisamente de evitarlas. De hecho, el aborto, en su amplia gama clínica y farmacéutica, constituye la cabeza de la tenaza que ahoga la demografía biológica de España.

Y hablo de  demografía biológica, aún a riesgo de parecer redundante, para referirme a la que podría tener su origen en la esquilmada población propia, en contraste con esa otra  demografía considerada desde el punto de vista puramente contabilizador y estadístico cuyos desequilibrios se verán compensados, según los planificadores, por una inmigración repobladora que, pese a su carácter masivo y a su anárquica regulación contribuirá a colmatar los huecos humanos  que de otra manera pondrían en peligro la pervivencia del sistema de pensiones y, en general, los llamados gastos sociales..

Alcanzada la meta del “derecho a abortar” que diezma las filas de los españolitos y expañolitos no nacidos aún,  la más elemental lógica avisa que el próximo hito ha de ser el establecimiento de la muerte dulce o eutanasia activa. Empujan hacia ésta una serie de pseudos- razones, elevadas al rango de humanitarias, por supuesto. Y se puede hacer este vaticinio porque es un hecho conocido desde antiguo que las relaciones sociales se terminan organizando de acuerdo  a los planteamientos prejurídicos en que se inspira la legislación, produciéndose, en el caso del Reino de las Diecisiete Repúblicas un alineamiento colectivo que se ajusta a los antivalores oficiales.

De hecho, para sacar adelante esta Ley, el gobierno ha preferido ignorar el rechazo de varios puntos formulado por el Consejo de Estado, y no ha valorado en su significación la abstención del Consejo General del Poder Judicial. Tampoco ha tenido en cuenta el Código Penal ni el Arto 15 de la Constitución actual.

No es hora de lamentarse, aunque razones habría, y más de una, si se buscaran. Aquí solo me remito a finalizar recordando que la Ley de marras ha obtenido su aprobación por un sistema que reduce la legitimación a sus términos puramente procedimentales basado en mayorías camerales partitocráticas. Es lo que hay. Saque cada uno sus consecuencias a la hora de pensar y de hacer.