Hispano es lo mismo que español, sólo que dicho a la manera culta. Evoca la figura de un individuo de rasgos ibericoinsulares o normediterráneos; para los anglosajones, un Dago, un “Diego”, nombre común entre los náufragos de la Armada invencible, que aún perdura en el diccionario del desprecio.
En cambio, hispánico, según el uso actual, es el individuo de cualquier raza o mezcla de ellas que, procedente de no importa qué país hispanoamericano, se establece en los Estados Unidos por diversidad de razones que van desde la salvaguarda de su patrimonio a la búsqueda de trabajo.
Recomendada por la Institución Brooking para designar a ese grupo de grupos, difícil de clasificar en todos los aspectos, la denominación de “hispanics” evita, por una parte, el recurrir a la palabra “latin” que mete en el mismo saco semántico a italianos y franceses, a indios, a blancos virtuales, a negros y a todas las mezclas a que da lugar el amor humano: ladinos, mulatos, zambos chinegros etc. Y, por otra, soslaya la palabra “mexican”, peligrosamente generalista, que endosa a favor de una sola nación, vecina y portadora de agravios históricos, la ingente inmigración de habla española procedente de los demás países de la América Central y de Sudamérica.
Hispánico tiene, además, la virtud de evocar directamente una conexión cultural europea que los norteamericanos no tienen en cuenta de ordinario, pero que no se sitúa extramuros de su cultura. Fue Jefferson, uno de los fundadores de la República, quien recalcó que una parte importante de la historia inicial de los Estados Unidos estaba escrita precisamente en español. Y es un hecho conocido de todos que Cristóbal Colón – el distrito de Columbia, donde se sitúa la ciudad de Washington, lleva su nombre-, navegaba con hombres, dinero y naves de Castilla; y que héroes como De Soto, Cabeza de Vaca, Ponce de León, o Junípero Serra, incorporados plenamente al “american pride”, procedían de España.
Fue Jefferson también quien recalcó que, hablando español la mayor parte de los vecinos del continente, había que mantener buenas relaciones con ellos y por eso convenía que la lengua española, junto con el inglés y el sajón antiguo, fuesen estudiados en las Universidades de los Estados Unidos.
La masa de población que hoy en día se incluye en la denominación de hispánica, estaba al principio dividida en dos sectores que, no obstante su común origen mexicano, vivían separados entre sí: por una parte los “pelados” y “espaldas mojadas” recién llegado de México, que terminarían siendo llamados despectivamente “chicanos”; por otra, los descendientes de los viejos colonos hispano-mexicanos, gentes de clase acomodada y más que acomodada que, protegidos por el tratado de Guadalupe-Hidalgo, gozaban de los mismos derechos que los norteamericanos blancos. Con el tiempo, sobrevino una nueva corriente de habla española: cubanos de todo origen social empujados hacia los Estados Unidos por la implantación del Castro-comunismo. Y cuando, en las décadas de los años sesenta y setenta aumentó la tensión de las guerrillas maoístas en el continente, fueron decenas de millares los propietarios y los profesionales, y centenares de millares los campesinos y obreros dispuestos a instalarse en tierras norteamericanas, terminando así de dar a la población hispana el variadísimo aspecto social, cultural, racial y nacional que ahora presenta. El resto lo ha terminado de hacer la política ultraliberal recomendada por el Banco Mundial y su indiscreta o sesgada interpretación llevada a cabo por las argollas partitocráticas que la pusieron en práctica, provocando un insólito aumento de los inmigrantes incluso en países que, como los andinos, carecían de tradición inmigratoria a los Estados Unidos. Al respecto, es posible dar como muestra un ejemplo muy asequible entre nosotros: la immigración de pastores peruanos, en su mayoría indios, ha sustituido a la inmigración de ganaderos vascos que tanta fama ganaron en el desempeño de su rústico oficio.
Hecho este amplio exordio, que según se mire puede ser considerado un incordio, pero que he juzgado necesario para situar la cuestión, vamos a dedicarnos a recoger las diferencias que presentan las movilizaciones de trabajadores hispánicos convocadas en los Estados Unidos este mes de Mayo, respecto a las movilizaciones de la época anterior al Tratado de Libre Comercio de América del Norte que une a México, Estados Unidos y el Canadá en una aventura económica y social compartida que, se supone, conducirá a México al pórtico de los países más desarrollados.
Este Tratado no tiene por fin específico regular la emigración mexicana a los Estados Unidos, pero dicho problema planea sobre él en cuanto que el desarrollo de la riqueza en México se reflejará necesariamente en los flujos migratorios. De hecho, el Tratado es, a mi juicio, el único intento serio de dar ocasión a que el vecino pobre se desarrolle in situ, evitando que el grueso de su población desamparada se vuelque en inmigración incontrolable y necesariamente conflictiva sobre el vecino próspero.
Pues bien, las manifestaciones de hispánicos que se llevaban a cabo en tiempos anteriores al Tratado de Libre Comercio estaban dominados por los mexicanos. Estos daban la falsa impresión de ser los únicos “hispánicos” presentes en los actos callejeros. Era notable la escasez de pancartas en lengua inglesa. Se expresaban exclusivamente en lengua española los lemas y las sencillas aleluyas destinados a ser coreados por la multitud. No se veían banderas americanas, en cambio, abundaban los emblemas de Aztlán y las banderas tricolores del Aguila y la Serpiente. Incluso el único símbolo norteamericano que parecía haber en esas protestas reivindicativas, “The Battle Hymn of the Republic”, era cantado por la multitud con una letra en español propuesta por las organizaciones sindicales mexicanas.
Este baño de mexicanidad extraterritorial no ha sido posible ahora. Los hispánicos no mostraron una faz nacional única de la cual carecen; dominaron las banderas americanas como corresponde a reivindicaciones que se hacen en el país de acogida y con referencia a las leyes del mismo. Las pancartas estaban escrita en inglés o, para usar la pintoresca expresión euskaditana, “en bilingüe”. Las cosas parecen, pues, más en su sitio que hace algunos años. ¿Será efecto psicológico de la existencia del Tratado? ¿Será efecto directo de la pluridiversidad de los hispánicos en cuanto a lo racial, a lo nacional y lo político incluso?¿Será que se han dado por enterados los consulados mexicanos y las delegaciones sindicales de ese origen que azuzaban los problemas dando un sesgo de reivindicación nacional lo que solo era reivindicación social y laboral?
En el revuelto panorama de la inmigración mundial a los Estados Unidos, hay que convenir que los hispánicos, pese a sus diferencias culturales cuantitativas y cualitativas con el americano blanco, y pese a las diferencias propiciadas por una fuerte presencia del mestizaje indio-hispano, constituyen una fracción inmigratoria que se dibuja como la más próxima y asimilable al modo de vida y a los ideales norteamericanos.