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martes, 30 de mayo de 2006

Las Manifas de los Hispanics

¿Hispánicos? De haberlos haylos, especialmente en los Estados Unidos, donde se da este nombre a quienes proceden de los países americanos de habla española. Y este mes de Mayo han querido los hispánicos hacer notar su presencia en las calles Y digo hispánicos, porque la palabra hispano, con que se traduce de ordinario al español la inglesa “hispanic”, es una sutil mentirijilla de la cual no es necesario hacerse cómplice.

Hispano es lo mismo que español, sólo que dicho a la manera culta. Evoca la figura de un individuo de rasgos ibericoinsulares o normediterráneos; para los anglosajones, un Dago, un “Diego”, nombre común entre los náufragos de la Armada invencible, que aún perdura en el diccionario del desprecio.

En cambio, hispánico, según el uso actual, es el individuo de cualquier raza o mezcla de ellas que, procedente de no importa qué país hispanoamericano, se establece en los Estados Unidos por diversidad de razones que van desde la salvaguarda de su patrimonio a la búsqueda de trabajo.

Recomendada por la Institución Brooking para designar a ese grupo de grupos, difícil de clasificar en todos los aspectos, la denominación de “hispanics” evita, por una parte, el recurrir a la palabra “latin” que mete en el mismo saco semántico a italianos y franceses, a indios, a blancos virtuales, a negros y a todas las mezclas a que da lugar el amor humano: ladinos, mulatos, zambos chinegros etc. Y, por otra, soslaya la palabra “mexican”, peligrosamente generalista, que endosa a favor de una sola nación, vecina y portadora de agravios históricos, la ingente inmigración de habla española procedente de los demás países de la América Central y de Sudamérica.

Hispánico tiene, además, la virtud de evocar directamente una conexión cultural europea que los norteamericanos no tienen en cuenta de ordinario, pero que no se sitúa extramuros de su cultura. Fue Jefferson, uno de los fundadores de la República, quien recalcó que una parte importante de la historia inicial de los Estados Unidos estaba escrita precisamente en español. Y es un hecho conocido de todos que Cristóbal Colón – el distrito de Columbia, donde se sitúa la ciudad de Washington, lleva su nombre-, navegaba con hombres, dinero y naves de Castilla; y que héroes como De Soto, Cabeza de Vaca, Ponce de León, o Junípero Serra, incorporados plenamente al “american pride”, procedían de España.

Fue Jefferson también quien recalcó que, hablando español la mayor parte de los vecinos del continente, había que mantener buenas relaciones con ellos y por eso convenía que la lengua española, junto con el inglés y el sajón antiguo, fuesen estudiados en las Universidades de los Estados Unidos.

La masa de población que hoy en día se incluye en la denominación de hispánica, estaba al principio dividida en dos sectores que, no obstante su común origen mexicano, vivían separados entre sí: por una parte los “pelados” y “espaldas mojadas” recién llegado de México, que terminarían siendo llamados despectivamente “chicanos”; por otra, los descendientes de los viejos colonos hispano-mexicanos, gentes de clase acomodada y más que acomodada que, protegidos por el tratado de Guadalupe-Hidalgo, gozaban de los mismos derechos que los norteamericanos blancos. Con el tiempo, sobrevino una nueva corriente de habla española: cubanos de todo origen social empujados hacia los Estados Unidos por la implantación del Castro-comunismo. Y cuando, en las décadas de los años sesenta y setenta aumentó la tensión de las guerrillas maoístas en el continente, fueron decenas de millares los propietarios y los profesionales, y centenares de millares los campesinos y obreros dispuestos a instalarse en tierras norteamericanas, terminando así de dar a la población hispana el variadísimo aspecto social, cultural, racial y nacional que ahora presenta. El resto lo ha terminado de hacer la política ultraliberal recomendada por el Banco Mundial y su indiscreta o sesgada interpretación llevada a cabo por las argollas partitocráticas que la pusieron en práctica, provocando un insólito aumento de los inmigrantes incluso en países que, como los andinos, carecían de tradición inmigratoria a los Estados Unidos. Al respecto, es posible dar como muestra un ejemplo muy asequible entre nosotros: la immigración de pastores peruanos, en su mayoría indios, ha sustituido a la inmigración de ganaderos vascos que tanta fama ganaron en el desempeño de su rústico oficio.

Hecho este amplio exordio, que según se mire puede ser considerado un incordio, pero que he juzgado necesario para situar la cuestión, vamos a dedicarnos a recoger las diferencias que presentan las movilizaciones de trabajadores hispánicos convocadas en los Estados Unidos este mes de Mayo, respecto a las movilizaciones de la época anterior al Tratado de Libre Comercio de América del Norte que une a México, Estados Unidos y el Canadá en una aventura económica y social compartida que, se supone, conducirá a México al pórtico de los países más desarrollados.

Este Tratado no tiene por fin específico regular la emigración mexicana a los Estados Unidos, pero dicho problema planea sobre él en cuanto que el desarrollo de la riqueza en México se reflejará necesariamente en los flujos migratorios. De hecho, el Tratado es, a mi juicio, el único intento serio de dar ocasión a que el vecino pobre se desarrolle in situ, evitando que el grueso de su población desamparada se vuelque en inmigración incontrolable y necesariamente conflictiva sobre el vecino próspero.

Pues bien, las manifestaciones de hispánicos que se llevaban a cabo en tiempos anteriores al Tratado de Libre Comercio estaban dominados por los mexicanos. Estos daban la falsa impresión de ser los únicos “hispánicos” presentes en los actos callejeros. Era notable la escasez de pancartas en lengua inglesa. Se expresaban exclusivamente en lengua española los lemas y las sencillas aleluyas destinados a ser coreados por la multitud. No se veían banderas americanas, en cambio, abundaban los emblemas de Aztlán y las banderas tricolores del Aguila y la Serpiente. Incluso el único símbolo norteamericano que parecía haber en esas protestas reivindicativas, “The Battle Hymn of the Republic”, era cantado por la multitud con una letra en español propuesta por las organizaciones sindicales mexicanas.

Este baño de mexicanidad extraterritorial no ha sido posible ahora. Los hispánicos no mostraron una faz nacional única de la cual carecen; dominaron las banderas americanas como corresponde a reivindicaciones que se hacen en el país de acogida y con referencia a las leyes del mismo. Las pancartas estaban escrita en inglés o, para usar la pintoresca expresión euskaditana, “en bilingüe”. Las cosas parecen, pues, más en su sitio que hace algunos años. ¿Será efecto psicológico de la existencia del Tratado? ¿Será efecto directo de la pluridiversidad de los hispánicos en cuanto a lo racial, a lo nacional y lo político incluso?¿Será que se han dado por enterados los consulados mexicanos y las delegaciones sindicales de ese origen que azuzaban los problemas dando un sesgo de reivindicación nacional lo que solo era reivindicación social y laboral?

En el revuelto panorama de la inmigración mundial a los Estados Unidos, hay que convenir que los hispánicos, pese a sus diferencias culturales cuantitativas y cualitativas con el americano blanco, y pese a las diferencias propiciadas por una fuerte presencia del mestizaje indio-hispano, constituyen una fracción inmigratoria que se dibuja como la más próxima y asimilable al modo de vida y a los ideales norteamericanos.

sábado, 20 de mayo de 2006

Monólogo de las Profesiones - Lapa

Yo me creía favorecido por la inmensa fortuna de haber podido hacer en esta vida lo que me gustaba.

Pero va y resulta que, echando cuentas para mi coleto, encuentro que al cabo de mis años he venido a caer en el pluriempleo de oficios no buscados. Cuitado de mí.

Soy, pues, un trabajador de quehaceres varios para las cuales no me dotó Naturaleza, no me educaron mis padres ni me prepararon mis maestros.

Esto es grave, gravísimo, porque estoy en la edad esa que antes se llamaba provecta, porque se suponía bien aprovechada. Y le podía haber sacado mayor provecho aprendiendo algo más sobre los oficios que ahora me toca desempeñar sin mérito alguno de mi parte, a saber: telefonista, chofer, contorsionista y mecanógrafo. Verdaderos oficios-lapa que se han venido adhiriendo al curso de la vida.

¡Ni de lejos doy el perfil deseado para el ejercicio de estas profesiones! Y encima, esta lengua de locos de todos los pelajes que es el español, me obliga a estar tan lleno de júbilo que éste se me ha de salir por las costuras, que eso significa la palabra jubilado. Un verdadero disparate.

Y que conste que no es que sea yo propenso a la melancolía. Es que no encuentro razón ninguna para partirme de júbilo desempeñando tareas para las cuales no estoy preparado.

Pero analicemos la situación, que algo puede quedar en claro. A los chóferes siempre les he tenido gran respeto, precisamente porque mi fuerte no ha sido nunca la mecánica. Por ese motivo he considerado que conducir un vehículo es responsabilidad que debe ser afrontada por especialistas. Y yo en esta materia estoy condenado a ser un don nadie por mucho que haga por aprender el oficio.

La Providencia, que según se mire, está en todos los detalles, no me eximió de la obligación de sacar la licencia de conducir. Pero tuvo conmigo el gran detalle de poner a mi alcance, en el momento preciso, a alguien más hábil que yo para que me condujera sano y salvo en medio del tránsito de calles y carreteras. Diestros y concienzudos mecánicos, amables taxistas de los muchos que a lo largo de mi vida han acudido a mi llamada, y una activa mujer que, a su entregado amor esponsalicio une la oportuna virtud de marearse si no va ella al volante, han ejercido sobre mí una tutela viaria que me ha evitado la mayoría de las ocasiones conducir vehículos motorizado. Y, la verdad, tampoco he hecho ningún esfuerzo para torcer el rumbo tan favorable en que se me presentaba la Fortuna en ésta delicada materia.

Desde joven abrigo la convicción de que nada se nos ha dado en este mundo para que nos quedemos con ello. Todo lo que consideramos nuestro nos ha sido entregado para que de alguna forma lo compartamos. Por eso creo que he de preguntarme qué rendimiento a favor de los demás he obtenido con lo poco que sé del arte de conducir y de los otros oficios-lapa que se me han pegado al viejo casco al correr de los años.

En materia de conducir, me vienen a la memoria dos episodios notables que cursaron en beneficio de los demás. Una vez conduje mi automóvil por delante del vehículo de un alumno drogata al que encontré por casualidad en un grave apuro y al que pude guiar, hasta el domicilio de sus padres, entregándolo a estos sano y salvo y sin daño para nadie. En otra ocasión, en medio de la lluvia y de la oscuridad, conduje un todo terreno por una trocha maderera carente de pavimento y de señalización, tomando el relevo de un amigo a quien la embriaguez, que le impedía valerse por sí mismo, le impulsaba también a porfiar conmigo para arrebatarme el volante.

Y como la caridad bien entendida empieza por uno mismo, tengo que recordar también la noche aquella en que mi escasa habilidad fue sin embargo suficiente para poner a salvo mi pellejo pasando a tumba abierta por en medio de unos asaltantes que simulaban un accidente en una carretera solitaria.

Teniendo en cuenta que todo esto ha sido logrado a través de unos pobres conocimientos del arte de conducir, el balance de este oficio-lapa ha sido francamente positivo. Puedo darme por satisfecho.

¿Y qué decir de la telefonía? El teléfono móvil es un maestro de la perentoriedad que se ha convertido en mi compañero inseparable. El primer teléfono de esta clase que llegó a mis manos, fue en calidad de “regalo” de un Banco. ¿Me había tocado un teléfono movil? Por pura cortesía no rechace aquél obsequio. Pero, muy poco me duró el disgusto: El teléfonino me ha ayudado a mantener el contacto con mi dispersa familia en la cual hay pasaportes de seis nacionalidades distintas, hay católicos romanos, y hay injertos judíos y luteranos, todos personas de fe y de esperanza; gentes que viven separadas por millares de kilómetros. Hoy soy un adicto a la telefonía, aunque muy disimulado. A través del micro y del auricular he dado y recibido consejos, me han llegado y he remitido avisos oportunísimos y he compartido alegrías y algún que otro dolor de los que se producen en el corriente curso de la vida. El balance es positivo.

El tercer oficio que debo someter a examen es el de contorsionista. Los coches son ahora mucho más bajos de lo que eran en mi juventud. Entonces incluso tenían estribos. Hoy, para salir y entrar de ellos hay que retorcerse como una anguila, volverse una bola como un armadillo, estirarse como un pangolín o doblarse del revés como una calceta. Sobre todo en los aparcamientos subterráneos, donde, aparte de superar las apreturas, hay que esquivar la meada de algún anciano de vejiga incontinente, o de algún mendigo de alma reivindicativa que, para tomar venganza de alguna demanda no atendida, ha encontrado que la vejiga es un instrumento tan válido como cualquier otro para tomar venganza, y más en una democracia, que para eso somos libres. Por todas estas circunstancias considero que el oficio de contorsionista, honrado cuando se ejerce profesionalmente, practicado, como es mi caso, por la fuerza de las circunstancias, no solo no me añade nada, sino que me hace perder la compostura. Con todo, he optado por aceptarlo como un mal inevitable: es lo que hay y no hay motivos para imaginarse que haya otra cosa. Es inútil quejarse y no va con mi talante. Y doy gracias a Dios, y a mis padres que son los autores materiales de mi ser, por haberme dotado de un físico gentil que me permite contorsionarme con relativa facilidad sin que se me estropeen, al decir de un amigo que sabe muy poco de medicina, las “glándulas” cervicales, ni se me alborote la “hormona” lumbar ni se me revuelva la chicha con la manteca y rinda mi vida en una apoplejía de caballo.

El cuarto oficio-lapa examinado es el de mecanógrafo. Siempre he sido autor de originales difíciles. Y siempre he sido un hombre de suerte que ha tenido excelentes secretarias. Recuerdo con agradecimiento y casi veneración a Emilia, a Aurora, a Conchita y a Rocío, que lidiaron con mis manuscritos. Ahora, tengo yo que teclear lo mío en el computador teniendo como auxiliar un programa corrector de pruebas que es de una tontez supina, pero que, empleado con prudencia que no me falta, le saca a uno de apuros. El computador me ha ayudado a evitar malos ratos a secretarias y mecanógrafas y, encima solo tengo que emplear en la escritura los dedos índices, y, cuando me da por seguir la vena lúdica, los pulgares también, con lo cual logro a veces textos repulgados como los bordes de una empanadilla. Balance, pues, positivo también. No tengo razones para quejarme de los oficios-lapa.

jueves, 18 de mayo de 2006

Evo, Hugo, y Fidel

Una nota de fondo domina la discordante y tumultuosa algarabía de ese nuevo capítulo de la revolución bolivariana que Evo Morales ha inaugurado al asumir la Presidencia de su país.

Y ese clamor que resuena alterando los tableros luminosos de las cotizaciones en bolsa, es, antes que nada, una profunda y dolorosa reclamación de justicia.

No es ese clamor una creación del nuevo presidente. Es la expresión sintomática de un mal añejo que ha ido madurando durante siglos en los odres del despotismo y en los rebosantes bocoyes de la corrupción democrática, y que ha terminado fermentando con la levadura de la incompetencia de los propios gobernantes y en las decisiones abusivas tomadas en el extranjero.

Buscando el rastro clamoroso de esa reclamación justiciera, los indigenistas de todas partes se refocilan en señalar a la Conquista española como a la principal culpable de los males que hoy aquejan a Bolivia. Culpan sin más a la civilización Occidental, de la cual, pese a todo, son partícipes. Lo mismo ha hecho Evo mezclando recientemente las merinas de los conquistadores, exploradores y aventureros de antaño con las churras de los petroleros, los banqueros y los logristas de hogaño.

Dejando aparte fáciles y hasta ingenuas culpabilizaciones, habría que retroceder hasta las más profundas raíces de la prehistoria indígena para encontrar las causas de la pobreza, del atraso y de la desorganización de Bolivia. Los antiguos pueblos andinos no conocieron otra forma de gobierno que el más puro despotismo, ni más organización que la correspondiente a civilizaciones del neolítico. De no mediar la Conquista, que incorporó el Ande a la Historia universal y lo unció al carro de la cultura del Renacimiento, hoy habría que añadir un problema a los muchos con que ya se enfrenta la Bolivia del Siglo Veintiuno: el de verse obligados a abordar, en condiciones azarosas, el proceso de Occidentalización necesario para poder comenzar apenas a ponerse al día. En la tarea de conseguir este logro se debaten todavía, partiendo del kilómetro cero, todos los países del mundo africano y algunos del Asia profunda, y eso que éstos tienen sobre los africanos la ventaja de una población organizada y con disciplina de trabajo. Sin la Occidentalización marcada por la Conquista, la población indígena de Bolivia no contaría hoy con el equipaje moral ni intelectual con que reclamar derecho ni justicia, e incluso carecería del escenario propio del mercado global al que está incorporado el país aunque sus clases dirigentes -¿las ha tenido Bolivia con los méritos suficientes para llevar ese nombre?- no han sabido dar al provecho que sacaban, un sentido que, rebasando las ambiciones de los fulanos que ostentaban el poder, llegara a beneficiar al común de los ciudadanos.

Evo Morales ha declarado quienes son sus socios y modelos políticos: Fidel Castro y Hugo Cháves. Pero ¿cuál es, de facto, la situación comparativa de Evo Morales es relación con estos personajes?

En el sentido más propio de la palabra, Evo Morales ha subido al poder por la fuerza amenazante de la calle y por el peso aplastante de los votos; es, pues, un verdadero tribuno de la plebe.

En cambio, Hugo Cháves está donde está por los votos y por la garantía, no siempre unánime e incondicional, de los Ejércitos, es, pues, un pretoriano con vocación reformista.

Fidel Castro, que consiguió el poder por la fuerza de las armas, tras de cuarenta años ejerciendo el poder de una manera personalísima, es la cabeza envejecida, mas no inhabilitada, de una “dictadura de mantenimiento” típica de la izquierda revolucionaria que basa su acción en medidas coercitivas tomadas con sentido de previsión, que convierte en instrumentos de gobierno la exclusión civil y la expulsión territorial de la población no sumisa, y que aspira a continuarse a través de una nomenclatura partidista.

Rasgos que diferencian a nuestros hombres son, también, en Cháves la riqueza, la capacidad de organización y la voluntad de poder; en Castro, la experiencia en el ejercicio del mando y la capacidad de supervivencia política probada en mil refriegas, incluída una que casi precipita al mundo en la Tercera Guerra Mundial. De Morales es, en cambio, la desconcertante multivocidad de sus enunciados políticos -a mi juicio más aparente que real-, y su radical inexperiencia de gobierno.

Por lo demás, Castro es comunista. Hugo Cháves se proclama bolivariano, timbre que también reclama Evo Morales para sí, aunque el nombre de la formación política en que se apoya, Movimiento al Socialismo (MAS), señala con toda claridad el horizonte al que quiere llegar.

¿Constituye esta tríada un desafío a los Estados Unidos? Por supuesto que sí. Pero el quid de la cuestión no reside en ese hecho, sino en la doble incógnita de si los tres caudillos en conjunto o alguno de ellos por separado, son capaces de crear con los medios que tienen un sistema económico y de poder alternativo frente al de los Estados Unidos de América, y afianzarse en una ideología coherente y aceptable para la comunidad de países euro-americanos en que pretenden afianzar su desarrollo. Esta es una cuestión principalísima, porque sin posibilidades de crear ese sistema alternativo todo desafío de estos Tres Mosqueteros se convertirá en una ridícula explosión de siseo o, lo que es mucho peor, en una detonación suicida que dará al traste con todos ellos.

Para crear un nuevo sistema, les falta a los tres hombres la talla mental necesaria, y a los tres países la escala apropiada. Y, en cuanto a sus ideologías, el comunismo de Castro sólo volvería a ser amenazante con el apoyo de China. En cuanto al bolivarismo ¿no fue el Libertador famoso por sus continuas rectificaciones que hicieron de su ideología un terreno verdaderamente movedizo en su época tanto como en la nuestra?¿no fue precisamente esa característica la que llevó a Karl Marx a descartar a Bolivar como revolucionario, en una línea congruente con su caracterización negativa de las guerras de independencia hispanoamericanas?

Algunos se preguntan qué pasaría si los sandinistas recobran el poder tras las próximas elecciones en Nicaragua. Creo yo que tal victoria sólo equivaldría a sentar un pobre más en la mesa del Cháves, el único rico del conjunto. Por otra parte, la victoria sandinista vendría a añadir más incoherencia política al grupo, porque los antiguos comandantes tienen ahora que defender los patrimonios personales que adquirieron al amparo de los acuerdos de paz con la Unión Nacional Opositora, al mismo tiempo que se ven obligados a mantener la verborrea izquierdista que los caracteriza como revolucionarios.

En cuanto a los amigos, Chile, Argentina, Brasil y España, no parece posible que acaten y aprueben, a su propia costa, las decisiones de Evo que, aunque basadas en un fondo de justicia, se sustancian a través de la arbitrariedad.

Queda el mito de la insurrección indígena. “Quechuas y aimaraes yo no son el gigante dormido”, ha dicho con legítimo orgullo el presidente Morales; pero de allí a que se vayan a producir los “mil Vietnam” que el Ché auguraba para América, hay un trecho a mi juicio, insalvable. ¿No fueron campesinos indígenas de Bolivia los que entregaron al Ché a la patrulla del ejército que lo perseguía? ¿No es Bolivia el país donde para atraer a los indios al acatamiento de las autoridades se les hacía creer que al presidente lo nombraba el rey de España, tan poderosa y venerada era la memoria de los Austrias que reconocieron la entidad jurídica de las comunidades indígenas?

No voy a hacer aquí un resumen de la trágica vida independiente de aquél país. Me basta recordar que fue Bolivar, su primer dictador, quien tuvo la ocurrencia de darle por nombre su propio apellido, y de redactarle personalmente una carta otorgada,ilustrada y utópica a la que con toda la jeta llamó constitución. Dicho texto pronto quedó en agua de borrajas; pero hoy constituye la base ideológica de la Revolución Bolivariana.

En 1879, Chile le arrebató a Bolivia la salida al mar y la despojó de la zona rica en nitratos. En 1935 Bolivia perdió la guerra del Chaco que libraba contra el Paraguay. Con esto bastaría para demostrar que los héroes y los hermanos, en ocasiones no lo son tanto.

Punto y aparte. Tengo entendido que unos treinta mil fusiles que España no pudo vender a los contendientes de la guerra del Chaco, y que fueron depositados en el arsenal del fuerte del Monte San Cristóbal, en Pamplona, sirvieron a partir del 18 de julio, para armar a los requetés navarros que en tantos lugares, incluido San Sebastián, sofocaron bien a gusto la poca o mucha resistencia republicana. Rebotes de la Historia.

Estoy convencido que si hay en el mundo un país que merezca el nombre de víctima, ese es Bolivia. Su clamor de justicia merece ser discernido de los berrinches que lo acompañan. Tarea harto difícil que exige, aparte de talante negociador, decisión firme y percepción política de lo que vale la pena a largo plazo. Y no digo más porque deseo lo mejor, evitando, en lo posible rebotes de la Historia.

miércoles, 10 de mayo de 2006

Malentendidos y Falsos Mensajes

Los conflictos de intereses son imposibles de evitar a menos que uno sea un elemento puramente pasivo dentro de la sociedad en que vive. Para estos conflictos sólo cabe decir que lo deseable es una solución que venga a tiempo, que sea justa o equitativa y que tienda a evitar la repetición del problema.

Pero hay otras muchas ocasiones en que se nos presentan bajo la apariencia de conflictos meros malentendidos que surgen en la vida diaria. Y éstos sí son fácilmente remediables, al menos en teoría.

Sin embargo, surge una dificultad: los malentendidos comprometen personalmente a los sujetos involucrados, permitiendo que fluya a borbotones la corriente, no siempre controlable, de la emotividad, y dificultando enormemente la búsqueda de soluciones.

Dejando aparte los contados casos de mala voluntad manifiesta o de clara propensión a enredar las cosas que ostentan algunas personas, encuentro que hay dos fuentes generales de malos entendidos.

Una de ellas es la incapacidad propia de comunicar justamente lo que uno desea comunicar.

La otra es la incapacidad del interlocutor de escuchar lo que se quiere decir.

De estas dos fuentes de malentendidos, surge una tercera que consiste en la conjunción de ambas incapacidades. Incapaz el comunicador. Incapaz también el receptor de la comunicación.

Como lo normal es que uno pueda actuar sobre sí mismo, y no sobre los demás, pienso que para el abordaje táctico de la solución de los malentendidos, es muy conveniente partir del supuesto de que el problema no reside en los demás, sino en nosotros mismos. Así podrá ser corregido lo que haya que corregir, concentrando el esfuerzo sobre nosotros mismo y alejándonos de la tentación de echar la culpa a los otros, que es achaque frecuente cuando se aborda este espinoso tema.

Imaginémonos, pues, por un instante, que somos incompetentes como comunicadores y a la vez incompetentes como receptores de la comunicación que otros nos hacen llegar. Para animarnos ante esta perspectiva tan poco halagüeña, recordemos que la incompetencia puede basarse en motivos permanentes o en motivos circunstanciales.

Entre los motivos permanentes más importantes está la tendencia a la precipitación, que a veces se puede confundir, -pues tiene los mismos efectos-, con la impaciencia.

Pero mientras la precipitación nace de la carencia de hábitos de pensar o de cierta dificultad intelectual para ponerlos en práctica; la impaciencia se origina en la falta de dominio sobre sí mismo.

La precipitación afecta al juicio y nos impide ordenar el discurso a fin de decir lo que se quiere decir y no otra cosa..

La impaciencia afecta a la voluntad, e impide tomar en cuenta las condiciones del interlocutor, induciendo a hablar sin tomar en cuenta la ocasión ni medir el efecto que se puede provocar en el otro.

La impaciencia tiene la habilidad de esconderse detrás de numerosos disfraces o pretextos, siendo los más frecuentes el de la búsqueda de la eficacia y el de la expresión de la propia franqueza. En ciertas culturas un tanto rudas, es difícil sustraerse a la tendencia de “ir al grano” aunque no se sepa distinguir la cascarilla y de llamar “al pan, pan y al vino, vino” aunque no se trate de estos géneros.

Un pretexto de la impaciencia, generalmente inconfesado, es el de aprovechar la ocasión para aplicar al otro un correctivo, lo que en el lenguaje corriente se llama “cantar las cuarenta” o “dar una lección.”

A eso llamo yo magisterio impertinente. Aunque ni siquiera merecería este nombre, porque la acción del maestro se apoya siempre en una suerte de mansedumbre y predisposición amigable, condiciones que los impertinentes no tienen. Lo último que se puede pensar para comunicarse con alguien es procurar su humillación. ¿Y puede haber más humillación para un adulto que recibir lecciones que no han sido solicitadas, y más cuando el inoportuno maestro se ha empeñado en dar el do de pecho en público “cantándole las cuarenta”?

En estos casos, se comete un doble error: se falta al respeto que debemos al prójimo –que así se llama, oiga, aunque no esté de moda decirlo-, y se falta al respeto debido a las palabras.

Y hay que recalcar, que aunque sea uno mismo quien ha concebido lo que dice – y vamos a suponer que con todo el acierto del mundo-, las palabras siempre están en función del otro. Y ese otro es acreedor a nuestro respeto sean cuales fueren los defectos que uno sea capaz de descubrir en él y que supuestamente lo hacen merecedor de escuchar la cantata..

Permitir que las palabras salgan de la boca como si ésta fuera un esfínter incontinente, puede estar muy de acuerdo con la moda de ir cada “uno a su pedo”, como dice la expresión odierna, pero lo cierto es que no hace honor a nuestra condición de humanos.

Para evitar la tendencia a la precipitación o a la impaciencia, conviene empeñarse seriamente en una tarea que a muchos les resultará antipática por desusada: examinarse cada uno a sí mismo, aplicar el mayor esfuerzo en someterse al rasero de la propia crítica, entregarse de una vez por todas a la tarea -hoy lujosa- de aspirar a la propia mejora interior, lo que llevaría a averiguar cuáles son los mecanismos sobre los que actúa rutinariamente la precipitación que impide madurar interiormente nuestras decisiones y nuestras palabras; y a discernir las ocasiones en que se dispara nuestra impaciencia para evitar así las ocasiones de repetir la pifia.

Hay una familia muy especial de malentendidos de gran complejidad que se denominan falsos mensajes, y que proliferan en la sociedad plural. En ésta, resulta fácil dar a entender actitudes que no existen, mostrar propósitos que no se tienen y describir posibilidades que no son reales.

Se trata, pues, de mentiras en toda la regla, tanto más seductoras cuanto que se mueven dentro de una bruma de optimismo, bien que inmotivado. Quizá por eso se dan con cierta frecuencia en los prolegómenos sociales del amor y de los negocios y en esos períodos de la política en que todo parece posible: las campañas electorales.

Pero este tipo de mentiras, conocidas también con el nombre de “doble lenguaje”, cuando se desciende al ámbito de la vida privada ofrecen la extraña particularidad de que quien las articula es ajeno a veces al propósito de engañar. Se producen, en algunos casos, por el uso inadecuado de las claves de la comunicación. Estas obedecen a reglas objetivas que la sociedad decantó con el uso y el sentido moral purificó a través del tiempo. Pero hoy, estos usos y esas reglas son ignorados en amplísimos sectores de la sociedad, mientras que en otros se conservan y cultivan. El equívoco, tan inocente como dañino, surge cuando el emisor prescinde, por simple desconocimiento, de la clave que el interlocutor supone que ha servido para articular el mensaje que recibe. Ni siquiera a nivel privado hay que dar por sentado que nuestra sociedad favorece el entendimiento de todos con todos. Es responsabilidad de cada uno descubrir qué claves manejan sus interlocutores y de dar a conocer las suyas. Aquí reside la primera y humilde garantía del diálogo y de la feliz convivencia.. Si no, todo quedará en mera disputa.

lunes, 1 de mayo de 2006

Domingo de Ramos

El Pontífice, ante la multitud llegada de todos los puntos cardinales, bendice las palmas en la Plaza de San Pedro.

La palma es símbolo del pueblo de Israel y de la Iglesia.

La palma es símbolo de la paz. Y es símbolo del martirio. Y el martirio es siempre una Victoria.

El Papa, el Obispo de Roma, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo inaugura así los ritos de la Semana Santa. Se supone que estamos en el cuarto mes del año sexto de la vigésima primera centuria. Y es Domingo de Ramos.

Pero Israel está en guerra, la Iglesia sufre persecución y la Ciudades Santas, Jerusalén y Roma, viven bajo la amenaza de bombas. Los hijos de los hombres sufren y se hacen sufrir. Se creen dueños del dolor y de la muerte. Ante el dolor y la muerte sucumbirán.

Por el mundo se extiende, como si fuese una oleada de aire caliente mezclada de gases irritantes, el sentimiento difuso de estar inmersos en el temor como aguardando una catástrofe sin nombre a la que todos, sin embargo, contribuyen. “¿“Por qué se amotinan los reyes de la Tierra y los pueblos derrochan sus votos eligiendo vanos proyectos?

¿Cuándo, dónde, cómo?¿Será posible escapar de la fascinación del Abismo? ¿Será posible cuando nadie perdona a su hermano? ¿Pero, hay hermanos?¿Cuándo nadie escatima medios para la discordia? ¿Cuándo nadie teme la llamada de lo Oscuro? “En Dios confío y ya no temo.”

En la universal Babilonia los grandes edificios que por la noche brillan como luminarias de fría luz de neón, están cuarteados, pero todos lo ignoran y nadie se ocupa de repararlos. El Gran Zigurat amenaza ruina; pero los arquitectos lo consideran firme sobre sus cimientos. El Mercado Universal ha sustituido al Señor -y muchos estiman que con ventaja-, y las gárgolas del Oso, el Dragón y el Enano rechivuelta, que da y toma en posición de antipodista, son sus deidades menores.

En los Jardines Colgantes las flores se socarran por el viento seco. Pero el aroma de flores mustias resulta embriagador para muchos.

Caen por tierra poderosos, altos, espléndidos, eficaces muros.

Pero se levantan otros mas bajos en su altura y mas ruines en sus motivaciones. Y más baratos. Y tan eficaces como los que han caído.

Hay una indefinida sensación de libertad confinada, como de águila condenada a tristear en el zoo con las plumas del timón cortadas. Pero ahora, cuando todos los rumbos se consideran posibles y todos los nidos seguros, nadie repara en el sufrimiento del águila. Todas las mutilaciones son loables; todas las falsificaciones son legítimas; todos los monstruos son vistos como dechados de belleza. Y todos los cautiverios, envidiables.

Los augures anuncian que pronto se dejarán de construir muros bajos y se comenzará a excavar trincheras, zulos subterráneos, y galerías bajo tierra, lo propio para un tiempo de ratas.

Mas que nunca, la humanidad se conoce a sí misma en sus distintas caras Más que nunca se identifican las diferencias, se miden los descalcos, se evalúan las distancias entre seres humanos. Pero se parlotea de igualdad en todas las lenguas y en todas las ocasiones. La igualdad es lo correcto. Pero esta igualdad es de la clase que impide que la fuerza de la solidaridad una los corazones. “Hermano ayudado por su hermano, es como una base fortificada, como un baluarte inexpugnable, como un escudo antimisiles”

El Domingo de Ramos es un día triunfal que preludia días de pena y humillación antes de la Muerte y la Resurrección. .

Triunfa por un día el Varón de Dolores que viene a Jerusalén a completar frente a su pueblo la donación de sí mismo.”Quien pueda aceptarlo, que lo acepte”

Hay un vuelo de palomas y de campanas por encima de la Gran Plaza de la Llave. De la Gran Plaza del Mundo. De la Plaza de San Pedro. Y allá en la estratosfera, un vuelo de halcones tricolores vigilan con alas de acero los cielos de la ciudad. Pero “si el Señor no vigila la ciudad, en vano se afana el centinela”.

Aquí se concentran hombres de todo el mundo. Pero desde hace años, los cristianos huyen de la Palestina en llamas. De aquí a dos lustros ¿quedarán cristianos en la Tierra de Cristo? Desde Roma se quiere detener esa sangría que afecta sobre todo a los jóvenes. El Apocalipsis habla del Cántico de Moisés y del Cántico del Cordero, los dos que resonarán en aquella hora que nadie conoce sobre la Tierra..

Las gentes se desplazan, cambian de sitio. Es lo propio. Los seres humanos no son árboles. No tienen raíces. Con principios se puede vivir plenamente en todas partes. Y en todas partes se puede morir. El hombre, por naturaleza, es ecuménico, universal. Sólo el miedo lo ancla a un territorio.

La esperanza en Dios eleva al hombre. Por eso Roma y Sión son lugares santos, lugares de elevación al Padre Único, destinados a que los hombres de todas las madres, de todas las naciones, de todos las estirpes, puedan un día, fundirse en un abrazo fraternal que excluya el odio, la venganza, el temor, la desconfianza cumpliendo así la Ley de Oro: “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”

¡Qué raro suena todo esto! Exclamarán los mismos que mirando a lo alto gritan: “si hay alguien allí, que conteste”

Pero el pontífice que está en Roma ha bendecido las palmas este Domingo de Ramos, cuando el aire del mundo huele a pólvora, a dinamita, a cordita y a otra decena larga de explosivos. Y cuando hay un vasto rumor de paredes que se derrumban, de cimientos que estallan, de vigas que se desploman. En estas circunstancias ¿quién es el débil? ¿Quién el fuerte? ¿Quién tiene el aguijón definitivo?

El día sigue, seguirá la noche. Hay quien levanta murallas y quien las derriba. Pero todos los muros, los que caen y los que se levantan, están incluidos en el mismo plan director. Nada parece destinado a quedar en pié. Hay tiempo de derruir y tiempo de construir, hay tiempo de sembrar y hay tiempo de cosechar, hay tiempo de herir y tiempo de sanar. Todos son tiempos aptos para tomarse cada uno las propias medidas, para adorar y para presentar la ofrenda.

El Pontífice, a la cabeza del pueblo, alaba a Dios en los atrios de la Gran Basílica, bajo el firmamento que es indicio de Su fuerza. Bendice las palmas, signo de sacrificio victorioso, signo de alegría, signo de la Iglesia, signo de Israel. Se supone que es el día Domingo de Ramos, noveno día del mes de abril, del año del Señor dos mil seis y se conmemora la entrada del Príncipe de la Paz en Jerusalén.